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En una noche oscura, tres viajeros, guiados por las estrellas, buscan un suceso maravilloso

Creada01-03-2016
Modificada01-03-2016
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Diciembre1

 

La Estrella y el Águila

Juan Polaino López

  

Para Amelia

 

Lucio Germánico miró con indiferencia a los judíos que acababan de llegar a la puerta de la ciudad.

El hombre, cubierto con una deshilachada toca de lana y apoyado en un cayado, iba acompañado por un niño de unos ocho años que sujetaba la brida de un borrico sobre el que iba sentada una mujer de la que, a la luz de las antorchas, apenas podía verse el rostro bajo una espesa capucha. De las alforjas del borrico asomaban varias mantas bajo las cuales debían encontrarse sus pertenencias.

– La ciudad está ya cerrada –dijo el decurión– Si queréis entrar tendréis que esperar hasta mañana.

– Señor. Si lo permitís, mi esposa está en cinta y a punto de parir. Vamos a casa de mi hermano, Cleofás de la tribu de Leví. Os ruego que me permitáis pasar para que mi esposa encuentre pronto descanso.

– Imposible. Pero tal vez encuentres alojamiento en la posada que hay a menos de una legua, camino de Hebrón. Y si no, por el camino hay varias cuevas que usan los pastores para guardar sus rebaños por la noche.

– Permitid, al menos, que mi hijo Jacobo entre a avisar a mis parientes.

– Sí, por supuesto –respondió el decurión con una risotada– Mañana en cuanto amanezca podrá entrar.

Lucio Germánico se rió junto con los demás soldados que hacían la guardia en la Puerta del Pescado, al norte de la ciudad de Jerusalén.

El hombre apretó el cayado con rabia, pero sabiendo que no sería posible despertar la compasión de aquellos corazones extranjeros, se dio media vuelta y tras hablar brevemente con la mujer, sujetó las bridas del borrico y se dio la vuelta hacia el camino de Hebrón.

Al pasar por su lado, la luz de las antorchas iluminó el rostro de la mujer y Lucio pudo vislumbrarlo brevemente.

Era joven, apenas llegaría a los quince años y en su rostro se reflejaba el dolor que debía sentir por su avanzado embarazo. Lucio sintió compasión por ella, pero las órdenes eran claras. A partir de la puesta del sol nadie debía cruzar las puertas de Jerusalén.

La siguió observando mientras emprendían el camino que rodeaba las murallas hacia el sur y deseó que encontraran alojamiento en la posada que había algo más al sur, si bien lo veía difícil, pues pronto empezaría la Pascua y lo más probable era que estuviese llena.

Se giró al oír que la puerta de la muralla se abría y salía un pequeño grupo de soldados.

– Tracio –dijo el decurión– ¿qué haces aquí? ¿Hay alguna novedad?

– Vengo de parte del capitán con la orden de buscar a un soldado que hable parsi. Me han dicho que hay uno en esta decuria.

Lucio dio un paso al frente y se presentó.

– Lucio Germánico, yo hablo parsi.

– Bien, ven conmigo.

Lucio se ciñó el cinto de la espada, cogió su escudo y se lo colocó en la espalda, tomó su lanza y caminó tras Tracio hacia la puerta de la ciudad.

Al llegar al destacamento de guardia, Tracio le ordenó que esperara.

Lució observó que había un numeroso grupo de viajeros que estaban preparando los atalajes de varios burros y camellos, y entre ellos había también dos hermosos caballos árabes con ricas cinchas pero sin sillas de montar.

Iba a preguntar quienes serían estos viajeros cuando el capitán salió del edificio.

– ¿Eres tú Lucio Germánico?

– Sí, capitán.

– Me han dicho que hablas parsi. ¿Sabes otros idiomas?

– Aparte del griego y latín, también hablo arameo, galo, germánico, iraní y kitano.

– ¿Hablas kitano?. ¿Cómo lo has aprendido?

– Hace cinco años fui escolta de unos mercaderes de Catai que regresaban a su tierra y los acompañé hasta Alasandra, al Este de Irán, a unas novecientas leguas al este de aquí.

– ¡Novecientas leguas! ¿Cuánto tiempo tardaste en el viaje?

– Unos cinco meses de ida. Pero a la vuelta me detuve varios meses en diversas ciudades y tardé dos años en regresar.

– ¿Estuviste en Persia?

– Sí, varios meses en Babilonia.

El capitán se lo quedó mirando como si lo estuviera evaluando. Después continuó.

– Hay aquí unos ilustres viajeros persas que están en una misión... Bueno, lo que hagan no viene al caso, pero se han empeñado en salir de viaje esta misma noche. El rey les ha concedido permiso para viajar y les ha ofrecido una escolta de dos soldados que les sirva de salvoconducto. Les acompañarás en su viaje hasta su regreso.

– Sí, capitán.

– Una cosa más. No sólo tienes que acompañarlos, sino que cuando regreses tienes que informar al rey Herodes de dónde han ido y qué han hecho. También tienes que averiguar lo que puedas de su misión.

– Y ¿en qué consiste su misión?

El capitán le miró con el ceño fruncido antes de responder.

– Como se supone que tienes que fingir ignorancia es mejor que hables con ellos, te ganes su confianza y que les preguntes a ellos. ¿Crees que podrás hacerlo?

– Nunca he tenido problemas para hablar con extranjeros. –dijo Lucio sonriendo.

– Espera aquí hasta que te presente a los astrólogos.

– ¿Astrólogos?

El capitán se dirigió hacia un callejón por el que en ese momento estaban entrando en la plaza varios señores con sus criados.

"Más criados", pensó. "¿Cuán ricos eran estos astrólogos?"

Después de charlar brevemente con uno de ellos, el capitán se dirigió al cuarto de guardia.

Un camello empezó a pifiar violentamente agitándose y haciendo caer la carga que llevaba. Los camelleros lo sujetaron fuertemente golpeándolo con varas. Uno de los señores ¿astrólogos? se acercó con rapidez reprendiendo severamente a los criados. Cogió un fardo y, tras desatarlo, desenvolvió una caja en cuya superficie Lucio vio varios círculos extraños. Lo manipuló hasta comprobar que el objeto no se había dañado y lo volvió a envolver con cuidado en medio de varias telas y pieles, atando después el fardo con tiras de cuero.

El efecto calmante de las varas en la recia piel del camello le hizo tranquilizar y los criados volvieron a colocar los serones en los que a continuación cargaron todos los fardos, a excepción del que aún sujetaba el astrólogo.

Sólo cuando el camello volvió a estar cargado y tranquilo, el hombre colocó su apreciado tesoro en medio de los numerosos fardos de pieles, como protegiéndolo de una nueva caída.

"Estúpido." pensó Lucio "Llama la atención innecesariamente sobre su más valioso tesoro. Cualquier mercader sabe que los bienes más valiosos deben envolverse en las pieles más pobres y ser tratados con desprecio, para que los ladrones no sospechen dónde se ocultan".

Vueltos a reunir los señores, el capitán llegó con Gestas, un joven soldado de la guardia de Herodes, quien se reunió con Lucio. Ambos se dirigieron a intendencia donde hicieron acopio de varias tortas, empanadas y carne salada, suficientes para un par de días.

Al volver, el capitán estaba hablando en griego a un intérprete que traducía al parsi para los señores, si bien Lucio se dio cuenta de que ninguna de esas lenguas era muy bien conocida por el intérprete y cometía varios errores de traducción. Aparte de eso, dos de los astrólogos parecían comprender lo que decía el intérprete, pero el tercero se inclinaba hacia uno de sus criados que a su vez le traducía lo que decía el intérprete.

Lucio se sorprendió al ver que este último astrólogo era kitano, sus rasgos así lo delataban, así como sus ropas, que bajo una gruesa capa brillaban como la seda. Otro era persa, no cabía duda por su barba trenzada y su traje sacerdotal, sin duda un sacerdote de Mitra. El tercero le pareció un enigma. Tenía la piel oscura, casi negra, pero no tenía los rasgos típicamente nubios. Más bien parecía egipcio, pero tampoco vestía como tal.

– Estos soldados os guiarán y portarán vuestro salvoconducto. –estaba diciendo el capitán– Lucio Germánico, además, os podrá servir de intérprete si encontráis alguien que no hable griego, ya que también habla latín y arameo.

– Y Kitano, si es que mis humildes conocimientos merecen vuestra atención –dijo Lucio en ese idioma.

Los ojos del kitano chispearon de alegría y fue a decir algo, pero el sacerdote persa le interrumpió.

– Más adelante tendremos ocasión de hablar, pero ahora debemos partir cuanto antes.

Los criados ya habían terminado de preparar las monturas y arreos y tras la guía de los tres astrólogos se dirigieron atravesando las calles de la ciudad vieja hacia la puerta más cercana, al Oeste de la ciudad.

Caminaron con rapidez, y el decurión de guardia apenas los entretuvo el tiempo necesario para que Lucio le enseñase el salvoconducto.

Iluminando su camino con antorchas, dos criados iban avanzando por un camino de tierra y polvo en el que se veían las huellas de numerosas personas, animales y carros. Tras ellos iban los astrólogos, flanqueados por otros criados con antorchas, Lucio y Gestas, y, detrás, los dos caballos árabes y los asnos y camellos que transportaban su equipaje, y quizás sus riquezas.

