Bienvenidos a MasLibertad

Bienvenidos a MasLibertad

¿Quién soy yo?

Experiencias Informáticas

Mis Favoritos

Cosas que me han Pasado

Paseos y Excursiones

Novelas y Relatos

La Estrella y el Águila

Bienvenidos a Libertad

Reino de Sombras

Karen

Andis

Incursión

Rescate

Autobiografía de Dios

La Sala Oval

Un Paseo por Libertad

El Gran Aburrimiento

El Cambio

Novedades y Proyectos

Miscelánea

Cartas al Autor

Torrejón de Ardoz

Areas de Ciencias

Documentales y Libros

Áreas de Religión

Economía y Política

La Última Página

Datos de Usuario

AnónimoEntrar
IP3.231.226.211

Datos de Pagina

Andis llega a la Estación Espacial e intenta explorarla, pero alguien se opone a que entre.

Creada25-03-2013
Modificada15-06-2015
Total Visitas144
Noviembre6

 

Reino de Sombras, Juan Polaino

Andis

—Todo preparado, Andis.

—Bien, Tricar, adelante.

Andis observó a Tricar mientras éste conectaba los motores, realizaba nuevas comprobaciones y soltaba los anclajes de la nave. Separándose de la pared, la nave enfiló hacia la puerta del hangar y la atravesó saliendo al espacio. Se alejaron del eje de la estación dos kilómetros antes de dirigirse hacia el sur y, en una trayectoria paralela al eje, recorrer los cuatro kilómetros que la separaban del sistema reflector.

Antes, cuando estaban en la órbita de la Tierra sólo tenían un espejo plano que reflejaba los rayos del Sol hacia los espejos troncocónicos que había alrededor de la esfera y desde allí hacia el interior de la estación a través de unos ventanales. Al alejarse del Sol tuvieron que construir un sistema de espejos que actuase como lente para captar la cada vez más tenue luz solar y concentrarla en un solo haz que enviara siempre a la estación la misma cantidad de luz. El espejo mayor tenía un foco variable y se podía graduar la intensidad de la luz que se reflejaba hacia la estación simplemente acercando o alejando los espejos a través del eje que los unía.

—Lodren, —avisó Tricar por radio— estamos listos.

—Bien, Tricar. —contestó Lodren desde la estación— Espera que los espejos se acerquen al máximo.

—Entendido.

Obedeciendo una orden de radio, los motores que había en el centro del espejo primario (qué curioso que siguiesen llamando primario al espejo más pequeño) entraron en funcionamiento y comenzaron a acercarse al secundario.

Andis aprovechó la espera para evaluar el estado de ánimo de sus hombres.

Tricar, como comandante de navegación, era el que estaba más tranquilo. Disfrutaba cada vez que tenía que pilotar la nave o la lanzadera y en aquel momento esperaba relajado mientras los espejos se acercaban el uno al otro.

Draken era piloto desde hacía sólo cinco meses y aún no tenía suficiente experiencia para realizar las delicadas maniobras necesarias para apartar los espejos de la estación antes de su entrada en la atmósfera de Júpiter. Al no tener muchas oportunidades de pilotar observaba con atención cada una de las maniobras de Tricar intentando aprender lo más posible sobre el difícil arte de la navegación orbital. Andis se dio cuenta de que aprovechaba aquellos minutos para repasar con Tricar algunas maniobras y cálculos de trayectorias.

El cuarto ocupante de la cabina de control era Dicas, el oficial médico. No era un hombre de su equipo, sino del de Lodren. Su entrenamiento no le capacitaba para misiones de exploración en las que se ignoraba el riesgo que se iba a correr pero Karel había estado de acuerdo con Andis en que era conveniente llevar un médico a bordo.

Tras ellos, en la cabina de carga, iban doce hombres más entre ingenieros, técnicos y oficiales. Era un grupo heterogéneo, Andis los había estudiado durante horas antes de elegir a cada uno de ellos.

Fasel, Tilo y Baltis eran jefes de equipo y Andis estaba convencido de que cumplirían sus órdenes con rapidez y eficiencia. En cuanto a los demás hombres los había elegido siguiendo un criterio que hubiera sorprendido a Karel si éste le llega a preguntar sus motivos para elegirlos, afortunadamente nunca le preguntó aunque Andis estaba casi seguro de que la idea había pasado por su cabeza.

Cuando llegaron a Libertad, cinco meses atrás, tuvieron bastante trabajo durante un mes y medio, mientras reparaban la estación y construían la nave en la que estaban. A pesar del duro trabajo que tenían que realizar, algunos hombres descubrieron un edificio esférico en el eje de la estación, sin gravedad, en el que los Antepasados jugaban a un deporte con pelotas que rebotaban en las paredes y que se tenían que dirigir a unos marcadores para conseguir tantos. Aunque desconocían las reglas que usaran los Antepasados, ellos inventaron unas reglas, se formaron grupos que se entrenaban y competían entre sí y en poco tiempo surgió una afición por el juego como nunca habían sentido en la Tierra.

