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Principios de la Economía Natural. Similitud con la Vida. Las Leyes Naturales se convierten en Leyes de la Economía.

Creada01-04-2003
Modificada02-05-2013
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Diciembre8

Principios de Economía

Contra lo que mucha gente pueda pensar, la economía no es un invento humano, sino de la Naturaleza.

El origen de la economía es el mismo comienzo de la vida.

Un objeto inanimado tiende a reconvertir de inmediato los aportes de energía que recibe, transformando normalmente la energía en calor.

Un ser vivo es capaz de recibir energía de forma aleatoria y almacenarla en moléculas de grasa, proteínas o azúcares para luego dosificar su uso según su necesidad.

ESO es la economía.

Se trata de capturar de nuestro entorno los recursos que necesitemos o prevemos que vamos a necesitar, ahorrarlos y utilizarlos cuando realmente lo necesitemos para consumirlos o intercambiarlos por otros recursos.

Las reglas por las que se rige la economía son las mismas que rigen la supervivencia de los seres vivos y son sumamente simples.

  1. Ganar: Para gastar, primero tenemos que ganar. Los organismos deben captar recursos en cualquier forma de energía, luz, calor, alimento, etc.
  2. Economizar: Los recursos los captamos de forma aleatoria e irregular y los consumimos de una forma regular y más o menos constante. No podemos gastar más de lo que tenemos, por tanto debemos dosificar nuestro consumo para no quedarnos sin recursos.
  3. Comerciar: La ganancia se consigue relacionándose con el entorno, pero cualquier relación con el entorno implica actividad, y cualquier actividad implica un mayor consumo de energía, por tanto hay que consumir energía para conseguir más energía. Si el balance es positivo podremos vivir muchos años. Si para capturar energía consumimos más de la que ganamos, estaremos condenados a la consunción y la muerte.
  4. Ahorrar: Como la ganancia depende del entorno, puede variar alternándose períodos de abundancia y períodos de carestía. Si no tenemos reservas, si no tenemos ahorros, al pasar por un período de carestía estaremos expuestos a la consunción, la quiebra o la muerte.
    Para sobrevivir a los períodos de carestía hay que ahorrar, bien sea en forma de moléculas de grasa o proteínas, bien en forma de alimentos o bien en forma de bienes que nos permitan sobrevivir durante un tiempo más o menos largo.

Cualquier ser vivo está sometido a estas reglas de supervivencia, reglas de la vida, reglas de la Naturaleza, reglas de la economía, como las queramos llamar, pero reglas que van a marcar nuestra existencia y la de cualquier ser vivo desde el nacimiento hasta la muerte.

Pero además de individuos, todos los seres vivos forman parte de un colectivo, de un grupo de individuos, de una familia, de una especie, así que las reglas, sin llegar a cambiar exactamente, se amplían con el valor que aporta la relación con los miembros de su familia, tribu o especie.

  1. Todo ser vivo lucha por su propia supervivencia, pero también por la de sus hijos. Toda estrategia de supervivencia debe garantizar la supervivencia de los hijos.
  2. Los hijos son engendrados y cuidados por sus padres hasta ser autosuficientes.
  3. Cuando los hijos sean adultos se convertirán en padres y cuidarán a sus hijos.

No puede existir ninguna especie animal que no respete esas reglas. Si una especie no garantizara por algún medio la supervivencia de los hijos, sencillamente se extinguiría. De hecho, es totalmente improbable que esa especie haya llegado a existir. Las estrategias para la supervivencia pueden ser muy variadas. Hay animales que tienen millones de hijos y los dejan a su aire, mientras que otras especies tienen pocos hijos y los cuidan durante años. Cada especie actúa de una forma determinada y si la estrategia utilizada funciona, la especie sobrevivirá. Si la estrategia no funciona, la especie no hubiera llegado a existir. Aunque también puede ocurrir que una estrategia de resultado en unas circunstancias pero las circunstancias cambien. En tal caso la especie deberá cambiar su estrategia adaptándola a las nuevas circunstancias.

La naturaleza, en su infinita variedad, y tras un largo proceso de cambios sucesivos (cambios climáticos, químicos, atmosféricos y ecológicos) ha obligado a los seres vivos a cambiar sus estrategias de supervivencia tantas veces y de tal forma que tras cientos de millones de años de evolución se han creado millones de especies vegetales y animales distintas.

Y todas respetan estas reglas. La especie humana no es una excepción, pero ésta ha inventado estrategias que no realizan otras especies animales.

La Elección

Además de seres vivos y, por consiguiente, seres económicos, las personas nos distinguimos de los demás animales en que utilizamos la inteligencia. Una consecuencia de esa inteligencia, o quizás la causa, es que somos capaces de imaginar situaciones posibles y elegir entre ellas.

