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Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill. Capítulo 8: El Primer Nuevo Mundo

Creada31-03-2013
Modificada30-05-2015
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Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill

El Primer Nuevo Mundo

La primera comunidad espacial lo suficientemente grande como para constituir una poderosa base industrial, capaz de elaborar productos de valor en cantidades lo bastante copiosas como para proporcionar beneficios económicos de importancia para la Tierra, requerirá una población de por lo menos algunos millares de personas.

Una estación espacial, base sólo de unos pocos astronautas, sería con mucho demasiado pequeña para implantar un verdadero programa de producción. La construcción de un hábitat de cierto relieve requerirá el aprovechamiento de las ventajas que entraña la gran escala. Hasta el momento, la experiencia de la exploración espacial ha revelado que los costes de desarrollo de un nuevo sistema de vehículo tienden a ser subestimados, en tanto que los ahorros vinculados a la escala de producción, cantidad y tamaño suelen ser insuficientemente aprovechados. Más allá de cierto límite inferior, el coste de transporte de mayor tonelaje a determinada órbita queda vinculado exclusivamente al de las operaciones de lanzamiento adicionales, las cuales resultan menos costosas a medida que los sistemas ya desarrollados son reproducidos y se progresa en la curva de aprendizaje de su ejecución. De ahí que no cueste diez veces más el establecimiento en el espacio de una colectividad diez veces mayor. No podemos decir con toda seguridad qué número mínimo de personas será necesario instalar en el espacio para alcanzar el "punto de ignición", es decir, el nivel en que podrán generar nueva riqueza con rapidez suficiente para que su ulterior desarrollo no requiera de subsidio alguno de la Tierra; con todo, los estudios efectuados apuntan que ese llamado momento de ignición se alcanzará cuando la población del espacio alcance la cota de 10.000 personas. Si éstas se revelan tan productivas como otras tantas que trabajen en la Tierra en la industria pesada, el volumen de productos a ellas debidos cada año tendría una masa superior a la de varios transatlánticos.

Fijándonos ahora en los detalles prácticos de la construcción de Isla Uno, hemos de tener presente en todo momento la diferencia existente entre ciencia ficción y realidad, el contraste, en suma, entre tecnología práctica e imaginación sin freno. Hemos de depender exclusivamente de los conocimientos técnicos actuales, de máquinas que podemos construir ahora, dentro del límite de nuestros conocimientos y a costes calculados con todo realismo. La escala de tiempo adquiere especial importancia. Isla Uno no nos será útil a menos que su construcción pueda proceder con gran celeridad, lo cual nos sitúa en lo que los profesionales llaman sistemas de lanzamiento de vehículos a "plazo inmediato"; en nuestra labor de diseño debemos restringirnos, por tanto, a consideraciones eminentemente prácticas y económicas.

En los primeros días de un programa de construcción, el capítulo de la acomodación y condiciones de vida será más bien austero y sencillo; las amenidades vendrán más tarde. Hemos visto esta circunstancia repetida en la construcción del ferrocarril transcontinental en el siglo pasado y en la apertura de los campos petrolíferos árabes en los últimos decenios. Para cuando la población establecida ya en el espacio alcance el punto que hemos llamado de ignición, parece lógico suponer que se ejercerán fuertes presiones para pasar de los hábitats modulares de tipo apartamento individual a algo más grande y con condiciones más similares a las de la Tierra.

Ofreceré seguidamente una "prueba de existencia", una demostración de que existe ya un diseño viable y práctico para albergar cómodamente y con plena seguridad a una población de 10.000 personas en el espacio. Pero nadie estará más sorprendido que yo si para cuando sea completada Isla Uno resulta semejante a los esbozos que presentamos ahora. Puede que incluso discrepe totalmente en tamaño y población. Y si nos basamos en la experiencia humana casi universal acerca de los proyectos de construcción a gran escala, lo probable será que resulte más pequeña y de un coste mucho más elevado que el previsto. Conscientes de ello desde el principio, hemos de poner cuidado en desarrollar el diseño de Isla Uno, de manera que eventualmente pueda ser reducido de escala.

Para las estimaciones hechas -con gran prudencia- sobre productividad agrícola, necesitaremos una superficie de cultivo aproximadamente igual a un cuadrado de 800 m de lado. No hay razón alguna para que esa zona agrícola sea más espaciosa o más bella: a la planta le da igual estar bajo techado o a cielo abierto con tal de que cuente con luz solar, agua, suelo y nitratos en proporción adecuada.

Las plantas son relativamente insensibles a la radiación, de manera que no será necesario dotar a los campos de cultivo de protección alguna contra la misma. Sin embargo, al principio y antes de que dispongamos de suficiente experiencia, puede que convenga cultivar nuestros productos agrícolas en las propias zonas habitacionales, donde contarán con pleno amparo frente a los rayos cósmicos y posibles erupciones solares.

Granjas y Cultivos en Ciudad EspacialUn diseño muy acertado para las zonas agrícolas, consiste de una serie de segmentos de anillos (toros) unidos para formar extensos campos situados al mismo nivel. Máquinas cosechadoras y sembradoras tan grandes como las mayores que puedan verse en las vastas llanuras del Oeste de Estados Unidos, podrán moverse libremente en semejantes campos. La luz solar penetrará a través de ventanales de vidrio, y el aspecto del conjunto no diferirá gran cosa del de un invernadero. En comparación con otras alternativas, este diseño requerirá tan poca masa estructural que la eficiencia de la productividad agrícola carecerá de importancia: si después de investigaciones adicionales se considera necesario doblar la superficie destinada al cultivo, el cambio apenas contribuirá al total de masa estructural de Isla Uno.

Hace ya más de un siglo que el Príncipe Alberto, consorte de la Reina Victoria, se puso al frente de un distinguido grupo de industriales británicos para el diseño y realización de la Exposición Internacional de 1851. El logro principal de la misma era el llamado Palacio de Cristal, airosa y leve estructura de vidrio sobre módulos de hierro. Tan ligero y bien diseñado era el Palacio de Cristal, que fue montado en un plazo de pocos meses por una cuadrilla de operarios relativamente reducida; contenía una preciosa avenida de árboles y suficiente espacio libre para la exposición de variados productos. Nuestra forma geométrica multitoral para las zonas agrícolas se parece muchísimo al mencionado palacio, incluso en su techo abovedado de vidrio.

Como en el caso de la agricultura de elevado rendimiento en la Tierra, la mayoría de las tareas agrícolas serán mecanizadas, de manera que la protección antirradiación para los manipuladores de los tractores y cosechadoras puede ser incorporada a las propias máquinas.

La industria ligera, propia de taller artesanal, puede emplazarse en el interior del espacio habitacional; la pesada, en cambio, hará uso ventajoso de las condiciones agravitatorias del espacio libre.

Los requisitos de diseño relativo a las zonas habitacionales de Isla Uno son muy rigurosos. El hábitat debe poder admitir fácilmente la luz del sol, pero estar debidamente protegido de las radiaciones cósmicas; ha de suministrar vastas perspectivas en un ambiente cómodo y agradable para evitar toda sensación de claustrofobia. Idealmente, tendría que contar con fácil acceso a lugares de gravedad nula, totalmente protegidos de la radiación, donde pudieran practicarse juegos y deportes. Por razones de seguridad no debería depender del transporte mecanizado: en el caso de que sobreviniera una inesperada situación de urgencia habría de ser posible desplazar a la totalidad de la población a los puntos de embarque o evacuación sin asistencia mecánica. Y, por último, el hábitat ha de resultar económico en cuanto a masa, tanto estructural como con fines de protección.

La superficie territorial de un hábitat para 10.000 personas puede ser estimada en base a consideraciones de "espacio individual" y a la experiencia habida en pequeñas ciudades de la Tierra. Una comunidad típica con apartamentos y zonas verdes en Estados Unidos proporciona, con sus piscinas, pistas de tenis y jardines, unos 45 m2 de terreno libre por persona. Sirva como comparación el que la ciudad de San Francisco, promediando sus zonas residenciales y verdes, proporciona a cada habitante la mitad de esa superficie, y algunas de las atractivas comunidades francesas e italianas pintorescamente establecidas en las laderas de colinas sólo la quinta parte como mucho.

Una posible forma geométrica que satisface todos esos requisitos es ciertamente sencilla y estructuralmente robusta: una esfera de un kilómetro y medio de circunferencia, con ventanas que permitan la entrada de la luz solar. Si la esfera gira a razón de dos revoluciones por minuto, la gravedad será terranormal en el ecuador, en cuyas proximidades pueden emplazarse la mayoría de los módulos o apartamentos habitacionales. En las "líneas de latitud" de cuarenta y cinco grados, a mitad de camino, superficie interna arriba partiendo del ecuador, la gravedad sería inferior en treinta por ciento a la normal en nuestro planeta. Esta variación con respecto a las condiciones terrestres puede constituir nuestro "límite de diseño" autoimpuesto hasta que acumulemos más experiencia en lo tocante a la tolerancia fisiológica.

En semejante ambiente cada familia de cinco miembros puede contar con un apartamento propio tan grande como una vivienda espaciosa (230 metros cuadrados de planta) y con un jardín de la cuarta parte de esta área bañado por el sol. Disponiendo los apartamentos de manera escalonada, sólo una pequeña fracción de la superficie esférica total por debajo de la latitud de los cuarenta y cinco grados necesita ser dedicada a jardines privados, quedando libre la mayor parte del resto para parques, comercios, pequeñas glorietas arboladas, arroyuelos y otros espacios asequibles a todos los habitantes.

La luz solar penetrará en el hábitat a lo largo de un día establecido en su duración a gusto de los colonos y siempre con un ángulo fijo. Ello permitirá que cada una de las habitaciones y dependencias de los apartamentos cuenten con luz natural durante toda la jornada. En la Tierra, un pasaje entre edificios recibe sol, por ejemplo, tan sólo durante unos minutos cada día; no será éste el caso en el espacio, donde cada ventana puede orientarse hacia un mini-jardín privado bañado por la luz solar.

