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Han venido a rescatarla, pero es Karen quien debe salvar a Andis y sus hombres.

Creada25-03-2013
Modificada15-06-2015
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Octubre3

 

Reino de Sombras, Juan Polaino

Rescate

Hacía largo rato que había pasado la hora que le habían dado de tiempo a Karen cuando Andis se decidió por fin.

—Está bien. Vamos.

Tilo se levantó en silencio. No podía creer que Karen les hubiese traicionado pero se sintió agradecido cuando Andis no hizo ningún comentario.

Aunque con la escasa fuerza centrífuga de la estación apenas pesaban unos sesenta kilos, las planchas metálicas que se habían puesto en la parte delantera de los trajes habían sumado treinta kilos más al conjunto. Tilo se sentía mucho más pesado que todo eso.

Avanzaron hombro con hombro los tres primeros que se habían colocado armaduras. El resto de ellos avanzaba a sus espaldas manteniendo una formación en cuadro que Andis había copiado de unos libros de historia de los Antepasados.

Los hombres de los lados tenían escudos que los protegerían de los disparos de las armas que hasta ahora habían usado contra ellos. En el interior del cuadro Andis había colocado a cuatro hombres a los que ordenó quitarse los trajes. Ya habían comprobado que la calidad del aire era aceptable y no había gérmenes extraños en el ambiente, por lo que los demás se habían abierto las viseras de los cascos.

Los cuatro hombres desnudos del interior representaban el factor sorpresa que Andis pensaba utilizar de ser necesario. Protegidos por los de fuera, si se presentase la ocasión podrían saltar y moverse con mucha más rapidez que los demás para atacar al enemigo pillándole por sorpresa.

Descendieron en formación hasta que oyeron la voz de Draken.

—Ya estáis a la misma altura. La fuente energética se encuentra a contragiro y a la derecha de vosotros.

Andis se orientó hacia uno de los seis pasillos que salían del sector central de la estación.

—¿A qué distancia?.

—Unos cuarenta metros.

Avanzaron por el pasillo con lentitud.

—Estáis al lado.

—¿A la izquierda o a la derecha?.

—A la izquierda.

Andis contempló la puerta más cercana. No era corrediza sino de hoja basculante como las que solía haber en las casas de los Antepasados.

—Poneos a un lado.

Los hombres se repartieron a ambos lados de la puerta mientras Andis se acercaba a ella e intentaba girar el pomo.

Estaba cerrada con llave.

Tomando el desintegrador cortó el trozo de la puerta donde estaba la cerradura. Ésta cayó al suelo con un fuerte ruido y el resto de la puerta se abrió para mostrarles una habitación iluminada en la que nadie les esperaba.

Dentro había numerosas mesas y sillas volcadas. Varios armarios pegados a la pared. Papeles desperdigados cubriendo casi todo el suelo de la habitación. Sobre las mesas, varias pantallas titilaban con misteriosos mensajes escritos. Junto a la puerta había un traje espacial abandonado de forma desordenada en el suelo.

Una voz se oyó en aquel momento pronunciando varias palabras desconocidas.

Había una habitación al fondo pero también estaba vacía.

Volvió a oírse la voz y Andis comprobó que decía casi las mismas palabras.

—Es una grabación. —supuso Áster.

—No están aquí. —dijo Andis— Draken, ¿No detectas ninguna otra fuente de energía?

—No, Andis.

Tendrían que volver a empezar. Andis se empezaba a preguntar si valía la pena correr tantos riesgos para conocer a un Antepasado que lo único que había hecho hasta ahora era intentar matarlos. Faltaban cinco horas para que Tricar y Draken tuvieran que irse a recuperar los espejos. Intentaría lo que fuese necesario para cumplir las órdenes recibidas pero Karel no podía esperar que hiciera milagros. Si en tres horas no habían conseguido su objetivo ordenaría abandonar la misión.

La grabación volvió a oírse otras dos veces mientras estaban allí. A Andis no le hacía ninguna gracia ignorar lo que decía.

—Andis, mira la cámara.

Pidió al ordenador la imagen recogida por la cámara que habían dejado oculta apuntando hacia la entrada de la torre.

En ella vio una persona negra que se dirigía furtivamente hacia la torre. En la mano llevaba la linterna que Tilo había dado a Karen. Vestía un traje completo que le cubría del cuello a los tobillos y aunque no era muy ajustado, dibujaba perfectamente el contorno de su cuerpo.

—¡Es una ¿mujer?!.

Andis no podía creerlo. ¿Una mujer les había mantenido a raya durante más de dos horas y ellos no habían conseguido neutralizarla?.

—Vamos arriba.

Sabiendo dónde se encontraba la mujer, no tomaron precauciones para subir por las escaleras. Llegaron en unos minutos y, con las luces apagadas, Andis se asomó a la puerta que daba a la torre.

—Está subiendo por una escalera de mano y está desarmada. —dijo al ver la linterna oscilar en lo alto— Tador, ¿crees que podrías alcanzarla?.

Éste se quedó mirando hacia arriba sin responder.

—¿Tador?.

—Andis, creo que sí. Pero... ¿y si tiene armas?.

Andis se lo quedó mirando atónito unos segundos.

—Ya hemos visto que está desarmada. Sólo tiene una linterna y eso no es...

Iba a decir que no era peligrosa cuando un súbito recuerdo le vino a la mente, la imagen de Tilo explicando a Karen el funcionamiento de la linterna.

Peligroso. El rayo láser podía ser peligroso si...

—¡Mierda!. Tador, sube tras ella y arrebátale la linterna. Procura que no te oiga hasta que caigas sobre ella. Y si notas que cierra el foco apártate, no podrá usar la linterna al mismo tiempo para ver y disparar.

—¿Disparar?.

—¡Tador, ya está bien!. ¿Vas a obedecer?.

Tador estaba retrocediendo ante él al tiempo que agitaba la cabeza.

Andis no comprendía por qué actuaba así. Podía ver que Tador estaba asustado, todos lo estaban, pero parecía incapaz de obedecer.

—Andis, —dijo Baltis— si me permites yo subiré a intentar detenerla.

