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Historia de la vida y la muerte de Jesús

Creada12-10-1999
Modificada07-03-2017
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Agosto7

Jesús, el Profeta

Nadie sabe dónde o cuándo nació Jesús. Los mitos que sitúan su nacimiento en Belén en tiempos de Herodes no han demostrado ninguna fiabilidad.

Lo que sí parece estar claro es que Jesús fue el primer hijo de José, un descendiente de la casa de Aarón, y María, de la casa de David. En él se unían pues dos ramas genealógicas que le daban derecho a reclamar su herencia sacerdotal por la parte de Aarón y real por la parte de David.

Esta circunstancia, así como la rectitud que había demostrado a lo largo de su vida, hizo que se ganara el derecho a llamarse el Ungido y ocupar el puesto de cabeza de la secta de los nazoreos.

Durante varios años dirigió la secta de los nazoreos estudiando las sagradas escrituras y los escritos que pasaban por la biblioteca de la comunidad.

Entre esos escritos debemos destacar los tratados de Hillel, un rabino muerto unos veinticinco años antes y que aún hoy en día los judíos de todo el mundo siguen estudiando y citando. Algunas de las enseñanzas de Jesús fueron tomadas de sus escritos.

Su doctrina también fue influenciada por los esenios, una secta de origen nazoreo cuyas creencias les habían hecho aislarse de la sociedad formando comunidades aisladas en los confines del desierto donde sus integrantes llevaban una vida ascética y casi monacal.

La vida de Jesús continuó así durante años hasta que un día supo que Juan, un zelote, se encontraba en el Jordán bautizando a todos los judíos que se lo pidieran.

El bautismo era una costumbre nazorea desde hacía un par de siglos, las reglas de la comunidad nazorea explicaban en qué condiciones debía impartirse y lo que simbolizaba dicho acto sagrado: Una purificación para limpiar el alma de pecados.

La familia de Jesús fue quien le habló del bautismo de Juan y quien le convenció de que les acompañase. Aunque Jesús se negó en principio a acompañar a su madre y hermanos (¿qué pecados tenía él que necesitaran ser lavados?) al final accedió a acompañarlos.

Lo que se produjo en él entonces fue una conversión mística, al contemplar las multitudes que se aglomeraban a las orillas del Jordán para recibir el bautismo de Juan.

El fervor que contempló en el pueblo, atraídos por las magnéticas palabras de Juan, le impactaron profundamente hasta el punto de que sin haberlo pensado siquiera se encontró en la cola de todos cuantos querían ser bautizados.

Cuando su familia regresaba en dirección a su comunidad, no encontraron a Jesús por ninguna parte: Éste se había sentido tan turbado por las emociones experimentadas en el Jordán que prefirió retirarse durante algunos días para meditar en las soledades del desierto.

Durante toda su vida había sido un fiel cumplidor de las leyes judías, obrando siempre con rectitud y dirigiendo a los nazoreos que habían confiado en él para dirigirles. No conseguía comprender qué era lo que le había pasado allá en el Jordán, por qué se había dirigido junto con tantos y tantos hombres para recibir un bautismo que su alma no necesitaba.

El momento de recibir el bautismo había sido como una revelación para él, sintió que los cielos se abrían y que el espíritu de Yavé descendía sobre su rostro. ¿Era posible que nadie lo hubiera visto?.

Jesús se preguntaba si todos los hombres que recibían el bautismo sentirían lo mismo que él había sentido o tal vez había sido elegido por Yavé para recibir su espíritu.

En cualquier caso Jesús ya había sido bautizado antes, ¿por qué el bautismo de Juan le había afectado tanto?.

Y entre todas las preguntas, la primera era ¿por qué había acudido al bautismo?.

Su alma estaba limpia, sus obras siempre habían estado acordes con la ley, desde la infancia no recordaba una sola acción reprensible. Entonces ¿qué necesidad tenía su alma del bautismo?. ¿Acaso estaba en pecado sin saberlo?.