El ecuador parece el lugar ideal para el emplazamiento de un río de escasa profundidad y perezosos movimientos, que se ensanche aquí y allá en pequeñas lagunas más profundas indicadas para la práctica de la natación. Las playas pueden ser de arena lunar, y a poca distancia de ellas, rodeados de frondosa espesura, pueden disponerse vericuetos y vías para pasear sea a pie, en bicicleta o a la carrera.

Si examinamos los detalles estructurales observamos que el emplazamiento óptimo de las ventanas se encuentra en las proximidades del eje de rotación, donde sólo adquiere importancia la carga debida a la presión, mientras que la gravedad impondrá pocas demandas a la estructura. La esfera no será, con todo, una cáscara frágil. Su pared de aluminio será semejante a la coraza de un navío acorazado, alcanzando unos veinte centímetros en el ecuador.

Cerca del eje de rotación pueden emplazarse asimismo las piscinas en condiciones de escasa gravedad, así como los "hangares" para las aeronaves a propulsión muscular. El trasladarse a ellas desde el ecuador será equivalente a ascender una colina de suaves laderas, y no llevará más de veinte minutos.

Para un volumen dado, la esfera es la forma geométrica con menos área. Esto es importante para reducir a un mínimo la masa necesaria para la protección anticósmica, que puede construirse, por razones económicas, a base de tierras lunares o escorias industriales contenidas entre delgadas superficies esféricas, a pocos metros de distancia del hábitat en rotación. Con semejante estructura es posible hacer llegar la luz solar natural al hábitat, simplemente con el concurso de espejos estacionarios en el espacio. Sólo mucho más tarde en la historia de las comunidades espaciales se hará necesario que los ingenieros se ocupen del problema más complejo de disponer espejos asimismo giratorios.

En presencia de una cobertura completa tal debe proveerse, naturalmente, a la eliminación del hábitat del calor creado en su interior por la entrada de luz. Una solución fácil podría ser la instalación de grandes corredores axiales dentro de un caparazón cilíndrico. La circulación de aire a través de ellos transmitirá el calor a radiadores externos; al mismo tiempo, estos corredores servirán de cauce a la traslación de personas y carga en condiciones agravitatorias entre las industrias y los muelles exteriores.

Interior de Ciudad Espacial Esférica Si así se desea, no habrá dificultad alguna en separar la esfera visualmente en tres "pueblos". Esta disposición permitirá establecer un régimen de diurnidad/nocturnidad diferente para cada uno de ellos, lo cual habrá de facilitar asimismo el logro de una eficiencia y comodidad que nos han sido eternamente negadas en la Tierra: para obtener el máximo rendimiento de nuestras máquinas, plantas de proceso químico y demás instalaciones industriales, su funcionamiento ha de ser continuo. En nuestro planeta ello implica someter a las personas a turnos de noche que nadie, en general, cumple con gusto. En Isla Uno, en cambio, tres pueblos pueden quedar sujetos a regímenes horarios con intervalos de ocho horas entre sí, de modo que las industrias puedan funcionar ininterrumpidamente sin que nadie se vea forzado a someterse a un "turno de noche".

Con miras a lograr la mayor sencillez estructural queremos evitar en nuestro diseño toda compartimentación; el hábitat debe girar como unidad, con el aire circulando en un único continente de presión. Combinando la estructura tipo Palacio de Cristal de las zonas agrícolas con una esfera habitacional central, llegamos al concepto de diseño que llamamos Isla Uno.

Tamaño comparativo de Isla 1 La masa estructural de ésta ha sido estimada mediante cálculos muy complejos y rigurosos en el curso de varios estudios al efecto, y se ha llegado a la conclusión de que puede ascender a la de un gran transatlántico como el Queen Elizabeth II, es decir, a unas 100.000 toneladas. Edificios, terrenos y atmósfera supondrán varias veces esta cantidad, e incluso contando con el diseño más simple y eficaz, la cobertura de protección sumará otros tres millones de toneladas.

En suma, Isla Uno será pequeña, pero mucho menos atestada que muchas ciudades de la Tierra, y ciertamente atractiva como lugar de vida. Los habitantes podrán contar con apartamentos de rango palaciego en comparación con los estándares comunes en nuestro planeta; cada uno poseerá su jardín propio, bañado diariamente por la luz del sol, que le llegará con un ángulo similar al de la media mañana. Incluso considerando los límites de Isla Uno, los residentes dispondrán de algún que otro río o lagunas donde bañarse y practicar deportes náuticos. El río permitirá asimismo una posibilidad que algunos no dejarán de explotar: un recorrido en balsa, llevados por la corriente que discurrirá sucesivamente por las presas, filtros, zona de bombeo, etc., en viaje de circunvalación en torno a la circunferencia del cilindro.

Incluso en Isla Uno podrán hacerse reales esas nuevas opciones del vuelo a propulsión humana y de la natación y buceo en condiciones de baja gravedad, mientras que la impresión general será de verdor, exuberancia de árboles y plantas de aromáticas flores, en fin, de la belleza propia, por ejemplo, del clima hawaiano (de ser éste el que goza del favor de los residentes). La industria pesada puede ubicarse en el exterior, pero a poca distancia, de modo que no será necesario disponer de vehículo alguno de velocidad superior a la de una bicicleta. Isla Uno girará aproximadamente una vez cada treinta y un segundo para proporcionar una gravedad semejante a la de la Tierra en las zonas residenciales. Sólo cuando se trabaja fuera del hábitat se estará en condiciones agravitatorias. Con todo, la rutina de la ocupación diaria hará que el cuerpo conserve su adecuado tono muscular y energía saludable.

El emplazamiento de Isla Uno se hallará a suficiente distancia de la Tierra y de la Luna para librarse de eclipses frecuentes; así, la comunidad podrá disponer de su energía solar gratuita continuamente. Por otra parte, es de desear que no se encuentre excesivamente lejos de la Tierra, para que el transporte no resulte oneroso y difícil; pero tampoco tan cerca como los cinturones de radiación de Van Hallen que rodean nuestro planeta. Una vez considerados todos los aspectos logísticos, la mejor situación puede que corresponda a una elevada órbita circular con un período de varios días, a cierta distancia en dirección a la Luna. Pero se presenta asimismo otra posibilidad de elección, atractiva matemáticamente, que ha sido intensamente estudiada durante algún tiempo: se trata de una órbita excéntrica con un período de dos semanas, justo la mitad del de la Luna. Y aun antes, aquellos de nosotros interesados en la respuesta a la cuestión, "¿dónde se emplazará la colonia?", habíamos considerado un punto de la órbita de la Luna llamado L5, la quinta de varias posiciones en el espacio cuyas propiedades fueron descritas en primer lugar por el matemático y físico franco-italiano Joseph Louis Lagrange (1736-1813). En palabras de la Encyclopaedia Britannica, edición de 1911:

Dio prueba del persistente vigor de su capacidad ganando en 1764 el premio ofrecido por la Academia de Ciencias de París para el mejor ensayo sobre la oscilación de la Luna.
Su éxito animó a la Academia a proponer en 1766 como tema de concurso la hasta entonces no debatida teoría joviana. El premio fue nuevamente concedido a Lagrange, quien obtuvo asimismo igual distinción con sus ensayos acerca del problema de tres cuerpos en 1772, sobre la ecuación secular de la Luna en 1774, y en 1778 sobre la teoría de las perturbaciones cometarias.

Lagrange se sirvió de la teoría de la gravedad desarrollada por Newton para investigar las propiedades especiales de dos puntos únicos en la órbita de Júpiter. Uno de ellos precedía al planeta en sesenta grados en su órbita alrededor del Sol, en tanto que el otro lo seguía a igual distancia. Lagrange llegó a la conclusión de que se trataba de puntos estables, en las proximidades de los cuales cualquier objeto con situación y velocidad iniciales correctas permanecería fijo para siempre. A partir de entonces esos puntos fueron conocidos como L4 y L5, es decir, 4.° y 5.° de Lagrange, y se obtienen como solución de lo que los físicos llaman el problema restringido de los tres cuerpos. Años más tarde diferentes observaciones por medio de telescopios primitivos revelaron que había varios asteroides "atrapados" cerca de los puntos de Lagrange. Se les conoció a partir de entonces como "asteroides troyanos".

Posiciones de los Puntos de Lagrange Si deseamos valemos de los puntos de Lagrange correspondientes al sistema Tierra-Luna, bien como ubicación de las colonias bien como posible emplazamiento de materiales útiles que pudieran ser "anclados" en ellos, nos tendremos que enfrentar con unas matemáticas harto más difíciles. Habrá que resolver no un problema de tres cuerpos, sino de cuatro, ya que el Sol, pese a su lejanía, afecta poderosamente las órbitas próximas a la Tierra a consecuencia de su enorme masa.
Afortunadamente el problema ha sido ya resuelto, ¡justo a tiempo! En 1970, A. A. Kamel, alumno del profesor John Breakwell en Stanford, obtuvo su doctorado en ingeniería publicando una tesis con el impresionante título "Perturbation Theory Based on Lie Transforms and Its Application to the Stability of Motion Near Sun-perturbed Earth-Moon Triangular Libration Points". (Teoría de la perturbación, basada en transformaciones de reducción y su aplicación a la estabilidad de movimiento en las proximidades de los puntos especiales del sistema Tierra-Luna afectado por el Sol). El estudio del doctor Kamel, quien nos proporciona en elegante fórmula matemática la solución ya obtenida por la fuerza bruta de la reiteración del cálculo mediante ordenador, nos dice que en el sistema Tierra-Luna L4 y L5 han dejado de ser puntos estables, aunque han venido a ser sustituidos por algo igual de bueno: regiones estables en órbitas de dimensiones muy grandes en torno a L4 y L5, con un lento ciclo de ochenta y nueve días. Las propiedades de L4 y L5 son tan peculiares que una sociedad ha tomado incluso el nombre de L5, que usamos asimismo a menudo por conveniencia para referirnos a "cualquier órbita por encima de los cinturones de radiación de la Tierra y no más lejos que la Luna".

