Todos los seres vivos, para sobrevivir,
deben consumir energía. En el caso de los animales, la energía
la dan las reacciones químicas de los alimentos que toman.
También las plantas usan la energía solar para producir las
moléculas complejas que necesitan para la vida.
Siempre se trata de captar y consumir energía, y no se puede
consumir más energía de la que se capta, a no ser que se
disponga de un almacén de reservas de energía. Los animales,
por ejemplo, al captar más energía de la que necesitan la
almacenan en células grasas y, en las épocas de escasez pueden
sobrevivir mientras esas reservas no se agoten.
El Hombre es el único animal que capta y consume mucha más energía de la que necesita su organismo, y lo hace con fines que muchas veces no tienen nada que ver con la alimentación.
Desde que por primera vez descubrió que el
calor de una hoguera le ayudaba a sobrevivir durante el invierno,
ha venido consumiendo cada vez más energía.
En principio aprendió a usar la energía del fuego, lo que le
sirvió para aumentar sus posibilidades de supervivencia durante
el invierno.
Más adelante aprendió a usar la energía de otros animales para
el transporte, lo que le dio una mayor movilidad territorial
aumentando, sin apenas esfuerzo, sus terrenos de caza.
Si la unidad de medida de la energía fuese
la cantidad de energía que consume un hombre al cabo de un año,
el hombre prehistórico consumiría una unidad energética al
año, tras el descubrimiento del fuego consumiría diez o doce
unidades energéticas al año y con la posesión de un caballo
alcanzaría las veinte unidades energéticas al año.
Durante siglos, la Humanidad se mantuvo en un consumo más o
menos estable, unas veinte o treinta unidades energéticas al
año, y ya que no tenía medios para producir más energía
aprendió a usarla de formas más eficientes.
Hasta que empezó a inventar máquinas. Con los primeros molinos de viento o de agua comenzó a usar otras fuentes energéticas cada vez más productivas que le hicieron dar un nuevo salto en la escala del consumo de energía.
Todos estos saltos no afectaban a todos por
igual, un zapatero apenas consumiría diez o quince unidades al
año, mientras que un alfarero, con su horno, podría consumir
cincuenta. Un agricultor con una mula consumiría treinta
unidades, un molinero, simplemente con la energía del viento que
haría moler el grano, consumiría cientos.
A principios del siglo XVIII el consumo energético medio podía
ser de unas sesenta u ochenta unidades.
Hasta que se inventó la máquina de vapor.
Gracias a la máquina de vapor se puede
realizar mucho más trabajo, lo que redunda en beneficio de la
Humanidad pero por supuesto, para hacer funcionar las máquinas
de vapor hacía falta consumir mucha más energía en forma de
leña o carbón.
Nadie puede negar los beneficios de la revolución industrial,
gracias a ella muchos productos se fabricaron en serie y bajaron
sus precios con lo que pudieron ser adquiridos por gente que en
tiempos anteriores jamás hubieran soñado con ello.
También los medios de locomoción industriales llevaron muchos
productos a lugares donde antes no hubiera sido rentable.
Los países industrializados se cubrieron con una red de líneas férreas que unieron los centros de extracción del carbón con los centros de producción, y éstos con los centros de consumo. El consumo fue tan ingente que en cuestión de pocos años el aire de algunas ciudades junto a las que se construyeron fábricas llegó a hacerse irrespirable. No importaba, era el progreso.
Con el descubrimiento de la electricidad el carbón se usó también para que el vapor de agua moviera unas turbinas dentro de una dinamo produciendo energía eléctrica.
En menos de un siglo desde el inicio de la revolución industrial, el consumo energético se disparó hasta alcanzar unas quinientas o mil unidades al año por persona.
Cierto que un agricultor en su terruño podía seguir consumiendo cincuenta unidades al año, pero cuando iba a la ciudad y compraba una chaqueta de pana que había costado treinta unidades energéticas, y unos arenques traídos por tren desde la costa, con su propio costo de transporte, también él participaba del consumo global de la Humanidad.
Con el tiempo las fuentes de carbón comenzaron a dar signos de agotamiento, se buscaron otras fuentes energéticas y se descubrió el petróleo. Con él también se podía producir vapor para hacer funcionar máquinas o para mover una turbina y producir electricidad con la ventaja, además, de que al ser líquido podía transportarse por tuberías.
El petróleo también permitió el auge del
automovilismo haciendo que en la actualidad cualquier persona que
posea un coche sea consumidor de miles de unidades energéticas
al año. Durante décadas eso no ha importado, nos hemos adaptado
a consumir mucha más energía de la que necesitamos, simplemente
al meter la familia en el coche y llevarla a la playa, a
quinientos kilómetros de distancia, estamos consumiendo en unas
horas mucha más energía que la que consumían cien hombres en
un año.
Si a eso sumamos toda la energía que se ha consumido en fabricar
el vehículo, tejer nuestras ropas, asfaltar las carreteras y
construir el hotel, el consumo energético de una persona actual
puede ascender a cincuenta mil unidades energéticas al año, es
decir, tanto como consumían cincuenta mil hombres prehistóricos
antes de descubrir el fuego.
Si tenemos en cuenta que en épocas prehistóricas habría unos pocos millones de personas y hoy en día somos más de cinco mil millones, llegamos a la conclusión de que el consumo energético de la Humanidad es hoy cincuenta millones de veces mayor que hace diez mil años.
Y conforme progresamos, cada vez requerimos más energía, en una escalada que no parece mostrar indicios de detenerse.
| Las Unidades Energéticas son un ejemplo que sirve para ilustrar el texto, no he realizado más que un cálculo "a ojo" y no he pretendido hacer un documento técnico. De haberlo hecho hubiera tardado varios días y hubiera tenido que hablar de calorías, ergios, watios, caballos de vapor y otros conceptos técnicos que no son necesarios para comprender la evolución del consumo de energía de la Humanidad. |