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Cuando la Humanidad cambió

Creada01-04-2008
Modificada13-08-2015
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Diciembre2

 

El Cambio, Juan Polaino

Urak aferró su lanza con desesperación. Hacía dos días que había abandonado la cueva en busca de comida, pero los animales parecían haber emigrado en busca de otros pastos. No era extraño, desde hacía varios años los inviernos eran cada vez más fríos y largos, la nieve era más profunda y la caza más escasa.

Tenía que encontrar comida pronto, las últimas piezas de carne seca se las había dejado a Dari para que pudiera resistir y seguir amamantando a los niños hasta su regreso, pero tras dos días sin alimentarse más que con algunas bellotas amargas, el mismo Urak empezaba a dudar que pudiera sobrevivir a este largo y duro invierno.

No sería el frío el que le mataría, llevaban varios años habitando la misma cueva y habían acumulado numerosas pieles. También habían fabricado varios cuchillos y hachas, así como un par de lanzas que le permitirían cobrar una buena pieza si conseguía acercarse lo suficiente.

No, no moriría de frío. Tenía todo lo necesario para sobrevivir, solo le faltaba la comida.

El río, congelado, no serviría de abrevadero a ningún animal, así que se alejó ladera abajo.

Un olor le sobresaltó de repente. Parecía un olor a sangre, pero no se oía el chasquido de mandíbulas, por lo que si algún animal estaba herido aún no había sido descubierto por otros depredadores o carroñeros.

Avanzó entre los arbustos procurando no hacer ruido, pero antes de llegar a un claro se detuvo sorprendido. Unos gruñidos le revelaron que se estaba acercando a otros hombres.

¿Serían de su antigua tribu?. Intentó avanzar con cautela, pero el agotamiento ya estaba haciendo presa en él y estaba siendo torpe. Una serie de rugidos y golpes le revelaron que los otros habían notado su presencia, y entonces fue cuando los vió.

Eran un adulto y un joven. El adulto tendría unos doce años, mientras que el joven apenas tendría tres.

En el suelo, sobre unas ramas, había varias hileras de carne recién cortada puestas a congelar, una pierna y un costillar junto a medio jabalí de cuyo interior surgían vaharadas de vapor revelando que la pieza aún estaba caliente, hacia poco rato que la habían cazado y Urak había llegado en el momento justo en que la estaban descuartizando para llevársela.

Urak gruñó amenazador. Los intrusos estaban en su territorio, debía auyentarlos y quedarse con el jabalí, entonces podría llevar la carne a Dari y los niños y tendrían carne al menos para dos semanas.

Pero los intrusos no se retiraron. Se balanceaban con los nudillos en el suelo, el joven sujetando aún el cuchillo ensangrentado con el que había estado descuartizando la pieza, el adulto apoyado en una lanza.

Urak se dio cuenta de que el joven no sería rival para él, un golpe con el puño le bastaría para herirlo o matarlo, pero el adulto era otra cosa. Parecía mayor que él, así que probablemente podría ser Urak el que perdiera la pelea, y más si tenía que enfrentarse con ambos.

Lanzó un rugido más intenso, agitando la cabeza y poniéndose de pie, extendiendo los brazos tanto como pudo.

El joven le imitó, en un ridículo intento de impresionarle, pero el adulto se limitó a gruñir y erizar todos los pelos del cuerpo.

Urak, sorprendido, se fijó en el adulto y vió que seguía apoyado en la lanza, y que su pierna derecha parecía torcida. Sí, una enorme cicatriz le recorría todo el muslo, desde la cadera hasta casi la rodilla. ¿Desgarro, rotura?. Podía ser de una caída o de un ataque de una fiera, pero era una cicatriz antigua, de al menos varios años de antigüedad.

El adulto estaba cojo, es decir que en una pelea Urak tendría bastantes posibidades de vencer.

Urak avanzó hacia el jabalí, y el joven avanzó sobre él pero sin llegar a ponerse al alcance de su brazo. El adulto, por su parte, había dejado de estar quieto. Se movió con increíble celeridad aullando y golpeando el suelo con la lanza en la que hasta ahora se había estado apoyando. Urak tuvo que retroceder con rapidez para evitar el golpe de la lanza.

Gruñendo entre dientes, Urak comenzó a merodear de un lado a otro observando a los intrusos desde una prudencial distancia.

La carne estaba ahí, a tres saltos de distancia, podría intentar dar esos saltos, coger el medio jabalí que aún no había sido despiezado y salir corriendo, pero el joven se le abalanzaría y le entretendría el tiempo suficiente para que el adulto, más lento pero mucho más fuerte, pudiera alcanzarle y golpearle con la lanza.

Si Urak estuviera en buenas condiciones físicas podría enfrentarse a ellos con algunas posibilidades de vencer, pero estaba agotado, casi exausto tras varios días sin alimentarse. Necesitaba la comida, no solo por él, sino por Dari y los niños.