Podemos estar en una encrucijada e imaginar cuál sería nuestro futuro si eligiésemos un camino o el otro, si fuésemos al teatro o al bar, si compramos un filete o un jersey, si aceptamos un empleo o buscamos otro mejor, si pedimos un baile a la rubia o le pedimos unos apuntes al empollón.

Casi cada segundo tenemos que tomar decisiones, y en muchas ocasiones lo hacemos imaginando dos posibles futuros y decidiendo cuál nos interesa más que se haga realidad.

En ocasiones deseamos que los dos futuros se hagan realidad, como cuando nos invitan a una fiesta la víspera de un examen, cuando deberíamos estar estudiando. Si por nosotros fuera haríamos ambas cosas, pero no podemos, tenemos que elegir.

O, en temas más económicos, tenemos un dinero y con él podemos comprar el último disco de música o unas deportivas. Pero no las dos cosas. Nosotros deseamos las dos cosas, ¿qué digo las dos cosas?, ¡las tres!. El disco, las deportivas y el dinero.

Pero no podemos. Tenemos que elegir.

Nuestros deseos no tienen límites, pero los recursos para satisfacer esos deseos son limitados.

Y a la hora de elegir nos guiaremos por una serie de criterios, unos instintivos, otros racionales, para dar un valor a cada una de las alternativas y elegir entre ellas.

¿Qué valor tiene para mí, en este momento, el disco, las deportivas y el dinero?. ¿Cuál deseo más?.

Viva la Diferencia.

Los deseos son infinitos. Los recursos son limitados. Todos debemos elegir, todos elegimos.

Pero no todos tomamos la misma elección.

Lo cual es una suerte.

Si todo el mundo prefiriera un disco de música antes que unas deportivas, las deportivas se pudrirían en los estantes mientras que los discos no llegarían a ellos antes de que los clientes los cogieran y se los llevaran.

De hecho, si para nosotros un disco de Anastacia vale más de veinte Euros, pero para el vendedor también, este no querría darnos el disco a cambio de veinte euros, y si para el vendedor un disco de Anastacia valiera menos de veinte euros y a ese precio estuviera dispuesto a intercambiarlo pero para nosotros el disco de Anastacia tuviera el mismo valor que para el vendedor, ¡entonces seríamos nosotros los que no querríamos cambiar un disco de Anastacia por veinte euros!

Si el valor de las cosas fuese el mismo para todo el mundo, no se podrían realizar intercambios voluntarios de ningún tipo, nadie renunciaría voluntariamente a un bien si piensa que vale más que lo que le ofrecen a cambio. Y si pensamos que vale menos, que sí nos interesa un intercambio, entonces sería el otro el que no querría intercambiar.

Afortunadamente el valor de las cosas no depende de una característica interna de los objetos, ni de su material, ni de su complejidad, ni de su coste, ni de ninguna otra característica objetiva y cuantificable.

El Valor de las Cosas depende de nuestros deseos, de cuánto las valoremos nosotros, pero como las personas somos todas distintas y tenemos distintos deseos con distintas prioridades y con distinta importancia, para uno de nosotros un disco de Anastacia puede valer más de veinte euros, por eso estamos dispuestos a comprarlo a ese precio, pero para el vendedor un disco de Anastacia vale MENOS de veinte Euros, por eso está dispuesto a aceptar por el disco algo que para él vale más que lo que tiene que dar a cambio.

Curiosamente, ni siquiera los mismos objetos tienen para nosotros el mismo valor en todo momento.

Supongamos que tenemos veinte euros y los intercambiamos por unas zapatillas. Eso es porque para nosotros las zapatillas valen más que los veinte euros.

Al día siguiente volvemos a la tienda con otros veinte euros. ¿Compraríamos otras zapatillas iguales?.

Evidentemente no.

¿Por qué, si para nosotros unas zapatillas valían más de veinte euros un día, por qué valen menos al siguiente?

Porque nuestro deseo satisfecho ha alterado la lista de prioridades de nuestros deseos. Ya tenemos unas zapatillas. Si deseáramos tener un segundo par de zapatillas hay cosas que para nosotros tendrá un valor mayor y, por consiguiente, el valor que le damos a un segundo par de zapatillas será muy inferior a veinte euros.

Conforme pase el tiempo, satisfagamos otros deseos, tengamos más dinero y nuestras primeras zapatillas se vayan gastando, el valor que le demos a un segundo par de zapatillas irá ganando posiciones en nuestra lista de prioridades hasta que por fin estén en un puesto que nos decida a comprarlas.

Es decir, en conclusión, el valor de las cosas es distinto para todas las personas, e incluso cambia para la misma persona de un día al siguiente.

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