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Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill. Apéndice: Cómo se Difundió la Idea

Creada31-03-2013
Modificada30-05-2015
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Febrero10

 

Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill

Cómo se difundió la idea

A finales de la década de los sesenta, el desencanto con respecto a la ciencia se había hecho general y conllevado masivos recortes presupuestarios en el terreno de la investigación. Sin embargo, en ese mismo período el proyecto Apolo, iniciado algunos años antes en momentos de gran confianza en el poder y la capacidad estadounidenses, había dado como fruto el primer alunizaje humano. Como se ha dicho, nuestra era puede ser recordada aunque sólo sea por el logro de ese gran salto desde la superficie de la Tierra a otro cuerpo planetario.

Durante este mismo período los horrores de la guerra en el Sureste asiático habían provocado una notable revulsión contra la autoridad y contra la tecnología en todas las universidades americanas. En muchas de ellas se produjeron notorias huelgas, y en casos extremos hasta actos de violencia con resultados fatales. Princeton se mantuvo relativamente tranquila, pero incluso en nuestro remanso se sucedían las reuniones y demostraciones en contra de la autoridad académica. Los estudiantes que creían poseer talento para la ciencia o la ingeniería se ponían a la defensiva, acusados por sus colegas de ser "irrelevantes" o, según otra expresión que hizo fortuna por entonces, "contraproducentes".

En el cénit de aquel período de desasosiego universitario me llegó el turno de impartir el primero de nuestros cursos de Física a la clase más numerosa. El nivel era bastante alto y requería de cálculo, así que la audiencia comprendía a futuros físicos y científicos, especialistas en Matemática Superior, ingenieros, algún que otro científico potencial de otras ramas y un par de futuros médicos dispuestos a correr el riesgo de rebajar sus calificaciones por aprender Física a un nivel superior que el requerido en su facultad.
Ante la perspectiva de un año en que tendría que enseñar más del doble de lo normal, parecía razonable el optar por una reorganización y modernización del curso como tarea a la vez estimulante y, de esperar, útil. Algunos de los cambios fueron de poca monta: el abandono de la pizarra tradicional en favor de un proyector elevado que me permitiera permanecer próximo a la primera fila de alumnos y vuelto hacia ellos en vez de darles la espalda. Prescindimos de deberes caseros que someter semanalmente con fines de calificación y optamos por "guías de estudio" y folletos programados en los que el alumno podía encontrar ayuda y directrices válidas en caso de que fuera por libre. A fin de mantener una corriente activa y dinámica de información contrastada, volvimos a la vieja costumbre de las pruebas cortas semanales, de fácil y rápida valoración.

En Princeton, como en la mayoría de las instituciones dedicadas a la investigación, se había producido una gran variación en cuanto a la asistencia asequible a los alumnos fuera de las horas de clase. Algunos miembros del claustro, cuya investigación dependía de máquinas situadas a miles de kilómetros de la universidad, eran a menudo inaccesibles, a pesar de sus buenas intenciones. Para paliar este problema instituimos un sistema cooperativo de turnos de guardia, de manera que en cualquier hora del día en que un estudiante pudiera buscar razonablemente ayuda hubiera alguien dispuesto a prestársela.

Para unificar el curso era necesario elegir un tema principal; fue fácil: Apolo 11. El primer alunizaje había tenido lugar con éxito hacía tan sólo dos meses, y Apolo 12 tenía su lanzamiento programado para dos meses después de haberse iniciado el curso. El Proyecto Apolo, aunque sufría ya un poderoso boicot en base a su inutilidad para resolver los problemas interiores de las ciudades, resultaba fascinante y ofrecía numerosas posibilidades para llegar de forma amena y con materia moderna y sólida al ánimo de los alevines de físico de aquel primer año. Siguiendo este plan durante el curso 1969-1970, cada aspecto de la Física General fue ilustrado con ejemplos pertinentes de su aplicación reciente al viaje de los humanos al espacio exterior; así, fueron considerados temas de fuerza, energía y momento, de mecánica celeste, termodinámica y teoría eléctrica. Para una de nuestras sesiones de laboratorio instalamos incluso un simulador basado en una versión primitiva de ordenador mediante el cual los alumnos participantes podían simular la acción del alunizaje. Si sus conocimientos sobre las direcciones y momentos óptimos de ignición y orientación de los cohetes auxiliares eran deficientes, se encontraban con el combustible agotado o a punto de agotarse cuando todavía se hallaban a cien metros del punto de contacto; créanme, la tensión llegaba a un punto álgido en el laboratorio cuando semejante evento se producía.

En cualquier curso numeroso el profesor debe dirigir la instrucción al nivel medio de la clase, para disponer seguidamente la ocasión de que quienes se revelan mucho más lentos o mucho más rápidos que la media, puedan contar con medidas específicas. En la clase de Física 103 y una vez efectuados los cambios que he descrito, los estudiantes menos brillantes contaban con toda la ayuda necesaria para ponerse a tono; quedaba por resolver la cuestión planteada por aquellos cuya preparación, talento natural o motivación les situaban tan por encima de los demás que la instrucción convencional era para ellos muy poco estimulante. Durante los primeros meses del curso, antes de que la sobrecarga de trabajo se acumulara excesivamente sobre todos los alumnos, mantuve un pequeño seminario voluntario con miras a aliviar dicha situación.
Dados los peculiares problemas de 1969 en cualquier campus, me pareció oportuno atacar la cuestión del lugar ocupado por el científico y el ingeniero en la sociedad de los decenios siguientes. Estaba claro que los días de fe ciega en la ciencia y el progreso habían pasado. No sólo debido a las necesidades reales del mundo circundante, sino por las dudas y vacilaciones de los propios científicos potenciales en lo tocante al ambiente, a la mejora de la condición humana y a la interacción entre ciencia y sociedad.

La imagen tradicional del científico, así como el sistema valorativo en base al cual se suele medir el éxito en este terreno, hablan indefectiblemente de especialización. La gastada frase de "sabe cada vez más sobre cada vez menos" resume la impresión general al respecto, y hasta hace poco aquellos científicos que traspasaban los límites entre diferentes campos de la especialización eran considerados con no poca reserva por sus propios colegas. No es posible desechar esa actitud alegremente. Es fácil cometer errores cuando se trabaja en un terreno con el que no se está familiarizado, y es demasiado fácil embarcarse en numerosos proyectos dispares en tanto que no se hace una labor verdaderamente seria en ninguno. Hay demasiados ejemplos desafortunados de buenos científicos con el valor suficiente para traspasar las fronteras que delimitan varias disciplinas científicas a los cuales ello les ha servido tan sólo para descubrir, por lo común con gran dolor y al cabo de varios años de esfuerzo perdido, que no les era posible obtener un dominio adecuado del nuevo tema en el escaso tiempo de que disponían.

Sin embargo, los estudiantes de 1969 buscaban sentido en su carrera y pugnaban por hallar el modo en que su talento para los temas técnicos pudiera beneficiar a la humanidad. Sobre todo, trataban de eludir la especialización estrecha, aquella que les situaría en esa triste categoría descrita por Dickens:

...La miseria que les era común consistía, claramente, en que intentaban intervenir, con la mejor intención, en los asuntos de los hombres, y habían perdido ya su poder para siempre.

En nuestro seminario, celebrado cada semana y concurrido generalmente por ocho o diez estudiantes, yo esperaba poder discutir problemas de ingeniería a gran escala que combinarían en sí varias características: tendrían que ser de alcance suficiente amplio para interesar, y sus soluciones habrían de beneficiar a un amplio espectro de la humanidad, especialmente al sector de los que están en desventaja por accidente o lugar de nacimiento. Si estos problemas habían de ser abordados por los alumnos integrantes de nuestro seminario, las soluciones no debían requerir de materiales, técnicas o conocimientos de ingeniería que no estuvieran comprendidos en nuestro arsenal a nivel del decenio de 1970 o, como más, de comienzos del siguiente. Según se vio, una vez fue elegido un tema de trabajo, la dedicación fue tan completa que no hubo lugar a señalar un segundo tema.

Me han preguntado a menudo por qué elegí como cuestión primera: "¿Es una superficie planetaria el lugar adecuado para una civilización tecnológica en expansión?" No tengo respuesta pronta, salvo en lo que atañe al hecho de que mi interés por el espacio como marco de la actividad del hombre data de mi primera infancia, y por razón de que siempre he sentido un irrefrenable impulso a verme libre de limitaciones y de regimentación. La sociedad de estado estático, plagada de leyes y reglas, propuesta por los primeros investigadores del tema de la limitación del crecimiento y desarrollo, me ha resultado siempre aborrecible.

El nivel al que abordaríamos el asunto había de ser necesariamente modesto. Los estudiantes de Física 103 en octubre de su primer año hacía tan sólo cuatro meses que habían abandonado la enseñanza secundaria.
En primer lugar se abordó el tema de la energía: en el espacio la de origen solar sería asequible en todo momento. No podíamos imaginar una fuente más barata, más inagotable y más limpia para una sociedad que, en nuestro supuesto, aumentaría cada vez más en su capacidad tecnológica, si no necesariamente en población. La posibilidad de colonizar planetas distintos de la Tierra podía desecharse rápidamente por más razones que las directamente vinculadas a la inadecuación de un planeta para el empleo de la energía solar. La superficie territorial asequible era insuficiente; el recurso a la Luna y a Marte doblaría apenas el área con que ya contábamos, y dado nuestro actual ritmo de crecimiento, ese suplemento sería usado totalmente en tan sólo treinta y cinco años.

