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El Proceso Empresarial, desde el Proyecto hasta la Producción

Creada15-06-2003
Modificada07-05-2013
Total Visitas169
Diciembre1

La Libre Empresa

La sociedad está llena de posibles empresarios. En todas partes hay personas que, si pudieran, montarían un negocio para hacerse rico.

¿Qué hace falta para montar una empresa de éxito?.

Lo primero de todo, hay que mirar qué es lo que la gente quiere.

El objetivo final del empresario es hacerse rico, sí, pero para conseguirlo debe satisfacer una necesidad de la gente. Si lo consigue, si es capaz de crear un producto o servicio que sea demandado por la gente y por el que estén dispuestos a pagar un precio, habrá triunfado. Si no, perderá lo que haya invertido y tendrá que buscar otra idea.

El empresario no es un genio, no más que cualquier persona, pero todo lo que ve a su alrededor lo convierte en un posible negocio. Cuando ve una cola mira lo que la gente va a comprar, cuando ve las noticias se fija en los nuevos inventos. También mira lo que hacen otros empresarios. Si ve que un competidor se está enriqueciendo vendiendo algún producto, verá qué tipo de producto es y, si puede, intentará copiarle la idea o incluso mejorarla, hacer un diseño más bonito o más barato. A lo mejor en un momento dado se le ocurre una idea genial para mejorar el producto y decide ponerla en práctica.

Pongamos el caso de un invento genial, un chirimbo, el cual no existía en el mercado previamente.

En primer lugar intenta calcular cuánta gente puede estar interesada en comprar chirimbos, teniendo en cuenta la posible utilidad del producto y cuánto dinero estarían dispuestos a pagar por ello. Calcula cuánto costaría hacer una campaña publicitaria y cuanto se incrementarían las ventas si se reduce el precio en un determinado porcentaje.

Todos estos intentos de calcular sobre las futuras intenciones de los posibles clientes no son más que especulaciones. El empresario especula que tendrá determinadas ventas y que estas le dejarán un beneficio comercial determinado.

Ahora tiene que calcular los costes.

Calcula lo que le va a costar la nave, decide si es mejor alquilarla o comprarla, lo mismo con la maquinaria, calcula cuáles van a ser los gastos fijos mensuales o anuales, analiza cuántos trabajadores y con qué cualificación va a necesitar, cuáles serán sus salarios, cuántos deberá contratar para la fase de instalación para despedirlos al final de esa fase y después cuántos tendrá que contratar para el funcionamiento normal de la fábrica, cuánto tiempo pasará antes de completar la producción de las primeras unidades.

Esto ya no son especulaciones. El empresario no tiene más remedio que especular con respecto a las previsiones de lo que harán los clientes, pero para calcular los costes no puede especular, los costos están más o menos tasados y el margen de error, si se hacen bien las cuentas, es más bien escaso.

De todo ello le quedará una previsión de costos y de posibles beneficios, y una fecha a partir de la cual los beneficios superen a los costos, y otra fecha, bastante más lejana, en la que toda la inversión necesaria haya quedado amortizada.

Según la complejidad del producto o servicio que vaya a dar, puede tardar dos meses o dos años en empezar a producir. Para el caso presente, una fábrica de chirimbos, vamos a poner un tiempo, por ejemplo, de seis meses en iniciar la producción, diez en que los beneficios superen a los costos, ocho años en que los beneficios amorticen la inversión inicial.

Para afrontar esos primeros diez meses en los que se va a tener que gastar mucho dinero sin tener apenas ingresos, el empresario necesita disponer de una cantidad MUY importante de dinero. Si la tiene de su bolsillo, estupendo, pero si no, puede buscar un préstamo bancario o buscar socios que inviertan su dinero o hacer una emisión de acciones.

Una vez que ya se han tomado las decisiones más importantes y que se ha conseguido la financiación necesaria, se empieza la construcción de la fábrica. Pasan unos meses en que todo son carreras de obstáculos contrarreloj, es difícil montar una fábrica y no le envidio a nadie ese trabajo.

Por fin llega el día, seis meses más tarde, de iniciar la producción, y es entonces cuando el empresario comprueba si su apuesta ha sido acertada o no.

Si la gente adquiere sus artículos al mismo ritmo que la empresa los fabrica sabrá que ha acertado en sus cálculos, lo cual es sumamente improbable. Ningún empresario acierta a la primera.

Si, en cambio, la demanda supera a su capacidad de producción, sabrá que ha acertado, que está fabricando un producto muy útil y que la gente demanda más aún de lo que él había pensado. Pero ocurre lo siguiente, la gente lo demanda más rápido de lo que la fábrica los produce.

El empresario, que normalmente es un ser codicioso, intentará ganar más dinero, así que lo que hará será subir los precios hasta que el ritmo de ventas iguale al ritmo de producción, con lo cual sus beneficios se multiplicarán de una forma extraordinaria.

El empresario pondrá al principio un precio bastante alto y verá a qué velocidad se venden los artículos. Si ve que se venden demasiado despacio bajará el precio. Si ve que se venden demasiado rápido, lo subirá. Su objetivo es que el ritmo de ventas coincida con el ritmo de producción. Si una vez conseguido ese equilibrio el empresario ve que está ganando mucho dinero, lo primero que pensará será ganar MÁS dinero, y para ello invertirá las ganancias en ampliar la fábrica y aumentar la producción.

Una vez conseguido el aumento, de nuevo se rompe el equilibrio, otra vez se produce más de lo que se vende y para corregirlo hay que aumentar las ventas por el procedimiento de bajar los precios.

Si por contra, las ventas no llegan al nivel de la producción, el empresario, que no puede tener sus productos almacenados, decidirá si es mejor hacer una campaña de publicidad, encuestar a los clientes para ver qué fallos hay en el producto, reducir su precio para que aumente la demanda, o reducir la producción despidiendo los trabajadores que le sobren. El empresario tiene muchas opciones y normalmente intentará varias antes de darse por vencido y aceptar que el negocio de los chirimbos es un completo y absoluto fracaso.

Eventualmente, si a pesar de sus esfuerzos el empresario no consigue beneficios con la fabricación de un producto, tendrá que reformar el negocio, reconvertirlo o, si no es capaz de ello, cerrarlo, despedir a los trabajadores que ya no necesita e intentar vender las maquinarias usadas al mejor precio que pueda, pero de hacerlo, el empresario y sus inversionistas habrán perdido una gran cantidad de dinero.

Todas las decisiones empresariales siguen el mismo proceso. El empresario hace una apuesta, una especulación. Si acierta, ganará mucho dinero y reinvirtiendo los beneficios tendrá la posibilidad de ganar mucho más. Si se equivoca, perderá mucho dinero.

Gracias a esto, el empresario intentará siempre avivar su ingenio, buscar ideas nuevas, investigar nuevos productos averiguando posibles necesidades de la gente, estar pendiente de las nuevas tecnologías y de los intereses de los posibles clientes.

Si en un país hay cien mil empresarios, cada uno de ellos buscará una manera distinta de hacer negocio y de entre ellos algunos acertarán, y otros muchos fracasarán, pero la mayoría lo que hará será copiar las ideas de aquellos que triunfen.

El empresario no es tonto y sabe que no puede arriesgarlo todo a una sola jugada, no puede meter todos los huevos en el mismo cesto, por eso dentro de su empresa lo que hará será, primero, copiar otros negocios que ya han demostrado su buen funcionamiento y segundo, con una parte de los beneficios hacer algunas apuestas arriesgadas, especulando y confiando que con alguna de esas apuestas pueda dar un pelotazo.

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