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Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill. Capítulo 7: Riesgos

Creada31-03-2013
Modificada30-05-2015
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Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill

Riesgos

Casi todas las actividades humanas entrañan cierta medida de riesgo. Ocasionalmente, en un estado de ánimo macabro, he reflexionado sobre el hecho de que en cualquier momento todo ser humano, por sano que se encuentre, está a un minuto o dos de la muerte si se da de pronto un determinado conjunto de circunstancias adversas. Cuando diserto sobre el tema de las comunidades espaciales es natural que algunas de las cuestiones suscitadas aborden la posibilidad de que se produzcan en aquéllas una catástrofe. Dada la fragilidad de la vida, la posibilidad existirá siempre, de modo que tratemos de cuantificarla estimando los riesgos implícitos en la colonización humana del espacio. Resulta reconfortante descubrir que, de hecho, son menos de los que nos acechan aquí en la Tierra en el curso de nuestra actividad cotidiana.

Casi invariablemente la primera pregunta sobre los hábitats espaciales tiene que ver con los meteoritos. Se trata, en su mayoría, de granos de polvo presentes en el sistema solar desde su formación hace miles de millones de años. A medida que la Tierra describe su giro anual alrededor del Sol, la traslación a que estamos sometidos se produce a una velocidad casi constante del orden de treinta kilómetros por segundo: mayor que cualquiera de las velocidades relativas necesarias para lanzar un satélite o viajar a L5, e incluso para alcanzar un asteroide. Los más de los granos de polvo que encontramos en nuestro viaje anual alrededor del Sol se mueven con relativa lentitud, de modo que las velocidades comparativas con que se nos aproximan son del orden de la que anima a nuestro planeta. Los meteoritos más veloces corresponden a granos de polvo que se mueven en órbita circular alrededor del Sol, pero en dirección contraria a la nuestra: la suma de ambas velocidades supone un encuentro a velocidad doble.

La mayoría de los meteoritos son de origen cometario más que asteroidal, y pueden ser considerados como conglomerados de polvo posiblemente aglutinados por gases congelados. Por consiguiente, si nuestros conceptos científicos actuales son correctos, un meteorito típico se parece más a una pequeña bola de nieve que a una roca. Con todo, incluso uno de dimensiones muy reducidas encierra una enorme cantidad de energía a causa de su velocidad; afortunadamente, casi todos son de tamaño microscópico: en la curva de frecuencias de aparición, el número desciende rápidamente a medida que aumenta el tamaño. Los sensores instalados en las naves espaciales han recogido ya abundantes y preciosos datos sobre meteoritos de pesos comprendidos entre un gramo y una millonésima de gramo. Por encima de este valor, la probabilidad de dar con un meteorito es tan pequeña que en un viaje de varios años una nave espacial no registra apenas dato alguno.

En lo tocante a los meteoritos de tamaño comparativamente grande, la serie de vuelos Apolo nos ha dejado un legado científico especialmente importante al respecto: la red sismológica Apolo, una serie de sismómetros muy delicados instalados en la Luna. Estos instrumentos continuaron registrando datos durante muchos meses después de que fueran cancelados los vuelos que los instalaran; no sólo han dejado constancia de los selenemotos, sino también de las colisiones de meteoritos contra la superficie lunar. Es tal su sensibilidad que los constructores aseguran que pueden detectar cualquier impacto que se produzca en la Luna por causa de un meteorito del tamaño de una pelota de fútbol. Afortunadamente, esos dos medios independientes para la medición de la distribución dimensional de los meteoritos concuerdan en medida suficiente y nos permiten estimar con bastante certeza qué probabilidad cabe de que se produzca el impacto contra el hábitat espacial de un meteorito de tamaño dado.

