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Perdida en una estación espacial, Karen huye de su madre mientras recuerda el pasado. No encuentra ninguna esperanza para el futuro.

Creada25-03-2013
Modificada15-06-2015
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Mayo6

 

Reino de Sombras, Juan Polaino

Karen

Karen había soñado muchas veces con viajar a las estrellas que veía a través del cristal del observatorio. Conforme pasaba el tiempo se había dado cuenta de que era un sueño irrealizable, aunque hubiera tenido los conocimientos que nunca se había molestado en adquirir, viajar hasta las estrellas, a la Tierra o incluso a alguna de las lunas vecinas era un sueño que estaría para siempre fuera de su alcance.

Antes solía pasar largas horas contemplando la inmensidad cuajada de estrellas del espacio infinito, el brillo del Sol en la distancia, la impresionante majestad de Júpiter cubriendo una importante porción del firmamento o el variable pero siempre hermoso paisaje de Europa. También había tenido tiempo para aprender a distinguir las lunas vecinas y los distantes planetas.

Y, sobre todo, la Tierra.

Era fácil distinguir la Tierra entre los distintos planetas, no sólo por su característico color azulado sino también porque, de todos, era el único que disponía de una luna tan grande que lo hacía inconfundible.

En aquel momento no podía observar la Tierra, estaba demasiado cerca del Sol y los filtros polarizados impedían que la distinguiera así que pasaba el tiempo observando los torbellinos que se producían en los bordes de la gran Mancha Roja de Júpiter. Era casi lo único que podía ver pues el Sol acababa de pasar tras el gigante rojo y apenas vislumbraba un tercio de su superficie mientras el resto del planeta quedaba oculto tras un oscuro manto reflejando el leve resplandor de Europa y alguna de las otras lunas de Júpiter.

De tarde en tarde creía percibir un repentino fulgor, apenas lo suficiente para ver pequeñas nubes chocando entre sí. Cualquiera de esos centelleos podía ser una tormenta tan grande que cubriría continentes enteros allá, en la Tierra.

Un poco por encima de Júpiter vio una de sus pequeñas lunas brillando solitaria en medio del resplandor de la noche.

Mientras Júpiter descendía lentamente por la ventana del observatorio Karen apenas era consciente de su presencia.

¿Por qué no le llamaba la atención como otras veces?.

Siempre que bajaba al observatorio era para disfrutar del paisaje, para observar las estrellas, ¿por qué hoy no estaba disfrutando?.

—¿Te gusta ir al observatorio?. —le había preguntado Sigui en una ocasión.

—Sí. Es muy bonito.

—¿Qué es lo que más te gusta?.

—¡Es todo tan grande...!. Júpiter es precioso con sus nubes de colores viajando por la atmósfera a toda velocidad. Algunas veces hay tormentas tremendas pero es como una pequeña gota en medio de la tranquilidad que hay en todo el planeta.

—¿Tranquilidad?.

—Sí. Bueno, no sé. Imagino que no se puede hablar de tranquilidad al hablar de Júpiter. ¿verdad?. Tú dijiste una vez que Júpiter era un ejemplo de caos armónico, y la armonía es como la tranquilidad. ¿No?.

—¿Te sientes tranquila al contemplar el paisaje de Júpiter?

—Sí. Me hace olvidar...

Olvidar.

Por aquella época ya deseaba olvidar muchas cosas.

Prestó atención a los ruidos de la estación. Hacía rato que no oía los golpes que daba su madre por todas partes mientras la buscaba. El único sonido que llegó a sus oídos era el de los ventiladores que hacían circular el aire.

¿Dónde estaría su madre?.

Se encogió aún más en el rincón que le servía de escondite. Tenía varios repartidos por toda la estación pero éste había sido siempre uno de sus preferidos porque allí podía hacerse la ilusión de que no se ocultaba, de que su madre no la estaba persiguiendo para castigarla por alguna falta real o imaginaria, sino que simplemente estaba... Sí, contemplando el paisaje.

A veces le había pedido a Sigui que le mostrara paisajes de la Tierra. La primera vez que lo hizo se extrañó de lo que vio.

—¿Dónde están las paredes?.

—¿Paredes?.

—Sí. Tendrán que tener paredes ¿no?.

—No, Karen. En la Tierra no había paredes más que en las casas que construían.

—¿Casas?. ¿Qué son casas?.

—Eran los lugares en los que vivían. Imagina una estación como ésta pero posada en la superficie de la Tierra. La gente vivía en su interior.

—¡Ah!. ¿Y había muchas casas?.

—Cientos de millones. Había casas en las que vivían cientos de personas y otras en las que sólo vivía una familia.

—Muéstrame algunas de esas casas.

Sigui hizo aparecer en el monitor varias casas, una detrás de otra y Karen las contemplaba con asombro.

—¡Sigui, esa gente está fuera de la casa y no llevan trajes espaciales!.

Karen sonrió al recordarlo. A Sigui le había costado mucho trabajo y tiempo hacerle comprender que en un planeta tan grande como la Tierra el aire se mantenía pegado a la superficie sin escapar al espacio.

Karen se construyó en uno de los campos de cultivo una casa similar a las de la Tierra. La hizo con ramas atadas con tallos de hierba y tuvo que levantarla varias veces antes de que Sigui le dibujara unos planos para que no se desmoronaran al menor descuido.

Cuando deseaba estar sola se iba al observatorio o a la cabaña pero los deseos de soledad no le duraban demasiado. Siempre volvía a hablar con Sigui aunque eso, a veces, tampoco era suficiente.

—¿Hay más gente?.

—¿Qué quieres decir?.

—Que si hay más gente como nosotras en alguna parte.

—No lo sé.

—Pero antes había... ¿verdad?.

—Sí.

—¿Y qué pasó?. ¿Por qué estamos solas?.

—No es una historia agradable, Karen.

—¡Cuéntamelo!. —exclamó Karen impaciente. ¡Algunas veces Sigui era tan melindroso!

—Fue hace cuarenta años. La estación científica Juno, en órbita alrededor de Marte, detectó una nave espacial que había entrado en el sistema solar y tras corregir el rumbo se dirigía a Júpiter. Desde Galileo intentaron comunicarse por radio con la nave pero no respondieron. La nave no emitía ningún tipo de radiación que pudiese ser interpretada como un intento de comunicación. Los habitantes de la estación estaban asustados, no sabían lo que podían esperar de aquellos seres y tenían miedo. Durante varias horas estuvieron esperando alguna señal de la nave que se acercaba pero ésta permanecía muda. Al llegar a Júpiter entró en órbita. Debieron ver la estación y se dirigieron aquí. La gente empezó a volverse loca de miedo, intentaron escapar pero no había huida posible. Después, sin ningún motivo, empezaron a atacarse unos a otros.

—¿Por qué se atacaban entre sí?.

