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Evangelio de Pseudo-Mateo. XIV El buey y el asno del pesebre XV La Circuncisión

Creada16-06-2013
Modificada16-08-2015
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Julio3

Evangelio del Pseudo-Mateo

XIV El buey y el asno del pesebre

  1. El tercer día después del nacimiento del Señor, María salió de la gruta, y entró en un establo, y depositó al niño en el pesebre, y el buey y el asno lo adoraron.
    Entonces se cumplió lo que había anunciado el profeta Isaías:
    "El buey ha conocido a su dueño y el asno el pesebre de su señor".
  2. Y estos mismos animales, que tenían al niño entre ellos, lo adoraban sin cesar.
    Entonces se cumplió lo que se dijo por boca del profeta Habacuc:
    "Te manifestarás entre dos animales".
    Y José y María permanecieron en este sitio con el niño durante tres días.

XV La circuncisión

  1. El sexto día entraron en Bethlehem, donde pasaron el séptimo día. El octavo, circuncidaron al niño, y lo llamaron Jesús, como lo había denominado el ángel antes de su concepción. Cuando se cumplieron, según la ley de Moisés, los días de la purificación de María, José condujo al niño al templo del Señor. Y, como el niño había sido circunciso, ofrecieron por él dos tórtolas y dos pichones.
  2. Y había en el templo un hombre de Dios, perfecto y justo, llamado Simeón, y de edad de ciento doce años. Y el Señor le había hecho saber que no moriría sin haber visto al Cristo, hijo de Dios encarnado. Cuando hubo visto al niño, gritó en alta voz:
    — Dios ha visitado a su pueblo y el Señor ha cumplido su promesa.
    Y adoró al niño.
    Luego, tomándolo en su manto, lo adoró otra vez, y le besó los pies, diciendo:
    — Ahora, Señor, deja partir a tu servidor en paz, según tu promesa, puesto que mis ojos han visto tu salvación, que has preparado a la faz de todos los pueblos: Luz que debe disipar las tinieblas de las naciones, e ilustrar a Israel, tu pueblo.
  3. Había también en el templo del Señor una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, que había vivido con su marido siete años después de su virginidad, y que era viuda hacía ochenta y cuatro años. Nunca se había alejado del templo del Señor, entregándose siempre a la oración y al ayuno. Y, acercándose, adoró al niño, y proclamó que era la redención del siglo.
 

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