Existe aún un tercer método para medir esa distribución dimensional. Es ingenioso y relativamente barato: una serie de cámaras fotográficas con objetivos gran angulares que forman un conjunto llamado "Prairie Network" (Red de la Pradera), distribuido en más de dos millones de kilómetros cuadrados de las zonas agrícolas de escasa población en la zona central de los Estados Unidos. Cuando un meteorito penetra en nuestra atmósfera dejando tras de sí la estela luminosa que llamamos estrella fugaz, las cámaras de la Prairie Network fotografían su trayectoria con tal precisión de lugar y hora que es posible calcular la ubicación exacta, altitud y velocidad del meteoro. Algunas de las mejores mediciones de distribuciones de velocidad provienen de datos de esta clase. Por desgracia es mucho más difícil la obtención, a partir de esta fuente, de cifras exactas en lo que respecta a la distribución dimensional. Para ello hay que basarse en la luminosidad de las estelas observadas, así como en un supuesto básico: el relativo a qué parte de la energía del meteorito observado se convierte en luz y calor.

Los datos de la citada red concuerdan con los resultados obtenidos por los otros dos métodos cuando se trata de meteoritos del tamaño de una canica. La discrepancia surge al considerar los que difieren sensiblemente en un sentido u otro; ello se debe, probablemente, a la impresión de los supuestos acerca de la luminosidad. Si estimamos, como parece convenir con la idea más moderna y generalizada, que el meteorito típico no es sino un conglomerado de polvo, la eficiencia de conversión de la energía aferente en calor y luz debiera ser más bien elevada. En base a ello, los datos fotográficos concuerdan mejor con los obtenidos gracias a los otros dos métodos señalados, y ocurre lo contrario si dicha conversión se considera de baja eficiencia.

Promediando la información procedente de las fuentes que nos parecen más fiables, hallamos que para ser impactada por un meteorito de grandes dimensiones, de una tonelada por ejemplo, una vasta comunidad como la de Isla Tres tendría que aguardar un millón de años. Semejante impacto no destruiría necesariamente un hábitat bien diseñado, aunque sí sería causa de perforación y de daños locales.

Para encontrar meteoritos de impacto potencial tan frecuente que pudieran preocuparnos, hay que considerar tamaños mucho más pequeños y del peso de aproximadamente una pelota de tenis. En una de las grandes comunidades se produciría un choque de esta clase más o menos cada tres años. Hay que tener en cuenta que un hábitat de tamaño dado resultaría golpeado con menos frecuencia que una superficie igual sita en lo alto de la atmósfera terrestre: la gravitación de la Tierra es tan fuerte que "barre" meteoritos, atrayéndolos desde una región del espacio mucho más extensa que su propia superficie. Los hábitats espaciales, a distancia suficiente de la Tierra para no verse incluidos en la región afectada y dotados apenas de gravedad propia, serían golpeados con una frecuencia relativamente mucho menor.

Las partes más vulnerables del hábitat serán sin duda sus ventanas; ocuparán una superficie considerable, y siendo de vidrio, serán relativamente frágiles. Naturalmente se las dividirá en numerosos paneles, y por dos razones: para evitar daños de orden catastrófico y para que los armazones sustentadores de aluminio, acero o titanio distribuyan la resistencia estructural por todos los confines del vidrio. Un panel de ésos puede tener un área dos o tres veces mayor que la habitual en las ventanas de los reactores comerciales. Dado ese tamaño, los marcos metálicos portadores de las cargas estructurales pueden ser tan delgados que resulten invisibles desde el suelo del valle, de manera que los ventanales parecerán continuos vistos en la distancia.

En virtud, pues, de las dimensiones individuales, la pérdida de uno de esos paneles no resultará catastrófica para la comunidad. Para el hábitat que hemos llamado Isla Tres, la pérdida total de un panel determinaría la privación de atmósfera sólo al cabo de varios años. Pero la detección de semejante percance sería casi instantánea: se revelaría por una nube de blanco vapor de agua que se condensaría para formar cristales en el vacío, perfectamente visibles desde el hábitat hermano. Si el vaho fuera inmediatamente ocluido, digamos en una hora, la fuga de vapor de agua sería económicamente tolerable (la reposición del oxígeno costaría mucho menos) y, probablemente, nadie sino los miembros de la cuadrilla de reparaciones tendrían conocimiento del suceso.