—Al principio se pensó que era un fenómeno de histeria colectiva, como lo ocurrido en la Tierra en 1938 durante la emisión radiofónica de la adaptación de “La Guerra de los Mundos”, pero las consecuencias fueron mucho más terribles. Hubo asesinatos, suicidios y actos de sabotaje que estuvieron a punto de destruir la estación. Incluso las autoridades perdieron el control y se sumieron en el caos. Al cabo de varias horas las cosas parecieron calmarse. Habían muerto más de cien personas pero la gente empezó a relajarse y actuar de una forma extraña. Al principio todos reaccionaban al unísono, sumiéndose simultáneamente en diferentes estados anímicos, después algunos individuos empezaron a reaccionar de manera independiente a los demás.

»Los científicos de la Tierra supusieron que de alguna forma sus sentimientos estaban siendo influidos por la nave. Quizás sólo estaban intentando comunicarse, pero de un modo que volvía locas las emociones de las personas. Lo que sí estaba claro era que los extraterrestres estaban aprendiendo a controlarlas. Ahora ya no reaccionaban todos a la vez sino que había algunos que lloraban mientras a su lado otros se echaban a dormir, gemían de dolor o golpeaban con furia asesina a otras personas. Las cámaras transmitieron a la Tierra escenas horripilantes. Aquello continuó durante varias horas más hasta que sólo quedaron unas cien personas vivas que cayeron en un estado catatónico. Permanecieron así durante veinte horas. Después comenzaron a gritar horrorizados. En cuestión de minutos murieron todos, aparentemente de ataques cardíacos y embolias cerebrales.

—¿Qué pasó entonces?.

—La nave se dirigió a la Tierra. Los gobiernos ocultaron la información al público en general. De la Tierra salieron varias naves que huyeron al espacio intentando escapar de lo que parecía un ataque inminente pero no hubo apenas tiempo. La nave llegó antes de que pasaran veintiocho horas. A unos cincuenta kilómetros de altitud empezó a recorrer todos los continentes. Por donde pasaba la nave no quedaban más que cadáveres en un radio de más de mil kilómetros. Se dispararon misiles con cargas atómicas pero explotaban antes de acercarse. Cuando todo terminó, en la Tierra no quedaba ningún adulto vivo.

—¿Ningún adulto?. ¿Y los niños?.

—No se sabe cómo, los niños pequeños sobrevivían. Durante algún tiempo los pocos supervivientes que quedaron en el espacio supusieron que los extraterrestres lo habían hecho a propósito pero algunos psicólogos opinaban que no habían sido afectados porque aún no habían desarrollado una personalidad definida que pudiera ser atacada. Podría ser una explicación, el índice de supervivencia era del noventa por ciento a los tres años, el cuarenta por ciento a los cuatro, menos del cinco por ciento a los cinco y ningún superviviente a los seis.

—¿Cómo lo supieron?.

—Por los satélites. Durante los dos días que duró el ataque, los supervivientes enfocaron los satélites a las ciudades. Después la nave destruyó los satélites más importantes y se dirigió a la estación orbital Libertad. Los pocos hombres que había allí intentaron huir en lanzaderas pero no tenían capacidad de vuelo suficiente para llegar más que a la Tierra o a la Luna. La nave les alcanzó y los mató de la misma forma que a los de la Tierra. Después les tocó el turno a los habitantes de la base Clavius.

—¿Y los demás que escaparon?.

—Se dirigieron a Marte pero ninguno consiguió llegar. No habían tenido tiempo de preparar suficientes alimentos para todos y, por la posición de Marte en aquel momento, las únicas trayectorias posibles tenían que durar nueve meses, por lo menos. Tampoco tenían combustible suficiente para hacer el trayecto en menos tiempo.

—Entonces los únicos supervivientes fueron los niños.

—Y los habitantes de Juno, Ceres, Palas y Lennox y los tripulantes de cuatro naves que estaban en tránsito en aquellos momentos. Por desgracia perdimos contacto con Lennox y Palas en los siguientes meses. En Ceres murieron todos de hambre doce años más tarde. Los habitantes de Juno decidieron volver a la Tierra hace veinte años. Desde entonces no hemos tenido más noticias de ellos.

—Pero mis padres se quedaron en Juno y luego vinieron aquí. ¿Verdad?.

—Lo siento, Karen. No puedo responder a esa pregunta.

—¡Vamos, Sigui!. Tuvo que ocurrir así. ¿por qué nunca me cuentas nada de mis padres?.

—No puedo, Karen, lo siento.

—¡Oh, vaya!.

Karen se enfadaba cada vez que Sigui se negaba a contarle cosas sobre sus padres. ¡Había tantas cosas que quería saber!. Sigui contestaba siempre a todas sus preguntas aunque a veces tuviera que enfadarse con él, pero nunca había conseguido que respondiera cuando esas preguntas tenían algo que ver con sus padres.

—¿Y los niños?

—Es posible que alguno sobreviviera pero nadie lo creía. Los más pequeños morirían pronto de hambre abandonados en las cunas. Los mayores no tendrían más de cinco años y no es probable que sobrevivieran a las plagas y enfermedades que se producirían a causa de los cadáveres corrompidos.

—Entonces ¿cuánta gente queda?.

Sigui no respondió.

—¿Cuántos, Sigui?.

—Creo que lo más probable es que sólo quedéis vosotras dos.

* * * * *

Sola.

Había permanecido sola durante toda su vida.

Antes podía hablar con Sigui pero ahora ni eso.

No tenía a nadie que...

—¿Karen?.

Casi pegó un respingo al oír la voz de su madre en la puerta del observatorio. Sin hacer ningún ruido se introdujo aún más en el pequeño armario donde se guardaban los aparatos que servían para observar el gigante gaseoso.

—Karen, se que estás ahí. Sal, no te voy a hacer daño.

No. Aún tenía aquella voz. A pesar de su corta edad tenía mucha experiencia en calcular la cantidad de alcóhol que su madre había bebido. Dentro de unas horas podría salir de nuevo, iría a alguna cocina y se pondría algo de comer. Y si por casualidad veía a su madre, ésta estaría tumbada en algún pasillo tras beber varios vasos más de ginebra. Pero ahora sería demasiado peligroso salir.

A veces, cuando se ocultaba, sentía la tentación de hacer algún gesto, de provocar algún murmullo que significase su descubrimiento. Eso era antes. No podía permitir que la volviera a sorprender. Se estremeció al recordar la última paliza que le había dado varios meses atrás, rompiéndole varias costillas y provocándole hematomas que tardaron varias semanas en sanar.

Y lo que ahora le esperaba era mucho más que una paliza.

—Karen, has sido mala. Mala, mala. Pero te perdono. Sal, no voy a hacerte ningún daño.

Karen permaneció en silencio conteniendo la respiración.

Los segundos pasaron sin que se oyera el más mínimo sonido en el observatorio.

Júpiter desapareció por la parte inferior de la ventana. Las estrellas seguían el mismo camino y un minuto más tarde fue Europa la que iluminó el interior de la enorme sala. Karen permaneció en silencio sabiendo que su madre estaba allí, en algún lugar cercano a la puerta del observatorio. Éste volvió a quedar a oscuras cuando Europa desapareció también por la parte inferior de la ventana.

Estuvo a punto de inclinarse para asomar la cabeza y mirar hacia la puerta pero sabía que su madre la vería enseguida contra el fondo estelar si es que seguía allí.

¿Se habría ido ya, sin que ella la hubiese oído?.

