Ciudades en el Espacio

Bienvenidos a MasLibertad

Torrejón de Ardoz

Areas de Ciencias

Ciencia y Futuro

Ciudades en el Espacio

El Origen de la Idea

Los Motivos

Los Medios Técnicos

Fases de Construcción

Construir Ciudades en el Espacio

El Futuro de la Humanidad

Ciudades del Espacio, de Gerard K. O'Neill

Carta desde el Espacio

Futuro del Hombre en el Planeta Tierra

El Problema Planetario

Nuevos Hábitats para la Humanidad

Islas en el Espacio

La Nueva Tierra

Riesgos

El Primer Nuevo Mundo

Primeros Objetivos en Isla Uno

Otra Carta desde el Espacio

La Colonización de los Asteroides

Perspectivas humanas en el Espacio

Cómo se difundió la idea

Energia Solar desde el Espacio

Teoría de La Gran Onda

Lansi: Idioma Universal

Vida Natural

Utilidades y Herramientas

Documentales y Libros

Áreas de Religión

Economía y Política

La Última Página

Datos de Usuario

AnónimoEntrar
IP3.226.122.74

Datos de Pagina

Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill. Capítulo 9: Primeros Objetivos en Isla 1

Creada31-03-2013
Modificada30-05-2015
Total Visitas298
Febrero13

 

Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill

Primeros Objetivos en Isla Uno

A medida que en el curso de varios años va adquiriendo forma ese primer nuevo mundo en el espacio, y se acerca el día de su "sellado" definitivo, la efemérides será sin duda planeada y debidamente celebrada. El oxígeno durante largo tiempo almacenado en forma líquida recibirá al fin entrada en la esfera y la presión en las zonas habitacionales y agrícolas, irá creciendo paulatinamente hasta alcanzar su valor final. Muchos de los obreros de la construcción trasladarán acaso su actividad a los nuevos pueblos, donde gozarán de un espacioso entorno donde ir completando apartamentos y demás edificaciones.

Un pequeño motor eléctrico del tamaño del que mueve un automóvil aplicará su energía a imprimir rotación al hábitat hasta que, por último, transcurridos algunos meses, la gravedad en el ecuador será terranormal. Para entonces, el suave verde de las plantas en crecimiento habrá convertido el valle en algo muy parecido a cualquier porción de tierra de cultivo en la primavera de nuestro propio planeta.

Con el reverdecimiento de Isla Uno y la recolección de sus primeras cosechas llegarán los primeros residentes duraderos y se presentará a los obreros allí destacados el momento de la gran decisión: regresar a la Tierra o quedarse para contribuir al crecimiento de las nuevas comunidades en el primer mundo humano permanente más allá de la Tierra. Muchos optarán por regresar a nuestro planeta para gastar y disfrutar de sus ahorros; otros puede que piensen que nada de lo que tenemos aquí les ofrece perspectivas tan estimulantes y originales como las que encierra la empresa de construir en L5. Si la naturaleza y la historia de los hombres pueden servir de guía, lo probable es que muchos vuelvan de visita a la Tierra, para partir nuevamente hacia la aventura.

Isla Uno, aunque de tamaño modesto, puede ser un lugar atractivo donde vivir y trabajar; la verdad es que serán pocas las comunidades que acumularán pobladores de tanto y tan variado talento y firme resolución. Pero, sean cuales sean los atractivos de Isla Uno, si ésta ha de ocupar definitivamente su sitio como parte del vasto mundo de los hombres, habrá de producir más y mejor que cualquier otro emplazamiento los productos urgentemente necesarios al resto de la familia humana.

Isla Uno contará con una notable ventaja económica en relación con una clase concreta de productos: aquellos cuya aplicación última se encuentran en el espacio libre o en una órbita alta en torno a nuestro planeta. Si pretendemos fabricarlos en éste y proceder seguidamente a su lanzamiento con destino extraterrestre, el coste implícito en términos de energía es verdaderamente enorme. Aquí en la Tierra adolecemos de "handicap gravitatorio", situados como estamos a los pies de una montaña gravitacional de casi 6.500 km de altura.
Para todos aquellos productos cuyo uso último ha de tener lugar en el espacio libre, es obvio que su producción en L5 nos ahorraría, por lo menos, los costes de su elevación al mismo; en suma, muchos dólares por kilo. Un obrero de L5 que rinda al nivel propio de sus colegas en la industria pesada (más de veinte toneladas por año), generará un valor de varios millones de dólares anuales, aparte el valor intrínseco de los bienes producidos, sólo por el hecho de eliminar los costes de transporte desde la Tierra. La estimación a lo "banquero suizo" es la más prudente que al efecto se nos puede ocurrir: valórense los bienes producidos, considerando para una industria competidora que debiera elevar sus productos desde la Tierra los costes más bajos posible de la operación; abstengámonos de suponer que pueda darse mayor productividad en el espacio, pese a que sabemos que las condiciones de ingravidez y la automatización han de favorecer por fuerza un mayor rendimiento; habiendo procedido así, y considerando que sólo la mitad de la población de Isla Uno se ocupa en trabajos fabriles, los productos de esta colonia espacial resultan aún de enorme valor: muchos miles de millones de dólares anuales, lo suficiente corno para amortizar la inversión en unos pocos años.

A la larga es posible que muchas materias primas o productos acabados puedan ser devueltos útil y económicamente a la superficie de la Tierra. Sin embargo, no me parece algo muy factible -por lo menos durante algún tiempo-, porque si las industrias emplazadas en L5 empiezan a fabricar bienes de aplicación en la Tierra, habrán renunciado a esa ventaja única de que gozan: el hallarse en la cumbre de esa montaña gravitatoria de 6.500 km, en cuya falda nos encontramos los demás. Por igual razón no veo el interés de producir bienes de gran valor y escaso peso en L5 en industrias beneficiadas por la ausencia de gravedad. En este caso me parece más sensato llevar las materias primas desde la Tierra a una órbita baja mediante el transbordador, devolviéndolas al planeta como productos acabados y por la misma vía, una vez haya tenido lugar su transformación a gravedad cero. Disponemos ya de varias estimaciones sobre el mercado total de productos de esta clase: vacunas, cristales puros y otras especialidades, y han llegado a la conclusión de que en el plazo de veinticinco años a partir de hoy será tan escasa la demanda de semejantes exotismos que apenas si hará necesario el establecimiento de unos pocos vuelos del transbordador al año para satisfacerla plenamente.

Antes de considerar las principales industrias de L5, podemos preguntarnos si alguno de los beneficios que reporte la propia construcción de Isla Uno se hará evidente en el curso de la misma. Pueden ser, ciertamente, muchos, y en mi opinión mayoritariamente de carácter científico. Una vez hayan quedado establecidas la base lunar y la estación de construcción en L5, con todos los medios necesarios para el sostenimiento de su personal, para el transporte y las comunicaciones, se revelarán asimismo ideales para numerosos trabajos ajenos a la construcción de Isla Uno. La investigación científica, por ejemplo, puede llevarse a cabo a coste muchísimo más bajo que con el recurso forzado de esas delicadísimas y exquisitamente complejas piezas de "joyería orbital" que ahora nos vemos obligados a mandar al espacio para que las funciones puedan desarrollarse de manera automática. Me imagino que entre las ocho o diez personas al servicio de la minería y transporte del destacamento lunar habrá varios geólogos y científicos varios. Estos especialistas podrían dedicar la mitad de su tiempo a tareas prácticas, como muestreo de la superficie lunar, valoración e identificación de minerales y planificación de nuevas prospecciones; el resto de sus horas puede invertirse en trabajos teóricos e investigación pura. Al igual que ocurre en la Tierra, entre ambas actividades sólo habría una diferencia de matiz, y además se potenciarían mutuamente, pues los conocimientos ganados en una área pueden revelarse eminentemente útiles en la otra. En L5 y para cuando el personal destacado haya adquirido un censo de varios millares, incluso antes de que sea construida Isla Uno, no es difícil que se encuentren de cincuenta a cien científicos principal o enteramente dedicados a la investigación pura. Puede que los haya interesados en la recogida y puesta al día de información proveniente de enormes telescopios espaciales, sitos a suficiente distancia de la estación como para no verse afectados por el ajetreado tránsito a que dará lugar, pero lo bastante cerca para ser accesibles en pocos minutos.

Sería sorprendente que del aluminio y demás metales producidos en la estación no se dedicara un pequeño porcentaje a fines estrictamente científicos, el primero de los cuales bien pudiera ser la construcción de grandes telescopios ópticos o radiofónicos. No creo que tales proyectos científicos, aunque se beneficiarían considerablemente de ser incluidos de alguna manera en el programa general de construcción, gocen jamás de un presupuesto suficiente como para poder contribuir a mitigar los dispendios de la operación global; pero sus objetivos científicos podrían conseguirse a coste mucho más reducido precisamente por la propia existencia de la estación constructora de Isla Uno.

