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Si los seres vivos no murieran no habría habido evolución y por tanto no hubiéramos llegado a existir.

Creada02-12-2008
Modificada02-06-2015
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¿Por qué Morimos?

Si hay una constante en la vida, asumida por todo el mundo, es la presencia de la muerte.

Todos los organismos vivos nacen, crecen, se reproducen, envejecen y mueren.

La causa de que ocurra este proceso es que los genes de los seres vivos complejos están programados para morir, y de una forma bastante ingeniosa.

Los seres vivos, en los órganos reproductores, fabrican óvulos o espermatozoides. Cada óvulo o espermatozoide contiene en su seno la mitad de la dotación genética del padre o madre, pero tomados por pares de cromosomas, y como estamos hablando en el caso de los humanos, de coger la mitad de los cromosomas, pero elegidos al azar, un organismo con 23 pares de cromosomas podría generar 2²³, es decir, ocho millones de combinaciones posibles sin que se repita ninguna. Es decir, que en una eyaculación masculina normal, con entre 200 y 400 MM de espermatozoides habrá entre 25 y 50 espermatozoides de cada posible combinación.

Al unirse los cromosomas de un macho y una hembra, se vuelve a formar una célula con 23 pares de cromosomas, y de cada par de cromosomas, uno procede del padre y el otro de la madre.

En el extremo de estos cromosomas existen una serie de 'telómeros' que son los que producen unas moléculas que, al entrar en contacto con los otros cromosomas hacen que estos empiecen a dividirse, iniciando un proceso que dura unos veinte minutos y cuyo resultado es que se generan DOS células idénticas a la original.

Pero no totalmente idénticas, pues al culminar el proceso de replicación se pierden varios telómeros del final del cromosoma.

La célula inicial, producida tras la concepción, tiene unos 2000 telómeros por cromosoma. Las condiciones en que se gastan con cada replicación y en que pierden la capacidad de iniciar la replicación, hace que cada célula tiene aproximadamente unas 50 vidas, es decir, que puede dar lugar a 50 generaciones de células. Cuando se divida, sus dos células hijas tendrán 49 vidas, las hijas de éstas 48, y así sucesivamente. Cuando por fin se agoten todas las vidas, las células ya no podrán volver a dividirse.

El organismo humano está formado por billones de células, pero cada una de estas células, según dónde se encuentre y el ambiente bioquímico en que esté inmersa se comportará de una forma u otra. Hay unas 120 clases de células diferentes, es decir, que cada célula, aunque contiene los mismos 23 pares de cromosomas, dependiendo de dónde se encuentre será de una forma u otra, su comportamiento también variará, así como sus funciones. Así se diferencian las células óseas de las neuronas o de las células hepáticas. Cada una realiza su función según el entorno en que se encuentre.

A partir de la concepción, y hasta la octava replicación, se ha formado un organismo de 256 células, todas iguales, y a cada una de ellas le quedan 42 vidas, es decir, que aún se podrían reproducir 42 veces más hasta alcanzar el límite máximo de mil Billones (1e15) de células, pero a partir de la octava replicación se empieza a producir la diferenciación celular.

Las células que se han de convertir en neuronas se reproducirán con bastante rapidez, de forma que cuando llegue el momento del nacimiento el recién nacido ya tenga todas las neuronas que va a tener a lo largo de su vida, pero sólo un determinado porcentaje están plenamente desarrolladas y activas. Las demás están en un estado latente, sin producir axon ni dendritas ni enlazarse con las demás neuronas.

Conforme el niño vaya creciendo las neuronas activas van aumentando de tamaño y una cantidad determinada de neuronas latentes se van activando, extendiendo un axon y cientos de dendritas para conectarse mediante sinapsis con otras neuronas.

Se verifica un ciclo de más rápido crecimiento hacia los seis años y otro sobre los trece años.

El hecho de que un niño de doce años, que ya ha aprendido a sacarle un alto rendimiento a su cerebro se encuentre de repente con varios cientos de millones de neuronas adicionales que deben enlazarse con las neuronas preexistentes abriendo nuevos canales de procesamiento de información, hace que los niños pasen por una fase en la que sus reflejos, su capacidad de comprensión, su memoria, son puestos a prueba y el niño, que observa de repente que su rendimiento ha disminuido de forma incomprensible, siente una inseguridad y una frustración que, en términos coloquiales, es lo que se conoce como "la edad del pavo".