No. Ya había caído en esa trampa varias veces. Su madre estaría allí, junto a la puerta, esperando en el más absoluto silencio que los nervios o la impaciencia la traicionaran.

La lenta rotación de la estación hizo que Júpiter volviera a aparecer por la parte superior de la ventana. Varios cientos de millones de kilómetros más allá estaba el Sol iluminando con sus rayos el interior del observatorio.

La luz apareció en el suelo ante ella y se extendió con rapidez hasta el fondo de la sala. Empujaba inmisericorde a las sombras que se iban rindiendo ante la fuerza del Sol teniendo que ocultarse tras los muebles. Pero las sombras no habían sido vencidas.

Cuando el Sol atacó con fuerza el techo de la sala, creyendo ya que había vencido, las sombras salieron de su escondite y se extendieron por su espalda, atacándole por sorpresa y empujándole, acosándole hasta arrojarlo por la ventana.

El Sol volvería a intentarlo dentro de un par de minutos, pero sería inútil. Éste era el reino de las sombras.

¡Si pudiera montar en un rayo de luz y viajar sobre él hacia una lejana estrella...!

Nunca más tendría que soportar las noches solitarias, los gritos continuos, las palizas ocasionales, la soledad. No sólo eso, tardaría tanto en llegar que, cuando lo hiciera habrían pasado varios años, sería mayor, sería una mujer y nadie podría nunca volver a pegarla.

Mala.

Durante años había intentado ser buena, hacer todo lo que su madre le dijera para no hacerla enfadar, no interrumpirla cuando estaba pensando o bebiendo.

Cada vez había sido más difícil.

No importaba lo que hiciera, a veces su madre la castigaba sin que ella supiera qué había hecho para merecerlo. Otras lo sabía, como ahora.

Antes tenía el consuelo de poder hablar con Sigui. Podía contarle sus problemas y siempre recibía respuesta. A veces no entendía lo que decía, pero no le importaba, podía contarle sus problemas a Sigui y éste la escuchaba, siempre atento a sus palabras, le preguntaba cosas que le hacían pensar y contar más cosas, intentando comprender a su madre, intentando entender qué había hecho mal.

Pero Sigui ya no estaba. Hacía dos años había empezado a desvariar, a decir incoherencias y frases sin sentido. Hablar con él se fue haciendo más y más frustrante hasta que llegó un día en que, sencillamente, dejó de hablar.

Durante varios días su madre intentó resucitarlo sin conseguirlo. Durante esos días no bebió, no gritó, no la pegó. Se tiraba horas y horas desmontando circuitos, cambiando componentes, analizando largos listados de programa.

Karen ignoraba si podría volver a hablar con Sigui, aunque cada vez tenía menos esperanzas. A pesar de todo, aquellos días fueron los más tranquilos que recordaba haber vivido nunca. Su madre se sumergió en los libros buscando formas de repararlo. Durante varios días no bebió apenas mientras concentraba todo su tiempo en estudiar los componentes de Sigui.

—Acerca el polímetro. —pedía con un tono con el que raras veces le hablaba, ni furiosa ni despectiva sino más bien indiferente.

—¿Podrás curarlo, mamá?.

—¿Quién sabe?. —refunfuñaba ella.

Comprobaba las tensiones en los distintos pines de las tarjetas, verificaba placas y más placas de circuitos mientras Karen la observaba esperanzada. Si alguien podía curar a Sigui, era su madre. No había nadie más que pudiera hacerlo.

Durante dos días lo intentó por todos los medios a su alcance pero todos sus esfuerzos chocaban con la complejidad de los circuitos, con la escasez de medios de análisis, con el material viejo, inservible tras décadas de abandono.

—No sé qué podemos hacer. Si no puedo arreglar la unidad central en los dos próximos días perderemos los campos de cultivo. —dijo aquella noche.

Karen no respondió. No estaba acostumbrada a esta forma de hablar de su madre, por eso permaneció en silencio observándola mientras ella se servía la primera copa del día.

—Si George estuviera vivo... Él sabría lo que hacer, entendía de estas cosas. ¿Por qué tuviste que lanzar la señal?. —gritó al vacío arrojando el vaso con furia.

Éste atravesó la sala para estrellarse en la pared del fondo. Los cristales saltaron en varias direcciones mientras el líquido se dividía en gruesas gotas que salpicaron las paredes. Una vez en ellas, comenzaron a deslizarse lentamente hacia el suelo.

Calma tras violencia, así era siempre en la estación.

Calma tras violencia, así reaccionaba siempre su madre.

Tras la explosión de rabia que la llevó a arrojar violentamente el vaso contra la pared, su madre se sumió de nuevo en otra de sus depresiones aunque esta vez sin haber bebido.

—¿Cómo murió George?. —preguntó Karen.

Pensó que su madre no había oído la pregunta. Quizás fuera mejor así. Recordaba la vez que había preguntado "¿Cómo murió papá?". Su madre reaccionó abalanzándose sobre ella y gritando:

—¡No era tu padre, maldita!. ¡No era tu padre!.

Aquella vez le dio tal paliza que estuvo a punto de matarla, y aunque luego le curó las heridas y se mantuvo sobria durante su curación, supo que nunca debía llamar papá a George.

—Llevábamos siete años aquí. Un día recibimos una señal de radio. Creímos que eran amigos y...

Se detuvo. Dejó de hablar mientras su rostro se cubría con una máscara de odio.

Karen tenía miedo. No sabía si atreverse a seguir preguntando pero no hizo falta. Tras unos minutos de silencio, su madre continuó.

—No tenía que haber respondido. Programó el ordenador para enviar un mensaje cada ciclo lunar. Yo le advertí que tuviera cuidado, que no comunicara nuestro emplazamiento pero no me hizo caso.

»Un año más tarde llegaron los Otros. —y al decir esto la miró como si ella fuese la culpable de todo.

Olvidándose del vaso tomó un trago directamente de la botella. Carraspeó para aclararse la garganta y se quedó contemplando la botella.

—No. Tendrás que esperar. Lo primero es lo primero.

Volviendo a colocarle el tapón, dejó la botella en el mueble tras la barra.

Se dirigió a la sala de mandos seguida por Karen que se hacía extrañadas preguntas.

"¿Los Otros?. ¿Quiénes eran los Otros?. ¿Serían personas como ellos o tal vez eran los tripulantes de aquella extraña y gigantesca nave que, según había dicho Sigui, había acabado décadas atrás con la humanidad?

Su madre comenzó de nuevo a examinar circuitos y más y más aparatos electrónicos bajo la atenta mirada de Karen que se preguntaba en cuál de aquellas minúsculas piezas estaba el fallo que había hecho enmudecer a Sigui.

Cuando un día más tarde su madre consiguió despertar algunas de las funciones de mantenimiento del ordenador, le ordenó realizar los ajustes necesarios para que la estación siguiese automanteniéndose. Procedió a las reparaciones más urgentes para su supervivencia y luego se fue a dormir durante más de veinte horas seguidas.

—Sigui, —llamó Karen al quedarse sola en la sala de mando— repite el mensaje que mandó mi padre.

