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Principios del Mercado, desde su origen voluntario hasta sus fines altruistas.

Creada01-04-2003
Modificada08-07-2014
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Los Principios del Mercado

En el documento anterior hemos expuesto cuáles son los principios básicos y naturales de la economía.

Entre ellos hemos mencionado el Comercio, identificándolo como el medio en que un individuo debe relacionarse con su entorno para ganar recursos, sean éstos energía y alimentos o bienes y capital.

Pero en las especies animales el comercio se realiza obedeciendo la ley natural, la ley del más fuerte. Todos los animales ganan recursos arrebatándolos a otros seres vivos.

No es este el tipo de comercio al que solemos referirnos cuando hablamos de temas económicos, pero es el único tipo de comercio que conocen casi todas las especies animales, y que también nosotros practicamos al relacionarnos con otras especies animales.

Y en realidad esa sería nuestra única estrategia si no tuviésemos inteligencia: arrebatar a otros animales su carne y su vida para que nosotros podamos sobrevivir.

El hecho de ser inteligentes no ha hecho que abandonemos esa estrategia, seguimos matando y quitando la carne de otros animales, pero sí nos ha permitido inventar otras formas de comercio, otras formas de adquirir aquello que necesitemos de otros miembros de nuestra especie.

En vez de comerciar por la fuerza, comerciamos voluntariamente, y con ello hemos creado el Mercado.

Recomiendo la lectura de El Cambio, un modesto relato sobre cómo pudo desarrollarse el primer intercambio comercial de la historia de la humanidad.

El mercado nació la primera vez que un cazador que tenía dos conejos se encontró con un tallista que tenía dos hachas y ambos decidieron voluntariamente intercambiar lo que les sobraba por aquello que deseaban.

El Intercambio Voluntario permitió que las personas no tuvieran que ocuparse cada una de todas sus necesidades, sino que si una persona era muy buena fabricando hachas podía dedicarse exclusivamente a esa tarea e intercambiar las hachas que fabricara por otros bienes producidos por otros miembros de su especie.

Ese fue el principio de la Especialización. A partir de entonces una persona no tenía que ser capaz de realizar todas las tareas necesarias para la supervivencia. Podía especializarse en una tarea, la que pensara que podía realizar mejor y conseguir los demás recursos intercambiando su producción con la producción de otras personas.

Esto a su vez provocó el crecimiento de las familias y de las tribus. Hasta entonces todos los grupos humanos estaban formados por familias más o menos reducidas que permanecían juntas para ayudar a su supervivencia. Cuando un grupo crecía demasiado, sus posibilidades de encontrar alimento y seguridad eran menores, así que tendían a dividirse en dos tribus distintas que se establecían en lugares alejados. Pero con la especialización, el número de miembros de una tribu tendía a ser mayor, si la supervivencia de una persona dependía de realizar unas veinte tareas diferentes, al especializarse los individuos resultaron ser más rentables las tribus que tuvieran un mínimo de veinte individuos adultos, estando estos especializados en diversas tareas.
No obstante la especialización no era absoluta. Había tareas que requerían la participación de muchos miembros de la tribu y otras en las que un solo miembro podía abastecer una necesidad determinada de todos los miembros de la tribu. Asimismo, un individuo podía realizar habitualmente dos o tres tareas distintas, teniendo así más posibilidades de intercambiar su producción con la de otros individuos. En cualquier caso, una tribu de veinte miembros adultos en la que estos especializaran algunas de sus tareas era capaz de producir más bienes, herramientas, ropas y alimentos, y acababa teniendo más probabilidades de supervivencia que otra formada por una familia o manada reducidas en la que cada individuo tuviera que realizar todas las tareas de supervivencia.

En este mundo no hay nada perfecto, y la libertad de especialización provocó el efecto de que algunos miembros de la tribu eligieran las tareas más cómodas esperando a cambio recibir todos los demás recursos que necesitaran. Como consecuencia empezaron a sobrar determinados recursos y a faltar otros, y esto hizo que los bienes más abundantes fuesen menos demandados y los más escasos fueran más deseados. Para resolver esos desequilibrios la gente no intercambiaba ya un conejo por un hacha, sino que pedían tres hachas por un conejo, creando una lista de Precios de intercambio de bienes. Si un recurso era abundante era menospreciado y se intercambiaría por muchos menos recursos de cualquier otro tipo. Si era escaso era apreciado y el que lo tuviera podría pedir más recursos de cualquier otro tipo al intercambiarlo.

Eso significa que si demasiados productores se dedican a producir un mismo tipo de recurso, el precio de ese recurso bajará, será menos preciado y no servirá para intercambiarlo por todos los demás recursos necesarios. Lo que debe hacer entonces un productor no es mirar sólo lo que a él le gustaría más hacer, sino lo que será más apreciado por los demás miembros de su tribu. Si una tarea es cómoda y agradable y hay muchos productores que la realicen, su producción será muy menospreciada y no será suficiente para intercambiarla por los demás productos que se necesitan. En cambio, si una tarea es desagradable y trabajosa, pero no hay nadie que la realice, el que se dedique a ello podrá producir, con relativamente poco esfuerzo, suficientes bienes para intercambiarlos por los demás productos que necesita del resto de la tribu.

Es decir, el precio de los bienes hace que los miembros de la tribu elijan su actividad económica no solo considerando su propio interés, sino el interés de los demás. Si no hubiera un sistema de precios, las personas no tendrían medio de evaluar los bienes y conocer cuáles son más necesarios y al final todos se dedicarían a lo que ellos prefirieran sin tener en cuenta los deseos de los demás.

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