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Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill. Apéndice: Energía Solar desde el Espacio

Creada31-03-2013
Modificada30-05-2015
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Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill

Energía Solar desde el Espacio

Debates ante el Subcomité de Tecnología Aeroespacial y Necesidades Nacionales, dependiente del Comité de Ciencias Aeronáuticas y del Espacio, Senado de los Estados Unidos, Congreso Nonagésimo cuarto, Segunda Sesión, 19 de enero de 1976.

Presidente del Subcomité: senador Wendell Ford, Kentucky.

Declaración del Dr. Gerard K. O'Neill, profesor de la Universidad de Princeton, Princeton, N. J.

- Gracias, senador. Mis comentarios serán similares en cuanto al espíritu, pero algo diferentes en lo tocante a detalle; y voy a tratar de darles forma breve con objeto de disponer de abundante tiempo para atender a las preguntas.
Mis comentarios subrayan el punto de vista de que la investigación en todos los aspectos de la energía por medio de satélites debe proseguirse con todo vigor. Mi aportación se basa en el trabajo iniciador del doctor Peter Glaser y en la labor reciente de mister Woodcock, mister Stine y otros.

Es necesario que abordemos la cuestión de la energía solar en el contexto económico. Nuestra posición al respecto es muy semejante a la de una partida de exploradores que de pronto tropieza con una enorme barrera montañosa que al parecer se extiende hasta el horizonte a derecha e izquierda. Las dificultades y peligros de un ataque frontal directo son evidentemente muy grandes, de manera que parece prudente el tratar de descubrir primero si existe algún paso inferior a uno u otro lado que permita salvarla fácilmente y con toda seguridad.

En el concepto de energía solar por medio de satélites, tal como se presenta en la actualidad, entiendo que cabe apuntar dos puntos débiles. El primero consiste en el riesgo de producir daños ecológicos por medio del haz de microondas de baja intensidad. Este problema sólo podrá ser resuelto gracias a la investigación, pero no hay razón alguna para que ésta deba implicar costosas operaciones en el espacio.

El segundo, y probablemente mucho más serio, estriba en que la energía por satélite basada en previo lanzamiento desde la superficie de la Tierra sólo puede alcanzar el éxito económico si varios objetivos, en la actualidad inasequibles, pueden lograrse en toda su plenitud. El más difícil de ellos es la reducción de notabilísimo orden en la masa de las instalaciones energéticas y en el coste de elevarlas a una órbita geosincrónica. En la versión original del concepto a que nos referimos, el índice de rendimiento a alcanzar en este sentido es 15 veces mayor que la cifra estimada por la NASA en relación con sus satélites programados para mediados de la década de 1980.

Las necesidades implícitas en cuanto a vehículos elevadores hace que éstos tengan que ser de una clase totalmente nueva, mucho más avanzada que la obtenible mediante ulterior desarrollo del actual transbordador espacial.

En el más reciente proyecto basado en el empleo de turbogeneradores, que acaba de sernos presentado, no parece haber posibilidad alguna de lograr esos bajos valores de masa necesarios y, por consiguiente, representa una carga aun mayor sobre los vehículos de elevación, a los que se hace operar a un coste de aproximadamente la décima parte del correspondiente al vehículo derivado del transbordador.

Con los métodos de célula solar y turbogenerador, la solución real de las necesidades energéticas de la nación requeriría una flota de vehículos de lanzamiento tan grande que serían muchas decenas de millones las toneladas de productos de combustión liberadas en la atmósfera superior.

Puede que esos objetivos sean alcanzados y que no surja objeción alguna de carácter ecológico a la presencia de flota tan descomunal. No sé. El principal problema de los sistemas energéticos satélites lanzados desde la Tierra es que nadie conoce exactamente sus consecuencias; apenas si podemos conjeturarlas.

