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Karen conoce a Andis, ve que no son un peligro e intenta convencer a su madre para que los mate.

Creada25-03-2013
Modificada15-06-2015
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Octubre1

 

Reino de Sombras, Juan Polaino

Incursión

Desde que descubrió la estación orbital Libertad en el cielo, Karen había permanecido indecisa sobre lo que debería hacer.

Nunca había visto a otra persona más que a su madre y las imágenes de cientos de películas que había visto a lo largo de los dos últimos años siempre le habían hecho desear tener a alguien más que le hiciera compañía, algún amigo con quien hablar y compartir sus sueños.

Ignoraba dónde podía estar su madre pero suponía que podía estar en la sala de control de la estación vigilando en los monitores el acercamiento de Libertad.

A la velocidad a la que se desplazaba podría tardar varias horas pero aunque tardase años no creía que fuera capaz de decidirse. Las revelaciones de su madre la noche anterior la hicieron comprender que quizás los que vinieran no serían mejores que ella. Desde luego no podían ser los reclusos de Lennox ya que, por lo que sabía, Libertad estaba en la Tierra, no en los asteroides. Pero ¿cómo habían podido traerla hasta aquí?. No es que supiera mucho de física pero cuando Sigui le enseñó la estación orbital Libertad ella manifestó el deseo de que algún día viniera hasta aquí con gente en su interior. Sigui la desengañó en ambos sentidos. Por un lado, no habían quedado supervivientes en la Tierra, por otro, era imposible que una estación orbital del tamaño de Libertad pudiera viajar hasta Júpiter.

Karen se enfadó con él por no seguirle el juego. ¡Con lo que a ella le gustaba soñar, parecía mentira que Sigui tuviera tan poca imaginación!.

Ahora que veía que Sigui se había equivocado en una cosa, pensó que quizás se había equivocado también en la otra, aquellos no serían los hombres malos que había en Lennox y que antes de que ella naciera habían hecho tanto daño a su madre. Seguro que eran buenas personas que venían a rescatarlos.

¡No estaba segura!.

Lo mejor que podía hacer era esconderse donde ni su madre ni aquellos hombres la pudiesen encontrar, pero al pensar que quizás fuera por el resto de su vida...

Su madre se había vuelto loca por todo el daño que le hicieron, por la soledad, por el dolor del parto y por el alcohol. ¿Que destino le esperaba a ella en aquella estación perdida en la órbita de Júpiter a millones de kilómetros de todo contacto con la humanidad?.

Sin decidirse aún, salió del observatorio y se dirigió hacia la galería. Subió varios pisos hasta llegar a la planta de la sala de control. Las luces se iban encendiendo a su paso y apagando tras ella. Cuando estaba llegando abrió un panel de la pared y bajó un interruptor. Al entrar en el pasillo que conducía a la sala de control, las luces no se encendieron. Se asomó a la puerta entreabierta. En varios monitores vio la imagen de Libertad mientras su madre murmuraba sin parar al tiempo que limpiaba con un trapo unos tubos.

Se preguntó qué estaría haciendo cuando vio varias escopetas apoyadas en la mesa y lo entendió.

¡Estaba limpiando unas armas para usarlas!.

Se preguntó de dónde las habría sacado, no recordaba haber visto nunca escopetas en la estación. De hecho, las únicas armas que había visto eran las de las películas pero gracias a ellas sí que tenía una cosa perfectamente clara.

“Siempre debes limpiar un arma después de haberla usado o cuando creas que la vas a necesitar”, recordaba que había dicho un hombre en una película.

—No les dejaré pasar. —murmuraba su madre mientras agitaba un trapo grasiento por el cañón desmontado de la escopeta— Les mataré antes de que nos hagan daño a mí o a mis niños. No dejaré que se acerquen. Les mataré en cuanto intenten acercarse. Tendrán que pasar sobre mi cadáver. ¡Señor, haz un milagro!. Haz que se vayan, por favor. Mi Raquel. Mi Peter. No os preocupéis. No os harán daño.

Karen se dio la vuelta con lágrimas en los ojos y salió corriendo por el pasillo. No podía oír a su madre hablar de esa forma. Volvió a la galería y siguió subiendo hasta llegar al primer piso. Entró en el vestíbulo de la torre que la llevaría a los campos de cultivo. Al entrar en una cabina, ésta comenzó a ascender. Apoyó la mano derecha en la pared del ascensor para contrarrestar la fuerza que la empujaba hacia ella. Un par de minutos más tarde, cuando sintió que estaba ya por el centro de la estación se dio la vuelta poniendo los pies en lo que hasta ahora había sido el techo de la cabina. Volvió a apoyarse en la pared conforme aumentaba la fuerza de gravedad. Al llegar al final del trayecto, un poco más calmada, bajó por la galería hasta llegar a la cuarta planta y, una vez allí, pasó por un largo pasillo hasta llegar al campo de manzanos. En medio de las hierbas y malezas que en él crecían siguió un camino gastado ya por el uso hasta llegar al final de la sala donde una pequeña cabaña hecha de ramas secas y sujetas con hojas de ginerios la acogió para darle consuelo.

Se restregó los ojos para quitarse las legañas de las lágrimas secas y se tendió sobre el colchón de tallos de heno donde, poco a poco, acabó durmiéndose.

