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Experiencias de un insignificante recluta el día del Golpe de Estado de Tejero el 23 de Febrero de 1981

Creada12-04-2021
Modificada12-04-2021
Total Visitas34
Septiembre3

23 de Febrero de 1981

¿Dónde estabas tú aquél día?

Fue hace 40 años, pero cualquiera que en esa época tuviera más de 10, casi seguro que recordará dónde estaba, lo que estaba haciendo, lo que sintió y lo que vio a su alrededor, ¡hasta tal punto la sociedad española quedó impresionada por tal suceso!.

Y ¿dónde estaba yo?

El Jardinero del Capitán General

Tenía 21 años, y estaba haciendo la mili en Barcelona. En esa época el Servicio Militar era obligatorio, salvo que pudieras quedar exento por algún problema de salud, pero por desgracia la miopía no era motivo suficiente para quedar exento.

En realidad tenía que haber hecho la mili un año antes, pero como había estado ilocalizable, trabajando en la costa valenciana de camarero, friegaplatos, almacenero y otros varios oficios, acabaron dándome por prófugo y, cuando por fin me enteré y me presenté en el cuartel más cercano, me dijeron que tenía que incorporarme al siguiente reemplazo, so pena de que me pusieran en busca y captura.

Como me habían sorteado en Sevilla, tuve que incorporarme allí, y supuse que me enviarían al CIR (Centro de Instrucción de Reclutas) de Cerro Muriano, Córdoba, ¡pero cá! lo usual era enviar a los reclutas a regiones distintas, por la cosa esa de que nos despegáramos de las faldas de mamá, conociéramos distintas costumbres, distintas gentes, y crear amistades que nos hicieran ver que, más que de una pequeña región, formábamos parte de un gran país.

San Clemente de Sasebas,

San Clemente de Sasebas,

matadero de reclutas.

Los que vengan para Mayo,

los que vengan para Mayo

las van a pasar muy putas.

Los que vengan pa Septiembre,

los que vengan pa Septiembre

lo van a pasar peor.

Los que vengan pa Diciembre,

los que vengan pa Diciembre,

de esos ya me encargo yo.

Quinto peluso, no llores más,

mira tu padre, mira tu madre

qué alegr' están.

A mí me tocó ir Cataluña, al CIR de San Clemente de Sasebas, Gerona, donde sufrí cinco semanas de marchas, prácticas de tiro, carreras, duchas heladas y tramontana.

Había ocho reemplazos al año, y una vez pasada la instrucción, los impares se repartían en las capitales y los pares en cuarteles de campo o montaña. Como el mío fue el octavo, me debería haber tocado algún cuartel de montaña, pero se dio la circunstancia de que yo había puesto como profesión, jardinero, y el Capitán General necesitaba un jardinero, así que me mandaron a Capitanía General, en el Paseo de Colón, en Barcelona.

Las condiciones eran bastante especiales. Tenía que trabajar dos semanas y tener una de permiso, pero en la finca del capitán general, en Llavaneras, no tendría rancho, es decir, que la comida me la tenía que agenciar yo mismo, y como no disponía de un salario muy alto (creo recordar que eran unas 1.100 pesetas al mes, lo que serían 7 euros ¡al mes!) tendría que buscarme la vida, cuidando otros jardines particulares para conseguir ingresos extra.

Además, podía llegar a un acuerdo con los otros jardineros y hacer cuatro semanas seguidas y dos semanas de permiso, con lo que podría irme a casa, en Sevilla, durante los permisos. Pero el ejército sólo me pagaría los billetes de tren de DOS permisos. Los demás debería pagarlos de mi bolsillo.

Afortunadamente el mayordomo del Capitán General me dio a elegir, y al explicarle que por mis circunstancias económicas no podía aceptarlo me destinó como ascensorista a Estado Mayor.

El Ordenanza de Estado Mayor

Y, de nuevo afortunadamente, al visitar la segunda planta, donde estaba el Estado Mayor, allí estaba destinado Jimie, un veterano que la noche antes había disfrutado despertando a los bultos (los novatos) con una manguera a la una de la madrugada (rociados, no a chorro, menos mal), haciéndonos desfilar por los dormitorios, jurando un calcetín sucio, de al menos dos semanas, y dándonos cepillos de dientes para limpiar las rendijas entre las baldosas de los retretes. Durante aquella madrugada de novatadas iniciamos una conversación y una amistad que duró nueve meses, hasta que él se licenció.