Resulta ya característico del problema mecánico-orbital que los especialistas en la materia se nos presenten con frecuencia armados de numerosas hojas de cálculos para hablarnos entusiásticamente del reciente descubrimiento de una nueva órbita, mejor que las conocidas hasta el momento. Ha ocurrido ya tantas veces que nadie en sus cabales se atrevería a apostar acerca del emplazamiento futuro de Isla Uno. De lo que sí podemos tener suficiente seguridad es de que en órbita elevada hay bastante espacio libre para albergar a una población muchas veces mayor que la de la Tierra. No hay que temer, dicho sea de paso, que nuestra vecindad local, el sistema Tierra-Luna, resulte un día masificado. Las comunidades espaciales pueden ser situadas en órbitas prácticamente de cualquier región de nuestro sistema solar, donde, mediante una adecuada disposición de espejos, gozarían de la misma intensidad de luz de que disfrutamos (en días soleados) en nuestro planeta.

Podemos establecer una escala de referencia en cuanto al coste económico -de inversión de capital- necesario para Isla Uno, en base al del más ambicioso proyecto espacial hasta el presente llevado a la práctica: el Apolo. La aventura, que con seguridad seguirá siendo recordada mucho después de que la miseria y los horrores de nuestro siglo hayan sido enterrados definitivamente en los libros de historia, costó unos cincuenta mil millones de dólares en moneda de 1978, es decir, una cifra intermedia entre la de los "años Apolo" de la década de los sesenta y la correspondiente a presupuestos semejantes para finales de 1980, fecha probable del nacimiento de Isla Uno. El proyecto Apolo se inició en un momento en que el talante nacional era notablemente diferente de como es ahora: teníamos confianza en nuestra capacidad, éramos testigos del rápido incremento de nuestro nivel de vida, nuestra moneda era fuerte y preciada por doquier y no se nos ocurría pensar en que pudiera haber límites a la continuación de nuestro desarrollo. Aunque el medio ambiente se iba deteriorando progresivamente de resultas de las actividades industriales, cada vez más complejas y desmesuradas, y del efecto de nuestro sistema de transporte, la mayoría de nosotros no nos preocupábamos por ello.
Ahora, esos factores positivos se han invertido. Las décadas de los sesenta y setenta han sido marco de numerosas desilusiones, de deceleración en el desarrollo económico, al que se ha sumado la inflación y de escasa variación meliorativa en los niveles de vida de los pueblos. Poco después del primer alunizaje Apolo, en 1969, atravesamos un período de profunda desconfianza ante todo lo tecnológico, y es posible que jamás volvamos a volcar nuestra fe en la técnica de manera tan libre de reservas como hiciéramos en los años cincuenta. Puede que ello sea para bien. Nuestro poder físico ha crecido tanto que deberíamos examinar cuidadosamente y con ánimo extremadamente crítico toda nueva opción técnica, no sea que entrañe riesgos imprevistos.

Para tener éxito en estos tiempos de grave inquietud económica todo nuevo programa ha de ser productivo; no sólo ha de conllevar la amortización segura de la inversión inicial, sino que debe generar nuevas riquezas. Tal como estimamos ahora, el primer beneficio del desarrollo de las comunidades espaciales consistirá en la posibilidad de suministrar energía eléctrica de bajo coste a la Tierra. De ahí que proceda analizar la escala de inversión propia de toda industria productora de electricidad, la estimación de cuánto costaría la implantación de un programa de producción en el espacio y, sólo entonces, el considerar comparativamente las cifras respectivas.

En 1975 la capacidad generadora total en los Estados Unidos alcanzaba unos quinientos Gw (quinientos gigavatios = quinientos mil megavatios). Cuando en 1974 se produjo la primera carestía leve de energía, fueron emprendidos varios trabajos de investigación con objeto de estimar en qué medida tendría que aumentar dicha capacidad durante el cuarto de siglo restante. En la mayoría de esos estudios se partía del supuesto de que los gastos de conservación y los de coste, crecientes éstos, limitarían los incrementos de consumo y producción eléctrica a menos del siete por ciento anual, tasa corriente en la década de los años sesenta.
Un equipo formado por el Instituto de Ingenieros Eléctricos y Electrónicos resumió en un informe especial doce de dichos trabajos o predicciones. Conforme a sus conclusiones la capacidad generadora instalada en el país debe cuadruplicarse, para alcanzar la cuota de los 2.000 Gw para finales de este siglo, lo que viene a significar un incremento anual de más del cinco por ciento.

Para satisfacer esta demanda, las instalaciones eléctricas nacionales deberán invertir en este cuarto de siglo unos ochocientos mil millones de dólares, es decir, a razón de 5,30 dólares por kilowatio, en el caso de tratarse de plantas generadoras alimentadas con carbón; las nucleares costarían mucho más. Ochocientos mil millones de dólares es casi equivalente al producto nacional bruto por año; representa casi veinte veces más que el coste de la totalidad del proyecto Apolo en su decenio de existencia.

Si efectivamente el establecimiento de una instalación generadora en el espacio es posible, si en verdad pueden ser procesadas las materias primas extraídas de la superficie lunar, ¿qué inversión sería necesaria para llevar a cabo semejante proyecto? Contamos ya con algunas estimaciones de presupuesto. Una de ellas, progresivamente revisada y puesta al día, se la debemos al Centro Marshall de vuelo espacial dependiente de la NASA. Otra, basada en cálculos realizados por ésta en cuanto a costes de lanzamiento, pero independiente en todo lo demás, ha sido publicada por un grupo de estudio ocupado en un programa conjunto de la NASA, la American Society for Engineering Education y la Stanford University. Un año más tarde otro grupo, auspiciado enteramente por la NASA, procedió a una investigación aún más detallada en cuanto a tiempos y costes de construcción.
Todas esas estimaciones respondían a unos cálculos relativamente directos, es decir, sin hacer uso de las ventajas inherentes a la posibilidad de construir en el mismo espacio, con los consiguientes ahorros. Con todo, la concordancia fue prácticamente general en torno a un total de cien mil millones de dólares, es decir, una fracción tan sólo de la inversión que deberán efectuar las compañías de energía eléctrica para satisfacer las demandas futuras.

Esos diferentes presupuestos han concordado porque no se ha tenido en cuenta la eventualidad de que se produzca paso alguno importante en el progreso tecnológico. Una vez quedó establecido el tonelaje que debía ser enviado al espacio, la inversión total fue calculada en base a costos de lanzamiento ya conocidos, así como los inherentes a la gerencia y administración, sobre los cuales se ha acumulado sobrada experiencia en el curso de los programas espaciales de estos últimos años.

El coste implicado sería, por lo tanto, de unas dos veces el correspondiente a la totalidad del proyecto Apolo. ¡Y no hemos hablado aún de otras posibilidades existentes en lo tocante a disminución de costes! Aunque retrospectivamente el proyecto Apolo se nos antoja una misión de exploración vitalmente necesaria, esencial para cualquier propuesta seria sobre explotación de los recursos lunares, parece claro que el establecimiento de una planta productora en el espacio proporcionaría rendimientos mucho más cuantiosos: hablamos de unas instalaciones de fabricación con una plantilla fija y autónoma de hasta 10.000 personas, no de una breve serie de audaces iniciativas científicas a cargo de menos de una docena de hombres. La razón de que se contemple dicho incremento de beneficios obedece a determinados avances pos-Apolo en los sistemas de transporte y, fundamentalmente, al llamado "bootstrap process", consistente en la utilización de los materiales y recursos energéticos del propio espacio para construir capacidad productiva.

Podemos darnos cuenta inmediatamente de que si fuera necesario llevar desde la Tierra los materiales para la construcción de Isla Uno el coste de semejante operación sería prohibitivo. Un cohete Apolo, que cuesta varios centenares de millones de dólares y que debe ser totalmente desechado tras su utilización, podría poner en órbita cargas diversas, es cierto, pero a un coste de varios miles de dólares por kilogramo. Para alcanzar L5 con tales medios habría que gastar varias veces más (cada kilogramo enviado a la Luna en los días de Apolo vino a costar tanto como un lujoso automóvil deportivo, unos 20.000 dólares).

Incluso haciendo un alarde de optimismo y pensando que con los años y mediante inversiones de miles de millones de dólares nos habría de ser posible lanzar cohetes a cien veces menos del coste de los viejos Apolo, el transporte de los materiales necesarios para construir una colonia espacial a partir de la Tierra seguiría siendo prohibitivo. Sólo para la coraza de protección los costes de transporte representarían una gran porción de nuestro producto nacional bruto. Está claro, pues, que el pensar siquiera en ello es absurdo.

El proyecto Skylab de principios de la década de los setenta proporcionó una considerable cantidad de información científica y técnica, avanzando notablemente nuestros conocimientos sobre los efectos de la permanencia e ingravidez consiguiente de los humanos en el espacio. Los componentes propulsores eran básicamente, no obstante, iguales a los usados para el proyecto Apolo, de modo que no supuso gran cosa en cuanto a progreso en el sentido de cómo desplazar grandes cargas a bajo coste. Actualmente la NASA dedica sus mayores esfuerzos a un proyecto que llevará la cohetería de propulsión química a un grado de enorme complejidad: se trata del programa del Transbordador Espacial. Este vehículo no es sino una nave alada, de ubicación orbital, destinada principalmente a misiones científicas en órbita baja alrededor de la Tierra. Ha sido diseñada de modo que sea posible su reutilización, por lo menos en parte, y de manera que sea posible el envío y recuperación de instrumentos científicos pesados a y desde el espacio. En el curso del desarrollo de dicho transbordador, la NASA dedica especial estudio y varios miles de millones de dólares al ensayo y perfeccionamiento de los llamados "SSME" o motores principales del transbordador espacial (space-shuttle main engines). Estos no son descomunalmente grandes, como fueran los del Saturno 5 que impulsara los vuelos Apolo, pero sí mucho más eficaces. Operan a la presión interna máxima que permiten los materiales modernos y a temperaturas próximas al límite soportable por cualquier material. Pasará algún tiempo antes de que la cohetería química pueda rebasar las cifras de rendimiento de semejantes SSME.

