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Un abuelo, para dar la bienvenida a sus hijos y nietos, les lleva a dar un paseo por la Ciudad Espacial Libertad.

Creada29-06-1999
Modificada30-05-2015
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Diciembre1

 

Un Paseo por Libertad, Juan Polaino

Como veis, por el ecuador de la ciudad discurre un río de unos treinta metros de ancho y un par de metros en la parte más profunda. En este río se celebran con frecuencia carreras de natación y regatas. Los niños se lo pasarán estupendamente. También está permitida la pesca aunque conseguir una licencia es tan caro que sólo los realmente aficionados se permiten ese gasto.

El río es cruzado por varios puentes de unos dos metros de ancho, pero uno de los puentes es bastante más ancho y en él hay varias glorietas donde se hacen tertulias. (Estas glorietas son más frecuentadas por la noche, sobrina, aunque entonces no se hacen tertulias precisamente).

Aparte de un par de embarcaderos y varias playas, sólo queda destacar un par de lagos circulares de unos quince metros de radio junto al río donde unas depuradoras limpian el agua de los desagües de cada hemisferio antes de devolverla al río. Pero no hablemos ahora de un tema tan desagradable.

En ambas orillas hay sendas avenidas por las que la gente puede pasear.

La orilla norte, también conocida como la Alameda, está bordeada de álamos blancos, sicomoros y catalpas. Como arbustos se han escogido enebros, tuyas y chamaicíparis.

El Saucar, en la orilla sur, da preponderancia a los sauces aunque también se encuentra alguna que otra haya y almendros. Los arbustos elegidos aquí son el cotoneaster, los ginerios y el evónimo.

Dando la espalda al río veremos la ciudad, con los centros urbanos en primera línea. A lo largo de las dos orillas de cinco mil seiscientos metros cada una, encontramos más de mil edificios, casi todos ellos viviendas con capacidad para una familia completa.

Cada vivienda tiene a su alrededor una extensión de unos mil metros cuadrados antes de entrar en la parcela del vecino, si bien las parcelas no se vallan, no tiene sentido en una ciudad donde casi todos acaban conociéndose en pocos meses.

Hay doce centros urbanos, lugares donde hay una mayor densidad de edificios públicos.

En algunos predominan los edificios culturales, en otros los de ocio y entretenimiento, o los deportivos.

Los comerciales y administrativos también tienen cierta preponderancia aunque los núcleos más importantes son los de investigación y estudio. En ellos se estudian los resultados de los experimentos realizados en los laboratorios de microgravedad y se diseñan futuras estaciones orbitales.

Los centros urbanos son pequeños, unos diez o doce edificios cada uno, suficiente para una población de menos de diez mil personas. También resulta haber suficiente con un par de bancos y doce terminales bancarios, uno en cada centro urbano, para recargar tarjetas monedero, consultar cuentas o realizar operaciones varias.

En el Centro Cultural hay un teatro y un anfiteatro para representaciones al aire libre, salas de exposiciones, academias de arte, pintura, escultura, etc.

En uno de los centros hay una serie de instalaciones deportivas bastante frecuentadas aunque el deporte más practicado es el ciclismo. Todos los habitantes van andando, en bicicleta, triciclo o patines a todas partes, no se permiten vehículos más pesados, y tampoco hace falta pues en triciclo o patines no se tarda ni diez minutos en llegar al extremo más alejado de la ciudad. Aún andando, se tardaría sólo media hora.

A cierta distancia de los centros urbanos, separados de éstos por barreras vegetales como hileras de árboles y arbustos, empiezan las viviendas.

Estos son edificios de una planta, de unos ciento cincuenta metros cuadrados. La mayor parte de las viviendas tienen cuatro habitaciones, cocina, salón, dos o tres aseos, cuarto de invitados y un porche. Las viviendas no son propiedad del inquilino, sino que es parte de su sueldo en el trabajo que realice en la ciudad espacial.

Conforme se van alejando del río, la superficie está cada vez más inclinada y las casas parecen estar construidas en la ladera de una suave colina. En ningún momento la inclinación es excesiva pero aunque lo fuera no sería difícil llegar porque a medida que nos separamos del río la fuerza centrífuga es cada vez menor. Así, en las casas situadas a la orilla del bosque, una persona sentiría que pesaba un quince por ciento menos de lo que pesa en realidad.