Para los científicos, Isla Uno constituiría una auténtica bonanza. Los programas de investigación espacial, incluso aquellos en los que intervienen satélites no tripulados, cuestan varias decenas o centenares de millones de dólares. Por contra, el coste de enviar un científico a L5 podría ser de tan sólo unos pocos centenares de miles. En este sentido calculamos el "precio del billete", considerando como transporte de pasajeros el transbordador espacial existente, atendiendo a la cifras publicadas por la NASA sobre el coste de sus vuelos y suponiendo que la transferencia desde una órbita baja hasta L5, se efectúe por medio de un remolcador a cohetes convencional cuyo más importante combustible es oxígeno líquido obtenido en L5 como subproducto del procesado de las tierras lunares.
Con los años, cuando se hayan desarrollado vehículos más eficientes, cabe esperar que el pasaje de la Tierra a L5 se abarate notablemente, llegando a valer tan sólo unos pocos miles de dólares.

Los estudios más recientes concuerdan en que en los primeros días de la formación de la capacidad productiva en L5 resultará más económico importar alimentos de la Tierra que la implantación de una agricultura. Con todo, para cuando la fuerza laboral ascienda a varios millares de personas, su sustento desde la Tierra empezará a forzar la capacidad del HLV derivado del transbordador, dada la frecuencia de vuelo ajustada al "modelo de tráfico" contemplado. De ahí que se haya calculado el balance entre mantenimiento terrestre y recursos agrícolas propios, los cuales han sido objeto de detallados estudios. Parece, pues, seguro que para cuando exista Isla Uno los habitantes del espacio obtendrán por sí mismos la mayor parte de sus alimentos. Argumentos muy similares son los que se esgrimen cuando los planificadores fijan los turnos de trabajo de los primeros obreros de la construcción espacial. Se estima que empezaremos por estancias de unos meses hasta un año, que gradualmente serán ampliadas a dos o tres y, en este caso, en compañía de los familiares. Está claro que el cómputo de permanencias, el lujo o comodidad de la estación y los salarios abonados deberán establecerse con gran cuidado tras mucho más estudio.

Los problemas con que nos enfrentamos ahora en la Tierra, debido al rápido agotamiento de los combustibles convencionales, han sido descritos ya en los primeros capítulos. Existen fuentes naturales de energía que ahora no explotamos plenamente y que podrían beneficiarnos en el sentido de ampliar las reservas que aún nos restan. Se trata de la energía geotérmica, hidroeléctrica, eólica, de las mareas y la solar. Todas esas "exóticas" fuentes de energía presentan, no obstante, serias limitaciones. Bien no cabe depender plenamente de ellas, bien el coste en capital de su utilización es demasiado elevado, o (como ocurre particularmente con la energía hidroeléctrica) su ulterior explotación sólo puede llevarse a cabo a un grave coste desde el punto de vista ambiental y ecológico.

Dos fuentes de energía para el futuro son actualmente objeto de intensivo estudio: la fisión nuclear, particularmente en forma de reactores rápidos líquido-metálicos, y la fusión de hidrógeno, bien por contención magnética de plasma, bien por implosión de pequeños comprimidos de deuterio-tritio mediante rayos láser. Sería temerario intentar siquiera adivinar las probabilidades de que uno u otro de estos métodos se revelen económicamente viables. Los reactores rápidos ejercerían ciertamente impacto en el medio ambiente y afectarían a la vez las tensiones políticas existentes en el mundo de una manera que sólo nos cabe vislumbrar. Mejor que tratar de acertar cuán aceptables, cuán útiles o cuán económicos pueden ser uno de esos métodos o ambos, me limitaré a decir que se trata de nuevas vías abiertas por una tecnología muy elevada y compleja a la sazón en curso de intensiva investigación. Por el momento, al menos 700 millones de dólares federales son invertidos anualmente en trabajos de investigación nuclear sólo en nuestro país. De esta cantidad la mayor parte se dedica a la fisión; menos a la fusión. Una de las dificultades entrañadas por el reactor rápido estriba en que el "tiempo de duplicación" necesario para convertir elementos no fisionables en combustible nuclear útil se estima de por lo menos diez o doce años, en tanto que la necesidad mundial de nuevas fuentes de energía se duplica en un plazo mucho más breve. En lo que se refiere a la fusión nuclear, la mayoría de científicos responsables que trabajan en ese campo vacilan a la hora de proclamar su viabilidad económica, incluso si se logra que funcione, antes de treinta y cinco años. No me parece muy probable (y expreso ahora mi punto de vista estrictamente personal) que ninguna de las dos opciones consiga reducir de manera importante el coste de la energía eléctrica; los defensores de ambos planes suelen aducir, a lo más, que un día se encontrarán a la par -económicamente- con los combustibles fósiles actualmente en uso.

Acaso de manera sorprendente, parece ser que Isla Uno puede hallarse en una particular situación, muy favorable, para proporcionarnos a los terrestres una energía alternativa que puede ser más sencilla, más barata y más aceptable desde el punto ambiental que cualquiera de las otras dos. Antena de Microondas La instalación productora espacial lo podría conseguir mediante la construcción de Estaciones Satélites de Energía Solar (Satellite Solar Power Stations: SSPS). Se trata de un concepto originado en la década de los sesenta, cuyo más activo paladín ha sido el doctor Peter Glaser, de la Arthur D. Little Company, Cambridge, Massachusetts. El plan consiste en situar en órbita geosincrónica, por encima de un punto fijo de la Tierra, una gran estación de energía solar; dicha energía podría ser convertida en microondas, que serían dirigidas seguidamente en denso haz a una antena fija en la superficie del planeta.

A primera vista, el plan parece poco práctico. Sin necesidad de proceder a cálculos complicados, la mayoría de ingenieros estimarían que la ineficiencia inherente a los procesos de conversión, transmisión y reconversión sería tan elevada que semejante estación no podría ser jamás económicamente viable. Curiosamente, el problema de la transmisión parece perfectamente soluble. La investigación en el terreno de la transmisión de microondas de elevada energía ha demostrado experimentalmente que la transferencia puede efectuarse con una eficacia global rayana en el 55 por ciento. La cifra necesaria para garantizar la viabilidad no es mucho mayor, de modo que con algo más de progreso -al cual estamos ineludiblemente abocados-, la meta es del todo alcanzable. Los problemas ecológicos de la transmisión de energía por microondas deberán ser cuidadosamente estudiados, aunque se nos antojan mucho más leves que los relativos a la generación de desechos radiactivos en las plantas nucleares, sean de fusión o de fisión. Receptor de Microondas El haz de microondas llegaría a la Tierra con una anchura de aproximadamente siete kilómetros. Su intensidad sería modesta, menos de la mitad de la luz del sol, y a diferencia de ésta, sería constante, día, noche, con cielo claro o lluvioso; vendría, además, en una forma lista para su conversión en corriente continua con una pérdida de sólo un 10 por ciento. La zona de antenas de la Tierra estaría debidamente delimitada y vallada, de modo que por fuera de ella la intensidad de la corriente de microondas apenas sería mayor que la que desprende uno de esos hornos modernos que la utilizan, con la puerta cerrada. Uno o dos kilómetros más lejos apenas sería perceptible. Aunque dicho haz distaría de ser un "rayo de la muerte", procede efectuar estudios que nos aseguren de la inocuidad del mismo a largo plazo para las aves que aniden en la antena o en las proximidades de la misma, y también de que no va a afectar las comunicaciones radiofónicas de los aviones que involuntariamente atraviesen el espacio aéreo afectado.

La energía solar procedente de satélites presentaría notables ventajas con respecto a sus posibles competidores, aparte de la fundamental, ya mencionada, de no generar desechos radiactivos. Dado que la conversión de la energía de las microondas en corriente continua no representa problema alguno y puede llevarse a cabo con gran eficiencia, sólo una mínima cantidad de la energía total resultaría liberada como calor en la biosfera. Por contra, las estaciones de energía que utilizan combustible fósil o nuclear liberan hasta una vez y media más de la energía útil producida.

