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Cómo descubrí que era un Genio Informático y cómo mi padre me tiró del guindo

Creada29-05-2018
Modificada29-05-2018
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Octubre15

Aprendiendo a Programar

Siempre me han gustado las ciencias y la lógica. Desde que tengo memoria siempre me gustaron los problemas de ingenio y rompecabezas de lógica, y conforme fueron apareciendo los primeros ordenadores personales me fui interesando cada vez más por el tema.

Sobre el año 1.982 comenzaron a publicar revistas y fascículos de informática y programación. Empecé a comprarlos y estudiarlos, descubriendo que era un tema que me apasionaba.

En 1.984 me apunté a uno de los primeros cursos de programación que se daban en Torrejón de Ardoz. Me sorprendí al comprobar que casi todo lo que explicaban yo ya lo sabía.

¿Números binarios? Por lo que recuerdo, creo que fue sobre los 12 ó 13 años cuando aprendí a convertir números decimales en binarios, y viceversa. Cuando los aprendí, para mí eran un pasatiempo, convertía números a otras bases simplemente por pasar el rato y aprendí a realizar conversiones mentalmente, sin necesidad de usar lápiz y papel.

¿Algoritmos? Ya con 15 años me habían regalado una calculadora de Texas Instruments (más grande que un teléfono de los 80) y había desarrollado un algoritmo para resolver ecuaciones de 2º grado.

¿Organigramas, Variables, Instrucciones, Funciones, Bucles? Eso no recordaba haberlo aprendido, pero me resultó bastante fácil y natural entenderlos y utilizarlos.

En poco tiempo, el profesor decidió pasarme a otro grupo que había empezado dos meses antes, donde ya estaban explicando lenguajes de programación y no tuve dificultades para ponerme al corriente.

¡Creía que era un genio!

Un día llamé a mi padre, en Sevilla, y le dije que me había apuntado a clases de informática.

— ¿Otra vez?

— ¿Cómo que otra vez?

— ¿No te acuerdas que hace años te apuntaste a una academia de informática e hiciste un curso de programación?

— ¿Quién, yo? Que no, papa, que yo nunca he estudiado programación.

— Que sí, Juanito. ¿No te acuerdas que hicieron unos exámenes en la academia, tú sacaste una de las mejores notas del colegio y vino un vendedor para que te apuntaras a un curso de programación? ¿Es que no te acuerdas?

Lo decía con tanta seguridad que yo mismo empezaba a dudar.

— Y ¿terminé el curso?

— Pues aquí están los libros. No todos, porque a los varios meses te aburriste y dejaste de ir, aunque yo tuve que pagar el curso completo ¡y bien que me dolió! Un par de años más tarde el dueño de la academia desapareció con 30 millones de pesetas dejando a todos los maestros y alumnos descolgados. ¡Si salió hasta en los periódicos!

¡No me lo podía creer! ¿Cómo era posible que yo no recordara nada de eso?

Cuando en la Semana Santa hice una visita a Sevilla, allí me tenía mi padre preparados los libros del curso, con los problemas resueltos de mi puño y letra.

Por curiosidad, pasé por la calle San Gregorio, donde estaba el Instituto Barylan, un callejón al lado del Hotel Alfonso XIII, y lo único que pude recordar era que en la acera de enfrente había un bar donde, cuando yo tenía unos 15 años, hicieron un concurso de relatos de Ciencia Ficción, y un compañero de mi escuela, Colegio Juventud, en la calle Relator, presentó una novela. Yo la había leído antes de que la presentara, y ya le había advertido de que no existen las ratas espaciales, ni la temperatura fuera de la nave podía ser de 3.000 grados bajo cero, pero a pesar de todo consiguió un honroso noveno puesto.

Respecto a los libros de informática del Instituto Barylan, comprobé que los había leído todos, había resuelto todos los ejercicios y problemas e incluso había inventado un lenguaje de muy bajo nivel, casi código máquina, para resolver varios problemas matemáticos usando una gestión de memoria de Pilas LIFO.

Y apenas 10 años más tarde seguía teniendo esos conocimientos pero ¡había olvidado que los había aprendido!

No, no era un genio.

Era amnésico.

Perdón por la interrupción

La Ley me obliga a darte el siguiente

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