Las reglas se rehicieron varias veces y tuvieron que ponerse protectores para evitar contusiones en los inevitables choques que se producían en la esfera pero entre todos los hombres que jugaban surgieron de manera espontánea varios equipos con sus propios capitanes. Fasel y Tilo eran capitanes y los demás hombres que le acompañaban en la expedición habían sido elegidos por Andis según su valía en el juego.

No era el sistema que hubieran usado los kander, para ellos daba lo mismo un hombre que otro siempre que estuviesen capacitados para la misión pero Andis prefería llevar con él hombres que fuesen capaces de saltar en condiciones de ingravidez en cualquier dirección, dar un par de volteretas por el camino, coger una pelota (o herramienta, para el caso era lo mismo) y llegar sin percances a su destino.

—Está bien, Tricar. —oyó la voz de Lodren por la radio de su casco— Ya puedes llevarte los espejos.

Tricar llevó la nave a lo largo del rail que unía los espejos hasta su extremo, a unos quince kilómetros de distancia de aquellos donde una plataforma especialmente diseñada les permitiría posarse. Tras hacerlo, Tricar aseguró varios enganches a la plataforma y, comprobando que todo estaba en orden, puso en marcha los motores de propulsión gravitatoria. Arrastrando tras sí la gigantesca estructura se alejaron con lentitud de Libertad.

En el interior de la estación habría caído una repentina noche y Karel habría hecho encender unos focos en los polos para iluminar el interior de la estación. Andis recordó la primera vez que vio el desolado paisaje interno de Libertad.

“Cinco meses, toda una vida.” pensó.

Andis, como todos los que le acompañaban en la misión, había vivido dos vidas muy distintas entre sí. La primera empezó con su nacimiento en el recinto de las madres. De aquellos años recordaba los juegos en la guardería, el aprendizaje de los Mandamientos, las clases de autocontrol y la forma en que aprendieron a comunicarse con los ordenadores que les enseñarían a leer y estudiar cualquier cosa que quisieran. Al salir de la guardería a los siete años entró en el mundo de los adultos, tuvo dos tutores que le dieron ciertas nociones de química y medicina aunque ya no podía recordar casi nada de lo que aprendió por entonces. Su tercer tutor le enseñó mecánica y eso sí que le gustó. Disfrutaba cada vez que se tenía que enfrentar a un problema de ingeniería en el que había que tener en cuenta muchas cosas como resistencia de materiales, capacitancia eléctrica de conductores, propiedades electromagnéticas de los campos monopolares... Se sentía cómodo trabajando con todo tipo de herramientas y pronto se convirtió en un excelente ingeniero capaz de construir una linterna láser o un generador de campos de fuerza. Su trabajo atrajo la atención de los kander que, a los catorce años le nombraron ingeniero jefe con ocho hombres a sus órdenes, algunos mayores que él mismo.

Todo fue bien durante varios años y Andis se sentía orgulloso de dos cosas en particular: el hecho de que jamás había quebrantado un Mandamiento y la satisfacción que sentía cada vez que sus hombres construían con éxito alguna de las máquinas diseñadas por el equipo de Lodren.

Después las cosas se empezaron a torcer.

Andis podía situar perfectamente el momento en que las cosas se empezaron a torcer para él, había sido hacía cuatro años. De repente las cosas ya no le parecían tan agradables como siempre habían sido, su trabajo no le entusiasmaba como antes, el orgullo que sentía cada vez que terminaba la construcción de una máquina quedó eclipsado por una sensación de futilidad, como si el triunfo no se debiese a su propio esfuerzo sino a algo ajeno a él mismo. Cuando los kander ordenaron la construcción de una nave para salir al espacio y reparar la estación orbital abandonada por los Antepasados tantos años atrás, trabajó como siempre había hecho. Su equipo de ingenieros, ahora de más de sesenta hombres, fue responsable de más de la mitad de las piezas que componían la gigantesca nave que los sacaría de la Tierra, sin embargo no sintió orgullo por ello.

La nave fue construida y un día partieron en ella ochenta y cuatro hombres y un kander. Llegaron a la estación, la exploraron, y cuando se disponían a realizar las primeras reparaciones un imprevisible accidente destruyó la nave que les había llevado hasta allí muriendo varios hombres y el kander que les había acompañado.

Ocurrió algo entonces que nunca habían sido capaces de imaginar. Quedaron Solos. Fue como si les cortaran un miembro, como si les extirparan un órgano que habían usado durante años sin saber que existía. Sólo entonces se dieron cuenta de que los kander habían hecho algo más que criarles y enseñarles, también habían estado en sus mentes vigilando y controlando cada una de sus sensaciones y sentimientos.

El choque fue brutal para todos ellos pero hicieron lo único que sabían hacer, tras restablecer la comunicación por radio con la Tierra siguieron obedeciendo las órdenes recibidas esperando que pronto los kander pudieran rescatarlos para volver a gozar de la tranquilidad y la calma de su presencia.

