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La Historia de Israel y Judá, desde su unión bajo el Rey David hasta su decadencia y exilio

Creada30-12-2014
Modificada25-12-2016
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Diciembre2

El Reino de Judá-Israel

De los muchos pueblos que vivían en Canaán, antes del regreso de los huídos de Egipto, los más importantes eran los fenicios, cananeos de la costa norte que se habían dedicado al comercio marítimo. Al Sur estaban los filisteos, descendientes de los pueblos del mar que se habían establecido allí tras su llegada, varios siglos antes. Entre ambos, y ocupando las tierras desde el Norte del Mar Muerto hasta Siria, estaba el reino de Israel. Y al Sur de éste, en una agreste zona montañosa poco apta para la agricultura, el pequeño reino de pastores de Judá y varios reinos algo mayores hasta las fronteras con Egipto.

Casi todos formaban parte del mismo pueblo, de la misma raza. El comercio era habitual, y los viajes de individuos, familias y tribus frecuentes, con la consiguiente mezcla y parentescos por matrimonios mixtos.

Si se podía hablar de un pueblo extranjero eran los filisteos, llegados apenas dos o tres siglos antes y que aún pensaban que la guerra era más lucrativa que el comercio, pero poco a poco iban dejando de ser tan conflictivos.

Viviendo entre Imperios

Todos los reinos de Canaán estaban en medio de dos imperios, Siria al Norte y Egipto al Sur. Ambos se disputaban las tierras intermedias de Canaán, pero no las querían para integrarlas en sus imperios sino para que fueran reinos tributarios, que les pagaran impuestos, sin necesidad de gastar dinero en administrarlos. Con la ventaja adicional de que siempre serían un escudo y un campo de batalla en los enfrentamientos que pudieran tener con sus rivales.

En algunos momentos Siria era más fuerte y destruía las guarniciones egipcias. Otras veces era al revés y los egipcios mandaban sus ejércitos contra Siria.

Los cananeos sabían que tenían que pagar el tributo al que mandase en cada momento. Cualquier intento de rebelión era sofocado con la máxima crueldad.

El Imperio Sirio cayó en decadencia y fue dominado por el Hitita. En los siglos sucesivos varios imperios cayeron y fueron sustituidos por otros nuevos imperios.

El Imperio de Canaán

Por una pura casualidad, sobre el año 1.100 se produjo una fase de decadencia y debilidad de los imperios, tanto al Norte como al Sur de Canaán. Por primera vez en la historia de Canaán pudieron formar ellos un imperio, no tan poderoso como Egipto o Siria en sus buenos tiempos, pero sí más fuerte de lo que ambos eran en ese momento.

El reino de Israel era el más importante e inició una serie de guerras de conquista para dominar a los demás reinos.

Lo consiguió estableciendo tratados y treguas con algunos y alianzas contra otros. Dejaron a los Fenicios como aliados, pues no les interesaba destruir su comercio, y dominaron a los demás reinos hasta Edom, en el Sur.

Judá era un reino insignificante, pero de él era David, uno de los mejores comandantes de mercenarios que se habían alistado en las fuerzas del rey.

Durante varios años se sucedieron las batallas de las que David salía siempre victorioso, ganando gran popularidad. Celoso de su fama y temeroso de una posible usurpación del trono, el rey quiso eliminarlo y David tuvo que huir refugiándose como mercenario en el ejército filisteo.

Consiguió convencer a los reyes filisteos para que le ayudasen a derrotar al rey Saúl, y así lo hizo, eliminando después a todos los hijos de Saúl que pudieran reclamar como herencia la corona de su padre.

De alguna manera consiguió convencer a los israelitas supervivientes de que él no sería un rey de Judá sobre Israel, sino el rey del nuevo imperio de Israel. Estableció la capital en Jerusalén, hasta entonces una pequeña ciudad en la frontera entre ambos reinos y en lo alto de una colina, lo que la haría fácil de defender.

Y, lo más sorprendente, consiguió convencer a sus aliados filisteos de que Israel sería un reino sometido a Pilistia, y que él siempre sería su vasallo.

No tardó mucho tiempo en ser lo bastante fuerte como para librarse de todos.

El Reino Unido de Israel

Tuvo que enfrentarse en varias batallas contra reinos enemigos, y también con algunos enemigos internos, pero en general salía victorioso y con el paso de los años la animadversión que tenían contra él algunos de los reinos dominados, especialmente los israelitas, se fue haciendo cada vez menos problemática, sobre todo porque su propio reino no lo llamó Reino de Judá o de Benjamín, como habría podido, sino que lo llamó Reino de Israel, lo que sirvió para apaciguar precisamente al reino que más problemas podía haberle causado.

Tras su muerte le sucedió su hijo Salomón, quien después de hacer la consiguiente purga entre sus hermanos se quedó sin pretendientes que pudieran disputarle el trono.

Si el reinado de David fue bélico y victorioso, Salomón se concentró en promover el comercio y la paz, mucho más ventajoso.