Pasaron junto a las murallas del palacio de Herodes y rodearon la ciudad para coger el camino de Hebrón.

El kitano se volvió hacia Lucio y le dijo algo que no entendió. Después cambió de idioma.

– ¿Hablas este idioma?

– Sí, señor.

– Cuando has dicho que hablabas kitano me has sorprendido gratamente, pero Kitay es un país tan grande que en él se hablan varios idiomas. Me alegro de que tengamos este idioma en común.

– Me lo enseñaron unos kitanos que vinieron a comerciar con seda y especias. ¿Es seda lo que vestís?

– Sí. Claro que con el frío me cubro con una capa, pero mis ropas son de la mejor seda de Kitay.

– Me había parecido, pero con la oscuridad no estaba seguro. De todas formas, ¿podríais satisfacerme una curiosidad? ¿De qué planta se extrae la seda?

– Estuviste con unos tratantes en seda el tiempo suficiente para aprender uno de los varios idiomas kitanos, y en todo ese tiempo ¿no te dijeron de dónde se obtiene la seda? Pues has de saber, Lucio, que hicieron bien, ya que por orden del emperador la producción de seda es uno de los secretos mejor guardados de Kitay. Cualquiera que lo revelara a un extranjero sería condenado al suplicio de las mil muertes. Junto con el extranjero al que se lo hubiera revelado.

Lucio estaba desconcertado. Aunque el kitano hablaba de una forma jovial y alegre, sus palabras eran bastante serias y amenazadoras. Recordó que los kitanos eran muy corteses, incluso cuando amenazaban. Sin estar aún seguro de la seriedad de sus palabras decidió cambiar de tema.

– Y ¿puedo saber cuál es el motivo de vuestro viaje? ¿O también es un secreto que me depararía el suplicio de las mil muertes?

– No. –respondió con una alegre risa– Esto puedo decírtelo. Hace ya muchos años, un ilustre astrólogo de mi país afirmó que, según sus cálculos, pronto se iba a producir un cambio de era. Hemos salido de la era de Aries y entramos en la de Piscis. ¿Sabes lo que significa eso?

– La verdad es que no.

– ¿Conoces las constelaciones?

– Sí, claro. Todos los soldados que tengan que hacer guardias por la noche las conocen.

– ¿Sabes dónde está la constelación de Aries?

Lucio miró al cielo. Tras unos segundos contemplando las estrellas afirmó.

– Ahora no se ve. Estamos en marzo y en esta época del año no suele verse.

– Eso es porque está bajo el horizonte y sale casi al mismo tiempo que el Sol. Pero dentro de seis meses estará en el extremo opuesto del firmamento y se verá durante toda la noche.

– Sí, eso es lo normal.

– Es lo normal, lo ha sido durante los últimos dos mil años. Siempre que llega la primavera, el Sol está en Aries, y por eso en estas fechas no se puede ver esa constelación. Pero poco a poco, cada año un poco más, el día que empieza la primavera el Sol está cada vez más a la derecha hasta que, al cabo de dos mil años, está saliendo de Aries y entrando en la constelación de Piscis. Y dentro de dos mil años saldrá de Piscis y la primavera empezará con el Sol en Acuario.

– Y esto ¿tiene mucha importancia?

– ¡Por supuesto! ¿No sabes que todo lo que ocurre en los cielos influye en lo que ocurre bajo ellos?

– Cuando llueve o hace sol, sí –afirmó Lucio riendo– pero por mi experiencia sé que lo que ocurre bajo los cielos nunca influye en ellos. Ya podéis poner a mil sacerdotes rezando y sacrificando carneros en los altares de Mitra, Zeus o Amón, que no impedirán que salga el sol, se desborden los ríos o se detenga una sequía.

– ¿Eres, pues, descreyente? ¿No adoras a los dioses?

– Sigo el consejo de un viejo camellero: "No te metas con ellos, y ellos no se meterán contigo"

– ¡Ja, ja, já! ¡Ojalá fuera cierto! Pero aunque no te metas con ellos, basta con que pases cerca para que alguno te escupa.

– ¿Te refieres a los camellos o a los dioses?

Ambos estallaron en una alegre carcajada que llamó la atención de sus compañeros de viaje.

Durante un largo rato continuaron charlando de diversos temas. El kitano le preguntó por su vida y sus viajes y se sorprendió de que Lucio fuera hijo de un esclavo liberado por su oficio de gladiador en el circo romano.

– Mis padres fueron capturados en una incursión de Julio César en Galia y Germania, hace unos cuarenta…, no, cincuenta años. Mi padre era muy joven y fue enviado a morir en el circo romano pero, aún desarmado, consiguió matar a dos gladiadores, así que lo entrenaron en el manejo de las armas y fue gladiador durante más de veinte años, los primeros como esclavo, pero después, el emperador Octavio, tras la celebración de unos juegos, lo liberó, le regaló un escudo de plata y le dio una villa. Aún siguió siendo gladiador libre durante unos años, pero mi madre, por fin consiguió que se retirara y se dedicara al cultivo de las viñas.

– ¿Y tú no abrazaste el oficio de tu padre?

– Me entrenó para ello, pero también me contaba extraordinarias historias de su tierra, Germania, y de joven quise ir a visitarla. ¡Já! Me habló tantas veces de las maravillas de Germania que me incitó a conocerla, pero cuando se lo dije no hizo más que intentar disuadirme. Cuando llegué a Germania entendí por qué. Ni Germania era tan maravillosa como presumía mi padre, ni los germanos eran amables y hospitalarios con los extranjeros. Quedé desencantado de la fría tierra de mi padre, pero me entró el prurito de las sandalias inquietas y desde entonces he viajado por diversos países como escolta o soldado. Viajé por la Galia, la tierra de mi madre, y desde ahí a otros numerosos países, ganándome la vida como soldado mercenario, llegando casi hasta tu misma tierra.

– ¿Llegaste a Samarkanda?

– No. Antes de llegar nos desviamos hacia el sur, hacia la India, porque los mercaderes a los que acompañaba querían comprar especias antes de volver a Catai, pero no llegué tan lejos. Pasamos por Bagram y de ahí llegamos a Alasandra, la famosa Alejandría del Cáucaso fundada por Alejandro. Al menos así es como la llamaban en esa época, aunque los nativos de allí la llamaban Kapisa. Allí me separé de los mercaderes y tras trabajar como escolta para varias caravanas acabé regresando aquí. Ahora soy soldado de Herodes, por suerte para mí confía más en mercenarios extranjeros que en su propio pueblo.

– ¿Y seguirás aquí mucho tiempo? ¿No deseas volver a casa de tus padres?

– Tal vez.

El kitano observó un sombrío tono de tristeza en su voz. Dejó que pasaran unos minutos en silencio antes de que Lucio volviera a hablar.

– Quisiera volver algún día con ellos, pero...

De nuevo se sumió en el silencio.

– ¿Discutiste con ellos?

– ¡No! Mis padres eran los mejores padres que se puedan tener y su historia es una de las más bellas historias que se puedan contar. –Lucio respiró profundamente ordenando sus pensamientos antes de continuar– Se conocieron al ser capturados por César, ella en la Galia y él en Germania, y viajaron a Roma donde los vendieron por separado. Mi madre fue comprada por una familia patricia y mi padre fue enviado a morir al circo romano. Pero cuando años después mi padre se convirtió en un famoso gladiador, pidió a su amo que la comprara para ser su compañera. Poco después nacieron mis hermanos, el cuarto fui yo y cuando el emperador Octavio nos liberó fuimos a vivir a la villa en la que pasé el resto de mi infancia. Mi padre siempre amó a mi madre desde que la conoció, incluso cuando yo nací dejó que fuera ella quien me pusiera el nombre. –y sonriendo, añadió, como haciendo una confidencia– Sólo que no era Lucio.

– ¿No? ¿Cuál es entonces tu verdadero nombre?

– Mi madre me llamó con el nombre de su ciudad, Lutecio, aunque mi padre, desde niño, siempre me llamó Lucio.

– Lutecio, Lucio. ¿Tienen algún significado?

– La ciudad de mi madre se llama Lutecia, la ciudad de la luz o la ciudad de la estrella. Está en las orillas de un río, en la Galia. Y Lucio es el nombre de un pez que se puede pescar en él. Así era como mi padre me llamaba.

El kitano le observó en silencio durante unos minutos.

– Veo que aún los amas. Entonces ¿por qué has postergado tantos años tu regreso a casa?

Lucio no respondió y el kitano se dio cuenta de que no quería hablar de ello.

Al cabo de un incómodo silencio, Lucio volvió a hablar.

– ¿Y tú?, ¿qué ha podido traerte tan lejos de Catai? ¿O es Kitay, como te he oído nombrarla? ¿Es por el cambio de era que has mencionado?

– Mi país se llama China, pero en el extranjero le dan muchos nombres, uno de ellos es Kitay y es el que uso cuando estoy lejos. Es la nación más grande del mundo. Algunas de sus ciudades tienen más habitantes que todo el imperio persa, tal vez incluso más que todo el imperio romano.

Lucio sonrió escéptico, pero no hizo ningún comentario.

– Veo que no me crees.

– No pongo en duda la sinceridad de tus palabras, pero por mi experiencia sé que todos los pueblos presumen de ser los más grandes o de haberlo sido en un glorioso pasado. Hasta los judíos de esta tierra, que por lo que sé siempre han estado dominados por otros pueblos, presumen que hace mil años formaron un imperio con grandes y sabios reyes.

