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Protoevangelio de Santiago. XVII Visión de los dos pueblos. XVIII Pausa en la naturaleza

Creada17-06-2013
Modificada28-07-2015
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Octubre8

Protoevangelio de Santiago

XVII Visión de los dos pueblos

  1. Y llegó un edicto del emperador Augusto, que ordenaba se empadronasen todos los habitantes de Bethlehem de Judea. Y José dijo:
    — Voy a inscribir a mis hijos. Pero ¿qué haré con esta muchacha? ¿Cómo la inscribiré? ¿Como mi esposa? Me avergonzaría de ello. ¿Como mi hija? Pero todos los hijos de Israel saben que no lo es. El día del Señor será como quiera el Señor.
  2. Y ensilló su burra, y puso sobre ella a María, y su hijo llevaba la bestia por el ronzal, y él los seguía. Y, habiendo caminado tres millas, José se volvió hacia María, y la vio triste, y dijo entre sí de esta manera:
    «Sin duda el fruto que lleva en su vientre la hace sufrir».
    Y por segunda vez se volvió hacia la joven, y vio que reía, y le preguntó:
    — ¿Qué tienes, María, que encuentro tu rostro tan pronto entristecido como sonriente?
    Y ella contestó:
    — Es que mis ojos contemplan dos pueblos, uno que llora y se aflige estrepitosamente, y otro que se regocija y salta de júbilo.
  3. Y, llegados a mitad de camino, María dijo a José:
    — Bájame de la burra, porque lo que llevo dentro me abruma, al avanzar.
    Y él la bajó de la burra, y le dijo:
    — ¿Dónde podría llevarte, y resguardar tu pudor? Porque este lugar está desierto.

XVIII Pausa en la naturaleza

  1. Y encontró allí mismo una gruta, e hizo entrar en ella a María. Y, dejando a sus hijos cerca de ésta, fue en busca de una partera al país de Bethlehem.
  2. Y yo, José, avanzaba, y he aquí que dejaba de avanzar. Y lanzaba mis miradas al aire, y veía el aire lleno de terror. Y los elevaba hacia el cielo, y lo veía inmóvil, y los pájaros detenidos.
    Y los bajé hacia la tierra, y vi una artesa, y obreros con las manos en ella, y los que estaban amasando no amasaban. Y los que llevaban la masa a su boca no la llevaban, sino que tenían los ojos puestos en la altura.
    Y unos carneros conducidos a pastar no marchaban, sino que permanecían quietos, y el pastor levantaba la mano para pegarles con su vara, y la mano quedaba suspensa en el vacío. Y contemplaba la corriente del río, y las bocas de los cabritos se mantenían a ras de agua y sin beber.
    Y, en un instante, todo volvió a su anterior movimiento y a su ordinario curso.
 

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