XXXII Jesús resucita a un niño muerto
- Después de esto, José y María fueron con Jesús a la ciudad de Nazareth, y él estaba allí con sus padres. Un día de sábado, en que Jesús jugaba en la terraza de una casa con otros niños, uno de ellos hizo caer de la terraza al suelo a otro, que murió.
Y como los padres del niño no habían visto esto, lanzaron gritos contra José y María, diciendo:
— Vuestro hijo ha hecho caer al nuestro, y lo ha matado.
- Pero Jesús callaba, y no respondía palabra. José y María fueron cerca de Jesús, y su madre lo interrogó, diciendo:
— Mi Señor, dime si tú lo has tirado.
Entonces Jesús descendió de la terraza, y llamó al muerto por su nombre de Zenón. Y éste respondió:
— Señor.
Y Jesús le preguntó:
— ¿Te he tirado yo de la terraza al suelo?
El niño contestó:
— No, Señor.
- Y los padres del niño que había muerto se maravillaron, y honraron a Jesús por el milagro que había hecho. Y de allí José y María partieron con Jesús para Jericó.
XXXIII Jesús en la fuente
- Jesús tenía seis años, y su madre lo envió a buscar agua a la fuente con los niños. Y sucedió que, cuando había llenado su vasija de agua, uno de los niños lo empujó y le destrozó la vasija.
- Pero Jesús extendió el manto que llevaba, y recogió en él tanta agua como había en el cántaro, y la llevó a su madre. La cual, viendo todo esto, se sorprendía, meditaba dentro de sí misma, y lo guardaba todo en su corazón.
XXXIV Milagro del grano de trigo
- Otro día Jesús fue al campo, y, tomando un grano de trigo del granero de su madre, lo sembró él mismo.
- Y el grano germinó, y se multiplicó extremadamente. Lo recolectó él mismo, y recogió tres medidas de trigo, que dio a sus numerosos parientes.
XXXV Jesús en medio de los leones
- Hay un camino que sale de Jericó, y que va hacia el Jordán, en el lugar por donde pasaron los hijos de Israel, y donde se dice que se detuvo el arca de la alianza. Y Jesús, siendo de edad de ocho años, salió de Jericó, y fue hacia el Jordán.
- Y había, al lado del camino, cerca de la orilla del Jordán, una caverna en que una leona nutría sus cachorros, y nadie podía seguir con seguridad aquel camino.
Jesús, viniendo de Jericó, y oyendo que una leona tenía su guarida en aquella caverna, entró en ella a la vista de todos. Mas, cuando los leones divisaron a Jesús, corrieron a su encuentro, y lo adoraron. Y Jesús estaba sentado en la caverna, y los leoncillos corrían aquí y allá, alrededor de sus pies, acariciándolo y jugando con él. Los leones viejos se mantenían a lo lejos, con la cabeza baja, lo adoraban, y movían dulcemente su cola ante él.
Entonces el pueblo, que permanecía a distancia, no viendo a Jesús, dijo:
— Si no hubiesen él o sus parientes cometido grandes pecados, no se habría ofrecido él mismo a los leones.
Y, mientras el pueblo se entregaba a estos pensamientos, y estaba abrumado de tristeza, he aquí que de súbito, en presencia de todos, Jesús salió de la caverna, y los leones viejos lo precedían, y los leoncillos jugaban a sus pies.
- Los parientes de Jesús se mantenían a distancia, con la cabeza baja, y miraban. El pueblo permanecía también alejado, a causa de los leones, y no osaba unirse a ellos.
Entonces Jesús dijo al pueblo:
— ¡Cuánto más valen las bestias feroces, que reconocen a su Maestro, y que lo glorifican, que vosotros, hombres, que habéis sido creados a imagen y semejanza de Dios, y que lo ignoráis! Las bestias me reconocen, y se amansan. Los hombres me ven, y no me conocen.