Dicho transbordador espacial ha sido concebido como vehículo de dos fases, la primera de las cuales la componen dos cohetes de combustible sólido que una vez agotados habrán de descender suavemente con paracaídas al océano, donde serán recuperados para su ulterior reutilización (sólo la experiencia nos dirá en qué medida será ello posible).

La NASA ha venido estudiando ya desde hace algún tiempo diferentes vehículos de carga concebidos a partir del diseño de los motores del transbordador. Se trata del HLV, en la jerga de los especialistas, o vehículo de elevada carga derivado del transbordador (High-Lift Vehicle). No necesariamente tripulado, que cumpliría una función impulsora, y podría situar hasta cien toneladas de carga en órbita baja alrededor de la Tierra. No sería un gran vehículo: su altura en la pista de lanzamiento sería de aproximadamente la mitad del Saturno 5 usado para el proyecto Apolo. Dados los adelantos que se presumen, su rendimiento sería mayor que el del Apolo, componiéndose su primera fase de motores de combustible sólido y la segunda de SSME. Se ofrecen, no obstante, algunas alternativas. En la situación actual los motores de la primera fase podrían ser activados mediante combustible líquido: petróleo o amoníaco y oxígeno líquido. Especialmente en el segundo caso, la descarga de contaminantes en la atmósfera sería más bien escasa; por otra parte, el combustible sería más barato que en el caso de recurrir a materiales sólidos. En cualquier caso, el HLV puede ser construido a bastante corto plazo, aprovechando los grandes esfuerzos ya invertidos en el desarrollo de los SSME.

La NASA habla actualmente de un coste de aproximadamente 20 millones de dólares para el lanzamiento de un transbordador, incluyendo la recuperación completa y reutilización del material. Los SSME costarían ya varios millones de dólares cada uno, de modo que sería necesario lograr su recuperación de la propia órbita. Los últimos diseños de HLV muestran los SSME montados en la coraza de reingreso, de modo que una vez situada la carga en la órbita establecida, los motores pudieran ser recuperados por frenado atmosférico seguido del disparo de paracaídas, tal como ya se hiciera felizmente con el módulo de mando del Apolo con los astronautas de vuelta en su interior.

Dos diseñadores profesionales de cohetes presentaron en mayo de 1975, en el curso de una Conferencia sobre Instalaciones Productivas celebrada en la Universidad de Princeton, una serie de estimaciones sobre la clase de vehículo necesario bien para alcanzar una órbita baja bien para llegar hasta L5 o a la superficie lunar. Hubert Davis, del Centro Espacial Johnson de Houston, presentó algunos datos sobre diferentes estudios de la NASA y de la industria privada en torno a diseños de HLV. A. O. Tischeler, retirado ahora tras muchos servicios a la NASA, discutió el concepto y posibilidades de un "remolcador" de propulsión química, un motor y un sistema de control suficientemente pequeño para ser instalado en órbita por un HLV para efectuar seguidamente el traslado de diversas cargas desde una órbita baja a L5. Para desplazarse desde una órbita lunar a la propia superficie de la Luna será necesario contar asimismo con un "alunizador", pequeño vehículo semejante al remolcador mencionado. Los primeros presupuestos sobre Isla Uno y sus sucesores inmediatos se basaron precisamente en la existencia de esos pequeños vehículos: el transbordador espacial, que realizó su primer vuelo libre en 1977, el HLV derivado de aquél, el remolcador y el alunizador, los dos últimos propulsados químicamente y de características perfectamente comprendidas en nuestros actuales conocimientos de ingeniería.

En la Conferencia de Princeton de 1975 se confirmó que el coste de situar una tonelada de carga en la superficie lunar sería de aproximadamente dos veces el de ponerla en L5, y que éste ultimo equivaldría a colocar una carga en órbita geosincrónica, es decir, sobre un punto fijo en relación con la superficie de la Tierra. En estudios posteriores auspiciados por la NASA y más detallados, realizados en 1976 y 1977, estas estimaciones fueron analizadas a conciencia. Ha sido verdaderamente notable el hecho de que a medida que los aspectos de ingeniería han ido quedando más perfilados, con lo que los cálculos económicos han podido efectuarse de manera más profesional, los costes del establecimiento de Isla Uno han venido descendiendo.

El trabajo más reciente consideraba un programa en el que Isla Uno era precedida de otros hábitats más pequeños, a partir de una minúscula estación espacial. Estos hábitats, los primeros que serían transportables por un transbordador como los descritos, no serían sino estacionamientos temporales para una fuerza de trabajo cuya labor prioritaria sería la de iniciar la producción en el medio espacial, de manera que el programa pudiera empezar a rendir beneficios a la mayor brevedad y, así, amortizar la inversión efectuada. Sólo cuando el programa hubiera quedado sólidamente establecido en régimen de rentabilidad sería dirigida la productividad hacia la construcción de Isla Uno. En tales circunstancias podrían pasar uno o dos decenios desde la iniciación de la producción en el espacio hasta que la construcción de Isla Uno y demás colonias fuera completa. Adoptando este curso, la inversión requerida para llegar al "punto de ignición", tras el cual los beneficios de la producción en el espacio sostendrían ya el crecimiento ulterior, se vería reducida a una fracción de la cantidad presupuestada para la construcción de Isla Uno como proyecto inicial.

Estimo que vemos ya con claridad las distintas etapas de nuestro programa de fabricación en el espacio. Podemos barajarlas de manera diversa, y con objeto de obtener el máximo rendimiento con el mínimo gasto procederemos a estudiar seguidamente cada una de las posibilidades que se ofrecen hasta que llegue el momento final de decidir la planificación última. Consideremos pues esos bloques uno a uno porque lo probable es que se hallen presentes en mayor o menor grado el programa definitivo.

Con ocasión de la Conferencia de Princeton de 1975 y en el Seminario de Verano del mismo año se efectuaron diversos cálculos acerca del tema "repostación de combustible", los cuales revelaron que cuando sea asequible en L5 oxígeno líquido derivado de materias lunares tanto el coste como el número de lanzamientos procedentes de la Tierra pueden reducirse considerablemente. De hecho, cuando se disponga de oxígeno procedente de las actividades industriales en L5 las operaciones del remolcador verán tan abaratado su coste que éste funcionará a un nivel de otro modo sólo asequible mediante el concurso de un cohete nuclear avanzado. Esta circunstancia puede que imponga que la primera industria de procesado de materiales lunares se dedique exclusivamente a la obtención del oxígeno encerrado en ellos. El ahorro potencial entrañado por el empleo de este método no ha sido incluido aún en las estimaciones de coste.
La idea de servirse del oxígeno lunar para los cohetes químicamente propulsados no es nueva, por cierto. Robert Goddard pensó ya en ella hace medio siglo, y Arthur Clarke volvió a ponerla en el candelero algunos años más tarde.

Si consideramos en detalle los aspectos económicos de la producción en el espacio, vemos que en el curso de unos pocos años deberán ser procesados varios millones de toneladas de material lunar. Con objeto de mantener acotado el coste de la inversión y para que el número de vuelos del transbordador y el HLV se mantenga dentro del "modelo de tráfico" establecido por la NASA, interesa que las instalaciones no pasen de unos cuantos millares de toneladas.
Por consiguiente, las instalaciones lunares deben lanzar en el curso de algunos años mil veces su propio peso. Con la tecnología actual ningún cohete propulsor podría conseguirlo. Habrá que diseñar, en cambio, un dispositivo de transporte capaz de lanzar cargas desde la Luna sin necesidad de abandonar el mismo su superficie.

Antes de entrar en pormenores acerca de ese transportador, procede considerar cómo el llamado principio "bootstrap" para situar un lanzador en la Luna puede aportar un incremento en el número de hábitats espaciales y de sus productos sin más agotamiento de los recursos de la Tierra. Está claro que el primero de esos lanzadores debe ser construido en nuestro planeta, ensayado y perfeccionado aquí, y enviado a la Luna, donde deberá tener lugar su nuevo montaje. Su presencia en ella permitirá la construcción de la primera instalación productora espacial a un coste admisible. Una vez el primer hábitat haya sido colocado correctamente en L5, uno de sus primeros productos será, lógicamente, una serie de dispositivos de transporte adicionales. El coste de llevarlos desde L5 a la Luna será sustancialmente más bajo que el de hacer otro tanto desde la Tierra; como quiera que el coste total de instalación vendrá dominado por el de transporte, Isla Uno resultará el emplazamiento ideal para su producción.

A fin de librarnos de lo que Isaac Asimov llama nuestro "chauvinismo planetario" tenemos que considerar por qué la Luna, aunque necesaria como fuente de recursos materiales, es menos indicada que L5 como sede de la industria y de la colonización espaciales. Podemos incluso abonar cuantitativamente algunas razones.

