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Evangelio de Pseudo-Mateo. XLI Curación de Jacobo XLII Jesús y su familia

Creada16-06-2013
Modificada16-08-2015
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Mayo2

Evangelio del Pseudo-Mateo

XLI Curación de Jacobo

  1. Y fueron a la ciudad que se llama Bethlehem, y José estaba en su casa con María, y Jesús con ellos.
    Y un día José llamó a Jacobo, su primogénito, y lo envió a la huerta a recoger legumbres para hacer un potaje. Jesús siguió a su hermano a la huerta, y José y María no lo sabían.
    Y he aquí que, mientras Jacobo recogía las legumbres, una víbora salió de un agujero, y mordió la mano del muchacho, que se puso a gritar, por el mucho dolor. Y, ya desfalleciente, clamaba con voz llena de amargura:
    — ¡Ah, una malvada víbora me ha herido la mano!
  2. Pero Jesús, que estaba al otro lado, corrió hacia Jacobo, al oír su grito de dolor, y le tomó la mano, sin hacerle otra cosa que soplarla encima, y refrescarla. Y en seguida Jacobo fue curado, y la serpiente murió.
    Y José y María no sabían lo que pasaba. Pero a los gritos de Jacobo, y al mandárselo Jesús, corrieron a la huerta, y vieron a la serpiente ya muerta y a Jacobo perfectamente curado.

XLII Jesús y su familia

  1. Cuando José iba a un banquete con sus hijos, Jacobo, José, Judá y Simeón, y con sus dos hijas, y con Jesús y María, su madre, iba también la hermana de ésta, María, hija de Cleofás, que el Señor Dios había dado a su padre Cleofás y a su madre Ana, porque habían ofrecido al Señor a María, la madre de Jesús. Y esta María había sido llamada con el mismo nombre de María para consolar a sus padres.
  2. Siempre que estaban reunidos, Jesús los santificaba, y los bendecía, y comenzaba el primero a comer y a beber. Porque ninguno osaba comer, ni beber, ni sentarse a la mesa, ni partir el pan, hasta que Jesús, habiéndolos bendecido, hubiere hecho el primero estas cosas.
    Si por casualidad no estaba allí, esperaban que lo hiciese. Y, cada vez que él quería aproximarse para la comida, se aproximaban también José y María y sus hermanos, los hijos de José.
    Y estos hermanos, teniéndolo ante sus ojos como una luminaria, lo observaban y lo temían. Y, mientras Jesús dormía, fuese de día o de noche, la luz de Dios brillaba sobre él.
    Alabado y glorificado sea por los siglos de los siglos.
    Amén.

Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Edmundo González Blanco

 

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