La alternativa viene a ser como la búsqueda de un paso en la cadena montañosa. Si existe y no lo buscamos siquiera, el futuro nos tachará de insensatos. Si de verdad existe, tendría que permitirnos alcanzar nuestra meta antes, con menos riesgos y a coste más bajo.

En términos gravitacionales, aquí en la superficie de la Tierra es como si nos encontráramos en el fondo de una sima de más de 6.000 kilómetros de profundidad. Todo lo que queramos colocar en órbita geosincrónica debe ser izado desde lo más hondo de ese agujero.
La alternativa, lo que podríamos llamar el concepto judo, es decir, recurriendo a la propia fuerza de nuestro adversario en lugar de malgastar la nuestra, consiste en construir los componentes más pesados de las estaciones energéticas satélites a partir del material que se encuentra ya presente y aguardándonos en la misma cumbre de esos seis mil kilómetros de ascensión.

La superficie de la Luna se halla a un nivel gravitacional correspondiente a aproximadamente el 95 por ciento del camino a la órbita geosincrónica. Más aún, dado que la Luna carece de atmósfera y cuenta con una gravedad tan débil, habría de sernos posible lanzar materiales desde ella con un método mucho más barato y eficiente que el que pudiéramos aplicar al efecto en la Tierra, o sea con maquinaria instalada en su superficie.

Los principales componentes de una estación energética satélite serían metales, vidrio y posiblemente silicio. Por el proyecto Apolo sabemos que los suelos comunes de la Luna se componen de un 40 por ciento de oxígeno, 20 por ciento de silicio y de 20 a 36 por ciento en peso de metales, precisamente los elementos que necesitaríamos para obtener casi toda la masa de un satélite energético.

Los puntos clave en la fabricación orbital de las estaciones satélites productoras de energía serían, en primer lugar, el directamente derivado de las experiencias ganadas merced al Proyecto Apolo, es decir, el recurso a los propios materiales de la superficie lunar. En segundo lugar, el lanzamiento desde la Tierra de sólo una cantidad relativamente pequeña en cuanto a equipo y material, comparable en masa total a una sola estación satélite. Ese equipo conformaría una especie de destacamento minero en la Luna y una estación de obras en órbita elevada.

Tan pronto como se contara con el suministro regular de minerales lunares en la estación orbital, ésta se dedicaría tanto a producir otras de su clase como satélites colectores de energía. De este modo, libres de la necesidad de acumular una enorme flota de lanzamiento y del posible impacto ecológico correspondiente en la atmósfera superior, el crecimiento del número de estaciones energéticas satélites sería en progresión geométrica, como la serie 1, 2, 4, 8, 16, 32, etc., en vez de lineal (1, 2, 3, 4, 5, 6).
Ese es el camino para obtener grandes resultados a corto plazo.

El tercer punto clave consistiría en depender solamente de la tecnología y vehículos de que estamos seguros: estaciones energéticas al nivel tecnológico del presente, es decir, similares a la descrita en la última charla, la cual se está poniendo actualmente en funcionamiento en Oberhausen, Alemania Occidental; asimismo, habría que depender sólo de cohetes cargueros que puedan derivarse fácilmente y a bajo coste del Transbordador Espacial, cuyas máquinas principales usarían; el Transbordador mismo constituiría ya, en su forma presente, una parte esencial de este programa.

Claramente, pues, vale la pena proseguir la investigación sobre plantas energéticas de escasa masa y vehículos de elevado rendimiento en carga. Pero el concepto de la industria en el espacio supone, en nuestra opinión, la diferencia entre el animar simplemente dicha investigación y apostar sin reservas por su éxito total. Si la energía vía satélite triunfa, en algún momento atraerá al capital privado, y cuanto antes mejor. Sin ella, éste tendrá que gastarse en instalaciones nucleares y de carbón unos ochocientos mil millones de dólares en los próximos veinticinco años.

