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¿Cómo apareció el Uranio que se extrajo de las Montañas Rocosas para fabricar la primera Bomba Atómica?

Creada21-01-2015
Modificada22-01-2015
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Diciembre2

Reseña del Documental Las Montañas Rocosas y la Bomba Atómica de la serie Cómo Funciona la Tierra

Las Montañas Rocosas
y la Bomba Atómica

Documental de la serie Cómo Funciona la Tierra en el que muestra cómo apareció el Uranio que se extrajo de las Montañas Rocosas para fabricar la primera Bomba Atómica.

El 6 de Agosto de 1.945, fue arrojada una bomba atómica sobre Hiroshima y se inició la Era Atómica.

Esta bomba se fabricó con Uranio extraído de las Montañas Rocosas pero ¿cómo fue a parar allí ese uranio?

El origen del Uranio

En los años 30, con la construcción de varios grandes telescopios, se comenzaron a dar pasos de gigante en la investigación y la comprensión de la vida de las estrellas.

El físico y astrónomo Fritz Zwicky se preguntaba de dónde procedían los rayos cósmicos que bombardeaban la Tierra y dedujo que debían proceder de la explosión de grandes estrellas moribundas.

Las bautizó como Supernovas y comenzó a buscarlas en el cielo para confirmar su teoría.

De las 200 mil millones de estrellas que se estima que hay en nuestra galaxia, sólo las que sean 10 veces más grandes que el Sol pueden estallar como una supernova. Son tan grandes que cuando la mayor parte del Hidrógeno se ha convertido en Helio, convierten el Helio en Nitrógeno, Carbono, Oxígeno, y otros elementos cada vez más pesados hasta llegar al Hierro.

El Hierro, con 27 protones, es el elemento más pesado que se puede fabricar en una estrella masiva, pero al hacerlo se forma un núcleo de hierro en el corazón de las estrellas y ese núcleo no es capaz de soportar la masa de la estrella que la rodea, por lo que acaba explotando en forma de Supernova.

Y es en los escasos segundos durante los que se produce la explosión cuando se crean nuevos elementos mucho más pesados, hasta llegar al Uranio, con 92 protones.

La Supernova estalla esparciendo gran parte de su materia por el espacio formando una nube de gas y polvo. La confluencia de otras nubes de polvo, restos de otras supernovas, provoca zonas de mayor densidad que hacen que la gravedad empiece a atraer las partículas de polvo de su entorno formando nuevas aglomeraciones.

Las concentraciones más pequeñas formarán planetas, las más grandes, estrellas, construyéndose así nuevos sistemas planetarios en los que sus planetas tendrán una significativa cantidad de uranio.

En el proceso inicial de la formación de la Tierra, primero se formó un planetesimal que fue atrayendo una constante lluvia de meteoritos. Toda la Tierra estaba fundida y los elementos más pesados cayeron hacia el centro del planeta. El Uranio y otros elementos radiactivos produjeron calor que mantenía el planeta fundido, pero la corteza se enfrió lo bastante para formarse cratones y, más tarde, placas continentales de roca sólida que flotaban sobre el manto fundido.

El Retorno del Uranio

Por la rotación planetaria, el manto fundido formó corrientes rotatorias con zonas en las que el magma ascendía y otras donde descendía arrastrando las placas continentales que flotaban en la superficie. Los continentes al separarse formaban placas oceánicas y al chocar elevaban grandes cordilleras.

Las placas continentales se agrietaban y por las fisuras surgían a la superficie nuevos volcanes que arrastraban parte de los materiales del manto.

Y de esa forma, parte del Uranio que había en el interior de la tierra acabó volviendo a la superficie en algunas de las cordilleras montañosas que abundan en nuestros paisajes.

El uranio que volvía a la corteza terrestre podía estar enterrado bajo cientos de metros de rocas, pero la erosión y los terremotos podían hacer que salieran a la superficie. El agua de lluvia lo disolvía y lo llevaba a los cauces de los ríos o se filtraba en el terreno, pero en ocasiones acababa en zonas pantanosas donde hubiera esqueletos de dinosaurios. El Uranio tiene afinidad por los huesos y formaba una capa alrededor de los fósiles, haciendo que las capas sedimentarias donde hubiera muchos fósiles tuvieran un mayor grado de radiactividad.

