Unos dos mil años antes de Jesús existían en el oriente medio varios reinos importantes. Estos reinos estaban organizados en ciudades que controlaban vastas extensiones de tierra en un régimen bastante parecido al feudal de la edad media pero con pretensiones imperiales. Las guerras entre los distintos reinos eran frecuentes y a pesar de que los tiempos eran bastante primitivos se inventaron y desarrollaron armas de lo más sofisticado.
Allí, en el siglo XIX aC, vivió Abraham, un pastor babilónico en un país agrícola. A lo largo de los siglos, la agricultura había ido tomando más y más importancia, y cada vez eran mayores los terrenos destinados al cultivo.
El pastoreo requería tierras vírgenes y es por eso, y quizás para huir de un estado cuyos impuestos eran cada vez más abusivos, por lo que Abraham decidió buscar nuevas tierras para sus rebaños.
Él y sus descendientes, a lo largo de varias generaciones, fueron alejándose de Babilonia y viajando hacia tierras de Canaán.
De Babilonia se llevaron su religión, pero un pueblo nómada dedicado al pastoreo no necesita ni tiene tiempo para muchos dioses así que la religión de los descendientes de Abraham se fue simplificando hasta convertirse en una monolatría reglamentada.
Monolatría porque aunque Abraham y sus descendientes creían en varios dioses sólo adoraban a uno, Yavé, que era un dios poderoso y que les ayudaba contra los enemigos.
Reglamentada, porque había una serie de reglas, aún no escritas, que había que obedecer para no ser castigados por su dios, y si el pueblo de Yavé desobedecía esas reglas las calamidades que les sobrevendrían serían terribles.
Y para transmitir la religión, oficiar los ritos y velar por el cumplimiento de las leyes de dios, el patriarca familiar era también el sacerdote de la religión.
Años más tarde, allá por el 1650 aC, los hicsos conquistaron el alto Egipto y una gran cantidad de emigrantes se dirigió a repoblar el delta del Nilo. Los descendientes de Abraham se unieron a esta migración, abandonaron el pastoreo y se establecieron como agricultores y artesanos.
Egipto recuperó sus tierras ochenta años más tarde. Muchos hicsos fueron expulsados de Egipto, otros muchos murieron. Los demás, los hebreos entre ellos, fueron convertidos en esclavos.
Soportaron la esclavitud durante mucho tiempo, impotentes para hacer otra cosa que no fuera lamentarse y esperar el día en que su dios les liberaría. Pero no había salvación posible, los varios miles de judíos, hicsos y otras razas que trabajaban como esclavos en Egipto no tenían medios, ni armas, ni fuerzas para intentar una rebelión, así que no les quedó otro recurso que alimentar durante mucho tiempo su odio a los egipcios.
Durante aquellos años su religión se hizo más cerrada, su dios más celoso, cruel y vengativo y su ira más terrible.
Aproximadamente por el año 1450 aC, a ochocientos kilómetros al noroeste de Egipto, en el mar Egeo, un volcán en la isla de Santorín entró en erupción enviando una columna de humo y cenizas hacia el cielo.
El volcán apenas hubiera sido visible desde las islas vecinas, pero la fuerza de la lava hizo que se formase una nueva chimenea que atravesó la montaña abriendo una grieta en ella. Por esa grieta penetraron miles de toneladas de agua, millones de litros que entraron con ciclópea fuerza y que al entrar en contacto con la hirviente lava del volcán entró en ebullición. El vapor de agua en expansión provocó tal presión que la isla de Santorín, literalmente, estalló en pedazos.
Se calcula que la explosión debió ser unas quince veces mayor que la del volcán Krakatoa, que estalló en muy parecidas circunstancias en el océano Pacífico a finales del siglo XIX. En aquella ocasión llegaron a romperse los cristales de las ventanas en muchas ciudades europeas, a pesar de que estaban a más de diez mil kilómetros de distancia, y el polvo suspendido en la atmósfera alteró las temperaturas de la Tierra durante varias decenas de años.