Por el momento no son muchas las probabilidades de que se atraiga capital privado a la investigación de esas fuentes de energía satélite, debido a que los riesgos son todavía muy grandes y los resultados de cálculo demasiado vagos. Para atraer la financiación privada será necesario eliminar en lo posible el factor desconocido.

En mi opinión, ello puede conseguirse si no se fuerza excesivamente la tecnología actual, es decir, explotando el paso descubierto a través de la barrera montañosa.

Se me ha pedido que trate de la energía solar establecida en la superficie de la Tierra. Me parece digna de ser investigada, pero, francamente, hasta el momento no la he encontrado muy prometedora, pues con semejante emplazamiento es demasiado fraccionaria en el tiempo y excesivamente incierta.
Si se realizaran espectaculares avances tanto en la conversión de la energía como en su almacenamiento, la situación, huelga decirlo, podría cambiar sustancialmente.

En la declaración escrita que sometí al subcomité me permití recomendar algunas líneas de investigación. No las repetiré aquí, pero sí señalaré dos características: que su sentido es garantizar que nada importante sea desatendido, en lugar de concentrarse prematuramente en una línea de investigación que pudiera no ser la mejor, y en segundo lugar, que se trata de sugerencias sobre tareas que pueden llevarse a cabo en modesta escala aquí en la Tierra, y a bajo coste en comparación con el que importaría cualquier actividad que tuviera que desarrollarse en el espacio.

Maqueta de Isla 1La primera de las figuras presentadas representa una visión esquemática de uno de los varios diseños posibles para una estación de construcción en órbita elevada. (Figura D.)

Su interés reside no en la forma concreta descrita -son muchas y muy diferentes las posibles-, sino en que todas tienen algo en común. En la figura que discutimos los elementos esenciales son una zona de talleres en la que podría atenderse a la industria ligera, una zona interior habitacional a la que se lleva la luz del sol, vastos radiadores de calor que liberan al espacio exterior el que no se usa directamente dentro, y por último, una coraza de protección que reduciría la intensidad de la radiación cósmica a que estaría sometido el personal, a niveles aproximadamente iguales que los determinados en la superficie de la Tierra.
La siguiente muestra una vista exterior de esa estructura concreta, donde se aprecia la presencia de los radiadores de calor excedente, las zonas agrícolas y la coraza anticósmica principal, la cual, en nuestra opinión, podría construirse de escorias resultantes de la propia actividad industrial en curso en el lugar. (Figura A.)

Cuadro EconómicoDedicaré algo más de tiempo al examen de la última figura C, ya que ofrece detalles sobre el aspecto económico. Debo añadir que, según me han dicho, no se acostumbra a incorporar a extrapolaciones como ésta las cargas por interés. Sin embargo, aquí han sido consideradas a razón de un 10 por ciento anual en dólares constantes de 1975, lo cual equivale aproximadamente a un descuento del 17 por ciento, según viene siendo aplicado generalmente por los economistas.
Estimamos aquí un período de aproximadamente seis años, plazo en el cual tendría lugar la construcción de las primeras instalaciones fabriles (la primera de las estaciones energéticas satélites construidas en las instalaciones industriales del espacio entraría en funcionamiento aproximadamente uno o dos años después).
Vemos al mismo tiempo el volumen de inversión, más intereses, determinante de la representación en línea quebrada descendente correspondiente a coste neto. Debido al proceso de multiplicación "bootstrap", es decir, al hecho de que cada instalación industrial satélite ha de construir otras similares, a la par que las estaciones energéticas, llegamos a ese crecimiento geométrico del número de estaciones satélites -1, 2, 4, 8, etc.-, aunque en esta ocasión, y por razones técnicas, hemos estimado un desarrollo algo más lento. En todo caso, ese crecimiento geométrico ha de determinar un gran impacto en un plazo relativamente breve.