Durante los últimos años había dirigido a su familia y su comunidad dentro de la ley intentando no ser manchado por la corrupción que los romanos habían traído a la Tierra Prometida. Sabía que no había pecado nunca de obra. Tampoco de palabra había pecado. Pero en lo más recóndito de su corazón ¿no había dejado a veces que la furia le llevara a albergar sentimientos de rabia contra algunos de sus semejantes?. Y Yavé que todo lo veía sin duda lo sabía, y sabía que no era digno de regir el destino de su comunidad.

La comprensión de que su alma había estado en pecado sin él haberlo sabido hizo que Jesús sufriera una fuerte zozobra en sus convicciones.

Yavé le había mostrado su pecado, la ira que tanto trabajo le había costado reprimir desde la infancia, pero al mismo tiempo le había mostrado los cielos abiertos y su espíritu descendiendo sobre él.

Eso significaba que a pesar de su pecado seguía siendo digno.

Tal vez no sería digno de regir a su familia y su comunidad pero sí sería digno de seguir a Juan, escuchar sus palabras y continuar su obra.

Habían pasado muchos días desde su bautismo cuando Jesús salió del desierto y tras buscar a Juan le pidió ser su discípulo, pero éste, que ya lo había reconocido, se negó en rotundo: ¿Cómo iba a ser él maestro del "Maestro de Justicia" de los nazoreos, si ni siquiera era digno de desatarle las sandalias?.

Durante varios días Jesús permaneció cerca de Juan observando sus actos y escuchando sus palabras.

En esos días comprendió que su labor, la labor que Yavé le había encomendado, no era seguir a Juan sino seguir su propio camino. No, Jesús no bautizaría a los judíos, no dedicaría su vida a lavar sus almas, sino que les enseñaría a no ensuciarlas, a mantenerse puros y rectos dentro de la doctrina nazorea para que algún día Yavé los encontrase dignos de enviarles al Mesías.

Juan, mientras tanto, había descubierto la grandeza que había en el alma y en la doctrina de Jesús y les había hablado a varios de sus discípulos de Jesús, así que cuando éste abandonó el Jordán para emprender el camino que había de llevarle hasta la cruz, varios discípulos le siguieron.

Durante dos años (Pascua-34 a Pascua-36) Jesús anduvo por las tierras de Israel seguido de numerosos discípulos. No fueron dos años de predicaciones continuas, lo mismo pasaban varios meses por los caminos que durante el invierno descansaban durante otros tantos en casa de alguno de sus discípulos. Entre sus seguidores había miembros de todas los oficios, pescadores y carpinteros, tejedores y alfareros, poceros y albañiles. Incluso había prostitutas y recaudadores de impuestos, no importaba el pasado que hubiesen tenido pues si el bautismo de Juan era capaz de lavar los pecados del alma lo que Jesús hacía era algo que ni Juan era capaz de hacer. Juan lavaba los pecados, Jesús convertía a las personas.

Los seguidores de Jesús cuando estaba en alguna de sus peregrinaciones se contaban por cientos y aún durante los descansos a los que les obligaban las épocas de siembra y cosecha de sus discípulos seguían siendo docenas los que acudían a las sinagogas de los pueblos en los que los sábados leía e interpretaba la Torah.

Con el tiempo llegó a ser conocido de uno a otro confín de Judea y comenzaron a seguirle judíos de todas las sectas, fariseos, esenios, saduceos, zelotes. Hasta los nazoreos a los que había dirigido durante años, y que ahora eran dirigidos por su hermano Santiago, comenzaron a seguirle por todos los caminos pues nunca en su historia había surgido un nazoreo que fuera tan recto en el cumplimiento de las leyes, que fuera tan piadoso para perdonar a los pecadores y que fuera tan querido que sus discípulos eran capaces de dar la vida por él.

Pilato supo de él e hizo que le siguieran varios espías romanos, pero al comprobar que las multitudes que atraía se dedicaban únicamente a escuchar sus palabras, y que éstas trataban casi siempre de religión y nunca se hablaba de política, decidió dejarlo tranquilo.

