En Jerusalén, mientras tanto, los acontecimientos se precipitaban hacia enfrentamientos cada vez más violentos. Los nazoreos eran cada vez más osados en sus manifestaciones y los romanos más despectivos en su trato a los judíos. Varios graves insultos de los romanos a los judíos provocaron enfrentamientos que Santiago, como jefe de los nazoreos, intentó sofocar sabiendo que aún no estaban preparados para la rebelión.
Pero los enfrentamientos más graves de los nazoreos se producían contra el cuerpo sacerdotal de los saduceos que intentaban por todos los medios desprestigiar a una secta que cada vez atraía más al pueblo.
El año 62 los saduceos tuvieron la oportunidad y no la dejaron pasar.
El gobernador de Judea, Porcio Festo, murió de una grave enfermedad. Al llegar la noticia a Roma, Nerón nombró como gobernador a un liberto llamado Albino que en ese momento se encontraba en Alejandría por lo que hubo que mandarle aviso para que se dirigiera a Judea.
Durante esos meses de interregno, tal como hizo su hermano Jonatán en el 37, Anás, el sumo sacerdote aprovechó para "preparar" un juicio contra Santiago.
Hubiera sido muy difícil que declararan culpable a Santiago de ningún cargo, ya que era un fiel cumplidor de la ley y nadie hubiera creído jamás de él que se hubiera saltado el más mínimo precepto. Sin embargo, en un tumulto "espontáneo" del pueblo, Santiago fue zarandeado y golpeado hasta morir. En su agonía, antes de perder el conocimiento, exclamó "Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen", frase ésta que posteriormente los cristianos atribuyeron a Jesús.
Para sustituir a Santiago, los nazoreos nombraron a Simeón, hijo de Cleofás, el cual era hermano de José. Pero Simeón no estaba a la altura de sus primos Jesús y Santiago y no pudo reprimir los disturbios que se produjeron tras la muerte de Santiago y que fueron severamente sofocados por Albino.
Tres años más tarde, el 65, finalizaron las obras del templo de Jerusalén que venían realizándose desde la época de Herodes el Grande. El fin de las obras dejó sin trabajo a varios miles de trabajadores que, incapaces de encontrar subsistencia ingresaron en las filas de nazoreos y zelotes y otros muchos formaron bandas de sicarios que se dedicaban a saltear caminos.
Sin la presencia moderadora de Santiago, y recordando todos la ignominiosa forma en que éste murió, la revolución no se hizo esperar: estalló en el año 66 y fueron necesarios varios ejércitos romanos para sofocar la insurrección. El templo de Jerusalén volvió a ser destruido y los nazoreos hubieron de huir a otros países para ponerse a salvo. Aún así hubo ciudades que por su situación en lo alto de abruptas colinas resistieron durante años pero también hubo ciudades en las que, llevados por el fanatismo religioso, sus habitantes prefirieron suicidarse antes que rendirse a los romanos.
Así, en Masada, tras resistir varios años de asedio, cada hombre mató a su mujer e hijos. De los supervivientes se seleccionaron diez hombres que mataron a espada a todos los demás. Cuando sólo quedaron esos diez, uno mató a los otros nueve para después suicidarse.
Cuando las tropas romanas entraron en Masada, sólo encontraron dos mil cadáveres y una mujer que se había ocultado con su bebé recién nacido para salvarlo.
Hubo varias ciudades que protagonizaron escenas similares y en una de ellas, cuando sólo quedaban dos supervivientes, uno de ellos convenció al otro de que se entregaran a los romanos para explicarles con qué valor mueren los judíos. Éste fue el famoso historiador judío Flavio Josefo que durante décadas narró cuanto sabía sobre la historia judía aunque, viviendo entre los romanos, todas sus historias quedaron impregnadas de alabanzas a los romanos y veladas críticas a los judíos.
Los judíos que sobrevivieron se repartieron por todas las ciudades del mundo pero no integrándose en ellas como nuevos ciudadanos de las mismas sino manteniéndose apartados, viviendo en ghetos y juderías y manteniendo vivas unas creencias y costumbres que los separaban de los que no eran judíos con la esperanza de que tarde o temprano regresaría el Mesías que los devolvería a la Tierra Prometida para desde allí volver a dominar a todas las naciones del mundo.
La historia de los judíos como nación termina aquí, aunque a mediados del siglo siguiente hubo un nuevo intento de rebelión que también fue sofocado con dureza. En todos estos intentos de revolución se han podido identificar a varios cabecillas zelotes integrándolos dentro de una misma familia. De hecho sabemos que Judas de Galilea, que protagonizó los disturbios durante el censo de Quirino en el año 6, el general Eleazar, último defensor de Masada y Bar Cochba, instigador de la última rebelión judía a mediados del siglo II eran todos miembros de la misma familia, familia que muy probablemente también estaba relacionada con Cleofás, hermano de José, cuyo hijo Simeón, primo hermano de Jesús, fue sucesor de Santiago a la cabeza de los nazoreos.