Vio encenderse un monitor apareciendo en él una gran cantidad de caracteres.

Sólo al cabo de varios segundos se dio cuenta de que Sigui no contestaba.

—¿Sigui?. Sigui, contesta.

Nada turbó el silencio de la sala. En el monitor, sin embargo, aparecieron varias líneas más.

—Sigui, ¿estás ahí?.

El monitor se llenó de caracteres que aparecían con demasiada rapidez para ser leídos, aunque Karen hubiese sabido leer.

Tenía que haber aprendido cuando Sigui se lo propuso varios años atrás. Pero ella no pensó que realmente le hiciera falta nunca.

Su madre había recuperado algunas funciones de Sigui pero no la de hablar.

Bueno, al día siguiente, cuando su madre despertara, le pediría que intentara recuperar la capacidad de síntesis del habla de Sigui. Dirigióse hacia la puerta. Un segundo antes de cerrarla, se volvió al interior y dijo.

—Adiós, Sigui.

El día siguiente su madre lo pasó en la cama, no en vano había pasado todo un ciclo lunar sin dormir. Cuando por fin despertó, Karen le preguntó si podría arreglar el sintetizador de voz de Sigui.

—No hace falta. Tal como está este viejo cacharro temo que si vuelvo a tocar algún componente no pueda arreglarlo luego.

—Pero mamá, a mí me gusta hablar con Sigui, es divertido a veces y es el único amigo que tengo.

—¿Amigo?. Karen, es un programa. No piensa, no tiene curiosidad ni sentimientos. Solo obedece una serie de instrucciones que fueron escritas hace años por un equipo de programadores.

—¡No es verdad!. Sigui me quiere, se preocupa por mí. Siempre me está preguntando lo que me pasa y yo se lo cuento y él me ayuda y me dice cosas para que me duela menos. ¡Es mi amigo, mi único amigo!.

—¡Escúchame, jovencita!. No consiento que me levantes la voz. Estoy harta de tus impertinencias y no consentiré que me hables de esa forma.

—Pero, mamá, yo solo quiero...

—¡Tú no quieres nada!. ¡No eres nada!. Me has destrozado la vida. ¡Tú!. Ojalá nunca te hubiese parido. Me hubiera matado antes de que nacieras si hubiera sabido... ¡No!. Dios mío, ¿qué estoy diciendo?.

Karen se asustó al ver a su madre arrodillarse en el suelo con los brazos en cruz para rezar con lágrimas en los ojos.

—Señor, perdona a ésta tu indigna sierva. Dame fuerzas para superar las pruebas que me has impuesto como se las diste al santo Job. No quería decir esto, de verdad, Señor. Perdóname y haz que la prueba termine. Por favor, Señor, no puedo soportarlo más. Por favor, Señor.

Karen nunca había visto llorar a su madre estando sobria. Estaba acostumbrada a sus ataques de furia y desesperación pero a lo largo de los años había llegado a asociarlos con las borracheras que cogía casi todos los días desde que tenía memoria.

Cuando estaba así, sabía que tenía que evitarla. Mantenerse apartada de ella. Pero al verla tirada en el suelo, sollozando desgarradoramente, no pudo evitar intentar consolarla.

—Mamá, no llores. Te prometo...

—Calla. ¡Calla!. ¡¡¡Calla!!!. Es por tu culpa. Me has hecho pecar de nuevo. Vete. No quiero volver a verte. ¡Vete, vete, ¡¡vete!!!.

Karen corrió por el laboratorio intentando librarse de sus palabras, intentando librarse de su odio. Los gritos dejaron de oírse en la distancia pero el odio siguió latiendo en sus sienes mientras sentía una dolorosa opresión en la garganta.

Llegó al observatorio sollozando y preguntándose

"¿Por qué?. ¿Por qué?. ¿Por qué?.

Nadie respondió a sus preguntas.

Al llegar junto al cristal del observatorio, se puso a dar duros golpes contra él al tiempo que de su garganta surgía un desgarrador llanto.

* * * * *

La estación había dado ya varias vueltas sobre su eje y Karen ignoraba si su madre seguiría aún acechando en la oscuridad del observatorio.

Tarde o temprano tendría que salir pero era capaz de permanecer oculta el tiempo que fuera necesario hasta que oyera un ruido en otro lugar de la estación que indicara que su madre se había ido.

Ella no tenía su paciencia.

Había tardado años en decidir que nada de lo que hiciera o dijera su madre volvería a herirla. Había sido duro pero, cuando llegó el día en que su madre le dio una paliza sin que de sus labios saliera un gemido de dolor, lo consideró un triunfo.

A pesar de que, debido a la falta de respuesta por su parte, su madre se ensañó mucho más de lo que solía hacerlo.

Después de eso, milagrosamente, las palizas cesaron.

Sólo de tarde en tarde su madre le daba un furioso bofetón si se cruzaba en su camino pero Karen alzaba la barbilla, desafiante, sin un gemido, sin una muestra de dolor, y su madre seguía su camino hacia el bar, la cocina o el dormitorio, las tres únicas dependencias que visitaba en los últimos meses.

Podía decirse que había ganado, si es que había algo que ganar.

En los dos últimos años, Karen descubrió un sustituto para Sigui.

En uno de los dormitorios abandonados de la estación encontró una colección de antiguos cartuchos de video. Hasta ahora sólo había visto algunos documentales que Sigui le había mostrado de vez en cuando en su fútil intento de educarla, pero estos cartuchos eran películas hechas en la Tierra muchos años atrás.

Durante varios días estuvo buscando un monitor que funcionase y, cuando lo halló, comenzó a ver las antiguas imágenes que le enseñaron cómo era el mundo que habían perdido.

Lloró con Escarlata O'Hara al llegar a las devastadas tierras de Tara, luchó contra el Imperio mientras Han Solo sorteaba los asteroides en el Halcón Milenario, gritó sobresaltada cada vez que el implacable Jason masacraba a alguna de sus desprevenidas víctimas, rió cada vez que Harpo hacía sonar la bocina en alguna de sus extravagantes aventuras.

También descubrió la música.

Aunque nunca la había oído antes, reconoció aquellas melodías como lo que eran, una forma de expresar los sentimientos que llegaba mucho más allá de lo que llegaban las palabras.

A veces ponía algunas películas por el puro placer de oír la música, haciendo que se repitieran una y otra vez, inundando las silenciosas salas de la estación con el hermoso sonido de su música.

No podía descifrar los títulos de las películas pero aprendió a distinguirlas por las carátulas y en algunas de ellas oyó, no una sino mil veces, canciones tan hermosas como nunca había sido capaz de imaginar.

Su madre lo sabía, más de una vez la había sorprendido cantando, tarareando o transportando cartuchos por los pasillos de la estación. En esas ocasiones, si no estaba demasiado borracha, la miraba pasar en silencio con una expresión de odio.

Se propuso aprender a leer, pero ¿cómo hacerlo sin ayuda?.

Tenía ya once años e ignoraba cómo podía aprender algo ella sola, sin tener a nadie que le enseñara.

No podía, no quería contar con su madre. Se preguntó si podría seguir contando con Sigui.

Un día fue a la sala de control. Sólo la recibió el silencio.