Pasada esta fase, cada vez se activan nuevas neuronas con menos velocidad hasta que al llegar a los 22 o 24 años se dejan de activar nuevas neuronas. A partir de ese momento el número de neuronas activas no hace más que disminuir, pero con suficiente lentitud como para que la disminución del número de neuronas no provoque la disminución de las facultades mentales.

Al contrario, como las neuronas ya existentes siguen desarrollando nuevas dendritas, nuevos canales de comunicación con otras neuronas, la inteligencia y la capacidad cerebral continúan desarrollándose a lo largo de muchos años. 

Llega un momento sin embargo en que las neuronas existentes no crean nuevos canales con la suficiente rapidez para compensar la pérdida de neuronas. A partir de ese momento se empieza a producir un declive de la capacidad mental, declive que cada vez irá en aumento hasta sumir a la persona en un estado casi vegetativo.

Este proceso es inevitable, pero afortunadamente suele ser más largo de lo que dura la vida media de una persona. Puede haber casos en los que la senilidad afecte a una persona a partir de los 60 años pero otras no llegaran a este punto hasta los 100 ó 130 años o aún más.

Otros tipos de células tienen distinto desarrollo, las hepáticas, por ejemplo no pasan por fases de tan acusado crecimiento, de ahí que aún al cabo de cien años pueden seguir operando con bastante eficiencia, y aún en el caso de que a una persona de 50 años se le extirpe medio hígado, este puede regenerarse casi por completo en cuestión de unos pocos años.

Cada clase de célula tiene un distinto ritmo de desarrollo, pero hagamos notar que esto no significa que todas las células tengan las mismas vidas, si esto fuera así todas las células de un mismo tipo agotarían sus vidas casi al mismo tiempo.

No, cuando se forma un órgano, por ejemplo, un hígado, algunas células se multiplican con bastante rapidez para formar un tejido, mientras que otras quedan rezagadas, consumiendo menos vidas. Conforme las células pierden todas sus vidas y van muriendo, son sustituidas en el tejido por otras células del mismo tipo a las que aún les quedan más vidas y que realizan la misma función.

¿Por qué mueren las células?

Cuando una célula realiza una función determinada, dicha función significa casi siempre, intercambiar sustancias, productos, moléculas con el exterior. Procesarlas de alguna forma y expulsar el producto resultante y los restos.

Sin embargo algunos procesos celulares no son absolutamente perfectos en su rendimiento y suelen quedar sustancias que la célula no es capaz de procesar pero que por sus características moleculares tampoco puede expulsar. El interior de la célula es un fluido en el que flotan moléculas y orgánulos, y cuando estos desechos se acumulan en una cantidad excesiva la célula puede llegar a morir, literalmente enterrada en basura.

Sin embargo, cuando se divide en dos células hijas, la cantidad de basura que había en una célula se divide en dos. Con ese nivel de toxinas las dos células hijas pueden seguir viviendo hasta que se vuelvan a acumular más toxinas de las que puedan soportar, en cuyo momento volverán a dividirse... hasta que agoten todas sus vidas.

Cuando esto ocurra la célula dejará de funcionar, morirá y se desintegrará. Los ubicuos glóbulos blancos recogerán los pedazos y los llevarán por el torrente sanguíneo hasta el hígado o los riñones, donde serán filtrados y expulsados del organismo.

El hueco que dejan las células muertas es ocupado por otras células de la misma clase pero a las que aún les quedan bastantes vidas y que hasta ese momento se habían mantenido a la espera de empezar a realizar su labor.

Algo similar vemos que ocurre en la piel, por ejemplo. Las células de la epidermis apenas viven una semana antes de morir y ser expulsadas en forma de caspa, que solo percibimos cuando, cubierta de grasa, nos cae de entre las raíces del pelo.

Pero esas mismas células, en capas más profundas apenas se reproducen, teniendo aún muchas de ellas entre quince y veinte vidas. Solo un pequeño porcentaje de las células más cercanas al exterior del cuerpo son "aceleradas" y empiezan a reproducirse hasta que, una vez descamadas las células que tenían por encima quedan al descubierto convirtiéndose en una nueva célula epitelial, célula que apenas permanecerá una semana sujeta hasta que acabe soltándose y cayendo en forma de polvo o caspa.

Las células que forman parte de los órganos reproductores tienen una particularidad, y es que en la fabricación de óvulos y espermatozoides cogen su dotación genética actual y les añaden los telómeros que necesiten hasta alcanzar los 2000 telómeros necesarios para que, al unirse con otro óvulo o espermatozoide tengan los telómeros que va a necesitar para que los hijos tengan este mismo desarrollo.