  • En primer lugar el coste del transporte de obreros y de sus familias, al igual que de las máquinas y herramientas necesarias, de hidrógeno líquido, plantas químicas y una estación suficientemente grande para iniciar la construcción de un hábitat, resultaría aproximadamente el doble de lo que supondría si el punto de destino fuera L5; en consecuencia los costos de amortización serían mucho más elevados en la Luna, lo cual a su vez elevaría el precio de todos los productos de la industria lunar.
  • En segundo lugar, todos los objetos que la Luna pudiera construir tendrían que ser enviados desde ella mediante el concurso de cohetes, lo cual limitaría sus dimensiones de manera notable; por el contrario, las comunidades de L5 podrían construir objetos de hasta decenas de millares de toneladas de masa, podrían probarlos en su forma final, y trasladarlos por último a cualquier emplazamiento espacial libre para su utilización práctica. Los costes de expedición por cohete desde la Luna serían muchas veces más elevados que el transporte en el espacio mediante simples impulsores.
  • En tercer lugar, la eficacia de todas las operaciones de construcción que he asignado a L5 dependen de la disponibilidad de energía solar constante y manejable. En la Luna, ésta quedaría interrumpida dos semanas de cada cuatro. Aunque en última instancia sería posible contar con energía eléctrica en la Luna, en cualquier punto, gracias al tendido de líneas desde la zona "diurna", la electricidad resultaría bastante más cara que en L5 dado que en nuestro satélite sería necesario instalar por lo menos dos o tres estaciones solares a fin de asegurar un suministro de energía constante. El problema de proveer a la agricultura del equivalente de la luz solar y del calor necesarios para los procesos químicos durante la noche solar aumentaría, qué duda cabe, los costes operacionales en la Luna.

La gravedad representa en la Luna un problema múltiple. No puede ser eliminada, de modo que todas las posibilidades de proceso en ausencia de continente, de construcción de grandes estructuras frágiles, de fusión de elevada pureza y demás atractivos de la gravedad cero le serán negadas a la industria lunar.
La ineludible gravedad lunar presenta además otro problema a la fuerza laboral allí destacada: es demasiado leve para mantener los músculos y huesos en buenas condiciones sin que medie una rigurosa y regular tanda de ejercicios, y al mismo tiempo es suficiente para impedir la fácil obtención de gravedad por rotación. En el espacio libre y para un hábitat de tamaño modesto, el coste de la rotación necesaria para imitar la gravedad de la Tierra constituiría sólo una pequeña fracción del coste de confinar una atmósfera. Sin embargo, para lograr el mismo resultado en la Luna habría que construir una estructura relativamente pesada, sustentada sobre masivos soportes.

Cuando consideramos que todo empleado lunar tendrá que cargar con la ausencia de luz solar o con luz artificial dos de cada cuatro semanas, que el coste de su transporte a la superficie lunar desde la Tierra será de aproximadamente el doble, y que probablemente tendrá que dedicar una considerable cantidad de tiempo al duro ejercicio físico a fin de no perder tono muscular, está claro que la industria lunar lo tendrá difícil para competir con éxito con la establecida en L5. Presentará ventajas solamente para productos especializados tales como impulsores de masa y sus instalaciones de energía solar. A todas luces, pues, la Luna seguirá siendo un "confín en el espacio", similar en muchos aspectos a las colonias científicas del Ártico.

A la larga, a medida que las colonias sigan creciendo en número y tamaño, es de presumir que se extienda asimismo la estación lunar. No podrá competir con las industrias establecidas en L5 con referencia a la mayoría de productos debido a las desventajas de contar con energía solar directa de manera intermitente, a su condicionamiento a gravedad no nula para la construcción y a su mayor alejamiento en términos de transporte por medio de cohete. Contará, no obstante, con una notable ventaja para una clase concreta de productos: los destinados a ser utilizados en la propia Luna. Es probable que los primeros de tal clase sean los transportadores, seguidos de las plantas de energía solar para uso local. Es razonable pensar que a la larga esas estaciones de energía solar estarán situados en varios puntos a lo largo de la circunferencia del satélite, unidas por cables de conducción, de manera que la energía/helio/eléctrica se dé sin interrupción. Puede que se opte asimismo por localizar algunas estaciones en un elevado pico próximo a uno de los polos lunares, donde la luz solar sería asequible casi constantemente. Todas esas posibilidades quedan, sin embargo, para una etapa ulterior: al principio, las operaciones lunares se circunscribirían a un emplazamiento único, del que mineros e ingenieros no se alejarán demasiado.

A medida que se va completando nuestra imagen económica observamos que el éxito o el fracaso de todo ese concepto de producción espacial depende del principio que ha sido llamado "bootstrap" (cordón de bota) y, por consiguiente, del dispositivo de transporte que debe transferir materiales lunares a la planta procesadora y el complejo industrial sitos en L5.

Acelerador de Masas Por comodidad llamo a este dispositivo "impulsor de masa". En su concepción presente se trata de una especie de cinta transportadora sin fin. Por la acción de impulsos magnéticos inducidos mediante energía eléctrica puede acelerar un pequeño "cestillo" que contiene un compacto paquete de material lunar hasta alcanzar la velocidad de escape del satélite, 2,4 km por segundo. Seguidamente, tras las debidas correcciones finales y orientación definitiva, el cestillo liberará su carga, decelerará a una velocidad relativamente lenta y será devuelto a origen para recibir una nueva carga. La principal característica del método es que nada de valor será jamás desechado. Un cestillo puede ser muy caro y, sin embargo, gravar muy poco los costes de lanzamiento. De acuerdo con los cálculos efectuados cada uno de ellos será reutilizado con un intervalo de dos minutos. Incluso si costaran un millón de dólares por unidad, semejante coste, amortizado a lo largo de unos pocos años, añadiría tan sólo unos céntimos por kilogramo al coste de lanzamiento de material lunar al espacio.

El impulsor de masa es un dispositivo que bien podría haber sido imaginado hace un siglo, es decir, tan pronto como los físicos hubieron adquirido un conocimiento adecuado de la acción y efecto de los campos electromagnéticos. Una variante temprana aparece descrita en una publicación de hace ya veinticinco años por ese decano de los escritores de ciencia ficción (y por entonces científico activo) Arthur C. Clarke. En el Journal of the British Interplanetary Society, Clarke expuso los aspectos mecánicos básicos de un lanzamiento electromagnético desde la Luna, comparando a la vez el problema con la investigación militar a la sazón en curso acerca del lanzamiento de aviones desde los portaviones.

Tres logros han llevado la idea del impulsor de masas desde el terreno de la ciencia ficción al de la viabilidad práctica. El primero es el concepto de esos cestillos de circulación continua, lo cual podía haberse considerado en cualquier tiempo, de modo que no cejo en mis estudios a fin de hallar alguna referencia sobre el tema en el pasado. El segundo es el desarrollo, justo en el decenio pasado, de alambre superconductor a escala comercial. Sólo actualmente nos es posible construir un imán a partir de superconductores, y hacer que funcione constantemente con un elevado campo magnético en ausencia de suministro de energía. Para los cestillos, la bobina superconductora vendrá a constituir "el asa", puesto que creará una corriente constante que campos magnéticos intermitentes externos pueden captar.

El tercer logro necesario es más bien curioso: hace años que habría sido posible acelerar un objeto por medio de campos magnéticos, pero en el caso del problema del lanzamiento lunar la dificultad estriba en cómo guiarlo. A la elevadísima velocidad requerida, las ruedas se desharían en pedazos en una fracción de segundo; la fricción derrocharía excesiva energía y generaría un calor indeseado. La solución se encuentra en una idea expuesta en primer lugar por el ingeniero francés Emil Bachelet hace ya más de sesenta años. Se trata del concepto de "levitación magnética dinámica", basado en la observación de que si un imán permanente se mueve rápidamente en la proximidad de una guía conductora (que puede consistir simplemente en una especie de canaladura curva de aluminio) su campo magnético genera en dicha guía corrientes inducidas. Estas corrientes producen a su vez campos magnéticos que reaccionan repeliendo el imán y, por tanto, dan lugar a una fuerza de elevación. A mayor velocidad, más grande la fuerza de elevación inducida y menor el frenado. En el curso de los últimos años los estudios de diseño de semejante dispositivo han sido varios y cada vez más complejos, habiéndose establecido sistemas de guía con modelos de "magneplano" en diferentes países. La idea del magneplano o "vuelo electromagnético" ha surgido en el momento oportuno para su aplicación al impulsor de masas.

Si proseguimos con la construcción del impulsor lo veremos en espectaculares operaciones de pruebas en la misma Tierra. Será un tubo delgado y ligero rodeado de un devanado, de diámetro no superior a un plato de sopa, pero de muchos kilómetros de longitud. Habrá a intervalos acumuladores para el almacenamiento de energía eléctrica, y cada vuelta del devanado estará conectada a un dispositivo transistorizado que le enviará dicha energía al paso del cestillo.

Puede que nos sea dado contemplar el impulsor de masa sólo a través de una ventana, ya que habrá sido diseñado para operar en el vacío casi perfecto de la superficie lunar; así, en la Tierra sólo podrá ser sometido a sus pruebas finales en el interior de una cámara de vacío. Cerca del extremo de "inyección" el cestillo frenará su recorrido y se detendrá en una fracción de segundo; una cinta transportadora mecánica lo extraerá de la guía con fines de examen, inspección automatizada y recarga, tras de la cual tendrá lugar su equilibrado y nueva puesta en acción. Entretanto la misma cinta o banda transportadora que lo extrajo de su puesto habrá reinsertado otro idéntico, previamente cargado. Se activará la primera vuelta del devanado, y a medida que el cestillo vaya trasponiendo cada vuelta sucesiva, una luz que interrumpirá con su paso activará la espira siguiente para ir dotándolo de creciente velocidad. Ese mecanismo de haz luminoso interceptado no es otro que el que se usa para abrir y mantener abiertas las puertas de los ascensores mientras los pasajeros van acomodándose en ellos. Cuando el castillo alcanza plena velocidad empieza a frenarse un poco para liberar su carga; sufre luego una retención súbita por la acción de un devanado de deceleración y, una vez se halla ya a velocidad moderada, se le imprime una suave curva que lo devuelve al punto de partida. La carga que transporta y las sucesivas someterán al "receptor" a un esfuerzo notable, equivalente cada vez a una fuerza de más de cuatro toneladas.