El mercado abierto a las nuevas estaciones de energía para cuando Isla Uno pueda revelarse productiva, ha sido estimado por varios especialistas. Considerando únicamente Estados Unidos, y suponiendo que rijan aún criterios conservacionistas, se necesitarán 65.000 megavatios anuales, en términos de nueva capacidad generadora, para el año 1990, y mucho más aún cada año del decenio siguiente. A título de comparación, pensemos que la red energética más grande que nos cabe ver recorriendo las carreteras del país es del orden de unos 1.000 megavatios. El coste de nuevas instalaciones activadas por carbón asciende aproximadamente a medio millón de dólares por megavatio; y las plantas nucleares son mucho más caras. En consecuencia, el mercado potencial para nuevas instalaciones generadoras, sólo en Estados Unidos y considerando precios propios de las activadas por carbón, será de unos 33 mil millones de dólares para 1990. Una estación satélite de energía solar no requiere combustible, de manera que su valor en el mercado puede ser similar al de una estación hidroeléctrica de tamaño semejante. Una de las más grandes y modernas de esta clase en el mundo occidental es la Quebec Hydro en Churchill Falls, Canadá. Su precio por kilovatio es de aproximadamente tres veces el de una termoeléctrica de carbón, pero dado que no requiere combustible puede suministrar electricidad a precio muy bajo. Sobre esta base, el mercado para nuevas estaciones satélites de energía solar en Estados Unidos hacia finales de siglo se estima fácilmente en más de 100 mil millones de dólares anuales. Tratándose de una fuente de energía que requiere de una considerable inversión para su puesta en marcha, el potencial de crecimiento a largo plazo resulta muy importante. La idea de las SSPS (Satellite Solar Power Stations: Estaciones Satélites de Energía Eléctrica), resulta bien calificada también bajo ese concepto. En el caso extremo (ciertamente no realizable en la práctica) de que la energía SSPS fuera la única disponible en Estados Unidos para el año 2000, la superficie necesaria para la instalación de las antenas ascendería a tan sólo un 0,2 por ciento del área continental del país; es decir, aproximadamente un quinto de la ya dedicada a las carreteras. A diferencia de éstas, no obstante, las antenas SSPS podrían ser colocadas en zonas remotas, donde no constituyeran desdoro alguno visual. Serían casi totalmente transparentes a la luz solar y bloquearían las microondas dirigidas contra el terreno a sus pies, de modo que éste podría ser utilizado para el pastoreo.

Por contra, si fueran usadas baterías solares en la superficie de la Tierra a fin de suministrar toda la energía que necesitamos, tendríamos que cubrir con ellas una superficie cuarenta veces mayor con pantallas opacas, es decir, el 8 por ciento de la superficie continental de Estados Unidos. La razón estriba en que la eficiencia de conversión eléctrica de las células solares es de aproximadamente el 16 % (en lugar del 80 %) y que el promedio anual de intensidad solar en Estados Unidos es de sólo una octava parte del existente en el espacio.
Si la producción de energía por medio de estaciones satélites resulta tan atractiva como indica lo descrito, ¿por qué no se promociona y apoya con más vigor? La respuesta puede resumirse en una frase: debido a los costes de elevación.

He discutido las cifras estimadas para dichos costes en relación con el transporte desde la Tierra a L5, basándome en los vehículos actualmente existentes propulsados por cohetes y en aquellos que posiblemente puedan desarrollarse en un futuro próximo y a bajo coste a partir de los motores actualmente disponibles. Las estimaciones de la NASA giran en torno a los doscientos dólares por kilogramo, con el HLV derivado del transbordador espacial. Si no "vamos a por la Luna" y traemos tierras lunares como masa de reacción para los impulsores de masas, nos veremos obligados a elevar desde la Tierra todo el combustible necesario para ascender desde órbita baja a geosincrónica. En este caso, el coste de elevación hasta la ubicación final de la estación satélite productora de energía será varias veces mayor que el correspondiente a una órbita baja. (El cambio de velocidad necesario para llevar una carga desde la Tierra a una órbita geosincrónica es aproximadamente igual que para L5, de manera que los costes serán similares para uno u otro destino.)

Las grandes plantas generadoras podrían ser de dos clases: estaciones turbogeneradoras, como las que existen ya actualmente en la Tierra, o series de baterías solares que convirtieran la luz directamente en electricidad.
Para una estación satélite, la variedad de turbogenerador más adecuada corresponde al sistema "Brayton de ciclo cerrado", donde el gas helio circula ininterrumpidamente entre un calefactor, una turbina y un radiador. Tratándose de turbinas, esos sistemas son relativamente ligeros y compactos. Afortunadamente, una máquina semejante ha sido instalada ya en Oberhausen, Alemania Occidental, donde ha venido operando desde principios de 1976. Cuenta con una gran complejidad de instrumentos y proporcionará sin duda una valiosa experiencia que permita ajustar mejor las estimaciones futuras. Diversos estudios realizados por la Boeing Aircraft Company, auspiciada por la NASA, señalan que una estación satélite basada en una turbina del tipo Oberhausen (es decir, tecnología actual) poseería una masa de aproximadamente diez toneladas por megavatio de salida. Existe la esperanza, aunque por el momento sólo quede en eso, de que, llevando más arriba la temperatura y con el concurso de materiales más "exóticos" en lugares críticos, esa cifra puede verse reducida.

Podemos valorar el actual nivel de la célula solar de silicio por el hecho de que semejantes proveedores de energía fotovoltaicos, utilizados en los satélites operacionales del último decenio, han venido pesando aproximadamente diez veces más que el turbogenerador de Oberhausen. Para la prueba del Sistema de Propulsión Eléctrico Solar de vuelo programado mediada la década de 1980, la NASA espera llevar la masa de las baterías solares, en lo tocante a toneladas por megavatio, a un orden semejante al del generador de Oberhausen.

Si se considera la cifra Oberhausen como referencia de rendimiento, junto con un grado de eficiencia de transmisión de aproximadamente dos tercios y costes de elevación como los que caracterizan al HLV derivado del transbordador más remolcador subsiguiente, necesarios para una traslación a órbita geosincrónica, descubrimos que el transporte por megavatio de capacidad generadora instalada asciende a 13 millones de dólares. Y eso es mucho más de lo que puede pensarse ahora en la Tierra para una planta generadora de precio máximo.

Quienes propugnan la energía por satélite son conscientes del hecho, lo han analizado con precisión en el curso de numerosos debates y han tratado de soslayar el problema estimulando el pronto desarrollo de baterías solares de silicio muy ligeras. La investigación en el terreno de los circuitos impresos e integrados procede a pasos agigantados, y .es posible que en última instancia se puedan lograr esas enormes y necesarias reducciones de peso. Con todo, ni siquiera la estimación más optimista contempla la posibilidad de que puedan llevarse a cabo en medida suficiente para hacer viable el concepto SSPS (Estaciones Satélite de Energía Solar) con lanzamiento desde la Tierra, a menos que se produzcan dos nuevos logros: en primer lugar, que la masa de la célula solar por megavatio de energía sea reducida a una fracción de la actual, y que su coste se reduzca en proporción aún mayor. Además de estos avances, los costes de elevación a una órbita geosincrónica deben pasar a ser de una décima parte o algo así de los implícitos en el uso del HLV. Y para conseguir semejante propósito sería necesario desarrollar sistemas de transporte espacial para los que sería precisa la inversión de varios miles de millones de dólares y de no pocos años.

Al ofrecer esas cifras no me mueve la intención de negar la posibilidad de que dichos factores de mejora puedan conseguirse. Sencillamente, no lo sé. Tampoco deseo desanimar o retrasar con ello el desarrollo de un prototipo de SSPS; toda nueva tecnología reclama cierto período de aprendizaje, y si la idea básica es utilizable, ese camino debe ser recorrido. Mi propósito es más bien el de explorar un método alternativo para la producción en cantidad de unidades SSPS económicamente competitivas.

Contando con la existencia de Isla Uno, se podría construir una estación satélite de energía solar a partir de materias primas lunares dentro de los límites tecnológicos del momento actual; se podrían construir, simplemente, grandes turbogeneradores. Una estación generadora completa construida alrededor de una turbina de ciclo Brayton empezaría contando con espejos solares que concentrarían la luz del Sol sobre calderas. El helio llevado a elevada temperatura en el interior de las mismas pasaría a través de una turbina, luego a un radiador y, por último, sería reciclado por un conducto al efecto. La turbina accionaría un generador eléctrico del tipo convencional, común ahora en numerosas plantas generadoras de la Tierra.
Si se acepta este proyecto, una estación compuesta de varios grandes turbogeneradores sería conectada a una antena transmisora en forma de disco. La conversión desde una baja frecuencia a energía de microondas puede efectuarse por un gran número de pequeños tubos de vacío, similares a los existentes en los hornos modernos de esa clase. Operando en el vacío del espacio, dichos tubos no necesitarán de envoltura alguna de vidrio.

Si reparamos en las cifras actuales concernientes a la masa requerida, una estación capaz de suministrar 5.000 megavatios a una red nacional instalada en la superficie de la Tierra totalizaría unas 80.000 toneladas. Puede ser montada y comprobada como unidad completa en gravedad cero, fuera de Isla Uno. La cuadrilla de trabajadores encargados del montaje podrá regresar al ambiente cómodo y parecido al terrestre de sus propios hábitats al final de cada jornada de trabajo.