Quienes no estaban nada tranquilos eran los saduceos y fariseos.

Conforme pasaban los meses comprobaban que Jesús atraía cada vez mayores muchedumbres y temían que este movimiento pudiese fortalecer demasiado a la secta de los nazoreos o, peor aún, la de los zelotes.

Para Caifás, jefe del Sanedrín, Jesús era un peligro mucho mayor que ninguno de los profetas que habían aparecido en los últimos treinta años porque Jesús estaba respaldado por una secta tan poderosa como la de los zelotes.

No solo eso, Jesús pretendía tener derechos sobre el templo por su ascendencia sacerdotal y eso era inadmisible.

Cuando Jesús viajó a Jerusalén para la pascua del 36, los sacerdotes habían urdido un plan para librarse de él.

Compraron un traidor, Judas Iscariote, que la víspera de la Pascua judía llevase las tropas a detenerle. En esa fecha casi todos los judíos respetuosos de la ley y las tradiciones estarían celebrando la Pascua, no saldrían al exterior y con suerte no llegarían a enterarse de la ejecución de Jesús hasta que fuese demasiado tarde.

Rigiéndose por un calendario diferente al del resto de los judíos, Jesús y sus discípulos habían celebrado la cena de Pascua según la tradición nazorea dos días antes. Se encontraba pues rezando con sus discípulos cuando los soldados fueron a detenerlo. Al llevarse a su maestro los discípulos temieron que esta fuese la primera de muchas detenciones así que muchos se refugiaron en sus casas. Otros siguieron a Jesús intentando permanecer lo más cerca posible.

De acuerdo con el plan de Caifás, Jesús fue llevado ante el sanedrín que lo acusó de provocar disturbios, pero el sanedrín no podía ejecutar a un preso y Caifás quería que Jesús fuera ejecutado. Esta orden sólo podía darla Pilato, así que llevaron a Jesús ante él y le acusaron de sedición y de intentar levantar al pueblo contra los romanos.

Pilato no se dejó engañar, ya hacía tiempo que conocía las actividades de Jesús, pero éste no se diferenciaba apenas de otros muchos fanáticos que hacían mucho ruido pero que no llegaban a ninguna parte. No obstante le intrigó que los sacerdotes se sintiesen tan amenazados por un predicador medio muerto de hambre y decidió interrogarlo. Al descubrir que Jesús pretendía ser el heredero legítimo del reino de Israel no pudo reprimir la risa. Hizo que lo coronaran con espinas y le dieran una caña como cetro. Después hizo que lo azotasen y lo presentó ante el sanedrín llamándole Rey de los Judíos. El sanedrín se sintió insultado pero insistió en que se condenase a muerte a Jesús. Queriendo ver hasta dónde eran capaces de llegar los sacerdotes les propuso soltar a un asesino pero el sanedrín pidió que liberara al asesino antes de dejar vivir a Jesús.

Pilato pensó en soltar a Jesús, solamente para fastidiar al sanedrín, pero tras pensarlo un momento cambió de opinión al pensar en un insulto aún mejor. Ordenó que Jesús fuese clavado en un madero con una inscripción que le identificase como Rey de los Judíos, lo cual sería un insulto terrible tanto para los sacerdotes como para Herodes Antipas.

Rodeado de una multitud formada por los sacerdotes y simpatizantes de los romanos, Jesús fue conducido hacia el Gólgota evitando pasar por la ciudad baja, donde casi todos sus habitantes eran partidarios de Jesús. El hecho de que casi todos los judíos estuviesen en sus casas celebrando la pascua también ayudó a que su martirio pasara desapercibido.

Jesús fue tendido sobre un madero con los brazos en cruz y a través de sus muñecas se le clavó al mismo.

