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Evangelio de Pseudo-Mateo. XXV Regreso de Egipto a Judea y XXVI Juegos del niño Jesús

Creada16-06-2013
Modificada16-08-2015
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Septiembre5

Evangelio del Pseudo-Mateo

XXV Regreso de Egipto a Judea

  1. Poco tiempo más tarde, el ángel dijo a José:
  2. — Vuelve al país de Judá, pues muertos son los que querían la vida del niño.

XXVI Juegos del niño Jesús

  1. Después de su vuelta de Egipto, y estando en Galilea, Jesús, que entraba ya en el cuarto año de su edad, jugaba un día de sábado con los niños a la orilla del Jordán.
    Estando sentado, Jesús hizo con la azada siete pequeñas lagunas, a las que dirigió varios pequeños surcos, por los que el agua del río iba y venía. Entonces uno de los niños, hijo del diablo, obstruyó por envidia las salidas del agua, y destruyó lo que Jesús había hecho. Y Jesús le dijo:
    — ¡Sea la desgracia sobre ti, hijo de la muerte, hijo de Satán! ¿Cómo te atreves a destruir las obras que yo hago? Y el que aquello había hecho murió.
  2. Y los padres del difunto alzaron tumultuosamente la voz contra José y María, diciendo:
    — Vuestro hijo ha maldecido al nuestro, y éste ha muerto.
    Y, cuando José y María los oyeron, fueron en seguida cerca de Jesús, a causa de las quejas de los padres, y de que se reunían los judíos. Pero José dijo en secreto a María:
    — Yo no me atrevo a hablarle, pero tú adviértelo y dile: ¿Por qué has provocado contra nosotros el odio del pueblo y nos has abrumado con la cólera de los hombres?
    Y su madre fue a él, y le rogó, diciendo:
    — Señor, ¿qué ha hecho ese niño para morir?
    Pero él respondió:
    — Merecía la muerte, porque había destruido las obras que yo hice.
  3. Y su madre le insistía, diciendo:
    — No permitas, Señor, que todos se levanten contra nosotros.
    Y él, no queriendo afligir a su madre, tocó con el pie derecho la pierna del muerto, y le dijo:
    — Levántate, hijo de la iniquidad, que no eres digno de entrar en el reposo de mi Padre, porque has destruido las obras que yo he hecho.
    Entonces, el que estaba muerto, se levantó, y se fue. Y Jesús, por su potencia, condujo el agua por unos surcos a las pequeñas lagunas.
 

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