Los estudios efectuados por el Centro Espacial Johnson de la NASA, basados en una proyección de la tecnología más que en la actualmente disponible, son doblemente optimistas en lo tocante a masa necesaria por megavatio. Si son correctos, Isla Uno podría producir anualmente dos veces el valor que yo he estimado.
La industria espacial se hallará emplazada a cierta distancia de la órbita geosincrónica. Los costes de transporte en el espacio se miden, no obstante, no en distancia, sino en intervalo de velocidad; según este criterio incluso L5, el lugar más alejado entre todas las posibles ubicaciones, queda más cerca de la órbita geosincrónica que de la superficie lunar. Para mover una masa tan grande a la distancia requerida será necesario recurrir al impulsor de masas, el cual podría ser idéntico al que ya se hallaría en uso en la Luna. La fuerza continua de cuatro toneladas producida por dicho impulsor será del todo suficiente, a lo largo de varios meses, para situar la estación de energía en su lugar, cenit de un punto fijo de la Tierra. La energía eléctrica necesaria para el impulsor de masas procederá de la propia estación. Y la masa de reacción necesaria para proceder a la transferencia puede ser escoria industrial, polvo de rocas trituradas u oxígeno líquido, todos los cuales serán asequibles en L5. El retorno del impulsor de masas a L5 para su reutilización puede efectuarse con ayuda de una pequeña planta de energía solar. Una de un tamaño aproximadamente mil veces menor que el de la propia SSPS será más que suficiente para devolver el impulsor de masas a L5 con miras a su reutilización al cabo de un mes, de manera que el impulsor que se destinara al remolque de cargas de SSPS podría realizar varios viajes de ida y vuelta al año.

Un joven economista de Harvard, Mark Hopkins, me hizo observar que los aspectos económicos de la construcción de SSPS en L5 requieren la aplicación de nuevos puntos de vista. En la empresa no se requerirán apenas materiales ni energía procedentes de la Tierra. Una vez establecida, Isla Uno será autónoma y sus residentes serán pagados principalmente en bienes y servicios producidos en la propia comunidad espacial.
La inversión económica en un programa combinado comunidad espacial/SSPS será la suma de los costes de desarrollo y construcción de Isla Uno, de elevación desde la Tierra de los materiales necesarios para comunidades subsiguientes y de aquellos componentes de las SSPS que no puedan ser producidos en L5 económicamente, de los pagos en la Tierra en la cuenta de las personas que vivan en L5 (abonos que representan la porción de salario convertible en bienes y servicios en nuestro planeta, para su subsiguiente empleo en viajes o, si así se desea, al retirarse), y una carga acumulativa de interés pagado en el balance pendiente en cada año del programa.

Si Isla Uno y sus colonias hermanas se convierten en la principal fuente de nueva capacidad generadora que suministre electricidad a la Tierra, la cuestión de la propiedad legal de las SSPS queda incluida en el marco económico. La órbita geosincrónica está mucho más abajo que L5, y tengo la impresión de que cualquier nación de la Tierra que use energía SSPS deseará contar con un claro dominio legal sobre la instalación generadora una vez haya sido completada su construcción. A partir de ese momento esa nación ejercerá el control sobre la instalación y las operaciones de mantenimiento pertinentes; fijará, además, la estación sobre un punto concreto de su territorio nacional en el cual se instalará la antena receptora.
Si Isla Uno fuera a ser independiente de la Tierra, o para los trabajadores del espacio, sería económicamente más ventajoso vender estaciones generadoras completas que energía eléctrica. De ese modo se conseguiría una rápida amortización. Desde el punto de vista de la nación, consorcio de naciones o de compañías que pudieran proveer el capital de inversión para construir Isla Uno, es más prudente pensar, en todo caso, que el único beneficio económico provendrá de la venta de energía eléctrica a las líneas de transmisión de la Tierra. Por muchas razones, entre ellas la existencia de tratados legalmente vinculantes que han sido firmados ya por varias naciones, parece más acertado suponer que inicialmente Isla Uno permanecerá unida a la Tierra en cuanto a su gobierno.

Los aspectos económicos de la construcción de SSPS en las instalaciones industriales del espacio han sido discutidos ya en un artículo técnico, y en diferentes deposiciones ante el subcomité del congresista Donald Fuqua de la Cámara de Representantes, ante el subcomité del Senado presidido por el senador Wendell Ford, y en sendos testimonios ante la Comisión de Energía del Estado de California y ante la Administración de Investigación y Desarrollo de la Energía del gobierno federal. Dichos estudios económicos han sido siempre de carácter más bien conservador, dando por supuesto que han de ser muy elevados los costes de elevación del equipo necesario para la industria espacial, que será enorme la masa de las instalaciones SSPS, relativamente baja la productividad en el espacio, y enormes los intereses sobre el capital de inversión inicial; a todo esto hay que sumar el supuesto de que sean bajas las tarifas aplicables al suministro eléctrico enviado a la Tierra. Sin embargo, todas las estimaciones concuerdan en el hecho de que las estaciones productoras de energía, a partir de la radiación solar, resultarán harto competitivas, si se construyen con materiales no terrestres, frente a cualesquiera otras instaladas en la Tierra de otro carácter, sea el que sea.

Los últimos estudios, basados en el programa o plan que hemos llamado Low Profile, concerniente a las posibilidades y viabilidad de la producción industrial en el espacio, se revelan aún más atrayentes, porque señalan y subrayan el hecho de que habrá producción útil antes incluso de que se haya terminado de construir Isla Uno, y en un momento en el cual la inversión total efectuada será de mucho menos que los 100 millones de dólares originalmente estimados para aquélla.

Actualmente nuestro grupo de planificación cuenta con el asesoramiento de importantes directores en la industria eléctrica y compañías de financiación, quienes nos han hecho reparar en realidades que permiten precisar mejor la orientación y alcance de nuestras investigaciones. De un lado, parece casi seguro que no debe esperarse iniciativa alguna por parte del capital privado en cuanto al establecimiento de la producción en el espacio, por lo menos no hasta que los riesgos implícitos se hayan reducido prácticamente a cero. La financiación gubernamental, posiblemente a través de un consorcio de varios estados, tendrá que atender, pues, a la prosecución del programa, al menos hasta que una planta SSPS piloto, no necesariamente construida con materiales lunares, suministre energía a la Tierra. Al mismo tiempo habremos tenido que demostrar que podemos utilizar minerales de la Luna y procesarlos en el espacio para obtener los mismos elementos utilizados en la SSPS. Y, desde luego, los estudios económicos concomitantes tendrán que dejar fuera de toda duda que la energía producida gracias a las SSPS resulta mucho más barata que la obtenida de cualquier otra fuente. Una vez cumplidos estos requisitos, es lógico suponer que el capital privado se hará asequible y que el programa podrá potenciarse hasta su capacidad plena.

Actualmente, la energía eléctrica más barata disponible en Estados Unidos cuesta aproximadamente dos centavos por kilovatio/hora en origen, es decir, en fábrica. Nuestro objetivo es ofrecerla incluso a menor precio tanto si la tarifa actual se mantiene como si se eleva en el curso de los años venideros.

Cuando se examina con más detalle la posibilidad de construir Isla Uno, los pormenores de ingeniería y los aspectos económicos aparecen bajo una nueva luz. El punto más importante en esa discusión es, precisamente, el hecho de que pueda plantearse ya a nivel de ingeniería y economía. No se depende básicamente de ninguna nueva física ni hay que proceder a una extrapolación fantástica de los actuales recursos de ingeniería.
Cuadro EconómicoUna de las gráficas preparadas para la evaluación de las plantas SSPS producidas en el espacio fue presentada frente al Congreso (Apéndice II); de acuerdo con la misma, en breve plazo, dentro de trece años desde el inicio de las fuertes inversiones en la construcción de Isla Uno, el ritmo de instalación de nueva capacidad generadora en el espacio podría superar plenamente el crecimiento de la demanda experimentada en Estados Unidos. No mucho más tarde, la energía total suministrada desde el espacio podría exceder el total existente en la ladera norte de Alaska con sus reservas de petróleo. El contraste es elocuentísimo: para entonces, en Alaska no quedarían más vestigios del célebre oleoducto que alguna mancha perdida en las aguas del lugar y unos cuantos alces molestos, mientras que la energía espacial de los satélites podría seguir suministrando electricidad a la Tierra durante mil millones de años más, la vida estimada del Sol.