Y así hubiera ocurrido si no llega a ser por lo que descubrieron en Libertad.

Tricar mantenía la nave en una suave aceleración para impedir que los espejos se deformaran. Aunque con propulsión gravitatoria no deberían sentir aceleración de ningún tipo, Andis sentía como si estuviesen frenando, como si una leve fuerza les empujara de sus asientos hacia la parte delantera de la cabina.

—Tricar, ¿por qué parece que estamos cayendo hacia delante?.

—La estructura que estamos arrastrando nos frena.

—¿Puedes aclarar eso?.

—Sí, Andis. En vuelo inercial lo que hacemos es rodear la nave con un campo esférico. Dentro de ese campo podemos “torcer” el espacio y darle la hiperinclinación que deseemos. De esa forma podemos conseguir cualquier aceleración, por grande que sea, sin que se experimente aceleración en el interior de la nave. En realidad no estamos acelerando sino cayendo en la dirección y con la aceleración que nosotros elijamos. Ahora bien, este sistema de propulsión tiene tres desventajas bastante grandes. Una es que el consumo de energía es proporcional al cubo de la aceleración que pretendamos conseguir, si queremos acelerar a diez Ges consumiremos mil veces más energía que a una sola, cosa que no ocurre con la propulsión iónica. La segunda es que el espacio que rodea el campo se resiste a ser inclinado con demasiada brusquedad por lo que el consumo también es proporcional al cuadrado de la velocidad. Esto hace que a partir de un décimo de la velocidad de la luz la propulsión gravitatoria resulta ineficaz pues iríamos demasiado rápidos para que el espacio a nuestro alrededor se adaptara a la torsión que queremos imponerle.

—¿Y la tercera?.

—La tercera desventaja es que el campo que nos rodea tiene un tamaño determinado. En el interior no experimentaremos los efectos de la aceleración pero si estamos remolcando una carga que está fuera del campo, como en este caso, la carga no resulta acelerada y eso es lo que parece frenarnos. La inclinación del campo en este momento es de 0,8 Ges pero la inercia de los espejos hace que sólo aceleremos 0,2 Ges. La diferencia es la que experimentamos como si estuviéramos frenando.

—Ya. Y ¿cuánto tiempo tardarás en soltar los espejos?.

—Cuarenta minutos a partir de ahora, Andis.

Andis se arrellanó en su asiento y se relajó mientras oía sin escuchar la conversación de los hombres en la cabina de carga. Dentro de un par de horas tendrían que ponerse los cascos para salir y las conversaciones se mantendrían al mínimo pero de momento estaban todos relajados y contentos.

¿Cómo no se habían dado cuenta antes?.

Al quedar Solos en la estación de los Antepasados empezaron a investigar sobre los mismos. Sin nada que hacer en los meses de espera obligada que tenían por delante no vieron ningún mal en hacerlo y poco a poco empezaron a descubrir cosas que se contradecían con las enseñanzas recibidas de los kander. Siempre habían supuesto que los kander les habían dado la misma educación que tenían los Antepasados pero allí descubrieron que no era cierto, aquéllos tenían unas costumbres tan extrañas que parecían más extraterrestres que los mismos kander. Del aislamiento de las casas, e incluso de los dormitorios, que había en la estación descubrieron que los Antepasados gustaban de la independencia aunque no del aislamiento pues había edificios en los que podían reunirse cientos de personas. Las fotos y dibujos que hallaron en los libros les hizo ver que entre ellos era normal que hombres y mujeres viviesen juntos así como los hijos que tenían. También descubrieron que eran violentos, usaban la violencia para conseguir lo que quisieran y había libros en los que se describían escenas de indescriptible salvajismo. Todo lo que descubrieron les hizo ver que los kander les habían mentido. Y si les habían mentido en eso ¿en qué otras cosas podían haberles engañado?.

Y si ellos se dieron cuenta en pocos días de todo esto, ¿cómo era que en cuarenta y dos años nadie lo había descubierto allá en la Tierra?.

La respuesta era simple, aunque muchos no se atrevían a aceptarla porque iba en contra de lo que habían creído durante toda su vida. Los kander les controlaban mentalmente. En la Tierra, cuando alguien descubría algo que iba en contra de las enseñanzas de los kander sentía tal sorpresa que los kander la detectaban de inmediato, le hacían olvidar lo que habían aprendido y esa persona seguía actuando según los Mandamientos. Incluso éstos, siempre habían sido normas imposibles de quebrantar. Nadie podía quebrantar un Mandamiento pues la simple idea de hacerlo provocaba un sentimiento de culpa que era inevitablemente detectado por los kander.

Andis descubrió con terror que, lejos de la influencia de los kander los Mandamientos SÍ podían ser quebrantados. Cualquiera podría mentir, desobedecer a un superior, incluso matar, sin que nada ni nadie se lo impidiera.