—¿Sigui?.

Todo estaba tal como lo había dejado un año y medio antes. Los mismos papeles desparramados por la habitación eran un recordatorio de la soledad de la estación, no había nadie para recogerlos.

Las herramientas abandonadas junto a la unidad central le recordaron los esfuerzos que hizo su madre por reparar el ordenador.

—Sigui, ¿estás ahí?.

Una pantalla titiló ante su vista. Una línea apareció escrita en ella.

Si Sigui no podía hablarle, ¿cómo podría enseñarle?.

¿Le entendería, al menos?.

—Sigui, dibuja un círculo en la pantalla.

Sobre la pantalla del monitor apareció un círculo.

—Dibuja un cuadrado.

Sobrepuesto al círculo, un cuadrado apareció en la pantalla.

—¡Sigui, estás vivo!.

La pantalla se borró mientras sentía cómo lágrimas de agradecimiento corrían por sus mejillas. Se inclinó ante la pantalla y la acarició con la punta de los dedos.

Sigui la entendía. ¿Cómo entenderlo a él?.

—Sigui, dibuja la palabra 'Sí'.

Dos caracteres aparecieron en pantalla. Karen los estudió durante varios segundos.

—Dibuja ahora la palabra 'No'.

De nuevo estudió Karen los caracteres. Por fin, decidida, dio el siguiente paso.

—Sigui, ¿me oyes?.

'Sí'

—¿Puedes hablar?.

'No'

—Quiero aprender a leer. ¿Quieres ayudarme?.

'No'

—¿Por qué?.

Una ristra de indescifrables caracteres apareció en la pantalla.

—No entiendo, ¿qué quieres decir?. No, espera.

Frustrada, Karen intentó adivinar cuál era el problema.

Era evidente que Sigui había estado funcionando correctamente durante muchos más años de los que ella tenía. ¿Por qué ahora, de repente, se negaba a enseñarle cuando tantas veces le había insistido para que aprendiera?. ¿Cómo podía llegar a comunicarse con él?.

—Sigui, escribe mi nombre.

Unos caracteres aparecieron en la pantalla y Karen los estudió durante varios minutos. Cuando creyó que sería capaz de copiarlos en un papel, preguntó:

—Sigui, de verdad, ¿puedes ayudarme?.

'Sí'

Karen estaba confusa. Primero Sigui respondía que no, luego que sí. A la misma pregunta. ¿Podía ser que sus respuestas hubiesen sido dadas de forma aleatoria?.

—Vuelve a dibujar mi nombre en pantalla.

De nuevo aparecieron los mismos caracteres que antes. Eran los mismos caracteres, ¿cómo había pensado que Sigui le estaba dando respuestas aleatorias?.

—¿Es éste mi nombre?.

'No'

¿Eran respuestas aleatorias, al fin y al cabo?. Cada vez que pedía una respuesta a Sigui, éste dibujaba unos caracteres en pantalla tal como ella pedía. Sin embargo Sigui se contradecía a sí mismo como nunca había hecho antes.

Quizás ése no fuera su nombre. Quizás las palabras que aparecían en la pantalla tampoco significaban 'Sí' y 'No' tal como ella había pedido. Tal vez Sigui estaba realmente estropeado, tanto que ni siquiera era capaz de reconocerla. O tal vez...

—Sigui, ¿Eres tú?.

'No'

¿No?. Desde que era una niña pequeña, Karen siempre había hablado con Sigui. Para ella el ordenador era Sigui pero si ahora Sigui no estaba allí...

—¿Sabes dónde está Sigui?.

‘No’

—¿Sabes quién es Sigui?.

‘No’

—¿Sabes mi nombre?.

‘No’

De manera que era eso. Sigui había hecho algo más que perder el habla. Había dejado de existir.

El ordenador seguía funcionando y obedecía sus instrucciones pero ya no tenía la personalidad de Sigui, ya no era el amigo que siempre la había ayudado con sus constantes preguntas intentando servirle de consuelo en sus ratos de soledad.

Y sus secretos...

Años atrás había tenido un amigo al que le había contado sus secretos, sus penas y alegrías. Todo ello había estado guardado como un tesoro en algún rincón de los circuitos electrónicos que formaban el cerebro de Sigui. Ahora, todos sus recuerdos se habían perdido para siempre.

Más que perder a un amigo, Karen sentía que se había perdido a sí misma. Sintiendo, por primera vez en muchos meses, ganas de llorar, salió de la habitación mientras la pantalla, a sus espaldas, se apagaba.

Fue la última vez que lloró.

Hasta anoche.

* * * * *

Un rumor llegó a sus oídos haciendo que se envarara.

El sonido de la tela del vestido de su madre se acercó hacia el armario con rapidez.

Estuvo a punto de pegar un chillido al temer ser descubierta antes de ver la silueta de su madre pasar ante ella en dirección al cristal del observatorio.

—No, Dios mío, no. Otra vez no, por favor.

Recortada contra el firmamento, la silueta de su madre, negro sobre negro, ocultaba una importante cantidad de estrellas. Pero su contorno se agitaba en espasmódicos temblores de miedo.

Se preguntó qué estaría mirando allá en la distancia, qué era lo que la asustaba de aquella forma.

Durante un largo rato estuvo siguiendo un punto en el firmamento. Al perderse de vista debido a la rotación de la estación, se giró para pasar junto a ella y salir corriendo del observatorio.

Karen se preguntó qué era lo que había visto. Fuera lo que fuera volvería a ser visible un par de minutos más tarde. Esperaría ese tiempo. Si era algo capaz de asustar a su madre...

Casi se alegró de que su madre estuviera asustada. Después de lo que le había hecho a ella...

"No. Yo no he sido mala. Nunca lo he sido. Ha sido ella, siempre fue ella.

Recordó todo lo sucedido la noche anterior.

Su madre llevaba varias horas bebiendo aunque más despacio de lo que era habitual en ella. Karen se había sentido intranquila durante todo el día. Sentía una tensión y una leve palpitación en el vientre que le había molestado durante toda la tarde.

Después de ver una película, se levantó para cambiar el cartucho y sintió como un líquido cálido y viscoso le corría por la pierna.

Se tocó y comprobó que era sangre. Sangre que le corría por la pierna desde el borde del manchado pantalón.

Asustada, se quitó el pantalón para ver dónde se había herido y cómo era posible que no se hubiera dado cuenta hasta ahora.

La alarma se convirtió en miedo al comprobar que la sangre no salía de ninguna herida de su piel, sino de su propia vagina.

Pensó que moriría desangrada, quizás se había hecho una herida interna sin darse cuenta. Quizás los golpes que su madre le había inflingido desde niña la habían acabado de destrozar por dentro.

Cada vez más asustada, decidió ir en busca de su madre, era la única persona a la que podía recurrir.

—¿Mamá?.

—¿Qué quieres?.

—Estoy... Estoy sangrando.

Su madre levantó la vista de su vaso para mirarla.

¿Fue compasión lo que Karen vio reflejado durante unos segundos en su mirada?.

Después ocurrió algo que nunca había imaginado que pudiera ocurrir.