En segundo lugar, hemos considerado que la propuesta sólo tendrá sentido si supone efectivamente un notable impacto en cuanto a las necesidades energéticas del país. Lo cual significa, suponiendo que tenga sentido, que en breve plazo de tiempo habrá de dominar el mercado de nuevas instalaciones energéticas. De ahí que, en dólares de 1975, hayamos supuesto que el coste inicial no debiera exceder de 15 milis./kwh. aproximadamente, lo cual contrasta con las cifras de 27 y 30 milis, citadas por ponentes anteriores.
A su vez, y para asegurar la penetración en el mercado y el dominio de esa solución del problema energético sobre las demás, hemos supuesto que tras un coste inicial de 15 milis., con el tiempo habría de pasarse a 12, 10, 8, etc.

Debido al rápido crecimiento determinado por la operación multiplicadora que llamamos "bootstrap", ya en el año decimotercero de vigencia de un programa de esta clase la capacidad de producción de nuevas plantas energéticas satisfaría la necesidad anual de generación adicional en los Estados Unidos.

A título comparativo debiéramos citar dos valores. Uno referido al hecho de que para el año undécimo de un programa como éste -a los once años del inicio de la construcción de las primeras instalaciones generadoras- se transferiría energía a las redes colectoras de la Tierra en cantidad que superaría la capacidad máxima del oleoducto de Alaska. Ello equivale a aproximadamente dos millones de barriles al día.
Y hacia el año decimosexto o decimoséptimo, de acuerdo con el mismo gráfico, la cantidad total de energía importada del espacio y aplicada eficientemente a la red distribuidora de la Tierra sobrepasaría la capacidad máxima de reserva de la vertiente norte de Alaska estimada actualmente.

Debiera añadir que cuando se calcula, como gustan hacer los economistas, la llamada razón beneficio/coste de un programa de esa clase, se observa que dicha razón es mucho mayor que la unidad. Ello resulta evidente en la gráfica adjunta por el hecho de que la inversión inicial cambia de sentido y se convierte en beneficio al cabo de cierto tiempo. Está claro que esos rendimientos podrían ser muy cuantiosos.

Procede señalar aún otra posibilidad asociada a esas bajas tarifas eléctricas; no se trata de certidumbre, pero sí de posibilidad: parece ser que se podrán disminuir esas tarifas en medida suficiente para permitir la síntesis de combustibles artificiales aquí en la Tierra, de manera económica, que vengan a sustituir la gasolina y determinen lo que sería una auténtica independencia energética para el país.
Como sabemos, la cantidad de energía correspondiente a la electricidad representa sólo un 40 por ciento aproximadamente del consumo total del país. El restante 60 por ciento se encuentra en forma de combustible para el transporte, aplicación directa de carácter industrial y calefacción doméstica. Si podemos hacer que bajen suficientemente las tarifas eléctricas se nos abrirá asimismo ese mercado.

Para terminar, creo que la industria orbital debiera responder a criterios de máxima sobriedad, con personal muy motivado, rigurosamente seleccionado y laborioso, y ausencia de lujos superfluos.
Si nuestra ingeniería es sensata y nuestros cálculos correctos, habría de ser posible atraer al capital privado con buenas perspectivas de rentabilidad.

Por último: Presentamos un enfoque sistemático en el que se combinan de modo inédito cierto número de aspectos tecnológicos conocidos y dominados. No se requiere hallazgo especial alguno en la ciencia básica ni en cuanto a la tecnología de los materiales. Por esta razón recomiendo que la investigación se lleve a cabo teniendo en cuenta que el resultado puede hallarse mucho más próximo en el tiempo que mediante cualquier otro concepto cuya ciencia básica ha de ser aún completada.

Muchas gracias.

En el documento original se inserta en este punto una meticulosa declaración técnica para archivo permanente. La sesión continúa con el siguiente coloquio.

Senador Ford: Profesor, ¿es todo malo en el paraíso? (Risas.)