XXXVI Jesús despide en paz a los leones y les ordena que no hagan daño a nadie
- Luego Jesús atravesó el Jordán con los leones, a la vista de todos, y el agua del Jordán se separó a derecha e izquierda. Entonces dijo a los leones, de forma que todos lo oyeran:
— Id en paz, y no hagáis daño a nadie, pero que nadie os enoje hasta que volváis al lugar de que habéis salido.
- Y las fieras, saludándolo, no con la voz, pero sí con la actitud del cuerpo, volvieron a la caverna. Y Jesús regresó cerca de su madre.
XXXVII Milagro del trozo de madera
- Como José era carpintero, y no fabricaba más que yugos para los bueyes, arados, carros, instrumentos de labranza y camas de madera, ocurrió que un hombre joven le encargó hacerle un lecho de seis codos. José mandó a su aprendiz cortar la madera mediante una sierra de hierro, según la medida que había sido dada.
Pero el aprendiz no guardó la medida prescrita, e hizo una pieza de madera más corta que la otra. Y José empezó a preocuparse y a pensar en lo que convenía hacer al respecto.
- Y, cuando Jesús lo vio preocupado con que no había arreglo posible, le habló para consolarlo, diciéndole:
— Ven, tomemos las extremidades de las dos piezas de madera, coloquémoslas una junto a otra, y tiremos de ellas hacia nosotros, para que podamos hacerlas iguales.
José obedeció, porque sabía que podía hacer cuanto quisiera. Y tomó los extremos de los trozos de madera, y los apoyó contra un muro, cerca de él, y Jesús tomó los otros extremos, tiró del trozo más corto, y lo hizo igual al más largo.
Y dijo a José:
— Ve a trabajar, y haz lo que has prometido.
Y José hizo lo que había prometido.
XXXVIII Explicación del alfabeto
- Por segunda vez pidió el pueblo a José y María que enviasen a Jesús a aprender las letras a la escuela. No se negaron a hacerlo, y, siguiendo el orden de los ancianos, lo llevaron a un maestro para que lo instruyese en la ciencia humana. Y el maestro comenzó a instruirlo con un tono imperioso, ordenándole:
— Di Alpha.
Pero Jesús le contestó:
— Dime primero qué es Beth, y te diré qué es Alpha.
Y el maestro, irritado, pegó a Jesús, y, apenas lo hubo tocado, cuando murió.
- Y Jesús volvió a casa de su madre. José, aterrado, llamó a María y le dijo:
— Mi alma está triste hasta la muerte por causa de este niño. Porque puede ocurrir que cualquier día alguien lo hiera a traición, y muera.
Pero María, respondiéndole, dijo:
— Hombre de Dios, no creo que eso pueda pasar, antes creo con certeza que aquel que lo ha enviado para nacer entre los hombres lo protegerá contra toda malignidad, y lo conservará en su nombre al abrigo del mal.
XXXIX El niño Jesús explica la Ley
- Por tercera vez rogaron los judíos a María y a José que condujeran con dulzura al niño a otro maestro, para ser instruido. Y José y María, temiendo al pueblo, a la insolencia de los príncipes y a las amenazas de los sacerdotes, lo llevaron de nuevo a la escuela, aun sabiendo que nada podía aprender de un hombre el que tenía de Dios una ciencia perfecta.
- Cuando Jesús hubo entrado en la escuela, guiado por el Espíritu Santo, tomó el libro de manos del maestro que enseñaba la Ley, y en presencia de todo el pueblo, que lo veía y oía, se puso a leer no lo que estaba escrito en el libro, sino que hablaba en él el espíritu de Dios vivo, como si un torrente de agua brotase de una fuente viva, y como si esa fuente estuviese siempre colmada.
Y enseñó al pueblo con tanta energía la grandeza de Dios, que el mismo maestro cayó a tierra, y lo adoró. Pero el corazón de los que allí estaban, y lo habían oído hablar, fue presa del estupor. Y cuando José lo hubo oído, fue corriendo hacia Jesús, temeroso de que el maestro muriese. Y, viéndolo, el maestro dijo:
— No me has dado un discípulo, sino un maestro. ¿Quién sostendrá la fuerza de sus palabras?