Él estaba de ordenanza en Estado Mayor, y le habían mandado un nuevo ordenanza, pero no parecía muy contento, y cuando vio que yo iba a estar de ascensorista, exclamó...

—¡Señor Lorenzo! Ahora mismo me está cambiando a este zangolotino por este otro.

 Y fue así como acabé de ordenanza, o conserje, del Estado Mayor de Capitanía General.

Trabajo sencillo, sólo había que abrir unas 40 puertas con sus correspondientes llaves, contestar al teléfono...

—Capitanía General. Dígame.

— ...

—¿De parte de quién?

— ...

—Un momento que voy a ver si está.

... repartir los periódicos, las órdenes y el menú del rancho del día y atender a las visitas. A menudo había que reservar las entradas para el cine o el teatro de las filas que todos los cines de Barcelona reservaban para los cargos públicos, y al terminar, a las 5 de la tarde, otra vez las 40 llaves para cerrar todas las puertas. Y una vez a la semana, con una botella de Netol y un trapo, el Señor Lorenzo nos mandaba a "sacarle brillo a las pelotas del General", las bolas doradas que había en las esquinas de los balcones de los despachos del General de Estado Mayor y de su asistente, el Comandante Lafuente. Así como la leona de bronce que había en el vestíbulo, frente a conserjería.

Y como éramos cuatro ordenanzas, cada día uno de nosotros tenía que dormir en un cuartucho dentro de Estado Mayor, por si alguna emergencia requiriera que se tuvieran que abrir o cerrar despachos o cualquier otra tarea no habitual. Lo que ocurría muy pocas veces.

Tocándome a mí, sólo una vez me despertaron para dejar pasar a un capitán que tenía que ir a su despacho, en Inteligencia Militar. ¡A saber qué secretos vendría a remover a esas horas!

Aunque un compañero, Ignacio, me comentó que una vez vino un teniente coronel con dos pibonas, que estuvieron en su despacho un par de horas. ¡A saber qué secretos vendrían a tratar a esas horas!

El Coronel de la Legión

Los que no disponíamos de ingresos extra teníamos que comer de rancho en Capitanía, pero allí no había dormitorios para todo el personal, por lo que para dormir la mayoría íbamos a un cuartel de intendencia, a unos 20 minutos de distancia, pasado el Parque de la Ciudadela.

De vez en cuando allí nos tocaba también hacer guardia, de cuartelero o imaginaria. El cuartelero tenía que estar TODO el día en la puerta del pabellón, donde estaban nuestros dormitorios (en realidad, un único dormitorio con unas 120 camas), pendientes por si entraba algún oficial y avisar...

—¡Compañía, Teniente! — para que todo el mundo se pusiera firmes.

Los imaginarias, cuatro por noche, tenían que estar velando el sueño de los demás durante dos horas, antes de despertar al siguiente imaginaria.

En el CIR donde hicimos la instrucción, las guardias se hacían a rajatabla, a más de uno le arrestaron por dormirse o faltar a su puesto. Pero en el cuartel de Intendencia ¡nunca pasaba nada! Nunca venía ningún oficial a inspeccionar, así que los imaginarias dormían a pierna suelta durante toda la noche y el cuarto era el único que se ponía el despertador para despertarnos al toque de diana. Y a veces ni eso.

La única vez que vino un oficial a nuestro pabellón fue un domingo de Junio, una semana antes del Día de las Fuerzas Armadas, mientras examinaba los dormitorios en los que tendrían que dormir los legionarios que iban a venir dos días más tarde para el desfile.

Entró a las 10 de la mañana, y debió llevarse una sorpresa al ver el pabellón, todo todo oscurito y silencioso, con unos sesenta reclutas durmiendo en sus catres.

Recorrió el pabellón hasta otro dormitorio que estaba al fondo, y que sólo se usaba para la primera noche de los nuevos reclutas, para despertarlos a la una de la madrugada con mangueras. Al coronel pareció no gustarle el pabellón, y se dirigió a la puerta para salir.

Alguno de los reclutas debía estar despierto, y al ver entrar al coronel había ido despertando a los demás.

—Oye, que ha entrado un coronel de la legión. ¿A quién le tocaba de cuartelero?

El susodicho, aún medio dormido, pensaba que le estaban gastando una broma, pero cuando vio al coronel volver del dormitorio del fondo y dirigirse a la puerta, reaccionó como un experto cuartelero y exclamó con voz marcial...

