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Aquél estúpido presidente se mereció lo que le pasó al querer inaugurar mi ciudad espacial.

Creada18-01-2002
Modificada15-06-2015
Total Visitas237
Diciembre4

 

La Sala Oval, Juan Polaino

¿Te acuerdas?. Yo aún me río cuando examino los viejos recortes de los periódicos. Pero tal vez no conozcas la historia completa, deja que te la cuente.

Llevábamos tres meses trabajando en Galileo, aún no le habían puesto nombre, ni siquiera estaba rotando todavía, cuando recibimos la visita de aquellos emperifollados lechuguinos de la Casa Blanca.

Estábamos en año de elecciones y a algún idiota se le había ocurrido la genial idea de que un par de semanas antes de las elecciones el presidente inaugurase la estación.

Pero no desde fuera, como los trasatlánticos de la Tierra, no, sino desde dentro, desde la sala de control de la estación.

Lo malo fue cuando vieron la sala de control, ¿qué demonios esperaban?, ¿algo parecido al puente de mando de un barco?. ¿Con la rueda del timón y todo?.

Valiente atajo de estúpidos.

No, aquello no valía. No tenía la imagen impactante que ellos querían dar de cara a las elecciones. Necesitaban algo más imponente.

Y entonces surgió la genial idea. ¿Por qué no hacer una reproducción de la sala oval de la Casa Blanca?.

Cuando les dijimos que sí había habitaciones con ventanas al exterior, los lechuguinos quisieron examinarlas.

En aquel momento las habitaciones estaban totalmente desnudas, los muebles se traerían cuando la estación estuviese a un tercio de gravedad.

Tuve que explicarles eso. Por lo visto creían que una vez montábamos la estación la poníamos a girar a su velocidad normal. ¡No, hombre!, primero se ponía a un tercio de gravedad para probar todos los tramos de la torre. Después acelerábamos hasta 1G y, tras comprobar que todo iba bien acelerábamos aún más, hasta 2G. Cuando volvíamos a detener la estación sabíamos con certeza que aguantaría para siempre, por eso al realizar todas estas maniobras era conveniente que no hubiera aún muebles en la estación.

Bueno, a ellos no les interesaba nada de todo eso, querían inaugurar la estación mes y medio antes de que estuviese lista para ser habitada.

La idea era la siguiente:

Se construiría una reproducción del despacho del presidente en la Casa Blanca y, por la ventana del fondo se vería la Tierra. Entonces el presidente aparecería ante las cámaras flotando en la ingravidez de la sala.

Se colocaría tras la mesa y se sentaría como si estuviera en su despacho, unas cintas de velcro en sus ilustres posaderas le ayudarían a mantenerse pegado a la silla.

Entonces, tras unas palabras dirigidas a la nación, el presidente pulsaría un botón, (¡como si no tuviésemos ordenadores!), y la estación comenzaría a girar.

¡De verdad, tantas estupideces me tenían harto!.

Al final cedí, ¡qué demonios!. Si querían tener su publicidad la tendrían, pero yo no quería saber nada del tema, y mis hombres iban a estar demasiado ocupados así que sólo les podía asignar a uno.

El que tuvo que bregar con ellos desde entonces fue Wan Pérez, ¿te acuerdas de él?.

El nombre se lo había cambiado hacía años para que todos supieran que era medio chino y medio hispano, ¡como si no se pudiese apreciar a simple vista!.

Me caía bien y al principio me dio pena cada vez que lo veía, cuando se notaba con claridad que había estado discutiendo con los carpinteros, pintores y decoradores que trajeron de la Tierra para preparar la habitación.

Supe que había tenido una bronca terrible con un decorador que preguntaba cómo demonios se podían colgar unas cortinas cuando aún no había gravedad. Y si te cuento la vez que el pintor se quejaba de que no era posible pintar las paredes en la ingravidez... ¡quería que hiciéramos rotar la estación sólo para que él pudiese mezclar las pinturas!. La verdad es que yo tenía mis propios problemas y no quise saber nada del tema.

Un día lo ví en la mesa del comedor y me llamó la atención. Desde que le asigné aquel marrón siempre lo había visto irritado, y cuando pasaba cerca de mí me miraba con rencor. ¡Qué digo rencor, me miraba con odio!.

Aquel día en cambio, parecía preocupado, como si estuviera dudando algo. Me pareció tan extraño que por primera vez me acerqué a preguntarle cómo iba todo.

Ni siquiera se dió cuenta cuando le hablé y tuve que tocarle en el hombro para que me respondiera.

— Bien. —me dijo— Bien. Todo va bien. Sí, muy bien.

La verdad es que tantos bienes me tenían que haber mosqueado, pero como dije antes yo tenía mis propios problemas, así que dejé correr el asunto.

El trabajo me fue absorbiendo cada vez más, como ocurría en todas las estaciones y ciudades que construí, hasta que llegó el Gran Día.

El presidente había llegado el día anterior y ya se había adaptado para que no tuviera cara de mareado al aparecer en los holos. Aquello estaba lleno de guardias de seguridad y el presidente ya estaba en la sala oval.

Sólo habían traído un operador de holovisión, que se encargó de colocar en varios puntos del techo y las paredes los rayos láser que necesitan las cámaras para regenerar el relieve. Colocaron una cámara sobre un trípode fijado al suelo sacando un plano general de la mesa del presidente, y tras ella la ventana por la que se veía la Tierra. El operador sujetaría otra cámara buscando planos cortos y, cada vez que se pusiera a transmitir interrumpiría la emisión de la cámara fija. De esa forma podría hacer cambios de cámara sin necesidad de un ayudante que no había podido llevar.