Entonces se cumplió lo que fue dicho por el salmista: El río de Dios está lleno de agua. Tú has preparado su nutrición, porque así es como se prepara.
XL Jesús resucita a un muerto a ruegos de José
- Y José partió de allí con María y Jesús, para ir a Capernaum, a orillas del mar, a causa de la maldad de sus enemigos. Y, cuando Jesús moraba en Capernaum, había en la ciudad un hombre llamado José e inmensamente rico. Pero había sucumbido a la enfermedad, y estaba extendido muerto sobre su lecho.
- Y, cuando Jesús hubo oído a los que gemían y se lamentaban sobre el muerto, dijo a José:
— ¿Por qué no prestas el socorro de tu bondad a ese hombre que lleva el mismo nombre que tú?
Y José le respondió:
— ¿Qué poder o qué medio tengo yo de prestarle socorro?
Y le dijo Jesús:
— Toma el pañuelo que llevas en la cabeza, ponlo sobre el rostro del muerto, y dile: El Cristo te salve. Y en seguida el muerto quedará curado, y se levantará de su lecho.
Después de haberlo oído, José fue corriendo a cumplir la orden de Jesús, entró en la casa del muerto, y colocó sobre su rostro el pañuelo que él llevaba sobre su cabeza, diciéndole:
— Jesús te salve.
Y al instante el muerto se levantó de su lecho, preguntando quién era Jesús.
XLI Curación de Jacobo
- Y fueron a la ciudad que se llama Bethlehem, y José estaba en su casa con María, y Jesús con ellos.
Y un día José llamó a Jacobo, su primogénito, y lo envió a la huerta a recoger legumbres para hacer un potaje. Jesús siguió a su hermano a la huerta, y José y María no lo sabían.
Y he aquí que, mientras Jacobo recogía las legumbres, una víbora salió de un agujero, y mordió la mano del muchacho, que se puso a gritar, por el mucho dolor. Y, ya desfalleciente, clamaba con voz llena de amargura:
— ¡Ah, una malvada víbora me ha herido la mano!
- Pero Jesús, que estaba al otro lado, corrió hacia Jacobo, al oír su grito de dolor, y le tomó la mano, sin hacerle otra cosa que soplarla encima, y refrescarla. Y en seguida Jacobo fue curado, y la serpiente murió.
Y José y María no sabían lo que pasaba. Pero a los gritos de Jacobo, y al mandárselo Jesús, corrieron a la huerta, y vieron a la serpiente ya muerta y a Jacobo perfectamente curado.
XLII Jesús y su familia
- Cuando José iba a un banquete con sus hijos, Jacobo, José, Judá y Simeón, y con sus dos hijas, y con Jesús y María, su madre, iba también la hermana de ésta, María, hija de Cleofás, que el Señor Dios había dado a su padre Cleofás y a su madre Ana, porque habían ofrecido al Señor a María, la madre de Jesús. Y esta María había sido llamada con el mismo nombre de María para consolar a sus padres.
- Siempre que estaban reunidos, Jesús los santificaba, y los bendecía, y comenzaba el primero a comer y a beber. Porque ninguno osaba comer, ni beber, ni sentarse a la mesa, ni partir el pan, hasta que Jesús, habiéndolos bendecido, hubiere hecho el primero estas cosas.
Si por casualidad no estaba allí, esperaban que lo hiciese. Y, cada vez que él quería aproximarse para la comida, se aproximaban también José y María y sus hermanos, los hijos de José.
Y estos hermanos, teniéndolo ante sus ojos como una luminaria, lo observaban y lo temían. Y, mientras Jesús dormía, fuese de día o de noche, la luz de Dios brillaba sobre él.
Alabado y glorificado sea por los siglos de los siglos.
Amén.
Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Edmundo González Blanco