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La autorregulación debe ser voluntaria, nunca impuesta por la fuerza.

Creada12-04-2003
Modificada08-05-2013
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Diciembre7

La Autorregulación Voluntaria

Todas las actividades complejas en las que confluyen los intereses y voluntades de muchas personas diferentes se regulan de forma espontánea.

Los empresarios no son una excepción. Ellos buscan siempre el máximo beneficio posible al mínimo coste imprescindible, pero saben que determinadas acciones tendrán consecuencias negativas, así que procuran regular su propio comportamiento para evitar esas consecuencias. Cuando hay muchos empresarios en un mismo sector, estos quieren siempre que pueden, quitarles los clientes a los rivales, pero las rivalidades llevadas a extremos de forma irresponsable puede hacerles perder más de lo necesario, y eso les lleva normalmente a ponerse de acuerdo con respecto a territorios de influencia, nichos de mercado o estrategias de venta.

Aunque rivales en los negocios, varias empresas pueden colaborar en determinados objetivos, por ejemplo en hacer una inversión conjunta para una investigación científica, o ponerse de acuerdo respecto a las calidades y precios de sus productos. Esto ha ocurrido en algunas ocasiones, la competencia en el mercado libre obliga a bajar los precios, así que si todas las empresas de un sector se pusieran de acuerdo en doblar sus precios, la gente no tendría más remedio que pagar el doble, multiplicando así los beneficios de los empresarios.

Afortunadamente, si los empresarios se ponen de acuerdo para elevar los precios, la gente va a reevaluar sus prioridades, habrá menos deseo de adquirir un producto y la demanda caerá, con lo que los empresarios verán cómo sus almacenes se llenan y tendrán que, una de dos, volver a reducir los precios o disminuir la producción. Por otro lado, en un mercado libre habrá muchos empresarios en un sector y sería muy difícil que todos se pusieran de acuerdo, pero si lo hicieran, serían las empresas más pequeñas las que, al descender la demanda, tendrían que romper el pacto de precios o ser los primeros en cerrar sus negocios por falta de ventas.

En un mercado libre, esta estrategia nunca ha tenido éxito.

Las únicas regulaciones que funcionan en un mercado libre son las aceptadas voluntariamente por los empresarios y en las que los miembros del sector se comprometen voluntariamente a respetar unas normas, unas reglas e incluso a ser multados por ellos mismos si las incumplen.
¡Incluso las sanciones son aceptadas voluntariamente! .

Pero esta autorregulación sigue siendo voluntaria, si una empresa no quiere someterse a esa regulación nadie puede obligarle a ello.

¿Nadie?

Bueno, sí.

Pongamos que en un sector hay diez empresas. Las tres más grandes producen el 90% de la producción o de la facturación y las siete restantes se reparten los restos. Por las razones que sean, las tres grandes deciden regular el sector e imponer unas normas que respeten las diez empresas. Una o más de estas empresas considera que esa regulación es mala para ella y decide no seguirla. O decide respetar algunas normas pero no otras. Como estamos en un mercado libre, nadie puede obligar a una empresa a que se ajuste a una regulación no deseada (excepto las leyes contra el robo, la agresión o la estafa), así que la autorregulación se aplica a las empresas que la aceptan pero no a las que no. Si la autorregulación estaba bien diseñada y actuaba en beneficio de los clientes, las empresas autorreguladas prosperarán más que las que no. A la larga, las empresas que voluntariamente decidieron no entrar en la regulación del sector, voluntariamente decidirán entrar en ella.

Por el contrario, si una regulación está mal diseñada provocará que los empresarios que la acaten tengan más gastos mientras que las empresas que no han entrado en la regulación tengan más beneficios, beneficios que, por su propio interés, reinvertirán en ampliar la producción quitando clientes a las empresas sometidas a la regulación, acaparando cada vez más cuota de mercado, llegándose a dar el caso de que las empresas antes dominantes del sector puedan perder su dominio siendo sustituidas por aquellas empresas que no cometieron el error de acatar una regulación mal diseñada.

¿Quién decide, quién juzga o dictamina que una regulación está bien o mal diseñada?

NADIE lo decide. Mejor dicho, no hay una persona sola que decida.

Quien decide no es una sola persona, sino los cientos, miles o millones de personas que al pasar ante un escaparate deciden comprar un artículo u otro dependiendo de los precios, calidades y características que aporten valor al artículo.

Una empresa puede sacar al mercado un producto nuevo como la NuevaCola, por ejemplo. Puede gastar millones de Euros en campañas de marketing, anuncios, publicidad, ofertas e incluso bajando los precios por debajo de su coste de producción. Pero si la gente no lo compra la empresa deberá abandonar sus maravillosos planes y volver a lo que la gente pide.

Si un sector económico se autorregula y la regulación está bien diseñada será bueno para todos. Pero si la regulación está mal diseñada, una vez se compruebe que es un fracaso será corregida o abandonada.

Pero esto tiene que hacerse de forma voluntaria y libre. No se debe permitir que unos empresarios, por el hecho de tener una posición de dominio sobre el 90% o más de un sector, OBLIGUE a los empresarios que no quieren someterse a un arbitrio no deseado.

Porque un peligro que tiene cualquier organización formada por personas es que las personas que tienen la misión de diseñar una regulación quieren que TODOS obedezcan esa regulación, y si no lo hacen voluntariamente que se les obligue. Y como los empresarios, normalmente, no tienen poder para obligar a nadie, recurren al estado para convertir su autorregulación en una regulación obligatoria impuesta por el estado.

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