—¡Adelante!.

Baltis encendió la linterna para iluminar la escalerilla de mano que ascendía por la pared y hacerse una idea de cómo estaban dispuestos los escalones. La mujer estaba ya a más de doscientos metros sobre sus cabezas pero subía bastante despacio, como si realmente fuera ascendiendo peldaño a peldaño. Tal vez tuviera tiempo de alcanzarla antes de que llegara al hangar. Quitándose el cinturón y el arnés del que colgaban diversas herramientas, los entregó a Tilo para que se los guardara.

—Ten cuidado. —dijo éste.

En la escasa gravedad de la estación, sin traje espacial ni ningún tipo de carga que lo lastrase, apenas pesaba unos treinta kilos. Saltó hacia la escalera y se agarró unos cinco escalones más arriba. Puso los pies en los peldaños y volvió a saltar. En solo unos minutos, a saltos de cinco o más escalones, acortó la distancia que le separaba de la mujer. Si comprendía bien lo que Andis había dicho, la mujer podía llegar a usar la linterna como un arma. Y eso era peligroso, desde luego.

El láser sólo funcionaba en tres espectros, rojo, verde y azul, y cada uno de ellos tenía sus propias aplicaciones. El más peligroso era el rojo que podía llegar a fundir los metales. Ignoraba los efectos que tendría en la piel pero pensó que ojalá hubiera podido vestir un traje blanco o rojo que hubiera reflejado la mayoría de los rayos.

Por la fuerza centrífuga de la estación calculó que ya había ascendido unos quinientos metros. Su peso se había reducido a menos de quince kilos y, aun a ciegas, era capaz de subir unos diez escalones en cada salto. La luz de la linterna de la mujer oscilaba en la oscuridad unos sesenta metros sobre él. Sabía que podría alcanzarla antes de que llegase al hangar. No quería que ella se diera cuenta de que le seguía, por eso continuó subiendo a la misma velocidad a pesar de que podía haber ido mucho más rápido en la cada vez menor pseudogravedad de la torre.

A cierta distancia sobre él oyó los jadeos de la mujer y se extrañó de que pareciera tan cansada. Si conseguía sorprenderla podría caer sobre ella antes de que se diera cuenta que era seguida. Cuando apenas le separaban de ella unos treinta metros, dejó de acercarse. Mantendría la distancia en silencio hasta que subieran a una altura donde su peso se redujera a menos de cinco kilos.

La luz ocasionalmente reflejada en las paredes le mostró la figura de la mujer, ignorante aún de su cercanía. En la oscuridad, con la piel negra y con un traje oscuro era difícil ver su silueta. Aún subieron unos cien metros más, durante los que Baltis descansó, antes de decidirse a atacarla.

En silencio, saltó varios escalones acortando la distancia a unos veinticinco metros. Volvió a saltar una y otra vez hasta que de pronto se sintió deslumbrado por la luz de la linterna que le enfocaba el rostro. Cerró los ojos notando la intensa luz a través de los párpados pero siguió subiendo y un agudo grito resonó en sus oídos. Al notar que la luz desaparecía de sus párpados saltó con todas sus fuerzas a un lado de la escalera para evitar la trayectoria del rayo laser que la mujer sin duda dispararía a continuación. Al abrir de nuevo los ojos comprobó que la mujer estaba moviendo el rayo, de un intenso color rojo, por el lugar de la escalera donde él había estado un segundo antes. Él estaba prácticamente a la misma altura que ella dirigiéndose hacia la pared opuesta pero ella parecía incapaz de verle. Seguramente, al realizar la ascensión iluminando su camino con la linterna, no tenía los ojos adaptados a la oscuridad y no podía ver su cuerpo flotando silencioso en el espacio a unos diez metros de ella. Ahora tenía que intentar caer sobre ella desde una dirección que no esperase.

Usando los brazos como timones, tal como había hecho miles de veces en la esfera en la que jugaban a la pelota, giró para encarar la dirección en la que iba. Esperó pacientemente en la oscuridad hasta que notó la pared en la punta de sus dedos. Flexionó los brazos para no perder impulso y rodó por la pared hasta que tuvo las piernas contra ella. Entonces saltó de nuevo hacia arriba y, esperaba, de regreso a la escalera. Al volver a mirar a la mujer comprobó que ésta había ampliado el foco de la linterna para buscarle por toda le extensión de la torre, pero sólo estaba buscando hacia abajo. Usando brazos y piernas como timones corrigió su dirección y consiguió asir la escalera a apenas diez metros sobre la mujer que, rápidamente se dio la vuelta hacia él. Volvió a utilizar todo su impulso para lanzarse sobre ella. Sintió algo ardiente que le recorría la piel del pecho justo en el momento del choque. Forcejeó con la mujer que le dió un fuerte golpe en la cabeza mientras escalofríos de dolor le recorrían el pecho. Pudo por fin sujetarle los brazos e impedir que le siguiera golpeando pero los dos se habían separado de la escalera comenzando a caer por el interior de la torre. Notó los brazos de la mujer delgados y débiles como los de un niño, parecía incapaz de escapar de sus manos. La linterna trazaba círculos en su caída pero Baltis se dio cuenta de que la mujer había dejado de apretar el botón que convertía la inofensiva luz en un peligroso rayo. Intentó orientarse para saber dónde agarrarse, pero el foco de la linterna estaba reducido al mínimo. El aire que notaba en la piel le indicó que estaban cayendo a unos diez kilómetros por hora acelerando lentamente en su caída. Por efectos de la fuerza de Coriolis, durante su descenso acabarían por caer en la pared de contragiro de la torre pero ignoraba a que altura y a qué distancia de la escalera. Doblando las piernas ante él se apoyó en el cuerpo de la mujer para impulsarse sobre su cabeza. Al hacerlo soltó también la muñeca izquierda y agarró la linterna que arrebató con un brusco tirón de su mano mientras la mujer no paraba de chillar. Amplió el foco al máximo para comprobar la distancia que le quedaba hasta la pared y la dirección en que tendría que rebotar. Con los dientes extrajo de la parte inferior de la linterna una cinta por la que metió la mano antes de volver a sujetar a la mujer que no dejaba de gritar y forcejear. Esta vez la sujetó por la espalda para evitar sus patadas y esperó.

