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La Casa Grande, construida por los Jesuitas, la mayor Casa de Labor del siglo XVI,  que se conserva en España

Creada24-05-2021
Modificada25-05-2021
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Septiembre6

La Casa Grande

En el siglo XVI, en Torrejón existía una importante industria de fabricación de ladrillos y tejas para abastecer las nuevas construcciones de la creciente ciudad de Madrid. El trasiego de carros, con ladrillos, paja, trigo, cebada y otros productos del campo era constante y se producía, principalmente, por el Camino Real, que actualmente es la Avenida de la Constitución.

Y entonces llegaron los Jesuitas.

La Compañía de Jesús

Nacido en 1491, Don Íñigo López de Loyola, hijo de nobles, crece en la corte de Fernando el Católico y se dedica a la carrera de las armas. Herido en el sitio de Pamplona contra las fuerzas francesas, durante su convalecencia se dedica a la lectura de la Leyenda Dorada, que narra los viajes de apóstoles y santos por tierras extranjeras, lo que le despierta la vocación de convertirse en Caballero de Cristo. Tras peregrinar por Tierra Santa, de regreso a Francia asume el nombre de Ignacio de Loyola y funda una orden, redacta sus Constituciones y, junto con nueve acompañantes (4 de ellos españoles), pide la aprobación canónica al Papa Paulo III, que se la concede en 1540.

El objetivo principal de la orden es la predicación y la creación de escuelas para niños pobres, pero aunque no era su propósito inicial, también se convirtió en un arma poderosa para combatir la reforma protestante.

El método de enseñanza resultó ser bastante eficaz, los hijos de gentes sin recursos podían enviar a sus hijos con la confianza de que serían bien enseñados, y muchos de ellos pudieron aspirar a trabajos que, como hijos de labriegos, hubieran estado fuera de su alcance.

El éxito de sus escuelas hizo que los nobles de la corte enviaran también a sus hijos, éstos pagando, y se crearon escuelas jesuitas por toda Europa, extendiéndose incluso hacia las tierras de América.

El Colegio Imperial de Madrid, fundado en 1560, fue dotado en 1603 por la Emperatriz María de Austria, hija de Carlos V y hermana de Felipe II, que a su muerte dejó una importante herencia para la compañía.

El Auge de la Casa Grande

Para abastecer de alimentos, ropas, herramientas y otras necesidades a los miembros y a los alumnos de las escuelas, los jesuitas adquirieron y explotaron varias casas de labor en diversas poblaciones, como Alcalá de Henares, Arganda, Valdemoro, y otras. En Torrejón de Ardoz, en 1595 empiezan a comprar terrenos, tarea que fueron ampliando en sucesivos años hasta reunir más de 400 fanegas de tierra (unas 270 Hectáreas, 2'7 Km²)

Los hornos de ladrillos y tejas, que ya existían previamente, fueron ampliados con unas extensas bodegas subterráneas donde hacían madurar los vinos. Al principio también se explotaban un centenar de olivos que tenían cerca de Daganzo, pero el rendimiento no era mucho y poco a poco su cultivo fue siendo cada vez más escaso.

Los vinos sí que daban una producción mucho más abundante, y se plantaron viñas en la mayor parte de sus terrenos, situados en lo que ahora son las pistas de aterrizaje de la Base Aérea de Torrejón. Las bodegas de la Casa Grande disponían de unas 40 grandes tinajas de 300 arrobas (3'75 m³), y la producción, según las buenas o malas cosechas, rondaba entre las 3.000 y las 5.000 arrobas anuales.

También se incrementa y fomenta la ganadería ovina. Donde antes de la Casa Grande apenas se pastoreaban 400 ovejas, cabras y carneros en todo el término, los jesuitas, en la época de máxima producción, llegaron a tener más de 7.000 cabezas.

Durante el tiempo en que los jesuitas regentaron la Casa Grande, se hicieron numerosas ampliaciones, durante la última de las cuales, en 1757, se produjo un accidente en el que murió un vecino, Manuel Fernández. A la viuda se le concedió una pensión, que mantuvo hasta su muerte, seis años más tarde, y en el lugar del accidente se erigió una cruz, que posteriormente daría nombre a la Calle de la Cruz, por la linde Sur de la Casa Grande.

Ese mismo año, durante obras en las dependencias, se encontraron los cimientos de una antigua villa romana que había existido, al menos 1.500 años atrás, en la misma finca. Por desgracia, esos restos arqueológicos fueron vueltos a tapar y no tenemos constancia de en qué parte de la finca se encontraron.