Tenían que volver a la Tierra lo antes posible, antes de que sus hombres se volvieran locos y se negaran a obedecer o decidieran matarse unos a otros. Pero no hubo tiempo. Algunos hombres, Karel y Lodren entre ellos, empezaron a pensar que si volvían a la Tierra los kander les matarían, para ellos sería más fácil que intentar volver a controlar unas mentes que habían aprendido demasiadas cosas en tan escaso tiempo. Algunos no creían, no querían creer nada de lo que habían descubierto, pero todos tenían miedo de que tal vez fuera verdad.

Karel decidió huir de los kander junto con los que quisieran seguirle. Un mes más tarde habían construido una nave que llevaría a los que deseasen regresar a la Tierra al antiguo aeropuerto de los Antepasados en el que habían construido la nave que los trajo aquí pero aunque fueron más de setenta hombres los que colaboraron en la construcción, sólo once se atrevieron a descender.

En Libertad quedaron sesenta y cuatro hombres pero no podrían permanecer allí mucho tiempo antes de que los kander volvieran a construir una segunda nave y subieran a reclamar la estación, y cuando lo hicieran sin duda matarían a todos los que se habían sublevado contra ellos.

Tenían que huir a algún sitio donde los kander no les pudiesen hallar, pero ¿dónde?.

Andis miró hacia Júpiter 4 y se dio cuenta de que se encontraba a su derecha, no ante ellos.

—¿Todo va bien? —preguntó.

—Sí, Andis.

—Deberíamos ir en dirección a Júpiter 4, ¿no?.

Un resignado suspiro surgió de los labios de Tricar mientras Draken sonreía con animación.

—Perdona, Andis. Si me lo permites puedo explicártelo yo.

—¿Es muy complicado?.

—En realidad, no.

—¡Já!. —exclamó Tricar.

—Vamos, Tricar, no es tan complicado una vez entiendes un poco de mecánica orbital.

—Ya. Por eso a ti te costó tres semanas entenderlo.

—Me costó tres semanas entender las ecuaciones pero el concepto...

—Esperad. —interrumpió Andis— Draken, ¿puedes explicarme ese concepto en cinco minutos?.

—Creo que necesitaría un poco más de tiempo. —contestó tras una vacilación.

—Pero el resultado será demostrar que dentro de ocho o diez horas los espejos estarán en las cercanías de Júpiter 4. ¿No es así?.

—Sí, desde luego.

—Bien, me habéis convencido.

Tricar volvió a los mandos conteniendo una sonrisa mientras Draken permanecía desconcertado y ligeramente frustrado. Andis comprendía la necesidad de Draken de explicar las cosas a quien no las sabía pues había sido adiestrado por los kander para ser un educador, igual que él había sido adiestrado para ser un ingeniero técnico y Tricar para ser navegante. Los conocimientos de Draken abarcaban muchas ramas científicas pero sin profundizar en ninguna lo cual le hacía apto para ser un auxiliar excelente en cualquier tipo de misión. Incluso había recibido algo de entrenamiento como piloto antes de la misión que les trajo a Libertad. Sólo el hecho de que en el accidente que mató a Kander murieran todos los pilotos menos Tricar hizo que Draken fuese actualmente el segundo piloto.

Andis volvió a fijar la vista en la cuarta luna de Júpiter. En el punto de Lagrange interno de la misma estaba el punto final de su viaje de cuatro meses de duración.

Cuando ya habían decidido huir de los kander captaron una señal de radio que transmitía un mensaje de una voz humana. En realidad lo habían venido recibiendo desde que montaron los equipos de radio en Libertad pero el ordenador no había avisado y sólo lo descubrieron por casualidad. El mensaje, tres escuetas palabras pronunciadas por una voz inconfundiblemente humana, se venía repitiendo cada tres días y medio de forma aparentemente automática. Un repaso a las efemérides estelares les hizo ver que el período de traslación de la cuarta luna de Júpiter coincidía con la periodicidad de dicho mensaje. Ya tenían a donde ir.

Lo que encontrarían allí lo ignoraban, tal vez una nave abandonada, quizás una estación orbital como Libertad... Sí tenían claro que no quedarían supervivientes pero al menos encontrarían un lugar donde vivieron los Antepasados y, al fin y al cabo, para huir lo mismo daba una dirección que otra.

Tricar detuvo los motores y, tras desenganchar la nave se alejó de ella. Se aseguró de que la trayectoria de los espejos era correcta y desconectó los motores gravitatorios, que consumían mucha energía, para conectar los iónicos.

—Tripulación, —informó dirigiéndose a los hombres que ocupaban la cabina de carga— hemos abandonado el vuelo inercial. Preparados para aceleración en dos minutos. Bien, Draken, —añadió— ocúpate tú del resto del camino.

Tomando los mandos, Draken calculó la órbita actual y el cambio necesario para interceptar la órbita de Júpiter 4 en el menor tiempo posible. Inició la secuencia y unos segundos después se alejó de los espejos que siguieron su camino llevados por la inercia. Ellos tomaron otra dirección, más cercana a la línea recta, y que en cuestión de dos horas les llevaría a la misma posición a la que llegarían los espejos ocho horas más tarde. Tuvo que corregir la trayectoria en una ocasión bajo la atenta mirada de Tricar que no hizo el menor gesto por corregirle.