Tras chocar con la pared intentó rebotar en dirección a la escalera pero la dificultad de manejar al mismo tiempo a la prisionera hizo que el rebote fuese más vertical de lo que pensaba. Por un momento pensó que no alcanzaría la escalera antes de volver a caer hacia la pared de contragiro. Ya iba a casi treinta kilómetros por hora y la aceleración sería mayor conforme descendiese. La próxima vez que chocara en la pared de contragiro quizás no pudiera controlar su rebote con la carga de la mujer, en cuyo caso seguirían cayendo cada vez más rápido y rebotando una y otra vez en la misma pared hasta llegar al final de la torre, más de seiscientos metros más abajo.

La linterna encendida, en uno de sus azarosos vaivenes le indicó que llegarían a la escalera por un escaso margen.

Al llegar a ésta puso a la mujer ante él para que se agarrase ella en primer lugar. La velocidad a la que iban apenas superaba los treinta kilómetros por hora y ella no tuvo dificultades en agarrarse. Ya había dejado de chillar, pero aún se debatía en sus brazos intentando soltarse. Soltándole una muñeca tomó la linterna e hizo señales en binario apuntando hacia abajo, diciendo que había capturado a la mujer, pero que había resultado herido y que se dieran prisa en subir a ayudarle.

Aprovechó para examinar la herida de su pecho y sintió náuseas al ver la fea cicatriz de piel quemada que lo cruzaba. Afortunadamente había sido sólo un barrido, si la mujer hubiera mantenido el láser quieto le podía haber atravesado en unos pocos segundos pero la quemadura apenas había atravesado la piel cauterizando al mismo tiempo los capilares por lo que casi no estaba sangrando. A pesar de todo dolía horrores.

También le dolía la frente, allí donde ella le había golpeado con la linterna y sentía un fuerte escozor en los ojos aunque no recordaba ningún golpe en la cara.

La mujer había dejado ya de debatirse y se agarraba con todas sus fuerzas a la barandilla mientras sollozaba continuamente.

Mirando hacia abajo vio que dos hombres estaban llegando ya hasta ellos.

* * * * *

Cuando Baltis desapareció en la oscuridad del túnel, Andis ordenó a Aster y Fasel que subieran tras él permaneciendo a unos cien metros de distancia. Durante todo el tiempo transcurrido observó la luz que se iba alejando cada vez más hasta el momento en que Baltis debió abalanzarse sobre ella. Vio como la luz desaparecía y temió lo peor aunque había visto a Baltis jugar en numerosos partidos en la esfera y sabía que podía desenvolverse con soltura en condiciones de ingravidez. Cuando recibieron el mensaje de Baltis respiró aliviado. Habían pasado menos de diez minutos desde que se fue y calculó que en otros tantos volvería a bajar.

Un sonido metálico atrajo su mirada. Algo descendía por la torre golpeando repetidamente la pared de contragiro. Al pie de la misma vio como empezaron a caer varias gotas de metal fundido y vuelto a solidificar. No dejaba de recriminarse su estupidez.

En todos los años que habían manejado linternas nunca se le había ocurrido a nadie que podían ser usadas como armas. Siempre habían sido herramientas útiles para hacer trabajos y con las que había que tener cuidado pues, si se usaban con descuido, podían ser peligrosas. Tantos meses estudiando las armas de los Antepasados le habían convencido de que podía ser peligroso enfrentarse con ellos estando desarmados y no se le había ocurrido, ni a él ni a nadie, que en realidad ellos también estaban armados.

Mientras esperaba el regreso de Baltis con la mujer se preguntó qué otras herramientas podrían ser usadas como armas de ser necesario. El desintegrador, evidentemente, podía ser usado para cortar en dos a una persona, aunque la idea le repugnaba extraordinariamente. Un cebo tractor podía aplastar los huesos de una persona. Incluso un lanzador podría enviar proyectiles capaces de atravesar la piel y los huesos de un enemigo.

Empezó a encontrar usos a sus herramientas que nunca había imaginado y el hacerlo le hacía sentir enfermo aunque sabía que podía ser necesario si volvían a encontrarse con Antepasados en el futuro.

Por la puerta de la torre observó a los hombres que descansaban y hablaban entre ellos. Tador estaba sentado en un rincón sin atreverse a hablar con nadie. Nadie parecía tampoco querer hablarle. Andis se preguntaba qué le había pasado. Desde que dejaron de estar bajo el dominio mental de los kander todos habían cambiado un poco. Recordaba que nunca ninguno de ellos había usado la violencia contra otro. La violencia era algo de los Antepasados pero a ellos siempre les había repugnado siquiera pensar en ella. No obstante, él mismo se sentía avergonzado de haber querido en cierta ocasión matar a Karel. Estaba aterrorizado por todas las cosas que estaban descubriendo sobre los kander y no se atrevía a aceptarlas. Cuando Karel le obligó a ver cosas que él no quería ver, Andis se sintió tan asustado que no vio más salida que detener a Karel, aunque fuera matándolo. El shock de todo lo que habían descubierto y su propia reacción tan cercana a la locura fue lo que le hizo refugiarse durante casi un mes en un estado semicatatónico. Pero después había aprendido a aceptar las cosas tal como sucedieron.

La reacción de Tador había sido algo inesperado pero que iba en una dirección totalmente opuesta. Otra de las extrañas reacciones de los Antepasados. Aunque muchas veces desde que quedaron libres de los kander había visto en sus hombres reacciones que nunca antes se habían producido, hasta ahora nadie se había atrevido a desobedecer una de sus órdenes de una forma tan flagrante. Si aún estuviesen controlados por los kander, éstos hubieran castigado a Tador por su desobediencia. No sólo eso, dicha desobediencia ni siquiera se habría producido.

Tendría que hablar con Tador, averiguar por qué su miedo le había llevado a desobedecer y si ésa era una reacción normal entre los Antepasados tendría que averiguar a qué otros de sus hombres podría pasarles lo mismo en una situación similar.