Sobre el Gólgota, con el fin de llevar a cabo las frecuentes ejecuciones, se había construido un andamiaje en el que se colgaban, atados, los maderos de los condenados. El madero de Jesús fue izado con unas cuerdas y se encajó entre los palos del andamiaje.

Jesús quedó colgando de los clavos que le atravesaban las muñecas aunque podía apoyar los pies en un travesaño inferior del andamiaje.

Un hombre fuerte podría haber sobrevivido dos y hasta tres días antes de morir, pero Jesús, que había sido azotado hasta la extenuación, que había debido llevar el madero con la inscripción que lo declaraba rey de los judíos, y que se veía abandonado de todos sus discípulos, familia y amigos, apenas tenía fuerzas para soportar unas pocas horas allí colgado.

A pesar de ser la pascua judía, algunos seguidores de Jesús habían permanecido en vela toda la noche y habían sido testigos de cómo Jesús era conducido al Gólgota. Tras avisar a la familia de Jesús y algunos de los discípulos más queridos que se alojaban en la ciudad baja, éstos acudieron al Gólgota y observaron desconsolados la muerte de su maestro.

El cielo estaba cubierto por una calina procedente del desierto que teñía de rojo el paisaje.

A media tarde los soldados fueron a quebrar las piernas de los reos.

Años antes los judíos habían conseguido de los romanos una reivindicación religiosa: que ningún judío fuese ajusticiado en sábado. Para ello a los ajusticiados que el viernes a media tarde estuviesen aún vivos se les partiría las piernas para que no pudiesen apoyar su peso en ellas. De esa forma, obligados a colgar de los brazos, se les haría cada vez más dificultoso respirar hasta que en unas pocas horas muriesen de asfixia.

Al examinar a Jesús, sin embargo, les pareció que ya estaba muerto así que no le rompieron las piernas. Por si acaso le clavaron una lanza en el costado y le dieron por muerto.

Al desclavarlo del madero, apenas una hora antes del atardecer, los familiares y amigos de Jesús lo quisieron llevar al sepulcro familiar, pero éste estaba a varias horas de camino, demasiado lejos, así que lo llevaron a un sepulcro cercano propiedad de José de Arimatea, donde apenas tuvieron tiempo más que de untarlo con unos pocos aceites y envolverlo en un sudario antes de que se pusiera el sol y comenzara el sábado.

Como celosos cumplidores de la ley, los discípulos y familiares de Jesús pasaron el sábado en oración y lamentaciones y al terminar el sábado, al ponerse el sol, José y algunos discípulos se dirigieron al sepulcro. Llevaban un sudario nuevo, ungüentos y aceites para terminar de amortajarlo y un carro para trasladar el cadáver al cementerio de Qumram donde debía ser enterrado.

Abandonaron el sepulcro dejando la puerta abierta y el viejo sudario sobre la losa sepulcral. Viajaron con rapidez durante toda la noche y al llegar a Qumram permanecieron allí durante varios días.

Cuando regresaron a Jerusalén se llevaron una sorpresa: dos mujeres que habían pasado por delante del sepulcro el domingo por la mañana habían visto la losa abierta y, al avisar a otros discípulos habían descubierto que el cuerpo de Jesús había desaparecido. Los rumores se habían extendido por toda la ciudad y aunque los más sensatos opinaban que los apóstoles habían robado el cadáver, éstos que no estaban al corriente del traslado estaban asustados intentando encontrar una explicación del suceso.

No tardaron en aparecer los rumores de que Jesús había resucitado de entre los muertos y varios exaltados aseguraron haberlo visto en una aparición. Para cuando José de Arimatea regresó de Qumram, ya eran varias las personas que afirmaban haberlo visto por los caminos y algunos incluso afirmaban haberle tocado las llagas de las muñecas.

Al conocer los hechos y comprobar que la fe en la resurrección de Jesús se extendía como el fuego en un campo de trigo, José prefirió callar y aguardar los acontecimientos.

Debido a lo ocurrido después, el último viaje de Jesús permaneció en secreto para siempre.

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