Conforme se acercaban se fue haciendo cada vez más visible la estación hacia la que se dirigían. Estaba situada en la línea que unía Júpiter y su cuarta luna, en el punto de Lagrange interno. Era algo que ya les había sorprendido. En un sistema binario como la Tierra y la Luna había cinco puntos de Lagrange, puntos en los cuales cualquier objeto que llevase la velocidad adecuada seguiría una órbita perfectamente estable. En Júpiter existían veinte, cinco por cada una de sus lunas gigantes, pero la existencia de las otras lunas provocaba alteraciones gravitatorias que eliminaban dicha estabilidad. Ningún cuerpo permanecería fijo en los puntos de Lagrange de Júpiter durante mucho tiempo pues la existencia de las otras lunas lo harían salirse de él a no ser que se corrigiera su posición como mínimo cada cinco o diez años. Sin embargo la estación había permanecido allí durante los últimos cuarenta y dos años, desde la llegada de los kander. Tal vez las correcciones se realizaban de manera automática, quizás quedaran ordenadores que se encargasen de ello igual que de la transmisión que habían seguido recibiendo desde que la captaron por primera vez.

—Draken, ¿se detectan fuentes de energía?.

—Sí, Andis. Al parecer hay una fuente de neutrinos bastante importante en uno de los extremos de la estación. Quizás se trate de un reactor nuclear o atómico para generar energía, sabemos que los Antepasados solían usarlos. También se detecta un consumo bastante importante en ambos módulos.

—¿Podrían quedar Antepasados vivos en la estación?.

—No hay nada que lo indique así. Podría ser que las máquinas de la estación hayan seguido trabajando de forma automática desde la llegada de los kander.

Andis permaneció en silencio observando los monitores mientras la nave seguía acercándose a la estación.

Cuando los motores por fin se detuvieron quedaron estacionados a apenas doscientos metros de la estación.

—Andis, hemos llegado.

—Bien, Draken. ¿Crees que podrías atracar en el edificio del centro de la estación?.

—Sí. ¿Quieres que lo haga?.

—Aún no. Primero da una pasada alrededor de la misma. Hazme también un resumen de los parámetros de la estación.

Estación Espacial Galileo—Sí, Andis. —girando para apuntar hacia uno de los extremos, encendió un motor lateral que le mantuviese alineado con la torre mientras se dirigía con extrema lentitud hacia el módulo al que había apuntado. Era una maniobra difícil y tenía que concentrarse con bastante intensidad en ella, pero Tricar no le ofreció ninguna ayuda— La estación se compone de una torre de unos mil seiscientos metros de longitud en cuyos extremos hay dos estructuras similares de unos cuarenta mil metros cúbicos cada una. El análisis de neutrinos indica que su interior está compartimentado. Por la estructura interna suponemos que ésta hacia la que nos dirigimos está llena de dormitorios mientras el otro módulo podrían ser fábricas.

Se detuvo en su explicación para pasar por debajo del módulo y volver a girar en su camino de nuevo paralelo a la torre.

—Los módulos de los extremos parecen formados por siete prismas hexagonales adosados entre sí. Cada uno de ellos mide unos noventa metros de alto por veinte de arista. Esto hace un total de unos cinco mil cuatrocientos metros cúbicos por unidad. Por los análisis de neutrinos hemos visto que el prisma central apenas contiene mamparas de separación. Suponemos pues que sólo están habilitadas las unidades exteriores, dando un total de treinta y dos mil cuatrocientos metros cúbicos. Por los datos que hemos recibido al pasar junto a ellos parece que este módulo está dividido en veinticinco plantas de unos tres o cuatro metros de alta cada una. En tal caso, si suponemos una densidad de ocupación similar a la que había en Libertad, podemos presumir que estaría habitada por unas seiscientas o setecientas personas más o menos.

»La torre —continuó— tiene unos quince metros de diámetro y tiene varios tipos de refuerzo para soportar las tensiones de la rotación. El plano de la misma coincide con el plano de traslación de Júpiter 4. De todas formas la rotación es muy lenta, la fuerza centrífuga generada en los extremos apenas llegará a un cuarenta por ciento de la gravedad terrestre. En el centro de la torre hay un edificio que probablemente fuera usado... ¿Qué es eso?.

Tricar y Andis se incorporaron con rapidez en sus asientos observando como en el módulo central una compuerta que había estado cerrada unos minutos antes ahora estaba abierta.

—Tricar, detén la nave antes de pasar frente a la puerta.

—Draken, —ordenó éste tomando los controles— comprueba los escáneres. Mira si ha cambiado el consumo de energía en la estación.

—El consumo de energía ha aumentado en los últimos dos minutos. Detecto una fuente de neutrinos en el centro de la estación.

—¿Podría ser un reactor atómico?. —preguntó Andis.