¿Qué podía decirse acerca de unas colonias en el propio espacio libre? En primer lugar se tocó el tema de su posible tamaño. Desde el principio pensábamos ya en términos de algo semejante a la Tierra, no sólo con miras a una mera estación espacial. Debía existir la posibilidad de llevar una existencia humana normal, completa, con gravedad, atmósfera, luz del sol, plantas en crecimiento, árboles, animales...
Estaba claro que sólo había tres clases de formas geométricas posibles para un navío del espacio que contuviera atmósfera y girara, a fin de dar lugar a una gravedad artificial: la esfera, el cilindro y la rueda (un toroide). Esta última había sido discutida y exhaustivamente en la década de los cincuenta, y nos parecía más apropiada para una estación espacial que para nuestro proyecto de minimundo. La esfera nos parecía a su vez menos deseable que el cilindro, debido a que tratábamos de maximizar la superficie de terreno utilizable a gravedad casi terranormal.

Nuestras primeras suposiciones parecen ingenuas hoy: pensábamos siempre en una presión atmosférica plenamente normal y en un espesor del suelo de un metro y medio aproximadamente, mucho más de lo que usan la mayoría de las plantas. Aún así, nuestros primeros cálculos nos demostraron que una carcasa de acero que girara para proporcionar una gravedad semejante a la existente en la superficie de la Tierra y cargada con una profundidad de suelo como la apuntada, además de contar con atmósfera, podría ser construida con un diámetro de varios kilómetros. Este primer resultado numérico nos sorprendió, al tiempo que estimulaba aún más nuestro interés en cuestiones más complejas y elaboradas.

¿Y el sitio para extenderse? Por aquel tiempo no teníamos sino una vaga idea acerca del volumen total de materia disponible en el cinturón de asteroides, aunque estimábamos que bastaría para construir colonias espaciales con una superficie territorial total por lo menos varios miles de veces mayor que la de la Tierra. Fue Freeman Dyson, más de un año más tarde, quien me orientó hacia esa mina de información, Astrophysical Quantities, de Alien, donde podían hallarse las cifras exactas.

Faltaba dar con la manera de que la luz del Sol pudiera ser introducida en el cilindro en rotación, preferiblemente conservando el efecto visual del disco normal en el firmamento y su lento discurrir de cada día. Puede que fuera en el cuarto o quinto de mis seminarios cuando se terció la ocasión de acudir con un modelo confeccionado con piezas de cartón, plástico y papel: un cilindro subdividido en seis segmentos, tres de ellos transparentes, a los cuales se podía hacer llegar la luz del sol por medio de espejos planos situados en el exterior.
Mis cálculos, una vez finalizado el seminario, fueron realizados en ocasionales ratos de ocio, en fines de semana o a altas horas de la noche, y a menudo cuando por razón de mis ocupaciones me vi obligado alguna que otra vez a pasar un día o dos en otro país, alejado de mis obligaciones docentes habituales. Cuando más profundamente se examinaron los problemas del establecimiento de comunidades espaciales, más razonables parecían las soluciones halladas para cada problema, experiencia que rara vez le cabe al científico, pues las más de las veces las ideas nuevas son invalidadas tan pronto como aparecen los resultados de los primeros cálculos. Y, así, uno aprende a reconocer y valorar las excepciones. La sensación era, decididamente, de deja vu. Trece años antes, en 1956, había tenido la fortuna de experimentar la misma excitación, el mismo sentimiento de encontrarme explorando una nueva senda lógica, cuando empecé por entonces a estudiar la posibilidad de los "anillos de almacenamiento".

En 1956 tenía veintinueve años y había permanecido ya dos en Princeton en calidad de instructor o ayudante. Por invitación del profesor M. G. White, había resuelto trabajar en el diseño de un gran acelerador de protones de nueva concepción. El proceso del asunto fue divertido; puede que sólo en aquellos lejanos días de mediados de los cincuenta, cuando las ciencias físicas gozaban de gran predicamento, de notable apoyo y de pocos seguidores, fuera posible que alguien tan joven pudiera intervenir de manera relevante en un problema como el del diseño de sistemas a gran escala.

En el Oeste Medio, el profesor Donald Kerst y un gran grupo de colaboradores habían empezado a trabajar sobre la posibilidad teórica de construir un tipo especial de acelerador en el que dos haces de partículas pudieran circular simultáneamente en direcciones opuestas. En semejantes máquinas se producirían ocasionales colisiones, las cuales serían las más energéticas que pudieran lograrse en laboratorio alguno. La escala aplicable a la medida de tales colisiones se encontraría tan por encima de las que caracterizan las transiciones nucleares, que no podía esperarse en modo alguno que se produjeran (ni para bien ni para mal) descargas de energía nuclear, como en el caso de una bomba atómica o de un reactor. Serían utilizadas para la investigación pura y podrían enseñarnos una enormidad acerca de los constituyentes del neutrón y del protón.
Lamentablemente, esa máquina espacial proyectada por el grupo encabezado por el profesor Donald Kerst hubiera sido muy voluminosa y cara, a la vez que sólo hubiera permitido acceso marginal para los instrumentos de detección en el lugar de interacción. Considerada la situación, parecía que el concepto de haces colisionantes poseía auténtica realidad teórica, pero de práctica tan cara y difícil, no obstante, que bien pudiera revelarse inútil por falta total de rendimiento.

Al considerar cuidadosamente el asunto parecía razonable preguntarse: ¿Es necesario que la colisión tenga lugar en la misma máquina en que son acelerados los protones?" Los cálculos efectuados en Princeton revelaban que los dos problemas, aceleración y almacenamiento, podían tratarse separadamente. Así empezó el moderno desarrollo de los hoy llamados "anillos de almacenamiento". Algunas ideas similares, en forma al parecer insuficientemente convincente para justificar más inversión de tiempo y trabajo, se le habían ocurrido a un ingeniero europeo, Rolf Wideroe, durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. La labor de Wideroe, sobre la que él mismo me llamó la atención al cabo de unos meses de publicado mi concepto, había quedado sepultada en forma de patente alemana de los tiempos bélicos y, que yo sepa, no volvió a ser publicada. William Brobeck, trabajando en el ciclotrón de Berkeley, reinventó los anillos de almacenamiento hacia el mismo tiempo que yo.

Desde la primera concepción hasta la realización práctica, en forma de experimento de elevada energía, transcurrieron casi diez años de ininterrumpida tarea. Para el proyecto de contracción se me unieron colegas de Princeton y Stanford, y por fin el primer experimento con un haz colisionante de elevada energía fue llevado a cabo por nuestro grupo en 1965. Reveló que la carga de electrón se halla confinada en un volumen diminuto: menos de una milésima de la del protón.

Incluso entonces habría sido imposible imaginarse que el concepto del anillo de almacenamiento, un tiempo objeto de tantas controversias, pasaría en diez años más desde el estado de aceptación al de universidad casi total. Desde 1976 casi toda la labor realizada en países diversos en el terreno del diseño de nuevos aceleradores de partículas se basa en máquinas que incorporan anillos de almacenamiento para haces colisionantes. Puede que fuera aquella experiencia del paso de la incredulidad a la aceptación la que me animó, en 1969 y a principios de 1970, a proseguir mis estudios acerca del tema de las comunidades espaciales, otra "idea loca" basada en una clase de lógica muy semejante. En 1969, como en 1956, "los números salieron otra vez".

Mi doble tarea docente y la investigación sobre elevada energía configuran un trabajo más que saturante en 1969-1970; pero comoquiera que mis cálculos sobre las condiciones y viabilidad de las comunidades espaciales seguían cuadrando, empecé a interesarme por comunicárselos a otros. Al principio esa comunicación no pasó de breve comentario marginal: a mis tres hijos en el curso de largos paseos por los bosques próximos a Princeton mediado ya el otoño y al iniciarse la primavera. Me parecía importante discutir con mis hijos una nueva opción que pudiera ampliar considerablemente el margen de posibilidades que acaso se les ofreciera en el curso de sus vidas. A veces discutía mi trabajo con amigos, pero me sentía cohibido, ¡tan simples y llanas eran las consideraciones físicas de mi idea!, de abrirme ante mis colegas.

Un anochecer, en casa de un amigo, alguien sugirió la posibilidad de registrar por escrito esas ideas con miras a su publicación en una revista mensual de gran tirada. Siguió un interesante cambio de impresiones con el editor de la misma. Reveló su curiosidad por el tema, preguntó interminablemente, y al final llegó el rechazo en forma de carta, más o menos en estos términos: "Lo siento; me fascina la idea, pero he preguntado diez cosas y usted me ha dado respuesta a todas; ahora me gustaría preguntarle cien más, y me temo que el proceso respectivo no va a converger."

Probé y probé, en 1971-72, de exponer las nuevas ideas ante un auditorio más amplio en busca del contraste y la discusión detallada. Al hacerlo experimenté ese fenómeno bien conocido de todo candidato a autor: el tren interminable de notas de rechazo. De acuerdo con las reglas, enviaba mi artículo a sólo una revista cada vez.
Seguían por lo común de acuerdo a seis meses, durante los cuales mi trabajo permanecía detenido en manos de su potencial editor y, por tanto, no podía ser presentado a otros. Yo no deseaba escribir mis ideas en forma de ciencia ficción, pues me temía que procediendo así situaría el tema en el reino de la fantasía, desde el cual sería aun más difícil llevarlo a la atención científica seria. De ahí que al fin me pareció oportuno recurrir a dos publicaciones orientadas hacia la divulgación, pero con rigor suficiente. En ambas había escrito ya en el decenio de 1960; la primera, y algo menos profunda que la otra, rechazó mi aportación inmediatamente: el editor no quiso ver siquiera el manuscrito. Ello era por lo menos de agradecer, pues ahorraba considerable tiempo. El de la segunda se brindó a leer mi trabajo y a someterlo a valoración crítica. Para entonces nos encontrábamos ya a mediados de 1972, casi tres años después de la formación primera de las ideas básicas.