Precisamente por eso la guardería y un centro para jubilados se han situado cerca del bosque. Los niños pequeños tienen menos riesgo de hacerse daño al caer y los ancianos también se sienten más ligeros.

En la orilla del bosque se disfruta de una panorámica increíble.

Parece que estemos en la ladera de una montaña observando un amplio valle a nuestros pies. El paisaje está recubierto de una densa pradera recorrida por miles de árboles, aunque no hay tantos como en el bosque a nuestra espalda.

Entre estos árboles cuesta trabajo descubrir algún edificio, sólo al alejarse la mirada descubrimos manchas de color que destacan entre el verde esmeralda que tapiza el interior de la ciudad. A un kilómetro de distancia vemos el río y más allá sí vemos los edificios que asoman entre los árboles, en la cara opuesta del valle. Lo curioso del valle es que conforme se extiende a los lados también se eleva, y se sigue elevando, y se eleva más todavía, hasta volver a unirse sobre nuestras cabezas, haciendo que el río describa una circunferencia perfecta.

Nunca en la Tierra habremos visto un paisaje así, y si vienes de allí te costará aceptar lo que estás viendo. Sólo con el tiempo llegarás a acostumbrarte y apreciar lo hermoso del paisaje.

Al mirar justo a nuestra altura, vemos lo mismo que vería quien desde allí nos estuviese mirando, la colina se convierte en montaña, el bosque se hace más denso y la pendiente más escarpada.

Y sigue así varios centenares de metros hasta atravesar el bosque y allí la pendiente sería tan empinada que sería muy difícil seguir escalando.

Sería difícil si no fuera porque conforme íbamos escalando, nuestro cuerpo iba pesando cada vez menos hasta que al llegar al final del bosque apenas pesaríamos menos de la mitad de lo que pesamos en la Tierra.

Donde termina el bosque están los ventanales por donde se ilumina la ciudad.

Unos espejos situados en el exterior reflejan la luz solar y la dirigen a través de esos ventanales hacia el interior de la ciudad. Precisamente por eso, los rayos de sol que atraviesan los ventanales están muy concentrados, casi diez veces la densidad lumínica normal, así que está prohibido acercarse a menos de cierta distancia de los ventanales sin trajes reflectantes especiales. De hecho, cerca de los ventanales hay varias casetas conteniendo trajes espaciales y láminas de vidrio. Si alguna vez un meteorito llegase a romper un vidrio de los ventanales, (ha ocurrido dos veces en los veinte años que llevo aquí) el servicio de mantenimiento tendría que enviar un par de hombres a reponer el vidrio roto.

Si miras los ventanales verás que hay una especie de carretera que los cruzan. Por ahí van las escaleras para entrar y salir de la ciudad, pero para llegar allí tendremos que retroceder un poco hasta donde empiezan las escaleras, a unos ochenta metros del río.

El primer tramo de las escaleras es como las escaleras mecánicas de los centros comerciales, solo que al principio los escalones apenas se elevan y más parece un pasillo mecánico.

Al ir acercándose a los polos, la escalera es cada vez más empinada, pero sólo hasta llegar a los treinta grados de inclinación. A partir de ahí la escalera traza una suave curva a la derecha manteniendo su inclinación a pesar de que la pared por la que asciende es cada vez más empinada. Es como una carretera que subiera a una montaña, no puede subir directamente pues la pendiente sería excesiva, así que tiene que ir contorneando la montaña.

Al llegar cerca del borde de los ventanales, hay una estación de transbordo, la escalera mecánica no puede continuar hasta arriba así que aquí nos tenemos que apear y tomar el metro.

No sé quién lo llamó así, ni porqué, a lo mejor es porque los travesaños miden exactamente un metro o... Bueno, no lo sé. El caso es que aquí tenemos una especie de escalera también mecánica pero que se parece más a las escaleras de mano.

Pero antes fíjate en un par de detalles.

Estamos a más de sesenta grados de altura con respecto al ecuador, y eso significa dos cosas: Que pesamos menos de la mitad de lo que pesaríamos junto al río (pega un salto si quieres para comprobarlo) y que esa pared inclinada que vemos a la izquierda es la superficie de la esfera.

Bien, aquí estamos. Ante una escalera de mano mecánica. Los peldaños se mueven a unos diez kilómetros por hora, lo cual no es mucho, pero hace falta una cierta práctica para montarse con soltura.

