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Los Primeros Parásitos Sociales de la Historia: El Gobierno, la Policía y los Impuestos.

Creada08-04-2003
Modificada02-08-2014
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Octubre3

Los Primeros Parásitos Sociales

Durante decenas de miles de años las personas violentas han arrebatado los bienes a las personas honradas y pacíficas. Durante todos esos miles de años diversos pueblos han intentado librarse de esos parásitos y lo han intentado de muchas formas distintas, pero ninguna ha tenido un éxito completo. En todo caso en algunas sociedades han habido éxitos parciales pero el robo y la agresión siguen existiendo y parece que seguirán existiendo por bastante tiempo.

Las personas pacíficas solo quieren ganarse la vida, bien sea por medio del autoabastecimiento o por medio del intercambio de bienes, y por regla general evitan la violencia.

En cambio, los parásitos podían ganarse la vida usando la violencia para robar a los demás los bienes que necesitaran.

Una de las primeras soluciones que se tomaron para enfrentarse a estos parásitos sociales fue la violencia. Cuando un parásito social abusaba de su fuerza y arrebataba a otros su propiedad por medio de la amenaza o la agresión, esa persona iba creando un fondo de malestar y rencor en los demás miembros de la tribu y, al llegar a una situación extrema la presión se hacía insoportable, con lo que las personas honradas se unían en un estallido de furia y mataban o desterraban a aquél que durante mucho tiempo les había parasitado.

Para la cultura en la que hoy vivimos puede parecer una muestra de barbarie combatir la violencia con violencia, pero hay que distinguir entre la violencia sistemática cometida con asiduidad por una persona que abusa de su fuerza para conseguir lo que desea sin respeto a los derechos de los demás, y la violencia ocasional provocada por la indignación acumulada tras un largo período de abusos e injusticia.

En las tribus primitivas, contra una persona violenta, no había más recurso que la violencia, y era un recurso plenamente legítimo si sólo se ejercía en defensa propia y no existían otras instituciones que defendieran a las personas honradas.

Por desgracia, esto sólo funcionaba cuando había pocos delincuentes, pero cuando había muchos, estos podían formar bandas y llegar a ser bastante fuertes, con el resultado de que entonces las personas honradas no tenían fuerza suficiente para matarlos o expulsarlos. Esto hizo que desde el principio de la historia existieran dos tipos de tribus y ciudades: Aquellas en las que la mayoría de las personas eran honradas y los delincuentes eran muertos, desterrados o se mantenían dentro de ciertos límites, y aquellas ciudades donde los delincuentes eran tan fuertes y numerosos que las personas honradas no tenían posibilidades de unirse para librarse de ellos.

Durante miles de años, si una persona tenía la mala suerte de vivir en una ciudad donde los delincuentes eran demasiado fuertes, las personas honradas no tenían más remedio que aguantarse y procurar no destacar, pasar desapercibidas y no llamar la atención de los ladrones. En esas condiciones las personas ambiciosas no tenían posibilidades de crear una empresa próspera, pues su éxito atraería de inmediato la atención de los delincuentes arrebatándoles todo lo que pudieran ganar.

Como consecuencia, las ciudades donde hubiera una banda de ladrones sojuzgando y expoliando a los ciudadanos honrados no prosperaban.

SÍ prosperaban las ciudades donde no hubiera esas bandas de ladrones, o donde, aunque hubiera esas bandas, estas robaran poco y permitieran que los ciudadanos pudieran prosperar. 

Pero incluso en esos casos había malas consecuencias. Si en una ciudad no había una banda de ladrones expoliando al pueblo, los ciudadanos podían prosperar mucho más que en las ciudades vecinas, y al prosperar y crear riqueza de inmediato atraían la atención de los ladrones de las ciudades vecinas que acudían raudos como manadas de hienas a despiezar la res.

El incremento de ladrones era superior a la capacidad de la gente honrada para expulsarlos, y la ciudad y sus ciudadanos acababan a merced de delincuentes y ladrones, destruyendo en pocos meses toda la riqueza y prosperidad que los ciudadanos honrados habían creado durante años con su trabajo y su inteligencia.

Esto ocurrió numerosas veces, y hasta los más estúpidos delincuentes aprendieron que si robaban demasiado al pueblo, lo asfixiaban, lo empobrecían, con lo cual al año siguiente tendrían menos posibilidades de robar. En su lugar, algunos decidieron aflojar la presión y permitir que los ciudadanos tuvieran un cierto grado de libertad. Entre robar mucho durante poco tiempo y robar poco durante muchos años, la mayoría de los delincuentes prefirieron la segunda opción.

La Gallina de los Huevos de Oro

Es axiomático que todas las personas buscan satisfacer, antes que otra cosa, su propio interés, y los delincuentes no son una excepción.

Cuando un delincuente dirigía una banda y ésta dominaba una ciudad, el máximo interés del jefe de la banda era sacar el máximo beneficio posible pero sin perjudicar la sostenibilidad de su expolio.

Era, pues, importante autorregularse y no comerse la gallina de los huevos de oro, para poder seguir expoliándola durante muchos años. Así inventaron el expolio sostenible.

Con el tiempo los jefes de las bandas de delincuentes que controlaban una ciudad establecieron un sistema que resultó funcionar razonablemente bien. El jefe de la banda tenía que dirigir a sus lugartenientes con mano de hierro para evitar que alguno de ellos le traicionara y le arrebatara su puesto como jefe, y al mismo tiempo tenía que robar a los ciudadanos pero no tanto que éstos se empobrecieran o no pudieran prosperar.

Para ello estableció un sistema de "protección" similar al que todas las bandas de gángsteres han utilizado durante toda la historia de la humanidad y de la delincuencia. Los artesanos y empresarios debían pagar una "protección" y el jefe de la banda protegería ese negocio de los ladrones.

¡Y por supuesto que el sistema funcionaba! Si los ciudadanos no pagaban esa "protección" sus negocios eran robados, incendiados y sus vidas acababan en crueles torturas encerrados en una jaula colgada junto a la puerta de la ciudad para escarmiento de quienes no quisieran ser protegidos.

Y el castigo tampoco era menor si un ladrón que no formara parte de su banda, intentaba robar a sus "protegidos", así que al fin y a la postre cuando una banda organizada de ladrones dominaba una ciudad, efectivamente protegía a los ciudadanos de los robos de otros ladrones.

Fue así como se crearon las primeras instituciones no voluntarias de la sociedad:

El Gobierno, la Policía y los Impuestos.

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