La segunda revista, de corte relativamente científico, rechazó también a la postre mi contribución en base al juicio emitido por sus dos críticos. El editor, no obstante, fue lo suficiente amable para acompañar a su misiva algunos pasajes del veredicto emitido por sus lectores. Es interesante recordar algunos aspectos del criterio aplicado a la evaluación de mi obra. Uno de los críticos se revelaba casi en estado de choque; sus argumentos podrían resumirse como sigue: "Nadie más piensa en esa línea; esas ideas, por consiguiente, deben ser equivocadas."
El segundo crítico, más cauto en sus opiniones, daba por sobrentendidos algunos supuestos asaz coherentes con las principales ideas contemporáneas, pero que no tenían vigencia alguna en el marco de las nuevas dimensiones de oportunidad abiertas por el concepto de la humanización del espacio. Curiosamente, conocí y cambié impresiones con este segundo lector a los pocos meses.

Al pensar en ese período, hace ya algunos años, en que me era tan difícil encontrar audiencia, no puedo evitar el ejercitar cierta medida de introspección, cosa frecuente, por lo demás, en los hombres que han alcanzado la cuarentena. Para entonces uno suele hallarse establecido ya en una carrera formal, adecuadamente remunerada, aunque somos muchos los que pensamos ser útiles y productivos todavía, acaso como escritores o publicistas, muchos años más tarde, pasada ya la edad del retiro. Es imposible no mirar atrás y hacer por descubrir a qué pauta han respondido los errores cometidos y, es de esperar, los talentos desarrollados. En mi caso es fácil el recuento de debilidades, ¡son tantas! Lo brillante es más difícil de descubrir. Cuando comparo mi trabajo con el de algunos colegas, hallo en el mío un grado modesto de la competencia profesional usual en las áreas estándar de matemáticas, física, diseño técnico, etc, pero apenas puedo reivindicar más que estricto profesionalismo en ellas. Si reparo en esos dos períodos únicos en que inicié algo que se reveló ciertamente valioso, pero que nadie consideraba, descubro estrechas similitudes en ambos. Tanto de los anillos de almacenamiento de energía como de la humanización del espacio cabría decir que en su concepción no intervenía ningún talento matemático extraordinario, ni alarde de abstracción teórica alguno, si no que, de haber efectivamente alguna cualidad propiciatoria del logro, no era otra que el hallar maneras fáciles de resolver problemas de diseño de sistemas a gran escala. En cada caso, la solución requería separarse del camino seguido por otros. Tanto en el caso de los anillos de almacenamiento energético como en el de las comunidades espaciales, intervenían dispositivos o subsistemas críticas para el éxito que yo tenía que inventar antes de que la nueva síntesis pudiera tener lugar. En el primer caso fue el llamado "inflexor de línea de retardo", que podía pasar el haz de una partícula de un canal a otro en una pequeña fracción de una millonésima de segundo sin menoscabo de la calidad del haz. En el caso de la colonización humana del espacio, el dispositivo esencial parece ser el impulsor de masa, la máquina que ha de permitir el lanzamiento de materiales desde la superficie de la Luna. Probablemente en ambas situaciones, y ciertamente en el primer caso, el "dispositivo esencial" era tan sólo la primera y más fácil solución de un problema que, eventualmente, se podía resolver de varios modos diferentes.
Este talento, si es tal, no es profundo, aunque puede que me reconforte el hecho de que parece conducir a logros que poseen efectivo valor.

En el verano de 1972, el problema de alcanzar las nuevas posibilidades discutidas había adquirido suficiente seriedad como para inquietarme considerablemente. Por entonces el proceso de las misivas de rechazo había proseguido durante dos años largos y la lista de publicaciones no probadas aún, adecuadas para una primera comunicación en torno a la novedosa idea de las comunidades espaciales, se volvía más y más pequeña. Mis hijos y yo pasamos un mes juntos acampados en la parte norte del estado de Nueva York y en Nueva Inglaterra, y en ese tiempo experimenté por primera vez esa maravillosa sensación de libertad asociada con el aprendizaje del vuelo sin motor, con sus tres dimensiones de libertad y la interacción íntima entre la máquina, el piloto y la atmósfera invisible y siempre activa. De vuelta de nuestras vacaciones de acampada y vuelo sin motor en Elmira y Franconia, nos detuvimos un día para visitar a unos viejos amigos, Brian y Joyce O'Leary. Brian y yo nos habíamos conocido cinco años antes en San Antonio como finalistas de una serie de ensayos y pruebas para científicos-astronautas. Más tarde, Brian había ingresado en el Cuerpo de Astronautas, que abandonaría después, y en 1972 ocupaba el puesto de profesor de Astronomía en el Hampshire College. Brian y otro amigo de los días de San Antonio, el profesor George Pimentel, de Berkeley, me animaron a saltarme el cauce tradicional de todo proceso de publicación de carácter académico. "Dáselo a conocer a la gente", me dijeron, y Brian apuntó la posibilidad de prepararme una conferencia aquel otoño ante sus estudiantes del Hampshire College.

A mi vuelta a Princeton y con el inicio del nuevo semestre, otro viejo amigo, el profesor John Tukey, abundó en la misma idea. Celebramos un prolongado almuerzo en el club de la Facultad, durante el cual John iba seleccionando de su agenda de bolsillo nombres de personas situadas en los más diversos campos del quehacer académico a quienes yo podría solicitar comentarios acerca de las nuevas ideas. John es ya legendario en Princeton. Se cuenta que en los días anteriores a la invención de los computadores electrónicos, el programa anual para todas las disciplinas impartidas en Princeton se efectuaba de manera muy sencilla: John Tukey se echaba cada mañana en un diván, y eso durante tres días, mientras alguien le leía las necesidades horarias de cada asignatura, conflictivas naturalmente con las que a su vez reclamaban las otras. John permanecía silencioso durante todo el tiempo, y al fin, llegado el cuarto día y sin haber usado jamás papel o lápiz, procedía a dictar el programa completo para todas las materias, con asignación de horas, secuencias y ordenación relativa, etc., sin que jamás se presentase conflicto alguno en el transcurso del año así organizado. Para este fin, actualmente se cuenta con un computador electrónico en sustitución de John, quien puede disponer así de algunos días extra para atender a sus responsabilidades como director del Departamento de Estadística.
Echándose atrás en su silla al final de nuestra discusión y elevando la mirada al techo como tiene por costumbre, John puso fin al encuentro con una observación que, amablemente, suponía para mí una aceptación más allá de mis aspiraciones: "Acuérdate de Goddard -dijo- y no te desanimes."

En octubre de 1972 volvía a atender al doble de lo normal en preparación de un semestre que iba a ser dedicado enteramente a la investigación de la física de elevada energía en la Stanford University.
El programa era bastante denso y yo sólo podía enseñar en Hampshire, sin perder ninguna clase en Princeton, si me pasaba una tarde en el trayecto de cuatro horas y media hasta Amherst y me levantaba al día siguiente a las tres de la mañana para rehacer el viaje de regreso. Afortunadamente los programas de esta clase son más corrientes en los trabajos experimentales en el campo de la física de elevada energía, de modo que ya estaba harto avezado a ellos.

Brian había dado aviso de la conferencia a sus alumnos, y la verdad es que de boca en boca la información se había extendido por todo el centro; el acto, que se inició a las ocho de la tarde, estuvo muy concurrido; algunas diapositivas preparadas a partir de mis crudos bocetos vinieron a ilustrarlo; mi exposición oral duró menos de una hora.
Con todo, la respuesta de los estudiantes fue positiva e intensa, lo suficiente para prestar nuevos ánimos. Las preguntas se sucedieron a lo largo de una hora más, y al final, uno de mis anfitriones, el decano Everett Hafner, de la Escuela de Ciencias de Hampshire, se dirigió a la audiencia:
- Tan sólo quiero decir -empezó- que cuando oí hablar del asunto por primera vez creí que no se trataba sino de una serie de ideas deslavazadas y locas. Después de haber asistido a esta discusión más pormenorizada he cambiado de opinión, y deseo que ello conste.
- Debéis saber asimismo que al orador le espera mañana un largo viaje de regreso a Princeton, donde debe impartir una clase a las ocho cuarenta; sugiero, por tanto, que hagamos una pausa de cinco minutos y que quien desee preguntar aún alguna cosa lo haga después.

Para entonces habría quizá unas doscientas personas en el auditorio; pocas lo habían abandonado. Para mi sorpresa, placer y agotamiento, finalizado el pequeño descanso, la mitad por lo menos volvió simplemente a ocupar su sitio y el coloquio se reanudó durante otra hora, hasta que al final fui rescatado por el cuerpo facultativo.

De regreso a la casa del decano, donde iba a pasar la noche, mi anfitrión empezó a hacerme preguntas más bien extrañas y crípticas.
-¿Se siente usted personalmente afrentado -preguntó-, por todas esas notas de rechazo procedentes de los editores? ¿Acaso se trata para usted de una cuestión personal, en cierto modo, el que haya o no personas dispuestas a discutir sus nuevas ideas?
Me eché a reír y respondí: 
- No, en absoluto. Mi carrera profesional se basa en mis investigaciones sobre alta energía y en mi labor como profesor, y no he tenido dificultad alguna en la publicación de mis trabajos regulares. Se trata simplemente de que empieza a ser frustrante el ver que, creyendo hallarme tras la pista de algo que estimo potencialmente muy beneficioso para la humanidad, nadie parece dispuesto a publicar mis sugerencias.
- Era importante para mí hacerle esta pregunta -continuó mi interlocutor- porque ahora puedo decirle que yo fui uno de los críticos que rechazó su artículo. Después de lo ocurrido esta noche, creo que debo escribir al editor y hacerle ver que he cambiado de opinión.
Incluso ahora, tres años después, recuerdo con placer el sosiego que me invadió de resultas del calor y la comprensión con que fui acogido por todos los presentes en mi conferencia de Hampshire. Han seguido muchas más disertaciones y actos públicos en universidades y colegios, en ocasiones con respuestas ciertamente entusiásticas, pero Hampshire fue el primero y jamás podré olvidarlo.