—Puede ser, aunque no me explico cómo no lo hemos detectado antes. Es como si hubiera aparecido de repente. Confirmo que hace dos minutos no existía ninguna emisión de neutrinos desde la estación.

—¿Hay emisión de algún otro tipo de partículas?.

—No, Andis.

—Entonces debe tratarse de algún tipo de fusión nuclear. Pero debe ser de elementos muy básicos, quizás hidrógeno, helio o litio. ¿Se percibe algún cambio?.

—Ninguno. Salvo el repentino incremento de energía que se produjo hace escasos minutos, no han habido más cambios.

Andis guardó silencio mientras intentaba aclarar sus pensamientos. La apertura de la puerta de lo que al parecer era un hangar podía deberse a un mecanismo automático. Quizás la puerta estaba programada para abrirse al detectar una nave en las cercanías pero la fuente de neutrinos le desconcertaba.

—Andis, —murmuró Draken— ¿puede ser que haya Antepasados vivos ahí dentro?.

Andis no contestó. Era una posibilidad a tener en cuenta pero le parecía increíble que alguien hubiera podido sobrevivir al cabo de cuarenta y dos años.

—¿Entramos?. —preguntó Tricar tras algunos minutos de silencio.

—No. Por lo que sabemos los Antepasados eran bastante violentos. ¡No me gusta ésto!. ¿Y si se tratase de algún tipo de arma?.

—No creo que nos ataquen sin ningún motivo, Andis.

—¿Tú crees, Tricar?. Yo no estoy tan seguro. Me gustaría entrar. ¡Vamos a entrar!, pero no quiero arriesgar la nave. Colocaos al otro lado del módulo central mientras yo salto con parte de mi equipo a la estación. Después alejaos unos diez kilómetros y permaneced a la espera.

—Sí, Andis.

Levantándose de su asiento, éste se dirigió a la cabina de carga donde doce hombres más le esperaban tensos y preparados.

—Atención. Tilo, Bodio, Baltis y Tador, vendréis conmigo. Vamos a entrar en la estación. Es posible que haya Antepasados allí. También es posible que sean peligrosos así que no os fiéis de nada. ¿Entendido?.

—Sí, Andis.

Volviéndose hacia la puerta exterior de la cabina de carga, la abrió para asomarse al espacio. La estación seguía girando pero, gracias al movimiento rotatorio que Tricar le daba a la nave, parecía estar detenida mientras el resto del universo daba vueltas a su alrededor.

—Bodio y Tador, coged dos tornos. Enganchaos a mí en el mismo orden en el que os nombré.

Mientras sus hombres así lo hacían, apuntó un anclaje al módulo central de la estación y éste se alejó arrastrando una cuerda del torno de su cinturón. Una vez comprobado que el anclaje estaba firmemente sujeto a la superficie, saltó fuera de la nave recogiendo el cable hasta asegurar sus botas magnéticas en la pared exterior del hangar y esperó que se reuniera con él hasta el último hombre.

—Tricar, puedes alejarte.

La nave se alejó lentamente al principio pero acelerando de una manera uniforme.

—Bien. Bodio y Tador. Anclad los tornos uno a cada lado de esta pared.

Esperó mientras lo hacían. Esperaba no tener que utilizarlos, pero si descubrían que no podían pasar por la puerta, tendrían que descolgarse hacia los edificios de los extremos de las torres, donde existían varias compuertas similares.

Una vez los tornos soldados, se dirigió caminando hasta llegar a la esquina que daba a la pared donde estaba la compuerta.

—Andis, —oyó la voz de Draken— la emisión de neutrinos ha cesado.

“Quienquiera que sea ha desistido de su propósito.” pensó.

Algo más que eso pudo detectar al notar una leve vibración en la planta de los pies.

“Y están cerrando la puerta”.

Se agachó para torcer la esquina y vio que, efectivamente, la compuerta de lo que habían supuesto un hangar estaba cerrándose. Por un momento se sintió tentado a saltar por el quicio antes de que se terminara de cerrar pero al calcular que sus hombres no llegarían a tiempo decidió esperar a encontrar otro medio.

Tal como él había detectado las vibraciones del motor, los que hubieran dentro habrían oído sus pasos por la superficie metálica del exterior y era evidente que no estaban dispuestos a permitirles pasar. Buscó con la mirada Libertad y la encontró recortada contra el disco de Júpiter, a punto de sumergirse en su atmósfera.

—Karel, ¿puedes oirme?.

—Con algunas interferencias, pero te oigo. Dime, Andis.

—Estamos en el módulo central de la estación. Creemos que es una especie de hangar en cuyo interior hay Antepasados pero no me gusta cómo han actuado hasta ahora. Creo que no quieren tener nada que ver con nosotros.

—¿Has visto alguno?, ¿has intentado comunicarte con ellos?.

—No. Abrieron una compuerta pero no creo que fuese para que entremos. Al tomar contacto con el módulo central la volvieron a cerrar. En cuanto a comunicarnos con ellos, aún no hemos tenido ocasión de intentarlo.