Por otro lado, casi desde el principio del desarrollo, queda un cierto porcentaje de células no diferenciadas en el organismo. Estas células no diferenciadas están repartidas por todo el organismo y no se reproducen, por lo que aún cuentan con muchas vidas, y en condiciones extraordinarias, como la amputación de un miembro, la pérdida de un órgano o una enfermedad grave, se incorporan al órgano en que se encuentran y se convierten en células óseas, neuronas o hepáticas. Este reservorio de células madre puede hacer que una persona afectada por una enfermedad casi mortal pueda posteriormente curarse y recuperar la funcionalidad perdida.

Es decir, que en condiciones normales una persona de 60 años tendrá algunas células ya sin telómeros y sin capacidad de reproducirse y recuperarse, pero seguirá teniendo otras células que podrían seguir viviendo durante muchos años, y aún contará con su reservorio de células madre que podrán mantener una salud más o menos estable hasta una edad bastante avanzada.

Hasta que, eventualmente, todos los telómeros y las células madre de algún tejido o de algún órgano del cuerpo, o de varios, se agoten y las células muertas dejen de ser sustituidas, creando complicaciones que inevitablemente producirán la muerte del individuo.


¿Por qué motivo los organismos vivos usan este mecanismo?

¿Por qué se tienen que perder telómeros en cada replicación hasta producir inevitablemente la decrepitud y la muerte?

Si alguna mutación genética hubiera producido unas células que no perdieran telómeros en la replicación y que pudieran expulsar las toxinas que va acumulando durante su ciclo vital ¿no hubiera sido esto un valor añadido que hubiera dado ventaja a estas células y, a través de la selección natural, hubiera reemplazado con ventaja al sistema que nos condena a una muerte inevitable?

Sorprendentemente, la respuesta es que no.

Supongamos que en algún momento de la evolución hubiera surgido un organismo que no envejeciera.

Este organismo sería inmortal, solo moriría por la acción de depredadores, pero su índice de mortalidad sería muy bajo.

Tendría hijos, y cuando estos crecieran se independizarían para buscar un nuevo hábitat donde vivir y reproducirse.

Tarde o temprano, el hábitat que puedan habitar estos organismos estará lleno y entonces empezará la lucha por el espacio vital. La lucha en este caso sería desigual, pues si un organismo más joven se tiene que enfrentar con otro más viejo que tenga la misma fuerza, pero mucha más experiencia, quien sin duda vencerá será el de más edad.

De esa forma se crearía un ecosistema habitado por organismos cada vez de más edad, pero no viejos, mientras que los más jóvenes tienen cada vez menos posibilidades de llegar a una edad avanzada.

Podemos imaginar una situación así, pero la consecuencia fundamental es que dicha especie dejará de evolucionar.

Las especies evolucionan y se adaptan al medio teniendo hijos distintos a los padres. Algunos de estos hijos tendrán alguna capacidad que le de ventaja sobre los otros organismos de su especie, mientras que otros tendrán menos ventajas. La lucha por la vida hace que los hijos con más ventajas tengan una vida más larga y tengan a su vez más hijos, y al cabo de muchas generaciones esas ventajas que inicialmente tenía un solo organismo formen parte de la dotación genética de toda la población de la especie.

En el caso de organismos inmortales, la evolución hará que solo los que se adapten mejor al medio puedan llegar a la edad suficiente para reproducirse, pero cuando la adaptación al medio fuera perfecta, la evolución se estancará, y cualquier hijo que tengan morirá casi sin tiempo a reproducirse, de hambre o bajo las garras de otro organismo de su propia especie que muy posiblemente podría ser su propio abuelo.

Sin embargo, una adaptación perfecta al hábitat es perjudicial para la especie, por una razón fundamental: El medio ambiente cambia.

Desde el origen de la Tierra, ésta ha sufrido numerosos cambios en su medio ambiente, con épocas de millones de años de temperaturas tropicales en toda la superficie de la Tierra seguidas de otras épocas en las que casi toda la Tierra estaba cubierta por los hielos.

Variaciones del Ciclo SolarEl Sol, desde su formación, no ha hecho más que aumentar su cantidad de radiación, siendo hoy en día un 30% más elevada que la que era cuando se formó hace 4.500 MM de años. Aparte de eso está sometido a ciclos en los que su radiación puede aumentar o disminuir. Conocemos un ciclo de once años en el que se produce un leve incremento de la radiación solar, pero aún no estamos seguros de que haya otros ciclos más acusados y duraderos.

