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Cómo el Hombre Prehistórico comenzó a observar los astros y a comprender sus movimientos, hasta llegar a construir los primeros Observatorios Astronómicos.

Creada08-06-2015
Modificada08-08-2015
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Diciembre5

Los Primeros Astrónomos

El Hombre cazador-recolector llevaba una vida nómada, ocupando un territorio durante un tiempo y, tras agotar sus recursos, desplazándose a otros territorios vírgenes.

Su vida dependía de los ciclos climáticos, sobre todo de la llegada de los fríos del Invierno y los calores del Verano, y pronto descubrieron que había una relación entre ellos y la emigración de los animales que les servían de sustento.

También notaron que durante el Verano los días eran más largos y las noches más cortas, mientras que durante el Invierno era al revés, las noches eran más largas que los días. Ese conocimiento les permitió planificar sus partidas de caza y recolección, para las que debían alejarse de sus poblados pero sólo lo suficiente como para que pudieran regresar antes de la noche.

Y por las noches se reunían alrededor de las hogueras, observando los cielos y pensando que las estrellas también eran hogueras que alumbraban a seres que vivían en los cielos.

Su conocimiento de los cielos era muy parcial, mucho más extenso y exacto de lo que hoy conoce la mayor parte de la gente moderna, pero totalmente ignorante de las causas de esos fenómenos.

Sabían que el Sol salía todos los días, siempre por el Este, y que navegaba por el cielo hacia el Oeste hasta llegar al horizonte y ocultarse para dar inicio a la noche.

Sabían que en el Verano los días eran más largos que las noches, y que durante el Invierno eran las noches las que eran más largas que los días.

Sabían que la Luna salía también todos los días, pero cada día lo hacía un poco más tarde que el día anterior. Había veces que salía por la noche y otras que salía por el día, y su forma iba cambiando con el transcurso de los días.

Si la Luna salía por el Este al mismo tiempo que el Sol se ponía por el Oeste, era completamente redonda. En los días siguientes saldría cada día un poco más tarde que el anterior al mismo tiempo que su forma iba cambiando. Cuando llegaba a salir a la mitad de la noche sólo se veía medio círculo. Y en los días sucesivos el medio círculo se convertía en una uña, cada vez más estrecha, hasta que, cuando salía por el horizonte poco antes de la salida del Sol resultaba casi imposible distinguirla contra su intenso resplandor.

Tras varios días sin poder ver la Luna, empezaba a ser visible de nuevo, saliendo por el horizonte varias horas después que el Sol, con una forma de uña que se iba haciendo cada vez más gruesa hasta que, varios días más tarde, cuando llegaba a salir por el Este al mismo tiempo que el Sol se ocultaba por el Oeste, la Luna volvía a ser completamente redonda.

Los hombres de hace 70.000 años eran tan inteligentes como nosotros. Carecían de muchos conocimientos que nosotros tenemos pero eran tan capaces como nosotros de captar información y reconocer pautas y ciclos. Y sabían contar.

Se dieron cuenta de que la Luna seguía un ciclo regular que duraba 29 días y esto les permitió descubrir una nueva medida de tiempo: El Mes.

Con este conocimiento pudieron planificar sus partidas de caza y recolección para llegar más lejos en determinadas fechas, sabiendo que en ellas, si no estaban de regreso al llegar la noche, aún tendrían la luz de la Luna durante varias horas.

En los viajes largos podían también tener en cuenta las horas extra de luz, y también podían disponer de una unidad de tiempo más larga y más cómoda para medir la duración del año, que duraba doce o trece ciclos lunares.

También se fijaron en las estrellas, aquellas tenues luces que se encendían por las noches, siempre en la misma disposición.

El Hombre es un animal de patrones. En cualquier forma irregular que vea intenta discernir una forma reconocible. Es una capacidad y costumbre heredadas de nuestra vida prehumana, cuando los primeros animales vivían en la selva. El animal que veía unas manchas y formas difusas y reconocía un animal depredador sobrevivía. El que no tenía esa capacidad de reconocer patrones acababa siendo presa de los depredadores.

En las aleatorias disposiciones de las estrellas descubrimos patrones y figuras, personas, herramientas, objetos cotidianos. Llenamos los cielos de objetos, animales y personas, les dimos nombre e inventamos historias sobre ellos.

Por las noches enseñábamos esos nombres e historias a los niños, y las historias inventadas, al cabo de varias generaciones se convirtieron en mitos, tal vez las primeras religiones.

Y mientras lo hacíamos observamos que las constelaciones que se ven durante el Verano no son las mismas que durante el Invierno. Y así descubrimos el primer calendario.