Incluso para la comunidad más pequeña, Isla Uno, las cifras correspondientes serían absolutamente tolerables. Se estima necesario un intervalo de varios miles de años entre un choque y otro por un meteorito de tamaño suficiente para romper un panel como los descritos. De estallar éste y precediéndose a su reparación dentro del plazo de una hora, la pérdida de atmósfera reduciría la presión en medida equivalente a la que supondría en la Tierra la ascensión a una colina de unos setenta metros de altura, es decir, insuficiente para que apreciáramos cambio alguno de presión en nuestros tímpanos. En el diseño más reciente de Isla Uno, estos riesgos serían reducidos en grado notable. Estamos estudiando actualmente una disposición en la que una pesada coraza con fines de protección frente a los rayos cósmicos guardaría a su vez las superficies de los ventanales de cualquier "vista" directa del espacio.

En la superficie de la Tierra estamos expuestos a radiaciones procedentes de tres fuentes diversas: emanaciones del suelo, rocas, ladrillos y otras estructuras componentes del medio que nos rodea, radiación de pequeñas cantidades de sustancias radiactivas presentes en nuestro propio cuerpo, y rayos cósmicos que penetran en nuestra atmósfera. La radiación se mide en unidades Roentgen, y con respecto a los daños biológicos, la unidad rem (roentgen equivalent man = equivalente humano roentgen) se tiene en cuenta el diferente efecto nocivo de radiaciones de distinta naturaleza. Para la dosimetría total en un tiempo dado se usa el rad (dosis de radiación) como unidad. En la superficie de la Tierra la cantidad de radiación a que se encuentran expuestas las personas varía considerablemente en función del lugar en que viven.
Curiosamente, la mayor parte de la radiación que recibe una persona le viene de dentro, de trazas de elementos presentes en el cuerpo. La radiación exterior depende, por ejemplo, de si uno vive en una casa de ladrillo (malo) o de madera (bueno), aunque lo más importante es en este sentido la ubicación geográfica; en la región arenosa monacítica de la India, la mayoría de residentes reciben una dosis natural de casi un rad por año.
Comparativamente, nuestra dosis normal de naturaleza cósmica es relativamente pequeña: mínima a nivel del mar en las proximidades del ecuador, y de sólo una fracción de rad por año en una montaña de un clima templado. En los polos es mucho más elevada; esas diferencias vinculadas a la latitud obedecen al hecho de que la Tierra posee un campo magnético que le proporciona un notable grado de protección contra los rayos cósmicos de más baja energía.

Cuando todas las fuentes de radiación natural, internas, externas y cósmicas, se consideran conjuntamente, la dosis normal para el habitante de la Tierra asciende aproximadamente a un tercio de rad por año. Tras numerosos ensayos y años de discusión entre físicos y biólogos, la Comisión de Energía Atómica (antes ERDA) admitió una dosis permisible para sus empleados del orden de cinco rad por año, y de la décima parte de ello para el total de la población estadounidense.

Clínicamente, sólo los más delicados y sensibles ensayos de laboratorio pueden detectar los efectos producidos en los humanos por radiaciones medias de unos veinte rad por año; para que el individuo afectado llegue a experimentar incomodidad o síntomas objetivos es necesario recibir dosis mucho más grandes.
En el espacio, lejos de la capa protectora del campo magnético de la Tierra, el nivel de rayos cósmicos constantes y de gran penetración (la llamada radiación cósmica primaria) asciende a unos diez rad por año. Si fuera ésa la única radiación a considerar no sería descabellado el proyectar una primera colonia espacial desprovista de capa o coraza protectora de cualquier clase.

Pero si una notable fracción de la población mundial tuviera que vivir en esas condiciones durante muchos siglos, no sólo nos preocuparía el ascenso observado en la tasa de cáncer sino la progresiva aparición de mutaciones. Sin embargo, no hay por qué preocuparse; la construcción de escudos protectores, incluso para los hábitáts de grandes dimensiones, llevaría tan sólo una década de años a lo sumo, y en ese plazo de tiempo sólo una fracción mínima de la población podría verse expuesta a niveles de radiación de cierta intensidad.
Otro es, en cambio, el problema cósmico que nos aguarda, generado por un tipo de radiación a la que jamás estamos expuestos en la Tierra: se trata de los rayos llamados "primarios pesados": núcleos de helio, carbono, hierro y de toda la serie de elementos existentes en la Tierra. Apenas constituyen una fracción mínima de la radiación cósmica total, pero son mucho más nocivos que todo el resto.