– Y sin embargo la capital de Kitay, de donde vengo, tiene más de un millón de habitantes.

Lucio meditó un momento antes de responder.

– Pues deberé creerte, ya que lo mismo me dijeron los mercaderes a los que escolté hace años, aunque siempre pensé que exageraban. La verdad es que nunca he conocido una ciudad más grande que Roma. Ya tenía medio millón de habitantes cuando la dejé, pero me han dicho que ahora tiene casi el doble. El año pasado el emperador César Augusto ordenó un censo en todo el imperio romano, pero no sé si habrán terminado de hacerlo ni cuál habrá sido el resultado.

Oyeron ruidos de cantos mientras pasaban junto a una posada en el camino. Un criado salió con dos cubos que vació en una maloliente acequia y se quedó contemplando la comitiva. Cuando dejaron la posada atrás, Lucio volvió a preguntar.

– ¿Y vuestro viaje...?

– Pues sabrás que cada cambio de era viene acompañado con la caída de viejos imperios y dioses y el nacimiento de otros nuevos. Los astrólogos de Kitay que eran mis maestros pronosticaron que el siguiente dios había de nacer en tierras lejanas, hacia occidente y muy seguramente en estas fechas. Emprendí el camino hace dos años buscando astrólogos en todos los países que atravesé. Seis meses después de partir me alojé en un monasterio al norte de la India donde conocí a otro astrólogo que se unió a mi búsqueda y hace un año llegamos a Babilonia donde encontramos al tercero. Unimos todos nuestros conocimientos y apenas hace cinco meses encontramos la pista definitiva que nos trajo hasta aquí, hasta esta misma noche.

– ¿Esta noche? ¿Qué va a pasar esta noche?

– Que casi todos los dioses se han reunido en la misma casa, y eso anuncia el nacimiento de un dios que hará sombra a todos los demás durante la próxima era de dos mil años.

– Ahora hablas en enigmas y misterios, como los sacerdotes de Mitra o Dionisos. ¿Qué significa eso?

El astrólogo se quedó mirando a Lucio intrigado.

– Es curioso que hayas mencionado a Mitra y Dionisos. Tal vez no sea yo la persona más indicada para explicártelo, pero la noche es larga, tenemos que caminar aún un par de horas antes de acampar y esperar el amanecer. Más adelante seguiremos hablando. Ahora debo hablar con mis compañeros.

El kitano se adelantó y comenzó a hablar con los otros astrólogos en una lengua que Lucio no comprendía. Reconocía algunas palabras iranís, que se hablaba en las tierras más lejanas al Este que Lucio había visitado, pero debía ser de algún pueblo aún más lejano. Tal vez la India, a cuya frontera estuvo a punto de llegar hace años.

Por las miradas que le dirigían de vez en cuando, notó que el kitano estaba hablando de él y entonces cayó en la cuenta de que el astrólogo de piel negra debía ser indio, no egipcio como había pensado al principio.

"Claro" pensó. "El kitano encontró al indio y este se unió en su viaje a Babilonia donde encontraron al sacerdote de Mitra"

Siguieron caminando durante largo rato a través de la noche. Las luces de Jerusalén, y aún las de la posada, habían quedado atrás, ocultas tras los promontorios y colinas que bordeaban el camino. A su alrededor se cernía una inmensa negrura en la que las estrellas, cubiertas por leves jirones de nubes, apenas iluminaban su senda.

Los guías se habían desviado del camino hacia el Oeste y Lucio se preguntó si ese desvío era intencionado o es que se habían extraviado. Iba a adelantarse para advertirlo pero en ese momento el sacerdote babilónico dio la orden de detenerse y los astrólogos se adelantaron unas decenas de metros para observar las estrellas.

Después de hablar entre ellos el sacerdote babilónico decidió que acamparan allí mismo, pero sin encender hogueras. Tras montar el campamento para pasar lo que quedaba de noche, incluso apagaron las antorchas.

Mientras los criados se echaban a dormir, los astrólogos siguieron hablando en susurros. Lucio y Gestas subieron a un promontorio cercano y a lo lejos vieron un par de hogueras en el campo. Casi en el horizonte, al sudeste, había unas tenues luces de lámparas que debían ser de la ciudad de Belén. Se habían desviado al menos un par de millas del camino.

– ¿Haces tú la primera guardia o la segunda? –preguntó Lucio.

– Haré la primera –respondió Gestas– A media noche haremos el cambio de guardia.

– No. Ya han pasado tres, casi cuatro horas de noche. Quedan ocho horas y las repartiremos a partes iguales. Tú harás cuatro horas y yo haré luego otras cuatro. –Observó las estrellas un momento antes de añadir– El cielo se ha despejado de nubes. Cuando salga Escorpio... no. Cuando empiece a salir Sagitario por el horizonte puedes venir a que te releve.

Gestas fue a protestar, pero ya había tenido varios enfrentamientos con Lucio y sabía que no se iba a dejar engañar. Con un gesto hosco se volvió al Este y se preparó a pasar la noche de guardia.

Lucio se volvió sin decir palabra y descendió por la empinada pendiente del promontorio. Guiándose por el sonido de los animales y los susurros de la conversación, Lucio volvió al campamento. Iba a buscar un lugar donde echarse a dormir cuando el sacerdote babilónico se dirigió a él invitándole a sentarse con ellos.

– Me han dicho que dominas varias lenguas y eres versado en los Misterios.

– Lo de las lenguas es cierto, pero los Misterios siempre han sido un misterio para mí.

El sacerdote lo miró con sorpresa durante unos segundos antes de soltar una carcajada.

– Además tienes sentido del humor. Es raro encontrar un soldado con esas cualidades.

– Para mí es aún más raro encontrar personas tan ilustres y sabias de las que pueda aprender tanto.

– Faltan varias horas para el amanecer y, aunque nuestros criados duerman, nosotros debemos permanecer despiertos. Dime, ¿qué te gustaría aprender en estas horas de obligada espera?

Lucio pensó que si se quedaba a charlar acabaría por no dormir en toda la noche, pero recordó que, en realidad, esa era la misión que le habían encomendado. No sólo eso, ¡le apetecía! seguir conversando con ellos.

– Es tanta mi ignorancia que cualquier cosa que me enseñéis será un tesoro de sabiduría que conservaré hasta mi vejez.

– ¿Cómo, por Mitra, has aprendido a hablar de esta manera? –exclamó el babilonio desconcertado– Simulas ignorancia, pero hablas como algunos de los hombres más sabios que haya conocido.

– Aprendí el noble arte de la conversación de unos mercaderes kitanos que conocí hace años y con los que viajé hasta el extremo oriental de Irán. Pero permitidme que os corrija pues mi ignorancia no es simulada. Nunca aprendí de ningún maestro, aunque sí de otros mucho más sabios que yo que he ido conociendo en mis azarosos viajes.

– Me ha llamado la atención el escudo que llevas. ¿Podrías mostrárnoslo?

Lucio se quedó intrigado. ¿Por qué querrían ver su escudo?

Intranquilo pero sin encontrar una excusa para negarse se quitó el escudo de la espalda y se lo tendió. Los astrólogos lo examinaron con curiosidad.

– ¿Es un águila lo que está dibujado en el cuero?

– Un águila imperial.

– Bajo el cuero –dijo golpeándolo con los nudillos– hay metal.

Lucio no hizo ningún comentario.

El kitano dijo algo en el idioma que Lucio no entendía, y los otros dos astrólogos lo miraron con asombro.

– ¿Es este –preguntó el babilonio– el escudo de tu padre?

Lucio sintió un escalofrío. ¿Había hablado más de la cuenta?

– Sí.

– El escudo que le regaló el emperador Octavio cuando lo liberó.

– Sí.

– Está cubierto con una piel de cuero, pero por dentro es de plata.

Lucio no respondió. El babilonio no lo había dicho como una pregunta, sino como la constatación de un hecho.

– ¿Puedes mostrárnoslo?

Lucio se resistió a responder. El babilonio tenía el escudo sobre sus rodillas y los otros dos astrólogos esperaban su respuesta. Miró a su alrededor. En la oscuridad iluminada sólo por las estrellas apenas podían verse las caras. Casi todos los criados estaban dormidos y lo bastante lejos para que apenas se pudiera ver nada a pocos metros de distancia.

– Este escudo no es mío: Es de mi padre. Él me lo entregó cuando salí de Roma y me hizo jurar que se lo devolvería cuando ya no lo necesitara. He matado por protegerlo y volveré a hacerlo si alguien intenta arrebatármelo.

Lo dijo primero en parsi y luego en kitano para que los tres le entendieran con claridad.

– Respetamos tu juramento y a nuestra vez te juramos que haremos honor a él.

Aún aprensivo, Lucio tomó el escudo, le dio la vuelta y comenzó a desatar las tiras de cuero que sujetaban la piel que lo cubría. Hacía tanto que no le quitaba la cubierta de cuero que tuvo que cortar varios nudos para hacerlo.

Cuando quitó el cuero, los astrólogos contemplaron con admiración el dibujo del escudo. El kitano se alejó hasta donde estaban los fardos del equipaje y volvió con un pequeño frasco y unos trapos de lana.

– ¿Puedo limpiarlo? –preguntó.

