La Fuerza de Gravedad

Cuando un surfista cabalga una ola, su comportamiento es afectado por la ola que está cabalgando, pero también su presencia altera significativamente a la ola. Esto hace que la onda deja de ser una línea recta (la curvatura general de la onda es insignificante e inapreciable para los surfistas) y sufre una deformación en el punto donde se encuentra el surfista.

Es decir, conforme la onda unidimensional avanza a través de la segunda dimensión, hay una resistencia a su avance. Esa resistencia dependerá de la masa del surfista y generará una depresión en la onda que podrá ser más o menos acusada.

Podemos visualizarlo mejor imaginando una lona elástica de las que se usan en saltos gimnásticos. Más aún, imaginemos una lona elástica de tamaño infinito y en ella una serie de bolas de acero de diversos tamaños. Cada bola de acero genera una depresión en la lona y si las depresiones generadas por dos bolas están lo bastante cerca, las bolas empezarán a caer la una hacia la otra. En un universo bidimensional expandiéndose a través de una tercera dimensión, la onda que constituye dicho universo es deformada por las masas que en ella se encuentran y esto hace que las masas reaccionen acercándose las unas a las otras.

Nuestra conclusión, la conclusión que sacamos con los limitados e incompletos datos que tenemos es que las masas se atraen entre sí, pero no es cierto, no hay ninguna fuerza directa entre las masas. Cada masa actúa directamente sobre la onda, sobre el tejido espacial, y ese tejido, sufriendo cada hilo única y exclusivamente la fuerza ejercida por los hilos adyacentes, acaba con una inclinación que hace que cada masa tienda a desplazarse en la dirección que ofrezca menos resistencia al avance del universo bidimensional a través de la tercera dimensión.

¿Partículas Mensajeras?

Durante muchos años los físicos han estado buscando una partícula que fuera responsable de la fuerza gravitatoria. Han imaginado que si dos masas se atraen, cada una de ellas debe saber por algún medio que la masa hacia la que se siente atraída está en una dirección determinada y han imaginado la existencia de gravitones, que son los que transmiten esa información entre los cuerpos.

Pero esa búsqueda es inútil, pues esa información no se transmite directamente entre las masas. Cada masa deforma un punto del tejido espacial. Cada punto deforma a sus puntos adyacentes, y estos a los suyos, etc. generando una depresión de una profundidad proporcional a la masa del cuerpo que la provoca.

Si dos depresiones están bastante cerca, los puntos del tejido situados entre ellas acabarán más hundidos que por el extremo opuesto y como resultado el tejido, justo bajo la masa que lo ha deformado, acabará con una leve inclinación en dirección a la masa más cercana que hará que ambas masas acaben rodando la una hacia la otra.

Y no ha habido en todo este proceso ninguna partícula que transmita esta información.

Que nosotros digamos que la gravedad es una fuerza que hace que las masas se atraigan entre sí, es una simplificación, pero esa fuerza no existe, no es una entidad física de ningún tipo, sino una entidad emergente, una resultante de unas causas mucho más simples que se alían para generar unas consecuencias más complejas que las causas que la provocan.

Las Fuerzas Polares

La gravedad es una fuerza que actúa siempre en un mismo sentido sobre todo tipo de partículas. Siempre se generan fuerzas de atracción, nunca de repulsión gravitatoria.

Pero hay otras dimensiones, y la onda que constituye nuestro universo, no solo avanza a través de una dimensión, sino de varias.

Y en algunas de estas dimensiones el espacio puede deformarse, no hacia el interior de la hiperesfera que es nuestro universo, sino hacia el interior de ese mismo espacio.

Sería como si una partícula, en una lona elástica, no ejerciera una fuerza hacia abajo generando una depresión, sino que tirara de los hilos adyacentes de la lona hacia la partícula. La forma de la lona no cambia, pero el tejido espacial es más denso en los puntos donde se encuentra la partícula y ligeramente menos denso al alcanzar una cierta distancia de la misma.

Del mismo modo podría ocurrir justo lo contrario. También hay partículas que empujan hacia fuera los hilos más cercanos del tejido espacial, generando zonas de menor densidad espacial.

Si dos partículas del mismo signo se acercaran, la tensión del tejido espacial entre ellas sería más intensa y el resultado sería que ambas partículas se alejaran entre sí.