La despertó el ruido de maquinaria que resonaba débilmente en la distancia. A través del casco de la estación llegaba hasta ella un sonido que no recordaba haber oído nunca. A lo largo de los años había aprendido a identificar todos los sonidos propios de la estación, desde el débil sonido de los aspersores de riego hasta la puesta en marcha de los motores que se usaban de año en año para corregir la posición de la estación. Allá en el punto de Lagrange interno del sistema Júpiter—Europa estaban en una posición más o menos estable, pero la influencia de las demás lunas de Júpiter y otras fuerzas que Sigui no consiguió hacerle entender hacían que cada cierto tiempo hubiera que ponerlos en marcha. Pero el ruido que oía ahora no lo había oído nunca aunque hubiera jurado que llegaba del hangar de atraque. Permaneció a la expectativa durante unos minutos pero no oyó nada más. Insegura, salió de la cabaña y se dirigió a la galería. Desde allí descendió hasta la última planta. En el centro de la galería había una cúpula de cristal que permitía ver el exterior. Antes de asomarse volvió a oír el mismo sonido que antes pero esta vez le pareció que sonaba como una puerta al cerrarse. Inclinándose bajo la barandilla que rodeaba el cristal miró al firmamento que daba vueltas bajo ella. A lo lejos veía Europa, con sus blancos mares de hielo surcados por grietas. Esperó que la estación diera la vuelta y, cuando vio Júpiter se sorprendió al notar como una estrella que atravesaba la atmósfera del gigante gaseoso. Debía ser Libertad, y al pensar en ello recordó cómo en algunas películas había visto que las naves que querían aterrizar en un planeta debían frenar con la atmósfera, pero no le encontró sentido. ¿Para qué iba nadie a querer aterrizar en Júpiter?

Volvió a oír otro ruido que resonaba en toda la estación como el chirrido de una motosierra. ¿Qué estaba pasando?.

Intranquila, decidió subir al hangar, era preferible correr algún riesgo antes que seguir en la ignorancia de lo que estaba ocurriendo. Al llegar a la primera planta entró en la base de la torre y montó en una cabina pulsando el botón que la haría detenerse en el hangar. Tardó dos minutos en llegar.

La puerta del hangar estaba cerrada pero por una ventanilla vio que su madre, con un traje espacial puesto, estaba apostada tras unas cajas de almacenaje. A su derecha vio un taladrador láser apagado pero lo que su madre empuñaba en aquel momento era una escopeta. En el extremo del hangar vio la puerta del mismo con un enorme boquete. No había oído ninguna explosión y el boquete era demasiado regular así que pensó que eso debió ser el sonido chirriante que oyó unos minutos antes. Vio a su madre trastabillar y se dio cuenta de que acababa de disparar contra algo que asomaba por el agujero aunque curiosamente no oyó ningún sonido.

Empezó a golpear la puerta con los puños.

—¡No, mamá!. ¡No dispares!. ¡Mamá!.

Su madre no le contestó, ni se volvió siquiera.

“Claro, “ pensó “en el espacio nadie puede oír tus gritos”.

Quería llamarle la atención de alguna forma pero si el sonido no se transmitía a través del vacío, sí lo haría por el metal. Cerca de la puerta del hangar había un armario con varias cajas de herramientas. Encontró una llave inglesa y volvió a saltar hacia la puerta, pero antes de golpearla oyó una serie de golpes que resonaban a lo largo de toda la estación.

En aquel momento su madre miró hacia la puerta y la vio. A través del casco no podía apreciar bien su rostro pero parecía estar gritándole algo. No la entendió hasta que la vio hacer un gesto con el brazo que por desgracia le resultaba muy familiar.

“Lárgate” era la palabra que acompañaba siempre a ese gesto.

Tenía que hacer algo pero no sabía qué. Aquellos hombres podrían ser de nuevo los supervivientes de la prisión de Lennox pero ella no lo creía. Podrían ser hombres buenos que habían venido a rescatarlas y su madre estaba disparando contra ellos sin siquiera saber lo que pretendían.

—¡Mamá, no dispares!. —volvió a gritar aunque sabía que su madre no podía oírla.

Ésta se volvió varias veces hacia ella sin parar de gritar inútilmente.

¡No podría detenerla!.

Tenía que impedir que matara los hombres que habían venido a rescatarlas pero ¿cómo hacerlo?.

Los golpes que habían resonado en la estación se detuvieron de repente y en los últimos ecos notó que procedían de los dormitorios. De repente supo lo que tenía que hacer.

Saltó al ascensor y pulsó el botón que la llevaría a los dormitorios. Al llegar al extremo se dirigió hacia la galería pero antes de llegar a ella oyó unos ruidos en la cabina de salida al exterior.

Las bombas de aire estaban llenando la cabina, eso significaba...

¡...Que alguien estaba entrado en la estación por primera vez desde que nació!.

Conectó un monitor para ver quién había dentro y vio a dos hombres con trajes espaciales blancos. A través del cristal de los cascos se veía con nitidez sus rostros. Parecían jóvenes, blancos pero no del todo, tampoco del todo negros.

“Son mestizos, como yo” pensó sorprendida.

Decidida, pulsó el botón que abriría la puerta y les hizo señas para que la siguieran.

* * * * *

—Andis, ¿qué hacemos?.

—No parece peligroso, pero no os confiéis. Al parecer quiere que le sigáis.

—¿Le seguimos?.

—Sí. ¡No!. Esperad. —en la otra pantalla, Andis vio que el Antepasado se había levantado y, con un rifle y un grueso y alargado aparato que no llegó a reconocer se dirigió a la puerta que comunicaba el hangar con la torre. Apretando unos botones en la pared, la puerta se abrió. Vio al Antepasado ser golpeado por la ráfaga de aire que fue a llenar el vacío del hangar y medio segundo después sintió como el aire salía por el boquete de la puerta arrancándole la plancha de acero con la cámara de video de las manos.

—¡¡Descompresión!!. —gritó por el altavoz.