Lucio asintió. Vertiendo una pequeña cantidad de un líquido brillante en el trapo, el kitano empezó a frotarlo con suavidad y Lucio se sorprendió de que allí donde frotaba, la pátina de plata se volvía tan brillante que en ella se reflejaban las estrellas del firmamento.

Tras unos minutos, el centro del escudo quedó completamente libre de óxido refulgiendo tanto como Lucio jamás había visto, ni siquiera cuando su padre se lo dio, quince años atrás.

– ¿Qué es ese líquido?

– Plata líquida. –respondió el kitano.

Por fin el escudo quedó totalmente limpio, reluciendo con un intenso fulgor bajo las estrellas.

Aunque la parte trasera del escudo era de madera, el borde era un hermoso anillo de bronce con relieves dorados y plateados, pero el centro del escudo estaba cubierto de una lámina de plata sobre la que estaba grabada un águila imperial con incrustaciones de oro y lapislázuli dibujando el contorno de cada una de las plumas de sus alas. En el escudo había varios rubís y zafiros incrustados, y un pequeño diamante en el ojo del águila.

– Los zafiros y rubís dibujan la constelación del Águila, y el diamante en el ojo del águila es la estrella Altair.

– Así es.

– Lástima que no podamos verla en este momento. No saldrá hasta dentro de varias horas, pero juraría que el dibujo es exacto.

– Lo es.

Los astrólogos contemplaron el escudo con admiración aún durante varios minutos hasta que el babilonio se volvió a sus compañeros y les habló en el idioma que los tres entendían, pero Lucio no.

Éste permaneció expectante, atento al menor sonido de su entorno, pendiente de sus gestos y con la mano apoyada en el puño de su espada. No esperaba ninguna traición, pero no se tranquilizó del todo hasta que el babilonio le tendió el escudo.

– Es un escudo hermoso y valioso, algo dañado por varias puntas de flecha y filos de espada. Espero que pronto puedas devolvérselo a tu padre.

– Eso espero yo también. –dijo cogiéndolo de sus manos.

Durante unos instantes lo contempló de cerca, admirado del brillo que había adquirido.

– ¿Qué es esa plata líquida que habéis usado para darle este brillo?

– No sé como se dirá en tu idioma. Nosotros lo conocemos como azogue o mercurio y se usa en las minas de plata para limpiarla.

Lucio colocó cuidadosamente el cuero sobre el escudo y volvió a atarlo. Añadió algunas tiras para sustituir las que había tenido que cortar. Cuando terminó, nadie hubiera dicho que aquel escudo de madera y cuero guardase en su interior tan valioso tesoro.

– Eres mucho más de lo que pareces.

– Y vosotros sois mucho más perspicaces de lo que esperaba.

– Es nuestro oficio. Buscamos señales en el cielo, pero también buscamos señales en la tierra, y esas señales son las que nos conducen. A veces no sabemos bien a dónde vamos, pero tarde o temprano una nueva señal nos guía hacia la siguiente etapa de nuestro viaje.

– ¿Por eso estáis aquí? ¿Porque las señales os han conducido a este lugar entre todos y a esta noche en particular?

El sacerdote babilónico permaneció en silencio unos segundos. Después se volvió hacia sus compañeros y volvieron a hablar entre ellos.

Al cabo de una larga conversación, el astrólogo indio comenzó a hablar en iraní.

– Mi colega kitano me ha dicho que estuviste varios meses en Kapisa. ¿Entiendes este idioma?

– Sí.

– Desde hace veinte años vengo estudiando las estrellas y los planetas y cómo sus movimientos afectan a los dioses y a los hombres. He leído los Vedas, las sagradas escrituras de mi pueblo, que se remontan a miles de años de antigüedad, y en ellos he encontrado claves y señales que me han permitido, hasta cierto punto, saber cómo se mueven los planetas en el firmamento. Gracias a ello aprendí que los planetas se mueven en ciclos, y que a veces avanzan y otras veces retroceden, y algunas veces se unen y hacen su camino juntos durante un tiempo para luego volver a separarse durante años, a veces cientos de años, antes de volver a repetir los mismos ciclos.

"Hay varios fenómenos planetarios que tienen una excepcional importancia. Uno de ellos es cuando un planeta cambia de dirección. Otro es cuando dos o más planetas coinciden en la misma casa astral, en la misma constelación.

– Y esta noche "todos los dioses están en la misma casa" ¿no? En la casa de Aries, si no me equivoco.

– En la de Piscis, pero no nos adelantemos. Yo sabía que los dos planetas más brillantes, Júpiter y Saturno, se iban a acercar bastante, y si llegaban a coincidir en el mismo punto brillarían con una intensidad inusual. Lo que no sabía es lo que me dijo mi colega kitano, al que conocí hace un año y medio, que esta conjunción ocurriría en un momento en que ambos planetas iban a iniciar un retroceso en su camino y que el acercamiento se repetiría tres veces seguidas en muy pocos meses. Y las tres veces lo harían en la constelación de Piscis, coincidiendo la última precisamente con el fin de la era de Aries y el inicio de la era de Piscis.

"Los movimientos de los planetas siguen ciclos diversos y más o menos predecibles. Que un planeta retroceda en su camino por el firmamento es más o menos habitual, casi todos los años ocurre con uno u otro. Que Júpiter y Saturno se acerquen en su camino ocurre cada muchos años, pero también con una cierta regularidad. Los cambios de era también ocurren regularmente cada dos mil años, y tenemos la suerte de vivir precisamente en la época en que esto ocurre. Pero que estos tres fenómenos coincidan de forma tan precisa, con una triple conjunción en la constelación de la nueva era que comienza, es algo que no ha ocurrido nunca en los cielos.

"En todos los anales de la historia, por lo que yo sé, esto no ha ocurrido nunca, y por eso este fenómeno es de una vital importancia. Tanta que mi colega y yo, aún sin saber exactamente lo que buscábamos, emprendimos el viaje al Oeste.

– ¿Por qué al Oeste? ¿No se veían los cielos en la India igual que aquí? ¿Por qué hicisteis un camino tan largo, de más de mil leguas?

– Por Piscis. –respondió– Sabrás que el Cielo está dividido en casas. Las doce casas del zodíaco. También la Tierra está dividida en casas, y esta tierra, este país, la ciudad de Jerusalén en el monte Sión, está en el centro de la casa de Piscis de la Tierra. Lo que no sabíamos era ni la fecha exacta ni el lugar exacto, pero decidimos estar lo más cerca posible para reconocer el suceso y emprendimos el viaje, hasta que hace un año llegamos a Babilonia.

El astrólogo indio hizo una pausa y dirigiéndose a su compañero babilonio le indicó que continuara él el relato.

– Los astrólogos de Babilonia son los mejores del mundo. O eso pensaba yo hasta que conocí a mis colegas de oriente. Cuando llegaron al templo de Mitra, donde una docena de astrólogos intentamos vaticinar el futuro de los reyes basándonos en la posición de los planetas en el cielo, quedamos impresionados por lo que nos contaron.

"Durante varias semanas estudiamos las cartas astrales hasta comprobar que lo que decían era cierto, que se iba a producir un acontecimiento único en la historia. Convencidos de la importancia de ese suceso intentamos calcular exactamente cuándo se produciría y llegamos a la triste conclusión de que ocurriría poco antes de la primavera.

– ¿Triste? ¿Por qué triste?

– Porque en estas fechas el Sol también está en la casa de Piscis. Eso significa que Júpiter y Saturno están demasiado cerca del Sol para ser visibles. Por la noche están bajo el horizonte y salen al mismo tiempo que el Sol. No teníamos forma de observar el fenómeno ni veíamos cómo podríamos saber el momento exacto en que se produjera.

– Sin embargo estáis aquí. De lo cual deduzco que de algún otro modo descubristeis que la fecha exacta sería esta noche.

– Así es. Ya que no podríamos observar los planetas por estar demasiado cerca del Sol, intentamos hacer los cálculos tan exactos como pudimos. Sabíamos que mientras más cerca estuviera el suceso con más exactitud los podríamos anticipar, pero sólo hasta cierto punto, hasta que dejáramos de verlos en el horizonte.

"Uno de mis colegas babilónicos tuvo una idea. Hacía años había visitado Atenas y allí había visto un planetario que podría ayudarnos a calcular el momento exacto del suceso, aunque no pudiéramos verlo.

– ¿Un planetario? ¿Qué es eso?

– Es un mecanismo que tiene una maquinaria interior que permite reproducir los movimientos de los planetas en el firmamento. Desde hace tiempo sabíamos que los griegos habían fabricado varios mecanismos similares, algunos más simples, otros más complejos, pero incluso los más simples eran capaces de predecir, por ejemplo, los eclipses de la Luna.

"Nuestro colega viajó a Atenas y conoció a un orfebre que los fabricaba. Por desgracia era ya muy mayor, le fallaba la vista y no podía fabricar más planetarios así que los dos que tenía los quería conservar mientras viviera. Mi colega intentó convencerle sin conseguirlo, y al final desistió, pero le pidió que reprodujera los movimientos planetarios de los próximos meses. Cuando lo hizo, el constructor mismo quedó tan sorprendido que accedió a regalarnos el planetario, pero con la condición de que si lo que auguran los planetas se cumple volveríamos a decírselo.

– El planetario... ¿es la caja que antes tiró el camello?