Para suministrar electricidad al impulsor de masas cabe recurrir bien a una serie de células solares o a una pequeña instalación de energía nuclear. No necesitaremos gran cantidad de energía: aproximadamente una décima parte de la de un generador normal en las instalaciones energéticas de la Tierra. Los últimos estudios al respecto indican que una batería de células solares resultaría tanto más ligera que la otra alternativa, que la elección no ofrecerá dudas, pese a que sólo podría operar durante el día. Por lo que sabemos actualmente, ésa es la única ocasión y lugar, en todo el proyecto de actividad productiva espacial, en que una planta nuclear puede resultar justificada desde el punto de vista coste-eficacia.

Con sus primos los aceleradores lineales de partículas en física de elevada energía en los laboratorios de la Tierra, el impulsor de masa puede seguir actuando incluso si algunas de sus espiras sufren una avería. Se ha planeado añadir algunas suplementarias a lo largo del recorrido del sistema, de manera que si bien normalmente estas vueltas extranumerarias permanecerán inactivas, de producirse el fallo de alguno de los componentes una o más de las reservas resultará inmediatamente puesta en acción, de modo que el impulsor de masas pueda, seguir operando con plena fiabilidad. Durante el período de mantenimiento, probablemente durante la noche lunar, la cuadrilla encargada del mismo inspeccionará el sistema y repondrá, de ser preciso, los elementos defectuosos.

En todo el proyecto de producción espacial cada uno de los factores integrantes, excepto el impulsor de masas, no es sino una variación de algo ya conocido. Los cohetes son convencionales, y las operaciones de producción resultan novedosas sólo a causa de su ubicación en el espacio; por lo demás no se diferencian mucho de la ingeniería civil de construcción de puentes y demás obras de envergadura en la Tierra. Si los hábitats espaciales resultan peculiares en su forma ello se debe tan sólo a que se encuentran localizados en condiciones agravitatorias y de vacío casi perfecto; aparte de esas circunstancias no hay en ellos mucho que los distinga de los criterios habitacionales aplicados a las aeronaves, la náutica y hasta la construcción común. Con todo, no ha habido nadie todavía que haya construido un impulsor de masas, por lo cual es preciso revisar con cierto detalle sus fundamentos teóricos. Luego vendrá la preparación de modelos operables a título de ensayo, correspondientes a cada una de las fases de su desarrollo y construcción.

Después de haber publicado un artículo sobre este tema concreto, hecho que tuvo lugar en 1974, poco fue lo que se hizo al respecto hasta 1976, fecha en que dirigí un estudio auspiciado por la NASA para investigar posibles obstáculos en el proyecto de producción espacial. Por entonces tuve el placer de trabajar con el doctor Henry Kolm, del MIT, y con el doctor Frank Chilton, de Science Application, California. Uno y otro habían sido pioneros y dirigentes de grupos que habían estudiado las aplicaciones del vuelo magnético mediante motores eléctricos al tránsito de superficie a elevada velocidad. Sus respectivos grupos habían desarrollado varios modelos operativos, así como una gran parte de la teoría básica pertinente, que había visto la luz pública en numerosos artículos e informes especializados. No deja de ser triste exponente del declive del sentido americano de la audacia y de la iniciativa el hecho de que ambos proyectos fueran abortados por la Oficina de Gestión y Presupuesto del Gobierno a primeros de la década de 1970. En ese momento el liderazgo en esa línea pasó a Alemania y Japón, que, con más de cien millones de dólares anuales de presupuesto para la investigación sobre el vuelo magnético, contaban en 1977 con vehículos de ensayo a escala normal perfectamente operativos. Si tardíamente decidimos que necesitamos de semejante técnica para resolver nuestros problemas de tránsito a gran velocidad, será con desafortunado efecto sobre nuestra balanza de pagos que deberemos comparar en el extranjero la tecnología que, de haberlo pensado mejor, podríamos haber llamado fácilmente nuestra.

Con la experiencia y conocimientos profesionales de Kolm y Chilton en 1976 nos hallábamos en situación de dar respuesta a la pregunta principal que cabía formularse acerca de los impulsores de materia: ¿era la idea fundamentalmente práctica y acertada? Ambos expertos estaban convencidos de que sí. Kolm sugirió incluso la conveniencia de que pasáramos a considerar una geometría "axial" para el sistema; en este caso todas las espiras serían circulares y las fuerzas de impulsión podrían ser más elevadas. Ambos estaban seguros de que mis viejos cálculos sobre aceleración del cestillo eran demasiado prudentes, de modo que en su opinión se podían lograr aceleraciones de varios centenares de unidades gravitatorias, hecho que contribuiría a acortar, por tanto, la longitud de los aceleradores del impulsor de masas.

A finales de 1976 y principios de 1977 me fue posible dedicar una gran cantidad de horas al estudio del tema y en las mejores condiciones posibles. Disfrutaba de mi permiso de excedencia sabática en Princeton y había aceptado una invitación amablemente formulada por el Instituto de Tecnología de Massachussets para ejercer como profesor Hunsaker de Temas Aeroespaciales durante aquel año. Era la ocasión de gozar de la estrecha colaboración de Henry Kolm, que naturalmente aproveché al máximo, pues nuestras residencias respectivas en el MIT distaban sólo unas manzanas.

Mi tema de elección giraba en torno a la teoría del impulsor de masas. Al completar los artículos pertenecientes al estudio de la NASA de 1976 había calculado ya la optimización de masas, de manera que había profundizado considerablemente en el diseño de un dispositivo capaz del mayor rendimiento con el peso mínimo.
Durante el primer semestre de 1977 y por invitación del profesor Rene Miller, director del Departamento Aeroespacial en el MIT y presidente del Instituto Americano de Aeronáutica y Astronáutica, tuve ocasión de organizar una serie de seminarios sobre temas tales como aceleración, dirección, diseño y aplicaciones del impulsor. Estos seminarios formaron la base de un estudio realizado en el verano de 1977 bajo los auspicios de la NASA, para el cual Henry Kolm, Stewart Bowen, varios estudiantes excelentes y yo mismo trabajamos concienzudamente a una forma de programa procesable mediante ordenador, al tiempo que ampliábamos considerablemente nuestros respectivos conocimientos sobre el tema.

Entretanto habíamos llegado a un nuevo y avanzado estudio: la construcción del primer modelo operable. Durante el invierno de 1976-1977 Kolm y yo diseñamos un impulsor de masas axial de longitud aproximadamente igual a la de un esquí de fondo. La comparación es apropiada por otra razón adicional: ese invierno resultó el más duro del que tengo memoria, y las imágenes que de él guardo aparecen siempre llenas de nieve y hielo. No dispusimos de presupuesto de construcción hasta transcurridos varios meses, de manera que en enero de 1977 recluíamos la asistencia no remunerada de varios estudian-tes 10, y de un joven postdoctorado, Bill Wheaton. Nuestros materiales procedían de la pila de desechos del laboratorio de Kolm, con el suplemento de elementos tan variados como tubos de cobre, escobillas de una dinamo de coche y acumuladores como los que usan los fotógrafos en sus flashes.

El modelo quedó terminado a primeros de mayo y fue mostrado con ocasión del último de nuestros seminarios. Seguidamente fue llevado a Princeton y no fue poco lo que viajó en el curso de los meses siguientes. En mi universidad se convirtió en la estrella del momento y fue filmado en acción por varios equipos de televisión. Por último fue enviado a California, donde culminó con su presencia una conferencia celebrada por la NASA en 1977, en el Centro Ames de Investigación como resumen de un estudio sobre producción en el espacio. De ahí pasó a Los Angeles, donde tuvo lugar una demostración (impecable) ante un millar de espectadores invitados por el gobernador Jerry Brown para celebrar la efemérides titulada "California en la Era Aeroespacial", precisamente el día antes del primer vuelo libre del transbordador orbital del espacio.

En el modelo el cestillo aceleraba de 0 a 120 kilómetros por hora en una décima de segundo. Significativamente, la aceleración obtenida con este primer modelo era ya mayor que la que yo había estimado algunos años antes para el "más avanzado" lanzador lunar. Dos estudiantes, Kevin Fine y Bill Snow cuidaron del montaje y operación en todo momento. Avanzado ya el año 1977, Kevin prosiguió la labor y completó su propia tesis magistral sobre impulsores de masas.
Por entonces contábamos ya con cierta ayuda de la NASA que dedicar a la investigación y desarrollo del tema, de modo que iniciamos un programa de trabajo conjunto en Princeton y en el MIT con miras a fabricar un modelo de gran aceleración. Ya a principios de 1977 estaba tan convencido de la viabilidad de los impulsores de masas y de la corrección de los cálculos efectuados sobre su rendimiento, que el concepto fue seguidamente aplicado no sólo a un lanzador de materiales lunares, sino de cualquier tipo, en el marco de una versión puesta al día, de bajo coste y máximo rendimiento en un plan de producción espacial (más adelante entraremos en detalles). Sigamos ahora el itinerario del mineral desde la Luna hasta y a través de una planta procesadora sita en el espacio.

La minería lunar no tiene por qué ser una operación a gran escala. El procesado químico puede tener lugar en L5 y las escorias industriales que puedan producirse han de servir como sustrato o matriz para el crecimiento de los cultivos agrícolas, como protección frente a los rayos cósmicos o como masa de reacción para ingenios de transporte de masas en el espacio libre. Por esta razón no habrá necesidad alguna de proceder a la separación inicial de los minerales de la superficie lunar mediante procesos a gran temperatura. Los expertos en el tratamiento comercial de gangas que han estudiado el problema creen que valdrá la pena el "reducir" el mineral lunar efectuando la separación mediante criba o por medios magnéticos para incrementar la fracción de elementos útiles. Una vez realizadas esas operaciones básicas el mineral puede ser compactado, envasado y preparado para su expedición.

