XXVI Sobre las numerosas curaciones que Jesús realizó
en el pueblo, en la aldea y en diferentes lugares

  1. Un día, Jesús, que había salido de su casa, recorría, solo, el país de los galileos. Y, habiendo llegado a una aldea, que se llamaba Buboron o Buasboroín, encontró allí a un hombre de treinta años, que estaba muy incomodado por la vehemencia de su mal, y que yacía tendido sobre su lecho. Cuando Jesús lo vio, se compadeció de él, y le preguntó:
    — ¿De qué raza eres?
    El hombre repuso:
    — De raza siria y del país de los sirios.
    Jesús añadió:
    — ¿Tienes todavía padre y madre?
    El hombre dijo:
    — Sí, y mis padres me han expulsado de su hogar. Errante ando por doquiera, para buscar mi sustento diario, mas no poseo domicilio en parte alguna.
    Jesús inquirió:
    — ¿Y cómo has podido salir de tu país?
    Respondió el hombre:
    — Se me trataba, unas veces contra salario, y otras para pagarme.
    Jesús continuó:
    — ¿Por qué has venido a este país?
    El hombre contestó:
    — Para pedir limosna, y para subvenir a mis necesidades materiales.
    Y Jesús sentenció con gravedad:
    — Si soportas con calma tus tormentos, encontrarás más tarde el reposo.
    A lo que el hombre replicó:
    — Pueda o no pueda, los soporto y los acepto con júbilo.
  2. Y Jesús dijo:
    — ¿A qué dios sirves?
    El hombre repuso:
    — Al dios Pathea.
    Y Jesús le preguntó:
    — ¿Encuentras, pues justo que te halles en este estado?
    El hombre manifestó:
    — He oído decir a mis padres que ese dios es el dios de los sirios, y que puede hacer a los hombres todo lo que le place.
    Interrogó Jesús:
    — ¿Cuál es tu nombre?
    El hombre dijo:
    — Hiram.
    Y Jesús lo conminó, diciendo:
    — Si quieres curarte, abandona ese error.
    Hiram dijo:
    — ¿Y cómo he de dar crédito a tu propuesta? Porque tú eres todavía un niño, mientras que yo soy ya un varón adulto.
    Y Jesús le preguntó:
    — El dios de tu culto ¿tiene el poder de devolverte la salud y la vida por una simple palabra?
    Y Jesús añadió:
    — Si crees de todo corazón, y si confiesas que hay un Dios del cielo y de la tierra, que ha creado el mundo y el hombre, tal Dios es capaz de curarte.
    Hiram apuntó:
    — No he oído hablar de él.
    Jesús dijo:
    — Sea. Pero cree sencillamente, y tu alma vivirá.
    Hiram le preguntó:
    — ¿Y cómo hacer ese acto de fe?
  3. Respondió Jesús:
    He aquí la fórmula.
    "Creo que es un Dios muy alto, el Padre creador de toda cosa, y creo en su Hijo único y en el Espíritu Santo, trinidad y divinidad una y perfecta".
    Hiram repuso:
    — Creo lo que me dices.
    Entonces Jesús le habló, interrogándolo:
    — ¿No te has presentado a alguien, para que te cure?
    E Hiram exclamó:
    — ¿Qué médico podría librarme de tan grave enfermedad? 
    Jesús dijo:
    — Aquel a quien pagues, lo podrá fácilmente.
    Hiram opuso:
    — Pobre como soy, nada tengo que dar, y nadie hace la caridad gratuitamente.
    Y Jesús objetó:
    — ¿No has dicho tú mismo antes que has venido de un país lejano, que has recorrido numerosas comarcas, y que has recibido limosnas? ¿Por qué dices ahora falsamente que no tienes con qué pagar?
    Hiram repuso:
    — ¡Perdona, niño! Lo que te he dicho es que nada tengo que dar, excepto el alimento que recibo al día, y el vestido que me cubre.
  4. Y Jesús, viéndolo llorar, exclamó:
    — ¡Oh, hombre, dirígeme tu demanda! ¿Qué puedo hacer por ti?
    Y respondió Hiram:
    — Haz por mí todo lo que te plazca, y gratifícame con algún socorro.
    Y Jesús, extendiendo la mano, tomó la suya, y le ordenó:
    — Levántate, yérguete sobre tus pies, y ve en paz.
    Y, en el mismo momento, el hombre quedó curado de sus males. Y cayó llorando de hinojos ante Jesús, y le hizo la siguiente petición:
    — Señor, si quieres, te seguiré en calidad de discípulo.
    Mas Jesús le dijo:
    — Vuelve en paz a tu casa, y cuenta todo lo que he hecho por ti en este encuentro.
    Y el hombre se prosternó de nuevo ante Jesús, y marchó a su país.

 

 

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