* * * * *

Karen quería que le siguieran pero no conseguía que dieran un paso. A través del casco les oyó decir algo que no entendió. Al final se volvió para subir a la torre y obligarles así a que la siguieran cuando de pronto oyó las sirenas de alarma en toda la estación. Se volvió desconcertada y vio que uno de los hombres se abalanzaba sobre ella.

Repentinamente asustada, quiso huir pero una violenta ráfaga de viento la arrojó contra la pared, junto a la puerta de la torre. Nunca había notado la más mínima corriente de aire más que en los ascensores o en algunos conductos de ventilación y no sabía que el aire pudiese tener tanta fuerza. En la escasa gravedad, el viento no tuvo dificultad en succionarla hacia el interior de la torre mientras sentía como si los oídos le estuviesen a punto de reventar. Se agarró al dintel de la puerta pero el viento tiraba de ella hacia arriba con demasiada fuerza. Una mano la sujetó por la muñeca justo antes de que se soltara. El aire le azotaba el rostro y arrastraba papeles, trapos y hasta sillas, pero el traje espacial del hombre que la sujetaba con fuerza la protegió de los proyectiles que pasaron por su lado a toda velocidad. El hombre la atrajo hacia su pecho estrechándola en un protector abrazo y echó a andar hacia la cabina de la que unos segundos antes había salido. En la relativa calma de la habitación el hombre la soltó y se puso a girar la rueda de cierre manual. Durante unos segundos no supo como reaccionar, pero al sentir un cada vez más fuerte y doloroso zumbido en los oídos y ver con cuánta lentitud se cerraba la puerta, dio dos pasos hasta los controles y, pulsando un botón, hizo que se cerrara.

Aunque aún se oían las sirenas sintió un pesado, casi ensordecedor silencio. El hombre que la había rescatado se inclinó hacia ella y, después de decirle unas palabras le hizo una mueca abriendo mucho la boca, como si tuviera sueño. El hombre volvió a repetir la mueca pero ella no entendía lo que quería decir. Sólo sabía que era el primer hombre que veía, que le había impedido caer hacia la torre, que la había abrazado contra su pecho, que la había protegido con su cuerpo, que la había salvado la vida y que estaba haciendo las muecas más divertidas que había visto nunca.

Riendo y llorando al mismo tiempo se abalanzó contra su pecho y le abrazó con todas sus fuerzas.

* * * * *

Andis notaba cómo el viento salía torrencialmente por el agujero que habían hecho en la puerta. Calculó que, según el volumen de la estación, y teniendo en cuenta la velocidad a la que salía el aire, podría estar así durante más de media hora antes de que la presión en el interior se hiciese inhabitable. No quería que ocurriese eso.

Desacoplando de la mochila su propia cámara izquierda, la aproximó al borde del agujero y observó el interior. El Antepasado estaba colgado del quicio de la puerta y hacía grandes esfuerzos por subir el pie hasta ella pero la fuerza del viento se lo impedía. Había soltado las armas que llevaba y no las veía por ningún lado, pero tampoco las había visto salir por el boquete. En lo que parecía el techo del hangar varias planchas metálicas vibraban azotadas por el viento.

—¡Tador, dame un arpón magnético y un lanzador!.

Tomándolo de las manos de éste, le entregó la cámara sin tiempo para volver a colocársela. Enganchó el cabo del torno de su cinturón en el arpón y metió éste en el lanzador. Poniéndose de pie frente al boquete se inclinó hacia adelante resistiendo el impulso del aire que le azotaba. Apuntó a la pared del fondo, lo más pegado que pudo al techo y disparó.

Cuando el arpón se pegó a la pared, hizo funcionar el torno haciendo que volviera a recuperar la cuerda. Al tensarse ésta se arrojó de cabeza por el agujero.

El arpón y la cuerda resistieron la fuerza del aire y lo elevaron hacia la pared del fondo. Pero al llegar a la altura de las chapas metálicas que había visto se detuvo. Estaba demasiado lejos y no podía alcanzar las abrazaderas que las sujetaban al techo. El viento le hacía oscilar en todas direcciones y no tenía otro torno que le permitiera acercarse.

Tomando el desintegrador que colgaba de su cinturón, reguló el alcance a cuatro metros. En uno de sus alocados giros dio una pulsación corta que no llegó a cortar la abrazadera aunque hizo un profundo arañazo en la plancha. El viento tenía menos fuerza que en la boca del agujero pero aun así le impedía apuntar con precisión.

Volvió a pulsar el mando del torno y se elevó cinco metros más. Allí el aire no le hacía dar tantas vueltas. Graduó de nuevo el alcance del desintegrador. Esta vez estaba ya al límite. Apuntando con cuidado disparó varias veces en ráfagas cortas hasta que la primera de las abrazaderas cedió. Las planchas se agitaron vibrando a la fuerza del viento y provocando un sonido agudo pero en cierto modo agradable. Apuntó a la segunda abrazadera. Con sólo tres ráfagas consiguió soltar las planchas que, arrastradas por el viento, fueron bamboleándose golpeando las paredes hasta que la primera de ellas cayó de plano sobre la puerta del hangar. Las que iban detrás chocaron también contra ella pero, no habiendo ya viento que las impulsara se quedaron flotando en el extremo del hangar.

Andis miró hacia la puerta. El Antepasado se había ido.

* * * * *

Tilo contempló asombrado al niño que lloraba contra su pecho. Aunque no era tan negro como los que aparecían en algunas fotos de los libros de los Antepasados, no había esperado ni muchísimo menos que el primer Antepasado que vieran sería así. Y menos de esta edad, no parecía tener más de doce o trece años.

Comprendiendo que debía estar asustado por todo lo que había pasado, le acarició con suavidad el cabello.