Avanzado ya el otoño intervine en un coloquio en nuestro Departamento de Física de Princeton, y uno de los estudiantes, al ver el anuncio del mismo, "Colonización del Espacio", se dirigió a mí poco antes de que tuviera lugar. 
- Debe de tratarse de una broma académica, ¿no? -preguntó-; supongo que hablará del espacio-tiempo relativístico."

Finalizada la conferencia, unas cuantas personas permanecieron en la sala para discutir entre sí las nuevas ideas. Una de ellas, el profesor Freeman Dyson del Instituto de Estudios Avanzados, convenientemente situado a sólo cinco minutos de nuestra universidad, prolongó su presencia en la sala muchísimo tiempo. El profesor Dyson había escrito años antes sobre el tema de las civilizaciones avanzadas y el probable desarrollo de tecnologías que harían posible la habitación del espacio. De hecho, sugería que una civilización superavanzada podría construir hábitats espaciales que constituyeran una esfera completa alrededor de su sol, con lo que el aprovechamiento de la luz sería tan total que sólo las radiaciones infrarrojas escaparían del sistema estelar; la consiguiente variación espectral sería la pista que delataría la existencia de semejante sociedad avanzada. El profesor Dyson llevó mi atención aquel día sobre los primeros trabajos de J. D. Bernal, al tiempo que sugería la posibilidad de que pudiere hallarse algo de interés para el tema en la obra temprana de Konstantin Tsiolkowsky.

Antes de partir para California a finales de diciembre de 1972 me sentí nuevamente animado a un nuevo asalto contra el estamento de las publicaciones académicas. Pero esta vez hice uso de mi experiencia como cabeza de un grupo implicado en la investigación en equipo de los problemas de la física de la alta energía. Sabía que para obtener la aprobación para una nueva labor experimental era necesario, las más de las veces, hablar personalmente con los miembros del comité rector. Esta vez me dirigiría a alguien que conociera y preguntaría mis ideas en el curso de una conversación privada mejor que por escrito. Un viejo amigo de mis tiempos de facultad, el doctor Harold Davis, era editor de la revista Physics Today, publicación no especializada del Instituto Americano de Física. Fui a Nueva York y hablé con Hal en el curso de un almuerzo, dejándole además mi última versión del manuscrito tan repetidamente rechazado. Muchos meses más tarde, tras cuidadosa recensión y crítica, Hal escribió "que Physics Today lo publicaría si fuera nuevamente redactado con el fin de dar respuesta a muchas más cuestiones de detalle. La labor ocupó todo el tiempo libre que pude entresacar del año académico de 1973-74.

En 1973, ocupado yo plenamente en la experimentación del nuevo y gran dispositivo anular de almacenamiento de energía, del Stanford Linear Accelerator Center, llamado SPEAR, tuve ocasión de dar, no obstante, numerosas conferencias en diferentes instituciones y universidades de la Costa Oeste: Cal Tech, Stanford y en los campi de la Universidad de California en San Diego, Los Angeles, Berkeley y Santa Cruz. En la mayoría de los casos la respuesta fue entusiasta, y empezó a correr la voz acerca de esos nuevos desarrollos y conceptos. Llegaron cartas de encabezamientos como: "No supe de su conferencia hasta que hubo tenido lugar, pero estoy al corriente de su contenido gracias a un amigo. Desearía saber más y..."

Una carta llegada a finales de 1973 provenía de un estudiante muy joven del Instituto Tecnológico de Massachussetts, Eric Drexler. Decía: "Cuando llegué a la Universidad me dispuse a averiguar quién estaba trabajando por entonces sobre el concepto de la colonización del espacio; me parecía una cuestión tan obvia que, lógicamente, alguien se ocuparía ya de ello. Traté de comprobar si es verdad que uno puede ponerse en contacto con cualquiera en este mundo por medio de no más de cinco conferencias telefónicas o demandas de información; el profesor Philip Morrison me ha aconsejado que le escriba." Y así dio comienzo la que ha venido a convertirse en una gran amistad, que ya a principios de 1974 se vio cimentada por la visita que hicieran a Princeton Eric y un amigo suyo de la Universidad de Columbia, David Anderson. ¡Había ahora, pues, tres hombres suficientemente valerosos para reunirse en un lugar y hablar de la colonización del espacio! En febrero de 1974, sabedor de que el artículo de Physics Today aparecería unos meses después, pensamos que nuestro valor bastaría incluso para atrevernos a organizar una pequeña convención sobre el tema.

Eric Drexler, David Anderson y yo, junto con un joven graduado de Princeton, Eric Hannah, fijamos la reunión para primeros de mayo, justo después de la terminación de las clases. Pocas posibilidades teníamos de organizar un acto complejo, pero estimé que, por principio, tendríamos que ser capaces de obtener algo de dinero con que financiar el encuentro. Después de todo, habíamos gastado más de cien mil millones de dólares en la guerra de Vietnam y gastábamos aproximadamente otro tanto cada año en programas de desempleo y seguridad social. Me parecía que la colonización del espacio resultaba pertinente con respecto al conflicto constante entre el bienestar de los hombres y las tasas de empleo.
Empecé por las fundaciones bien establecidas y pronto descubrí que ninguna de ellas se sentía inclinada en modo alguno a correr riesgos, a su entender, innecesarios. Las fundaciones suelen tener objetivos muy concretos, y sus directivos no gustan de salirse de la senda marcada por concesiones previas. Hay, desde luego, las que gozan de fama por auspiciar todo cuanto se sale de lo convencional y puede constituir un logro fuera de lo común, pero no tardé tampoco en descubrir que "nuevas direcciones" significaba "no realmente nuevas".

Después de probar infructuosamente con varias de esas instituciones, sobre todo aquellas que me habían sido recomendadas por la amplitud de sus miras, fui dirigido a una pequeña organización, muy especial, la Point Foundation de San Francisco. Las oficinas se encontraban en un pequeño habitáculo de dos habitaciones, en los altos de la Glide Methodist Church, al que se llegaba (en un día lluvioso de "Frisco") a través de unos tablones de madera dispuestos desde la escalera principal hasta el tejado. Point, como supe más tarde, debía su existencia a una brillante invención de Stewart Brand: The Whole Earth Catalog. Los beneficios derivados de la venta del catálogo sostenían Point, y la fundación había sido organizada de manera que expresamente animara y auspiciara toda innovación. Ningún empleado o funcionario de Point, ni siquiera el auxiliar administrativo con dedicación parcial, que cuidaba de atender a la correspondencia, podían permanecer en la organización más de tres años. Cada uno de sus seis directivos recibía una modesta cantidad de dinero al principio de cada año, y a partir de ese momento estaba en situación de dedicarlo a algún fin caritativo de su propia elección y en el que él, como individuo independiente, creyera; no había comités, repasos de cuentas, ni siquiera hacía falta acuerdo alguno de los consejeros sobre un determinado subsidio.

En aquel habitáculo, con la lluvia desatada fuera, descubrí un par de oficinas muy acogedoras repletas de libros. Richard Austin, secretario de la Fundación, me aguardaba. Richard, amistoso y cordial, totalmente desprovisto de los "aires de un consejero de fundación", expresó su interés personal; pronto se nos unió Michael Phillips, otro directivo, educado como matemático, y hoy hombre de variados y numerosos intereses. En el curso de un excelente almuerzo en el vecino San Francisco-Hilton, Michael se declaró dispuesto a auspiciar la convención, para lo cual aportó seiscientos dólares, cantidad pequeña conforme a la norma, pero importante para Point. Acertadamente, Michael sugirió que la suma fuera concedida formalmente a la universidad, de modo que, en sus palabras, "el establishment se viera forzado a reconocer la existencia de tu trabajo cumplimentando toda suerte de formularios y generando una retahila de protocolos. En el seno de numerosas instituciones, ésa es la única realidad que entienden".

A medida que se aproximaba el momento de la convención, la acción de Michael provocó una respuesta, que entonces significó poco para mí, pero que se revelaría importante. Jamás se me había ocurrido pensar en la publicidad, vinculada a nuestra reunión; bastante me parecía ya que pudiera tener lugar. Sin embargo, cuando el subsidio universitario, provocado por la concesión de Point, fue aprobado, como Michael había predicho, fueron interminables las formalidades implícitas, y entre ellas, claro está, estaba el dar conocimiento público del hecho. De ello se hizo entonces eco la oficina de relaciones e información pública de la universidad, donde Florence Helitzer paró mientes en ello y pensó que no sería malo notificarlo a la prensa. Al principio reaccioné negativamente a su propuesta; estimé que era algo así como salirnos un tanto de madre. Por fin autoricé a Florence a que preparara un comunicado, lo cual hizo prontamente. Sólo debido a esa secuencia de eventos se dio noticia periodística de la Primera Convención sobre Colonización del Espacio. Nuestras reuniones se iniciaron un día cuya mitad fue dedicada por los dos Erics, David, Freeman Dyson, el profesor Gary Feinberg de Columbia, George Hazelrigg de la Escuela de Ingeniería de Princeton, Gerald Sharp y Bob Wilson de NASA Headquarters y Joe Alien, científico-astronauta de NASA-Houston, a organizar las intervenciones públicas del día siguiente. En el transcurso de los meses anteriores yo había establecido ya los detalles del impulsor de masas y había considerado su posible utilidad como motor de reacción. Desde finales de 1972 mis conferencias habían incluido siempre la discusión de otro tipo de dispositivo de lanzamiento desde la superficie de la Luna, el "Lanzador Rotatorio de Pellas", que asimismo parecía ofrecer posibilidades como motor de reacción.

Eric Hannah y Bob Wilson colaboraban con la estimación de los costes generales de elevación de un vehículo de gran potencia derivado del transbordador espacial, porque la NASA nos había proporcionado amablemente determinados documentos acerca del rendimiento y costes de dicho transbordador. Parecía ser que podían ser llevadas cargas a L5 por un coste de novecientos cincuenta dólares por kilogramo o menos, y que si el hábitat inicial fuera de pequeñas dimensiones, todo el programa de construcción para el primero de ellos bien pudiera suponer un coste no muy diferente del correspondiente al proyecto Apolo.