Fueron unos 80 años de prosperidad sin rivales externos que pudieran acabar con su sueño.

Los únicos descontentos de todo el reino eran los sacerdotes de Yavé, que veían cómo su pasada influencia en los reyes de Judá se perdía en la insignificancia. En toda Israel, Fenicia, Aser... en general en toda Canaán, los yavistas apenas tenían templos ni influencia mientras que los templos de Baal, Moloc, El, Astarté, sobre todo los que tenían prostitutas sagradas para financiar sus templos, eran frecuentados con asiduidad por los cananeos.

Y ni David ni Salomón quisieron prohibir las demás religiones, como pedían los yavistas.

El Reino Dividido

Tras la muerte de Salomón alguno de sus hijos quiso mantener el reino unido, pero los israelitas, que aún recordaban el tiempo en que Israel era un poderoso reino mientras que Judá apenas llegaba a varias tribus de pastores y ladrones, comprendieron que Judá no tendría fuerzas ni aliados suficientes para mantenerlos bajo su dominio.

Se separaron y la situación volvió a la anterior a David, un Israel fuerte y un Judá casi sin importancia.

Pero en el exterior los tiempos estaban cambiado y se formaban nuevos imperios. De las cenizas del imperio Hitita surgió Asiria, que rivalizó con los Babilonios, los Medos y los Persas. Y cada vez que alguno se agitaba golpeaba con la cola a Israel.

Y en el Sur, también Egipto comenzó a renacer.

Israel volvio a someterse como estado vasallo, unas veces a unos y otras a otros, con un difícil juego de equilibrio en el que cualquier decisión equivocada podía hacer que Israel acabara pisoteada por gigantes.

Tarde o temprano tenían que cometer un error y lo cometieron, cuando pensaban que Asiria estaría demasiado débil y las promesas de Egipto de ayuda militar les convencieron de que podían aspirar a una victoria. Ambas cosas fallaron y el resultado fue que Asiria invadió Israel, la arrasó, la incendió y deportó a todos los israelitas del gobierno, del ejército, de la administración y a todos los que fuesen algo más que campesinos o carpinteros. Más de 30.000 israelitas, la flor y nata de la sociedad, fueron enviados al Norte de Asiria y sustituidos por funcionarios y trabajadores asirios que se establecieron en Israel con sus familias.

El reino de Israel había desaparecido.

El Reino de Judá

A pesar de haber ocupado y destruido el reino de Israel, no dieron importancia al pequeño reino de Judá, al Sur, y tras poco tiempo los ejércitos asirios se fueron a enfrentar con nuevos enemigos. Varios reyes sucesivos de Judá aprovecharon el vacío de poder en Israel para ir ganando influencia y varias décadas más tarde el reino de Judá volvía a extenderse desde Edom hasta Fenicia. La máxima extensión de Judá fue durante el reinado de Josías que gobernó prudentemente pagando los tributos del imperio de turno a cambio de que le dejasen gobernar.

Pero un solo error al elegir el bando equivocado le llevó a enfrentarse, en apoyo de Asiria, contra los ejércitos de Egipto, batalla ocurrida al lado de la ciudad de Meggido, derrota que supuso la muerte de Josías y que fue recordada, y aún se recuerda, con el nombre de Armagedon.

De ahí en adelante el reino de Judá fue sufriendo una lenta decadencia hasta que cambiaron los vientos del poder y en Babilonia comenzó a gobernar Nabucodonosor.

La Deportación y el Exilio

Y una de las primeras cosas que hizo fue, tal como hicieron los asirios un siglo antes en Israel, deportar a todos los personajes ilustres, cargos oficiales, sacerdotes, políticos y los más ricos de los ciudadanos, al exilio en Babilonia.

Y, de nuevo, ni las tierras de Judá quedaron abandonadas ni los exiliados fueron sometidos a un trato de cruel esclavitud.

Los sacerdotes judíos exiliados en Babilonia tuvieron tiempo para leer las bibliotecas babilónicas, conocer sus leyendas e incorporar varias de ellas, como el Diluvio, la Torre de Babel y la historia de Caín y Abel, a sus textos sagrados, que reescribieron casi por completo.

Es posible que en esa época también se incorporara la idea de que Abraham procediera de Ur, en Babilonia, cuando lo más probable es que su ciudad natal fuera Jarám, al Norte de Siria.

Los 80 años de exilio en Babilonia no fueron tan malos como la historia posterior ha querido narrar o como Verdi retrató en su ópera Nabuco. Prueba de ello es que cuando Ciro permitió que los judíos que quisieran regresar a las tierras de sus padres apenas un grupo reducido de judíos emprendieron el regreso a Judá. La mayoría de los judíos exiliados prefirieron quedarse en Babilonia y ayudaron económicamente a los que regresaron a reconstruir el templo y el reino de Judá.