—Vamos, tranquilo, ya ha pasado todo.

Karen no entendió las palabras, pero sí el tono y eso hizo que llorase aún con más fuerza. Siempre había soñado que alguien algún día la abrazase, la acariciase el cabello y le hablase de aquella forma por eso no se atrevía a separarse de él.

Tilo le dio unas palmaditas de consuelo en la espalda y la cogió por los hombros apartándole para verle bien la cara.

—Vamos, pequeño, no llores. —con el dorso del guante le limpió los mocos que colgaban de su nariz— ¿Ves?. Estamos a salvo. ¿Cómo te llamas?.

—No creo que entienda nuestro idioma. —dijo Baltis.

—Sólo quiero que se tranquilice. Espera, quizás...

Karen ya se estaba tranquilizando. Cuando sintió el áspero pero amable guante en la cara se dio cuenta de que se le estaban cayendo los mocos como a una niña pequeña. Avergonzada de que la vieran así se los limpió con la manga de la camisa. Con la otra manga se limpió las lágrimas y se esforzó en sonreír al hombre que le hablaba con tanta amabilidad.

Entonces abrió los ojos atónita y contempló asombrada al hombre de cuyo casco surgió el sonido de una voz inesperada pero tremendamente familiar.

«Sigui. ¿Estás ahí?.»

No podía creerlo. Era su propia voz aunque sonaba metálica. ¿Cómo podían tener estos hombres una grabación de su propia voz?. Y ¿cuándo había dicho ella eso?.

—¡Soy yo!. —exclamó con una inmensa alegría— ¡Es mi voz!. ¿Cómo me habéis oído?. ¡¡Habéis venido a buscarme!!.

Volvió a abrazarse con fuerza contra el pecho de Tilo el cual, desconcertado, se volvió hacia Baltis.

—¿Tú entiendes algo?.

—Ni idea. Oye, ¿no te parece que era la misma voz?.

—¿Qué?. No sé, es posible. Espera.

Volviéndola a apartar de sí, Tilo apoyó un dedo sobre su pecho. Después señaló el altavoz del cual volvió salir el mensaje que desde hacía cinco meses habían recibido con regularidad cada tres días y medio en la estación orbital Libertad.

«Sigui. ¿Estás ahí?.»

—Sí, soy yo. —respondió asintiendo con fuerza con la cabeza.

Volvió a limpiarse los mocos y las lágrimas y vio como el hombre le hacía una señal que no llegó a entender.

—¿Qué?.

El hombre volvió a repetir el gesto poniendo la mano ante él con dos dedos extendidos y la palma hacia arriba. Giró la muñeca hacia sí con lo que el índice pasó sobre el corazón quedando la palma hacia abajo y sin pausa apreciable la volvió a girar hacia ella. Karen miró desconcertada y el hombre volvió a hacer el mismo gesto. Al tiempo que de su altavoz volvían a surgir sus palabras.

Al verla tan desconcertada, Tilo comprendió que no le entendía así que con la punta del dedo le tocó los labios repitiendo el mensaje.

Karen comprendió entonces.

—¿Queréis que lo diga?. ¡Pues claro!. —volvió a limpiarse los mocos y carraspeó para aclararse la garganta— Sigui. ¿Estás ahí?. Sigui. ¿Estás ahí?.

Vió una mirada de asombro y reconocimiento en la mirada del hombre seguida de una encantadora sonrisa y, sin poderlo evitar, volvió a arrojarse sobre su pecho.

—Está claro que es él quien envió el mensaje, al menos la voz suena casi igual, pero eso significa que no lleva emitiendo desde hace cuarenta y dos años como pensábamos. ¿Cuando lo enviaría?.

—Quizás lo averigüemos más adelante, cuando aprenda nuestro idioma o nosotros aprendamos el suyo.

Karen volvió a sentir las manos del hombre sobre sus hombros y se separó de él para atender a lo que le fuera a decir. Le había oido hablar pero no sabía en que idioma era. Entre las películas que había visto había algunas que no estaban en inglés y las tenía arrinconadas en un armario como inútiles pero se había familiarizado con algunas frases que de vez en cuando se pronunciaban con cierta frecuencia en español, francés e incluso alemán. A pesar de todo las palabras que pronunciaban estos hombres no le sonaban a ninguno de estos idiomas.

—Tilo. —dijo el hombre poniendo la mano sobre su pecho. A continuación señaló al otro y dijo— Baltis.

Por último le puso a ella la mano en el pecho con un encogimiento de hombros.

Ella sonrió.

—Tilo. Baltis. —repitió señalándoles. Se señaló a sí misma y dijo— Karen.

—¿Karel?. —preguntó Tilo con asombro.

—No. Karen. Karen.

—Karen. —volvió a repetir Tilo con una divertida sonrisa. —Sin duda debe ser el comandante general de esta estación.

* * * * *

Andis cerró la puerta y saltó hacia la chapa que taponaba la salida del aire. Ésta no encajaba por todos los bordes con la compuerta del hangar así que pudo meter los dedos entre ambas para que el aire escapase con mayor rapidez y la plancha, libre de la presión del aire quedase flotando a la deriva.

—Tador, Bodio, pasad.

Éstos se apresuraron a penetrar por el agujero.

—Sujetad la plancha contra la compuerta mientras vuelvo a abrir la otra puerta.

Saltó de nuevo hacia ella y, agarrándose a una barra que corría paralela a la pared por el borde de la puerta, pulsó el mando que servía para abrirla. Una violenta ola de aire le azotó el cuerpo y fue a estrellarse contra la plancha apretándola de nuevo contra la compuerta.