Doctor O'Neill: En mi fuero interno, señor, debo admitir que espero que si se pone a 10.000 personas laboriosas y motivadas en una situación tal que cuenten con energía ilimitada y gran provisión de materiales, muy pronto darán con la forma de construirse ambientes muy atractivos.

- Yo también busco energía ilimitada. ¿Qué probabilidades ve usted de cooperación internacional en una empresa como la que propone?

- Ha sido mucho el interés demostrado por algunos individuos, no pocos de ellos vinculados a gobiernos extranjeros. Así se deduce de los miles de cartas recibidas, muchas de ellas, como digo, del extranjero. He observado en muchas de esas misivas que se hace referencia a si eventualmente va a tratarse de una reserva americana o si cabe la intervención y participación de otros. Espero, por muchas razones, que la respuesta a la cuestión será que la aventura obedecerá a un programa de colaboración internacional.

- Ha dicho usted que iba más allá de las extrapolaciones normales y, así, ha introducido los intereses en sus cálculos. No creo haber reparado en el coste total de su propuesta. ¿Puede ofrecernos una cifra global al respecto?

- Creo que preferiría establecer un margen. Si consideramos los costes de elevación característicos de la era del transbordador espacial -aproximadamente diez veces superiores a los estimados por el caballero de la Boeing- hablamos de cifras del orden de 40 a 200 mil millones de dólares, en cuanto a inversión, es decir, del 15 al 25 por ciento de lo que en tal concepto planea gastar la industria eléctrica en los próximos 25 años.

- No es un margen poco amplio: 40 a 200 mil millones de dólares.

- A los físicos nos gusta disponer de un gran margen.

- Y a los contribuyentes saber cuánto les va a costar; además, nosotros hemos de someterlo a juicio. Me parece que sus conocimientos habrían de permitirle aproximar un tanto esos límites.

- No puedo admitir el cumplido acerca de mis conocimientos, señor, pero en cuanto al margen apuntado debiera decir...

- Es usted modesto; prosiga.

- Depende en gran medida de las restricciones que nos sean impuestas. Creo que si pudiéramos hacerlo a mi modo seríamos capaces de sujetarnos a la cota inferior. Si nos vemos forzados a proceder sobrecargados con un gran número de programas marginales que pueden ser o no necesarios, el presupuesto habría de acercarse al extremo superior.

- Estimo que su oferta representa una propuesta atractiva y creo que la NASA debiera examinar rigurosamente su idea, especialmente en lo tocante a las extrapolaciones económicas. Ha descrito usted el lanzador eléctrico capaz de enviar rocas desde la Luna a miles de kilómetros por hora, pero me pregunto qué aspecto tendrá el recogedor del otro extremo.

- Depende notablemente de las propiedades del lanzador. Si nuestros cálculos son correctos, la probabilidad de error circular, en términos militares, con que pudiera llegar el material lunar, sería de tan sólo unas decenas de metros. Y dado que el material se desplazaría a sólo una décima o vigésima parte de su velocidad inicial, es decir, de salida de nuestro satélite, su aprehensión no debiera ser difícil. Una de las grandes dificultades presentes con este sistema estriba en que hasta hace muy poco carecíamos de investigación al respecto. Nos encontramos ahora en el punto en que hasta la más mínima inversión en este sentido podría resultar enormemente rentable con miras a rebajar estas cifras.

- ¿Qué ocurriría si el recogedor falla?

- El material se perdería en el espacio, para regresar eventualmente y caer de nuevo, probablemente en la Luna, pero dentro de miles de años.

- ¿Representaría algún problema para la navegación alrededor de la llamada colonia?

- No lo creo así, señor, porque estimo que los fallos serán muy pocos.

- Fallar o acertar no es ciertamente lo mismo, profesor.

- Por eso, precisamente, necesitamos investigar.

- El Centro Marshall de Vuelo Espacial ha examinado su propuesta, si no me equivoco. Su informe, publicado hace un año más o menos, decía que iba usted a necesitar dos nuevos cohetes nucleares y otro de gran tracción elevadora. ¿Por qué no necesita ya esos cohetes para hacer viable su proyecto?