Pero mientras los judíos se refugiaban en las juderías y en los ghetos, los cristianos seguidores de Pablo y sus discípulos abandonaron los templos judíos para predicar en las plazas públicas e incluso en la puerta de templos paganos. Siendo los romanos y los griegos tan amantes de la imaginería, también los cristianos comenzaron a hacer imágenes de Jesús mostrándolo con toda su belleza, esplendor y gloria y con los brazos extendidos para acoger a todos los cristianos. La imagen de Jesús se paganizó aún más asignándole el crismón, atributo del sol invicto, un sol con rayos rodeando la cabeza de Jesús mientras sus apóstoles adquirían el halo de la santidad.
Como Dios Solar, a Jesús se le atribuyeron diversos milagros de curación e incluso alguno de resurrección tal como otros muchos dioses anteriores de muchas épocas. Así, como Sansón, Buda, Krishna y otros varios personajes, Jesús nació de una virgen. Como Rémulo, Henoc y Elías, Jesús había ascendido a los cielos sin morir. Como Moisés, Jesús se salvó de una matanza infantil ordenada por Herodes, matanza que en realidad nunca se produjo. Como Ahura-Mazda y Mitra, a su nacimiento se postraban los animales y unos reyes de oriente le ofrecieron oro, incienso y mirra.
Lo poco que los gentiles sabían realmente de la vida de Jesús hizo que algunos cristianos intentaran recopilar todo lo que se contaba sobre él para narrar con la mayor veracidad posible los hechos de su vida.
También los nazoreos hicieron varios intentos por narrar la vida de Jesús y al estar más cerca de aquellos que realmente le conocieron, lo hicieron con mejor fortuna.
Entre los intentos más loables se encuentra el evangelio de Marcos, escrito por Juan Marcos, el discípulo que discutió con Pablo en su primer viaje, y que tras acompañar como intérprete a Pedro hasta su muerte, hizo una recopilación de todas las historias que había oído narrar a Pedro.
Por desgracia este evangelio no narra todas las historias en el orden en que sucedieron, ya que Pedro no contaba la vida de Jesús por orden sino según se terciaba en cada asamblea de creyentes.
También por desgracia, Pedro, a lo largo de los últimos años, había adornado la vida de Jesús con exageraciones atribuyéndole diversas curaciones y milagros.
Y como última desgracia, el final del evangelio de Marcos se ha perdido, y escritores posteriores lo han intentado rellenar de la forma en que mejor han creído entender. Así, entre las copias más antiguas que se han encontrado de este evangelio, aparte de diversas palabras que cambian por errores de los copistas, se han encontrado varias versiones distintas del final, a partir del momento en que las dos Marías y Salomé encuentran abierto el sepulcro. También es curioso observar que en este evangelio no se hace mención alguna a la anunciación ni a la virginidad de María. De hecho el evangelio comienza en la época de Juan Bautista, lo que indica que Pedro no dio importancia a ningún hecho anterior a la vida pública de Jesús.
Después de escribir este evangelio, probablemente en Roma, Marcos viajó a Egipto donde se le pierde el rastro.
También existió un evangelio de Mateo escrito por el apóstol Mateo, el recaudador de impuestos que fue llamado por Jesús. Sería el único evangelio escrito por un testigo presencial de la vida de Jesús si no fuera por una lamentable desgracia: no ha llegado hasta nosotros ninguna copia del mismo.
Lo único que tenemos es un evangelio escrito por un judío helenista de Alejandría, Egipto, en los años 90 que usando el original mencionado, una copia del evangelio de Marcos y una recopilación de historias casi míticas y claramente paganas, compuso el evangelio que ha llegado hasta nuestros días.
Lo mejor de este evangelio es el sermón de la montaña que casi con toda seguridad era el rollo con las enseñanzas de Jesús que llevaban todos los nazoreos en sus predicaciones y que había sido escrito por el mismo Mateo.
Lo peor es que en su composición se entremezclaron varias historias paganas persas y egipcias dando lugar a los mitos de la Adoración de los Magos y la Virginidad de María.
También, quizás porque el autor de este evangelio era egipcio, incluyó un relato en el que José, tras el nacimiento de Jesús, se refugia en Egipto durante algún tiempo hasta la muerte de Herodes.
Hay que indicar que, según Mateo, José y María parecen vivir en Belén durante el embarazo de ésta, no se hace ninguna referencia a que vivieran en Nazaret hasta que regresan de Egipto.
A continuación está el evangelio de Lucas, escrito por un discípulo de Pablo que tras las persecuciones del emperador Domiciano decidió narrar las vidas de Jesús y Pablo con el fin de explicar a los cristianos el origen de su iglesia.
El redactor de este evangelio se basó muy probablemente en las memorias de Lucas, 'el médico querido' que acompañó a Pablo durante bastantes años en sus viajes y que escribió unas memorias que, muchos años más tarde, fueron usadas (y a veces copiadas literalmente, por eso en los Hechos se relatan algunos episodios en primera persona. [Hechos 21]) para componer este evangelio.