Urak dejó de merodear e intentó acercarse al jabalí, pero, tal como había previsto, el joven avanzó sobre él mientras el adulto volvía a avanzar aullando y agitando la lanza. Para estar cojo se movía bastante rápido.

Urak retrocedió sin consumar el último salto y volvió a merodear observándoles y gruñendo, pero esta vez había quedado mucho más lejos que antes mientras que los intrusos habían recuperado terreno y volvían a estar prácticamente junto al jabalí. Loco de rabia, Urak volvió a atacar, pero esta vez no detuvo su avance. Estrelló la lanza contra la cabeza del joven, y agarrando su maza más pesada se revolvió contra el adulto que se había abalanzado sobre su espalda y le intentaba morder el cuello. En el forcejeo, el cojo le estuvo a punto de desgarrar el cuello, pero había mordido las pieles con las que se abrigaba y Urak aprovechó para revolverse y golpearle en las costillas. Después todos se replegaron. y volvieron a observarse mutuamente.

El joven se frotaba la cabeza en el lugar que había recibido el golpe y unas gotas de sangre chorreaban por su mejilla, pero no era un golpe importante: de nuevo estaba agitando los brazos y aullando retador. El adulto parecía más ileso, pero Urak notó que ahora se balanceaba menos, quizás valorando que estaban a punto de perder el jabalí que tanto les había costado cazar, o quizás dolorido por los golpes en las costillas que Urak le había conseguido encajar.

Por su parte, Urak sentía la mordedura en el cuello, que aunque no había llegado a desgarrarle, le había arrancado varios mechones de pelo.

Urak pensaba que había salido mejor librado que sus rivales, pero al mismo tiempo había notado que estaba ya al borde de sus fuerzas. El agotamiento, el hambre, los dos días de búsqueda le habían dejado en tal situación que dudaba que pudiera repetir el ataque.

Y el caso es que tenía todas las de ganar, contra un joven inexperto que aún no había desarrollado todas sus fuerzas y un adulto cojo cuyas escasas pieles apenas le protegían de los golpes.

O las tendría, si tuviese todas sus fuerzas. Pero en su estado actual dudaba que pudiera repetir un ataque como el último.

Urak dejó de gruñir y detuvo su merodeo, en parte para ahorrar su últimas energías, en parte para intentar encontrar una solución. Si los otros hubieran sido miembros de su antigua tribu no hubiera habido ningún problema, hubieran compartido la carne. Pero tratándose de extraños había que auyentarlos, echarlos del territorio. La tierra no podía mantener a demasiada gente, por eso una tribu debía marcar su territorio a varias leguas alrededor de su cueva y no permitir que ningún extraño se estableciera en el territorio.

En ocasiones un intruso podía atravesar su territorio, y la mayoría de las veces solo se enteraban por su rastro, varios días después de que hubieran pasado, pero si sorprendían a un extraño lo echaban de inmediato, y si un grupo intentaba establecerse demasiado cerca de ellos los atacaban para expulsarlos.

Urak se veía impotente para expulsar a los intrusos, se veía impotente para cazar o para arrebatarles la pieza que ellos habían capturado. ¡Pero no podía rendirse, no podía renunciar a la carne, la necesitaba!.

Urak volvió a merodear y volvió a detenerse emitiendo gruñidos sordos mientras los intrusos observaban sus movimientos, esperando un nuevo y tal vez definitivo ataque. Pero Urak sabía que no sería capaz de lanzar ese definitivo ataque.

Entonces se dio cuenta de algo en lo que no había caído. ¿Cómo es que no habían huído?. Un joven y un cojo no serían rivales para él en condiciones normales, y eso ellos deberían saberlo o suponerlo. Porque ellos ignoraban el grado de agotamiento en el que Urak se encontraba, y no sabían que él no sería capaz de repetir su ataque.

¡Ellos necesitaban la carne tanto como él!.

Quizás tendrían la misma hambre, tal vez llevaran sin cazar tanto tiempo como él, tal vez, como él, tuvieran una familia que alimentar.

Urak se maldijo por su debilidad. Volvió a mirar el jabalí, el medio jabalí del que habían dejado de exhalar vaharadas de vapor y los filetes extendidos sobre ramas que ya debían estar medio congelados.

Volvió a contemplar a los intrusos, quietos, expectantes, indecisos sobre su próximo movimiento pero decididos a no retroceder, a no abandonar la carne que, ahora Urak lo comprendía, necesitaban tanto como él.

El jabalí, los intrusos, Urak desesperaba. ¡Si fueran de su tribu!. ¡Si pudieran compartir la carne!. Urak dejó de gruñir y el silencio se hizo en el claro. El cielo estaba nublado y el sol apenas calentaba. Hacía frío.

