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¿Quién fue el principal conspirador del golpe? En este artículo el autor sospecha que el Rey Juan Carlos estaba al corriente, y no solo no lo impidió, sino que conspiró con Armada para ejecutarlo.

Creada30-05-2021
Modificada30-05-2021
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Diciembre12

23-F: La Conspiración del Rey

Teniente Coronel Tejero, Golpe de Estado del 23-F, 1981El 23 de Febrero de 1981, cuando se estaba realizando la votación de investidura de un nuevo presidente tras la dimisión del anterior, un grupo de guardias civiles, bajo el mando del Teniente Coronel Antonio Tejero, asaltaron el Congreso de Diputados.

—¡Quieto todo el mundo!

—¡Todo el mundo al suelo!

—¡Se siente, coño!

La Versión Oficial del Golpe

Al principio, algunos echaron las culpas a TODO el Ejército, pero puedo asegurar una cosa: Yo estaba en ese momento en el Ejército y ni yo, ni ninguno de los soldados y oficiales que yo conocía, participamos en la conspiración, ¡lo juro!

Cierto que algunos soldados y oficiales se alegraron de lo ocurrido y manifestaron su esperanza de que el golpe triunfara, que volviéramos a tener un Generalísimo y echar a los comunistas, amén de encarcelar a Carrillo por los crímenes de Paracuellos, pero la mayoría estábamos a favor de que fracasara y que no nos retrotrajeran a tiempos pasados.

También conocí hace 20 años a un guardia civil, ya jubilado, que dice que aquella mañana le metieron en un camión, le llevaron a la Carrera de San Jerónimo, y le apostaron en una esquina, junto al kiosco de prensa junto al Banco de España. Según él, pensaba que había un intento de atentado, y cuando supo lo que estaba pasando de verdad se arrimó todo lo que pudo al kiosco para pasar lo más desapercibido posible. Tampoco quiso entrar en muchos detalles, pero él decía que ninguno de sus compañeros sabía nada, aunque sí sospechaba que alguno de sus oficiales sí que estaba al corriente.

La versión oficial que se estableció es que sólo unos pocos oficiales de alto rango del Ejército quisieron cambiar el rumbo de la transición, que el rey Juan Carlos no estaba al corriente y que su discurso de la madrugada del 24 marcó el fin de la rebelión.

Pero con el tiempo se han ido revelando informaciones que han planteado dudas sobre esa versión oficial y que hacen sospechar que Juan Carlos SÍ estaba al corriente de lo que iba a ocurrir, y que no hizo nada para impedirlo. Al contrario, al principio del golpe esperaba que triunfara, y sólo al comprobar la falta de reacción de la mayoría del ejército, la reacción de la población, y, sobre todo, la bronca de su mujer, la Reina Sofía, fue cuando se acojonó y dio marcha atrás a sus pretensiones.

Al cabo de 40 años, tras haber leído varios libros, muchos artículos, y visto reportajes, entrevistas y tertulias (muy poco fiables éstas, pero en las que de vez en cuando se cuentan anécdotas interesantes) he llegado a hacerme una idea de cómo, más o menos, se gestó el golpe.

Insisto, es mi opinión y podría estar equivocado, pero, sinceramente, no creo estarlo mucho.

Los Descontentos de la Transición

Cuando Franco murió, dejó instrucciones de que todos los oficiales del Ejército fueran leales al Rey Juan Carlos, tal como durante 40 años habían sido leales a él. Y, por lo que sé, la inmensa mayoría lo fue.

Con la Transición, algunas de las decisiones del gobierno de Adolfo Suárez, fueron bastante criticadas por los oficiales militares.

La amnistía general que sacó a todos los terroristas de ETA a las calles, incluso a aquellos que habían cometido atentados contra casas cuarteles en los que habían muerto esposas e hijos de militares, e incluso contra supermercados, donde murieron decenas de civiles inocentes, niños inclusive, que no tenían nada que ver ni con el ejército ni con la política.

La legalización del Partido Comunista, la bestia negra de Franco, al que achacaba las culpas de todos los males que había sufrido España antes y durante la Guerra Civil, y que siempre combatió, enviando tropas, no sólo la famosa División Azul a "devolver la visita a Stalin", sino también a otros países y otras guerras en las que se luchaba contra el comunismo, como las guerras de Corea y Vietnam.

El indulto y la legitimación de Santiago Carrillo, ejecutor de las matanzas de Paracuellos y Torrejón de Ardoz, en las que miles de personas, detenidas por sus ideas o por sospechas, y a veces sólo por ser religiosos, o maestros, o por inquinas personales, fueron sacadas de las checas en las que estaban presos y llevados en autobuses para ser asesinados y enterrados en zanjas, más de dos mil en Paracuellos, más de 900 en Torrejón, y otros varios centenares en otros lugares perdidos de las carreteras a Zaragoza o a Valencia.