- Es cuestión de decidir de qué modo se va a proceder para resolver un problema. En el enfoque Marshall, lo describiría como una concatenación lógica. Han dicho: ésa es una nueva idea y, por consiguiente, la pondremos a la cola de una serie compuesta por todas las demás surgidas últimamente. Si se encuentra al final de ésta es necesario que, como parte integrante del programa, incluyamos prioritariamente todos los demás conceptos que nos interesan, y así, cohetes nucleares, etc. En mi opinión esas cosas son innecesarias. Creo, de hecho, que todo lo que proponemos puede lograrse dentro de los parámetros del Transbordador Espacial y del vehículo derivado del mismo.

- Me asombra un poco su declaración de que no necesitamos desarrollar nuevas tecnologías para llevar a efecto su plan. Si no me equivoco, el doctor Glaser y la Compañía Boeing parecen estimar que se necesitaría un importante logro tecnológico en el futuro próximo. ¿Cree usted que la mayoría de los demás científicos, inclusive los de la NASA, estarían de acuerdo en que no hace falta ya investigación adicional?

- No me he declarado opuesto a la continuación de la investigación en esas áreas, señor. Más bien afirmo que el enfoque que proponemos equivale a buscar ese paso en la barrera montañosa más que empeñarnos en un ataque frontal. Si no damos con una alternativa que nos permita bajar el coste y eliminar algunas de las trabas que nos limitan, por ejemplo mediante la utilización de los minerales de la Luna, entonces habrá que optar por el asalto directo. Y ello sólo puede efectuarse reduciendo en medida considerable la masa de las plantas energéticas y los costes de lanzamiento y elevación. Sin embargo, con nuestro planteamiento creo que ninguna de ésas es necesaria.

- ¿Disponemos actualmente de la tecnología necesaria para tomar rocas de la Luna, como dice usted, convertirlas en lingotes de aluminio y extraer oxígeno líquido, así como reciclar el carbono e irradiar el excedente de calor al espacio?

- Según las conclusiones de un grupo de trabajo del Laboratorio Ames de la NASA, que abordó esa cuestión el verano pasado, los sistemas de procesado químico requeridos son muy similares a los que se encuentran ya en curso de desarrollo en la Oficina de Minas en relación con gangas muy semejantes a las lunares. Creemos, por tanto, que no hay nada fundamentalmente nuevo en ese sentido. Pero ello no quiere decir que no se tenga que examinar la cuestión muy de cerca y trabajar en profundidad.

- ¿Sabemos ya cómo erigir estructuras gigantescas en el espacio? Creía que eso sería algo que aprenderíamos una vez puesto en juego el Transbordador Espacial.

- Tiene usted toda la razón, señor. Necesitamos experiencia. Cuando digo que no nos falta ninguna tecnología básica nueva, no pretendo afirmar que podamos hacer un pedido mañana y recibir al poco satélites generadores o transmisores de energía. Queda aún mucho por hacer. Pero lo que sí sostengo es que no hace falta más progreso - que sea indispensable, quiero decir- en cuanto a tecnología de materiales, límites de temperatura, etc.

- Los científicos nos dicen, vamos, me han dicho, que la Luna tiene una noche que dura 14 días. ¿De dónde se sacaría la energía para accionar el impulsor de masas?

- Los del Marshall, y también el estudio de verano último celebrado en el Laboratorio Ames, me han convencido de que deberíamos servirnos de una pequeña planta nuclear en la Luna para accionar el impulsor de masas durante el día lunar, al igual que durante la noche. Creo que presentan su caso con gran convicción.

- ¿Disponemos de la tecnología necesaria para construir turbogeneradores de ese tamaño para su propuesta? Entiendo que Boeing afirma que para Powersat necesitaríamos un turbogenerador seis veces más poderoso que cualquier de los actualmente existentes.