—Soldad la plancha a la compuerta.

—Sí, Andis.

Mientras lo hacían, Andis se asomó con cuidado a la puerta. Tanto a un lado como al otro, el pasillo era largo, amplio y silencioso. En la pared de enfrente había una caja enganchada a uno de los tres rieles que recorrían toda la longitud de la pared. Extrañado, giró la cabeza para verlo en otra perspectiva.

“Ascensores.”

Por lo demás, nada se movía.

—Tilo, Baltis. ¿Estáis bien?.

—Sí, Andis. Estamos en la cabina de acceso a la estación.

—Esperad ahí. El Antepasado que nos ha disparado se ha ido y no sabemos dónde está. No salgáis hasta que lleguemos. El chico negro ¿está bien?.

—No para de llorar ni de sonarse los mocos pero parece contento de vernos. Él fue quien envió el mensaje.

Tras un momento de sorpresa reaccionó.

“Bueno, ¿por qué no?. Estamos recibiendo el mensaje desde hace cinco meses y siempre supusimos que llevaría emitiendo desde la llegada de los kander, pero no tenía que ser así necesariamente.”

—¿Cómo os habéis comunicado?.

—Cuando estuvimos a salvo en la sala intermedia le hicimos oír el mensaje. Empezó a hablar muy agitado pero, aunque no entendíamos nada de lo que decía, Baltis se dio cuenta de que parecía la misma voz. Por señas le hicimos repetir el mensaje y estamos casi seguros de que fue él quien nos lo envió.

—¿Tenéis idea de lo que significa el mensaje?.

—Aún no, pero... Karen aprende rápido.

—¿Karel?.

—No. Karen.

Andis casi pudo ver una pícara sonrisa en la cara de Tilo al corregirle. Los grados y profesiones no solían parecerse entre sí, tenían una semiótica totalmente distinta a la del resto de las palabras que formaban su lenguaje. Que el primer Antepasado con el que se habían podido comunicar tuviese un nombre (los Antepasados tenían nombres, no grados) tan similar al grado de comandante general de expedición era como mínimo una casualidad sorprendente.

—Averiguad lo que podáis sobre él. No sé el tiempo que tardaremos en llegar pero no intentéis salir a no ser que os avisemos. No quiero que abráis la puerta y os encontréis de frente con el otro Antepasado.

—Sí, Andis.

—Tricar, ¿alguna novedad?.

—Ninguna, Andis.

—¿Detectas alguna variación en el consumo de energía de la estación?.

—No, Andis. Donde quiera que esté el Antepasado que os ha atacado debe estar en un lugar donde no se consuma energía o bien donde la energía consumida permanezca constante.

—Bien. Acércate hasta el módulo central y que desembarque el resto del equipo.

—Sí, Andis.

Se volvió hacia Bodio y Tador que ya habían acabado su trabajo.

—Andis, —dijo Bodio— Hemos terminado de soldar la plancha aunque la separación en algunos sitios era demasiada. Hemos agotado la masilla pero han quedado huecos por los que se sigue escapando el aire.

—No importa. Cerraremos esta puerta antes de irnos y así solo se perderá el aire del hangar.

Así lo hicieron y se dirigieron al ascensor.

Éste era una cabina con capacidad para unas seis personas. Le llamó la atención que en el centro de las paredes de los lados la pintura imitando madera estaba más desgastada, como si se rozara con más frecuencia que el resto del revestimiento del ascensor. También el techo y el suelo estaban gastados en idéntica medida.

En una de las paredes había un cuadro con tres botones. Antes de entrar pensó un momento. Tenían que ir al módulo que estaba hacia arriba, pero cuando llegaran...

—Daos la vuelta. —ordenó mientras él hacía lo mismo.

Entraron en el ascensor con los pies en la dirección del que había de ser su destino. Antes de pulsar el botón de abajo, se volvió a detener a pensar.

—Levantad las manos al techo. —dijo tras un resoplido.

—¿Qué?. —preguntó Tador.

Andis apretó el botón de bajada y la aceleración les hizo estrellarse con suavidad contra el techo. El ascensor aceleró durante unos quince segundos antes de estabilizar su velocidad con lo que empezaron a sentir un leve empuje lateral que les obligó ahora a apoyarse en la pared de la izquierda.

“La fuerza de Coriolis”. —pensó Andis.

Conforme descendían por la torre adquirían también la velocidad de giro de la estación. La inercia era la que les empujaba lateralmente en dirección a... Se concentró un segundo. Al descender tenían que ganar velocidad lateral por tanto la inercia les empujaba hacia contragiro. Al ascender en cambio se verían empujados hacia el panel opuesto, hacia giro. Por eso los paneles de los lados de la cabina estaban tan gastados casi como los de arriba y los de abajo. Según la dirección de la cabina tanto el techo como el suelo de la misma serían intercambiables.

En apenas dos minutos llegaron a la base de la torre. Salieron de la cabina y Andis observó que los otros dos carriles estaban vacíos.

“Se fue en la otra dirección.

Salió por la puerta de la torre y se fijó que delante de él había una habitación cerrada. Dirigiéndose a ella, pulsó el botón de apertura. Y la puerta se abrió saliendo por ella una leve corriente de aire.

* * * * *

Karen no entendía nada de lo que los dos hombres decían, pero al menos sabía ya sus nombres. Había dejado de llorar hacía rato y les observaba mientras hablaban entre sí. Sólo sabía hablar inglés y era evidente que ni Tilo ni Baltis lo entendían. Quizás pudiera averiguar también qué idioma hablaban.

Parlez vous française?.

Los hombres la miraron sin comprenderla.