Todo era mucho más sencillo antes.

En cuanto a Tilo, éste daba paseos intranquilo. No había dejado de estar nervioso desde que Baltis subió por la escalera y Andis lo comprendía, aunque se había sorprendido al ver que miraba con más frecuencia hacia la escalera que comunicaba con la estación que a la torre.

Estaba preocupado por Karen, comprendió de repente.

—Draken, ¿detectas alguna nueva fuente de emisión energética?.

—No, Andis.

—¿Se te ocurre alguna forma de que podamos encontrar a Karen?.

—No, Andis, no creo que la haya. La estación está demasiado caliente para que podamos detectar el calor de los cuerpos a través de las paredes. El análisis de neutrinos no serviría, ni las ondas gravimétricas. Los ultrasonidos... —Draken se detuvo unos segundos— Quizás, si se colocaran... ¡Andis, ya lo tengo!. Si Karen está vivo estará respirando y le latirá el corazón. El sonido pierde fuerza por el aire con mucha rapidez pero a través del metal quizás podamos oir sus latidos. No podríamos saber con exactitud donde se encuentra pero sí con una cierta aproximación. Tengo un receptor infrasónico en la lanzadera, ¿quieres que te lo lleve?.

—De momento no, pero puedes acercarte a la estación. Al parecer el peligro ya ha pasado.

Esperaría a que bajara la mujer. Después, si no conseguían que les dijera dónde estaba Karen, vería.

* * * * *

Karen despertó en medio de terribles dolores. Estaba a oscuras en un pequeño armario y no podía ver más que unas rendijas al otro lado por donde entraban unos tenues rayos de luz. Intentó incorporarse y una cuchillada de dolor lacerante le recorrió el brazo izquierdo. Tenía el brazo bajo su cuerpo en una incómoda, imposible posición.

¡Sabía que un hombro no podía doblarse de esa manera!.

Incapaz de resistir el dolor comenzó a llorar mientras gemía.

—¡Mamá!. Mamá, por favor, sácame de aquí. Me duele, por favor, mamá. Ayúdame.

Nadie respondió a sus gritos. Sólo una voz mecánica, una grabación, se oyó a lo lejos sin que pudiera reconocer lo que decía. Con la mano derecha se limpió las lágrimas sintiendo el dolor de varios hematomas en el rostro. Se tocó con suavidad la cara y comprobó que tenía todo el lado izquierdo hinchado doliéndole el más mínimo roce.

—¡¡Mamáaaaaa!!.

Volvió a oír la grabación aunque tampoco esta vez pudo entender lo que decía.

Intentó tranquilizarse. Si pudiera acercarse un poco a la rejilla quizás pudiera oir lo que decía la grabación. Volvió a limpiarse las lágrimas con cuidado y se incorporó un poco descubriendo que también tenía el pecho dolorido.

Conteniendo a duras penas un gemido, se mordió los labios y consiguió sentarse liberando el brazo izquierdo que quedó colgando provocándole un mareante dolor.

Estuvo a punto de perder el conocimiento pero apretando con fuerza los dientes consiguió mantenerse consciente.

Jadeó entrecortadamente durante largo rato, incapaz de moverse ni de llorar siquiera.

La grabación volvió a oírse dos veces más, pero aún estaba demasiado lejos de la rejilla para saber lo que decía. Las piernas las tenía dobladas hacia delante y parecía que era la única parte de su cuerpo que no le dolía. Alzándolas con cuidado las pasó al otro lado del armario para darse la vuelta en su interior.

Ya casi estaba. Ahora sólo tenía que mover el cuerpo hasta el fondo del armario.

Con un aullido de dolor, deslizó la espalda por la puerta hasta que su cuerpo golpeó contra la pared opuesta del armario. Un inmenso dolor le recorrió el brazo izquierdo al chocar contra la puerta y sintió cómo le palpitaba desde la punta de los dedos hasta la cabeza.

Resistiendo el impulso de emitir un nuevo gemido acercó su oído a la rejilla justo a tiempo de volver a oír la grabación.

«Proceso de autodestrucción en marcha. Cuatro minutos para la evacuación. Faltan treinta y cuatro minutos para la explosión»

Durante unos segundos no pudo comprender lo que había oído. ¿Evacuación?. ¿Explosión?. ¿A qué se referían?. Su madre no podía...

—¡Nooooo!. ¡Mamá, por qué lo has hecho!. Ellos no querían hacernos daño.

Era inútil gritar, nadie podía oír sus gritos. Estaba encerrada sin posibilidad de escapar. Dentro de algo más de media hora la estación haría explosión matándola a ella, a su madre y a todos los que habían venido a ayudarles.

—Mamá, por favor, sácame de aquí. Tilo, Tilo, ayúdame. ¡Tilo!.

Tilo iba a morir por su culpa. Si ella no les hubiese llamado, si no le hubiese pedido a Sigui que repitiera el mensaje de George...

Ella pidió a Sigui que repitiera el mensaje y él, como siempre, había interpretado literalmente su orden. Probablemente preguntó en pantalla qué mensaje quería transmitir y tomó como tal la siguiente frase que ella pronunció sin saber que dicha frase sería transmitida al espacio de la misma forma en que George lo había programado muchos años atrás.

«Proceso de autodestrucción en marcha. Tres minutos para la evacuación. Faltan treinta y tres minutos para la explosión»

Volvió a secarse las lágrimas sabiendo que, sin quererlo, había provocado la muerte de sus amigos, a los que apenas acababa de conocer.

—Tilo, Baltis, Andis, por favor, perdonadme.

* * * * *

Andis observó cómo Dicas acudía a atender a Baltis mientras los demás hombres cogían a la mujer que tenía las manos atadas ante ella.

Baltis tenía un chichón en la cabeza y unos arañazos en la cara pero lo peor era una cicatriz que le recorría el pecho y que, aunque no sangraba, estaba supurando. Dicas le aplicó una crema para las quemaduras en la cicatriz mientras Baltis contenía a duras penas los gestos de dolor.