Igual que la Luna, las estrellas no salían siempre a la misma hora. Y al contrario de la Luna, cada día salían un poco antes que el día anterior. Era poca la diferencia, pero observando la salida de las primeras estrellas de la noche durante un mes observamos que las mismas estrellas salían dos horas antes. Así, si tras la puesta de Sol veíamos una constelación justo sobre el horizonte Este, un mes más tarde a la misma hora esa constelación estaría más arriba en el cielo y habría otra constelación entre ella y el horizonte.

En algunos pueblos la gente comenzó a llamar a los meses por el nombre de la primera constelación que aparecía sobre el horizonte tras la puesta de Sol.

Ya eran grandes descubrimientos, basados todos en la observación sistemática de los cielos, y para aquellos pueblos nómadas supusieron un gran avance que les permitía medir el tiempo y prever la llegada de las estaciones.

Pero aún con todo el conocimiento que habían adquirido gracias a su observación de los cielos, había misterios que no entendían.

No sabían por qué los astros se movían como lo hacían, por qué la Luna cambiaba de forma o por qué las estrellas de Invierno no se veían durante el Verano.

Al menos sabían que había una regularidad, todos los ciclos que habían descubierto se sucedían de una forma predecible. Existía un orden en los cielos.

O casi.

Ya sabían que había un Sol que aparecía todos los días, una Luna que les iluminaba algunas noches y Estrellas que aparecían siempre con las mismas reconocibles figuras.

Pero había algunas pocas estrellas que cambiaban de posición, estando a veces en una constelación y otras en otra, en movimientos que resultaban imposibles de predecir.

También aparecían en el cielo, de vez en cuando, estrellas con una larga cabellera, y su aparición eran tan extraña que les provocaba supersticiosos temores.

Pero había fenómenos que, por ocurrir muy de tarde en tarde, les asustaban aún más. A veces la plateada Luna llena se volvía roja como la sangre. Y otras era devorada por una sombra que la iba consumiendo poco a poco hasta hacerla desaparecer de los cielos. Unas horas más tarde volvía a aparecer, pero no sin haberles desconcertado y aterrorizado.

Y lo peor era, terror de los terrores, cuando el mismo Sol empezaba a amortiguarse y apagarse convirtiendo el día en noche. Este fenómeno apenas duraba unos minutos pero eran suficientes para aterrorizarlos, y si contemplaban al Sol en los minutos en que parecía estar más débil corrían el riesgo de quedar ciegos.

El cielo era predecible casi siempre, pero a veces ocurrían sucesos inesperados que los llenaban de desconcierto y temor.

Los Astrónomos Agrícolas

El descubrimiento de la agricultura supuso una revolución de su forma de vida. Ya no dependían del azar a la hora de encontrar alimentos sino que disponían de unos cultivos que podían planificar para su alimentación. Siguieron recurriendo a la caza y la recolección, pero cada vez dependían más de los alimentos que ellos mismos producían. Eso les ató al terreno y les hizo construir las primeras aldeas permanentes.

Su dominio del calendario les permitía conocer por anticipado la llegada de las estaciones para planificar los tiempos de las siembras y de las cosechas de los diversos frutos que les servían de alimento.

Cobrando este dominio una importancia crucial para su supervivencia, la observación de los cielos se hizo más sistemática y estando asentados durante años en un mismo territorio notaron cosas que en su vida nómada no habían percibido.

El Sol salía siempre por el Este, pero no en la misma dirección exacta. Durante el Invierno y la Primavera el Sol salía por el horizonte cada día un poco más al norte que el anterior y al mismo tiempo los días se iban haciendo más largos y las noches más cortas. Por fin llegaba a un punto en que el amanecer se producía varios días seguidos en el mismo punto del horizonte y luego empezaba a salir cada día un poco más al sur que el anterior, lo cual duraba durante todo el verano y el otoño, al mismo tiempo que los días se acortaban y las noches se alargaban. Y de nuevo el amanecer se detenía, saliendo el Sol por el mismo punto del horizonte durante varios días seguidos hasta que de nuevo empezaba a amanecer más hacia el norte, reiniciándose el ciclo que se repetía todos los años.

A esos días en los que el Amanecer se producía en el mismo punto del horizonte los llamaron mucho más adelante Sol Stitio, Sol Detenido, que derivó en la palabra Solsticio. Fueron los romanos quienes le dieron el nombre que nosotros hemos heredado, pero el fenómeno era conocido de mucho antes con otros nombres por pueblos más antiguos.

Los Primeros Observatorios Astronómicos

No se sabe exactamente cuándo, pero en algún momento alguien, tal vez un campesino, tal vez un sacerdote, decidió erigir hitos, desde un punto de observación determinado, para que señalaran los días en que el Sol salía más al Norte y más al Sur.