Aparte de en las memorias de Lucas, el redactor debió inspirarse también en los mismos manuscritos que acompañaban a todos los apóstoles, los escritos originalmente por Mateo con las profecías mesiánicas y las enseñanzas de Jesús, pero no debió conocer el evangelio de Mateo, escrito unos años antes pero en Egipto, muy lejos de Roma o Grecia, lugares ambos donde este evangelio pudo ser escrito.
Este desconocimiento le lleva a dar una versión del nacimiento de Jesús muy diferente a la versión de Mateo, llegando a fecharlo durante un censo romano, siendo así que el primer censo que se realizó en Palestina fue casi diez años después de la muerte de Herodes, lo que durante muchos siglos ha planteado serias dificultades para fechar el nacimiento de Jesús.
El redactor de este evangelio, que debió ser un lector avezado, no dudó en alterar la historia de Jesús cuando convenía a sus intereses, supliendo etapas desconocidas de la vida de Jesús por relatos del Antiguo Testamento y hasta por relatos de Josefo; así, el episodio de Jesús en su infancia al perderse en el templo y asombrar a los doctores de la ley con su sabiduría está copiado de un relato autobiográfico del mismo Flavio Josefo que se atribuía a sí mismo esa sabiduría.
Incluso la forma de narrar la historia, simulando ser dos cartas dirigidas al "noble Teófilo" está también copiada de "Contra Apion", de Josefo, que comparte la misma estructura y que fue escrita pocos años antes.
En la primera parte, la vida de Jesús, los hechos son manipulados no distinguiendo entre nazoreos ni saduceos, sino que los que tramaron y provocaron la muerte de Jesús fueron los judíos en general, mientras los romanos, como Poncio Pilato, no tuvieron culpa de la muerte de Jesús, al contrario, hicieron lo posible por salvarlo pero los judíos no querían que Jesús viviese. De esa forma "Lucas" se aseguraba de contar con las simpatías del pueblo romano aunque fuera a costa de que el pueblo judío se convirtiera desde entonces en el centro del odio de la cristiandad hasta el día de hoy.
En la segunda parte, los Hechos de los Apóstoles, después de una corta presentación de los apóstoles en Jerusalén, "Lucas" pone en boca de Pedro varios discursos que éste no pronunció pero que contienen resumidos varios dogmas de la fe cristiana (que no era precisamente la fe de Pedro, la nazorea). A continuación presenta a Pablo y su conversión y tras una pausa en la que vuelve a mostrarnos a Pedro discutiendo con la iglesia de Jerusalén, y otras escenas de los primeros tiempos de la iglesia nazorea, toma el protagonismo Pablo, no soltándolo ya hasta el final de los Hechos.
"Lucas" convierte a Pablo en el héroe de la evangelización convirtiéndolo en un maestro de la oratoria cuando en realidad le costaba bastante trabajo expresarse en público. Por contra, los rivales de Pablo usan argumentos infantiles para rebatirle y, por supuesto, tienen que rendirse avergonzados ante la lógica aplastante de los argumentos de Pablo. Poco a poco, a lo largo de los Hechos, se deja de hablar de Pedro y los demás discípulos de Jesús para llegar al final a hablar de Pablo y los gentiles a un lado y los judíos, que se oponen a Jesús y a Pablo, al otro.
El evangelio de Juan, el más místico de los cuatro, fue escrito a principios del siglo II por Juan, el Anciano, un sacerdote de Éfeso, basándose en los relatos de Juan, el discípulo amado, que desde la diáspora de los judíos pasó su vejez en esa comunidad judía. Por aquella época existían ya una decena de evangelios escritos en diversas partes del imperio romano y Juan también se basó en ellos para narrar su historia.
En total, en los dos primeros siglos tras la muerte de Jesús, se escribieron más de medio centenar de evangelios escritos algunos por judíos nazoreos, otros por judíos helenizados y otros muchos por historiadores o creyentes cristianos. La mayoría eran recopilaciones de leyendas y no tenían ni un mínimo de credibilidad, pero entre ellos había otros evangelios que narraban episodios tan dignos de crédito como los cuatro mencionados.
Para aclarar una situación tan caótica, la iglesia cristiana, cuando ya había dominado la jerarquía del imperio romano convirtiéndose en el imperio por encima del imperio, celebró un concilio en el año 325 para decidir cuál de estos textos debía ser el verdadero. Como no había unanimidad entre los cardenales se sometió a votación cuál de todos los evangelios serían aceptados como oficiales.
Teniendo en cuenta que entre todos los evangelios existentes estos cuatro mantenían una coherencia bastante fuerte, lógica si tenemos en cuenta que cada uno fue usado como fuente documental para escribir el siguiente, la iglesia designó estos cuatro como los evangelios canónicos desterrando a todos los demás al nebuloso terreno de lo apócrifo.
La palabra apócrifo significa que está fuera del canon de la iglesia, no necesariamente que sea falso pero con el paso de los siglos todos los evangelios apócrifos han sido rechazados como falsos.