Judá y Samaria

Judá e Israel, mientras tanto, no eran tierras desoladas ni deshabitadas. Sus habitantes, campesinos, pastores, alfareros, canteros y comerciantes, habían vivido en una calma relativa, sometidos, eso sí, a pagar tributos al imperio dominante, pero viviendo en relativa paz. Los sacerdotes yavistas habían asumido que no se puede luchar eternamente contra las creencias de siglos y habían moderado su fanatismo y sus ansias de erradicar las creencias de los demás dioses.

En las ciudades de Israel siempre había habido templos a diversos dioses y, por primera vez, la convivencia entre los yavistas y las demás religiones fue más o menos pacífica, hasta el punto de que hubo muchos matrimonios mixtos.

Pero cuando regresaron los judíos del exilio de Babilonia lo hicieron con una religión que se había vuelto más radical y fanática, que había incorporado en su religión varias leyendas babilónicas y que abogaban por erradicar de la Tierra Prometida a cualquier representación de un dios que no fuera Yavé.

Los judíos no exiliados vieron sorprendidos cómo los exiliados al regresar asumieron el mando y el control religioso y político, apoyados por Babilonia y financiados por los judíos que allí habían quedado. Y antes de que se dieran cuenta los judíos que no procedían del exilio fueron convertidos en ciudadanos de segunda clase, despreciados por los judíos gobernantes quienes les llamaban con el despectivo nombre de samaritanos.

Al mando de los judíos babilónicos venía Esdras, un sacerdote yavista, radical y fanático que ordenó destruir todos los templos y altares que no fueran de Yavé.

Ordenó que todas las esposas de judíos que no fueran de origen judío fueran repudiadas. Y si algún judío no repudiaba a su esposa se vería desposeído de sus tierras y sus bienes.

Y también organizó a un grupo de escribas que recopilaran todos los escritos y leyendas que habían traído de Babilonia y, antes, de Israel y Canaán para construir con todo ello la versión definitiva de lo que hoy conocemos como la Torá o el Antiguo Testamento.

La Invasión Griega

En el año 332 aC Judá fue conquistada por Alejandro Magno. Para el pueblo llano fue una conquista que apenas tuvo importancia, pero las clases dirigentes fueron sustituídas por griegos que iniciaron un proceso de helenización de la sociedad.

Las antiguas lenguas habladas en Canaán, Israel y Judá eran cada vez menos habladas, sustituidas por la lengua griega, cada vez más usada por los mercaderes y extendida por todo el orbe.

Aún tras la muerte de Alejandro, sus herederos continuaron dominando e influyendo en la cultura de Judá e hicieron traducir la Torá al Griego, traducción que al ser realizada por 70 sabios de las tribus de Israel (en realidad, 72, seis de cada una de las 12 tribus, pero ¿quién los cuenta?) es conocida como la Traducción de los 70.

La Rebelión Macabea

La sociedad judía, debido a la influencia griega y al comercio internacional que atravesaba las tierras de Israel se fue haciendo más permisiva y tolerante con las costumbres, e incluso religiones, extranjeras. Como reacción, las familias y los sacerdotes yavistas se hicieron más fanáticos y extremistas, provocaron diversos disturbios que, en el 167 aC, Antíoco Epífanes decidió atajar definitivamente.

Se inició entonces la rebelión de los Macabeos, miembros de una familia que lucharon a favor de que sus creencias y sus templos recuperaran la preeminencia que tuvieron siglos atrás, en tiempos de Esdras, cuando todo el que no fuese yavista era muerto o expulsado.

La rebelión no prosperó, los macabeos fueron derrotados y Judá e Israel siguieron siendo unas tierras en las que se podían practicar diversas religiones, donde había templos dedicados a numerosos dioses y donde todos vivían en relativa paz, para disgusto de los sacerdotes más radicales.

La Invasión Romana

La verdad es que Roma nunco tuvo un gran interés en las tierras de Palestina. Estaban mucho más interesados en Persia y Egipto. Palestina estaba, simplemente, en medio y su conquista ni supuso un gran reto ni trajo grandes beneficios.

Pero en años sucesivos se formaron grupos rebeldes que combatían la ocupación romana, apoyados también por sectas religiosas. La religión yavista se dividió en varias facciones, todas con la declarada intención de devolver a Israel a las glorias del tiempo de David pero con la callada intención de volver a las represiones y tiranía religiosa de los tiempos de Esdras.

Roma reprimió varias revueltas y puso como rey títere a Herodes, encargándole que mantuviera la paz en el reino.

Para conseguirlo, Herodes inició la construcción de numerosas obras públicas que absorbieron gran cantidad de mano de obra haciendo que las pequeñas rebeliones perdieran su fuerza.

Pero si bien las células rebeldes desaparecieron, las sectas religiosas extremistas que las habían fomentado no lo hicieron. Siguieron predicando durante décadas la rebelión contra los romanos y contra los sacerdotes del templo que se habían vendido para conservar el poder religioso.

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