Si dos partículas de distinto signo se acercaran, la tensión del tejido entre ellas sería menor que por sus partes opuestas y el resultado sería que ambas partículas acabaran chocando entre sí. Al hacerlo, las características de la partícula que provocan esa deformación polar se aniquilarían entre sí.

Pero una partícula no tiene solo una característica, sino que puede incorporar varias características diferentes. Por regla general todas las partículas tienen masa y, por tanto, todas deformarán el tejido espacial en dirección contraria a su expansión. Pero también pueden provocar zonas de mayor o menor tensión en el tejido espacial.

Otras Dimensiones. Otras Fuerzas

Y ahora debo daros una mala noticia. Hasta ahora hemos dicho que nuestro universo, nuestro espacio, es una onda de tres dimensiones expandiéndose a través de una membrana de cuatro dimensiones. Pero las otras dimensiones también existen, como podemos apreciar en el ejemplo del estanque, donde la onda unidimensional se desplaza a través de una segunda dimensión, por la superficie del estanque, pero también provoca ondulaciones en la tercera dimensión, arriba y abajo.

De los datos de los que actualmente disponemos (y suponiendo, por supuesto, que esta teoría es correcta), podemos deducir que nuestro universo es una onda que se transmite por una membrana, una zona de grosor muy reducido por comparación al tamaño de las dimensiones visibles, pero no insignificante. El número de dimensiones de las que se compone esta membrana no lo conocemos pero sí sabemos que serán al menos siete, tres de ellas las visibles, que podemos apreciar en nuestra vida cotidiana, una cuarta a través de la cual se transmite la onda, que es nuestro universo, y otras tres, al menos, que interfieren con las diferentes características de cada una de las partículas que componen nuestro universo.

La cuarta dimensión hace que las partículas actúen como si existiera una fuerza G, una fuerza de gravedad. Cada una de las otras dimensiones hace que las partículas reaccionen como si existieran otras fuerzas, a las que vamos a llamar E, N y D (por Electromagnética, Nuclear y Débil).

Cada partícula existente en nuestro universo incorpora una o varias características y cada una de estas características interfiere con una dimensión determinada.

La dimensión E hace que las partículas que tengan esta característica en sus dos modalidades, positivo y negativo, reaccionen de una forma determinada que a lo largo de la historia de la ciencia nos ha llevado a deducir que existe una fuerza Electromagnética. Los Electrones son partículas de muy poca masa que incorporan esta característica en su modalidad negativa mientras que los protones la incorporan en su modalidad positiva. Esto haría que electrones y protones se atraigan y, eventualmente choquen entre sí, pero ambos, electrones y protones, incorporan también otra característica que hace que interfieran con la dimensión N, y en esa dimensión ambas partículas lo hacen con la misma polaridad, por lo que la tendencia emergente será que ambas partículas se repelan. Esta reacción es lo que nos ha llevado a la conclusión de que existe una fuerza Nuclear.

Las cuatro fuerzas conocidas, Gravitatoria, Electromagnética, Nuclear y Débil, son representaciones que hemos inventado para explicar el comportamiento de las partículas. No son entidades existentes, sino emergentes, surgidas de la interacción de cada una de las características de cada partícula con el tejido espacial de una dimensión determinada.

Dicho esto, aunque estas fuerzas no tengan una existencia física, podemos utilizarlas como si fueran reales, solo a efectos de simplificar nuestros razonamientos, cálculos e investigaciones y desentrañar el funcionamiento de las partículas, pero sin perder de vista el hecho de que la Realidad es mucho más simple y al mismo tiempo mucho más extraña de lo que la intuición nos ha dicho hasta ahora.

Una grave consecuencia que ha tenido en el mundo de la investigación de la física el pensar que las fuerzas son entidades reales, es que los físicos han intentado durante años encontrar las partículas transmisoras que comunican a las partículas hacia donde tienen que caer o desviarse, pero esas partículas no existen, y cuando se han encontrado partículas que aparentemente realizan esta función muchos físicos han llegado a unas conclusiones equivocadas que les han llevado a callejones sin salida en su investigación.

Las partículas que han descubierto existen, por supuesto, pero no son partículas transmisoras de fuerzas, aunque su existencia y su interacción con otras partículas pueda generar una reacción que lo aparente.

Deformaciones y Ondas

Una partícula, sola en el espacio, provoca una deformación en el conjunto de los varios tejidos dimensionales que forman el espacio. Esta deformación es estática, si la partícula no se mueve la deformación que causa tampoco lo hace.