La mujer los miraba aterrorizada si bien ellos no hacían ningún movimiento que justificase ese terror. Al acercarse uno de los hombres para hacerla salir de la torre, ella se apartó de él gritando enloquecida.

—Sacadla a rastras si es necesario. —Tilo y Fasel la cogieron por los brazos y la sacaron por la fuerza sin que ella dejara de gritar y debatirse.

Andis no comprendía de qué podía tener tanto miedo, nadie estaba haciendo ningún gesto amenazador pero ella no paraba de gritar enloquecida.

—Tilo, ¿crees que podrías preguntarle dónde está Karen?.

—Lo intentaré. —acercándose a la mujer, se puso ante ella y, encogiéndose de hombros preguntó— ¿Karen?.

Hasta que habló, la mujer no le hizo ningún caso, seguía mirando enloquecida de Aster a Fasel, a Tador y a Baltis para luego volver a empezar. No parecía fijarse en nada más pero al oír el nombre de Karen miró a Tilo con sorpresa durante unos segundos antes de volver a ponerse a gritar.

Andis estaba desconcertado. La mujer parecía más aterrorizada por los hombres desnudos que por los que tenían trajes, a pesar de que, se daba cuenta, el traje con la mochila y todas las herramientas que colgaban del cinturón debería hacerlos parecer más imponentes y amenazadores.

—Aster, Fasel, Tador y Baltis. Entrad en la torre y poneos a un lado de la puerta, donde ella no os vea.

Cuando así lo hicieron la mujer pareció calmarse un poco y Tilo volvió a preguntar por Karen, pero chocó con la hosca determinación de la mujer que apretó los labios negándose a pronunciar una palabra.

Andis se hizo a la idea de que tendrían que buscar a Karen de habitación en habitación, inseguro aún de que realmente quisiera ser encontrado.

Tal vez estaba escondido y planeando algún medio de atacarles aunque a Andis le costaba trabajo imaginarlo.

Le había caído bien el chico. Cuando le vio por primera vez se quedó extrañado por el color de su piel pero cuando le saludó y él respondió a su saludo...

De repente oyó la voz de Karen en su casco pronunciando su nombre seguido de unas palabras que no entendió.

—Tilo, Baltis, Andis, por favor, perdonadme.

—¿Karen?.

—¿Qué?. —se volvió Tilo con rapidez al oírle mencionarla.

A través del casco Tilo no había oído la voz de Karen pero sí la exclamación de Andis.

—¿Ninguno de vosotros lo ha oído?.

—¿Oído qué, Andis?. —volvió a preguntar Tilo— ¿Has oído a Karen?. ¡Él tiene mi consola!.

—Karen, Karen, ¿me oyes?. —no hubo respuesta, el ordenador emitía sus palabras por los altavoces externos pero no la enviaba a ningún otro receptor— ¡Tilo!. Tilo, ¿estás ahí, Karen?.

—¿Andis?. ¿Eres tú, Andis?.

—Tilo. Hola, Karen.

—Hola, Andis.

—¡Draken!. ¿Puedes saber donde está la consola de Tilo?.

—Sí, Andis. Está unos quince metros bajo vosotros, en la sala a donde fuisteis antes.

—¡Tilo!. Karen está abajo, en la sala donde fuimos a buscar a la mujer. Vete con Aster y Dicas a buscarle. Draken, informa a Dicas si la consola cambia de situación.

—Podré hacerlo mientras emita. Tendréis que hacerle seguir hablando.

Unas palabras de Karen se entremezclaron con la voz de Draken. Al empezar la frase con el nombre de Tilo, el ordenador la había enviado completa a la consola de éste. Del mismo modo que Karen, al pronunciar su nombre, hizo que él pudiese oír su mensaje.

—Tilo. Hola, Karen.

—Hola, Andis.

—Andis. —informó Draken— Karen no se ha movido del sitio.

Bien. Aparentemente ya tenían controlados a los dos Antepasados que habían encontrado en la estación. No estaba seguro de Karen pero sabía que a su madre, si es que era su madre, tendrían que tenerla vigilada y encerrada. No podían correr el riesgo de que volviera a escapar y hacer de las suyas.

Un fuerte chasquido se oyó entonces en la estación recorriendo toda la metálica estructura. De repente, la puerta que comunicaba con la torre se cerró herméticamente y comenzaron a oír un silbido que les taponó los oídos.

—¡Andis!. —informó Draken, alarmado— Han aparecido fuentes de neutrinos en diversos puntos del módulo en el que estáis. Detecto varias fuentes de energía que no estaban antes. ¡Y el aire de ese módulo está escapando por todas partes al espacio!.

Andis quedó paralizado por unos segundos. Si el aire escapaba de la estación, todos aquellos que estuviesen sin traje espacial morirían por frío y descompresión, y justo acababa de enviar a Aster sin traje en busca de Karen.

—¡Dicas, — gritó por la radio— dile a Aster que vuelva de inmediato!. ¡El aire se está escapando de la estación!. ¡Tador, Baltis y Fasel, poneos los trajes enseguida!. Bodio, coje el traje de Aster y llévaselo a su encuentro. Todos los demás poneos los cascos.

Mientras Poster, Baltis y Fasel salían de la torre por los agujeros que habían practicado para construir las inútiles armaduras se preguntó que podrían hacer con la madre de Karen.

Ésta se había incorporado y puesto de rodillas. Con las manos juntas ante su pecho y los ojos cerrados no cesaba de mover los labios en silencio.

—Óber, abre la cámara intermedia.

—No puedo, Andis —respondió Óber tras intentarlo durante largos segundos— La puerta parece estar bloqueada.

Entonces no podían hacer nada.

Cuando todos tuvieron los trajes puestos no pudieron hacer otra cosa que mirar cómo la mujer comenzaba a boquear. Andis se dio la vuelta. Sabía lo que iba a venir a continuación y no quería verlo. Solo Baltis se acercó y, arrodillándose ante ella, le sujetó las manos entre las suyas. La mujer le miró sorprendida mientras la nariz le empezaba a sangrar. La locura que había brillado en sus ojos hasta ahora se desvaneció de repente para ser sustituida por una mirada de comprensión y miedo cerval. El grito que pegó los estremeció a todos a pesar de la cada vez más tenue atmósfera mientras la sangre en sus arterias empezaba a hervir rompiendo capilares en sus pulmones, haciéndole reventar los tímpanos y destruyendo los tejidos de su cerebro.

