Los romanos habían sido durante años sorprendentemente tolerantes con las costumbres judías. Los judíos residentes en Atenas, por ejemplo, se consideraban a sí mismos miembros de la nación de Judea, aunque llevasen viviendo allí durante varias generaciones.
Con este argumento, las comunidades judías que había en muchas ciudades conquistadas por Roma, como Corinto, Mileto y otras, quedaban exentas de las obligaciones que tenían que soportar los demás pueblos. Así, los judíos de Éfeso estaban exentos del servicio militar y algunas de las poblaciones fundadas por judíos en Siria en tiempos de Antíoco estaban exentas de pagar impuestos.
Las cosas empezaron a cambiar a partir del momento en que los romanos conquistaron Judea en el año 63 aC.
La ocupación provocó protestas en las comunidades judías de todas las ciudades del imperio pero, ante la perspectiva de perder los privilegios adquiridos durante años, las protestas no pasaron de ser eso: protestas.
Pero en territorio judío las protestas llegaron a convertirse en una feroz oposición contra los opresores extranjeros.
Para vencer esa oposición los romanos se enfrentaron y persiguieron a los más duros activistas antiromanos y como es natural de los diversos grupos religiosos judíos surgieron sectas cada vez más radicales.
El fanatismo y la intransigencia de algunas de estas sectas, entre ellas la de los nazoreos, era tan grande que los romanos acabaron por quitarles el control del templo y dárselo a un grupo de sacerdotes judíos más moderados, los saduceos, que dirigieron el templo hasta mediados del siglo siguiente. Para minar aún más su poder, debieron compartir el control del templo con otra secta judía, los fariseos.
Los nazoreos fueron siendo cada vez más perseguidos hasta el punto de que, durante el reinado de Herodes el Grande, fueron destruidas varias de sus comunidades y tuvieron que ponerse en fuga en dirección a Damasco. Algunas comunidades se establecieron en las ciudades fundadas al sur de Damasco en tiempos de Antíoco Epífanes. Otras llegaron aún más lejos, hasta el Eufrates y luego río abajo para fundar varias ciudades en las costas del golfo pérsico.
A la muerte de Herodes volvieron del exilio algunas comunidades y comenzaron a reconstruir los asentamientos que habían tenido que abandonar iniciando una nueva etapa pública y consiguiendo numerosos adeptos entre el pueblo, si bien el templo siguió estando bajo el control de fariseos y saduceos.
Mientras tanto los romanos se convirtieron de república en imperio, comenzaron a deificar a sus emperadores y realizaron un censo en Judea con el fin de recaudar impuestos. Todo ello iba contra el mismo corazón de las creencias judías que, tras el primer censo realizado el año 6 dC iniciaron una revuelta dirigida por Judas de Galilea que acabó con la muerte de muchos judíos.
En el año 26 el emperador Tiberio nombró a Poncio Pilato procurador de Judea.
Al llegar a Cesárea, Pilato envió la guarnición romana a Jerusalén mientras él descansaba unos días del viaje. Fuera por ignorancia o a propósito, los batallones romanos llegaron a Jerusalén llevando estandartes con la imagen del emperador, cosa que estaba completamente prohibida por los judíos.
Un grupo de éstos emprendió el camino hacia Cesárea para pedir a Pilato que retirara los estandartes pero al llegar tuvieron que esperar durante varios días antes de ser recibidos. Al recibirlos, Pilato hizo que los rodearan los soldados y les amenazó con que desistieran de sus pretensiones o serían degollados.
La respuesta de aquellos judíos fue inclinarse y descubrir el cuello. Ante la perspectiva de empezar su gobierno con una matanza, Pilato accedió a retirar los estandartes pero desde entonces no perdió la menor oportunidad de tomar decisiones que pudieran molestar a los judíos.
Una de éstas fue la adopción de las unidades de medida romanas cosa que provocó varias manifestaciones de protesta por parte de los judíos pero pronto las aguas volvieron a su cauce.
No ocurrió lo mismo en el año 31, cuando necesitado de dinero para la construcción de un acueducto, ordenó que se embargaran los tesoros del templo.
Fariseos y saduceos realizaron una débil protesta, más que nada de cara al público, aunque no tenían la menor esperanza de ser atendidos.
La respuesta de Pilato ante esta protesta fue despectiva pues para entonces ya sabía perfectamente que fariseos y saduceos no arriesgarían la posición que tenían en el templo y en la sociedad judía.
