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Evangelio de Nicodemo Intervención en la Sinagoga

Creada09-06-2013
Modificada28-07-2015
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Febrero1

El Evangelio de Nicodemo

XV Intervención de Nicodemo en los debates de la Sinagoga.
Los judíos mandan llamar a José de Arimatea y oyen las noticias que éste les da

  1. Y Nicodemo se levantó y dijo:
    — Rectamente habláis, hijos de Israel. Os habéis enterado de lo que han dicho esos tres hombres, que juraron sobre la ley del Señor haber oído a Jesús hablar con sus discípulos en el monte de los Olivos, y haberlo visto subir al cielo. Y la Escritura nos enseña que el bienaventurado Elías fue transportado al cielo, y que Eliseo, interrogado por los hijos de los profetas sobre dónde había ido su hermano Elías, respondió que les había sido arrebatado. Y los hijos de los profetas le dijeron: "Acaso nos lo ha arrebatado el espíritu, y lo ha depositado sobre las montañas de Israel. Pero elijamos hombres que vayan con nosotros, y recorramos esas montañas, donde quizá lo encontremos". Y suplicaron así a Eliseo, que caminó con ellos tres días, y no encontraron a Elías.
    Y ahora, escuchadme, hijos de Israel. Enviemos hombres a las montañas, porque acaso el espíritu ha arrebatado a Jesús, y quizá lo encontremos, y haremos penitencia.
  2. Y el parecer de Nicodemo fue del gusto de todo el pueblo, y enviaron hombres, que buscaron a Jesús, sin encontrarlo, y que, a su vuelta, dijeron:
    — No hemos hallado a Jesús en ninguno de los lugares que hemos recorrido, pero hemos hallado a José en la ciudad de Arimatea.
  3. Y, al oír esto, los príncipes y todo el pueblo se regocijaron, y glorificaron al Dios de Israel de que hubiesen encontrado a José, a quien habían encerrado en un calabozo, y a quien no habían podido encontrar.
  4. Y, reuniéndose en una gran asamblea, los príncipes de los sacerdotes se preguntaron entre sí:
    — ¿Cómo podremos traer a José entre nosotros, y hacerlo hablar?
  5. Y tomando papel, escribieron a José por este tenor:
    1. Sea la paz contigo, y con todos los que están contigo. Sabemos que hemos pecado contra Dios y contra ti. Dígnate, pues, venir hacia tus padres y tus hijos, porque tu marcha del calabozo nos ha llenado de sorpresa. Reconocemos que habíamos concebido contra ti un perverso designio, y que el Señor te ha protegido, librándote de nuestras malas intenciones. Sea la paz contigo, José, hombre honorable entre todo el pueblo.
  6. Y eligieron siete hombres, amigos de José, y les dijeron:
    — Cuando lleguéis a casa de José, dadle el saludo de paz, y entregadle la carta.
  7. Y los hombres llegaron a casa de José, y lo saludaron, y le entregaron la carta. Y luego que José la hubo leído, exclamó:
    — ¡Bendito sea el Señor Dios, que ha preservado a Israel de la efusión de mi sangre! ¡Bendito seas, Dios mío, que me has protegido con tus alas!
  8. Y José abrazó a los embajadores, y los acogió y regaló en su domicilio.
  9. Y, al día siguiente, montando en un asno, se puso en camino con ellos, y llegaron a Jerusalén.
  10. Y, cuando los judíos se enteraron de su llegada, corrieron todos ante él, gritando y exclamando:
    — ¡Sea la paz a tu llegada, padre José!
    Y él repuso:
    — ¡Sea la paz del Señor con todo el pueblo!
  11. Y todos lo abrazaron. Y Nicodemo lo recibió en su casa, acogiéndolo con gran honor y con gran complacencia.
  12. Y, al siguiente día, que lo era de la fiesta de Preparación, Anás, Caifás y Nicodemo dijeron a José:
    — Rinde homenaje al Dios de Israel, y responde a todo lo que te preguntemos. Irritados estábamos contra ti, porque habías sepultado el cuerpo de Jesús, y te encerramos en un calabozo, donde no te encontramos, al buscarte, lo que nos mantuvo en plena sorpresa y en pleno espanto, hasta que hemos vuelto a verte. Cuéntanos, pues, en presencia de Dios, lo que te ha ocurrido.
  13. Y José contestó:
    — Cuando me encerrasteis, el día de Pascua, mientras me hallaba en oración a medianoche, la casa quedó como suspendida en los aires. Y vi a Jesús, brillante como un relámpago, y, acometido de terror, caí por tierra. Y Jesús, tomándome por la mano, me elevó por encima del suelo, y un sudor frío cubría mi frente. Y él, secando mi rostro, me dijo: "Nada temas, José. Mírame y reconóceme, porque soy yo".
  14. Y lo miré, y exclamé, lleno de asombro:
    — ¡Oh Señor Elías!
    Y él me dijo:
    — No soy Elías, sino Jesús de Nazareth, cuyo cuerpo has sepultado.
  15. Y yo le respondí:
    — Muéstrame la tumba en que te deposité.
    Y Jesús, tomándome por la mano otra vez, me condujo al lugar en que lo había sepultado, y me mostró el sudario y el paño en que había envuelto su cabeza.
  16. Entonces reconocí que era Jesús, y lo adoré, diciendo:
    — ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
  17. Y Jesús, tomándome por la mano de nuevo, me condujo a mi casa de Arimatea, y me dijo:
    — Sea la paz contigo, y, durante cuarenta días, no salgas de tu casa. Yo vuelvo ahora cerca de mis discípulos.
 

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