* * * * *

Al oír la señal que indicaba la media hora que le quedaba de vida, Karen oyó un fuerte estruendo que resonó en toda la estación seguido de un fuerte siseo.

Ignoraba lo que había ocurrido, pero sabía que Andis la había oído por la consola, y si Andis la había oído pronto vendrían a buscarla. Oía un leve rumor a través de la rendija del armario y aunque ignoraba lo que podía ser sintió que debía ser algo grave.

A lo lejos oyó un fuerte golpe, como si una puerta se hubiese abierto de golpe chocando con la pared.

—¡Karen!. ¡Karen!.

¡Tilo, aquí!. Estoy aquí.

Siguió gritando mientras sentía cómo se le taponaban los oídos. Al recordar la primera vez que le había pasado eso, recordó las muecas que Tilo le hacía. Quería decirle algo que ella no entendió. Abrió la boca intentando imitar aquella mueca y un involuntario bostezo le alivió de golpe la presión de los oídos.

¡¡Tiloooo!!.

Oyó unos golpes en la puerta del armario seguidos de un chirrido que cortó la cerradura abriéndose de repente la puerta. Tilo la cogió con rapidez alarmándose al oír el chillido de dolor de Karen. Al darse cuenta de que le había hecho daño le cogió con más cuidado pero no por ello más despacio en dirección al centro de la sala.

Karen tenía la cara cubierta de hematomas, los labios le sangraban y alguna herida que no podía ver le sangraba bajo el pantalón. El brazo izquierdo lo tenía lleno de cardenales aunque la consola le había protegido el antebrazo, y el hombro izquierdo estaba dislocado.

—¡Dicas, ayúdame!.

Tomando el cuerpo de Karen en los brazos, Dicas acompañó a Tilo hasta el traje espacial abandonado por su madre en la sala de control. Tras examinarlo durante unos segundos se esforzaron en meter a Karen en el interior de la parte superior del traje. Extendida sobre el suelo le pusieron los pantalones tardando dos eternos minutos en encontrar la manera de ajustarlos. Karen boqueaba sin fuerzas, su cara se había teñido de rojo y un hilo de sangre comenzaba a salirle por la nariz. Con toda la prisa que pudo, colocó el casco en el cuello del traje y lo ajustó con un chasquido.

El traje comenzó a inflarse de inmediato haciendo que Karen tomara el aire en desesperadas, dolorosas inhalaciones.

* * * * *

Karen intentaba hacerse comprender sin conseguirlo. Desde que Tilo y Dicas la habían sacado del armario hasta que pudo respirar dentro del traje habían pasado cinco minutos. Cuando Andis y Baltis y los demás hombres se reunieron con ellos podían haber pasado ya otros diez minutos y no parecía que ninguno de ellos tuviera prisa por irse.

No podía mantenerse en pie dentro del traje espacial de su madre y entre Tilo y Dicas la habían llevado hasta la galería. Se sentía mareada de dolor y tenía ganas de dormir pero no podía hacerlo hasta que estuvieran fuera, bien lejos de la estación que estaba a punto de estallar.

No podía hacer gestos y sólo mediante la ayuda de la consola de Tilo, que aún tenía en el brazo dislocado, podía intentar comunicarse con ellos.

Al ver a Baltis, que tenía unas manchas pardo rojizas en la parte anterior del traje tuvo un mal presentimiento.

Baltis, ¿y mi madre?. ¿Dónde está mi madre?.

Éste la miró con tristeza e hizo un movimiento con la cabeza que ella entendió perfectamente.

¡No, mamá!. ¡No tenías que haber muerto!.

Lloró desconsolada durante unos minutos mientras Tilo, Baltis, Andis y todos los demás intentaban consolarla. No podían tocarla pues tenía los brazos dentro del traje, fuera de las mangas y le resultaba doloroso casi cualquier movimiento pero uno a uno fueron pasando ante ella y poniendo una mano, durante unos segundos, en el cristal de su casco. Intentó sobreponerse a su dolor. Tenían que salir de allí cuanto antes.

¡Andis, tenemos que salir de aquí!. La estación va a estallar de un momento a otro.

Andis la miró, sin entenderla. Por el tono pensó que le estaba recriminando la muerte de su madre y, desalentado, giró la cabeza como diciendo que no pudo hacer nada.

Tilo, ¿no me entiendes?. La estación va a explotar. Va a hacer ¡Bum!.

Al carecer Tilo de consola, Andis había programado el ordenador de su traje para que pudiese oír todas las conversaciones. También había renombrado la consola de Tilo para que respondiese al nombre de Karen.

—Karen, no lo entiendo. ¿Qué quieres decir?.

Karen se sentía frustrada. ¿Cómo explicarles que debían alejarse cuanto antes, que seguir allí era...?

¡Tilo!. ¡Andis!. ¡Peligroso!. ¡Peligroso!. ¡BUM!. Uno. Dos. Tres. ¡BUM!.

Tilo y Andis se miraban desconcertados.

—¿Qué quiere decir?. —preguntó Andis— ¿Qué es peligroso?.

—Le enseñé esa palabra cuando le expliqué el funcionamiento de la linterna.

—¿Puede ser que crea que somos peligrosos para él?.

—No lo creo. Más bien pienso que quiere avisarnos de algún peligro. Pero ¿que significa ‘bum’?.

Andis miró a Karen repentinamente alarmado y, trazando con la mano un círculo en el aire, preguntó.

—¿Bum?.

—¡BUM!. —respondió Karen agitando la cabeza— Uno. Dos. Tres. ¡BUM!. Peligroso.