Mucho más elocuente fue la protesta de los nazoreos, algunos de cuyos miembros dirigieron duras críticas a Pilato y organizaron manifestaciones del pueblo.
En una de estas manifestaciones Pilato hizo que varios soldados se disfrazaran con ropas civiles y se infiltrasen en la manifestación.
A una señal los soldados sacaron porras con las que golpearon a los manifestantes provocando una estampida que causó varias decenas de muertos.
En este ambiente de violencia, desprecio y recelo, no podía pasar mucho tiempo sin que los enfrentamientos entre judíos y romanos fueran cada vez más graves.
En resumen, a lo largo de casi dos milenios, los judíos vivieron casi siempre dominados por otros pueblos y sólo durante un período de menos de un siglo, en tiempos de David y Salomón, tuvieron una relativa independencia en medio de las poderosas naciones que les rodeaban.
Para compensar la poca importancia que tenían como nación, mitificaron a su dios, asegurando que era el más poderoso de cuantos dioses eran adorados sobre la faz de la Tierra. Y para justificar el hecho de que siendo el suyo el más poderoso de los dioses, su pueblo fuese tantas veces dominado por tantas naciones, crearon el mito de que Dios los castigaba cada vez que ellos se apartaban del camino que Dios les había marcado.
Para que Dios dejara de castigarles debían ser todos ellos fieles cumplidores de la ley, la Torah. Entonces, y sólo entonces, Dios les enviaría un descendiente de David que reuniría en sí los atributos de la realeza y el sacerdocio. Sería nombrado rey de Israel, gobernaría a todas las naciones y su reinado duraría un milenio.
Mientras tanto tendrían que esperar siendo fieles al pacto que habían hecho con Yavé, cumpliendo todas las leyes de la Torah hasta que Dios se acordase de su pueblo y restaurara su gloria pasada.
Desde muy antiguo, una de las leyes judías estipulaba que las tierras de cultivo debían ser dejadas en barbecho cada siete años. Durante los años sabáticos, los judíos aprovechaban que había menos trabajo para realizar viajes, visitar familiares o llevar a cabo actividades que no podían realizar en otras circunstancias.
Aparte de esto, cada catorce años, coincidiendo con uno de cada dos años sabáticos, los romanos realizaban un censo de la población en toda Judea con el fin de determinar los impuestos de los judíos hasta el censo siguiente.
Los censos eran impopulares entre los judíos ya que estaban destinados a fijar los impuestos, motivo por el cual los años censales se producían numerosas protestas y manifestaciones. Ya el año 6, fecha del primer censo en Judea, hubo manifestaciones que llegaron a convertirse en revueltas. También hubo algaradas en el año 20, pero el censo del 34, tras ocho años de gobierno por Pilato, la situación era especialmente explosiva.
El año sabático judío duró desde septiembre del 33 hasta septiembre del 34 y el año censal romano desde marzo del 34 hasta marzo del 35, así que entre marzo y septiembre del 34 había muchas personas viajando a sus ciudades de nacimiento para visitar a sus familiares o censarse.
Por los caminos, en las plazas, en los mercados y en las puertas de las ciudades era fácil encontrar predicadores de distintas sectas exponiendo sus ideas y profetizando grandes calamidades o la llegada de algún mesías libertador del yugo romano.
No había predicadores fariseos ni saduceos pues estos estaban establecidos en el poder del templo y no descendían a los caminos ni se mezclaban con la "chusma". Tampoco el pueblo llano les hubiese hecho mucho caso, probablemente.
Así, la mayor parte de los predicadores que se podían encontrar eran de alguna de las numerosas sectas judías. Y los que soliviantaban más al pueblo eran los zelotes, cuyas predicaciones eran las más críticas a los romanos, a los fariseos y a los saduceos.
En estas fechas murió Felipe el Tetrarca y le sucedió Herodes Antipas quien, para legitimar su derecho al trono de Judea, se había casado con una sobrina suya que era nieta de Herodes el Grande. Aunque en la ley judía no había ninguna norma que prohibiera casarse con una sobrina, algunos predicadores zelotes, entre ellos Juan el Bautista, criticaron duramente a Herodes por este hecho.
Al principio de su reinado Herodes no se atrevió a detener a un hombre santo como Juan pues sabía que los tumultos durante los años sabáticos podían degenerar fácilmente en una revuelta que obligaría a intervenir a Pilato, y eso era lo último que él quería.
Esperó a que terminara no sólo el año sabático sino el censal para asegurarse de que la detención de Juan pasara lo más desapercibida posible.