El 10 de mayo, fecha de inauguración de la convención, amaneció gris y lluvioso, pero más de un centenar de personas arrostraron las inclemencias del tiempo para asistir al acontecimiento. Walter Sullivan, director científico para el New York Times, se encontraba allí, así como numerosos redactores de la prensa local. Por entonces estaba yo tan enfrascado en los detalles del evento que no podía preocuparme ya de si las cosas saldrían bien o no, ni me importaba ya mucho, a decir verdad.

Las sesiones del día discurrieron normalmente, y las preguntas que se suscitaron fueron por lo común positivas y estimulantes. Joe Alien había traído de Houston, en su "T-38 de transporte personal", una corta película documental sobre los experimentos efectuados por una de las tripulaciones del Skylab durante su día de ocio. En ella vimos ese experimento de tanto interés para todo aquel que se inicia en el estudio de la Física superior como es el de la formación de una gota de agua de varios centímetros de diámetro, fenómeno que tenía lugar en condiciones agravitatorias y en el curso del cual la gota oscilaba a baja frecuencia para pasar de una forma esférica a la de una pelota de rugby por efecto de la tensión superficial. Vimos asimismo el resultado determinado por la fricción interna en un recipiente de líquido sometido a rotación.

Nuestra reunión particular de la noche anterior había dado fin con una cena ofrecida por mi mujer a los ponentes; el segundo día de conferencias se cerró con un cóctel celebrado en mi casa, en el curso del cual expresamos al fin nuestra satisfacción y sosiego ante la marcha de los acontecimientos; ahora podíamos volver a la oscura y meditada labor de calcular algunos de los pormenores numéricos adicionales aportados por los ponentes, así como reflexionar sobre el conjunto de nuevas revelaciones.

Al cabo de un fin de semana dedicado a reunir y empaquetar el material necesario para un verano de intensivo trabajo sobre la física de la energía elevada, el lunes siguiente a la conferencia mi mujer y yo partimos para California. Nos detuvimos para una breve visita a una tía abuela de Denver, y fue allí donde empezamos a darnos cuenta de lo que nos esperaba. La British Broadcasting Corporation (BBC) andaba tras de mí con la idea de concertar una entrevista; parece ser que Walter Sullivan había publicado un artículo acerca de la conferencia, y los editores de The New York Times habían decidido sacarlo en primera página de la edición del día siguiente a aquélla. Siguieron otras emisoras, luego los periodistas, tanto de diarios como de revistas; el caso es que había empezado ya a formarse una ola de interés público por el tema. Incluso hoy sigue en plena vigencia; más aún, diríase que va ganando intensidad de día en día. Tratando de valorar las razones de tanto interés, hemos de reparar en que dio comienzo bastante antes de la publicación del primer documento científico sobre las comunidades espaciales (el cual no aparecería hasta el mes de septiembre siguiente) y más de seis meses antes de los primeros estudios acerca de los beneficios directos del nuevo binomio economía/energía. Al parecer había algo fundamental en el concepto de comunidad del espacio que se antojaba de gran sentido para numerosas personas, incluso en ausencia de planes y argumentación detallados. He probado de comprender, a tenor de las cartas recibidas y de las conversaciones habidas consiguientemente a mis conferencias, las razones principales de esa respuesta positiva tan inmediata; no pasan de ser conjeturas, y como tales las ofrezco:

  1. Desde hace algunos años han sido muchos los que han venido sintiendo una extraña sensación de confinamiento, de contracción de horizontes y de pérdida de opciones. De pronto se ha ofrecido como posibilidad renovadora la humanización del espacio, consecuencia de la cual sería la apertura de nuevas vías y alternativas, el convencimiento acaso de que quedan horizontes inéditos, libertades sin restricción y ocasiones para la creatividad.
  2. Hasta el momento presente el programa espacial, valioso en tantísimos aspectos, ha dejado a mucha gente con la incómoda impresión de que se les hacía pagar por la satisfacción de un acto "elitista", de goce personal exclusivo de un minúsculo segmento de la humanidad, cuyos componentes han revelado ciertamente extraordinarias cualidades de resistencia física, destreza y competencia técnica. El indirecto placer de ver cómo los astronautas del Proyecto Apolo hollaban la superficie de la Luna dio paso, y muy pronto, a la cuestión: "Esto está muy bien para ellos, pero ¿qué saco yo de todo esto? ¿He de pagar mis impuestos para que algún privilegiado pueda darle a una pelota de golf, si llega el caso, en la Luna?" En la humanización del espacio son muchos los que ven la posibilidad de participar directamente en una aventura mucho más fascinante incluso que cualquiera de las grandes exploraciones del pasado. El interés y apoyo populares pueden provenir, por lo menos en parte, de esos deseos de libertad y participación, reacciones viscerales que refuerzan la argumentación lógica.

A medida que fueron apareciendo artículos sobre las comunidades espaciales y que se sucedieron las entrevistas, el número de cartas relativas al tema se hizo asimismo creciente, al principio del mundo angloparlante, luego de todos los continentes. Pronto características positivas: que el número de los que pudimos constatar en nuestros corresponsales que nos ofrecían apoyo superaba al de objetores en una razón de cien a uno, y que las actitudes de una forma u otra irracionales apenas alcanzaban un 1 % del total. La carta típica era ponderada, larga y representativa de mucho estudio y esfuerzo por parte de su autor. De ahí que la correspondencia no pudiera ser contestada de una manera simple y estandarizada : una carta meditada y honda requería una respuesta de igual tono.

Durante más de un año traté de atender al correo personalmente, pero la frecuencia de las cartas aumentaba progresivamente, la calidad de las mismas seguía siendo elevada, y hacia mediados de 1975 me vi totalmente desbordado. Desde esa fecha muchas de las cartas han sido contestadas por un grupo de voluntarios, cada uno de cuyos componentes estaba especializado en alguna disciplina particular. Algunas misivas, especialmente ponderadas y útiles a nuestros fines, son atendidas por mí mismo, y al leerlas lamento no disponer de más tiempo para poder cuidar personalmente de toda la correspondencia: está claro que la afluencia de ideas valiosas, de información útil ofrecida con espíritu abierto y de colaboración crece de día en día, e inevitablemente se produce una pérdida cuando me llega de segunda mano.
Ocasionalmente enviamos una circular dando noticia de nuevas publicaciones y alertando a los interesados sobre recientes y futuros eventos relacionados con el tema 5.

El siguiente hito en la empresa de llevar a conocimiento del gran público la idea de la colonización del espacio, lo representa la aparición respectiva, a finales de agosto y principios de septiembre de 1974, de una carta dirigida a Nature y del retrasado artículo en Physics Today. Hal Davis, editor de esta última revista, usó una ilustración de Walter Zawoijski sobre una colonia espacial para la cubierta del número de septiembre, que sería reproducida más tarde en muchas otras publicaciones.

Hacia finales de mayo de 1974, Barbara Hubbard, del Committee of the Future, organización ciudadana, tuvo conocimiento de los trabajos que llevábamos a cabo y nos escribió para expresarnos todo su apoyo. Por entonces, tal apoyo debía ser forzosamente de naturaleza práctica. Está claro que el tema del procesado químico de los materiales lunares requería una onerosa labor. El estudiante del M. I. T., Eric Drexler, iba a gozar de un verano libre y estaba dispuesto a hacer cuanto le fuera posible por adelantar nuestros conocimientos sobre esta problemática particular. Invité a la señora Hubbard a contribuir a nuestros esfuerzos a través de Eric Drexler, y ella respondió inmediatamente y sin reservas donando al efecto 1.000 dólares, cantidad que difícilmente podía permitirse el Comité que representaba. Eric hizo un trabajo espléndido durante aquel verano, y ciertamente podemos hoy decir que rara vez se ha conseguido tanto con un presupuesto tan menguado para la investigación. Da cierta medida del rápido desarrollo de cada una de las parcelas investigadas en torno a la producción en el espacio el hecho de que en 1976 un estudio auspiciado por la NASA dedicaba la totalidad del tiempo de seis personas al mismo tema, a saber, el procesado químico; sólo un año más tarde, otro equipo subvencionado por la NASA contaba con catorce investigadores, muchos de ellos reputados profesionales, dedicados a la misma tarea. En 1977 se estableció la primera bolsa para la investigación continua sobre dicho asunto.

La publicación del artículo de Physics Today llevó la idea de la colonización del espacio al gran público y a la consideración crítica de unos quince mil físicos profesionales; en verdad que no habría podido hallarse un panel de examinadores más nutrido. Está claro que se sucedieron los intentos por parte de algunos de aquellos de dar con errores numéricos, de apreciación o razonamiento en los postulados expuestos y cálculos pertinentes, así como por señalar absurdos en los supuestos que habíamos venido utilizando como hipótesis de trabajo. Durante el otoño de 1974 hubimos de dedicar una enormidad de nuestro tiempo a responder detalladamente a cada una de las críticas recibidas, algunas de las cuales se extendían a lo largo de veinte páginas de bien razonados argumentos y cálculos y, por tanto, debían ser atendidas de manera semejante.
Cualitativamente, entiendo que la mayoría de las críticas se basaban en una asociación, impropia a mi modo de ver, de cifras adecuadas al momento actual y problemas técnicos que habrían de presentarse sólo después de muchos años. Varios recensionistas, por ejemplo, calcularon el nivel de transporte que sería necesario si la colonización espacial tuviera que hacer posible una emigración importante desde la Tierra. Llegaron a la conclusión de que dicho nivel habría de ser por fuerza absurdamente grande. Esas cifras no son absurdas para los años 2010-2050, en que tendrían que ser consideradas, y es irrelevante el hecho de que no pudieran lograrse en 1980.