Su madre se levantó de la silla, dejó la copa sobre la mesa y caminó despacio hacia ella.

Karen estuvo a punto de huir al verla acercarse, pero la forma en que lo hacía la perturbó de tal manera que fue incapaz de reaccionar.

Sin furia, sin una palabra amarga, sin odio, su madre llegó hasta ella, se arrodilló y la rodeó en un tierno y cálido abrazo.

Karen sintió el calor de su cuerpo sobre el suyo y parpadeó asombrada al ver lo que sólo había visto en las películas. Sabía que las cosas que ocurrían en las películas eran mentiras, su madre ya se lo había advertido aunque ella no lo creyó hasta que vio a las mismas personas interpretando muchas veces distintos papeles que no tenían relación entre sí en distintas películas.

¡Pero qué bonito hubiera sido que la gente se pudiera abrazar como se veía en aquellas historias!.

Y ahora, allí estaba su madre abrazándola cariñosamente, explicándole con suaves palabras el funcionamiento de su cuerpo, diciéndole que no había nada que temer pues aquello era normal, que sería algo que ocurriría todos los meses y que sólo tenía que colocarse una compresa para absorber la sangre.

Más que con sus palabras, a las que apenas prestaba atención, Karen se sentía embriagada por el tono en que se las decía, por la paciencia nunca imaginada con la que la ayudó a limpiarse y a colocarse su primera compresa.

Después, como ya era tarde, la acompañó a su dormitorio. La ayudó a meterse en la cama e incluso la arropó, colocándole el embozo de la sábana bajo la barbilla.

¡Y le dio un beso en la frente!.

Karen no recordaba haber recibido jamás un beso y, al ver a su madre dirigirse hacia la puerta, no pudo soportar la idea de que se fuera, de que este momento acabara para siempre.

—Mamá.

—¿Sí?. —respondió volviéndose hacia ella.

—Te quiero.

Su madre se la quedó contemplando durante largos minutos. En la penumbra del dormitorio Karen creyó ver unas lágrimas deslizarse por sus mejillas mientras una extraña agitación le sacudía los hombros.

Después se dio la vuelta para salir de la habitación cerrando la puerta a su espalda.

Karen no se pudo dormir. Estaba extasiada, anonadada por la vorágine de desconocidos sentimientos que bullían en su interior amenazando con explotar en su pecho.

Podría vivir muchos años pero jamás olvidaría el momento en que su madre le dio un beso en la frente.

Una hora más tarde aún estaba despierta, saboreando cada instante de su recuerdo, cuando oyó un fuerte estrépito a lo lejos.

Alarmada, corrió hacia la puerta y abrió un resquicio para oír mejor.

En la distancia oyó los gritos de su madre en uno de sus arrebatos de rabia.

Pensó que lo mejor sería salir cuanto antes del dormitorio antes de que viniera a buscarla, como había hecho algunas veces, para pegarla cuando se ponía así.

"No. Mamá me quiere, me lo acaba de demostrar. Puedo confiar en ella. Ya no me pegará más. Nunca más.

Volvió a cerrar la puerta desistiendo de cambiar de dormitorio. Un resto de los temores del pasado la retuvo durante unos segundos junto a la puerta.

¿Podía REALMENTE confiar en que su madre no volvería a pegarla nunca más?.

En las películas había vistos muchas escenas violentas, asesinatos sin sentido y matanzas horripilantes. Campos de exterminio, cementerios putrefactos. Sabía que eran mentiras, como no existían los viajes en el tiempo, ni los dinosaurios, ni los androides asesinos, ni los vampiros. Durante años había temido que su madre acabara por volverse loca y que una noche se presentara mientras estaba en la ducha con un enorme cuchillo de cocina en la mano.

Pero ahora sabía que ésto no ocurriría nunca por que su madre la quería.

Tal vez.

Se tumbó sobre la cama y esperó que la venciera el sueño.

Éste tardó en llegar y, cuando lo hizo fue un sueño intranquilo. El recuerdo de la sangre se entremezclaba con las imágenes de películas de terror en las que un hombre tuerto contemplaba a otro que dormía pacíficamente el sueño de los benditos. Cuando se despertara iba a morir. El hombre tuerto le mataría despacio, saboreando cada instante en que la vida se le escapara de los labios. Y Karen no podía hacer nada para impedirlo.

Despertó con un sobresalto sintiendo la respiración de alguien en su cuarto.

"¿Alguien?. Sólo puede ser ella.

Contra el fondo de la puerta entreabierta veía la silueta de su madre sentada al pie de la cama.

Se había atado el cabello blanco y rizado en un moño en la nuca y, por un momento creyó que era la madre de Norman Bates a punto de asesinarla con un enorme cuchillo de cocina en la mano.

—¿Mamá?.

Su madre no respondió. Simplemente se la quedó mirando sin un gesto, sin que el más mínimo sonido surgiera de entre sus labios.

—Mamá, ¿qué ocurre?.

Un escalofrío le recorrió la espalda al comprender que su madre podía haber venido para volver a pegarla. Y ella estaba allí, atrapada, indefensa.

Tenía que huir, tenía que escapar antes de que empezara a golpearla pero nunca había estado en tan clara desventaja.

Tumbada, con las piernas enredadas en las sábanas y con su madre sentada en el borde de la cama no tenía apenas posibilidades de salir corriendo antes de que su madre, simplemente, se inclinase sobre ella para sujetarla.

Esperó que su madre hiciera algún movimiento, que se produjera algún cambio que le diera una oportunidad de escapar aunque también se resignó a que, si tenía que recibir una paliza, la soportaría sin ninguna queja.

—Debes morir.

—¿Qué?. ¿Qué has dicho?.

—Debes morir. Es lo mejor para ti. No podría soportar que estuvieras para siempre encerrada, sola, volviéndote como yo, convirtiéndote en lo que yo me he convertido.

Karen estaba alarmada. Nunca había oído a su madre hablar de esa forma. Indudablemente era un día de sorpresas. ¿Podría su madre querer matarla?. Lo más que había temido hasta ahora era una paliza más, un grito, una torta. Pero su madre le estaba diciendo con la mayor calma del mundo que debía morir.

¿Qué podría hacer para evitarlo?. Recordó sus conversaciones con Sigui. Éste casi nunca le contaba nada, solo le hacía preguntas y, a veces, se las respondía. Pero casi siempre respondía a sus comentarios con una pregunta. A veces era frustrante. No era muy inteligente aunque sabía muchas cosas. Pero sabía hacerle hablar. En sus conversaciones llegó a descubrir que, la mayoría de las veces, lo único que hacía Sigui era relacionar varios de sus comentarios y preguntarle sobre algo que tuviera que ver con ambos. De esa forma conseguía que ella hablara incluso cuando no tenía ganas. Podría intentar hacer con su madre lo mismo que Sigui hacía con ella.

—¿Te sientes sola?.

¿Eran imaginaciones suyas, o su madre torció levemente la cabeza?.

—Dime, mamá, ¿por qué te has convertido en lo que eres?.

No respondió, pero giró la cabeza y Karen tuvo la impresión de que había cerrado los ojos.

Podría haber aprovechado aquél momento para intentar saltar de la cama, pero sentía curiosidad por ver si podría conseguir que su madre hablara con ella.