¡Pero no tengáis miedo!. Solo tenéis que echaros hacia adelante y agarraros como podáis, no os váis a hacer daño. Y si falláis a la primera no hay ningún peligro, recordad que solo pesáis la mitad que en la Tierra, así que una caída de dos metros no os hará ningún daño. De hecho, aunque parece que un salto de dos metros sería como un salto de un metro en la Tierra, no es así. Más bien sería como un salto de menos de medio metro. Y no me preguntéis por qué, porque no lo sé.

Os daréis cuenta de que el metro está ligeramente inclinado hacia un lado. Esto es así para compensar la fuerza de Coriolis conforme nos vamos acercando al eje de la estación.

Ya llegamos, y os daréis cuenta de que aquí ya no pesamos casi nada. Estamos tan cerca del eje que la fuerza centrífuga apenas es suficiente para que la notemos. Del techo surge un cable que se desplaza a la misma velocidad que nosotros. Ahora tenemos que soltarnos de los travesaños y agarrarnos a ese cable.

Muy bien, parece que lo habéis hecho toda la vida. Ahora estamos siendo arrastrados por en medio de la sala de recepción. Y allí, por aquel pasillo, vamos a una sala que está justo en el eje de la estación.

Hay unas barandillas de hierro a las que nos tenemos que agarrar para desviar nuestra trayectoria en dirección a la torre Norte, pero ese recorrido lo haremos otro día. Agarraos a esas barras de ahí y soltaros cuando veais que os dirigís al tunel azul.

¿Veis?. Los chicos se lo están pasando de maravilla. Pobres.

Como veis estamos en una sala semicircular, con dos puertas hacia dentro y tres hacia afuera. El color del dintel de cada una os indica si es de entrada o salida: recordad, el verde significa "Pase" y el rojo "Apártate, que vienen".

Nosotros hemos salido por la puerta roja externa y nos dirigíamos a la verde interna agarrados a ese cable que nos llevaría hacia la torre.

A este lado tenemos otro cable en dirección a la ciudad que atraviesa esas otras dos puertas.

Podríamos volver por ahí hacia la ciudad, pero quizás prefiráis probar la puerta azul.

Acercaos a esta pared que está cubierta de barandillas y avancemos hasta allí. No hay nadie que se maree en la ingravidez, ¿verdad?.

Bien, aquí la tenéis. Como veis esto es una vagoneta que circula por raíles y que puede llevarnos a la ciudad con más comodidad que como hemos venido.

Caben ocho personas, así que ¿qué os parece si van los chicos delante y nosotros detrás?. Bien, venga, chicos, a montar. Dos en cada fila y ahora agarraros bien.

Allá vamos. ¿Os habéis fijado en este indicador?. Nos dice la velocidad a la que viajamos, diez kilómetros por hora.

En este momento empezamos a cruzar los ventanales y veréis que el paisaje desde aquí es tan hermoso como os prometí.

Ya hemos pasado el ventanal, a partir de ahora empezamos a acelerar. ¿Os fijáis lo rápidos que vamos?. Ya vamos a más de treinta Km/h y los árboles parecen ir a una velocidad vertiginosa. Y aún aceleraremos más. Cincuenta, sesenta.

¿Chilláis?. Lo sé, es emocionante, es como las montañas rusas de la Tierra, cuando vas por la parte más rápida sientes un irresistible impulso de gritar.

¿Veis?, ya hemos empezado a frenar, y sólo hemos llegado a unos ochenta Km/h. Lo que pasa es que al estar tan cerca del suelo da la impresión de que vamos mucho más rápido. Eso y el hecho de que los raíles están inclinados hacia la derecha hace que alguna gente se asuste.

Pero mirad, los chicos se lo han pasado de miedo y están pidiendo repetir el viaje. Vaya, Tommy está llorando, parece que se ha asustado, ¿quién lo diría?.

En fin, sobrina, no hay por qué enfadarse. ¿Yo irresponsable?. Vamos hombre, encima que os enseño como es vuestro nuevo hogar... Vamos, vamos, pelillos a la mar. Arréglate el pelo y sécate esas lágrimas que no les ha pasado nada a los chicos.

Se me ocurre una idea estupenda. Chicos, ¿os apetece dar una vuelta en una bici voladora?

   

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