Aproximadamente por el año 1.450 AC, a ochocientos kilómetros
al noroeste de Egipto, en el mar Egeo, un volcán en la isla de
Santorín entró en erupción enviando una columna de humo y
cenizas hacia el cielo.
El volcán apenas hubiera sido visible desde las islas vecinas,
pero la fuerza de la lava hizo que se formase una nueva chimenea
que atravesó la montaña abriendo una grieta en ella. Por esa
grieta penetraron miles de toneladas de agua, millones de litros
que entraron con ciclópea fuerza y que al entrar en contacto con
la hirviente lava del volcán entró en ebullición. El vapor de
agua en expansión provocó tal presión que la isla de Santorín,
literalmente, estalló en pedazos.
Se calcula que la explosión debió ser unas quince veces mayor que la del volcán Krakatoa, que estalló en muy parecidas circunstancias en el océano Pacífico a finales del siglo XIX. En aquella ocasión llegaron a romperse los cristales de las ventanas en muchas ciudades europeas, a pesar de que estaban a más de diez mil kilómetros de distancia, y el polvo suspendido en la atmósfera alteró las temperaturas de la Tierra durante varias decenas de años.
La explosión quince veces mayor de Santorín, a sólo
ochocientos kilómetros de distancia causó efectos terroríficos
en Egipto.
Primero vendría una sacudida de la tierra, seguida, una media
hora más tarde, por una explosión atronadora.
Una gigantesca ola de casi un centenar de metros de altura se
extendió en todas direcciones a más de trescientos kilómetros
por hora. Tras ella aún se produjeron varias olas de unos
treinta metros de alto que asolaron por completo la isla de Creta.
Estas olas llegaron un par de horas más tarde a las costas de
Egipto provocando unas inundaciones que destruyeron numerosas
ciudades costeras sepultando también al faraón Tutmosis III y
sus ejércitos que estaban en una de sus frecuentes expediciones
guerreras.
Las cenizas volcánicas y los restos de polvo de la isla
oscurecieron el sol durante varios días, y aún varias semanas más
tarde quedaría en la atmósfera suficiente polvo como para que
al posarse en las aguas del Nilo este apareciese teñido de
sangre.
Los animales que habitaban en las charcas y el río, incapaces de
sobrevivir en las insalubres aguas invadieron los campos y
ciudades muriendo por doquier y aumentando el terror de egipcios
y judíos. Las aguas contaminadas, los animales muertos, las
plagas de ranas, mosquitos, tábanos y langostas hicieron que los
egipcios se encerraran en sus casas y los esclavos hicsos, judíos
y otros vieron su oportunidad de escapar.
Un par de semanas después de la explosión de Santorín, los esclavos huyeron a través del desierto intentando regresar a Canaán. Antes de irse se vengaron de sus opresores incendiando numerosas casas y matando a muchos de sus antiguos amos. También se llevaron consigo todos los animales de tiro que pudieron conseguir y todas las joyas de oro, plata o piedras preciosas que pudieron robar. Atravesaron el desierto lejos de las rutas habituales hasta llegar al Mar de Juncos, lo que hoy es el lago Sibornis, que atravesaron por un brazo de tierra que separaba este mar del Mediterráneo y se adentraron en tierras cananitas.
Siglos más tarde, al recordar la forma en que huyeron de
Egipto, los judíos embellecieron la historia dándole un baño
de heroicidad y aumentando el protagonismo de los que organizaron
la fuga. Los mitos se fundieron con las leyendas y Moisés, que
seguramente fue un escriba judío que vio la oportunidad de que
su pueblo se liberase, se convirtió en la mano ejecutora de la
venganza del terrible dios de los judíos.
El robo de los tesoros egipcios se convirtió en un regalo que
los egipcios les dieron alegremente a los judíos para que se
fueran de su tierra, los asesinatos producidos en su fuga fueron
obra del Angel Exterminador de Yavé y el paso del mar de Juncos
se convirtió en el escenario final en el que perecieron el faraón
y todos sus ejércitos.
Otra consecuencia que tuvo la explosión de Santorín fue la
destrucción de la civilización minoica, una civilización que
durante siglos había dominado Creta y muchas islas del Egeo y
cuyos barcos habían abierto rutas de comercio que llegaban a
lugares tan alejados como Tartesos y aún más lejos. La densa
lluvia de cenizas volcánicas cubrió los fértiles valles de
Creta, destruyó las cosechas e imposibilitó la agricultura
durante varias décadas.
Los supervivientes tuvieron que desperdigarse en todas
direcciones estableciéndose en las costas mediterráneas para
dar nacimiento a muchos pueblos como los griegos, filisteos,
fenicios y cartagineses que más adelante cambiarían el destino
de Europa.
Al asentarse en la costa de Canaán fueron conocidos como los
filisteos y la franja costera que invadieron se conoció al
principio como Pilistia y más tarde como Palestina.