- Mi impresión acerca de la propuesta Boeing, señor, es que intentan servirse de cierto número de pequeños elementos porque, en su caso, están limitados por la capacidad de un vehículo de lanzamiento individual. Conforme al enfoque de construir plantas generadoras de energía en el espacio a partir de materiales lunares, uno se vería libre de esta restricción y, a mi entender, construiría simplemente turbogeneradores que correspondieran a la tecnología óptima asequible.

- ¿Cuántos lanzamientos de cohetes serán necesarios para atender a su plan? Y ¿supondrá ello riesgo alguno ecológico?

- El número de lanzamientos, senador, sería similar al que se precisaría para la puesta en órbita de un satélite energético si para ello hubiere que recurrir a vehículos de la clase que llamamos derivada del Transbordador Espacial. Es decir, del orden de varios centenares de lanzamientos en un plazo de 5 ó 6 años. El impacto ecológico correspondiente sería de aproximadamente el 1 por ciento del causante en el ambiente por el lanzamiento desde la superficie terrestre de estaciones energéticas satélite en un plazo similar.

- Hace poco ha prestado usted declaración ante un Subcomité de la Cámara, y según creo ha dicho: "Un nivel de medio a un millón de dólares es probablemente adecuado. La aportación de una cantidad mayor en este momento supondría seguramente un malgasto e impropiedad en cuanto a lo presupuestado para esta línea de investigación." ¿Cree usted aún que eso es todo lo que se necesita por el momento?

- En el curso del año que viene, así es, señor. Y con esa cifra de medio a un millón de dólares me refiero a la investigación específica de la cuestión de construir en el espacio estaciones energéticas satélites a partir de materiales lunares. La investigación adicional destinada a subir el nivel en cuanto a vehículos elevadores y tecnología de plantas generadoras y demás, es decir, de todo cuanto contribuya a lo que podríamos llamar el asalto frontal, queda dentro de la línea del doctor Glaser, míster Woodcock y otros que están a favor de este enfoque. Y yo no me opondría, ciertamente, a ese apoyo adicional que han solicitado.

- Su testimonio, pues, giraba específicamente en torno a un aspecto concreto y no al esfuerzo global relativo a la generación de energía de naturaleza solar, ¿no es así?

- Exacto, señor.

- La NASA, según entiendo, afirma que habrá problemas con la radiación a órbita elevada. ¿Cree usted que ello representa un serio obstáculo en su plan?

- Creo que sólo en nuestro programa parece haber una solución adecuada a ese problema. Sé que éste es importante, porque la intensidad de la radiación en el espacio abierto, es decir, en órbita geosincrónica o más alta, es de aproximadamente 10 R por año -10 unidades roentgen al año-, lo cual se encuentra considerablemente por encima del nivel que se juzga hoy límite, por parte de la ERDA, en caso de exposición constante. Conforme al plan que propugnamos, en la vecindad inmediata de la instalación manufacturera del espacio se produciría la llegada continua de toneladas y más toneladas de material, gran parte del cual no sería esencial para la construcción de las estaciones energéticas satélites: se trataría de una especie de escoria industrial. En nuestro planteamiento hemos supuesto que en un período de dos o tres años después de que haya sido colocado en su lugar el esqueleto mínimo de la instalación productora, se habría acumulado en torno a ella una coraza de grosor suficiente para reducir la intensidad de la radiación cósmica en el interior a niveles semejantes a los que se desearan en la superficie de la Tierra.

- Profesor, creo que ésas son todas mis preguntas. Deseo felicitarle por su imaginación y, en particular, por su dedicación a este campo; creo que es francamente encomiable. Permanezca en contacto con nosotros, ¿lo hará?, y trataremos de colaborar con usted tan estrechamente como nos sea posible.

- Gracias, señor.

- Gracias a usted por su presencia hoy aquí.


   

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