Yo ya estaba terminando los últimos detalles de los preparativos en la sala de control, la verdadera, de la estación. Me habían colocado una pantalla para que observara el discurso del presidente y, cuando él apretara el botón que había sobre su mesa, que por supuesto no estaba conectado a nada, yo daría la orden de que la estación comenzara a rotar.

Bien, allí estaba yo, con todas mis tareas terminadas y con el presidente hablando en el holo. Aún tenía varios minutos antes de que el discurso terminara, así que eché un vistazo a mi alrededor.

Flotando cerca de la puerta, observando el holo con una extraña sonrisa, estaba Wan.

Volví a mirar el holo y me pregunté por qué se estaría riendo. No me parecía que hubiera nada que le pudiera hacer gracia.

El presidente sentado tras la mesa en lo que parecía una reproducción de la sala oval. Se había sujetado el pelo en una coleta para que los cabellos, flotando en la ingravidez no le tapasen la cara. Su traje era, como siempre, bastante formal aunque esta vez había hecho un cambio sobre su imagen habitual. Se había puesto un pañuelo en vez de corbata. En la mesa había una lámpara y varios objetos. Supongo que estarían pegados con cola o imanes para que no saliesen flotando por la sala.

Tras el presidente unas cortinas (¿cómo habían conseguido que los pliegues tuviesen aquel aspecto tan perfecto?) medio ocultaban una ventana.

La imagen parecía tomada en la misma sala oval, si no fuera por dos detalles:

El presidente sujetaba una maqueta de la estación ante sí explicando cómo la iba a poner en marcha y la hacía girar en el aire. Y al soltarla, la maqueta seguía girando sin caer como hubiera hecho en la Casa Blanca.

El segundo detalle es que por la ventana no se veía la rosaleda de la Casa Blanca, sino el espacio salpicado de estrellas y la Tierra al fondo.

Iba a volverme hacia Wan para preguntarle qué le hacía tanta gracia, cuando el presidente indicó que iba a pulsar el botón.

Me dispuse a dar las órdenes oportunas al ordenador, solo me faltaba pulsar la tecla [ENTER] pero aún había algo que me tenía preocupado.

Y entonces, mientras veía al presidente pulsar el botón con una sonrisa en los labios y con la Tierra sonriendo al fondo y con Wan sonriendo a mi espalda, lo ví.

¡Te lo juro!, durante cinco eternos segundos estuve dudando si pulsar la tecla o no, quiero decir siempre he respetado lo que representa la presidencia de los Estados Unidos y todo eso, pero habían sido todos tan... tan... Además, después de cuatro años gobernando yo no tenía ninguna intención de volver a votar a este presidente así que, ¿por qué no?.

La sonrisa del presidente empezaba apenas a congelarse esperando la vibración que le habían anunciado cuando ésta por fin se produjo. Yo me volví a Wan y él me miró, y ambos nos miramos y nos dimos cuenta de que el otro lo sabía y... en fin.

Por el holo, el presidente explicaba cómo en ese momento la estación había empezado a girar y se notaba una leve fuerza que lo empujaba lateralmente. La Tierra había desaparecido de la ventana y yo empezé a sonreir, tal como sonreía el presidente y, a mi espalda, estaba sonriendo Wan.

Poco a poco, seguía explicando el presidente a los holovidentes, la fuerza centrífuga sería más y más fuerte emulando una fuerza de gravedad que en realidad no existía.

La sonrisa no se había aún apartado de su cara cuando su mano sujetó con fuerza el borde de la mesa. En aquel momento la cámara que enfocaba la cara del presidente hizo un extraño movimiento y salió dando vueltas por la sala. En uno de los vaivenes se vió al operador flotando, o más bien cayendo hacia el techo de la sala y...

Al apagarse la cámara, se puso en línea la que estaba sujeta a un trípode, y entonces pude ver cómo el presidente, sujeto con las dos manos a los bordes de la mesa hacía inútiles esfuerzos por seguir sentado en la silla.

La fuerza centrífuga no era aún mucha, apenas un quinto de G, pero el velcro de las posaderas del presidente no era capaz de soportar tanto peso, así que su culo se despegó del asiento, se balanceó sobre la mesa mientras aún se sujetaba de sus bordes y, unos segundos más tarde se soltó, quedando de pie, con cara de estúpido, en mitad del techo de la sala oval.

La Tierra volvió a pasar ante la ventana y yo me dí cuenta de cómo se había producido aquel estúpido error. Para construir la estación, mientras había estado detenida, se había dispuesto en una posición que apuntaba a la estrella polar, con el módulo habitacional al norte y el módulo agrícola al sur.

Lógicamente las habitaciones se tenían que orientar con el techo hacia el centro de la torre, pero en un estado de ingravidez unos inexpertos como los consejeros del presidente, sobre todo si eran tan estúpidos, podían desorientarse.

¡Ah!, pero bastaba asomarse a la ventana, mirar la Tierra y ver que, claro, allí están Norteamérica y Sudamérica. ¡¡Osea, que esto es el suelo!!.

Wan perdió su trabajo, pero yo me aseguré de que volviera dos semanas más tarde de que el presidente perdiera las elecciones.

Y desde entonces no hemos parado de reírnos.

   

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