—¡Compañía, Coronel!

El coronel, ya en el vano de la puerta, se volvió sorprendido. Miró la sala en penumbras, vio al cuartelero sentado aún en la cama y con aspecto medio dormido, medio aterrorizado, y un par de soldados que hacían lo posible por salir de la cama y cuadrarse.

Meneando la cabeza, el coronel hizo un gesto despectivo con el brazo y salió del pabellón.

Y nunca más volvimos a tener otra visita.

El Cuartelero en la Cantina

Pero eso fue varios meses después del 23-F. Aquel aciago día me había tocado a mí estar de cuartelero y, fiel a la costumbre, estaba en la cantina, bebiendo cerveza con gaseosa en porrón y jugando al ajedrez con Pedro, un gallego que no era albino, pero no le gustaba el sol, y tenía la piel tan blanca que, si se levantaba por la noche, brillaba en la oscuridad. Con él compartía nuestra afición por la Ciencia Ficción y teníamos bastante amistad.

En aquella época sólo había dos canales de TV, la Primera y... ¡exacto, lo habéis adivinado! la Segunda.

No recuerdo lo que estaban echando en la primera, pero a esto que de repente entraron en la cantina unos soldados y un cabo cambió el canal de la tele, escuchándose el famoso tiroteo del hemiciclo.

Primero pensamos que sería una película, no podíamos creer que aquello pudiera estar pasando de verdad. ¿Guardias civiles en el Congreso pegando tiros? Imposible.

Pero conforme pasaban los minutos nos fuimos convenciendo de que aquello estaba pasando de verdad. La mayoría de mis compañeros reclutas estaban espantados, aunque algunos manifestaron su alegría. ¡Por fin había alguien bragado dispuesto a enderezar el rumbo de la nación!

El cabo me vio y me preguntó...

—¿Tú no estabas de cuartelero?

—Sí, mi cabo.

—Pues vete a tu puesto, que las cosas se van a poner muy serias. Todos los de Capitanía a vuestro pabellón. Y los de Intendencia también. La cantina se cierra para la tropa.

Durante toda la tarde estuvimos pendientes del transistor a pilas del cabo Bueno, escuchando las noticias, y preguntando a todos los de Capitanía que volvían sobre qué estaba pasando en la calle.

Uno contó que estaba en el metro, y notaba que la gente le miraba insistentemente. Uno de los pasajeros, mayor, se acercó a él y le preguntó.

—¿Tú no sabes lo que está pasando?

—Lo que está pasando ¿de qué?

—Que habéis dado un golpe de estado.

»Estuve a punto de reírme, pensando que era una broma, pero cuando vi cómo me miraba la gente, la verdad, me asusté. Entonces el señor me dijo...

—Niño, vete a tu cuartel y haz lo que te digan tus mandos, pero si te dicen que pegues tiros, tú ni caso.

»Salí del metro y me vine para acá corriendo. En la estación de Francia me encontré con varios compañeros que también volvían echando chispas.

Aparte de algún que otro gilipollas, todos los allí encerrados estábamos más asustados que otra cosa, y yo me preguntaba qué estaría pasando en Capitanía, donde seguro que Jimie estaría en medio del cotarro, en Estado Mayor, hasta que todo se resolviera, de una forma u otra.

A la madrugada, todos escuchamos el discurso de Juan Carlos, y pensamos que la cosa se tendría que resolver tranquilamente, aunque no las teníamos todas consigo. Sobre las tres, me fui a dormir, pues al día siguiente tendría que ir a Capitanía, y por lo que yo sé, esa fue la única noche en que los imaginarias se estuvieron turnando escrupulosamente.

A las 7 me despertaron, me vestí y me fui a Capitanía. Desayuné y me presenté a mi hora en Estado Mayor donde encontré a Jimie y al Señor Lorenzo con cara de no haber dormido en toda la noche.

—Juan —me dijo Jimie en un aparte— Hemos estado a punto de sacar los tanques, como en Valencia.

—¡Anda ya!

Por lo que luego supe, había dos tenientes coroneles y un teniente chusquero cuyo nombre no diré (cómo no iba a ser él uno de los gilipollas) que querían unirse a Tejero y Milans del Bosch, pero la mayoría de los oficiales dijeron que esperarían las órdenes de su superior, el Rey. Y cuando éste dio su discurso el Capitán General dio orden de que todos se fueran a sus puestos y de que nadie hiciera nada. Sólo si pasaba algo que lo requiriera se le avisaría, a él, y él decidiría cómo actuar.

