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Protoevangelio de Santiago. XIX El hijo de María, en la gruta. XX Imprudencia de Salomé

Creada17-06-2013
Modificada28-07-2015
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Julio2

Protoevangelio de Santiago

XIX El hijo de María, en la gruta

  1. Y he aquí que una mujer descendió de la montaña, y me preguntó:
    — ¿Dónde vas?
    Y yo repuse:
    — En busca de una partera judía.
    Y ella me interrogó:
    — ¿Eres de la raza de Israel?
    Y yo le contesté:
    — Sí.
    Y ella replicó:
    — ¿Quién es la mujer que pare en la gruta?
    Y yo le dije:
    — Es mi desposada.
    Y ella me dijo:
    — ¿No es tu esposa?
    Y yo le dije:
    — Es María, educada en el templo del Señor, y que se me dio por mujer, pero sin serlo, pues ha concebido del Espíritu Santo.
    Y la partera le dijo:
    — ¿Es verdad lo que me cuentas?
    Y José le dijo:
    — Ven a verlo.
    Y la partera siguió.
  2. Y llegaron al lugar en que estaba la gruta, y he aquí que una nube luminosa la cubría. Y la partera exclamó:
    — Mi alma ha sido exaltada en este día, porque mis ojos han visto prodigios anunciadores de que un Salvador le ha nacido a Israel.
    Y la nube se retiró en seguida de la gruta, y apareció en ella una luz tan grande, que nuestros ojos no podían soportarla. Y esta luz disminuyó poco a poco, hasta que el niño apareció, y tomó el pecho de su madre María. Y la partera exclamó:
    — Gran día es hoy para mí, porque he visto un espectáculo nuevo.
  3. Y la partera salió de la gruta, y encontró a Salomé, y le dijo:
    — Salomé, Salomé, voy a contarte la maravilla extraordinaria, presenciada por mí, de una virgen que ha parido de un modo contrario a la naturaleza.
    Y Salomé repuso:
    — Por la vida del Señor mi Dios, que, si no pongo mi dedo en su vientre, y lo escruto, no creeré que una virgen haya parido.

XX Imprudencia de Salomé

  1. Y la comadrona entró, y dijo a María:
    — Disponte a dejar que ésta haga algo contigo, porque no es un debate insignificante el que ambas hemos entablado a cuenta tuya.
    Y Salomé, firme en verificar su comprobación, puso su dedo en el vientre de María, después de lo cual lanzó un alarido, exclamando:
    — Castigada es mi incredulidad impía, porque he tentado al Dios viviente, y he aquí que mi mano es consumida por el fuego, y de mí se separa.
  2. Y se arrodilló ante el Señor, diciendo:
    — ¡Oh Dios de mis padres, acuérdate de que pertenezco a la raza de Abraham, de Isaac y de Jacob! No me des en espectáculo a los hijos de Israel, y devuélveme a mis pobres, porque bien sabes, Señor, que en tu nombre les prestaba mis cuidados, y que mi salario lo recibía de ti.
  3. Y he aquí que un ángel del Señor se le apareció, diciendo:
    — Salomé, Salomé, el Señor ha atendido tu súplica. Aproxímate al niño, tómalo en tus brazos, y él será para ti salud y alegría.
  4. Y Salomé se acercó al recién nacido, y lo incorporó, diciendo:
    — Quiero prosternarme ante él, porque un gran rey ha nacido para Israel.
    E inmediatamente fue curada, y salió justificada de la gruta. Y se dejó oír una voz, que decía:
    — Salomé, Salomé, no publiques los prodigios que has visto, antes de que el niño haya entrado en Jerusalén.
 

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