Muchos militares, que habían vivido aquellos aciagos tiempos de la guerra, estaban en contra de que se permitiera a Carrillo y los comunistas participar en el proceso democrático, y sólo la lealtad jurada al rey les mantenía en silencio.

Algunos no, y hubo varios intentos de conspiración, rápidamente descubiertos por el Servicio de Inteligencia Militar y que no llegaron a más que algunas reuniones en despachos y cafeterías, como la cafetería Galaxia, en la calle Atocha, que se hizo famosa por la Operación Galaxia, en la que pillaron a un Teniente Coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero Molina, que ya había manifestado en varias ocasiones sus discrepancias con la legalización del PC y el indulto a Carrillo, pero que hasta entonces era bastante desconocido.

Pero uno de los mayores descontentos, y quizás el que se consideraba a sí mismo intocable, era el General Alfonso Armada.

Ruido de Sables

El General Armada había sido tutor de Juan Carlos durante la mayor parte de su carrera militar. Se reunía con él a menudo y le informaba del estado anímico de la mayoría de la oficialidad del ejército.

Desde más de un año antes, Juan Carlos había manifestado a menudo que estaba a disgusto de la actuación del presidente de gobierno, Adolfo Suárez. No se sabe si ese disgusto era por cuestiones concretas o, lo que creo más probable, por la cizaña que Armada estaba sembrando en sus conversaciones con el rey. El caso es que éste manifestó en varias ocasiones que quería librarse de Suárez, a menudo con una gran falta de tacto y discreción.

Armada fomentó esta inquina personal y le propuso al rey un plan para librarse de Suárez y formar un nuevo gobierno con un presidente y vicepresidente de varias fuerzas políticas distintas. Fraga de Alianza Popular, Felipe González del PSOE, y otros varios parlamentarios de diversos partidos.

En principio, Juan Carlos se negó, pero en los meses siguientes Armada siguió alimentando su inquina y suspicacia.

—¡Hay ruido de sables! ¡Hay ruido de sables! — decía.

Y era él mismo el que estaba agitando los sables, entrevistándose con militares de alto rango, proponiéndoles participar en una asonada incruenta pero eficaz y afirmando que estaba obedeciendo las órdenes del rey.

Su objetivo no era acabar con la Constitución ni la Democracia, sino sólo cambiar, por la fuerza, el Gobierno de Suárez por un gobierno de coalición de todos los partidos, con él como presidente.

Terminó de concretar sus planes, elaboró cuál debía ser el nuevo gobierno, inició contactos con alguno de los futuros cargos y buscó Capitanes Generales leales, como Jaime Milans del Bosch.

Pero el General Armada era un general de oficinas y escuela, no tenía experiencia en mandar tropas en un golpe de mano, así que recurrió al recientemente célebre Teniente Coronel Tejero, de la Guardia Civil, para ejecutar el asalto al Congreso.

La Dimisión de Adolfo Suárez

Una parte importante del Servicio de Inteligencia Militar estaba al corriente, pero no todos. Y los pocos que se enteraron de algo, aún no sabían si realmente el Rey, como se decía, estaba detrás de la conspiración. Quien sí se enteró fue Adolfo Suárez, que, dolido por la animadversión que Juan Carlos le manifestaba desde hacía más de un año, decidió impedir el golpe de la forma más discreta posible, sin que ni siquiera se llegara a saber que hubiera habido una conspiración.

Dimitió.

Al entregar su propio cargo, pensó que el rey estaría satisfecho y la conspiración se detendría. Pero Armada no estaba satisfecho. Él había hecho planes para formar un nuevo gobierno de coalición, y según sus planes no quería a Calvo Sotelo de presidente, así que el golpe siguió adelante.

Pensando que tras su dimisión el golpe habría quedado anulado, Suárez convocó a las Cortes para que el día 23 de Febrero se ejecutara el relevo de la presidencia, con la votación de la investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo, del que tenía la completa seguridad de que saldría adelante.

Pero el golpe no se había neutralizado. Armada ultimó sus planes, informó al rey y fijó en la tarde del 23-F, durante la votación de la investidura, la ejecución del golpe.

Unos días antes, Juan Carlos llamó a su amante de aquella época, la actriz Bárbara Rey, casada con el artista circense Ángel Cristo, y le dijo que el Lunes 23 no saliera de casa ni llevara sus hijos al colegio, "porque puede pasar algo". Tampoco los hijos del personal de la embajada americana fueron al colegio, no se sabe si porque el embajador había sido avisado por el mismo rey, por Armada o por sus propias fuentes de inteligencia.

Tejero, obedeciendo las órdenes de Armada y, según él creía, del rey, entró en el Congreso. Milans del Bosch, Capitán General de Valencia, sacó sus tanques a la calle para evitar las posibles protestas ciudadanas. Y Armada se dirigió al palacio de la Zarzuela para ultimar el golpe.