—¿No os acordáis de los cuentos de Lodren?. Hacía ese sonido para indicar que algo explotaba. —Tras una leve pausa, continuó— Está bien, asumiremos que la estación va a estallar, tendremos que salir de aquí enseguida. –Tomando un objeto que había en el suelo y que no reconoció, lo alzó hasta la altura de su cabeza y lo dejó caer. En vez de caer en línea recta el objeto se desvió en dirección a contragiro, cayendo a unos veinte centímetros de su vertical. Señalando el pasillo que iba en esa dirección añadió— Por aquí, seguidme todos.

Caminaron con rapidez hasta llegar al final del pasillo. Al fondo había una pared y Andis y Fasel se pusieron a practicar un agujero con los desintegradores. Bodio y Tilo llevaban a Karen en volandas por el pasillo e iban más despacio pero, al llegar, la plancha cuadrada ya había caído sobre la siguiente habitación. Atravesaron ésta hasta la pared de enfrente en la que había una ventana por la que se podían ver las estrellas.

De nuevo Andis y Fasel recortaron un rectángulo de metal, aunque éste fuera más grueso y tardaron más tiempo en hacerlo. El rectángulo cayó al espacio. Medio minuto después el giro de la estación les permitió volver a verlo alejándose en la distancia. Extrayendo las cuerdas de los tornos de sus cinturones se enlazaron entre sí en una cordada.

—Dejad las cuerdas bien largas y saltad todos seguidos sin dejar que se tensen las cuerdas. La diferencia de velocidad de las distintas plantas hará que conforme caigamos nos vayamos alejando de la estación pero no debemos balancearnos pues podríamos chocar con las paredes.

—Sí, Andis.

Bodio y Tilo, sujetando a Karen a los lados, eran los primeros de la cordada. Andis los ordenó a los demás asegurándose de que Tador era el penúltimo, justo delante de él.

—¡Saltad!. — ordenó cuando comprobó que todos estaban sujetos.

Tilo y Bodio, con Karen en medio, saltaron al vacío. Descendieron pasando junto a las diversas plantas pero cada vez más lejos de ellas. Conforme los demás saltaban de uno en uno siguieron el mismo camino pero, al estar la estación girando, cada uno en una trayectoria divergente del anterior. Cuando todos hubieron saltado Andis vio que se estaban alejando entre sí formando una casi perfecta curva aritmética. Las cuerdas empezaron a tensarse haciendo que volvieran a unirse y separarse en un movimiento elástico.

—Bien, Draken. —ordenó Andis— Ven a recogernos.

—Enseguida, Andis.

Estuvo a punto de ordenar que acortaran las distancias entre ellos pero al ver que la cordada estaba extendida en una larga línea recta que giraba en el mismo plano y a casi la misma velocidad que la estación de la que se estaban alejando se dio cuenta que se conservaría su momento angular. Si acortaban la distancia entre las cuerdas aumentaría la velocidad de rotación. Tras un rápido cálculo de la fuerza centrífuga consiguiente desistió de la idea.

Y si Draken los enganchaba en cualquier tramo de la cordada la rotación a que ésta estaba sometida la haría comportarse como un látigo. Calculó mentalmente la tensión que soportarían los tornos, cuerdas y eslingas, y el riesgo de que chocaran con la nave. Tampoco podían hacerlo.

Ya dudaba de encontrar una solución cuando Draken intervino.

—Andis, tenéis que iros soltando uno a uno de la cordada. Yo puedo capturaros uno a uno con la lanzadera si os soltáis en el momento en que yo os avise.

—¿Estás seguro?. En tal caso adelante.

Draken maniobró con la nave para colocarse en el plano de rotación de la cordada pero a unos cincuenta metros de su alcance.

—Tador, suelta la cuerda de Andis cuando yo te diga. ¡Ya!.

Separado de la cordada, Andis siguió su camino en línea recta en dirección a la nave. Recuperó la cuerda con el torno y tomó un anclaje magnético para apuntarlo a la nave y corregir su rumbo hacia la puerta abierta mientras admiraba la idea de Draken. Al separarse de la cordada en su extremo, Andis había convertido su momento angular en velocidad lineal sin transferirlo al resto de la cordada.

Antes de que llegara a la nave, Áster ya había soltado a Tador que siguió el mismo camino.

—Tilo, —continuó Draken— el siguiente eres tú.

Éste llevó la mano a su espalda y sujetó la eslinga en la que se sujetaba la cuerda de Dicas. Quitó el resorte de seguridad y esperó el aviso de Draken.

—¡Ya!.

El trío formado por Bodio, Karen y Tilo salió despedido en línea recta hacia la nave en cuya puerta Andis y Tador les ayudaron a entrar.

—¡A popa, rápido!. —exclamó Draken.

Bodio y Tilo empujaron a Karen hacia la parte posterior de la cabina de carga. Conforme los demás hombres, uno a uno, llegaban a la lanzadera se iban con rapidez hacia popa. Cuando sólo quedó uno, Draken maniobró para colocarse a su lado y lo atrajeron con rayos tractores.

Cerrando la puerta, Andis mandó a Tador hacia popa mientras él se dirigía a la cabina.

—Está bien, Draken. —dijo al abrocharse los arneses del asiento— ¡Larguémonos!

Éste aceleró todo lo que pudo. La velocidad aumentaba vertiginosamente mientras Karen sentía un peso tan grande como nunca había sentido que la aplastaba contra la pared de popa.

—¡La estación está explotando!. —gritó Draken.

Andis contempló los monitores. El módulo de dormitorios del que acababan de escapar estaba sufriendo varias explosiones mientras el otro permanecía a salvo. Las explosiones habían comenzado en la planta inferior y se extendían con rapidez hacia arriba. Al llegar a la última planta toda la estructura se separó de la torre que se retorció como si fuese de papel. Con la torre destruida, los dos módulos tomaron caminos divergentes, el de dormitorios aún estremeciéndose con diversas explosiones.

—Draken, ¿hay peligro de chocar con restos de la explosión?.

—Pueden alcanzarnos algunos trozos pequeños, que son los que cogerán más velocidad. Dentro de un minuto te lo diré.

