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Personaje de Torrejón, posiblemente ficticio, probablemente inspirado en una mujer culta, inteligente y valiente, que hace un alegato feminista en el antiguo Torrejón de Ardoz de 1714, hace más de 300 años.

Creada20-05-2021
Modificada20-05-2021
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Septiembre3

La Dama Teresa

No sé si esta dama existió realmente o es un personaje ficticio, inventado por el escritor Luis de Salazar y Castro (1658-1734) que en su obra Jornada de los Coches de Madrid a Alcalá (1714), describe el viaje y las conversaciones de unos curas que viajan en carro a Alcalá de Henares.

El libro en sí es bastante aburrido, lleno de discusiones teológicas y semánticas sobre la conveniencia de usar unas palabras u otras, con numerosas citas literarias y discusiones sobre escritos de clérigos y escritores de la época, pero se pone interesante al llegar a la Posada de Torrejón, donde hacen una parada para comer y descansar.

Allí se encuentra la posadera, un religioso cayetano, un labriego y una Mujer moza de buen parecer, que al saber que uno de los viajeros, que está discutiendo muy acaloradamente, se llama Francisco, le dijo:

Pues hombre, sosiégate, y aplicaremos un poco de nieve a tu fuego, cantándote como a Farruco:

Francisco: ¿qué tienes? ¿qué tienes?

¡Ay Jesús, qué gracia que tienes!

Pasado el enfado del interfecto, y hechas las presentaciones, todos se sentaron a la mesa para comer. Y continúa el relato.

Fenecida la comida, y no permitiendo el rigor del Sol la continuación del viaje en algunas horas, los mozos del Coche se entregaron al sueño, y el Cura, el Franciscano, el Escribano y Blas, llevaron al Maestro ante el Padre Diego para que oyese su segunda sentencia.

. . .

Sentáronse todos, y el Cura, mal hallado con la adicción mujeril, encarándose a la moza, la dijo:

— Niña, a lo que aquí venimos es un acto muy serio de entendimiento, a tratar de cosas que no son permitidas a tu sexo, a leer un papel de doctrina muy exquisita que no entiendes. Vete con la mesonera, a quien podrá aliviar tu cuidado, y déjanos sin embarazo y sin testigos, porque si ella te viere aquí, también se agregará al congreso.

— Pues ¿quien le ha dicho al padre cura que por serio que sea el acto no podré yo oírle?

¿De dónde saca que hay nada negado a mi sexo si con él concurren el estudio y la aplicación?

¿Pueden ser congregantes su sacristán y los otros que miro y yo no puedo oír la doctrina exquisita de su papel?

¿Acaso el espíritu tiene sexo? ¿No le unió Dios al cuerpo de la mujer como el del hombre? La cabeza, que es el único órgano de las ciencias, ¿es diferente en los dos?

¿No veo yo con los ojos, no oigo con los oídos, no gusto y no hablo con la lengua?

Las aplicaciones de la mujer ¿son de menos fatiga y de menos discurso que las del hombre? ¿No se fundan todas en la orden, en la armonía y en la conformidad?

Para pensar, ¿es necesaria la agilidad y el ejercicio del cuerpo? ¿No es obra de la razón, que en nosotras suele ser más sutil?

La elocuencia ¿no nos es como natural, y por particular gracia, y aun descuidándola, tiene en nosotras más vigor que en los hombres?

Cuando se aplicaron las mujeres a las ciencias ¿no hicieron tan grandes progresos que arrebataron la admiración de los sabios?

La Política más refinada ¿no está como de asiento en ellas, según a lo que la dirigen?

Finalmente, si entre los hombres los más delicados son los de mayor espíritu, la mujer, que tiene un temperamento más delicado que el hombre ¿no podrá igualarle, y aún excederle si se dedicare al estudio?

Sorprendente. Más que sorprendente. Un alegato feminista, maravillosamente expuesto y defendido, en una época tan machista como la de hace más de 300 años.

Aceptada, pues, su presencia en la subsiguiente conversación, el Padre Diego procede a leer una carta:

Palacio de Momo. Apología joco-seria por la Historia de la Iglesia y del Mundo, y por su autor: Don Gabriel Álvarez de Toledo y Pellicer, defendiéndose de una carta anónima, aunque con el nombre de Maestro de Niños, que supone ser impresa en Zaragoza y dirigida al mesmo Autor, después de haber muerto.

—¿Mesmo? —dijo Teresa— Lea V.M. bien, P.Diego.

Mesmo dice —replicó él.

—Mucho me desconsuela esta voz, pues quien dice mesmo, dirá antanio, estógamo, malencolía, presona, sigundo, y aún todos los disparates de la calle Atocha: Espital, Colesio y Desmamparados.

—No dirá tal —respondió el Cura— ni en ello hay error, porque mesmo se dice y mesmo se debe decir, tomado de nuestra hermana, la lengua italiana, que usa medessimo donde los castellanos mesmo.

—P. Cura —replicó Teresa— yo nunca pido socorro a mis hermanas cuando no lo necesito. El idioma Italiano es muy fecundo, muy culto y muy extensivo, y el frecuente trato de ambas Naciones ha estrechado mucho el parentesco que él y el nuestro tienen, por la consanguinidad de la lengua Latina; mas sin embargo, no es lo que V.m. dice. Mismo escribieron todos los buenos Autores Españoles, y así se dice entre los sabios y cortesanos, sin que digan mesmo, sino los indoctos. Y cuando la derivación fuese la que V.m. alega, no tiene fuerza contra la práctica, que es ley.

»Y así escribió D. Miguel Salvador en su Arte, fol. 26: De cualquier manera es menester seguir la ley del uso, pues como dixo Quintiliano, no ay ley escrita, sino observación para hablar: Nec lex est loquendi, sed observatio, lib 1 cap 6. Y añade después: Tiene tanta fuerza el uso, que si está comúnmente admitida una palabra entre los doctos, aunque se aparte de la Analogía, se ha de seguir la corriente sin enmendarla.

Y el eruditísimo Doctor Bernardo Aldrete, en sus Antigüedades, lib. 1, cap. 20, p.98, no sólo permite los vocablos admitidos por los doctos, sino por el vulgo.

...

Y tras varias citas más, en las que la Dama Teresa demuestra su erudición e inteligencia, continúa la conversación por sus derroteros habituales.

De verdad, si la Dama Teresa de Torrejón de Ardoz es invención del autor de la obra, seguramente se habrá inspirado en una mujer real.

¡Ojalá supiéramos más de ella!

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