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Las leyes Antimonopolio sirven para proteger a empresarios ineficientes enriqueciendo a los políticos y empobreciendo a millones de ciudadanos.

Creada12-04-2003
Modificada05-05-2013
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Junio2

Las Leyes Antimonopolio

De hecho, la primera Ley Antimonopolio que se legisló en USA lo demuestra palpablemente.

Recordemos cómo se dictó la primera Ley Antimonopolio.

En USA, la producción, distribución y comercialización de carne era realizada por miles de empresas ganaderas, mataderos, transportistas, distribuidores y tiendas.

Una de estas empresas decidió implantar un sistema mucho más eficiente. Contrató a algunos de los mejores ganaderos y, ofreciéndoles unos volúmenes de negocio bastante elevados los convenció para que aceptaran un precio más reducido. Llegaron a un acuerdo similar con las compañías de ferrocarriles y de transportes, y con algunos de los mejores mataderos, de los que, ofreciéndoles un muy mayor volumen de negocio, consiguieron un precio más reducido. Por último llegaron a una serie de acuerdos con cadenas de tiendas garantizándoles una buena calidad de la carne a unos precios más reducidos.

El resultado de trabajar con grandes volúmenes de carne en todas las fases de la producción y comercialización fue que los clientes, el consumidor final, podían adquirir la carne casi a mitad de precio que antes.

Millones, decenas de millones, la gran mayoría de la población de Estados Unidos en aquella época pudieron adquirir carne a un precio más barato, y el dinero que les sobraba podían emplearlo en adquirir otros bienes que pudieran necesitar generándose de esa forma un importante beneficio, no solo a los consumidores, sino a todos los demás sectores de consumo.

¿Quién salía perjudicado?

Los ganaderos ineficientes, los mataderos, transportistas y tiendas que veían cómo la gente prefería el producto más económico.

Todos los que veían cómo sus beneficios iban menguando podían haber aprendido de su exitoso rival, se podían haber asociado con otros que estuvieran en su misma situación y haber hecho lo mismo, pero en vez de ello se asociaron para acudir a unos políticos que les protegieran de semejante competencia desleal. Y por supuesto encontraron políticos que se hicieron eco de sus peticiones y durante varios años estuvieron pidiendo que se hicieran unas leyes que impidieran que las mismas empresas se ocuparan del despiece, el transporte y la comercialización de la carne.

Los métodos que se emplearon fueron la propaganda y la mentira, y tras varios años de lucha consiguieron su propósito, al aprobar la primera Ley Antimonopolio, que no sirve en realidad para proteger a los ciudadanos, sino a los empresarios ineficientes.

Cada vez que una empresa ha tenido éxito al llevar sus productos de mejor calidad a un precio más económico que sus competidores más ineficientes, estos han clamado ante la clase política para decir que no era justo, y exigir que la empresa más eficiente fuera menos eficiente para no perjudicar a los ineptos.

Es como si en una carrera los peores corredores se aliaran para pedir que los favoritos se cargaran una mochila de piedras sobre sus hombros para hacer la competición más justa.

Los perjudicados de todas estas trabas a la libertad, a la eficiencia, son los millones de consumidores, los clientes, las personas que, si no fuera por los políticos y las leyes antimonopolio, podrían adquirir mejores productos al mejor precio posible.

El mercado libre, llamado capitalismo salvaje por aquellos que odian el mercado y la libertad, es un espacio en el que las empresas luchan por conseguir el favor de los clientes. Triunfarán las más eficientes, las que sepan adivinar mejor los deseos de los clientes y puedan satisfacer esos deseos al precio más económico posible, mientras que las más ineptas deberán aprender, adaptarse o cerrar sus negocios, y al hacerlo dejarán huecos que llenarán las empresas eficientes, las que sepan dar mejor calidad a menor precio.

Con el mercado libre se benefician los empresarios eficientes y TODOS los consumidores.
Y se perjudican los empresarios ineptos e ineficientes.

Pero si los ineptos se alían con los políticos para obligar a los eficientes a que no lo sean tanto, los perjudicados seremos todos.

Con el mercado regulado se benefician los empresarios ineptos y los políticos.
Y se perjudican los empresarios más eficientes y TODOS los consumidores.


Hemos dicho antes que en un mercado libre no puede llegar a haber monopolios, pero sí empresas preferidas, y éstas serán aquellas que ofrezcan los mejores bienes y servicios a los precios más económicos.

A su alrededor habrá siempre un numeroso grupo de pequeñas empresas ofreciendo mejores o peores calidades a mayores o menores precios, orientando su producción a un segmento de público específico.

De todas las empresas existentes, quien decide cuál será la mayor y cuáles las menores, quien decide cuáles podrán seguir funcionando y cuáles irán a la quiebra, son los clientes. Decenas de millones de clientes que cada vez que atraviesan la puerta de una tienda o se paran ante una estantería están votando y decidiendo cuáles son las empresas que merecen crecer y expandirse y cuáles merecen menguar o desaparecer.

Si esa decisión no la toman los ciudadanos sino que la toma un político, el daño a la sociedad será inmenso.

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