Sprejen deutch?. ¿Habla español?. —se le estaba acabando el repertorio de las pocas frases que había oído en las películas y que sabía más o menos lo que significaban— Non capisco niente. Arigato.

Era inútil. Al parecer Tilo y Baltis no hablaban inglés, francés, alemán, español, italiano ni japonés. Intentaba recordar alguna otra frase que había oído en otros idiomas aunque ni siquiera sabía lo que significaban, pero antes de que las dijera Tilo se volvió a inclinar hacia ella.

Señalando hacia él mismo con una mano, alzó un dedo de la otra.

—Uno. —señaló a Baltis y alzó otro dedo— Dos. —después la señaló a ella levantando un tercer dedo— Tres.

¡Pues claro!, le estaba enseñando los números.

Repitió los gestos que él había hecho al mismo tiempo que pronunciaba.

—Uno. Dos. Tres. —eso significaba uno, dos y tres.

Sonrió a Tilo, satisfecha por haber aprendido bien la lección y éste la recompensó con una sonrisa.

A continuación Tilo señaló a la puerta encogiéndose de hombros y pronunciando una palabra.

Karen repitió la palabra aunque no entendía lo que Tilo quería.

Por un momento pensó que le había dicho la palabra que significaba puerta aunque había algo en sus gestos que la hacía dudar de que así fuera.

De nuevo repitió Tilo el gesto pero esta vez, al señalar a la puerta, hizo un gesto que parecía abarcar más que la puerta en sí.

—¿Quieres saber cuánta gente hay fuera?. —se le ocurrió que quizás era eso lo que Tilo estaba preguntando. Haciendo un círculo con la mano que les abarcaba a los tres, dijo— Tres. —señalando hacia la puerta añadió al tiempo que levantaba un dedo— Uno.

En aquel momento se abrió la puerta y Karen vio en el umbral a tres hombres vestidos igual que Tilo y Baltis. Enseguida notó que éstos, sin llegar a ponerse firmes, adoptaron una actitud de deferencia ante el primero de los tres que habían entrado, por lo que supuso que debía ser el jefe.

—¡Andis!. —exclamó Baltis— nos alegramos de verte.

Andis examinó detenidamente al chico que, aparentemente atemorizado, se colocó al lado de Tilo, cogiéndole la enguantada mano.

—Hola, Karen. —dijo sonriendo.

—Hola, ¿Andis?. —se esforzó Karen en responder.

Tanto Andis como los demás la miraron sorprendidos aunque Karen supo que lo había dicho bien por la sonriente mirada de Tilo.

—Veo que habéis hecho progresos.

—Bueno, en realidad sólo le hemos enseñado los números hasta el tres. Me he sorprendido tanto como tú.

—¿Habéis averiguado algo nuevo?.

Tilo dejó de mirar asombrado a Karen para contestar.

—Sí. Si nos hemos entendido bien, en la estación hay una sola persona aparte de Karen. No hemos podido averiguar más antes de que llegaras.

—Bien, salgamos de aquí. Tricar, ¿Habéis llegado ya?.

—Sí, Andis. En este momento están saltando los últimos hombres.

—Bien, vuelve a ponerte a una distancia segura y descansa hasta nueva orden. Draken, mantente vigilando todo lo que ocurra en la estación y avísame si detectas la situación del Antepasado.

—Sí, Andis.

—Fasel, en la parte trasera del hangar hay dos tornos. Uno de ellos está desenrollado. Úsalo para descender hasta donde estamos, Baltis te esperará en el exterior.

Tras recibir confirmación de sus órdenes, salieron todos menos Baltis de la cabina y cerraron la puerta. Baltis saldría fuera y, esperaba que en unos diez minutos, volvería a entrar con todos los hombres.

Andis recapacitó sobre lo que harían a continuación. El Antepasado se había dirigido al módulo que había en el extremo opuesto y no había otro medio para que pudiera volver si no era por la torre. Sus armas, por lo visto, no podían atravesar un plancha de dos centímetros de grosor. Podrían recortar algunas de las paredes internas de la estación y usarlas como escudos. A pesar de todo sabía que era muy peligroso estar desarmados ante un Antepasado que ya había demostrado a las claras su intención de matarles. El chico, en cambio, no parecía nada violento con ellos y eso le desconcertaba. Si lo que sabían de los Antepasados era cierto, el otro, probablemente era su padre. ¿Cómo podía ser que actuaran de forma tan distinta entre sí?.

Unos sonidos en el casco le indicaron que los hombres estaban llegando al techo del módulo. En aquel momento se apagaron las luces.

—Andis, —exclamó Tricar— se han apagado las luces en toda la estación. Sólo hay energía a unos quince metros bajo vosotros.

“¿Bajo nosotros?” se extrañó Andis tomando la linterna de su cinto y alumbrando hacia la puerta de la torre.

Había supuesto que el Antepasado había ido al otro módulo porque al llegar a este extremo de la torre no había visto ningún ascensor. O la fuente energética era otra distinta o había bajado sin usar los ascensores. A no ser que los ascensores...

En la pared de la torre había tres rieles, osea tres cabinas. Con tres posibles destinos. Al ir un ascensor de una parada a otra, el ordenador podría llevar otro ascensor a la parada que hubiera quedado vacía. Aparentemente sería un derroche de energía pero si se recuperaba la energía de frenado de uno, se la podría aprovechar para mover el otro. El consumo total de energía sería menor que si solo se moviese una cabina. Sí, esa debía ser la respuesta. Entonces se había equivocado, el Antepasado estaba bajo ellos. ¿Cambiaba esto en algo sus planes?. Decidió que no.

—Tricar, dentro de seis horas tendrás que recuperar los espejos. Descansa lo que puedas y deja que Draken se ocupe de todo hasta entonces.