—Lodren, ¿habría alguna manera de que los del interior oyesen el mensaje?.

—Bueno... sería más fácil si Andis estuviese en el interior. Desde fuera... si se pudiera modular la frecuencia de un desintegrador a baja potencia... No. No lo creo. Tendríamos que haberlo previsto y construido un altavoz sónico que pudiéramos adosar a las paredes de la estación para que nos oyesen. Con los medios que tiene Andis no creo que pueda hacer nada si no es entrando.

—¿Has oído, Andis?. Tendréis que entrar como sea. Si es necesario desintegrad la puerta del hangar.

—Sí, Karel.

—Podréis comunicaros con nosotros durante los próximos veinte minutos. Después entraremos de lleno en la atmósfera de Júpiter y no podremos recibir vuestra señal durante unas diez horas. Tened cuidado.

Andis cortó la comunicación y contempló a los hombres que ya se habían reunido con él en el borde de la puerta del hangar.

En Libertad solía haber siempre algún medio de abrir las compuertas desde fuera, pero alrededor de ésta no parecía haber ningún panel para la apertura manual de las mismas.

—Está bien. Tilo y Baltis, situaros en el extremo opuesto de la compuerta, vamos a abrir un agujero para pasar. Manteneos en todo momento fuera de la vista del interior.

Desengancharon las cuerdas que les unían a la cordada y se alejaron hacia donde había indicado Andis. Éste extendió ante sí la caja de herramientas que tenía bajo su mochila espacial y extrajo de ella un desintegrador volviendo a replegar la caja a su espalda. Por un momento recordó las muchas fotos que había visto de los Antepasados, de la cantidad de armas que solían tener. Si los habitantes de la estación tenían armas estarían en una clara ventaja sobre ellos. Podía ser peligroso ponerse ante ellos pero tampoco se le ocurría otro medio de comunicarse.

Eligió una zona lisa de la compuerta. Con un escáner comprobó que ésta tenía un grosor de unos dos centímetros y no parecía haber piezas móviles ni aparatos electrónicos en su interior. Graduó el desintegrador para perforar tres centímetros con un rayo de medio milímetro de grosor y comenzó a dibujar con él una circunferencia de algo más de un metro de diámetro. Los átomos disgregados formaron una tenue nube que se iba disolviendo en el espacio conforme la rotación los alejaba hacia el infinito. Al terminar, colgó el desintegrador de un espigón de su cinturón y tomó un gancho magnético. Adosándolo a la placa circular, tiró de ella y la apartó a un lado.

—Bodio, sujeta esta placa en la pared, fuera de la puerta.

—Sí, Andis. —respondió éste tomándola por el borde.

Volvió a enganchar en su cinturón el gancho magnético y con cuidado, procurando no asomar demasiado de su cuerpo, atisbó el interior del hangar.

Un repentino estruendo le sobresaltó al tiempo que sintió como si su casco hubiera chocado fuertemente con algo. Se apartó a un lado de la puerta con rapidez sintiendo el ensordecedor retumbar de algo que había chocado con su casco a una tremenda velocidad.

—¿Estás bien, Andis?. —preguntó Bodio a su lado.

Intentó tranquilizarse en lo posible. Observando el cristal de su casco detectó una pequeña grieta casi frente a su mirada. ¡Si el cristal se hubiese roto...!

—¿Qué ha sido eso?. ¿Alguien ha visto algo?.

—No, Andis. Sólo te hemos visto saltar como si algo te hubiese golpeado aunque no hemos visto nada.

“Y tampoco lo han oído, claro.

El ordenador de su traje, al no reconocer el sonido como una orden suya, no se había molestado en transmitirlo a los demás y, en el vacío del espacio, sólo él había oído el impacto.

Zumbándole aún los oídos, pidió al ordenador que le repitiese las imágenes que la cámara de su casco hubiese podido captar en el interior del hangar. Tras una hilera de cajas de almacenaje había alguien vestido con un tosco traje espacial que le apuntaba con algo parecido a un lanzador neumático. Detuvo y amplió la imagen y pudo reconocer un rifle como los que había visto en algunas revistas que encontraron en la estación y que parecían destinadas a explicar el funcionamiento de varios tipos de armas.

¡Le habían disparado!. Sin provocación de ningún tipo, antes siquiera de haber hablado con ellos habían querido matarle. Furioso contra tan estúpido y criminal proceder se preguntó como podrían entrar. La bala no había conseguido quebrar el cristal del casco pero si le hubiese dado en el traje habría muerto de descompresión y frío al escapar el aire del interior. Terminó de repasar la grabación comprobando que en el interior del hangar no parecía haber nadie más.

Podrían haber más Antepasados pero entonces ¿no estarían también allí intentando impedir que entraran?. Eso sería lo más lógico y el hecho de que sólo hubiera uno en el hangar parecía indicar que quizás no hubiera más Antepasados así que no podría controlar todas las posibles entradas.