La otra discrepancia más frecuente surgía del hecho de que muchos de los críticos no tenían en cuenta el desarrollo y crecimiento graduales de la industria y posibilidades espaciales a lo largo de muchos años. La estación de construcción para el primer hábitat contaría con una planta productora y elaboradora de aluminio con una capacidad de sólo unos miles de toneladas al año. Pero si la industria del espacio doblara su capacidad cada pocos años, lo cual en verdad no es imposible, para 2050 revelaría una producción indudablemente enorme.

A finales de 1974 habíamos entablado ciertas negociaciones con la Advanced Planning División of the Office of Manned Spaceflight (División de Planificación Avanzada de la Oficina de Vuelos Espaciales Tripulados) del cuartel general de la NASA en Washington. Tras considerable esfuerzo, esas negociaciones dieron fin con la concesión de un estipendio a Princeton en apoyo de nuestros estudios, con vigencia a partir del 1 de enero de 1975. Eric Hannah, recién doctorado, nos prestó una importante ayuda durante varios meses, y hacia finales de aquel año, el doctor Brian O'Leary, eminentemente calificado tanto desde el punto de vista científico como en experiencia de gobierno, se sumó a nuestro equipo de Princeton. El doctor O'Leary, valga recordar, había sido responsable de la primera conferencia sobre humanización del espacio, celebrada en el Hampshire College.

Dentro del programa de la NASA, desarrollado por el cuartel general de la organización y los ocho principales centros de la misma distribuidos a lo largo de Estados Unidos, el Laboratorio Ames de Investigación establecido en Mountain View, California, se encarga de examinar todo sistema o concepto avanzado que pueda surgir a la luz pública. En septiembre de 1974 di una conferencia-coloquio en Ames, y tuve ocasión de conocer así al Director del Laboratorio, el doctor Hans Mark (más tarde subsecretario de la Fuerza Aérea en la Administración Carter). El doctor Mark, físico que dedicó los primeros años de su carrera a la investigación nuclear en la vertiente militar, goza de la reputación de trabajar por lo menos seis días a la semana, de llegar a su oficina no más tarde de las 7.30 de la mañana, y de abandonar el laboratorio avanzada la tarde, cuando ya todos, salvo los que integran el turno de noche, se han marchado. Fue un placer hablar con él, y pronto convinimos en "colar" un breve pero intenso esfuerzo de investigación sobre la colonización espacial, eligiéndola como tema del Curso de Verano NASA Ames/Universidad de Stanford de 1975. Este estudio, uno de la serie anual auspiciada por la NASA y realizada en colaboración con la American Society of Engineering Education (Sociedad Americana para la Enseñanza de la Ingeniería), disponía ya de fondos asignados, y el director del laboratorio era libre de elegir cada año el tema de debate.

De resultas del artículo aparecido en Physics Today, se sucedieron las demandas de disertaciones durante el curso académico 1974-75. Fueron más de cincuenta las invitaciones recibidas, y deseoso de someter la idea a una crítica rigurosa frente a un auditorio competente e interesado, acepté un gran número de ellas. Durante un tiempo se celebraron coloquios sobre Física en Yale y en Harvard, en el viernes y lunes que definían un fin de semana, y una reunión especial con un grupo del Instituto Tecnológico de Massachusetts el sábado intermedio.

Al volver la vista atrás pienso que semejante revisión era necesaria, pese a resultar agotadora, aunque durante el curso académico siguiente no hubo más remedio que proceder de manera más selectiva. El concepto de la humanización del espacio ha superado ya la fase del debate en el marco de un coloquio departamental específico. El tema es por naturaleza interdisciplinario, de modo que las exposiciones que llegan a un amplio espectro del público son, a mi entender, las más adecuadas: disertaciones integradas en la serie habitual de conferencias de una universidad o centro de estudios superiores, comunicaciones en sociedades profesionales, en las compañías más importantes y en laboratorios de gran envergadura, así como entrevistas de proyección superior a la local. Todo grupo sinceramente interesado en saber de esas nuevas posibilidades merece una respuesta a sus preguntas y, así, me someto indefectiblemente al propósito hecho de traspasar a colegas plenamente calificados las invitaciones que me es imposible atender personalmente.

En octubre de 1974 varias personas activas en el ámbito de los estudios espaciales fueron invitadas al Goddard Spaceflight Center (Centro Goddard de Vuelos Espaciales), cerca de Washington, para informar al Comité "Perspectivas del Espacio", formado en el seno de la NASA. Este grupo, presidido por el doctor Donald Hearth, se encargaba de preparar para la NASA una lista de tareas posibles en el espacio durante el resto de este siglo. Krafft Ehricke, Bruce Murray, George Field y yo ofrecimos nuestras respectivas impresiones, y allí fue donde por primera vez oí hablar al doctor Peter Glaser, de la Arthur D. Little Company de Boston, sobre sus ideas acerca de la generación de energía eléctrica a partir de la solar en el espacio, y de su transmisión a la Tierra por medio de un haz de microondas.

Hasta aquel momento, aunque vagamente consciente de algunas de las ideas del doctor Glaser, las había venido desechando sistemáticamente como imprácticas, habiendo supuesto que el problema que presentaban las microondas era insoluble. Para mi sorpresa, tuve conocimiento entonces de los enormes progresos efectuados en la transmisión de microondas, y de que los principales escollos aún existentes se relacionaban con la logística de toneladas, dólares y elevación desde la Tierra a una órbita geosincrónica. En el curso de los días siguientes a la reunión en Goddard procedí a efectuar algunos cálculos, y pronto descubrí que la construcción de estaciones satélites de energía solar a partir de materiales extraídos de la Luna y en una instalación industrial en órbita elevada, en una colonia espacial, resolvería fácilmente algunas de las pegas más graves con que se enfrentaba la idea del doctor Glaser. Esos cálculos formaron la base de un artículo enviado a la revista Science a finales de diciembre de 1974. La aceptación fue pronta, y tras extensiva puesta al día y revisión, el artículo fue publicado el 5 de diciembre de 1975. Los editores lo incorporaron al contenido del número y usaron como portada del mismo una artística ilustración de un hábitat espacial temprano.

A principios de 1975 gran parte de nuestros esfuerzos se dedicaron a la organización de una segunda convención. La situación había cambiado considerablemente en el plazo de tan sólo unos meses. La primera convención había constituido un evento no oficial, doméstico por así decir, propiciado por una pequeña subvención de una fundación de no mayor envergadura. La segunda iba a ser una Princeton University Conference, oficial, sufragada con subvenciones especiales de la NASA y de la National Science Foundation y copatrocinada por el Instituto Americano de Aeronáutica y Astronáutica (AIAA), la sociedad profesional activa en el terreno de las ciencias aerospaciales. La magna reunión iba a durar dos días y medio y daría a la luz unos treinta comunicados científicos.

En la organización de la segunda convención era necesario mantener un elevado nivel de seriedad y profesionalidad. Un año antes no habíamos sido sino una pequeña banda de revolucionarios; ahora, con creciente reconocimiento por parte de organismos oficiales y profesionales, era preciso adoptar una actitud prudente y pragmática. Como título del evento elegí el de "Convención sobre Producción Espacial. Universidad de Princeton". Vino luego la cuestión del anuncio formal y objetivo del acontecimiento. Las características esenciales del concepto de las comunidades espaciales no dependían de una estructura geométrica particular para el hábitat inicial, y para subrayar precisamente este hecho elegí como portada del anuncio-programa una fotografía del edificio Woodrow Wilson de Princeton. Esta construcción modernista y grácil, adornada de un estanque y una fuente, iba a albergar nuestro encuentro.

La Convención de 1975 fue considerada un éxito notable. Las charlas sobre aspectos económicos de cohetería se complementaron con consideraciones en torno a los aspectos legales, históricos, psicológicos y humanísticos de la habitación del espacio. La aplicación de la propia industria en el espacio a la solución de la crisis energética de la Tierra recibió especial atención. En la última mañana del evento fueron dados cuatro resúmenes, correspondientes a las sesiones de medio día celebradas. El doctor Jerry Grey, funcionario de la AIAA y antes profesor de Ingeniería Aerospacial en Princeton, impartió el primer resumen. Le siguió el doctor John Billingham, jefe de Ciencias Biológicas del Laboratorio Ames, el doctor Albert Hibbs, del Laboratorio de Propulsión en Cal Tech (Esta institución, JPL, había realizado y dirigido muchas de las pruebas espaciales a la Luna y a los planetas).

Como ocurriera un año antes, la Convención encontró mucho eco en todos los medios de comunicación, con lo cual se inició una nueva ronda de artículos y entrevistas. Poco después de la clausura de la Convención partí con mi mujer en mínima vacación de diez días en un entorno y marco de actividades absolutamente distintos: de acampada en un pequeño aeródromo de Pennsylvania donde pudiera practicar el vuelo sin motor y aprender asimismo el de propulsión mecánica. Al recordar ese breve período se me antoja un verdadero oasis de calma y apacible placer en un año que se había revelado de una intensidad excesiva la más de las veces.

El Estudio Ames de 1975 fue el primero de varios, pero el único subvencionado gracias a una donación procedente del programa ASEE. El primer día de dicho estudio ofrecí a mis alumnos, para que los copiaran en uso propio, todas mis notas y cálculos de casi seis años de investigación en el terreno de la colonización espacial. Poco después recibimos asimismo copias de todas las ponencias leídas en las convenciones de 1974 y 1975.
Conforme a las condiciones de los estudios ASEE, el objeto de aquel curso estival era primariamente educacional; no se exigía de los estudiantes la preparación y confección de un proyecto o diseño "más probable" en su viabilidad o "más económico", ni se imponía línea alguna restrictiva de acuerdo con un plan preconcebido. Los participantes eligieron el siguiente tema: diseño de los elementos necesarios para el establecimiento de una colonia en el espacio capaz de albergar y mantener a 10.000 personas. Ya a principios de nuestras actividades se decidió que el objetivo primario no sería el envío de energía o dividendos a la Tierra, sino simplemente el diseño y construcción de un hábitat apto para alojar permanentemente una muestra aleatoria de la población que incluso comprendiera personas con algún problema médico, mujeres embarazadas, niños y hasta individuos anormalmente susceptibles al mareo. Esta elección restringía la libertad en cuanto a diseño, pero llevó a una meticulosa y rica exploración de la rueda (toro) en sus aspectos de capacidad, área útil, equilibrio y otros. En cualquier estudio de diseño y en toda fase temprana de un proyecto nuevo, los detalles más aptos suelen ser aquellos de mayor generalidad, es decir, menos constreñidos a una configuración concreta. Desde este punto de vista muchos de los logros de aquel curso de verano de 1975 pueden traducirse en el futuro en importantes hallazgos en el campo de la productividad (en toneladas/persona-año), de la agricultura intensiva, de la ecología en ciclo cerrado y del procesado químico. El descubrimiento individual de mayor relieve fue debido al doctor Eric Hannah, quien reunió los artículos e información más importantes acerca de la intensidad de los rayos cósmicos a una distancia dada de la Tierra.