El doctor David Criswell ha estudiado el problema del envasado del mineral lunar para su traslado al espacio y ha elaborado los detalles de una instalación en la Luna que produciría fibra de vidrio, consiguientemente tejida en forma de saco. Afortunadamente abunda el vidrio en la Luna, en forma de arena que puede ser fácilmente fundida en hornos solares.

Al oír la expresión "minería en la Luna" uno piensa inmediatamente en grandes hondonadas o excavaciones abiertas, máquinas gigantescas y operaciones a escala semejante a las que se dan en las mayores explotaciones de la Tierra. La realidad será mucho más modesta. Si la superficie es excavada en profundidad semejante a la de una fosa y se extrae un millón o más de toneladas al año, al cabo de varios la operación habrá alcanzado tan escasa extensión, que uno podría recorrer a pie toda su longitud en unos pocos minutos. Los expertos en minería, que han estudiado el problema, estiman que la minería lunar será de escala tan modesta que apenas si podrá ocupar plenamente una sola excavadora.

En tanto la demanda se centre en elementos que no son raros en la Luna, no habrá necesidad de someter su superficie a una explotación intensiva. El suelo lunar promedio (por ejemplo, los llamados "finos" recogidos por Apolo 12) se compone en su tercera parte de metales y en casi su quinta de silicio, útil para fabricar células solares para la conversión de luz en electricidad. El oxígeno es el elemento más abundante en la superficie de la Luna, de modo que podrá contarse con un "subproducto" generoso y muy útil de resultas de las actividades de tratamiento industrial en el espacio.

Tanto la televisión como los propios informes personales, nos han demostrado que los hombres pueden trabajar en nuestro satélite debidamente provistos de trajes atmosféricos, pero de manera muy lenta y poco eficiente; si el destacamento lunar ha de llevar a cabo su misión rápida y eficazmente, tendremos que planificar las actividades de forma que las tareas que requieren el concurso de trajes espaciales queden reducidas a un mínimo. La labor más onerosa en tiempo puede que sea el ensamblaje y ajuste del impulsor de masas. Circunscribiéndonos a un presupuesto de acción modesto, un cilindro de aluminio de diámetro suficiente para servir como túnel de ensamblaje podría ser enviado a la Luna en secciones con las primeras cargas. En ese túnel cilíndrico, cubierto de suelo lunar a efectos de protección anticósmica, tendría lugar seguidamente el montaje y prueba del impulsor de masas.

Para cuando se sumen a los destacamentos los cocineros, médicos, expertos en comunicaciones y demás personal necesario para los diversos servicios, la plantilla de trabajo apostada en la Luna puede que ascienda a un total de aproximadamente cincuenta personas. Terminada ya la construcción y presto el destacamento lunar a un régimen de actividad estable y regular, las estimaciones más generalizadas señalan como dotación suficiente la de una cuadrilla de ocho a diez hombres. En un típico turno de trabajo puede que uno se dedique a controlar la función automatizada del impulsor de masas, en tanto otro atiende mediante radio y televisión a las actividades de un vehículo minero. Puede que ambos se encuentren en la misma habitación frente a sus respectivas consolas de mando y que, mientras discurren las operaciones, vayan intercambiando relatos y ofreciéndose recíprocamente café.

En muchos aspectos, la base lunar será el punto más remoto y difícil de alcanzar entre todos los atendidos por partidas de trabajo. Con todo, no es probable que quede desfasado con respecto a los demás. Los científicos la visitarán de vez en cuando bien para efectuar ensayos y mediciones varios, bien para proseguir sus análisis e investigaciones. Cuadrillas de constructores tendrán que acudir allí cada vez que el impulsor de masas deba ser renovado o potenciado con nuevos adelantos. Conforme a nuestra estimación actual, ese dispositivo será capaz de enviar al espacio más de un millón de toneladas de mineral lunar cada año. Su sistema de suministro energético será mucho más pesado que la propia máquina, de manera que parece prudente conferirle al principio sólo una fracción de su potencia final, para ir añadiendo series de células solares a medida que va ampliándose la industria espacial.

Una vez instalado y operando en la Luna, el impulsor de masas liberará sus cargas casi horizontalmente. Pero la velocidad será tan grande que se elevarán antes que caer, y después de un vuelo libre de aproximadamente un minuto de duración, se encontrarán ya a muchos kilómetros de distancia. Pasarán entonces por una estación correctora que medirá exactamente sus respectivas posiciones y corregirá apropiadamente ángulos y velocidades, de igual modo que se hace con el haz de electrones del tubo catódico de la televisión mediante la aplicación de fuerzas electrostáticas. Los últimos cálculos muestran que, efectuada la corrección direccional, las cargas podrán alcanzar un punto de destino concreto en el espacio con un error de tan sólo unos metros.
Ascendiendo contra el arrastre de la gravedad de la Luna, las cargas escaparán finalmente de su atracción para enfilar el espacio abierto con una velocidad relativamente baja. ¿Cuál es el mejor destino? La meta óptima parece ser el segundo punto de Lagrange, L2, más allá de la cara oculta de nuestro satélite. Un colector-receptor será mantenido allí en posición, maniobrando de manera que siga las pequeñas variaciones de trayectoria de la sucesión de cargas enviadas desde la Luna conforme a las oscilaciones que ésta experimenta en función del mes lunar. Cuando se hayan acumulado varios miles de toneladas de material en L2 se procederá a su traslado a L5 por un remolcador de baja velocidad, el cual puede ser activado asimismo por una pequeña versión del impulsor de masas lunar.
Las leyes de Newton nos dicen que una máquina que puede acelerar y despedir material con gran velocidad puede ser usada como motor a reacción, como cualquier cohete. El impulsor, con sus toneladas de fuerza potencial, será verdaderamente eficaz para el acarreo de grandes cargas en el espacio libre. Su rendimiento, en términos de velocidad de expulsión, será similar al de los cohetes de combustible sólido usados en el transbordador espacial.
La máquina lunar no ha sido diseñada como motor de cohete, de modo que en el curso de la intensa labor teórica realizada en torno a los impulsores de masas, llegó a interesarme sobremanera cuál sería el rendimiento de un dispositivo semejante, especialmente adaptado para la generación de un impulso propulsor, apto por ejemplo para accionar un remolcador de arrastre de cargas en el espacio libre alimentado por energía solar. Los cálculos se me antojaron tan atrayentes que en 1977 los incluí en un artículo que expresa nuestro actual enfoque del problema de la producción espacial.

Seamos realistas en lo que concierne a la eventual humanización del espacio. En primer lugar, no es probable que a nadie le dé por subvencionar la construcción de hábitats espaciales porque sí ni por lo fascinante que resulte la idea. Si se construyen será por la misma razón que proliferan las nuevas urbanizaciones en la Tierra: hay una industria, o varias, que necesitan obreros, de modo que existe asimismo un mercado de viviendas para alojar a esos obreros y a sus familias.
Si se da una necesidad de productos en grandes cantidades para su aplicación en órbita elevada o aún más allá, es necesario que investiguemos la forma más eficiente de instalar los sistemas de fabricación y transporte de los mismos. ¿Cómo podemos reducir al mínimo la inversión necesaria? Recurriendo en la medida de lo posible al único sistema vehicular ya en desarrollo: el transbordador espacial. En el curso del decenio que ha visto su gestación se ha planificado con miras a un modelo de tráfico que supone una frecuencia de 60 a 120 vuelos al año. Si un determinado vehículo orbital debe permanecer en vuelo durante un largo período de tiempo, a fin de llevar a cabo una serie de complejos experimentos o investigaciones científicas, está claro que sólo podrá ser reutilizado un número escaso de veces al año. Para cubrir no sólo el actual programa de lanzamientos de la NASA (muy reducido), sino también un programa de producción espacial, puede que sean necesarias algunas adiciones a la flota prevista de cinco vehículos orbitales. Con respecto al transbordador, la idea inicial era que sirviera como vehículo capaz de elevar componentes a una eventual estación espacial. Más recientemente, a medida que los presupuestos han venido siendo recortados y de la estación espacial apenas queda el proyecto de un pequeño taller suspendido en el vacío, el plan global de tráfico ha sido asimismo modificado. Se estima que esos orbitales pueden, de hecho, cumplir una función doble: propiciar la práctica de experimentos en el espacio, al tiempo que permanecen en él a modo de estaciones o laboratorios temporales. Buscando una imagen más corriente, podríamos decir que se trata de algo así como fletar un 747 para pasar una semana de vacaciones en Europa y mantener el aparato allí a guisa de hotel. A la NASA no le cabe otra alternativa dadas las actuales restricciones presupuestarias; pero si los orbitales pudieran ser usados verdaderamente como transbordadores, es decir, si se pudiera establecer con ellos una especie de "puente aéreo" que colocara material en órbita y tendiera una rápida y constante comunicación con la base terrestre, una flota de tres o cuatro sería más que suficiente para doblar el cupo previsto de sesenta vuelos anuales.

En el artículo "The Low (Profile) Road to Space Manufacturing" (Una vía realista hacia la producción en el espacio), señalé la forma de conseguir un elevado nivel productivo en el espacio en un plazo de pocos años dentro de un modelo de tráfico de unos sesenta vuelos de transbordo al año. En los últimos años de semejante plan, muchos de esos vuelos corresponderían ya al HLV derivado del transbordador, quedando éste principalmente destinado al transporte de personal. Su capacidad de carga corresponde aproximadamente a la de un DC-9, de manera que convertido en habitáculo temporal podría llevar un número de pasajeros aproximadamente igual al de dicho avión.