El sacerdote le contempló unos segundos. Luego se levantó y fue hacia donde estaban los fardos. Rebuscó en los serones y volvió con el cofre envuelto en pieles que unas horas antes había guardado con exquisito cuidado.

Deshizo el paquete y Lucio pudo contemplar su contenido.

Era una caja de palmo y medio de largo de madera de cedro bellamente taraceada con dibujos hechos de incrustaciones de plata y oro. Toda la superficie estaba labrada con el dibujo de las constelaciones celestes, rodeando una serie de anillos concéntricos de cobre o bronce. En cada uno de los anillos había símbolos griegos.

Lucio siguió mirando el objeto sin acabar de creerlo. Entonces, el sacerdote extrajo, de un pequeño cajón lateral, unas agujas y una rueda que insertó en el centro de los círculos y en un agujero lateral de la caja.

– Cada uno de los círculos representa un planeta. Como verás, pueden girar, así que los colocamos en la posición deseada, en este caso voy a replicar la posición de los planetas tal como estaban cuando el planetario llegó por fin de Atenas a Babilonia. Aquella noche subimos a un zigurat y colocamos cada círculo en la posición que cada planeta ocupaba en la esfera celeste. El Sol, la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno. –al mismo tiempo que los nombraba, iba colocando cada uno de los anillos– Así, en esta misma posición, lo colocamos aquella noche, hace unos cinco meses.

Lucio observó los anillos concéntricos y vio que Júpiter y Saturno estaban cerca, pero no demasiado. Los demás planetas estaban más o menos repartidos por la esfera.

El babilonio comenzó a girar una rueda en el lateral de la caja y los anillos comenzaron a moverse y, con asombro de Lucio, cada anillo a distintas velocidades. Vio como Júpiter y Saturno se iban acercando, y al mismo tiempo parecían ir cada vez más despacio. Cuando Júpiter y Saturno estuvieron alineados, también la Luna estaba alineada con ellos.

– Esta es la primera conjunción que se produjo tres semanas después, a primeros de Noviembre, tal como aquí se muestra y que nos sirvió para comprobar que el mecanismo funcionaba correctamente. Esto nos animó a emprender el viaje que nos trajo a Jerusalén.

Volvió a girar las ruedas y Lucio vio que, a pesar de que los demás anillos seguían avanzando a diferentes velocidades, los correspondientes a Júpiter y Saturno se detenían y empezaban a girar en sentido inverso. Al cabo de varias vueltas volvieron a estar alineados, esta vez acompañados de Marte y Venus.

– Esto fue hace un mes, cuando estábamos llegando a Jerusalén. Aquella noche nos detuvimos para contemplarla, justo después de anochecer y Júpiter, Saturno y Marte llegaron a estar tan cerca entre ellas que se podían cubrir con una sola uña al extremo del brazo extendido.

Lucio lo miró sorprendido. Pasada ya la sorpresa del maravilloso mecanismo del planetario, se había acostumbrado ya a sus movimientos, pero el sacerdote babilónico parecía tan entusiasmado como si acabara de verlo por primera vez.

– ¿Y esta noche? ¿En qué posición están los planetas esta noche?

De nuevo los anillos empezaron a girar, de nuevo Júpiter y Saturno se detuvieron y volvieron a moverse en la misma dirección que los demás anillos, y al cabo de pocas vueltas volvieron a estar alineados, pero esta vez acompañados de Venus, la Luna y el Sol, todos en la misma constelación de Piscis. Solo Mercurio estaba un poco adelantado, en Acuario, y Marte estaba justo en la dirección opuesta, en Deméter.

Miró por encima de su cabeza y allí en lo alto contempló la constelación de Deméter, la Diosa Madre, con su brazo extendido sembrando los campos celestes, y justo en su centro, por encima de la estrella Espiga, brillaba una estrella rojiza que sólo podía ser Marte.

Lucio volvió a contemplar el maravilloso aparato que predecía el movimiento de los planetas.

– Sólo Marte es visible en este momento. Todos los demás planetas están bajo el horizonte, en Piscis. Menos Mercurio que está en Acuario y saldrá... calculo que una hora antes que el Sol.

– Sí. –el babilonio parecía impresionado. Habló después a los otros y éstos le miraron con sorpresa. Después añadió– Lo has entendido con una inusitada rapidez. ¿Acaso has estudiado los astros?

Lucio sonrió antes de responder.

– Todos los soldados que tengan que hacer guardias nocturnas saben leer la hora por las estrellas. Si no, no sabríamos cuándo debemos terminar nuestra guardia y despertar a nuestro relevo.

De nuevo el babilonio tradujo sus palabras al kitano, que asintió sonriendo.

– Pero de todas formas, aún estando todos los demás planetas en Piscis, también está el Sol, por lo que su luz impedirá que veáis los planetas. Entonces, ¿para qué os servirá este largo viaje?

– Porque todo lo que ocurre en los cielos influye en los acontecimientos de la Tierra, y en este caso, en esta noche especial, poco antes de amanecer aparecerá Mercurio en el horizonte y señalará el momento y lugar en el que nacerá un nuevo Dios, el Dios de la nueva era de Piscis, anunciado por viejas profecías y por numerosas señales que hemos podido encontrar en nuestro largo viaje.

– ¿Qué otras señales?

– Los sacerdotes del templo de Jerusalén nos han mostrado sus escrituras sagradas, y por ellas sabemos que una doncella alumbrará en la ciudad de Belén.

– ¿En la ciudad de Belén? Pero Belén está a menos de una hora de camino. En realidad, al desviarnos del camino nos hemos alejado de ella ¿Por qué no habéis ido allí?

– Porque ahora debemos esperar. Las señales que hemos encontrado nos han dicho que debemos encontrar la estrella y el heraldo que nos guiará hasta ella.

– ¿Un heraldo? Mercurio es el Heraldo de los dioses. ¿No es Mercurio el que señalará el lugar y el momento del nacimiento de este nuevo dios?

– Recuerda que todo cuanto ocurre en los cielos se reproduce también en la Tierra. Si todos los planetas se encuentran esta noche en la casa de Piscis, significa que todos los dioses se encuentran ahora mismo en la tierra de Israel. Y si hay un heraldo en los cielos, también habrá un heraldo en la Tierra que nos guiará en la última etapa de nuestro camino.

Lucio los miró desconcertado.

– Entonces ¿aún esperáis que en las próximas horas aparezca un heraldo que os guíe?

– Por eso hemos esperado en Jerusalén todo lo que hemos podido. Pensábamos que el heraldo aparecería tarde o temprano, pero no ha sido así, y esta noche nos hemos decidido a emprender el viaje sin el heraldo que esperábamos.

– Luego las señales no siempre aciertan.

– Las señales siempre aciertan, pero no siempre sabemos interpretarlas. Hemos esperado en Jerusalén hasta el último momento y aunque hemos llegado a dudar, ahora estamos seguros de que al final todas las profecías se cumplirán.

– Espero que así sea, pero ahora es tarde y si vamos a partir una hora antes de amanecer supongo que deberemos empezar a prepararnos como media hora antes, así que debo cambiar antes la guardia con mi compañero. Supongo que querréis estar listos para partir antes de que Mercurio asome por el horizonte. ¿Vais a esperar toda la noche despiertos?

– ¿Acaso tú podrías dormir sabiendo lo que va a ocurrir esta misma noche?

Lucio sonrió para sí. La charla había sido interesante y le hubiera gustado seguir hablando con ellos, pero no creía que los vaticinios de los astrólogos le fueran a quitar el sueño.

– Volveré a tiempo de ver salir a Mercurio. Si lo que decís es cierto, será un acontecimiento, como mínimo, interesante.

Lucio se levantó, se colocó el escudo en la espalda y la espada en su cinto. Cogió la lanza y comenzó a alejarse, pero apenas a los pocos pasos se volvió para preguntar.

– Y ¿cómo será ese nuevo dios?

El babilonio sonrió antes de responder.

– La verdad es que ese es un tema en el que mis colegas y yo no estamos de acuerdo. –Se volvió a ellos y les tradujo la pregunta de Lucio, si bien el indio sabía suficiente parsi para entender casi toda la conversación.

El astrólogo kitano sonrió risueño y fue el primero en responder.

– Yo creo que será un rey, el más grande de todos los reyes, más aún que el emperador de China, o de Roma. Reinará sobre todos los pueblos y traerá una era de Paz y Riqueza.

– Es posible que sea así, –dijo el babilonio– pero yo pienso que las profecías no pueden anunciar a un ser, simplemente, mortal, sino a un dios. Será un Dios, el mayor de todos los dioses, adorado por todos los hombres de la Tierra, y todos los demás dioses serán olvidados. Aunque nuestro colega indio no está de acuerdo con nosotros.

– No. Yo no creo que vaya a ser un dios ni un rey, sino un hombre humilde y corriente que se convertirá en un maestro, un Buda que enseñará a los hombres la fuerza del amor al prójimo.

– ¿Un Buda? Oí hablar de Buda cuando estuve en Alasandra. ¿No es un profeta que murió hace varios siglos?

– Un maestro. Yo creo que el hombre, porque será un hombre humilde, no un dios ni un rey, que nacerá esta noche, será el Maestro más grande de la historia y que enseñará a los hombres a amar a sus semejantes.

– ¿Y cómo sabréis quién tiene razón?