Los estudios siguientes fueron muy diferentes en cuanto a financiación y objetivos: fueron subvencionados por el cuartel general de la NASA con el fin de desarrollar vías prácticas a corto plazo hacia el establecimiento de una industria en el espacio, con especial énfasis en la fabricación de estaciones energéticas satélites y otros productos útiles en órbita elevada. Entre estos últimos fueron considerados los hábitats para el personal activo y en calidad de componentes necesarios de un sistema global en lugar de constituir fines por sí mismos. Sus conclusiones en torno al tema se centraban en unas unidades modulares y en el empleo eficiente de la masa estructural y de protección anticósmica. El diseño esférico de Isla Uno, económico en sus requisitos de masa, superó el examen corno probable hábitat espacial. El diseño tórico reflejó las mejores condiciones habitacionales, contando además con una considerable superficie de terreno cultivable en relación a su masa estructural. Entre las formas elegidas atendiendo al mejor uso del volumen, más que de la superficie, nuevamente la esfera se reveló la mejor, de acuerdo con un estudio realizado en 1977 en torno al tema de la habitabilidad comparada. Implícito en esos trabajos de contrastación se hallaba el supuesto de que habría de ser posible examinar a los componentes de la plantilla o fuerza laboral destacada, desechando a los desafortunados que revelaran trastornos de oído interno causados por la rotación. El diseño tórico, de masa varias veces mayor que la de Isla Uno a igual superficie utilizable, no pareció en esos estudios últimos suficientemente competitivo desde el punto de vista del coste.

A mediados del Curso de Verano de 1975 fui llamado a declarar ante el subcomité dirigido por el congresista Donald Fuqua perteneciente a la Comisión sobre Ciencia y Aplicaciones del Espacio de la Cámara de Representantes del Congreso de Estados Unidos. La recepción de que fui objeto fue muy cordial, y el tiempo asignado para la discusión pertinente, generoso y bien aprovechado. Naturalmente, subrayé los beneficios económicos y en el campo de la energía derivables de la existencia de una industria espacial; huelga decir que los miembros presentes estaban más interesados en esos detalles que en cuestiones filosóficas a largo plazo relativas a lo que Krafft Ehricke ha llamado con toda propiedad "El Imperativo Extraterrestre". El 1975 fue un año de grandes progresos. En sus comienzos, y pese a que el interés público por el tema de la colonización del espacio era ya considerable, la labor de carácter académico e intelectual independiente brillaba por su ausencia, salvo en Priceton. Hacia finales de año, grupos activos compuestos por estudiantes y claustro en universidades tales como el M. I. T. y el New York Polytechnic Institute, habían empezado a investigar de modo totalmente espontáneo, y cada uno de los participantes en dicho Curso de Verano llevó a su alma máter el entusiasmo e interés por este campo, cuyas ideas básicas defendió ante audiencias varias. En Princeton se formaron grupos ciudadanos independientes, sobre todo la L5 Society, con el fin de proporcionar información acerca de las nuevas posibilidades y comentarios, en forma de circular, sobre los últimos logros.

A primeros de 1976 se produjeron dos acontecimientos de particular importancia. En primer lugar, y pese a las restricciones presupuestarias de la NASA, se llegó a la decisión de subvencionar un estudio especial durante el verano de 1976, estudio que iba a tener lugar en el Ames Laboratory, con la colaboración de la junta directiva del mismo centrada en tres temas técnicos clave: el impulsor de masas, el procesado químico del suelo lunar para obtener oxígeno, metales y vidrio, y la evolución -dentro de las restricciones impuestas por la necesaria coraza de protección anticósmica, y a la vez el logro de unas condiciones de vida cualitativa y fisiológicamente aceptables para la fuerza de trabajo destaca- de una primera estación de construcción en L5, preámbulo de Isla Uno.

Fuimos muy afortunados al contar para este estudio con un equipo de alto nivel en materia aeroespacial; profesionales provistos cada uno de un montón de datos y cálculos reunidos a lo largo de numerosos años de experiencia en la resolución de problemas científicos y de ingeniería. Asistidos por un excelente equipo de estudiantes, a las pocas horas de su llegada se encontraban enfrascados en el estudio de los tres temas asignados, para cuyo avance contaron a partir de la segunda semana de trabajo con el concurso de especialistas solicitados en calidad de consultores.

La sensación de que nos hallábamos en el buen camino aumentó gracias a varios logros alcanzados en el curso de nuestra labor. Cada uno de los especialistas expresó enfáticamente la opinión de que las cifras críticas supuestas y usadas como hipótesis de trabajo, las que aparecen citadas en este libro (aceleración y eficacia del impulsor de masas, costes de elevación del HLV, masa de la planta energética lunar, etc.) eran excesivamente conservadoras y podían ser sustancialmente mejoradas sin gran riesgo de carácter técnico. El profesor Henry Kolm, del Instituto Tecnológico de Massachussetts, cabeza de un grupo que había llevado con éxito el concepto del magnetoplano al nivel de pruebas con un modelo de devanado superconductor comparable dimensionalmente al "cesto" del impulsor de masa, aportó al poco información detallada a propósito de la investigación en curso sobre la levitación magnética, estudiada en el marco de programas con un presupuesto superior a los 100 millones de dólares anuales tanto en el Japón como en Alemania. En razón de los conocimientos técnicos reunidos entre todos, cabía decir con toda plausibilidad que el impulsor de masas podía operar con un rendimiento del 80 al 90 por ciento, y alcanzar aceleraciones de más de 100 g, en lugar de las 29 g supuestas por mí en mis primeros cálculos.

El doctor James Arnold, del Laboratorio de Propulsión de Cal Tech, profundamente interesado y activamente empeñado en planes para crear una nave espacial de trayectoria orbital en torno a los polos de la Luna -y que bien puede que reciba el nombre de "Prospector"- estimó muy probable que las zonas lunares que se encuentran permanentemente en sombra contengan vastos depósitos de hidrógeno, carbono y nitrógeno en forma de hielo y de diversos compuestos.

El doctor Brian O'Leary les siguió científicamente la pista a unos asteroides de clase especial conocida por el nombre de Apolo/Amor. A diferencia de los que conforman el cinturón principal, en los que se basaron mis cálculos recogidos en el capítulo 11, los Apolo/Amor quedan separados de L5 por intervalos de velocidad de sólo dos o tres kilómetros por segundo; recordemos que los asteroides del cinturón principal lo están por intervalos de velocidad de diez kilómetros por segundo. Por una afortunada coincidencia, tan sólo a los pocos días de haber iniciado nuestro estudio de 1976 fue descubierto el primer Apolo/Amor de tipo carbonáceo conocido, rico en carbono, nitrógeno e hidrógeno.

Como ocurriera en 1975, tuve que abandonar brevemente la labor para acudir a Washington, en esta ocasión para entrevistarme con el doctor James Fletcher, administrador de la NASA, y con su delegado el doctor Lovelace. A instancias del primero preparé, con la ayuda del grupo de estudio, una lista de más de cien temas que requieren una investigación sistemática y metódica si deseamos que el concepto de la industrialización del espacio pueda pasar, en palabras de Goddard, "de la esperanza de hoy a la realidad de mañana".

En 1976, el concepto de comunidad espacial fué elegido por la NASA como uno de los cuatro principales temas expuestos en la Tercera Muestra Americana del Siglo del Centro Kennedy de Vuelos Espaciales, celebrada a lo largo de tres meses en Florida durante el verano de aquel año. La muestra fue llevada seguidamente a San Francisco, concretamente a la Academia de Ciencias de California, donde permaneció durante seis meses en 1977; ulteriormente ha sido exhibida en otros museos y centros importantes.

Por invitación del Instituto Tecnológico de Massachussetts pasé el curso académico de 1976-77 en calidad de profesor Jerorne Clarke Hunsaker de Ciencias Aeroespaciales, mientras disfrutaba de excedencia sabática de la Universidad de Princeton. Fue, ciertamente, un año sumamente productivo, y en octubre de 1976 pude suministrar a la NASA los artículos que resumían lo hecho en el Curso de Verano de aquel año. Posteriormente aquella documentación fue elegida como volumen de la serie "Progreso en Aeronáutica y Astronáutica" del Instituto Americano homónimo, y tras su revisión por varios colegas fue publicada en 1977.

A finales de 1976 me habían interesado especialmente las posibilidades del desarrollo de impulsores de masas, y en el curso de primavera de 1977 llevé a cabo una serie de conferencias y cuatro seminarios sobre la teoría pertinente, bajo el título común de "Vuelo espacial mediante las ecuaciones de Maxwell". Todo ese año tuve el gran placer de trabajar en estrecha colaboración con el profesor Henry Kolm, del MIT. Juntos diseñamos el modelo de impulsor de masas descrito en el capítulo 8, el cual fue construido en el curso de los primeros meses de 1977 por el doctor Kolm, asistido por un grupo de estudiantes voluntarios.