El artículo "Low Profile" se basaba en gran medida en los resultados de un estudio efectuado en 1976 por la NASA en torno a la viabilidad y posibilidades de la producción espacial. Por primera vez calculamos los datos numéricos pertinentes a dimensiones y pesos de las plantas elaboradoras en el espacio, así como sobre el número de personas necesarias para llevar a cabo un programa de producción con miras al logro de unos objetivos concretos por año. En 1977, y con ocasión de una labor de investigación de mayor alcance, un grupo dirigido por John Shettler de la General Motors Corporation amplió las líneas trazadas en "Low Profile", llegando a calcular la carga de equipo y personal en cada uno de los vuelos emprendidos. Se trata, pues, de los primeros pasos de una labor que sin duda habrá de continuar de manera cada vez más pormenorizada y exhaustiva con el fin de hallar los procedimientos óptimos desde el punto de vista coste/rendimiento para el establecimiento definitivo de la industria del espacio. De ahí que carezca de sentido publicar una lista con detalles y resultados numéricos habidos hasta el presente; expondré, en cambio, las grandes líneas de nuestra futura empresa.

Todo el equipo que ha de ser instalado en la superficie lunar debe ser llevado primeramente a una órbita en torno al satélite junto con el combustible necesario para lograr su alunizaje suave. El transbordador no es apto para tal fin, y si fuéramos a valernos de un remolcador accionado por cohetes, el transbordador tendría que cargar con el combustible necesario para éstos. Se ha planeado un procedimiento más económico recurriendo a un pequeño impulsor de masas de gran eficacia que permita esas transferencias interorbitales. El impulsor de masas sería situado en una órbita baja alrededor de la Tierra con el concurso del transbordador, para ser luego ensamblado in situ antes de pasar al transporte de utillaje y equipo a las proximidades de la Luna.

Pero ¿dónde hallar la masa de reacción que pueda ser expulsada por el dispositivo? Este, cómo sabemos, tiene que impulsar algo con objeto de desarrollar su propia fuerza de propulsión. La respuesta parece hallarse en el empleo de algo que, de todas formas, debería ser desechado: los depósitos externos del transbordador. El vehículo orbital posee motores (los SSME), pero carece de depósitos de combustible para ellos. Cuando accede a la órbita señalada lo hace montado sobre un objeto mucho más grande: un gran recipiente en forma de cohete propio de la pirotecnia recreativa, el cual contiene depósitos de hidrógeno y oxígeno, de los que los SSME obtienen el carburante necesario; cuando el transbordador se halla próximo a su altitud orbital y velocidad máxima, el combustible está prácticamente agotado. El impulso final es proporcionado por cohetes de maniobra mucho más pequeños instalados en el mismo vehículo orbital; en el momento de su ignición el tanque externo se hace superfluo, tras una breve pero gloriosa vida de unos veinte minutos. Ocurre, sin embargo, que el peso de ese depósito vacío es superior a la totalidad de la carga del transbordador, de modo que parece improcedente dejar que esa masa se pierda.

Tanque de Combustible HabitadoCuatro Tanques en una torre centrífuga El plan Low Profile contempla el acarreo de los tanques hasta la órbita a expensas de una ínfima parte de la carga útil. La idea consiste, por tanto, en establecer una especie de almacenamiento de depósitos vacíos en órbita; algunos serían adaptados a modo de alojamiento, en el que podrían habitar cómodamente hasta veinte personas en sus respectivos compartimentos individuales. De acuerdo con el plan de Shettler, tales apartamentos modulares salpicarían el espacio en los inicios de esa nueva era de la producción: en órbita baja para el adiestramiento y selección última de los operarios en el mundo especial de la ingravidez; en órbita alta para el personal al cuidado de las instalaciones productivas; en L2 para aquellas ocasiones en que deban efectuarse reparaciones en el receptor de masas; por último, en la superficie lunar. Tan pronto como se hicieran disponibles los minerales de la Luna, éstos se aplicarían a proveer de coraza protectora anticósmica los habitáculos establecidos; antes, no obstante, se habría previsto al efecto una cobertura mínima, suficiente para resguardarse de las erupciones solares, a base de los alimentos deshidratados destinados a ulterior consumo.

La mayoría de los depósitos externos acabarían como masa de reacción en forma pulverulenta o comprimida. En una operación de transporte (automático) típica, varios centenares de toneladas de equipo acumuladas tras sucesivos viajes del transbordador, se aproximarían en espiral a la órbita lunar a lo largo de varios meses, a expensas de una cantidad de masa algo mayor que la de cada uno de los tanques, pues cada pella comprimida que abandonara el motor del remolcador accionado por el impulsor de masas lo haría con una velocidad mucho mayor que la de los gases de escape de un cohete. Tras descargar el equipo en órbita lunar, el impulsor de masas regresaría, en un tiempo mucho más corto, a la órbita baja circunterrestre para hacerse con nueva carga para su siguiente viaje.

En el marco de nuestros conocimientos actuales consideramos varios estadios en el establecimiento de la producción industrial en el espacio, y si se presenta un problema irresoluble en cualquiera de ellos, la totalidad de la empresa tendría que ser cancelada. En realidad no pensamos que tal cosa pueda ocurrir, pero es mucho más fácil disponer la financiación cuando se cuenta ya con una serie de objetivos concretos a alcanzar, cada uno de los cuales debe ser verificado antes de que se llegue a la meta última.

El primer estadio consiste en la instalación del impulsor de masas lunar y en la iniciación del traslado de los minerales de nuestro satélite al espacio, empresa que requiere, al parecer, dos años tan sólo de vuelos del transbordador. Una vez haya sido superada esta fase, seremos capaces de llevar a la órbita una cantidad de carga diez veces mayor que la transportable mediante el transbordador. Ya a partir de ese momento se contará con masa suficiente para atender a las necesidades de cobertura protectora, así como de "combustible" adecuado para el motor a reacción constituido por el impulsor de masas.

La segunda etapa corresponde al comienzo de la elaboración química de los minerales lunares para obtener metales puros, vidrio y oxígeno, lo cual representa asimismo un año de vuelo del transbordador destinado a elevar equipo y utillaje vario para el proceso, baterías solares que lo alimenten y otros instrumentos esenciales. Alcanzado ya ese estadio, el número de trabajadores destacados en el espacio ascenderá a uno o dos centenares.

Viene ahora una nueva aplicación del método "bootstrap". Las piezas de equipo más complicadas y elaboradas que puedan necesitarse en el espacio -elementos como impulsores de masas e instalaciones de proceso químico- resultan más bien ligeras. Tiene sentido, por tanto, construirlas y comprobarlas aquí, en la Tierra, elevándolas luego a la órbita prescrita por medio del transbordador. Las piezas más pesadas parecen ser las baterías de energía solar que deben alimentar tanto al impulsor de masas como a las propias industrias elaboradoras. Ahora bien, la primera de éstas producirá ya anualmente en el espacio varios miles de toneladas de metales, silicio y oxígeno, de los que pensamos valemos para afianzar ("bootstrap") nuestro camino hacia un nivel de productividad más elevado.

Los metales y el silicio serán destinados a las baterías de energía solar, las cuales nos servirán para aumentar el tonelaje enviado cada año por el impulsor de masas y para equipar nuevas versiones de la planta procesadora espacial original. El oxígeno será usado de manera diversa: como parte principal del combustible quemado por los remolcadores propulsados por cohetes y por los vehículos que tomen tierra; como la parte asimismo más importante del agua necesaria al personal laboral destacado en el espacio; y como masa de reacción ideal para el creciente tráfico de remolcadores que arrastren carga a través del espacio.

Parece que con esta aproximación ahorrativa podemos alcanzar el nivel de procesar un millón o más de toneladas de mineral lunar cada año, durante un período de siete u ocho, sin sobrepasar en momento alguno la capacidad elevadora del transbordador. Pero ¿y la cuestión económica? En el modelo de tráfico considerado estaríamos pagando aproximadamente mil millones de dólares al año en concepto de costes de lanzamiento, y ello a lo largo de unos siete años. Finalizado este plazo estaríamos produciendo aproximadamente un tercio de millón de toneladas anuales de productos acabados, para situar bien en una órbita geosincrónica o doquiera del espacio donde hallen empleo. Una estimación acertada y prudente nos lleva a asignar a estos productos acabados un valor de unos cien dólares por kilogramo; sólo los costes propios de la colocación en órbita elevada de un kilogramo son ya de este orden, incluso con el concurso de nuevas concepciones en materia logística, técnica y organizativa, aun con el paso de los años y el logro de cohetes reutilizables.
En base a esos cálculos, las instalaciones productivas del espacio crearán valor del orden de treinta mil millones de dólares al año. Ciertamente un gran negocio.

¿Cuándo ocurrirá? Tanto en 1976 como en 1977 fueron realizados diversos estudios independientes de la NASA, pero auspiciados por ésta, que prestó al efecto una estrecha colaboración, con el fin de elaborar diversos programas, basados en pautas de decisión rápidas y lentas. Parece haber acuerdo general en que son muchas más las incertidumbres discernibles en las áreas decisorias políticas que en las simplemente técnicas. De darse resoluciones prontas, tanto el estudio de 1976 como el de 1977 llegaban a la conclusión de que el primer envío de equipo con destino al espacio podría tener lugar ya en 1985 y que el primer retorno apreciable en forma de productos obtenidos en órbita elevada podría acaecer tan pronto como 1991. Atendiendo a esta escala de tiempo, la construcción de Isla Uno, como hábitat duradero y más cómodo para el personal operario y sus familias, podría darse hacia mitades de la década de los noventa, de modo casi marginal y con una inversión mínima de tan sólo un escaso porcentaje de la productividad ya en curso en el espacio por entonces. No hay respuesta al interrogante "¿Qué tiempo máximo habrá que esperar aún?", eliminando, claro está, la de "Nunca". Los planes más moderados contemplan la existencia de Isla Uno hacia el año 2001 más o menos. Para quienes creemos que la producción en el espacio ofrece un enorme potencial en beneficio del hombre, semejante retraso se nos antoja poco menos que criminal; con todo, en la escala temporal de la existencia humana la insignificancia de quince años representa apenas un parpadeo.

   

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