Pero fueron los únicos, ninguno de los otros capitanes generales ni altos mandos militares que habían sido contactados por Armada se unieron a la asonada. Muchos estaban descontentos con la situación política, sí, pero se negaban a participar en una acción armada que podría tener consecuencias imprevisibles.

Y alguien que también contribuyó a detener el golpe fue la persona más inesperada: la Reina Sofía.

La Indignación de la Reina

Cuando Sofía tuvo noticias del golpe de Tejero, acudió a ver a Juan Carlos pensando apoyarle, pero al verlo comprobó que Juan Carlos estaba al corriente y que no parecía preocupado, al contrario, parecía alegrarse de lo ocurrido.

Sofía comprendió que, en realidad, el mismo rey había sido partícipe, quizás hasta inductor del golpe, y entró en cólera.

—¿Estás loco? ¿Es que quieres acabar como tu padre y tu abuelo, en el exilio? ¿Es que no recuerdas lo que le pasó a mi padre?

La ira de la reina no tenía límites, y Juan Carlos intentó justificarse dándole todos los argumentos que durante meses le había ido dando el general Armada, pero no pudo convencer a la reina.

Conforme transcurría la tarde y no llegaban noticias de más alzamientos en otras capitanías, pendiente de las noticias, Juan Carlos empezó a dudar de si, en realidad, había metido la pata hasta el fondo.

Fuese por la bronca de la reina o por las noticias, o la falta de noticias, cuando el General Armada llegó al palacio de la Zarzuela, Juan Carlos dio órdenes de que no le dejaran entrar. Sólo le transmitió un mensaje:

—¡Dádmelo hecho!

Armada se dirigió al Congreso, dispuesto a entrar, asumir el cargo de presidente, nombrar a los miembros del nuevo gobierno que había diseñado y culminar sus planes.

El Último Golpista

En el Congreso, Antonio Tejero esperaba impaciente la llegada de Armada, pero cada vez tenía más dudas.

Él tenía la conciencia tranquila, había obedecido órdenes de Armada y, según el creía, del rey, pero empezó a preguntarse si algunas órdenes debían ser obedecidas o cuestionadas.

A la llegada de Armada, antes de entrar en el Congreso, Tejero se entrevistó con él pidiéndole que le informara de cuáles serían sus siguientes pasos.

Y cuando Tejero se enteró de cuál sería la composición del nuevo gobierno, comprendió que Armada le había engañado.

—Yo no he hecho esto para poner a comunistas y nacionalistas en el gobierno.

Si en vez de Armada, hubiese sido un General con más experiencia de acción, seguramente habría sido capaz de imponer su rango y entrar en el Congreso. El mismo Milans del Bosch, por teléfono, le ordenó terminantemente a Tejero que dejara pasar a Armada y se pusiera a sus órdenes, pero Tejero ya sabía que le habían utilizado, engañado, y se negó.

Armada, Milans y los demás conspiradores comprendieron que el golpe había fracasado.

Juan Carlos podía haber intervenido llamando por teléfono a Tejero y ordenándole dejar entrar a Armada, y a él seguro que sí le habría obedecido, pero esa llamada sería, sin duda, intervenida, y él no quería que se le pudiera implicar en el golpe. Sólo quería lo que había manifestado en varias ocasiones, que "se lo dieran hecho". Pero no se lo dieron y, resignado, también él dio el golpe por fracasado.

Tras el discurso del rey, Tejero vio que todo estaba perdido. O bien Armada le había engañado, o el rey había cambiado de opinión. Quizás en aquella larga noche pensara cómo salvar los muebles, cómo forzar una salida, hacia delante o hacia atrás, pero al final se impuso su sentido de honor militar, quizás equivocado en algunas cosas pero firme en otras, y decidió entregarse y afrontar las consecuencias de sus actos.

Intentó salvar a sus subordinados, afirmando que simplemente obedecían sus órdenes, y aceptó silenciosa y resignadamente los treinta años de prisión, la pena máxima, a los que le condenaron. Los demás conspiradores, por unos u otros motivos, a pesar de ser algunos mucho más culpables, salieron de prisión mucho antes. El mismo General Armada, tras solicitar CINCO veces el indulto, manifestando su arrepentimiento y su propósito de no volver a delinquir, salió de prisión en 1988, apenas 7 años después del golpe.

Tejero tampoco llegó a cumplir la condena íntegra, pero el hecho de que en ningún momento afirmara que se arrepentía, ni solicitara un indulto, hizo que cumpliera la condena más larga, saliendo en libertad condicional en Diciembre de 1996.

Después, se retiró allí donde pudiera encontrar algo de olvido. No aceptó entrevistas ni hizo declaraciones, ni reivindicó sus ideas. Sólo a algunos amigos les confesó que nada fue idea suya, que todo lo que hizo, lo hizo obedeciendo órdenes.

Y cada vez que se cumple el aniversario del golpe, se encierra en su casa, echa las cortinas e intenta evitar a los periodistas que, año tras año, rondan su casa buscando una instantánea, una palabra o una reacción del último golpista fracasado.

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