– Le ofreceremos tres regalos distintos, Oro, Incienso y Mirra, cada uno de ellos apropiado para un Rey, un Dios o un Hombre. Si es un Rey elegirá el Oro con el que reinará sobre las naciones. Si es un Dios elegirá el Incienso con el que será adorado en los templos. Si es un Hombre elegirá la Mirra con la que vestirá su mortalidad.

– Lo dicho, no sé si las estrellas y señales que habéis seguido os llevarán a encontrarlo, pero sea como sea ha sido para mí un privilegio y un honor haber aprendido tanto de nuestra conversación.

Lucio se volvió y se dirigió hacia el promontorio donde estaba Gestas haciendo la guardia dejando a los astrólogos en una excitada conversación. Le asombraba que hubieran dedicado tanto tiempo a atender sus preguntas y pensó que eran demasiado confiados. ¿Eran igual de confiados con todo el mundo o es que por alguna razón habían visto que podían confiar en él?

Empezó a trepar por la pronunciada pendiente del promontorio agarrándose a los arbustos, pero cuando estaba a punto de llegar a la cima se detuvo desconcertado y volvió a mirar al campamento.

¿Podían confiar en él?

No. No deberían.

A pesar de los años transcurridos aún recordaba el momento más terrible de su vida, la primera vez que se alistó en un ejército, o lo que él creía que era un ejército. Era joven, apenas tenía diecisiete años cuando llegaron a una aldea en la que ejecutaron una cruel matanza en busca de un mísero botín.

Aún resonaban en sus oídos los gritos de las mujeres y los niños asesinados por sus compañeros. Él no sabía, no imaginaba que iban a hacer eso. Intentó detenerlos, imaginando que algo tan terrible se lo pudieran estar haciendo a su propia familia, sus hermanos y hermanas mayores y sus dos hermanos pequeños. Después huyó abandonando aquella pequeña aldea a su exterminio.

Durante años sintió vergüenza y repugnancia por lo que había hecho. Se echaba en cara no haber ayudado a ninguna de aquellas indefensas víctimas, no haberse enfrentado con su espada con sus propios compañeros.

Fue cobarde y huyó, y la sangre de aquellos inocentes le pesó durante muchos años en sus pesadillas.

Abandonó aquella tierra, al norte de la Galia, y huyó tan lejos como pudo, al otro lado del mundo civilizado.

¿Se había perdonado a sí mismo?

Aún no.

¿Era digno de confianza?

Lo había intentado. En los años transcurridos desde entonces había trabajado siempre como soldado a cambio de un salario, nunca jamás buscando un botín, y había intentado siempre actuar con honestidad en sus tratos, tal como sus padres le habían enseñado.

Había matado cuando había tenido que hacerlo, en la batalla, pero nunca a quien no fuera soldado.

Lo que había dicho antes, que había matado para defender su escudo, era cierto, pero le dio al ladrón la oportunidad de huir. Si acabó matándolo fue porque el ladrón intentó matarle a él, y no tuvo remordimientos de hacerlo.

¿Era eso lo que los astrólogos habían visto en él? ¿Que era digno de confianza? ¿O que, al menos, intentaba serlo?

Apenas a cien metros de distancia casi no se podía ver nada bajo la noche estrellada. Sólo el horizonte y el brillo de las estrellas en el cielo.

"Pero no hay planetas" pensó. "Casi todos los planetas se encuentran en la casa de Piscis, junto con la Luna y el Sol y no asomarán por el horizonte hasta el amanecer, y para entonces el Sol brillará tanto que no será posible ver los planetas. Salvo Mercurio, el Heraldo de los Dioses, el de los pies alados, que saldrá una hora antes señalando el lugar donde nacerá el niño, hombre, rey o dios, que las señales habían augurado y los astrólogos estaban buscando"

Se volvió para terminar de subir el promontorio y sólo su rapidez de reflejos impidió que una espada le golpeara en la cabeza en lo que sin duda hubiera sido un tajo mortal.

Apartó la cabeza a un lado y la espada pasó rozándole la oreja en dirección a su hombro. Hubiera sido un tajo que le hubiera roto la clavícula incapacitándole para la lucha y dejándole listo para ser rematado por su asesino, pero la espada chocó con el borde del escudo que aún llevaba sujeto en la espalda. El hierro de la espada resbalando contra el borde de bronce del escudo resonó en la noche como una campana, haciendo rebotar la espada. Lucio se revolvió intentando al mismo tiempo sacar su espada y quitarse el escudo pero ante un nuevo ataque no pudo hacer otra cosa que dar la espalda al enemigo para que de nuevo su escudo se interpusiera entre ambos.

Por fin consiguió sacar la espada y se giró con presteza, pero su atacante estaba en terreno superior, atacándole desde arriba y a duras penas consiguió desviar el tercer mandoble de su espada.

Retrocedió unos pasos descendiendo por la pendiente y comenzó a quitarse el escudo, pero su agresor se abalanzó sobre él con sucesivas embestidas haciéndole retroceder y resbalar por la pendiente.

Estaba a punto de caer de espaldas cuando sintió que algo le sujetaba. Su atacante había agarrado una de las bridas del escudo y aún en la oscuridad estaba tan cerca que pudo reconocerle.

– ¿Gestas?

Éste, con un grito de rabia, volvió a golpear. Durante un instante, Lucio estaba tan paralizado por la sorpresa que no pudo reaccionar. Después se dio cuenta de que, en terreno inferior, con el escudo sujeto por su rival y con la espada en muy mala posición, no iba a poder detener ni esquivar el golpe. Lo que hizo en su lugar fue tirar del escudo con todas sus fuerzas para que Gestas perdiera el equilibrio cayendo sobre él. En lugar de con la hoja, Gestas le golpeó en la cabeza con la empuñadura de la espada aturdiéndole y cayendo ambos por la pendiente. Rodaron varios metros por la pendiente, aún cada uno sujetando una brida del escudo, hasta que Gestas consiguió detener la caída. Aún por encima de Lucio, pero demasiado cerca para atacarle con la hoja de la espada, le volvió a golpear con la empuñadura en la cabeza.

Lucio, conservando apenas la conciencia soltó la brida del escudo. Volvió a intentar agarrarla pero apenas consiguió sujetar el borde de la piel que lo cubría.

Un nuevo y más feroz golpe en la sien le sumió en la inconsciencia haciéndole caer rodando por la pendiente.

 

Despertó con la sensación de estar aún cayendo mientras las estrellas bailaban sobre él. Un tañido metálico le resonaba en los oídos y sentía el palpitar de la sangre en las sienes, casi como si estuviera en mitad de la batalla, pero pronto se dio cuenta de que lo que oía en la distancia eran las voces de los astrólogos que habían acudido en su ayuda al oír el ruido de la lucha.

– ¡Lucio, Lucio! ¿Estás bien?

Intentó coger su escudo pero vio que lo que sujetaba entre sus doloridos dedos era sólo el cuero con el que lo cubría.

– ¡Mi escudo! –gritó– ¡Gestas! ¿Dónde está Gestas?

– Ha huido hacia el Este.

– ¿Cuánto tiempo hace? –preguntó mientras intentaba levantarse.

– Ahora no deberías moverte. –dijo el sacerdote indio.

– ¡No! –le interrumpió el babilonio– Lucio, haz lo que tengas que hacer. Nosotros te seguiremos.

Lucio vio que la vaina de su espada estaba vacía y la buscó por la pendiente hasta encontrarla. Recuperó también su lanza y se apoyó en ella mareado. Se tocó la cabeza allí donde Gestas le había golpeado y descubrió una venda de seda que le rodeaba la frente cubriendo un emplaste de hojas sobre la herida de la sien. Eso significaba que debía haber perdido la consciencia durante largo rato.

Los astrólogos estaban dando órdenes a los criados para que se aprestaran a emprender el viaje.

– Si quiero alcanzar a Gestas no puedo esperaros.

– Llévate uno de los caballos. Con él lo alcanzarás antes. –respondió el babilonio.

De nuevo Lucio se sorprendió. En sus viajes había tratado con muchos extranjeros, pero nunca había recibido tanta atención y ayuda de unas personas a las que sólo conocía desde hacía muy pocas horas.

– Gestas se fue hacia el Este hará una media hora –dijo el babilonio– Supongo que buscará el camino para desde ahí dirigirse a Jerusalén. Nosotros iremos detrás tuya y tarde o temprano te alcanzaremos o nos encontraremos a tu vuelta.

– No quiero desviaros de vuestra misión.

– No nos estamos desviando. ¿Aún no lo entiendes? El Pez y la Estrella. El Escudo y el Águila. ¿No lo entiendes?

Lucio le miró extrañado. Quiso preguntarle qué quería decir, pero apremiado por la urgencia montó en el caballo que le habían ensillado.

– Volveré tan pronto recupere mi escudo.

Golpeando las ancas del caballo con los talones emprendió la persecución de Gestas.

Subió la empinada pendiente hasta lo alto del promontorio y desde ahí oteó el horizonte. La noche era oscura pero el brillo de las estrellas permitía ver el terreno hasta unos veinte metros. Desde ahí hasta el horizonte se veía todo negro con algunas pocas luces de hogueras y lámparas. Al norte, a lo lejos, pudo distinguir la silueta de las murallas de Jerusalén, y hacia el sudeste las casas de la pequeña aldea de Belén. Inició el camino con un leve trote que le diera tiempo a esquivar los accidentes del terreno y se dirigió hacia el Este.