La explosión quince veces mayor de Santorín, a sólo ochocientos kilómetros de distancia causó efectos terroríficos en Egipto.
Primero vendría una sacudida de la tierra, seguida, una media hora más tarde, por una explosión atronadora.
Una gigantesca ola de casi un centenar de metros de altura se extendió en todas direcciones a más de trescientos kilómetros por hora. Tras ella aún se produjeron varias olas de unos treinta metros de alto que asolaron por completo la isla de Creta. Estas olas llegaron un par de horas más tarde a las costas de Egipto provocando unas inundaciones que destruyeron numerosas ciudades costeras sepultando también al faraón Tutmosis III y sus ejércitos que estaban en una de sus frecuentes expediciones guerreras.
Las cenizas volcánicas y los restos de polvo de la isla oscurecieron el sol durante varios días, y aún varias semanas más tarde quedaría en la atmósfera suficiente polvo como para que al posarse en las aguas del Nilo este apareciese teñido de sangre.
Los animales que habitaban en las charcas y el río, incapaces de sobrevivir en las insalubres aguas invadieron los campos y ciudades muriendo por doquier y aumentando el terror de egipcios y judíos. Las aguas contaminadas, los animales muertos, las plagas de ranas, mosquitos, tábanos y langostas hicieron que los egipcios se encerraran en sus casas y los esclavos hicsos, judíos y otros vieron su oportunidad de escapar.
Un par de semanas después de la explosión de Santorín, los esclavos huyeron a través del desierto intentando regresar a Canaán. Antes de irse se vengaron de sus opresores incendiando numerosas casas y matando a muchos de sus antiguos amos. También se llevaron consigo todos los animales de tiro que pudieron conseguir y todas las joyas de oro, plata o piedras preciosas que pudieron robar. Atravesaron el desierto lejos de las rutas habituales hasta llegar al Mar de Juncos, lo que hoy es el lago Sibornis, que atravesaron por un brazo de tierra que separaba este mar del Mediterráneo y se adentraron en tierras cananitas.
Siglos más tarde, al recordar la forma en que huyeron de Egipto, los judíos embellecieron la historia dándole un baño de heroicidad y aumentando el protagonismo de los que organizaron la fuga. Los mitos se fundieron con las leyendas y Moisés, que seguramente fue un escriba judío que vio la oportunidad de que su pueblo se liberase, se convirtió en la mano ejecutora de la venganza del terrible dios de los judíos.
El robo de los tesoros egipcios se convirtió en un regalo que los egipcios les dieron alegremente a los judíos para que se fueran de su tierra, los asesinatos producidos en su fuga fueron obra del Angel Exterminador de Yavé y el paso del mar de Juncos se convirtió en el escenario final en el que perecieron el faraón y todos sus ejércitos.
Otra consecuencia que tuvo la explosión de Santorín fue la destrucción de la civilización minoica, una civilización que durante siglos había dominado Creta y muchas islas del Egeo y cuyos barcos habían abierto rutas de comercio que llegaban a lugares tan alejados como Tartesos y aún más lejos. La densa lluvia de cenizas volcánicas cubrió los fértiles valles de Creta, destruyó las cosechas e imposibilitó la agricultura durante varias décadas.
Los supervivientes tuvieron que desperdigarse en todas direcciones estableciéndose en las costas mediterráneas para dar nacimiento a muchos pueblos como los griegos, filisteos, fenicios y cartagineses que más adelante cambiarían el destino de Europa.
Al asentarse en la costa de Canaán fueron conocidos como los filisteos y la franja costera que invadieron se conoció al principio como Pilistia y más tarde como Palestina.
Durante varios años, hicsos y judíos vagaron de tierra en tierra buscando un lugar en el que establecerse, pero fueran donde fueran no eran bien recibidos por los pueblos que allí vivían.