El Declive de la Casa Grande

Apenas 10 años más tarde, en 1767, el rey Carlos III ordena la expulsión de la orden de los Jesuitas, debiendo éstos abandonar la Casa Grande y salir de la orden o salir de España.

Durante varios años, la Casa Grande fue administrada y dirigida por las temporalidades, organismos públicos nombrados por las juntas provinciales y municipales, aunque los resultados fueron una gran merma en la producción. Y con varios conflictos laborales, ya que los temporeros contratados para la cosecha o la vendimia se quejaban de la escasez de la comida que les daban durante sus largas jornadas, e hicieron huelgas en 1769 y 1773.

En 1767, los administradores decidieron abrir una taberna en la que vendían vino al detalle o a granel, para gran disgusto de los demás viticultores y bodegueros del pueblo, que no pudiendo competir con los bajos precios de la Casa Grande, tuvieron que vender a pérdida, y muchos acabaron abandonando sus viñas. Con el consiguiente perjuicio a los trabajadores del campo, pues en los siguientes años muchos no consiguieron empleo y tuvieron que acudir a la vendimia en otras poblaciones.

Tras varias plagas, una de ellas de ovejas, que por un descuido invadieron los campos de vides y se comieron los brotes verdes de 8.000 cepas, en 1785 la cosecha fue catastrófica.

Ese mismo año la Casa Grande fue adquirida por D. Juan de Aguirre.

Carlos IV visita la Casa Grande en Torrejón de ArdozDurante el siguiente año, Juan de Aguirre invitó al aún Príncipe de Asturias, el futuro rey Carlos IV, a alojarse en su casa para ir a cazar perdices, avutardas y perdigones.

Como gestor de la explotación agropecuaria, Juan de Aguirre no fue muy exitoso. Cometió varios errores, como plantar olivos en tierras más propias de cereales, descuidó la producción vitivinícola y la ganadera, pidió préstamos que no pudo devolver, y al final, en 1802, la hacienda fue embargada y subastada.

La Familia Pignatelli

En 1802, la Casa Grande fue adquirida por Alfonso de Pignatelli, Conde de Fuentes. El cual murió en 1807.

Entonces se produjo la invasión napoleónica, la Casa Grande, así como la Iglesia del pueblo, fueron saqueadas por las tropas francesas. El nuevo propietario también murió en el Sitio de Zaragoza, al mando del General Palafox, y quedó como heredera Maria Manuela Pignatelli, viuda de otro de los hermanos, la única que tenía descendencia. A cuyo hijo Jose Antonio dejó la Casa Grande en herencia, a su muerte en 1816. En apenas 15 años, la Casa Grande había pasado por cuatro miembros de la familia Pignatelli.

Y volvieron los Jesuitas. En 1826, el rey Fernando VII permitió que la orden volviera a establecerse en España, y gracias al parentesco que algunos jesuitas tenían con la familia Pignatelli, pudieron volver a regir las fincas de la Casa Grande.

Con una nueva actividad, la docencia, creando un noviciado en el que uno de los alumnos más célebres fue Ramón de Campoamor.

La permanencia de los jesuitas, esta vez, fue muy breve. En 1834 hubo en Madrid una plaga de cólera. Los madrileños estaban aterrorizados, y en Julio corrió el rumor de que los curas estaban envenenando las fuentes de agua potable. Se asaltaron numerosos establecimientos religiosos, siendo asesinados más de 70 frailes y sacerdotes, 15 de ellos jesuitas. Al año siguiente, el gobierno volvió a proscribir la Compañía, y la Casa Grande volvió a la propiedad de la familia Pignatelli.

Renacer y Ruina de la Casa Grande

Tras pasar por varios miembros más de la familia Pignatelli, en 1902 la casa es vendida a José Rodríguez Sedano, ingeniero agrónomo, que supo sacarle un gran rendimiento a sus fincas durante varios años.

Una plaga de filoxera a partir de 1926 fue acabando con todas las cepas, y en 1930 Sedano las arrancó y sustituyó por una variedad de vid americana, que recuperó su máxima producción a partir de 1936.

Sedano no llegó a verlo, ya que murió en 1935, dejando la propiedad a su viuda, Heliodora Muro Lomana. Pero tras las elecciones de Febrero de 1936 se produjeron numerosas ocupaciones de tierras por parte de campesinos y sindicatos. Aunque se comprometieron a pagar un arriendo por las tierras ocupadas, Doña Heliodora no quiso cobrarlas.