El observatorio astronómico más antiguo conocido data de hace 7.000 años y se ha encontrado en Alemania, a unos 100 Km al Sur de Berlín, donde desde un altar central se trazó un círculo de estacas de madera, colocando los más gruesos troncos en las posiciones por las que amanecía y atardecía durante los solsticios de Verano e Invierno. Otros troncos marcaban los puntos centrales, lo que les permitió marcar los momentos del año en que el Sol salía y se ponía justo por el Este y el Oeste, dándose cuenta de que precisamente en esos días el día duraba exactamente lo mismo que la noche. Y de nuevo hemos heredado el nombre de esos días de los romanos: Equi Noctio, Noche Igual, dando nombre a los equinoccios que daban inicio a la Primavera y el Otoño.

Esos días eran tan señalados que se convirtieron en fiestas principales de casi todos los pueblos campesinos de la antigüedad y aún lo siguen siendo.

StonehengeOtros pueblos campesinos hicieron lo mismo. En Inglaterra construyeron hace 5.000 años un observatorio similar, pero lo hicieron con grandes rocas verticales de las que muchas aún se conservan en las ruinas de Stonehenge. No es probable que ese fuera su primer intento. Seguramente habían hecho lo mismo, marcando hitos con troncos de madera y venían usándolos durante siglos antes de decidir sustituir los troncos por imponentes menhires y dólmenes de piedra.

Parece ser que los días de los solsticios y los equinoccios la tribu preparaba grandes fiestas y se emplazaban por la tarde, antes de ponerse el Sol, al Este de los círculos de rocas, alineados con los dos dólmenes que debían señalar el atardecer, distintos para cada fecha. Y cuando el Sol mostraba sus últimos destellos a través de los dos dólmenes alineados se encendían grandes hogueras y se iniciaba la fiesta que duraba toda la noche, seguramente, tal como aún sigue ocurriendo, con abundantes dosis de Sexo, Drogas y Rock And Roll, o sus equivalentes de la época prehistórica.

Los Ciclos Lunares

Estos incipientes astrónomos no se conformaron con seguir los movimientos del Sol. Hicieron lo mismo con la Luna. Y descubrieron que, al igual que el Sol, la Luna también seguía un ciclo similar, saliendo a veces exactamente por el Este y otras veces al Norte del Este o al Sur del Este. La amplitud de la deriva lunar era distinta que la del Sol, pero sorprendentemente esa amplitud cambiaba cada año. Durante nueve años la amplitud de la deriva lunar iba siendo cada vez mayor, y durante los siguientes nueve años la amplitud de la deriva era cada vez menor, en un ciclo que se repetía aproximadamente cada 19 años.

Seguramente pasaron varios ciclos de 19 años antes de darse cuenta de que se estaba acumulando un desfase y cada tres ciclos había que restar un año para que los movimientos lunares coincidieran con su calendario.

Así que había dos ciclos lunares de 19 años seguido de un tercero de 18, dando un total de 56 años.

En Stonehenge erigieron un círculo de 56 piedras que les permitía llevar la cuenta de cuándo se repetían estos ciclos.

Tenían una roca testigo, cuya función era similar a lo que hoy en día sería la aguja de un reloj, situada en una de esas piedras. Cada año, en la fiesta del Solsticio de Invierno, cambiaban la roca testigo a la piedra siguiente, y cuando había dado la vuelta completa significaba que habían pasado 56 años y el ciclo lunar volvía a repetirse igual que el anterior.

¿Qué importancia tenía para ellos este ciclo?

A niveles prácticos ninguna, pero habían descubierto un hecho que, anteriormente siempre les había sumido en un terror supersticioso.

De vez en cuando había eclipses. La Luna llena era devorada por las fauces de una bestia celeste que luego volvía a vomitarla. Y a veces era el Sol el que era devorado.

Descubrieron que los eclipses se producían a intervalos aparentemente irregulares pero que cada 56 años se volvían a repetir de la misma forma que en el período anterior.

Seguían sin entender por qué se producían esos eclipses pero ahora, por primera vez, eran capaces de predecirlos. No ocurrían de forma aleatoria, ni dependían de los caprichos o enfados de seres míticos, sino que tenían unas causas precisas que no conocíamos, pero que tal vez en el futuro podríamos llegar a comprender.

La astronomía prehistórica no llegó mucho más allá de estos conocimientos, debieron pasar varios miles de años para que por fin entendiéramos todos esos fenómenos tal como hoy los entendemos. Pero dentro de sus escasos conocimientos y medios técnicos dieron los primeros pasos de gigante en los que se basaría la ciencia astronómica de los siglos venideros.

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