Para una empresa que requiere de una fuerte inversión de capital inicial con la perspectiva de obtener rendimientos a plazo largo, los economistas suelen calcular lo que llaman "razón beneficios/coste".
Considerando las cargas impuestas por los intereses y el fenómeno de la inflación, esa relación beneficios/coste epitomiza la viabilidad de la operación, incluso sin recurrir al esquema ahorrativo expuesto en Low Profile, dicha razón es mucho mayor que la unidad, lo cual significa que a pesar de unos intereses elevados y de unos precios de suministro energético baratos, el programa Isla Uno constituye una propuesta rentable. Pero para conseguir ese resultado favorable parece adquirir especial importancia el crecimiento exponencial de la capacidad productora en el espacio; un crecimiento lineal, más lento, no rinde con la rapidez suficiente para compensar las cargas impuestas por los intereses sobre la inversión inicial.

Una vez se haya logrado la plena amortización de las plantas generadoras, el coste de la energía producida debiera descender considerablemente, dado que las estaciones satélites apenas requieren de mantenimiento y serán alimentadas de energía libre, proporcionada por un reactor termonuclear limpio convenientemente situado a la cómoda distancia de 150 millones de kilómetros.

Si el desarrollo que anunciamos se produce, en la Tierra nos encontraremos con una fuente de energía limpia, y además mejoraremos notablemente nuestro medio ambiente al ahorrar cada año más de mil millones de toneladas de combustibles fósiles actualmente perdidos en calor y humo para hacer funcionar nuestros generadores eléctricos. Considerando un mercado mundial que puede alcanzar varios centenares de millones de dólares para el año 2000, es probable que las industrias ubicadas en L5 crezcan rápidamente en número y tamaño, a fin de satisfacer demanda tan urgente.

Si las estaciones energéticas satélites son construidas en L5 en vez de en la Tierra, las consecuencias ecológicas serán notables. Por cada SSPS que tuviera que ser elevada desde la Tierra, habría que volcar en la atmósfera una cantidad muchas veces mayor en cuanto a peso, en forma de gases expelidos por los cohetes propulsores. Las cifras totales al respecto son del orden de centenares de millones de toneladas al año, siempre que la energía SSPS se convierta en la dominante en la economía mundial. Nadie sabe qué efectos podría tener esa descarga en el medio ambiente, pero lo seguro es que la cumplimentación del apartado relativo a "incidencia ecológica" no sería nada fácil. Por contra, el establecimiento de la producción industrial en el espacio requiere sólo aproximadamente la centésima parte del tonelaje elevado desde la Tierra, y es perfectamente compatible con el modelo actual de tráfico para el transbordador espacial ya existente.

Una importante cuestión por resolver es, desde luego, la que se refiere a qué fracción de la masa de una planta energética SSPS no podría ser obtenida a partir de materiales no terrestres y, por tanto, tendría que ser elevada inevitablemente desde la Tierra. Si pudiéramos emplear minerales asteroidales tendríamos la seguridad de contar, con abundancia, con todos los minerales existentes en nuestro planeta. La Luna, sin embargo, es pobre en hidrógeno, nitrógeno, carbono y algunos metales pesados. Afortunadamente, la NASA ha empezado ahora a estudiar esta circunstancia, y es posible que en los próximos años seamos testigos del desarrollo de estaciones generadoras de energía en el espacio, de condiciones óptimas en cuanto al uso de materiales lunares más que terrestres.

Empezamos, pues, a percibir una posible ramificación en el desarrollo de la energía mediante satélite. El mejor camino parece ser el de mantener abiertas todas las opciones: construir pequeñas plantas piloto, mejorar las células o baterías solares y, entretanto, promover la investigación y desarrollo de los impulsores de masa y procesadores de tierras lunares. Al cabo de varios años de estudio, cuando las cifras sean más claras y precisas, se habrá llegado a un punto en el que tendremos que tomar una decisión racional, bien en el sentido de construir los enormes cohetes necesarios para elevar un sistema energético orbital fabricado en la Tierra, bien en el de invertir una cantidad semejante de dinero en el desarrollo de la "alternativa no terrestre".
Si la eficiencia de la industria espacial progresa en la medida predicha por algunos estudiosos del tema, el coste de la energía eléctrica de origen solar y transmisión mediante satélites hasta la Tierra podría descender a menos de un centavo por kilovatio/hora en punto de destino (la antena terrestre). De suceder así (no deseo afirmar aún qué tal será el caso, porque la investigación todavía no ha sido llevada con detalle suficiente), las consecuencias sobre la política internacional serían profundas. Con tarifas eléctricas bajas sería posible proceder a la síntesis de combustibles artificiales limpios, que fácilmente competirían con la gasolina, haciendo que las naciones que dependen de ese suministro se independizaran del mismo.

Telescopio Espacial

Quedaría sin duda dentro de las posibilidades de Isla Uno el construir un gran telescopio óptico compuesto de numerosos espejos individuales. La gran resolución podría conseguirse situando los elementos del telescopio en una serie o batería de gran longitud, en vez de combinarlos de manera agrupada. Al diseñar semejante sistema es natural que se considere la vinculación de los elementos especulares mediante una estructura mecánica, aunque ello constituiría la peor solución. Una conjunción mecánica se dilataría y contraería con los cambios de temperatura alterando consiguientemente la separación respectiva de los espejos. Sería preferible aprovechar las particularidades que ofrece una ubicación en gravedad cero construyendo un gran número, acaso varios millares, de espejos individuales, cada uno de ellos de un diámetro del orden de un metro y provisto de un pequeño módulo posicionador equipado con propulsores de gas accionables en caso de deriva. Las partes pesadas de semejante estructura podrían ser construidas en la comunidad espacial, en tanto que las más ligeras, complejas y laboriosas desde el punto de vista de mano de obra necesaria serían elevadas desde la Tierra.

Si los elementos estuvieran conectados tan solo mediante haces de luz, su espaciamiento correcto podría lograrse estableciendo un determinado número de longitudes de onda entre cada par. Esta unión no física, controlada por un ordenador, poseería la ventaja adicional de que los espejos podrían ser programados para que se separaran y reorganizaran, como bailarines de un ballet de pausados movimientos, conforme a las necesidades de cada experimento astronómico en particular.

Si los espejos estuvieran dispuestos en forma de cruz, con los elementos individuales espaciados de diez en diez metros, un telescopio de este tipo poseería la capacidad teórica de resolver algo tan pequeño como un cambio en un sistema climatológico de mil kilómetros de lado en un planeta solidario de una estrella situada, ¡a diez años luz de distancia!

Exploración Espacial

Una vez Isla Uno se encuentre en pleno funcionamiento, es casi seguro que los científicos discutirán la posibilidad de que parte de su producción se dedique a la construcción de naves. Incluso un mínimo porcentaje de la producción de aluminio, magnesio, titanio, hierro y otros metales útiles en L5 bastará, al cabo de algunos años, para construir una gran nave investigadora que en muchos aspectos podría ser el equivalente espacial de la Beagle de Darwin. Equipada con un motor que podría ser una versión más estrecha y larga del impulsor de masas lunar, esta nave de investigación podría viajar hasta un asteroide utilizando como masa de reacción polvo rocoso compactado. La Beagle II llevaría posiblemente una tripulación bastante más numerosa que la del H. M. S. Beagle, que contaba con cincuenta tripulantes, y constituiría una pequeña comunidad científica autónoma. La "botadura" de esta nave no requeriría nada de fuego, truenos y humaredas, acompañantes indefectibles de las operaciones semejantes en la Tierra, sino que, flotando grácilmente en el espacio, a la entrada del muelle de embarque de Isla Uno, la nave se limitaría a cerrar sus compuertas y a soltar amarras silenciosamente. Imaginémonos el viaje, como si los detalles que siguen fueran verdaderamente ciertos:
Cuando se conecte el motor la nave empezará a moverse, al principio casi imperceptiblemente, apenas un metro en el transcurso del primer minuto. Sin embargo, al día siguiente será sólo un minúsculo punto de luz en el telescopio, y al cabo de un mes se encontrará a una distancia diez veces mayor que la que nos separa de la Luna.