El estallido de la guerra civil hizo que muchos propietarios de tierras huyeran a Madrid. Doña Heliodora se fue a Valladolid, y habiendo quedado abandonadas sus fincas, varias cooperativas agrarias y sindicales ocupan las tierras. La Casa Grande, situada en la calle entonces llamada Pablo Iglesias, fue incautada por la U.G.T. y utilizada como cuartel de sus milicias. Aunque se saquearon muchos bienes, aperos y maquinarias, el hecho de que estuviera ocupada por las milicias la protegió de daños peores, que sí sufrieron otras casas similares de Torrejón.

Al terminar la Guerra Civil, tras los estragos de la guerra y de una plaga de langosta que destruyó las cosechas de 1940, Doña Heliodora alquila parte de las dependencias a la Guardia Civil, que las usa como cuartelillo, viviendas y una cuadra para sus dos docenas de caballos.

Y en 1943, Doña Heliodora vende la propiedad a la empresa agropecuaria CORPAS, que ocupa el resto de la Casa Grande, manteniendo el contrato con la Guardia Civil, abriendo una puerta nueva (independiente de la entrada del cuartel), construyendo dos nuevos almacenes de frutas y hortalizas, y alquilando parte de las cuadras para la instalación de una vaquería.

La vaquería se mantuvo hasta 1972, cuando una orden ministerial prohibió las vaquerías dentro del casco urbano de las ciudades. Sólo permaneció allí una vaca de forma testimonial, con el fin de que la empresa arrendadora pudiera mantener su contrato de alquiler.

También en 1972, el vuelo rasante de un avión provocó el hundimiento de los tejados de las dependencias de la Guardia Civil, que tuvieron que trasladarse urgentemente a unas viviendas en la carretera de Loeches, recién construidas por el empresario Rafael Onieva Ariza.

La Casa Grande queda muy deteriorada y el Ayuntamiento determina que debe ser derruida y el solar urbanizado para nuevas viviendas.

Cuando conoció esta noticia, Rafael Onieva quedó escandalizado. Se trataba de una construcción con siglos de historia, con un estilo arquitectónico poco corriente y que, con los arreglos adecuados, podría ser un patrimonio cultural que muchos historiadores y amantes de la cultura querrían conocer.

Tras unas duras negociaciones, Rafael Onieva adquiere la Casa Grande.

El Renacimiento de la Casa Grande

Onieva inició las reformas reparando en primer lugar los tejados derribados de la parte del antiguo cuartel. Eliminó las edificaciones más recientes, almacenes y talleres, que desentonaban con el estilo de la construcción original. Instaló bombas para achicar el agua que inundaba las bodegas hasta un metro y medio de altura. Eliminó los muros que se habían construido para cerrar las cuadras. Reparó y sustituyó las vigas roídas por la carcoma, así como las maderas que sujetaban las grandes tinajas de las bodegas. Y tras eliminar todos los escombros, basuras, material de construcción, vigas y aperos de la antigua vaquería, comenzó a reconvertir la Casa Grande.

Las bodegas, ya limpias y remozadas, fueron convertidas en un restaurante donde celebrar banquetes y fiestas, amenizadas con representaciones teatrales de actores con trajes de época. Reabrió la vieja taberna, en la que se ofrecían comidas a un precio más módico para los trabajadores de la zona.

Mientras estaba realizando la reforma, un amigo suyo, el Marqués de Lozoya, le ofreció una genial idea.

Unos años antes había conocido a Don Sergio Otzoup de Sander, un viejo cosaco, exiliado de Rusia tras la revolución de 1917, que a lo largo de su vida había reunido una extensa colección de iconos, imágenes religiosas pintadas sobre madera típicas de las iglesias ortodoxas rusas, griegas y bizantinas. El Marqués de Lozoya le dió a Onieva la idea de instalar un Museo de Iconos en la Casa Grande. Onieva apenas lo dudó, compró la colección, la amplió con más iconos que adquirió en los años siguientes y los instaló en el mayor Museo de Iconos del mundo, fuera de Rusia.

A otro conocido, Manuel Chillía "Manolito", también anciano y exiliado de Rusia, que tenía una inmensa colección de muebles y antigüedades, se los compró, y con ellos amuebló y adornó las habitaciones de lo que iba a convertirse en un hotel.

Con sucesivas adquisiciones y mejoras, Rafael Onieva ha convertido la Casa Grande en el mayor centro de interés turístico, gastronómico y cultural de Torrejón de Ardoz, y uno de los más importantes de la Comunidad de Madrid y de toda España.

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