Cuando esas radiaciones cósmicas primarias atraviesan la materia, dejan tras sí una densa estela de átomos ionizados; éstos son químicamente muy activos y tan numerosos que causan la muerte de las células. Pero este mismo poder ionizador intenso, responsable del deterioro biológico imputable a las radiaciones primarias, constituye a la vez una protección contra ellas: en nuestra atmósfera pierden su energía con tanta rapidez que son absorbidas a elevadas altitudes, de modo que jamás llegan a alcanzar el nivel del mar.

La única experiencia humana directa con esas radiaciones primarias ha sido la de los astronautas de la operación Apolo, quienes se aventuraron no sólo fuera de la atmósfera, sino incluso de la capa magnética protectora de la Tierra. En esa región abierta observaron ciertos destellos de luz, especialmente una vez que hubieron adaptado su vista a la oscuridad total. La mayoría de los científicos que han estudiado el suceso concuerdan en que tales destellos eran causados probablemente por radiaciones primarias intensas. El vuelo Apolo 17 estudió precisamente este efecto. Cuando le pregunté al doctor Harrison (Jack) Schmitt, que fue a la Luna en calidad de científico astronauta (y luego sería elegido senador por el Estado de Nuevo México), acerca de sus observaciones al respecto, me ofreció una que resulta ciertamente curiosa: aunque los destellos eran visibles con una frecuencia de uno cada varios minutos durante todo el transcurso del viaje, durante un experimento deliberadamente destinado a estudiarlos no se produjo ninguno en una hora o algo así; por el momento a nadie se le ha ocurrido una explicación plausible de su desaparición, aunque fuera solamente temporal.

En el vuelo Apolo 12 los astronautas fueron expuestos a las radiaciones primarias intensas durante unas dos semanas. Las estimaciones efectuada en base a mediciones directas de la radiación y el conocimiento de las dimensiones de las células del cuerpo, sugieren que durante ese período su pérdida de células cerebrales fue del orden de unas pocas por millón; una cifra semejante corresponde a las células de la retina, y en el caso de las neuronas (las más grandes del cuerpo) puede que la fracción sea de una en diez mil. Se trata de cifras bajas, pero que justifican ya cierta medida de inquietud: hablamos de células nerviosas, las cuales no son repuestas ni reparadas por los mecanismos de sustitución existentes normalmente en el organismo. Poseemos, pues, una información de carácter más bien conservador y aplicable a ulteriores cálculos: la tripulación del vuelo Apolo 12 estuvo expuesta a una dosis conocida de radiaciones primarias intensas y no sufrió daño alguno aparente por ello. Con objeto de ir por lo seguro, nuestro diseño del primer hábitat espacial podría basarse, por consiguiente, en la cumplimentación del requisito de que a lo largo de una carrera de trabajo de varios decenios una persona no fuera expuesta a una radiación total mayor que la recibida en dos semanas por los astronautas del Apolo 12.

Ocasionalmente, y por razones que empezamos lentamente a comprender, el Sol emite súbitos haces de radiación que conocemos por el nombre de erupciones solares. Estos rayos se desplazan a velocidad casi igual a la de la luz y alcanzan la Tierra al cabo de pocos minutos; determinan entonces brillantes auroras en los límites superiores de nuestra atmósfera. Muy raramente, con intervalos de varios decenios, tienen lugar erupciones particularmente poderosas que saturan la Tierra de radiación, anulan temporalmente muchas de nuestras comunicaciones radiofónicas a larga distancia y llegan a afectar incluso el campo magnético del planeta. Semejante evento se produjo por última vez a finales de la década de los cincuenta. De haber habido astronautas de viaje a la Luna en aquel entonces, su muerte habría sido casi segura. De ahí que la primera colonia espacial deba ser protegida a la vez de las radiaciones primarias y de las erupciones solares. Ello podría lograrse mediante una especie de cobertura pasiva usando materiales de la superficie lunar o escorias de las propias industrias de las primeras colonias. El grosor necesario sería de unos cincuenta centímetros de arena o equivalente, lo cual sería suficiente para aumentar considerablemente la masa prevista para Isla Uno.
El efecto de ese grueso protector, paradójicamente, sería el de potenciar a un nivel inaceptable la radiación de los rayos cósmicos primarios. La razón obedece a que al encontrar materia densa esas partículas se fragmentarían en muchas más, de energía media más baja, pero de número total mucho más elevado.
Así pues, hay que tener en cuenta todos los aspectos del problema, a fin de desembarazarse de los tres componentes de la radiación. Una vez efectuados los cálculos pertinentes, descubrimos que la coraza o protección necesaria es notable: equivalente a unos dos metros de suelo. Comprendido el problema en su plenitud, es obvio que constituye una grave restricción en el diseño de los primeros hábitats. Afortunadamente existe una forma geométrica que satisface plenamente los requisitos de protección sin sacrificio excesivo de las características de diseño deseables.