Cuando muchos meses más tarde la tripulación desembarque en un pequeño asteroide, los científicos presentes a bordo se tomarán todo el tiempo que necesiten y gusten para examinar con detalle el planetoide, midiendo su contenido en minerales, estimando sus recursos en cuanto a carbono, nitrógeno e hidrógeno y recogiendo toneladas de muestras. Gran parte de su labor tendrá uso directo en "geología aplicada", enfocada al potencial empleo posterior del asteroide como material para la construcción, lo cual habrá de ser, a la postre, lo que probablemente pagará los costes del viaje. Otros trabajos, de duración efímera, parecerán carecer de toda aplicación práctica; el juicio que merezcan al cabo de unos años puede ser totalmente diferente.
Mientras los científicos siguen con sus trabajos, los ingenieros usarán la propia maquinaria de a bordo para prospeccionar y recoger varias toneladas de roca y polvo con miras a constituir masa reactiva: combustible para la etapa de viaje siguiente. Para cuando los viajeros decidan soltar nuevamente amarras, sea para regresar a su base de origen o para proseguir su singladura, la mayor parte de la información científica recogida habrá sido ya radiada a L5 y a la Tierra. Durante los largos meses de su nuevo periplo, las muestras reunidas se examinarán en los propios laboratorios de la nave y serán objeto de numerosas comunicaciones científicas para ulterior discusión y publicación. Enviados desde la profundidad del espacio, estos documentos pueden llevar títulos como: "Análisis Carbono 12/Carbono 13 en Asteroide 2.655, por - Laboratorio de Investigación de la nave Beagle II en ruta hacia Ceres."

A medida que prosigue el viaje, una planta trituradora de rocas instalada en la nave producirá ininterrumpidamente polvo destinado a convertirse en masa reactiva para el motor. A menos que la tripulación encuentre excesivamente frustrante el permanecer en semejante confinamiento en un pequeño pueblo en continuo movimiento, un crucero así entre los asteroides podría extenderse a lo largo de varios años. Lo probable es que viajen familias completas, y los jóvenes, amén de visitar la escuela establecida en la propia nave, compartirán las horas de ocupación y descanso con sus mayores. Más tarde, en los días de Isla Dos e Isla Tres, será posible construir naves muchísimo más grandes, capaces de transportar a las regiones más alejadas del sistema solar secciones completas de universidades y complejísimos y multifacéticos institutos de investigación.

Es probable que Isla Uno se convierta en lugar favorito de los científicos en excedencia de la Tierra. Especialmente para los más jóvenes, no preocupados aún por el matrimonio y los deberes de la familia, las oportunidades que encierra la investigación del espacio en astronomía óptima y radioastronomía serán insuperables en cualquier otro lugar. Puede que se establezca un ciclo tal que un científico se desplace para un año de recogida constante de datos, tras lo cual ceda su sitio a otro recién llegado de la Tierra, mientras el primero vuelve a ésta para analizar la información obtenida y escribir un comunicado para el mundo de los especialistas.

Para la investigación radioastronómica, la mayoría de las antenas se disponen formando figuras geométricas, sean cruces o círculos. Un tipo especial de antena, sin embargo, podría ser el formado por una enorme parábola. Confieso abrigar ciertas reservas acerca del empleo que pudiera darse a esa enorme antena; sin embargo, nadie puede negar que Isla Uno sería un emplazamiento ideal para el proyecto que se ha dado en llamar "Cyclops" (Cíclope) -el gran ojo-, destinado a la búsqueda de civilizaciones extraterrestres.

Hace ya más de quince años que permanece vivo el interés general sobre la cuestión de la posible existencia de otras especies inteligentes en nuestra galaxia, las cuales podrían formar parte de lo que algunos han venido llamando la "Red galáctica" 15. Es difícil decir, basándose en una teoría conocida, si cabe o no la existencia de tales civilizaciones. La idea de que nosotros, como vida (en cierto grado) inteligente, somos únicos es, desde luego, absurda: cuanto más sabemos de los orígenes de la vida, más nos convencemos de que las condiciones que la hicieron viable inicialmente en la Tierra tienen que haberse dado repetidamente en muchos otros rincones de la galaxia.

Nuestra galaxia tiene forma de disco, con un volumen de un billón de años luz cúbicos. Muchas de las estrellas que contiene pueden permanecer estables durante miles de millones de años. Desde el punto de vista moderno, puede que una de cada diez estrellas entre los cien mil millones que constituyen nuestra galaxia tenga planetas, es decir, lugares "adecuados" donde podría existir vida. En 1959, Phillip Morrison y Giuseppe Cocconi discutieron la posibilidad de investigar la existencia de vida extraterrestre con el concurso de los sensibles receptores usados en radioastronomía. Poco después fue Frank Drake quien llevó a cabo la primera exploración del espacio con la idea concreta de descubrir si se percibían señales inteligentemente dirigidas. Su "proyecto Ozma", capaz tan sólo de examinar las estrellas más cercanas, sólo dio con señales naturales.

Los científicos especialmente interesados en la búsqueda de vida extraterrestre inteligente reconocieron ya hace tiempo la importancia de dos magnitudes vitales: la probabilidad de que semejante vida se desarrolle en un planeta de una estrella "adecuada" y la cantidad de tiempo que una civilización invertirá activamente en la radiocomunicación. La importancia de esas dos magnitudes puede ilustrarse mejor mediante ejemplos: si la vida es muy abundante en la galaxia, puede que hasta una de cada diez estrellas provistas de planetas hayan sido cuna de nuevas civilizaciones en un momento u otro de su historia evolutiva. De ser así, puede que sean más de 100.000 las estrellas de esta clase existentes en un radio de 1.000 años luz desde nuestro Sol, cada una de las cuales es potencialmente el lugar de nacimiento de una civilización. ¿Qué probabilidad nos cabe, buscando en el millón de estrellas con planetas incluidos en nuestra gran esfera, de dar por lo menos con una que nos esté dirigiendo señales? Ello depende en gran medida de la segunda magnitud crítica: la duración de la comunicación. Incluso si la civilización media considerada interviene activamente en esa labor de comunicación durante 100.000 años, y aun si dedica a ese propósito un esfuerzo suficiente en el sentido de no cesar en su emisión de haces de señales en dirección a cada estrella "adecuada" existen dentro del radio de 1.000 años luz de su "esfera de interés", las probabilidades dependen, ante todo, de que nos encontremos en escena en el momento adecuado para captar una señal inteligente. La razón es que para una civilización dada el período de comunicaciones corresponde, en nuestro ejemplo, a un breve lapso de tiempo que representa sólo una cienmilésima parte de la historia evolutiva de la estrella en cuestión.

Las incertidumbres relacionadas con esas magnitudes son tan grandes que dejan abiertas dos posibilidades extremas: en primer lugar, que la vida capaz de comunicarse es escasa, que la duración de la comunicación es fugaz en la escala de tiempo galáctica (por fugaz quiero decir de 100.000 años o menos) y que, en este momento, por consiguiente, nos hallamos solos en un radio de 1.000 años luz, o hasta en la galaxia entera.
El otro caso extremo, abierto aún con posibilidad, es que la galaxia esté pletórica de comunicación, que la duración del "período de atención" de las civilizaciones sea de miles de millones de años y que, por consiguiente, tan pronto llevemos nuestro oído a tierra oiremos el distante retumbar de tambores.

Con tanto margen para la imaginación, encuentro irresistible añadir mis propias especulaciones a las de los demás. En mi opinión, que por supuesto no es sino mera conjetura, sucede así:
Primero, creo que poco después de que una civilización alcanza nuestro modesto nivel de competencia tecnológica, se hace inmortal en sentido físico; la razón no es otra que el tema de este libro: el movimiento de la vida hacia el espacio. Como ha escrito R. N. Bracewell:

Cuando hayamos colonizado el espacio interplanetario, lo cual podría ocurrir a principios del siglo XXI, según el físico de Princeton, Gerad K. O'Neill, habremos logrado una clara independencia de las catástrofes terrestres del futuro. La supervivencia del más apto, en una escala de tiempo de magnitudes geológicas, puede significar que las comunidades más perdurables serán aquellas que hayan tenido éxito en la colonización del espacio.

Yo añadiría una observación al comentario del profesor Bracewell. Freeman Dyson ha señalado que bien puede haber civilizaciones muy inteligentes que no tengan interés alguno por la tecnología. Estoy de acuerdo, pero me imagino que cualquier cultura que se haya interesado lo suficiente en las ciencias naturales como para haber desarrollado la radioastronomía conseguirá, casi al mismo tiempo en su historia evolutiva, la liberación de su planeta de origen. Lógicamente, pues, no creo que la guerra o catástrofes naturales constituyan, en muchos casos, los límites de la duración de una civilización capaz de comunicarse.

Albergo serias reservas acerca de la probabilidad de que una civilización capaz de comunicación, y suficientemente estable para contar con una vida prolongada a escala galáctica, opte de hecho por comunicarse. Admito que mis razones tal vez sean excesivamente antropomórficas. Se hallan muy vinculadas a mis temores acerca del proyecto Cíclope en conjunto.
Hemos visto una y otra vez en nuestro planeta el efecto del contacto entre una cultura primitiva y otra más avanzada. Casi invariablemente, la primitiva es aniquilada. La destrucción puede que no sea intencionada; y a menudo no es siquiera física. Sin embargo, tiene lugar porque los valores y conocimientos adquiridos por la civilización primitiva en el transcurso de muchos siglos resultan de golpe fútiles en comparación con los existentes en la más adelantada.

