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Evangelio de Pseudo-Mateo. XXXVIII Explicación del alfabeto y XXXIX El niño Jesús explica la Ley

Creada16-06-2013
Modificada16-08-2015
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Abril3

Evangelio del Pseudo-Mateo

XXXVIII Explicación del alfabeto

  1. Por segunda vez pidió el pueblo a José y María que enviasen a Jesús a aprender las letras a la escuela. No se negaron a hacerlo, y, siguiendo el orden de los ancianos, lo llevaron a un maestro para que lo instruyese en la ciencia humana. Y el maestro comenzó a instruirlo con un tono imperioso, ordenándole:
    — Di Alpha.
    Pero Jesús le contestó:
    — Dime primero qué es Beth, y te diré qué es Alpha.
    Y el maestro, irritado, pegó a Jesús, y, apenas lo hubo tocado, cuando murió.
  2. Y Jesús volvió a casa de su madre. José, aterrado, llamó a María y le dijo:
    — Mi alma está triste hasta la muerte por causa de este niño. Porque puede ocurrir que cualquier día alguien lo hiera a traición, y muera.
    Pero María, respondiéndole, dijo:
    — Hombre de Dios, no creo que eso pueda pasar, antes creo con certeza que aquel que lo ha enviado para nacer entre los hombres lo protegerá contra toda malignidad, y lo conservará en su nombre al abrigo del mal.

XXXIX El niño Jesús explica la Ley

  1. Por tercera vez rogaron los judíos a María y a José que condujeran con dulzura al niño a otro maestro, para ser instruido. Y José y María, temiendo al pueblo, a la insolencia de los príncipes y a las amenazas de los sacerdotes, lo llevaron de nuevo a la escuela, aun sabiendo que nada podía aprender de un hombre el que tenía de Dios una ciencia perfecta.
  2. Cuando Jesús hubo entrado en la escuela, guiado por el Espíritu Santo, tomó el libro de manos del maestro que enseñaba la Ley, y en presencia de todo el pueblo, que lo veía y oía, se puso a leer no lo que estaba escrito en el libro, sino que hablaba en él el espíritu de Dios vivo, como si un torrente de agua brotase de una fuente viva, y como si esa fuente estuviese siempre colmada.
    Y enseñó al pueblo con tanta energía la grandeza de Dios, que el mismo maestro cayó a tierra, y lo adoró. Pero el corazón de los que allí estaban, y lo habían oído hablar, fue presa del estupor. Y cuando José lo hubo oído, fue corriendo hacia Jesús, temeroso de que el maestro muriese. Y, viéndolo, el maestro dijo:
    — No me has dado un discípulo, sino un maestro. ¿Quién sostendrá la fuerza de sus palabras?
    Entonces se cumplió lo que fue dicho por el salmista: El río de Dios está lleno de agua. Tú has preparado su nutrición, porque así es como se prepara.
 

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