Recordó que, a veces, Sigui guardaba largos silencios que ella se veía obligada a rellenar con palabras, así que esperó más de un minuto antes de hacer la siguiente pregunta.

—Te sientes así desde la muerte de George. ¿No es así?.

Tres preguntas y aún no había conseguido una respuesta. Así no llegaría a ningún lado. Decidió contar hasta diez antes de saltar de la cama en un desesperado esfuerzo por huir, pero antes de llegar a ocho su madre habló por fin.

—No tenía que haber mandado la señal. Estábamos muy bien aquí. Prisioneros, sí. Encerrados, sí. Pero nos teníamos el uno al otro y teníamos a Peter y a Raquel.

¿De qué estaba hablando?. ¿Quienes eran Peter y Raquel?. Nunca hasta ahora los había mencionado.

—¿Quienes eran Peter y Raquel?.

—¡Eran nuestros hijos!.

Una mirada de furia le advirtió que aquél era un camino peligroso. Debía tener cuidado con sus preguntas, buscar aquellas que la hicieran sentir más tranquila. Ya tendría tiempo para investigar más tarde. Ahora se trataba de calmarla.

—¿Érais felices?.

—Sí. Desde que murieron nuestros padres y nos quedamos solos en la estación. Nunca he sido tan feliz como en aquella época.

—Entonces recibisteis la señal.

—Y George contestó. Le dije que no lo hiciera, le advertí que podía ser peligroso informar de nuestra posición a unos desconocidos, pero no me hizo caso. Tenía que encontrar a alguien con quien hablar. ¡No podía hablar conmigo!. A pesar de que yo le había dado dos hijos hermosos. No tenía bastante. ¡Quería ver a más gente!.

—¿Por qué quería encontrar a más gente?.

—Decía que los pocos supervivientes que hubiera teníamos que encontrarnos para intentar restaurar la civilización. ¡Estúpido!. No se daba cuenta de que la civilización llevaba treinta años muerta y no habría manera de resucitarla. También decía... también decía que debíamos tener más hijos y encontrar parejas para ellos pues sería muy arriesgado que se casaran entre sí. Los genes o algo así. Siempre estaba diciendo tonterías sobre genes, recesivos y dominantes, que teníamos que encontrar una fuente de genes más variados para evitar descendencia con graves taras genéticas. ¡Tonterías!. Yo no quería tener más hijos. Y si no hubiese respondido a la señal todos hubiéramos seguido viviendo felices y tú no hubieras nacido.

Karen se sintió dolida. De modo que para su madre hubiera sido mejor que ella... Decidió ignorar el comentario porque estaba averiguando muchas más cosas de las que había sabido en toda su vida.

—Entonces llegaron los Otros.

—Consiguió lo que merecía. Los invitó a venir sin saber quienes eran. Y ¿sabes quienes eran?. Los reclusos supervivientes del asteroide Lennox. Le mataron. ¡Le mataron!. Y a mí, ¿sabes lo que me hicieron a mí?.

Karen había visto muchas películas y tenía una vaga idea de lo que los hombres hacían a las mujeres. Sin embargo no dijo nada.

—¡Me violaron!. ¡Violaron a Raquel!. ¡¡Violaron a Peter!!. A Raquel se la llevaron con ellos, pero a Peter y a mí nos mataron.

»Creí haber muerto. Tardé dos días en llegar arrastrándome hasta la farmacia y hacerme las primeras curas de urgencia.

»Cuando me recuperé enterré a Peter y George en uno de los campos de cultivo y me quedé aquí sola. Pensé que para siempre pero entonces supe que vendrías tú.

—¿Cómo lo supiste?.

Una mirada despectiva le hizo ver que su madre no pensaba responderle.

—Tenía una esperanza. Tal vez tú no fueras hija de los reclusos. Tal vez fueras hija de George. Pero Dios no quiso darme ni siquiera eso. Cuando naciste tras una noche de interminable agonía, te tuve a oscuras. No me atrevía a mirarte. Pero fue inútil. Cuando te vi supe que no eras de George, que eras hija de alguno de aquellos malditos asesinos.

"¡No!. Es mentira." pensó Karen asustada.

—¿Cómo lo supiste?.

—¡Porque George y yo éramos los dos negros y tú eres una maldita mestiza!.

Mestiza. Su madre ya la había llamado mestiza en varias ocasiones cuando estaba más enfadada de lo habitual, pero nunca había llegado a entender lo que significaba esa palabra, aunque no por ello había dejado de hacerle daño. Comprendía que tenía algo que ver con el color de la piel pero tampoco era consciente de que hubiera una diferencia tan importante. La piel de su madre era de un hermoso color negro azabache mientras que la suya era algo más clara, casi el color del pan tostado.

Eso significaba que ella no era hija de George como siempre había creído a pesar de las negativas de su madre, sino de uno de los reclusos que la violaron.

¿Por eso la había odiado siempre?.

Había visto algunas películas en las que los negros eran maltratados por los blancos, nunca llegó a entender el motivo aunque sabía que era algo que había ocurrido un par de siglos atrás. Ahora descubría que unos blancos habían violado a su madre matando a George y a Peter y llevándose con ellos a Raquel después de haberla violado.

—Tenía que haberte matado en el mismo momento de tu nacimiento pero no pude hacerlo. Dios no me hubiera perdonado nunca si te hubiera matado por odio. Pero ahora...

Alzó la mano que había tenido oculta a la espalda durante toda la conversación. Karen se sintió inmersa en su más terrible pesadilla al ver el gigantesco cuchillo de cocina que empuñaba. ¿Por qué no había aprovechado alguna de las varias ocasiones que se le habían presentado para escapar?. Era arriesgado, es cierto, pero al menos su madre había cerrado los ojos llorando en varias ocasiones. Ahora la miraba fijamente, sus posibilidades de pillarla por sorpresa eran mínimas.

—¿Por qué crees que Dios te perdonará si me matas ahora?.

—Porque sería un acto de compasión, no de odio. Ya has dejado de ser una niña para convertirte en mujer. ¿Has pensado en el futuro que te aguarda?. No, claro. Aún no has tenido tiempo para pensarlo pero yo te lo diré.

»Vivirás sola en esta estación durante muchos años. Sólo me tendrás a mí y yo no soy muy buena compañía. Sentirás deseos que aún no eres capaz de imaginar, deseos de compañía, de amor, deseos que intentarás satisfacer tú misma en la soledad de tu dormitorio. Pero siempre quedarás insatisfecha. Querrás hablar con alguien y no tendrás con quién. Pasearás durante años por todas las salas de la estación hasta que conozcas cada uno de sus rincones. Algún día yo moriré y la soledad caerá sobre tí como la losa de una tumba, aplastándote, oprimiéndote hasta que desees morir.

»Quizás algún día venga alguien y creas que vienen a rescatarte para descubrir que sólo vienen a usar tu cuerpo, a violarte como a mí causándote un dolor como nunca has imaginado sentir. Si tienes suerte te matarán. Si no, vivirás pesadillas constantes durante todas las noches de lo que te quede de vida.