Al Comandante Lafuente, asistente del General de Estado Mayor, le ví por primera vez con la camisa arrugada, y eso me reveló que había sido una noche de sudores e incertidumbres.

Jimie se fue a dormir al cuartucho de Estado Mayor, y cuando los diputados empezaron a salir por las ventanas del congreso, seguidos de los guardias civiles y, por último, el Teniente Coronel Tejero fue detenido, por fin todos nos relajamos, el señor Lorenzo se fue a su casa a dormir y yo me quedé con Ignacio a atender las llamadas y recados de los pocos, poquísimos oficiales que quedaron desde mediodía en Estado Mayor. Los únicos que quedaron al completo fueron los de Inteligencia Militar, el CESID.

Y, oficialmente, eso fue todo. Un susto y un disparo sin bala. Lo que vulgarmente se llama un gatillazo.

La Bultarrada

Un mes más tarde llegó la tercera bultarrada, los bultos recién salidos del CIR, y les gastamos las consabidas novatadas, desfiles de madrugada, limpieza de letrinas con cepillos de dientes, jura de calcetín, y, por primera vez, una encuesta realizada por un soldado que, por ser universitario y haber conseguido cinco años de prórrogas, tenía aspecto de más adulto y que se hacía pasar por teniente.

—¿Qué opinas del Teniente Coronel Tejero?

—Pues creo que es un hijoputa que debería ser encerrado en prisión y tirar la llave.

—¡Compañía, firmes! —exclamó indignado el supuesto teniente— ¡Viva Tejero!

—¡Viva! —exclamamos todos al unísono.

Alguno de los bultos sabía que estábamos de broma, pero la mayoría se acojonaron. «Dios mío ¿dónde me han metido?»

La verdad, lo de las novatadas a los bultos ya no se lleva, creo, pero en aquella época era habitual, y en todo caso las novatadas que me gastaron a mí y que luego yo gasté a los nuevos reclutas, eran mucho más leves en Capitanía que en los pabellones de nuestros vecinos de Intendencia. Y eran mucho peores en otros cuarteles, como el de la calle Jaén 25, donde a los reclutas se les hacía cruzar el dormitorio colgando de las vigas del techo, a más de seis metros de altura, y con más de una caída y lesionados.

La Chirigota del Golpe

No recuerdo si fue unas semanas más tarde, o quizás fue al año siguiente. Una chirigota de Cádiz, con motivo de los carnavales, sacó una canción que se estuvo oyendo durante semanas y que yo aprendí de memoria.

Con la música de Aquellos Duros Antiguos:

Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa...

...quellos guardias civiles que interrumpieron la votación,

jodieron la investidura del jefe de la nación,

secuestraron al gobierno, la prensa y la oposición.

 

Allí estaba Tejero ¡vaya un pitote!

con su tricornio negro, su traje verde, con sus bigotes.

Se subió la escalera y les habló:

—Estensé todos quietos, ay por favor.

 

Estaba la gente cagaita de miedo,

bajo los escaños, tiraos por el suelo.

De repente el Guti se fue pal Tejero;

ay, Jesús qué susto, nos matan al viejo.

 

Tejero sin inmutarse, sin moverse de su sitio

se pone a pegarle tiros al techo del hemiciclo.

Suárez se queda quieto, Carrillo no mueve un deo

y el pobre de Sagaseta rodilla en tierra rezando el Credo

y hasta se empinan los rizos de la cabeza del Escuredo.

 

Queeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeé...

... nochecita pasamos los españoles, vaya una gracia.

Si Borbón no lo remedia, nos quitan la democracia,

la huelga, los sindicatos y hasta la Constitución.

 

Los tanques por Valencia van como locos,

menos mal que Juan Carlos nos los convence poquito a poco.

Vamo a ver cómo acaba la situación,

se reúne la Junta de Estao Mayor

 

y al cabo de un rato sacan una nota

que dice «Tejero, no seas cabezota.

Ríndete al momento, no seas desgraciao

que los golpeteros te han abandonao».

 

Tejero, como ya dije, sin moverse del pollete

le pega un corte de mangas al Aramburu Topete.

—Y aquí no se mueve nadie, soy el caballo de Troya

y estoy dispuesto a cargarme a medio Congreso si no me apoya

que estoy hasta los bigotes de que me tomen por gilipollas.

Perdón por la interrupción

La Ley me obliga a darte el siguiente

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