Al cabo de una media hora, desde lo alto de una colina, vio frente a él el camino de Hebrón, y ahí se detuvo indeciso. ¿Debía seguir el camino hacia el Norte o hacia el Sur?

Al otro lado del camino había unas grutas que los pastores usaban para cobijar sus rebaños durante el invierno, pero que ahora, en la época de los partos, estarían abandonadas. No obstante vio una débil luz en una de ellas y supuso que alguien se habría refugiado a pasar la noche. Más allá del camino, como a una milla de distancia, se veían unas hogueras mortecinas, seguramente de pastores cuidando sus rebaños.

De repente vio a lo lejos, más allá de la última hoguera, un brillo momentáneo. Fijó su atención en aquel punto esperando que volviera a aparecer y a los pocos segundos volvió a centellear en la oscuridad.

¿Podía ser?

Cuando el astrólogo kitano limpió su escudo con los paños empapados de mercurio se sorprendió que fulgurara tanto en mitad de la noche.

"Por eso Gestas pudo verlo a pesar de la distancia" pensó "por que la plata es ahora tan brillante que en ella se reflejan las estrellas".

Descendió de la colina y cruzó el camino. Iba a pasar cerca de la gruta en la que lucía una lámpara cuando oyó un reprimido gemido. Se alarmó y se desvió para acercarse a la gruta. Reconoció los sonidos de una mujer durante el parto.

Sintió un escalofrío que le recorría la espalda.

"¿Sería posible...?"

En la puerta de la gruta se levantó una silueta y se puso ante la cueva, como protegiéndola del jinete desconocido.

Lucio reconoció en la silueta al niño que horas antes había visto en la Puerta del Pescado, en las murallas de Jerusalén, y se dio cuenta de que la joven embarazada que iba sobre el pollino no había conseguido llegar a Belén, por eso su marido había acampado en la gruta.

Allí nacería un niño, por los gemidos y los gritos sofocados que oía calculó que muy pronto, en esta misma noche.

"¡En esta misma noche!" pensó asombrado.

Durante unos segundos se debatió en la duda. Después se desvió hacia un sendero que partía hacia el Este y puso el caballo en un ligero trote que le llevaría en dirección hacia donde había visto unos leves destellos y donde, confiaba, encontraría a Gestas.

"Aún no ha nacido, pero nacerá pronto, tal vez una hora antes de amanecer, tal como los astrólogos han vaticinado."

No podía creerlo. No quería creerlo y sin embargo, si hacía caso a lo que los astrólogos le habían contado, ahí estaban las señales.

"Las señales siempre aciertan, pero no siempre sabemos interpretarlas" recordó.

"No. Es una simple casualidad. Todas las noches nace alguien en alguna parte."

Siguió el sendero durante un rato y vio que iba a pasar cerca de un campamento de pastores. Se oían los balidos de las ovejas, intranquilas por el forastero que perturbaba su sueño.

Junto a la lejana hoguera vio la figura de un pastor que se incorporaba y comenzaba una monótona canción en arameo. Las ovejas se fueron tranquilizando y Lucio las dejó atrás, oyendo aún el cántico mientras se alejaba.

El sendero prácticamente desapareció y Lucio dirigió el caballo hacia una colina. Desde ahí volvió a observar el terreno. Las hogueras de los pastores habían quedado atrás y no había ninguna luz hasta el horizonte estrellado.

"¿He perdido a Gestas?" pensó. "¿He perdido el escudo de mi padre?"

Durante varios minutos permaneció quieto y en silencio observando el terreno sumido en la oscuridad. De pronto, a lo lejos, volvió a ver un leve destello y dirigió su corcel en esa dirección. Llevó el caballo al trote ganando distancia con lentitud, pero sin dejar que su impaciencia le llevara a un tropiezo del caballo que montaba. En la distancia volvió a ver el destello varias veces y respiró aliviado al comprobar que lo iba a alcanzar en pocos minutos.

Apretó la marcha y vio que Gestas, con el escudo en la espalda, se volvía hacia él sorprendido por el sonido de los cascos del caballo.

Sin apearse del mismo, Lucio sacó su espada y se acercó a Gestas con determinación. Éste cogió su espada y su escudo dispuesto a defenderse.

Lucio fue el primero en golpear, y Gestas apenas consiguió detener el golpe con el escudo. Uno tras otro, Lucio siguió golpeando y Gestas trastabillando y retrocediendo hasta que uno de los golpes consiguió atravesar un hueco en su defensa hiriéndole en el brazo derecho.

Gestas cayó de espaldas, aún sujetando el escudo y la espada pero con el brazo cubierto de sangre.

Bajándose del caballo, Lucio se acercó a Gestas y de un golpe le arrancó la espada de su brazo herido.

– ¡Canalla! ¡Sólo atacándome a traición podrías aspirar a vencerme!

– ¡No me mates! Puedo llevarte a un mercader que pagaría una fortuna por tu escudo. ¡Podríamos repartirlo!

– Idiota. El escudo no vale tanto como crees. Sólo tiene una fina capa de plata sobre el bronce.

– Pero los zafiros y rubíes valen mucho más que la plata.

– Y seguirán ahí cuando regrese a Roma, pero tú no verás otro amanecer.

– Perdóname, Lucio. Sólo quería un poco de dinero, pero pensaba repartirlo contigo.

– Mentira. Te lo hubieras gastado en bebidas, mujeres y juego como te he visto hacer cada vez que cobrábamos el salario. ¿Acaso no sabes que conozco tus deudas y cómo siempre andas pidiendo prestado? No, no voy a matarte porque eso acabaría con tu miserable vida. Prefiero que tengas una larga vida de miseria. Por lo que te conozco, dentro de unos años acabarás limpiando albañales, si no te matan antes.

Lucio se inclinó para coger su escudo y Gestas le atacó con un puñal que tenía oculto en su mano izquierda. El puñal le golpeó en el peto de cuero, pero no lo llegó a atravesar. Lucio estuvo tentado de atravesarle con la espada allí mismo. La tendió hacia su cuello y la apoyó en su gaznate.

– Suelta el puñal.

Cuando así lo hizo, sin dejar de apoyar la espada en su cuello, Lucio se inclinó y lo recogió del suelo. Luego tomó su escudo y comprobó que no faltaba ninguno de los brillantes, colocándoselo de nuevo en la espalda. Recogió la espada de Gestas y se la colocó en su cinto. No veía su lanza por ningún lado.

– ¿Dónde está tu lanza?

– La perdí cuando peleamos en el campamento.

Lucio no le creyó. Seguramente la tendría oculta en algún arbusto dispuesto a usarla en cuanto le diera la espalda.

– No me gusta matar a un enemigo caído en el suelo. Levántate.

En vez de hacerlo, Gestas empezó a retroceder aún tumbado de espalda. Lucio se dio cuenta de que se dirigía hacia unos arbustos. De nuevo Lucio se acercó y le apoyó la espada en el cuello.

– ¡No me mates! Has dicho que no me matarías en el suelo.

– A las serpientes se las mata en el suelo sin darles la oportunidad de que te ataquen.

Tirada en el suelo tras los arbustos estaba la lanza de Gestas. La cogió y se quedó pensando qué hacer con él. Pasado el calor de la pelea, no sentía deseos de matarle, pero había visto el escudo y si volvía a Jerusalén hablaría del escudo de plata y brillantes de Lucio. Si no él, otro se lo intentaría robar.

– Cuando regresemos a Jerusalén informaré de tu intento de robo y te condenarán al potro del látigo o a morir en la cruz. ¿Quieres vivir?

– ¡Sí, por favor!

– Te daré la oportunidad de escapar. Huye hacia el Este tan rápido como puedas y cuando llegues al mar Muerto vete al Norte o al Sur, donde quieras, pero huye del reino de Herodes o morirás.

Gestas retrocedió, aún arrastrándose, unos cuantos metros antes de ponerse en pie, pero en vez de huir preguntó.

– ¿Me vas a dejar desarmado a merced de las fieras?

– ¡Por Zeus, que me estás agotando la paciencia! ¡Ven aquí que te daré esta espada en tus sucias entrañas!

Se abalanzó sobre él levantando la espada y sólo entonces Gestas dio media vuelta y salió corriendo perdiéndose en la oscuridad de la noche. Lucio permaneció en silencio escuchando el sonido de su fuga y cuando dejó de oírlo se montó en el caballo y se alejó en dirección contraria.

Dejando la Osa Menor a su derecha, se dirigió hacia el Oeste, de regreso al camino de Jerusalén. Cuando estuvo bastante lejos volvió a mirar al Este. No se veía ningún movimiento y supuso que Gestas ya había quedado bastante atrás. Sobre el horizonte vio la constelación de Capricornio. Detrás de Capricornio saldría Acuario y en Acuario estaría Mercurio.

"Una hora. Tal vez menos"

Azuzó el caballo hacia el Oeste, rodeando las escarpadas colinas. No había ningún camino ni sendero a la vista. Al bordear un promontorio se encontró en un callejón sin salida y tuvo que retroceder sobre sus pasos.

"Debería haberle matado." pensó enfadado consigo mismo. "Gestas es un traidor y además estúpido. Seguro que no pasa mucho tiempo antes de que vuelva a Jerusalén y cuente que un soldado de la guardia de Herodes tiene un escudo de plata y brillantes"

Pero por más que lo pensara sabía que no lo habría hecho. Gestas tenía unos 17 años, la misma edad que tenía él cuando se alistó por primera vez. Él hizo algo terrible, pero fue capaz de superarlo, y aunque no lo olvidara sabía que estaba dispuesto a perdonarse a sí mismo.