Urak agradeció las gruesas pieles que le abrigaban y entonces...

¡Y entonces...!

¿Dónde estaban sus pieles?. Contempló a los intrusos con asombro. ¿Dónde estaban sus pieles?.

Apenas vestían unas tiras de pieles de conejo o marmota atadas por las extremidades y colgándoles del cuello, pero estas no bastaban para detener el viento, y debían estar sufriendo el gélido aire de la mañana. El joven parecía más abrigado, pero nada comparado a las buenas pieles que Urak vestía.

En los dos años que Dari y Urak llevaban viviendo en la cueva, habían tenido tiempo de cazar varios animales grandes con los que habían podido coser pieles de abrigo de muy buena calidad. Urak vestía varias piezas de abrigo y para él el frío no era ningún problema, pero los intrusos parecían ateridos de frío.

Aún tenía una posibilidad de vencer. A pesar de su debilidad, si conseguía mantenerlos así durante mucho tiempo acabarían congelados.

Pero no, antes de que esto ocurriera la desesperación les llevaría a atacarle, y aunque ellos lo ignoraban, Urak no creía tener fuerzas para resistir su ataque.

Por un momento le pareció encontrar la solución, pero era tan extraña que la descartó. Después volvió a pensarla.

No, era una estupidez, nunca se había hecho.

Urak los contempló intrigado. ¿Sería posible?.

Los intrusos parecían asustados y ateridos de frío, pero al mismo tiempo extrañados de que Urak no les hubiese vuelto a atacar.

Urak se incorporó sobre sus dos piernas pero esta vez no con gesto amenazador. Los contempló unos segundos y luego, lentamente, se quitó una de las pieles que llevaba. Con ella en una mano volvió a mirarles. Ellos estaban sorprendidos contemplándole atónitos sin entender lo que Urak estaba haciendo.

Con la piel en la mano, extendió el brazo hacia ellos, que le miraban sorprendidos sin hacer ningún movimiento. De pronto, el joven pareció entender y tendió una mano hacia la piel.

Urak la retiró y dió dos pasos hacia el jabalí. Los intrusos, sorprendidos, se alarmaron e iniciaron un movimiento de defensa, pero al no producirse el temido ataque volvieron a quedar a la espectativa. Urak se encontraba de nuevo casi junto al jabalí, y de nuevo tendió el brazo ofreciéndoles la piel, pero esta vez haciendo gestos hacia el jabalí. Los extraños de nuevo le miraron sorprendidos, por primera vez con más curiosidad que temor.

Esta vez fue el adulto el que pareció entender y le miró extrañado.

Extrañado y asombrado.

El adulto contempló las piezas del jabalí, contempló la piel en el brazo de Urak y luego volvió a contemplar a éste.

Agarrando con fuerza su lanza, que usaba como un bastón, el adulto se dirigió a las rocas donde se encontraban las piezas del jabalí. Cogió la pierna de jabalí que había estado despiezando su hijo cuando fueron interrumpidos y la tendió hacia Urak.

Éste la rechazó con un gruñido. No quería la pierna, sino todo el jabalí, y así intentó hacérselo saber por gestos.

El adulto comprendió los gestos de Urak y volvió a mirar lo que quedaba del jabalí. Estaba la pierna que tenía en la mano, el costillar y los filetes que habían despiezado y que ya debían de estar congelados. Y luego estaba el resto: Medio jabalí sin despiezar. Volvió a mirar a Urak, la piel de su mano y las pieles que aún vestía. Miró a su hijo y sonrió.

Volviéndose a Urak, señaló la piel que éste le estaba tendiendo y señaló a su hijo. Después señaló OTRA PIEL de las que Urak vestía y se señaló a sí mismo. Por último señaló la pieza de medio jabalí que quedaba y señaló a Urak.

Este no estaba seguro de haber entendido, pero el adulto volvió a repetir los mismo gestos y por fin lo entendió.

Urak se quitó otra de las pieles, quedándose solo con una prenda interior, suficiente apenas para abrigarle hasta llegar a su cueva. Tendió las dos pieles al adulto que dió un paso para cubrir la distancia que les separaba. Cogió las pieles y retrocedió, tendiendo una de las pieles a su hijo.

Urak, sin darles la espalda, se dirigió hacia el medio jabalí. Con más esfuerzo del que pensaba se lo cargó sobre el hombro y, de nuevo, se contemplaron sobre el resto de las piezas de carne.

Urak emitió un gruñido de saludo y se dio media vuelta alejándose de ellos. Al llegar al borde de la espesura se volvió de nuevo a contemplarles.

Puede que algún día volvieran a encontrarse, puede que no.

Pero si algún día volvían a encontrarse, procuraría llevar encima un par de pieles de más.


Juan Polaino
1 de Abril de 2008

   

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