—Sí, Andis. —respondió Tricar aceptando la suave reprimenda que percibía en el tono de aquél.

Con lentitud, la puerta de la cámara intermedia comenzó a abrirse. De ella salieron Baltis y nueve hombres más.

Karen estaba atemorizada. Nunca había visto tal cantidad de hombres en su vida y se sentía intranquila. Apretó con más fuerza la mano de Tilo quien, interpretando mal su temor, extrajo de su caja de herramientas una segunda linterna y se la dio.

Contempló la linterna intentando comprender su funcionamiento. Tenía dos interruptores y dos ruedas de control. Tilo la llevó hasta una pared y le indicó el interruptor que debía usar. Un cono de luz blanca dibujó un círculo en la pared. Una de las ruedas permitía ampliar o reducir el tamaño del círculo mientras la otra controlaba la intensidad de la luz. Pulsando el otro interruptor la luz se convirtió en verde. Entonces la segunda rueda permitía controlar el color.

Aunque ya estaba satisfecha con la explicación, Tilo le apoyó una mano en el hombro repentinamente serio. Tomando la linterna apuntó a la pared. Cerró el foco hasta que dibujó un pequeño punto en la misma y apretó con el pulgar el interruptor que controlaba la intensidad pero sin cambiar su posición. Un hilo de humo surgió de la pared. Cuando Tilo soltó el interruptor Karen comprobó asombrada que había aparecido un agujero de unos dos centímetros de diámetro y uno de profundidad en la dura chapa metálica.

Tilo la cogió por los hombros y mirándola seriamente movió la cabeza.

—No. Peligroso.

—Peli...groso. —repitió ella asombrada.

¡Le habían dado un arma!. ¡Un rayo láser!.

¿Como era que le daban un arma cuando apenas acababan de conocerla, cuando su madre había intentado matarles, cuando ni siquiera tenía doce años?.

Cada vez tenía más confianza en ellos, estaba más convencida que nunca de que no iban a hacerle daño como los criminales de Lennox que mataron a... sí, a su padre y sus hermanos pero también estaba algo desconcertada. ¿de donde habían salido aquellos hombres que la trataban como a un adulto y que no parecían entender ningún idioma de los de la Tierra?.

Andis estaba dando unas instrucciones a sus hombres y estos se dirigieron a las paredes que separaban la sala de la torre. Como si cortasen una tela con tijeras, comenzaron a recortar las planchas de acero para conseguir varios rectángulos de distintos tamaños. Usando otro aparato contempló sorprendida como las planchas depositadas en el suelo se curvaban a lo largo del eje mayor. Unidas luego mediante unas tiras de un material blando que no reconoció, Andis levantó el conjunto y se lo puso ante su traje.

¡En apenas unos minutos se había construido una armadura de acero!.

Aquellos hombres tenían armas de un poder inimaginable, más que todo lo que ella había visto en docenas de películas de ciencia ficción.

Con esas armas podían haber matado a su madre en segundos pero no lo habían hecho.

¡Y su madre pensaba que venían a hacerles daño!.

Tenía que encontrar a su madre, decirle que estos hombres eran buenos y que no la harían daño. Si no lo hacía así, ella podría matar a alguno de ellos, incluso a Tilo.

—Tilo.

Éste la miró.

—Yo... debo irme. —habló despacio acompañando sus palabras de gestos— Debo encontrar a mi madre y decirle que no vais a hacerle daño. Vosotros esperad aquí. ¿Entiendes?.

—¿Qué dice?. —preguntó Baltis.

—No estoy seguro. Andis.

—¿Sí, Tilo?.

—Karen está intentando decirme algo. No estoy seguro pero por los gestos diría que quiere que nos quedemos aquí.

—¿Crees que quiere encontrar al otro?.

—No lo sé. Es posible que quiera convencerle de que deje de luchar contra nosotros.

—¿Y si quiere avisarle de nuestros planes?. No. No creo que debamos dejarle ir.

—Andis, tú no lo has visto. Cuando le hemos encontrado prácticamente se ha echado en nuestros brazos. Se ha alegrado de vernos, estoy seguro. Es más, ha sido él quien nos ha llamado. No creo que quiera hacernos daño.

Andis estaba preocupado. En primer lugar tenía que considerar la seguridad de sus hombres. Si Karen se iba, podría informar a su padre que ellos no tenían armas y eso sería tanto como perder el factor sorpresa con el que había contado. Mientras el padre de Karen no supiese que estaban desarmados podrían intentar acorralarle hasta llevarle a algún lugar donde le pudieran encerrar. Por otro lado, si dejaba ir a Karen perderían una fuente de información que podía ser vital a la hora de plantear su estrategia. Karen conocía el terreno, ellos podrían perderse cien veces antes de hacerse una idea de los planos de la estación. Pero si Tilo tenía razón podrían ahorrarse una lucha peligrosa e innecesaria.

—Está bien. Dejaremos que se vaya y esperaremos una hora. ¿Podrás hacerle entender eso?.

—Sí, Andis.

Si Karen había aprendido tanto de ellos en tan poco tiempo, Tilo no dudaba que también podría enseñarle a medir una hora.

Cuando llegó ante ella, sin embargo, ya no lo tenía tan claro.

Si estuviesen en la Tierra podría empezar por explicarle lo que era un día y hacer subdivisiones del mismo. En esta estación podría usar como unidad de tiempo el período de rotación y luego explicar los múltiplos hasta llegar a una hora aproximadamente. Pero tardaría mucho más de una hora en hacerle comprender cualquiera de las dos cosas. Tenía que ser algo que fuera fácil de explicar y que no requiriese muchos conocimientos en común por parte de ambos.