Cuando dos partículas como un protón y un electrón están cerca, se producen dos deformaciones diferentes en dos dimensiones diferentes. Una de estas deformaciones hace que las dos partículas se acerquen, la otra hace que se alejen. El resultado es que una de las partículas, la que ofrezca menos resistencia al movimiento, acabe dando vueltas alrededor de la otra a la distancia en que las dos fuerzas de atracción y repulsión se equilibren.

Donde antes había un electrón causando una deformación estática en el espacio, ahora hay un electrón que está cambiando de posición continuamente, y la deformación que provoca en el espacio también cambia continuamente generando una vibración en el tejido espacial. Esta vibración genera una onda de la misma longitud que el diámetro de la órbita del electrón alrededor del núcleo y de una intensidad equivalente a la diferencia de intensidad entre la máxima y la mínima distancia entre ambos puntos. Tal como una lona elástica: si hay un gimnasta de pie sobre ella la deformación de la lona es estática pero si está saltando cada uno de sus saltos generará una onda que se transmitirá por toda la lona hasta el infinito, aunque la intensidad de la onda será cada vez menor hasta llegar a hacerse inapreciable. En la lona, de dos dimensiones, la intensidad de la vibración será inversamente proporcional a la distancia al centro de la onda. En el espacio, de tres dimensiones, lo será al cuadrado de la distancia.

Igual que el electrón, al girar alrededor del protón, genera una onda, cuando esta onda llega hasta otro electrón va a alterar su rumbo haciendo que el segundo electrón cambie de trayectoria o, si está orbitando otro protón, cambie de órbita. De esta forma las órbitas de los electrones, que tienden a seguir una trayectoria circular o elíptica, cambian continuamente de órbita de una forma tan caótica que es totalmente imposible adivinar en qué lugar de un átomo se va a encontrar en un momento dado.

 El espacio está lleno de átomos, pero además se ve atravesado por un número casi infinito de ondas que se entrecruzan continuamente entre sí sin llegar a interferirse entre ellas.

Porque una particularidad de las ondas es que cuando dos ondas se cruzan se produce una interferencia en el punto del cruce, pero una vez pasada la interferencia la onda recupera elásticamente su forma, amplitud e intensidad original, exactamente igual que si no se hubiera cruzado con ninguna otra onda en su camino.

Pero en ocasiones dos ondas interfieren en una zona del espacio donde ya hay originalmente una deformación causada por la presencia de otras partículas. En tales casos la zona de interferencia entre ambas ondas genera una zona en la que se produce una sobreacumulación de energía. Esta sobreacumulación es un punto con más energía que los puntos circundantes y, como sabemos, la energía y la materia son intercambiables, o más bien, la materia es energía concentrada. Y cuando se produce una acumulación intensa de energía en un punto del espacio, es como si de la nada apareciera una partícula que antes no existía.

Son las partículas virtuales, partículas que surgen de forma espontánea en todos los puntos del espacio y duran un período de tiempo muy reducido antes de volver a disolverse en la nada.

Estas partículas virtuales, surgiendo a trillones en cada centímetro cúbico del universo, cuando lo hacen cerca de una partícula estable la hacen vibrar y generan en ellas propiedades emergentes, propiedades que no existían previamente pero que manteniendo todas las propiedades originales de las partículas les confieren una capacidad de interacción que no tenían antes.

En el espacio situado entre dos partículas cercanas, la aparición de estas partículas virtuales genera en muchas ocasiones una partícula virtual mucho más energética que recorre el camino entre ellas y es lo que a muchos físicos de partículas les han llevado a la errónea impresión de que eran partículas transmisoras.

Del mismo modo, los fotones son también partículas virtuales que solo cobran existencia cuando una onda electromagnética llega a una zona donde el campo electromagnético es lo bastante intenso como para que su interferencia mutua genere una partícula capaz de chocar físicamente con un electrón haciéndole cambiar abruptamente de trayectoria. De ahí la doble naturaleza de la luz, que cuando está viajando por el espacio interatómico se comporta como una onda pero que al llegar al espacio intraatómico o a la cercanía de una partícula se comporta e interactúa como una o más partículas.

Mientras más energética es una onda electromagnética más fotones aparecen en el momento de su interacción, pero mientras no interactúe con otras partículas un rayo de luz solo contiene ondas electromagnéticas.

 

 

Escrito y publicado el 1 de Abril de 2006
Última modificación el 16 de Junio de 2015