»¿Crees que yo quiero eso para ti?. No podría soportar morir dejándote sola para que pases por todo esto. Es mejor que te mate ahora, así acabaré con todos tus sufrimientos antes de que empiecen. ¿No crees?.

"Ahora." pensó Karen. "Ahora es el momento de huir."

—¿Por qué no me has contado nada de esto hasta ahora?.

—¿Cómo podía haberlo hecho?. No eras más que una niña, no lo hubieras entendido. El mismo Sigmund me lo decía, no se puede hacer eso a los niños. Hay que encontrar fuerzas para soportar las pruebas de Dios, aunque a veces esas pruebas sean demasiado crueles.

—¿Sigmund?. ¿Quién es Sigmund?.

—Cuando quedé sola en la estación metí en el ordenador un programa psiquiátrico. Durante meses hablé con él pensando que me ayudaría a soportar la soledad, pero pronto comprendí que no servía para eso. El demonio estaba dentro de mí y Sigmund no podía hacer nada para echarlo.

¿Sigui?. ¿Estaba hablando de Sigui?. ¿Sigui había sido un programa psiquiátrico?

Karen lo vio todo claro de repente. Su madre estaba loca. Le había vuelto loca la violación que sufrió y la muerte de su familia. Le volvió aún más loca la soledad que había sufrido durante tantos años. Y la acabó de volver loca el recordatorio constante que ella había sido para su madre. Recordatorio de los hombres que la violaron y destruyeron a su familia. Intentó refugiarse en la bebida. ¿Cómo acababa aquella película en la que una mujer arruinaba toda su vida por culpa del alcohol?. Y no le sirvió de nada. Los fantasmas seguían allí cada mañana, dispuestos a acosarla hasta que ella intentaba huir de nuevo en vez de afrontarlos.

No necesitaba saber más de ella. Intentaría huir a la siguiente ocasión que se presentase y no dejaría que su madre volviera a hacerle daño nunca más. Sintió una repentina e incontenible rabia al pensar que su madre la había castigado durante toda su vida por algo de lo que ella no había tenido ninguna culpa. En vez de ser la madre solícita que había envidiado en numerosas películas, había decidido odiarla desde el mismo momento de su nacimiento sin darse la más mínima oportunidad de quererla.

Hasta que tuviera un pequeño descuido que aumentara sus posibilidades de huir, tenía que seguir distrayéndola a base de preguntas, tal como Sigui la había distraído a ella durante años.

—¿Tan terrible es la soledad?.

—¿Terrible?. No puedes figurarte lo que es permanecer sola durante años sin tener con quien hablar. Sin tener a quién amar. Tú no puedes entenderlo, pero créeme. me lo agradecerás.

Alzó el cuchillo, agarrándolo con las dos manos.

—Espera, mamá. —dijo Karen con suavidad— Me gustaría rezar primero.

Su madre se detuvo sorprendida con el cuchillo en alto mientras Karen se quitaba la sábana de encima y, moviéndose lo más despacio que pudo, comenzaba a ponerse de rodillas. De repente, saltó de lleno contra su madre. Sabía que no tendría fuerzas para sujetarla así que desistió de hacerlo. Golpeó el pecho de su madre con todo el cuerpo y salió rebotando por encima de ella. La baja gravedad impidió que cayera a sus pies y, al tocar el suelo rodó impulsándose hacia la puerta.

Su madre, dando un alarido de rabia se arrojó sobre ella pero apenas pudo rozarla con la punta del cuchillo en la pierna antes de que Karen atravesara la puerta para salir a toda velocidad a los pasillos de la estación donde se perdería para siempre.

* * * * *

Karen se preguntaba cómo sería su vida a partir de hoy. Tendría que evitar para siempre a su madre para impedir que la matara. Si fuera mayor tendría fuerzas para luchar con ella, quizás hasta para vencerla pero no se hacía ilusiones. Aún no había cumplido los doce años. Si alguna vez caía en sus manos y ella no había desistido, la mataría.

Podría evitarla. La estación era bastante grande, no en vano tenía capacidad para más de seiscientas personas. Podría esconderse en cualquier dormitorio, meterse por los conductos de ventilación, por las vías de mantenimiento. Había lugares a los que sólo alguien de su tamaño podía acceder. Allí estaría a salvo. Sólo saldría para ir a comer...

Su madre cerraría las cocinas. Si se empeñaba, podría cerrar las cocinas de todas las plantas y no sabía... Sí, seguro que los conductos de ventilación llevaban también a las cocinas. Aún así podría cerrar las neveras. Podía ir a los campos de cultivo que estaban al otro extremo de la estación, pero eso suponía pasar por la torre. Era el único lugar de la estación al que sólo se podía ir por un camino. Encontraría el medio de llegar a él sin correr el riesgo de que su madre la sorprendiera.

Saliendo del armario con cuidado, se estiró todo lo que pudo para desentumecer sus músculos. Hacía casi media hora que su madre se había ido y podía oír los ruidos que hacía en algún lugar lejano de la estación.

Se preguntó qué habría visto que le alarmó tanto que tuvo que salir corriendo abandonando su búsqueda.

Se acercó a la cúpula del observatorio. Las estrellas brillaban en la distancia. Júpiter, colosal como siempre, cubría gran parte del firmamento. Una brillante esfera se movía cerca de su horizonte, sobre el campo de estrellas.

"Debe ser Calixto." pensó.

Siguió observando el cielo pero no descubrió nada anormal en él.

Io, a lo lejos, rojo, con sus volcanes escupiendo lava hacia el cielo.

Ganímedes, con su blanca superficie cubierta de vetas azuladas.

Calixto...

Volvió a mirar la primera esfera que le llamó la atención.

"Eso no es Calixto".

Sólo entonces se dio cuenta de que junto a la brillante esfera que estaba a punto de pasar entre ella y Júpiter, había algo oscuro que ocultaba el resplandor de la exosfera del gigante rojo.

Una enorme semiesfera ocultó en aquél momento una estrella y supo lo que era.

"¡Un reflector!. ¡Una estación orbital!".

Se volvió hacia el armario donde había estado oculta. Rebuscó entre los trozos de maquinaria de observación que allí había hasta encontrar unos prismáticos. Estaban sucios y los engranajes de enfoque estaban oxidados, pero aún así consiguió una imagen ampliada de la estación. No sabía el tamaño que podría tener pero por la forma dedujo que tendría que ser bastante grande.

Tardó varios segundos en reconocerla.

Una esfera con una torre industrial y otra que servía como puerto espacial. La esfera, cubierta con dos espejos troncocónicos que reflejaban la luz del Sol hacia los ocultos ventanales de la estación. Un espejo convexo en el extremo de la torre sur reflejaba hacia ellos la luz concentrada por un gigantesco espejo cóncavo más grande que la propia estación.

Los espejos eran distintos. En la torre norte había unas estructuras que no recordaba haber visto antes y faltaban los módulos agrícolas, pero la estación en sí era la misma que había visto muchas veces en documentales, fotografías y películas.

Era la base espacial más grande construida jamás por el hombre.

Era el último sueño de la humanidad para conquistar el espacio.

Era la Estación Orbital Libertad.

   

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