Pero la temperatura global de la Tierra no depende solo de la cantidad de radiación recibida, también depende de la composición de la atmósfera, y de su capacidad de reflejar o absorber el calor recibido desde el Sol.

Así, la misma existencia de la vida provocó hace 3.000 MM de años un incremento de la cantidad de oxígeno en la atmósfera, antes inexistente. Otras formas de vida en determinadas épocas, crearon depósitos calcáreos que absorbieron una gran cantidad de CO2 de la atmósfera. Todos estos cambios afectaron a la cantidad de calor que era retenida por la atmósfera, teniendo constancia arqueológica de que en determinadas épocas la temperatura de los mares era de unos 30ºc mientras que en otras épocas su temperatura estaba en el punto de congelación y gran parte de la Tierra estaba cubierta por los hielos.

Y uno de los factores que pueden alterar drásticamente el clima son los volcanes, o aún más, los supervolcanes.

Cada vez que en la Tierra se produce una erupción volcánica se emiten una serie de gases a la atmósfera. Si entre esos gases se encuentra una gran cantidad de dióxido de azufre, éste en la atmósfera sirve de pantalla a la radiación solar haciendo que en el período de tiempo necesario hasta que la atmósfera vuelva a su composición original se produzca una bajada generalizada de temperaturas.

Así, el año 1816 fue conocido en todo el mundo como El año sin Verano, debido a la erupción del volcán Tambora, que se produjo en 1815.

En ocasiones la erupción ha sido más intensa, como la del volcán Santorini en el Egeo hace 3.600 años, que produjo un enfriamiento global de diez años de duración, pero cuando estalla un supervolcán, como hace 72.000 años en Sumatra, los efectos pueden ser catastróficos.

En aquella ocasión se produjo una glaciación, una edad de hielo que duró mil años.

Y erupciones como éstas se producen siempre, desde que apareció la vida en la Tierra han habido varios centenares de erupciones capaces de cambiar el clima de la Tierra durante siglos y muchas más que pueden haber provocado cambios climáticos más efímeros, pero igualmente capaces de destruir especies que no fueran capaces de adaptarse a los cambios.

En un medio ambiente que puede cambiar, y cambia continuamente, una especie inmortal no puede adaptarse con la suficiente rapidez a los cambios y, paradójicamente, acaba extinguiéndose.

Ahora bien, una especie que tenga la vida limitada tendrá más hijos, más variedad genética. Las características que suponían una ventaja en un medio ambiente a 20ºc ya no serán igual de ventajosas en un medio ambiente a 10ºc de ahí que la evolución seleccionará las características ventajosas en las condiciones del nuevo medio ambiente.

Y eso nos lleva a la paradójica conclusión de que una especie de individuos inmortales tiene menos probabilidades de sobrevivir y adaptarse a un cambio radical del medio ambiente.

Así se concluye que el mecanismo de la pérdida de telómeros que nos hace envejecer y morir como individuos, es la garantía de que la especie humana se adaptará con suficiente rapidez a los cambios del medio ambiente y sobrevivirá a dichos cambios.

Nosotros somos los descendientes de los individuos que mejor y más rápido se han adaptado, en cada momento de la evolución del planeta, a las condiciones ambientales, sea en épocas de glaciaciones, climas tropicales, o cambios provocados por meteoritos gigantes o gigantescas erupciones volcánicas que pueden haber provocado un cambio climático momentáneo pero terriblemente catastrófico para muchas especies.

De ellos hemos heredado una vida que es lo suficientemente larga para asegurar la supervivencia de nuestros hijos, pero no tanto que compitamos con ellos por el alimento.

Las edades de las especies

La naturaleza selecciona a los animales que viven lo suficiente para dejar descendencia pero no tanto que compita con ella por el alimento, de ahí que cada especie animal tiene una media de vida suficiente para que sus hijos lleguen a adultos. Si puede tener hijos desde los 5 a los 10 años, seguramente vivirá hasta los 15. En el caso de la especie humana durante la época prehistórica, se empezaba a tener hijos a los 10 años hasta los 20 y se vivía hasta los 30, justo cuando los últimos hijos empezaban a tener sus propios hijos.