Ni siquiera en la tierra de la que partieron sus antepasados siglos antes encontraron albergue, al fin y al cabo en tiempos de Jacob formaban una tribu nómada de algo más de un centenar de personas, pero ahora habían regresado con una población de varios miles de personas y no había ningún pueblo que pudiese recibir a una cantidad tan importante de nuevos habitantes.
Los rebaños y tesoros robados a los egipcios les permitieron alimentarse durante algún tiempo pero, cada vez más mermados sus recursos, se vieron obligados a hacer la guerra para conquistar los territorios en los que establecerse.
No podían enfrentarse a los grandes reinos que había al norte y al este, así que se dirigieron a Canaán, una zona habitada por numerosos reyezuelos independientes y allí, con una población superior a la de muchos pueblos de la época, no les costó mucho conquistar varias poblaciones masacrando, esclavizando o deportando a sus anteriores habitantes.
Durante varios siglos los judíos hicieron la guerra con mayor o menor ventura, en numerosos enfrentamientos contra cananeos, filisteos y los diversos pueblos que habitaban la zona.
Aunque desde su llegada a aquellas tierras habían sido considerados por los cananeos con desprecio, como bandas de forajidos que había que exterminar, la falta de unión entre los cananeos permitió que los judíos fueran conquistando diversas poblaciones.
Para justificar el hecho de que estaban robando las tierras a sus legítimos propietarios, los israelitas crearon el mito de que en realidad esas tierras eran suyas, que les habían sido dadas por su dios Yavé en tiempos de Abraham y que al ausentarse durante su permanencia en Egipto los cananeos y filisteos se las habían robado.
Aunque entre ellos se adoraban a varios dioses, los sacerdotes de Yavé consiguieron monopolizar el poder religioso prohibiendo la adoración a otro dios que no fuera Yavé, convirtiendo a éste en un dios todopoderoso que les ayudaría a vencer a los enemigos pero que si era desobedecido provocaría la derrota de sus ejércitos.
Así, cada vez que triunfaban en una batalla daban las gracias a Yavé que les había dado la victoria, pero cuando perdían era un castigo de Yavé porque algunos díscolos seguían adorando a otros dioses o habían quebrantado las leyes sagradas.
Pero a pesar de la represión religiosa, algunos hebreos seguían adorando a otros dioses, aparte de Yavé. No en vano entre ellos habían quedado muchos descendientes de los hicsos durante su esclavitud en Egipto, y los hicsos tenían sus propios dioses.
También los cananitas tenían sus propios dioses antes de ser invadidos por los judíos, uno de ellos llamado Baal-Pteor que gobernaba a los demás dioses cananitas y que era representado como un hombre con cabeza, pene y pies de burro.
Con el tiempo los judíos integraron en su religión parte de las creencias cananitas y cuando siglos más tarde los judíos encontraron relatos y leyendas antiguas, algunas eran legítimamente judías pero otras eran cananitas y los judíos las asumieron como propias.
Al cabo de varios siglos, en tiempos del rey David, los judíos consiguieron acabar con sus enemigos y formaron un reino que gozó de una edad de oro bajo los reinados de David y Salomón.
Esta edad de oro no tuvo apenas influencia entre los reinos de los alrededores, seguían siendo débiles en relación a los países vecinos, Siria, Mesopotamia, Egipto, etc. pero éstos estaban ocupados en otras reyertas e Israel tuvo tiempo de consolidar su poder en la zona.
David adoraba a partes iguales a Yavé y a Baal-Pteor, prueba de ello es que la mitad de sus hijos estaban consagrados a uno y a otro dios. Los sacerdotes judíos, que hasta entonces habían estado por debajo de los jefes militares, asumieron varias parcelas de poder político y durante el reinado de David lucharon contra diversas herejías religiosas.
También intentaron hacer lo mismo durante el reinado de Salomón pero éste, que había establecido alianzas mediante matrimonios con diversos países vecinos, nunca consintió en prohibir a sus esposas extranjeras que adoraran a sus propios dioses. De hecho, también él hizo sacrificios a los dioses de algunas de sus esposas cosa que le provocó serios conflictos con la jerarquía sacerdotal.