Un reloj de pulsera no serviría pues tendría que explicarle los números pero al pensar en ello se le ocurrió que los Antepasados tenían relojes que señalaban las horas con varias agujas. Eso sería algo que Karen entendería pero ellos no tenían nada parecido.

La única solución que se le ocurrió que podría funcionar no le gustaba mucho pero al no encontrar otra decidió correr el riesgo. Abriendo la consola de su brazo programó una serie de instrucciones y en pantalla apareció un círculo. Unas instrucciones más y una aguja señaló desde el centro hasta la parte superior del mismo. Cuando quedó satisfecho se quitó la consola.

—Karen. —ésta le prestó atención. Con gestos y palabras intentó hacerle comprender lo que pretendía— Esto es un reloj, la aguja da vueltas alrededor. Cuando dé una vuelta completa, vuelve. Nosotros estaremos aquí.

Karen asintió a la primera. Satisfecho de haber acertado ajustó las abrazaderas en el brazo de Karen y le hizo una señal de buena suerte. Esperaba que le entendiera.

* * * * *

Karen bajó corriendo las escaleras de la galería iluminando su camino con la linterna que le había dado Tilo.

Al llegar a la cuarta planta se dirigió a la sala de control donde esperaba encontrar a su madre. Suponía que sólo desde ahí se podrían apagar las luces de toda la estación, por eso no le sorprendió encontrar la sala cerrada.

—Mamá, abre, soy yo. —gritó golpeando la puerta.

Estuvo llamando durante varios minutos antes de oir respuesta.

—¿Karen?.

—Sí, soy yo. Ábreme.

La puerta se abrió y la cara de su madre, con el pelo revuelto y una mirada desorbitada atisbó por el quicio de la puerta.

—¿Estás sola?.

—Sí, todos están arriba esperándome.

Su madre la miró con una expresión de sospecha.

—¿Esperándote?. ¿Qué les has dicho?.

—Nada. No saben inglés. Ni siquiera sé qué idioma hablan pero nos hemos entendido un poco.

Volviendo a mirar en todas direcciones, su madre sacó un delgado pero fuerte brazo y, cogiéndola por la muñeca la introdujo en la sala volviendo a cerrar de golpe.

—¿Qué es esto?. —preguntó al notar la consola de Tilo.

—Es un reloj. Me han dicho que me esperarían allí hasta que la aguja diera la vuelta. Mamá, ¡me haces daño!.

—¡Estás mintiendo!. ¡Has dicho que no podías hablar con ellos!.

—¡Mamá, son buenos!. No quieren hacernos daño. Tienen unas armas increíbles, te podían haber matado en el hangar con toda facilidad pero no quieren hacer daño a nadie.

—¿Qué armas tienen?.

—Rayos láser, desintegradores, no lo sé pero les he visto cortar planchas de metal y doblarlas con una especie de lanzarayos. Nunca había visto nada parecido pero es verdad que lo tienen. ¡Por favor, suéltame!.

La soltó arrojándola contra un mueble. Karen se dio un golpe en la espalda y se le cayó la linterna de las manos. Su madre la recogió.

—¿Y esto qué es?.

—Es una especie de pistola de rayos láser. Mamá, cuando Tilo me lo ha dado ni siquiera ha pensado que pudiese haberla usado contra él. Confían en mí. Por eso sé que no quieren hacernos daño.

—¿Confían en ti?. ¿Para qué te la han dado?. ¿¡Qué te han dicho que me hagas!?.

Karen no entendía lo que su madre estaba pensando pero estaba cada vez más asustada.

—Mamá, ellos no me han pedido que haga nada. Iban a venir a buscarte, por eso les pedí que esperaran, les dije que te buscaría y hablaría contigo. Ellos no te harán ningún daño, de verdad. Cuando Tilo me ha dado la pistola me ha explicado como funciona; también sirve como linterna, por eso me la han dado, para que pudiera ver el camino al venir aquí.

Su madre no reaccionaba. Estaba mirando la linterna y probando los interruptores. Un cono de luz iluminó el techo de la sala. Girando las ruedas comprobó el mecanismo de intensidad y amplitud. Tras un cierto número de pruebas consiguió un rayo que hizo caer del techo varias gotas de metal fundido.

Una aviesa sonrisa torció sus labios y Karen supo que se proponía usar el arma contra ellos.

—No, mamá, ¿no lo entiendes?. Ellos no son como los hombres que te violaron. No quieren hacerte daño. Han venido a ayudarnos porque yo les llamé. No quieren...

—¿Que tú les llamaste?.

—Sí, aunque nunca supe que lo había hecho. Tienen mi voz grabada desde hace dos años. Sigui les debió enviar el mensaje aquella vez que se estropeó, cuando dejó de hablar.

—¿¡QUE TÚ LES LLAMASTE!?.

Karen se sintió aterrorizada bajo la mirada de su madre. Antes de que pudiera evitarlo, su madre la cogió por el brazo y comenzó a golpearla con la linterna.

—¡Es por tu culpa, maldita bastarda!. Por tu culpa murieron Peter y Raquel...

—No, mamá, no me pegues, por favor, seré buena, te lo prometo, ¡basta!.

—¡Eres un castigo de Dios y ahora te han enviado para matarme pero no aguantaré nada más de ti, mestiza del infierno!. Acabaré con todos de una vez para siempre. ¡No dejaré que vuelvan a tocarme!.

Karen intentaba protegerse con el brazo pero los golpes le llovían desde todas direcciones. Atontada por un golpe en la cabeza sintió que todo daba vueltas a su alrededor y perdió el conocimiento.

   

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