Las comunidades espaciales subsiguientes, del tamaño de Isla Tres, contarán con subsuelos atmosféricos y espesores estructurales bajo tierra que proporcionarán a sus habitantes una protección contra los rayos cósmicos semejante a la que gozamos en la Tierra. Los materiales de construcción empleados, de origen lunar, son muy parecidos a los terrestres en cuanto a radiactividad natural.
En resumen, con el adecuado diseño tanto las primeras colonias espaciales como los hábitats posteriores, podrán ser protegidos de todo tipo de radiación en grado parecido al que caracteriza a la superficie de la misma Tierra.

Con objeto de minimizar los costes, es probable que los primeros hábitats cuenten con atmósfera compuesta principalmente por el material más abundante en la Luna: el oxígeno. La Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASA) tiene razón, con todo, al mostrarse algo aprensiva frente a las atmósferas de oxígeno puro. En 1967 tres futuros astronautas del proyecto Apolo murieron en el incendio que se produjo en el interior de un módulo Apolo en Cabo Kennedy con ocasión de unas pruebas en oxígeno puro.

Las condiciones reinantes en una comunidad espacial serán diferentes en varios aspectos. En primer lugar, la presión de oxígeno será de sólo la quinta parte. En la trágica prueba de Cabo Kennedy, el oxígeno se hallaba a presión equivalente a la atmosférica al nivel del mar, la cual viene determinada casi exclusivamente por nitrógeno inerte. En segundo lugar, el volumen de un hábitat será millones de veces superior al de un módulo Apolo, de modo que cualquier fuego que pudiera iniciarse en él no llegará jamás a crear las presiones de gas causantes de la muerte de los tres infortunados astronautas del proyecto Apolo.

Es posible, no obstante, que estas dos diferencias no basten. A fin de aumentar al máximo la seguridad, deseamos contar asimismo con un tercer factor de protección. Un medio de conseguirlo consiste en añadir a la atmósfera un componente especial incombustible o ignífugo. Así, deberíamos considerar primeramente la posible obtención de un gas extintor a partir de materias primas lunares. En la Tierra los fuegos son contrarrestados en cierta medida por la presencia de nitrógeno en la atmósfera. Se sabe que los minerales de la superficie de la Luna contienen cierta cantidad de gases volátiles, de manera que al procesar millones de toneladas de los mismos pueden extraerse algunos miles de toneladas de gas, cuya composición -aunque lamentablemente no nos es conocida con toda exactitud- se cree que consiste principalmente en dióxido de carbono, óxido nitroso y algo de agua. No es descabellado, por consiguiente, pensar que bien pudiéramos obtener una cantidad útil de nitrógeno de tal fuente. Con todo, el nitrógeno no es un ignífugo muy eficaz. Incluso si damos con una fuente barata (lo cual no es muy probable) no nos sería posible introducir mucho nitrógeno en la atmósfera de la comunidad espacial sin elevar la presión lo suficiente como para exigir una reconsideración estructural.

Existen ciertos gases, inocuos para los humanos por lo menos durante algún tiempo, capaces de retardar eficazmente la propagación del fuego; algunos de los freones poseen esta propiedad. Sin embargo, no todos los componentes químicos de estos gases se encuentran en la Luna; por otra parte, carecemos de datos suficientes acerca de sus efectos fisiológicos a largo plazo.