Cuando he considerado las consecuencias de nuestro eventual descubrimiento de señales de una civilización mucho más avanzada que la nuestra (obsérvese que con casi plena seguridad lo sería en milenios, debido a nuestra propia posición en el umbral de la comunicación), me ha parecido enormemente probable que el primer efecto, tan pronto como la excitación y la novedad hubieran cedido un poco, sería la destrucción de nuestra ciudad y nuestro arte. ¿Qué objeto tendría estudiar ciencias naturales? Ya sabemos que son universales, de modo que si una civilización que nos envía señales de radio se halla miles de años por delante de nosotros en cuanto a conocimiento, tanto como lo estamos nosotros en relación con el hombre de Neanderthal, ¿por qué seguir estudiando e investigando la verdad científica por nosotros mismos? Habrá desaparecido, pues, la posibilidad de nuevos hallazgos, de sorpresa y, sobre todo, de orgullo en los logros; me parece horriblemente probable que como científicos quedáramos convertidos simplemente en adictos a la televisión, sin aportar ya nada de nuestro esfuerzo a nuevos descubrimientos.

En las artes, música y literatura el caso puede presentarse de manera menos clara; sin embargo, la consecuencia casi invariable en la Tierra del contacto entre una civilización primitiva y otra más avanzada es el estancamiento de las artes de la primera. En la mayoría de casos aquélla sólo sobrevive como forma destinada al "comercio turístico".

Si esta secuencia de eventos tiene más importancia que la meramente local, como yo creo que sería el caso, ello ha de resultar obvio para la civilización más adelantada que la nuestra. Añadiría, por tanto, otro supuesto: que esas mismas características que hacen a una civilización inmune al estancamiento y al declive, si existen, se acompañan de una repugnancia a causar daño a otros, en particular a otras civilizaciones "emergentes" más primitivas. En tal caso: "Puede que estén ahí, pero son lo suficientemente amables como para mantenerse quietos."

Si existen civilizaciones donde se dan a la vez una gran antigüedad, gran estabilidad social y continuado y activo interés intelectual, y si estas características se acompañan de una positiva preocupación por el desarrollo de primitivos como nosotros, ¿hay alguna clase de señal que pudiera sernos enviada y que fuera potencialmente beneficiosa y no entrañara peligro? Puede que sí: el destello de un faro, un sencillo mensaje infinitamente repetido, que llevara justo la cantidad necesaria de información para que supiéramos que había sido modulado por otra inteligencia. El mero hecho de su existencia, proclamando "no estáis solos", podría ser de gran ayuda para nosotros en momentos de oscuridad. Nos estimularía y propiciaría nuestro desarrollo; después de todo, no nos gustaría aparecer como patanes cuando, finalmente, se establezca el verdadero contacto. Y al mismo tiempo, tras diez mil repeticiones del mismo mensaje, veremos totalmente claro que debemos seguir ganando nuestro conocimiento del universo paso a paso, por nuestro propio esfuerzo, y que será necesario el desplazamiento físico a grandes distancias antes de que demos con la respuesta a la cuestión: ¿siguen allí o se trata tan sólo del eco de una civilización desaparecida hace tiempo?

Procediendo ahora con el supuesto más audaz, considero que esta era de ciencias naturales en que se encuentra actualmente nuestra civilización, puede que no sea sino una época relativamente breve en la historia de una vieja especie. Nos hallamos en medio de una explosión de saber, y si el ritmo de adquisición de nuevos conocimientos continúa acelerándose, como sucede, me parece muy posible que en un plazo de mucho menos de mil años sabremos, si no todo lo que concierne al mundo físico, por lo menos tanto que la ciencia dejará de encerrar interés y estímulo. En este caso, pienso que nuestros individuos más dotados, algunos de los cuales se dedican ahora al estudio de las ciencias naturales y biológicas, dirigirían su atención a las artes o al máximo problema intelectual que me es dado ahora imaginar: la incógnita de la consciencia. Mi imagen de una civilización avanzada es aquella en que la ciencia, asistida de computadoras con una inteligencia muy superior a la de cualquier ser vivo, habrá dado respuesta ya a todos los interrogantes meramente físicos. Algunos individuos puede que tomen parte en la exploración directa y explotación consiguiente de nuevos sistemas estelares, extendiendo gradualmente la cultura de su especie a modo de esfera que va aumentando su radio a partir de la estrella de origen. Considero probable, con todo, que en los estadios avanzados de una civilización muy vieja el mundo físico vendrá a ser una especie de sobrentendido, algo que se conoce y domina ya desde tiempo inmemorial. La mayor parte de la actividad e interés, diría yo, será intelectual, artístico y social.
Después de tanto suponer y especular resulta casi penoso volver al "humilde" mundo de nuestro propio sistema solar y a los decenios inmediatos en nuestro futuro. Pero lo hacemos para considerar la cuestión práctica subsistente todavía, cuando el debate sobre el proyecto Cíclope lleva ya largo tiempo en el candelero: si va a llevarse a efecto, ¿cuál es la forma óptima y más económica de realizarlo?

La respuesta parece bastante clara. En su forma original, el proyecto Cíclope fue estudiado por un grupo de dos docenas de personas durante el verano de 1971 en el Laboratorio Ames de la NASA, en colaboración con la Universidad Stanford. Dirigía el grupo el doctor Bernard Oliver, de la Hewlett-Packard Corporation, y el resultado del estudio se plasma en un informe cuidadosamente preparado y muy profundo, titulado "Proyecto Cíclope". El informe en cuestión concluía con la propuesta de construir, en algún lugar de una región desértica poco habitada, una serie de hasta 1.000 antenas telescópicas, cada una de gran tamaño, perfectamente orientables de manera que enfocaran sobre un punto fijo pese a la rotación de la Tierra, aseguradas contra viento y tormenta, y conectadas electrónicamente de manera que funcionaran como un gigantesco receptor único. El coste total de la operación, si en efecto las antenas fueran construidas antes de que se captara una señal inteligente del espacio, fue originalmente estimado en quince mil millones de dólares; sería menor si los progresos en la sensibilidad de recepción permitieran el logro del mismo resultado con una disposición menos numerosa.

A modo de ejercicio yo estudié la posibilidad de construir un equivalente del Cíclope como una de las primeras tareas a llevar a cabo en Isla Uno. Este receptor espacial sería mucho más sencillo; se trataría probablemente de una sola antena parabólica gigantesca, de un diámetro de cinco kilómetros, situada a poca distancia del emplazamiento de la comunidad espacial. Requeriría un solo sistema receptor, que podría ser fácilmente puesto al día con objeto de que fuera siempre el no va más de la técnica electrónica. El problema del "ruido" producido por los numerosos transmisores activos en la Tierra y en el espacio sería salvado por el simple expediente de situar una pantalla en forma de disco y de mayores dimensiones a cierta distancia de la antena.

Para funcionar en gravedad cero y en el medio libre de viento que reina en el espacio, la antena y su pantalla eliminadora de ruidos podrían ser de estructura muy ligera y compuestas (en mi concepto) de un soporte geodésico cubierto por una delgada capa de aluminio. La masa total, inclusive la pantalla silenciadora, alcanzaría apenas la décima parte de una SSPS. Suponiendo que toda la maquinaria complicada (componentes electrónicos, motores, etc.) fuera elevada desde la Tierra a elevado coste, y concediendo asimismo un generoso presupuesto para fabricación y montaje, el coste total del Cíclope espacial (de Isla Uno) resultaría una décima o una vigésima parte del que supondría una instalación similar en nuestro planeta. El Cíclope-L5 poseería todavía una ventaja adicional, que ilustramos con una divertida consideración: supongamos que entre el millón de estrellas investigadas en el curso de un período de treinta años existe una que efectivamente emite señales en nuestra dirección; supongamos también que el "programa" tiene una duración de muchos años. Al fin y al cabo, los seres emisores pueden ser mucho más longevos que nosotros y tal vez tengan mucho que decir. Una vez hayamos localizado la señal, el Cíclope-L5 puede continuar apuntado al punto correcto mientras dure el programa, a diferencia de la serie de antenas terrestres, o situadas en la Luna o en una órbita baja, para las cuales quedarían bloqueadas las señales la mitad del tiempo. De ser ése el caso podemos imaginarnos la siguiente investigación a nivel del Congreso:

Senador X: ¿Debo entender, profesor, que nos perdemos la mitad del programa enviado por los Arturianos y que usted sugiere que construyamos una nueva antena en L5 para remplazar la ya existente en Nevada?
Profesor Z: Sí, señor, eso es. Está claro que cuando se inició el Proyecto Cíclope no pensamos que recibiríamos señales con esta estructura temporal.
Senador X: ¿Trata de decirme que cuando vino aquí a pedir quince mil millones de dólares no había previsto siquiera la posibilidad de que su búsqueda tuviera éxito?