Mientras permanecí en el Instituto Tecnológico de Massachussetts, consideré la aplicación del principio del impulsor de masas a un motor de reacción capaz de elevar cargas acumuladas por el transbordador que ascendieran a muchos centenares de toneladas, desde una órbita baja en torno a la Tierra a otra geosincrónica o lunar. Dado que la serie de seminarios se prolongó a lo largo de 1977, descubrí que tal ingenio a reacción podría rendir mucho más que el mejor cohete de tipo químico por el momento disponible, que sería lo suficientemente ligero como para ser llevado a órbita con sólo cuatro a seis cargas y que podría utilizar como masa de reacción el material -de otro modo inservible- que formaba los depósitos exteriores del transbordador, que en el plan original de la NASA debían desecharse en cada vuelo. Valiéndome de los últimos datos del estudio de 1976 además de las nuevas ideas surgidas a consecuencia de los logros teóricos postreros, pareció que el coste de llegar al "punto de ignición" en cuanto a la industria espacial podría reducirse considerablemente hasta una cifra muy por debajo de la vieja cota de los cien mil millones de dólares. Este trabajo, descrito en el capítulo 8, constituyó el punto de partida para la planificación de programas de tiempo, meta que nos habíamos fijado para el estudio de 1977. Sugería asimismo que el desarrollo de sistemas ecológicos cerrados y grandes hábitats monolíticos, anteriormente estimados como requisito previo esencial para llegar a la industrialización del espacio, más allá de la correspondiente al logro de un elevado nivel de productividad.

En 1977 el progreso hacia la humanización del espacio fue aún mucho más rápido: la Convención de Prínceton de aquel año, copatrocinada por la AIAA, agencias varias del Gobierno y por la General Electric Corporation, reunió a casi dos centenares de interesados. En esa ocasión se hizo una demostración con el modelo de impulsor de masas construido en MIT bajo la supervisión del doctor Kolm. Significativamente, ese modelo, construido con un presupuesto casi nulo, reveló ya una aceleración de más de treinta gravedades, más de lo que yo había considerado el non plus ultra de los rendimientos posibles. Por entonces se había logrado ya una subvención regular de la NASA para proseguir en nuestro programa de investigación en torno a ese nuevo y prometedor concepto. Simultáneamente, la ininterrumpida búsqueda de nuevas vías en lo tocante al procesado químico de los minerales lunares había dado resultados en forma de subvención fija para ahondar en el tema; varios centros de la NASA, amén del Laboratorio Ames, empezaron a investigar en esa línea.

Con la ayuda de organismos dependientes de la NASA y del propio cuartel general de la institución, en 1977 se organizó y llevó a efecto otro estudio, de envergadura cuatro veces mayor que el anterior. Una de sus tareas consistía en la elaboración de un plan de investigación con varias opciones, de cara a un programa capaz de establecer la industria del espacio en la década de los ochenta. El grupo llegó a la conclusión de que, con las restricciones impuestas por la era del transbordador espacial sobre el lanzamiento de vehículos, la industria espacial podría llevarse a "ignición" por vía del programa "bootstrap"; en semejante marco, la primera elevación de equipo podría tener lugar a mediados de los ochenta y que ya para los primeros años de los noventa sería posible obtener un rendimiento valorado en muchos miles de millones de dólares anuales a partir de la industria establecida. El grupo de estudio de 1977 determinó asimismo que una inversión de aproximadamente 60.000 millones de dólares, comparable a la efectuada en el Proyecto Apolo en moneda de 1977, bastaría para sufragar la labor de investigación y desarrollo necesario, así como para atender a los gastos de construcción, salarios y costes de elevación, hasta el punto en que el programa se revelara autosuficiente. Finalizado el estudio, los participantes estimaron que era absolutamente preciso un aumento en las asignaciones para proseguir la investigación. Los retrasos gubernamentales en cuanto a una decisión al respecto parecían ser entonces las limitaciones más graves con que tropezaba todo posible progreso; los resultados técnicos eran aún más brillantes que antes, aunque no se podía descartar la eventualidad de que surgiera todavía algún escollo imprevisto.

En 1977, la Asociación de Universidades para el estudio del Espacio (Universities Space Research Association), que contaba con 55 miembros, completó la formación de un cuadro de expertos asesores de un Grupo Delegado para la investigación de grandes estructuras en el espacio; estableciendo un precedente en la USRA, este cuadro no sólo incluía representantes de los campos de la ingeniería y las ciencias, sino también de la industria eléctrica, de los sindicatos y del mundo de la inversión financiera.

La dirección de este cuadro y del grupo de estudio de USRA habría sido una tarea excesiva para mí, de no haber sido por el hecho de que durante aquellos años se sumaron a la labor una serie de amigos y colegas tan competentes como dedicados. Actualmente estamos llegando a esa clase de colaboración productiva en la que es imposible identificar a nadie en particular como responsable de nuevas ideas constructivas.
Gracias a la generosidad de amigos interesados en nuestra labor, se formó en 1977 una organización patrocinadora, el Instituto de Investigación Espacial (Institute of Space Research, Inc.) con sede en Princeton. Facultado para la admisión de donaciones no imponibles, el Instituto nos ayuda de diversos modos, particularmente atendiendo a los gastos administrativos necesarios para vérselas con millares de consultas relacionadas con el tema de la humanización del espacio. Los funcionarios del instituto prestan sus servicios, justo es decirlo, sin compensación económica.

La demanda de nuevos artículos informativos, tanto procedente de este país como del extranjero, sigue sin cesar; por otra parte, en el escaso tiempo que podemos sustraer a la incesante investigación hay que atender a las conferencias y entrevistas que siguen sucediéndose sin interrupción. El diálogo con personajes del Gobierno y del mundo de las finanzas es asimismo cada vez más frecuente. No hemos llegado al punto en que una agencia determinada del Gobierno esté dispuesta a arrostrar por sí misma el coste implícito en un plan de actividad a gran escala; sin embargo, el progreso hecho en cuanto a aceptación y ayuda al respecto de esas nuevas ideas ha sido tan grande en el plazo de un solo año, que poco antes habría sido impensable. En verdad podemos decir que la humanización del espacio se ofrece hoy como una de las posibilidades más hacederas, así como más fascinantes, que le han sido abiertas a la humanidad en el transcurso del último cuarto de siglo.

Para cerrar esta memoria sobre los orígenes del concepto de la humanización del espacio y su evolución temprana, representa para mí un motivo de especial placer reconocer las ideas y apoyo recibidos de mis amigos. Aunque no es posible agradecerles a todos lo hecho, vaya mi reconocimiento, en particular, a:

George Pimentel, John Tukey, Brian O'Leary y Freernan Dyson, quienes me animaron en mi trabajo desde el principio.
Janet, Roger y Ellie O'Neill, que, aún niños, aportaron infinidad de ideas y estímulo.
Harold David, cuya buena disposición ante toda nueva idea y gran apertura de mente llevó a la primera publicación sobre este tema.
Eric Drexler y Eric Hannh, cuyo interés e impulso hicieron posible gran parte de la Convención de 1974; a Bob Wilson, Joe Alien y Gerald Feinberg-por su contribución respectiva a ella, y a Stewart Brand y Michael Phillips por su apoyo sin reservas.
Margaret Mead y John Stroud, quienes comprendieron y trabajaron en pro de muchas de las conclusiones ofrecidas ya en 1960.
Wernher von Braun, cuya meta última en el transcurso de numerosos decenios de trabajo ha sido el movimiento humano en el espacio.
Krafft Ehricke, cuya originalidad e iniciativa pueden identificarse inmediatamente en ideas sobre casi todas las áreas de desarrollo pertinentes al espacio.
John Yardley, Robert Freitag, Jesco von Puttkamer, George Deutsch y Stanley Sadin, del cuartel general de la NASA, por su apoyo a los trabajos de Princeton en difíciles tiempos de restricciones gubernamentales.
Hans Mark, por la perspicacia y visión futura que han hecho del Ames Laboratory de la NASA un centro ideal para el estudio entusiasta de toda nueva idea.
Jerry Grey, Rene Miller, Albert Hibbs, Gerald Driggers y David Criswell, por haber llevado a nuestro trabajo una notable medida de experiencia y conocimientos profesionales.
Stephen Cheston, por su cuidadosa y responsable guía en el laberinto washingtoniano.
Paul Donovan, por su asistencia y consejos.
Donald Fuqua, de la Cámara de Representantes del pueblo de los Estados Unidos, y el senador Wendell Ford, por su visión y realismo al celebrar audiencias y debates públicos sobre el tema.
Paul Ehrlich, por aportar los puntos de vista de un biólogo y experto en asuntos demográficos.
Robert Heilbroner, por su autorización para hacer uso de referencias de su obra reciente.
Mark Hopkins, por su guía en el terreno de la economía básica.
Keith y Carolyn Henson, Richard Hoagland y Tom Heppenheimer, quienes no han dejado de esforzarse por ganar cada vez mayor audiencia a las nuevas ideas.
Isaac Asimov, cuyos artículos y conferencias defienden de manera elocuente la humanización del espacio.
William B. O'Boyle, David Hannah y Barbara Hubbard, por su vital solidaridad en tiempos críticos.
Ginie Reynolds, quien voluntariamente pasó a máquina la mayor parte de la primera edición de este libro.
Aquellos colegas de Princeton de cuya ayuda de años soy eternamente deudor: Debbie Welch, Pamela Czira y Shelley Krohnengold, quienes supieron mantener la calma en una atmósfera semejante a veces a la de una sala de máquinas.
Ruth Miles, por vérselas con autores agobiados de trabajo y con grabaciones inaudibles para preparar las actas de nuestras conferencias.
Roger Miles, quien después de haber creado una floreciente compañía ha llevado su talento organizativo a nuestras comunicaciones.
Fran Arnold, Sara Michlem y Hank Ketchem, por tantas horas de trabajo voluntario como estudiantes.

Y finalmente, a mi esposa Tasha, por hacer más leves todos los problemas y tanto mayores las alegrías.

   

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