En cualquier caso, un grado nada alarmante. Se podía vivir toda la vida al lado de los fósiles de un dinosaurio y recibir menos radiación que en un vuelo intercontinental de 8 horas de duración.

Enterradas bajo sucesivas capas de estratos sedimentarios acumuladas durante millones de años, el Uranio que había salido a la superficie volvió a quedar bajo cientos de metros de tierra.

La Formación de las Cordilleras

La mayoría de las cordilleras se forman en los bordes de las placas tectónicas, en una zona de subducción, cuando una placa choca con otra y se dobla para hundirse bajo la otra.

La placa que queda por encima tiende a plegarse formando cordilleras.

Además, la placa que se está hundiendo arrastra con ella gran cantidad de sedimentos, silicatos y agua, mucha agua.

Al hundirse la placa en el manto, el agua que arrastra se calienta a temperaturas de cientos de grados. No llega a hervir debido a la presión a la que está sometida, pero reacciona químicamente con los materiales que la rodean y hace que las rocas de su entorno se fundan, convirtiéndose en lava. Esta lava forma plumas ascendentes, flujos de lava que llegan a la superficie atravesando todo el grosor de la placa superior, emergiendo como un volcán en la cadena montañosa que suele haber en los bordes de subducción de las placas.

La Formación de las Montañas Rocosas

Pero las Montañas Rocosas no están en el borde de ninguna placa tectónica. ¿Cómo se elevaron?

Algunas teorías para intentar explicarlo apuntan a que una sección de la placa del Pacífico no se hundió hacia el manto sino que continuó arrastrándose horizontalmente bajo la placa americana elevándola, tal como la placa de la India se está introduciendo horizontalmente bajo la placa asiática elevando la cordillera del Himalaya y toda la zona del Tibet.

Las capas ricas en Uranio de la placa americana se elevaron y plegaron, pero aún tenían por encima 2 kilómetros de capas sedimentarias, y se formó una cordillera con montañas, no rocosas, sino sedimentarias.

Al estar a tanta altitud atrapaba las nubes procedentes del Pacífico e incrementó su nivel de lluvias, formando ríos de gran caudal que regresaban al Pacífico arrastrando las capas sedimentarias hasta descubrir las actuales Montañas Rocosas. Incluso éstas fueron cortadas como cuchillos por los caudalosos ríos que atravesaban la cordillera descubriendo las vetas donde hace cientos de millones de años se había depositado el Uranio.

Sólo faltaba encontrarlo.

La Fiebre del Oro

El Uranio no es el único mineral que ha seguido este proceso. En el interior de la tierra hay muchos otros elementos nacidos del fulgor de una Supernova y que formaron parte de la creación de nuestro planeta.

Las Montañas Rocosas son ricas en muchos de estos minerales.

Por cada tonelada de tierra extraída de una mina de las Montañas Rocosas se pueden encontrar metales como pirita, cobre, cinz, plomo, uranio y, la guinda del pastel, 180 gramos de plata y 85 de oro.

Los ríos que formaron los cañones que atraviesan las Montañas Rocosas, conforme atravesaban las vetas de diversos elementos arrastraban muchas pepitas de oro que, al llegar a remansos del río se depositaban en el fondo.

Cuando esas pepitas fueron descubiertas por los colonos americanos se extendió el grito: ¡Hay Oro en las Montañas!, y una avalancha de cientos de miles de personas acudieron a buscar en los ríos las pepitas del metal precioso. Y cuando el oro de los ríos se agotó empezaron a perforar las montañas buscando las vetas del precioso metal.

Encontraron pecblenda, óxido de uranio, pero no le dieron gran importancia.

Pero cuando los Estados Unidos decidieron fabricar la Bomba Atómica, alguien recordó: ¡Hay Uranio en las Montañas!

Y entramos en la Era Atómica.

En mi opinión

Fascinante aventura, con un triste final.

Sólo espero que en el futuro encontremos otras fuentes energéticas que hagan innecesarias las centrales nucleares. Si lo conseguimos, la extracción de Uranio dejará de ser rentable y, de paso, también será más caro y difícil fabricar más armas atómicas.

Hasta entonces, crucemos los dedos.

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