—Atención todos. Dentro de la estación hay un Antepasado armado. Es posible que haya más. No os pongáis en ningún caso ante ellos mientras exista la posibilidad de que estén armados. Tilo y Baltis, volved a la pared opuesta y descolgaros por la torre hasta el módulo de dormitorios. Buscad alguna entrada pero si la encontráis no intentéis entrar. Haced todo el ruido que podáis, quizás consigamos que el Antepasado que hay aquí se vaya a buscaros. Estaremos en contacto y, si realmente habéis encontrado una entrada, no paséis al interior hasta que yo os avise. ¿Entendido?.

—Sí, Andis.

Andis los observó mientras se dirigían al borde de la pared y se agachaban para pasar a la adyacente. Al perderlos de vista dijo:

—Bodio, vuelve a traer la placa. Tador, quítate la cámara derecha.

Mientras ambos obedecían sus órdenes recapacitó sobre el plan que acababa de elaborar. Al principio había pensado entrar en el hangar oculto tras la chapa de metal que habían recortado. El Antepasado que les había disparado estaba oculto tras unas cajas así que debía creer que ellos estaban armados. Si conseguía acercarse lo suficiente quizás pudiera forcejear con él para arrebatarle el arma aunque no creía que fuera posible. Pero si Tilo y Baltis armaban un buen revuelo en el casco, quizás atrajesen hacia allí al Antepasado permitiéndoles entonces pasar por esta puerta.

Con el desintegrador hizo un agujero de unos tres centímetros cerca del borde de la placa metálica y, con un poco de masilla de soldar, sujetó la cámara apuntando directamente a través del mismo.

Asomó lentamente la placa por el borde del agujero que habían hecho y sintió varios impactos en la misma mientras la sujetaba con fuerza.

Sonrió mientras veía en una de sus pantallas cómo el Antepasado doblaba el arma, supuso que para volver a cargarla. Debía estar bastante nervioso, por la forma en que se movía, tanto que varias balas salieron flotando de sus manos antes que pudiera meterlas en la recámara del rifle.

“Una. Dos. Tres. Cuatro.“ contó mentalmente las balas que metía en la recámara antes de cerrarla.

Quizás el rifle contenía más balas antes, aunque no lo creía. Durante bastante tiempo había estudiado el mecanismo de las armas de los Antepasados por las fotos, dibujos y diagramas de funcionamiento que había encontrado en aquellas revistas. Había sentido deseos de fabricar una para comprobar si realmente entendió el mecanismo aunque el hecho de pensar en construir algo cuyo único fin era matar a otras personas le había revuelto las tripas de tal forma que desistió de ello. Ahora en cambio lamentaba no haberlo hecho, no estarían desarmados ante un hombre que quería matarlos antes siquiera de haberlos visto.

El Antepasado no disparó. Si bien había sido sorprendido por la placa que asomaba por el agujero de la puerta, se había dado cuenta de la inutilidad de sus disparos. Andis esperó pacientemente mientras le observaba.

El cristal tintado de su casco le impedía verle el rostro aunque sí percibió una oscura silueta en su interior.

—Andis. Hemos llegado al techo del módulo. Hay aquí una puerta que se puede abrir manualmente desde el exterior. El diseño es el mismo que el de la base de las torres de Libertad.

—Bien. No intentéis entrar aún. Golpead el casco con algo metálico, haced todo el ruido que podáis.

A través de la superficie del hangar comenzaron a llegar hasta él débiles vibraciones que sonaban apagadas por la distancia. Casi novecientos metros separaban los dos módulos pero las percusiones se transmitían de manera casi instantánea hasta allí. El Antepasado también debería sentirlas, un par de veces volvió la cabeza hacia una puerta que había en un rincón del hangar pero no parecía decidido a irse.

—Está bien, Tilo. Intentad entrar, yo os avisaré si el Antepasado se va de aquí.

—Sí, Andis.

Mientras en una de las pantallas que tenía ante él observaba al Antepasado, pidió al ordenador que en la otra le mostrara las imágenes tomadas por la cámara frontal de Tilo.

Éste alzó dos palancas de un panel y comenzó a girar la rueda que abriría la puerta. Cuando estuvo completamente abierta, pasaron al interior y volvieron a cerrarla usando un panel similar que había dentro.

En la pared de enfrente había otra puerta con su correspondiente panel de mandos al lado. Tilo se dirigió hacia él. Al alzar la primera palanca oyeron el siseo de las bombas de aire que llenaron la habitación. Iba a bajar la segunda palanca cuando la puerta se abrió de repente.

Andis estuvo a punto de gritarle a Tilo y Baltis que se apartaran de la puerta pero no pudo articular el menor sonido al ver en el umbral la figura de un niño negro de unos doce años vestido con camisa y pantalones cortos que les hacía gestos con las manos.

   

Perdón por la interrupción

La Ley me obliga a darte el siguiente

Aviso Legal

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación.

Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.

Si lo desea, puede Ampliar Información

Aceptar Cookies

Bienvenidos a MasLibertad | ¿Quién soy yo? | Cartas al Autor | Aviso Legal sobre Cookies