Dejaremos que el profesor Z se las vea con esta situación más bien espinosa y volveremos nuestra atención a otra aplicación de las instalaciones industriales de L5.

Si los cálculos a los que he aludido no son descabellados, la población activa en Isla Uno se encontrará en una situación tan favorecida por la industria que la presión en el sentido de ampliar esa "cabeza de puente" en el espacio será enorme y orientada hacia la construcción de hábitats de mayores dimensiones.
Sea cual fuere el grupo que construya la primera comunidad, el éxito de Isla Uno moverá a muchos otros a participar de las ganancias aportadas por la industria de L5. Incluso contando con tres turnos de trabajo y pese a que la población formará parte mayoritariamente del personal activo, la primera Isla Uno no podrá satisfacer por sí misma las demandas que un mundo sediento de energía hará sin cesar. Incluso mientras se procede a la construcción de las primeras comunidades, sus diseñadores (o posiblemente un grupo enteramente diferente) estarán planeando ya el paso siguiente en dimensionamiento: Isla Dos. La elección de tamaño para la nueva generación de comunidades espaciales debiera hacerse cuidadosamente, ya que a coste mínimo será mejor determinar un tamaño óptimo y repetirlo en gran número utilizando maquinaria automatizada y diques adecuados a un sólo conjunto de dimensiones.

Isla Dos debiera ser suficientemente grande para constituir una eficiente base industrial, y bastante pequeña para permitir un fácil transporte entre sus valles, de modo que su gobierno, además, sea sencillo y libre de burocracia, sin indebidos formalismos. Como mera conjetura, se me ocurre que los residentes del espacio han de hallarse en situación de vérselas con una obra de la envergadura de Isla Dos cuando existan ya una docena o algo así de comunidades del tamaño de Isla Uno.

Por razones económicas relativas a la estructura que debe contener la atmósfera, la presión interna elegida puede ser similar a una ciudad terrestre de elevada altitud, como Denver o México D, C., por ejemplo. Se necesitarán muchos cálculos antes de que sepamos qué tamaño será óptimo para Isla Dos, aunque mi estimación actual lo sitúa alrededor de 1.800 metros de diámetro, con una circunferencia ecuatorial de casi seis kilómetros. Isla Dos podría albergar y mantener una población de 140.000 personas, posiblemente distribuidas en cierto número de pequeños pueblos separados por parques o zonas boscosas. Cada uno de esos pueblos sería similar en tamaño y densidad a una pequeña ciudad italiana de las colinas. Como antiguo residente en una comunidad tal, puedo confirmar con nostalgia que constituye uno de los centros de vida más agradables en el conjunto de los desarrollados en la Tierra.

Cualquier comentario que pueda ofrecer acerca de la arquitectura y geografía de una comunidad espacial es, desde luego, mera conjetura. Cabe que se opte por varios tipos de disposiciones diferentes, acaso dentro del mismo hábitat, de modo que, sin abandonar éste, los residentes puedan gozar de una gran variedad de "atmósferas" del todo diferentes a la de su lugar de residencia específico.
Como en el caso del primer hábitat, la industria pesada de Isla Dos se emplazará en el exterior, por lo menos a unos centenares de metros de distancia, en gravedad cero.

Ya durante la construcción de las primeras islas del espacio, proseguirán los trabajos tendentes a potenciar el impulsor de masas lunar para satisfacer las demandas debidas al incremento de la producción de bienes exportables, así como de las comunidades adicionales. Una estación de energía solar será instalada quizá en el pico de una montaña en el polo Norte o Sur de nuestro satélite, donde la luz del sol será asequible ininterrumpidamente. Un tendido de conducción desde el polo a la mina lunar permitirá que el impulsor de masas doble su rendimiento, sin que se haga necesario cambio alguno en la propia máquina.
Para cuando se inicien las obras de construcción de Isla Dos puede que haya ya más de una mina en explotación en la superficie de la Luna. Hasta es posible que haya sido instalada allí una pequeña industria con el fin de fabricar tantos impulsores de masas como unidades solares generadoras de energía para su alimentación. A la larga éste será el modo de reducir gastos de envío desde la Tierra hasta dejarlos en un valor muy bajo (unos pocos centavos por kilogramo). Cabe también que para entonces estemos explotando ya las vastas reservas contenidas en los asteroides; y no mucho más tarde, si los estudios económicos lo revelan adecuado, es posible que cerremos las minas de la Luna, las cuales pasarán a la posteridad como auténticas ciudades fantasma.

El esquema económico, muy prudente, desarrollado en el curso de nuestros primeros estudios acerca de la viabilidad de la producción en el espacio, se basaba en un tiempo de duplicación de aproximadamente cuatro años en relación con el número de comunidades existentes en Isla Uno, de modo que al cabo de quince años la población espacial sumaría más de cien mil personas. Esta cifra, por cierto, sería la necesaria para satisfacer todas las demandas de Estados Unidos en cuanto a nueva capacidad generadora a principios del siglo próximo. Parece probable, con todo, que para entonces -si no antes- las comunidades espaciales sean las responsables de suministrar nueva capacidad generadora a todas las naciones de la Tierra que la necesiten. Como regla general, una comunidad de Isla Uno totalmente dedicada a la industria pesada podría producir unas 200.000 toneladas de productos acabados cada año; más de dos estaciones de energía, si no tuviera otras ocupaciones. Las necesidades mundiales para comienzos del siglo venidero se cifran en cincuenta o más grandes estaciones SSPS cada año, de manera que puede que no diste mucho el momento en que la población del espacio supere el millón de personas.

Si la automatización se lleva hasta el extremo de que todas las operaciones repetitivas son ejecutadas por una reducida plantilla, el tiempo de reproducción, aun para hábitats del tamaño de Isla Dos, podría ser de tan sólo dos años. Las condiciones de L5 parecen haber sido hechas a la medida para semejante desarrollo: gravedad cero para el montaje de grandes objetos por medio de máquinas ligeras; ausencia de climatología, de modo que la producción computadorizada no tendrá que someterse al albedrío de las variaciones estacionales y peligros meteorológicos; energía ilimitada, y una labor que consiste de la repetición, miles de veces, de las mismas operaciones de montaje con estructuras idénticamente sencillas.

Si se alcanza la escala de tiempo más rápida posible, a los quince años del inicio de la construcción pueden ser ya muy numerosas las comunidades establecidas en L5, con centenares de miles de residentes que vivan y trabajen en el espacio. Espero que se cuente entre ellos a viejos y a jóvenes, al igual, claro está, que gentes en edad productiva. Durante esos años, la venta, cesión o donación de estructuras tipo Isla Dos a guisa de establecimientos industriales "clave" me parece sumamente posible. El coste de semejante hábitat no tendría que ser mucho más elevado que el de la Isla Uno original, puesto que para entonces la fuerza laboral presente en L5 será muy numerosa y capaz, por tanto, de producir toda clase y cantidad de maquinaria y pertrechos que puedan hacer falta para proseguir la construcción; sólo el hidrógeno líquido, y posiblemente nitrógeno y carbono, tendrán que ser importados aún desde la Tierra.

Para una nación o consorcio de naciones en vías de desarrollo, el período de construcción de varias Islas Dos será de gran interés y propicio en oportunidades. Para una nación que cuente con mil millones de habitantes (dentro de dos o tres decenios habrá por lo menos dos naciones de esta envergadura) una comunidad espacial para 140.000 personas podría ser adquirida, en un plazo de diez años, por un coste equivalente a unos pocos dólares por persona y año. Como cabeza de puente en el espacio desde la que pudiera tener lugar una proyección consiguiente hacia nuevos destinos sin necesidad de contar con capital extranjero adicional, semejante comunidad sería una interesante inversión, en especial cuando se considera la posibilidad de su crecimiento exponencial. Es pura conjetura, pero da que pensar que con un tiempo de duplicación de dos años para los nuevos hábitats una nación de mil millones de habitantes que comprara una estructura Isla Dos obtendría en sólo dieciocho años un ritmo de incremento de nuevas tierras en el espacio suficientemente rápido para absorber un crecimiento demográfico hasta del 4 por ciento anual. Más adelante exploraré con más detalle esta posibilidad; por el momento fijemos nuestra atención en la clase de vida que bien pudieran llevar los pioneros fundadores de Lagrangia.

   

Perdón por la interrupción

La Ley me obliga a darte el siguiente

Aviso Legal

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación.

Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.

Si lo desea, puede Ampliar Información

Aceptar Cookies

Bienvenidos a MasLibertad | ¿Quién soy yo? | Cartas al Autor | Aviso Legal sobre Cookies