Había cambiado. ¿Sería Gestas capaz de cambiar?

Interrumpió sus pensamientos al subir una suave colina y ver a lo lejos la hoguera de los pastores. ¡Allí estaba el sendero que le llevaría al camino de Jerusalén!

Se dirigió directo a la hoguera hasta llegar a pocos metros de ella.

– ¿Quién anda ahí? –oyó una exclamación en arameo.

– Gente de bien. –y sonrió para sí.

En realidad se tenía que haber identificado como soldado de la guardia de Herodes, pero no creía que eso tranquilizara a los pastores ni estaba seguro de que fuera a volver a Jerusalén.

– ¿Viajas perdido, forastero? Hace rato te vimos pasar en dirección contraria.

– Se dónde estoy. Y vosotros, ¿qué hacéis despiertos tan avanzada la noche?

– Es la época de los partos. Muchas ovejas están pariendo y las ayudamos para intentar que todas nazcan sanas y fuertes.

– Pues debéis saber que no son las ovejas las únicas que paren. Alegraos porque esta noche nacerá un niño que será Rey de Reyes y Dios de los Cielos.

– Y ¿dónde será ese portento? –preguntó uno de los pastores con sorna.

– Al final de este sendero, en una gruta que hay camino de Belén.

– ¿En Belén de Judá? –exclamó otro pastor más anciano– Allí dice el profeta que nacerá el Mesías que nos liberará de los tiranos.

"¿Otra profecía?" pensó sorprendido "¡Otra señal! Seguro que a los astrólogos les gustará saberlo"

– Tened buena noche y que las estrellas os guíen.

Se volvió para seguir su camino y al hacerlo se oyó una exclamación de sorpresa.

– ¡Mirad! ¡Mirad sus alas!

Lucio se detuvo sorprendido, pero enseguida entendió lo que pasaba. Al darse la vuelta la hoguera había iluminado el escudo que llevaba a la espalda reflejándose la figura plateada con la imagen del águila.

Sonriendo para sí emprendió de nuevo el camino sobre su brioso corcel.

– ¿Quién eres, forastero? –gritó uno de los pastores ancianos.

Lucio no contestó. Se alejó por el sendero queriendo reencontrarse con los astrólogos a tiempo de la salida de Mercurio.

De pronto encontró una bifurcación que no había visto al ir en dirección contraria y se detuvo, dudando cual de los dos caminos tomar.

Normalmente, cuando iba por terreno desconocido, solía mirar hacia atrás de vez en cuando para que luego, al volver, pudiera reconocer el camino, pero al perseguir a Gestas no había tenido esa precaución y ahora dudaba de cuál desvío tomar. Decidió tomar el de la izquierda pensando que le llevaría hasta la gruta donde había visto al niño de la familia judía.

Al cabo de unos diez minutos comprendió que se había equivocado, pero aún se dirigía al Este, así que decidió seguir adelante.

Su alegría se desvaneció cuando llegó a un pequeño prado rodeado por abruptas escarpaduras por todas partes.

Se detuvo un momento para recapacitar. Desde donde estaba, rodeado de colinas, no veía el horizonte pero suponía que Acuario ya estaría saliendo por el horizonte. Volver atrás le haría perder más de media hora de camino. Decidió subir por la escarpadura, allí donde la pendiente fuera menos pronunciada.

Sujetando cortas las riendas, golpeó con los talones en las ancas del caballo y éste empezó a trepar por la pendiente. Intentando tomar el camino más fácil para el caballo siguió ascendiendo hasta llegar a un lugar donde la pendiente se hizo más suave. Por fin llegó a la cima, y lo primero que vio al norte fue la silueta de las lejanas murallas de Jerusalén. Al Sur, a un par de millas, estaba la aldea de Belén, y ante él estaba el camino que las unía. Miró hacia el Oeste intentando ver la caravana de los astrólogos, pero todo el terreno estaba sumido en la negrura. Se volvió hacia el Este y entonces lo vio. La mitad de Acuario había asomado ya por el horizonte, pero en la familiar constelación brillaba una estrella que no formaba parte de ella. Fijó la vista para asegurarse.

"Mercurio"

Había llegado tarde.

Los astrólogos estarían en alguna colina observando el horizonte, verían la estrella y la seguirían. ¡Y él no estaría con ellos!

Durante las largas horas de conversación había llegado a desear que lo que contaban hubiese sido cierto, que un dios iba a nacer en esa noche y a pesar de su natural escepticismo hubiera deseado que así fuera.

Y ¿el niño de la familia judía? ¿Habría nacido ya? ¿Tendría algo que ver?

"No. Un dios no puede nacer en una gruta."

Sumido en sus pensamientos no notó unos débiles gritos que venían del Oeste y no reaccionó hasta que un relincho lejano hizo cabecear a su caballo que, volviéndose, respondió con un potente relincho. Allí, a un par de estadios más allá del camino se acababan de encender unas antorchas y una de ellas se agitaba en arcos sobre la cabeza de alguien haciendo señales.

"Son ellos." pensó sorprendido y excitado. Examinó el terreno que descendía hacia el camino pero era demasiado escarpado. Hacia el norte encontró una pendiente más suave y bajó por ella hasta regresar al sendero que había tomado un par de horas antes, cuando perseguía a Gestas.

A su derecha le pareció ver unas lejanas antorchas y por un momento dudó, pero las antorchas venían del Este, dirigiéndose hacia él. Sea quien fuera, no eran los astrólogos.

Giró a la izquierda, ya por terreno conocido y en sólo unos minutos llegó a la carretera de Jerusalén al mismo tiempo que la caravana de los astrólogos llegaba por el otro lado.

– ¡Lucio!, ¡Lucio! ¡Nos has traído hasta aquí!

Lucio se bajó del caballo y de pronto se vio rodeado por los brazos del sacerdote babilónico.

Desconcertado, se dejó abrazar mientras los otros dos se deshacían en saludos, dándole las gracias al tiempo que le palmeaban la espalda.

– ¿Qué queréis decir? –preguntó confuso– Hubiera querido volver antes, pero me he extraviado por los caminos. Por eso he llegado tarde.

– ¿Tarde? –exclamó el babilonio riendo– Estábamos esperando desde hace una hora en lo alto de una colina cuando vimos salir Mercurio por el horizonte. Y justo debajo de ella vimos brillar tu escudo. Y en ese preciso instante, justo debajo de ti, vimos brillar una lámpara en una cueva y oímos el llanto de un niño. ¡Tú eres el Heraldo que esperábamos! ¡El mensajero enviado por los dioses para indicarnos el lugar de nacimiento de su sucesor! Tu mismo nombre ¡tus dos nombres, Lutecio y Lucio! La Estrella y el Pez. Y el Escudo y el Águila. Todas esas señales nos han llevado hasta ti. Y tú nos has traído hasta aquí.

Lucio miró a la montaña de la que había descendido hacía unos minutos y vio que se encontraban ante la gruta en la que se había refugiado la familia judía. Tal como el sacerdote de Mitra le había explicado, comprendió que tan solo unos minutos antes él estaba en la cima, mirando al Este, justo encima de la cueva, y el escudo, en su espalda, brillando con el fulgor plateado que el astrólogo kitano había sabido sacar a la luz de las estrellas.

– Pero yo no os he traído hasta aquí. Aún sin estar yo, la simple presencia de Mercurio os hubiera señalado la misma posición.

– No desde donde acampamos anoche. Si hubiéramos permanecido allí habríamos estado demasiado lejos y al norte. Gracias a que Gestas te robó el escudo tú viajaste hacia el Este y nosotros al seguirte llegamos al lugar desde el que vimos las señales que nos han traído hasta aquí.

Por el sendero por el que había venido Lucio aparecieron unas antorchas. Un grupo de pastores, aquellos con los que Lucio se había encontrado, llegaron al camino y se detuvieron a pocos metros de distancia. Después de observarlos durante unos minutos, el más anciano de los pastores se adelantó y se dirigió a los astrólogos.

– Nobles Señores, este hombre –dijo señalando a Lucio– si es que es un hombre o un ángel, no lo sé, pero nos ha dicho que aquí nacerá un niño que será el Mesías prometido.

Los astrólogos no lo entendieron, pero Lucio se lo tradujo.

– ¿Ves? Ellos también saben que tú eres el heraldo de los dioses, el mensajero que nos guiaría hasta el lugar del nacimiento profetizado por las estrellas. Y ahora debes terminar tu misión. Por favor, condúcenos hasta el final de nuestro viaje.

Lucio se sentía abrumado. Contempló los rostros de todos los que le rodeaban. Los astrólogos, sus criados y los pastores, todos estaban pendientes de él.

Miró hacia la gruta y ante ella, apoyado en un callado, estaba el hombre que había visto al comienzo de aquella extraña y maravillosa noche. Junto a él, su hijo contemplaba intrigado tan extraordinaria caravana y tras ellos brillaban las humildes luces de unos candiles.

La risa de un bebé resonó en el silencio y Lucio comenzó a caminar hacia la gruta.

Y todos, astrólogos, criados y pastores, le siguieron.

 

FIN

Juan Polaino (Enero-Marzo del 2014)

   

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