Andis permaneció en tensión. Si les alcanzaba algún trozo lo bastante grande y rápido los daños que sufriría la lanzadera podrían ser muy graves, además de que también podría provocar su muerte. Su tensión se transmitió al resto de los hombres que esperaban en silencio aplastados en la pared de popa

Oyó unos golpes en el exterior del casco que resonaron con fuerza. Draken seguía apretando los controles de aceleración mientras Tricar, a su lado apretaba con fuerza los reposabrazos de su asiento.

Los golpes disminuyeron en intensidad y frecuencia hasta que volvió a hacerse el silencio. Habían estado acelerando a ocho Ges. Su velocidad ya era superior a la de los fragmentos de la estación que les seguían.

Con un suspiro de alivio, Draken redujo la aceleración a cinco Ges. Tras comprobar que ningún fragmento les podría alcanzar, volvió a disminuir la aceleración y, por fin detuvo los motores.

—Bueno, de momento estamos a salvo. Mientras más lejos estemos, menos probabilidades hay de que choquemos con fragmentos y dentro de una hora la zona habrá quedado lo bastante limpia como para poder regresar sin peligro.

—¿Los fragmentos de la explosión podrían chocar con los espejos?.

—Sí, existen muchas posibilidades de que choquen con ellos aunque no creo que sea un daño irreparable. A la distancia a la que está quizás pierdan entre un cinco y un diez por ciento de reflectancia, pero podremos compensarlo sin problemas.

Andis se levantó y se dirigió a la cabina de carga. En la pared del fondo estaban todos los hombres alrededor de un traje que destacaba de los demás.

—Dicas, ¿cómo está Karen?.

—Está mal. Ha perdido el conocimiento y no puedo tratarle dentro del traje. Andis, ¿no podríamos sacarle de él de alguna forma?.

—No, aunque en capacidad de vuelo esto es una nave, no fue diseñada para largas estancias, no hay bombas ni calefactores. Karen tendrá que esperar a que lleguemos a Libertad y no podremos hacerlo hasta dentro de unas ocho horas, cuando hayamos recuperado los espejos y la estación salga de la atmósfera de Júpiter. Por lo menos podrás suministrarle un anestésico ¿no?.

—Sí, aunque su cuerpo necesita mucho más que anestésicos. Andis, si lo que temo es cierto, Karen se ha criado durante toda su vida en un ambiente donde la gravedad era de menos de la mitad que en la Tierra. Baltis dice que la mujer que encontramos en la estación tenía muy pocas fuerzas en los brazos y Karen sin duda debe encontrarse en las mismas condiciones. Nunca hemos estudiado los efectos de la prolongada ingravidez en el organismo pero imagino que tiene que tener los huesos muy descalcificados y su tono muscular muy bajo. No creo que su corazón pueda adaptarse a trabajar en una gravedad normal.

— Bueno, los problemas, de uno en uno, tienen fácil solución. Ya resolveremos ese más adelante, ahora simplemente procura reanimarla.

* * * * *

Karen despertó al sentir el viento en la cara. Por un momento creyó encontrarse en la cima de una colina allá en la Tierra, corriendo entre las flores y con la hierba acariciándole las piernas. Pero al abrir los ojos, en vez del tantas veces soñado sol, sólo vio varias placas luminiscentes que iluminaban la cabina de mando de una nave. Giró la cabeza dentro del casco y pudo ver a dos hombres de espaldas que manipulaban una serie de mandos. A su derecha estaban Andis y Dicas. Este último le había colocado un pequeño aparato atravesando el cristal de su casco por el que le llegaba una suave corriente de aire. El aire tenía un olor extraño, dulzón, pero la hacía sentirse más animada. Milagrosamente las heridas le habían dejado de doler, ya no sentía el brazo roto ni los golpes que su madre le había dado en la cara.

Conforme recuperaba las fuerzas intentó hablar pero sólo pudo emitir un débil gemido. Dicas la miró y, al ver que estaba despierta, se acercó a examinarla.

—Karen, ¿estás bien?.

Le llegó su voz a través de la consola que aún llevaba en el brazo y aunque no había entendido lo que dijo Dicas adivinó el significado y asintió levemente.

Más allá de Dicas había una puerta en cuyo umbral se encontraban Tilo y Baltis. Tilo la miraba sonriendo y ella le devolvió la sonrisa, Baltis, sin embargo, tenía la vista fija en las ventanas de la cabina. Karen miró por ellas y vio al gigantesco Júpiter aunque en una perspectiva que nunca había visto. Parecía estar tumbado, con las franjas en posición horizontal. Desde su estación siempre había visto Júpiter con las franjas verticales por eso tardó varios segundos en reconocerlo. También estaba mucho más cerca y a mitad de camino había una gigantesca esfera a la que se estaban aproximando. Era la estación orbital Libertad.

Volvió a mirar a Baltis y se dio cuenta de que en su mirada había añoranza. Sí, ese era su hogar.

El de ella, en cambio había sido destruido. Aunque no lo había visto era capaz de imaginar la destrucción de lo que había sido su hogar desde que nació.

Nunca más recorrería los pasillos que le habían cobijado desde la niñez, ni oiría el murmullo de los aspersores en los campos de cultivo, ni podría refugiarse en aquella cabaña que le había costado tanto construir.

Lo que más lamentaba era la muerte de su madre. Comprendía que se había vuelto loca hacía años pero no por ello había dejado de quererla.

Unas lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas, pero miró adelante, a la estación a la que se estaban acercando.

Aquel mundo era diez veces más grande que el suyo. Sigui decía que podían habitarlo más de seis mil personas. ¿Cuántas habría?. Por el monitor observó la imagen de un hombre cuando Andis se comunicó con él. Su primera impresión de que eran mestizos como ella la había ya desechado. Aunque el color de la piel era algo más claro que el suyo sin llegar a ser blancos, sus facciones eran demasiado finas para pensar que pudieran ser de raza negra. Árabes quizás, tal vez indios.

No importaba. Eran buenos hombres y entre ellos seguro que habría buenas mujeres. Fuera lo que fuera lo que le deparara el futuro, Karen tenía una cosa perfectamente clara.

Nunca volvería a estar sola.

   

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