Pero evolucionar no es adquirir características que nosotros consideramos mejores. La naturaleza selecciona las características que hacen que tengamos más hijos. Si las personas más tontas tuvieran más hijos y las más inteligentes tuvieran menos (como por desgracia así ocurre, en realidad) entonces, dentro de 20 o 30 generaciones la inteligencia media de la gente habrá descendido bastante. 

Por regla general los animales viven hasta que sus hijos se han independizado y formado sus propias familias. Pero no por decisión de nadie, sino por pura cuestión estadística.

Perdonad que meta un pequeño royo matemático:

Un animal nace.

Forma una familia independiente cuando se hace Adulto, a los A años.

Puede tener hijos durante un período Fértil de F años.

Entonces su último hijo nacerá cuando la madre tenga A+F años.

Su hijo se independizará cuando tenga A años, es decir que la madre tendrá A+F+A años cuando por fin su último hijo se haya independizado.

Llamemos a esta edad E.

Esas edades están programadas más o menos en los genes de cada especie animal, y aunque puede haber márgenes de variación, la media estadística es bastante estable.

También está programada más o menos la edad a la que el cuerpo no va a poder seguir sustituyendo las células muertas, ocasionando la vejez (debilidad, senilidad, fragilidad) y la muerte. Llamemos a esta edad M.

Si la edad M fuese menor que E, significaría que la madre moriría casi siempre antes de terminar la crianza de sus últimos hijos. Las probabilidades de supervivencia serían menores, pero como cada hijo tiene una programación genética ligeramente diferente, aquellos que tengan en sus genes que M es mayor que E tendrán más descendencia, mientras que los que tengan M menor que E tendrán menos probabilidades de transmitir sus genes.

De esa forma, al cabo de varias generaciones, la mayoría de los individuos tendrán en sus genes una edad M al menos mayor que E.

Ahora imaginemos que M fuese el doble o el triple que E, es decir que el animal, después de haber cumplido su función reproductora sigue viviendo durante muchos años más como un animal fuerte y sano.

Dos animales de la misma especie intentan ocupar el mismo nicho ecológico, teniendo hijos y yendo éstos a otras zonas, conquistando otros territorios, pero el territorio tarde o temprano se acaba, y entonces tiene que volver sobre sus pasos y quitarle el territorio a otros animales de su propia especie.

Por regla general los más fuertes quitan el territorio a los más débiles y esto hace que los genes que transmiten esa fortaleza se perpetúen mientras que los genes que transmiten músculos o garras más débiles o ineficaces se vayan extinguiendo. A la larga, esto también redunda en la mejora de la especie.

Pero ahora pensemos que un león de cinco años, en la flor de la juventud, con toda una vida reproductiva por delante, se encuentra con un león de 20 años, igual de fuerte, que ya ha tenido muchos hijos, aunque aún pueda seguir teniendo otros, y con una experiencia acumulada que le permite vencer al otro león. ¿Quién vencerá?. Lo más probable es que el viejo porque aún es bastante fuerte y cuenta con mucha más experiencia. Y eso hará que un león acabe matando a uno o más de sus nietos y biznietos antes de que le llegue por fin la decrepitud y la muerte.

Evidentemente, este león, tiene menos probabilidades de transmitir sus genes a las siguientes generaciones, porque después de transmitirlos sigue ocupando un nicho ecológico y va a competir con su propia descendencia.

Es decir, que la naturaleza elimina por selección los individuos en cuyos genes esté inscrito M menor que E y también los que tengan M mayor que 2E. Al final quedará un promedio, y ese promedio estará aproximadamente entre E y E+A.

La Edad del Hombre

No obstante, eso ocurrirá con los animales que después de terminar su período reproductivo se separan y se convierten en extraños. En la especie humana NO pasa eso. 

Cuando los hombres prehistóricos empezaron a vivir en tribus, los más ancianos se quedaban en las cuevas cuidando a los pequeños, enseñándoles y cuidando la cueva mientras todos los adultos iban a la caza o recogida de alimentos. Aquí ya no había competencia por nichos ecológicos o por alimentos, sino colaboración y reparto de tareas.

Las tribus que aprovechaban de esta forma las habilidades y experiencia de sus ancianos tenían más probabilidades de supervivencia, propia y de sus descendientes, por eso tuvieron más descendientes y al final fueron seleccionándose los genes que hacen que las personas vivamos muchos más años de los necesarios para la reproducción de nuestros hijos.

Este artículo está dedicado

a todos los abuelos que ayudan a sus hijos a cuidar a sus nietos

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