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El Sol Empieza a Brillar en el Origen del Sistema Solar

Creada26-04-2007
Modificada04-06-2015
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Cuando el Sol empezó a brillar

El Sol se encendió, pero sólo en su interior, había centenares de miles de kilómetros de distancia hasta su superficie, por eso la explosión nuclear se extendió por todo el interior del Sol pero la presión del gas que tenía encima impedía que alcanzara la superficie, y mientras tanto la suma de la presión gravitatoria desde fuera y la presión explosiva desde dentro del Sol mantuvieron encendida la llama nuclear aunque la superficie del Sol siguió siendo una superficie apagada.

La explosión nuclear que se producía en el interior creaba ingentes cantidades de energía y calor y el calor se fue transmitiendo a través de la atmósfera solar hasta alcanzar la superficie. Conforme el hidrógeno se calentaba miles de grados, emitía radiaciones caloríficas y visibles. Tal como el hierro que, cuando está muy caliente, al rojo vivo, emite luz y calor y que si se calienta aún más alcanza un color blanco deslumbrante. El hidrógeno actuó de la misma forma y al alcanzar una temperatura de miles de grados reflejaba las ondas que recibía en todo tipo de frecuencias y longitudes de onda.

Los fotones generados en el núcleo atómico rebotaban una y otra vez entre los átomos de la densa atmósfera solar hasta que tras millones de rebotes algunos fotones empezaron a llegar a la superficie solar y escapar hacia el espacio.

Pero solo un pequeño porcentaje llegaba hasta allí, la mayoría de los fotones continuaban rebotando por dentro del inmenso volumen de la atmósfera solar y mientras más fotones se producían en el interior del núcleo más se acumulaban en la zona inmediata, hasta el punto de alcanzar temperaturas incluso superiores a la misma reacción nuclear.

Con el tiempo la atmósfera se fue saturando de fotones, y la cantidad de estos que alcanzaban la superficie fue siendo cada vez mayor, pero aún así hizo falta casi un millón de años hasta que el nivel de saturación de fotones en la atmósfera solar llegara al punto de equilibrio en que el Sol emitiera tantos fotones desde su superficie como los que se fabricaban al mismo tiempo en su interior.

Desde entonces la intensidad solar ha sido casi constante, pero como el núcleo solar, la zona donde se convertía el Hidrógeno en Helio era cada vez mayor, se fue incrementando con lentitud, a razón de un diez por ciento cada mil millones de años.

Si un hipotético observador hubiese estado en aquel momento contemplando el proceso desde una distancia de un par de días-luz sobre el plano de la elíptica, podría haber sido testigo de lo siguiente.

Al principio sólo habría visto una nube débilmente iluminada desde su interior. De vez en cuando podría ser testigo de pequeños destellos producidos por las descargas de electricidad estática de las nubes de polvo en movimiento, destellos que iluminarían durante varios segundos o minutos una zona específica de la nebulosa antes de que su luminosidad quedara diluida en el resto de la nebulosa. Estos destellos serían tan abundantes que cada destello se solaparía con otros haciendo que toda la nebulosa pareciese sumida en una luminosidad fantasmal, superior a la luminosidad del resto del espacio.

Desde el centro de la nube, de repente, comenzaría a iluminarse un punto. A lo largo de un millón de años ese punto se haría cada vez más intenso hasta que su luminosidad resultara cegadora. Desde ese momento la luz iría avanzando a través de la nebulosa iluminando las nubes de gas y polvo así como los varios planetas que poblaban por entonces el sistema solar.

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