Parece, por ahora, que la solución más sencilla es asimismo la óptima. Para llevar al máximo los placeres de nuestra vida diaria en las colonias espaciales, así como su seguridad, lo más prudente se nos antoja el transportar suficiente hidrógeno de la Tierra para que la atmósfera de los hábitats posea una grata humedad relativa, que propicie a un tiempo la existencia de una abundante y frondosa vegetación. Por lo demás, habrá estructuras fabricadas de materiales incombustibles, parecidos a los bloques de cenizas prensadas hoy tan comunes; la combinación, por tanto, de una presión atmosférica reducida, gran volumen total y abundancia de agua, parece reducir el riesgo de los incendios a un nivel aceptable. Ello no es óbice para que deba procederse a una profunda investigación del tema antes de dar por buena la respuesta.

En lo tocante a la guerra no nos cabe sino especular. Vacilo en reclamar para la humanización del espacio la capacidad de resolver uno de los problemas más viejos y crueles de nuestra especie: el dolor y la destrucción causados por las guerras territoriales. Abundan los cínicos que afirman que la humanidad se decantará siempre por el salvajismo incluso cuando las presiones territoriales se vean notablemente reducidas. Cierto es que las maníacas guerras de conquista no siempre han sido básicamente territoriales. Cuando Gengis Kan conquistara la mayor parte de Europa y Asia no tenía plan alguno que aplicar a las tierras obtenidas y se limitó simplemente a destruir ciudades a su paso y a asesinar sin más contemplaciones a sus moradores. Sin embargo, la historia de los años siguientes a la Segunda Guerra Mundial apunta ciertos cambios con respecto al pasado; por de pronto, que los conflictos bélicos en nuestra era nuclear son motivados, si no del todo en gran medida, por cuestiones territoriales: dramáticas pugnas por porciones de terreno limitadas e inextensibles. Diríase, no obstante, que ese impulso territorial de conquistar las tierras de otro ha de resultar bastante inhibido por las propias condiciones de la vida en las comunidades espaciales: éstas se verán libres de las seculares limitaciones que animan las guerras territoriales en la Tierra, serán repetibles de manera que nadie se verá constreñido por límites fijos, serán independientes entre sí en lo tocante a sus necesidades esenciales, y serán móviles. A la larga, cuando sea posible construir nuevos hábitats de manera más barata, en los propios asteroides, sus residentes podrán elegir entre trasladarse a lo largo de algunos decenios, con ayuda de motores de baja impulsión, hacia una zona ocupada ya por otras comunidades culturalmente congeniables, o --si así lo desean- marchar en dirección contraria.

Desde el punto de vista militar, los hábitats espaciales resultan poco prometedores como lugar de emplazamiento de armas o bases militares. En primer lugar, desde un punto de vista estrictamente castrense, serán sumamente vulnerables; así que no es de esperar que a nadie se le ocurra la idea de atacar a otro so pena de incurrir al mismo tiempo en grave riesgo. En segundo lugar, su alejamiento de la Tierra y el hecho de que medien entre ésta y aquellos por lo menos uno o dos días de viaje, hace que queden descalificados como origen o cabeza de puente de un ataque sobre nuestro planeta. Resumiendo, la probabilidad de que estallen guerras entre los hábitats parece, a mí por lo menos, considerablemente más pequeña que en el caso de las naciones de la Tierra.

En lo tocante al control internacional de las armas, dos motivos de esperanza se me vienen en seguida a la mente. Exista ya un tratado internacional de prohibición de armas nucleares en el espacio, y las comunidades espaciales pueden obtener toda la energía que necesiten de fuente solar. Las tentaciones representadas por la posesión de productos de reactores nucleares no tienen por qué darse en el espacio.

En el curso de conferencias sobre el tema de las comunidades espaciales, a veces se ha suscitado la posibilidad de que sufran un ataque de procedencia interna, por parte de algún demente o grupo extremista. El evento puede darse, claro está, pero entiendo que muchas comunidades pueden resolver la implantación de algún tipo de "inspección de aduanas" que elimine o reduzca considerablemente la posibilidad de ingreso en ellas de armas o explosivos. En la Tierra, por ejemplo, hemos venido practicando esas medidas de seguridad desde hace algunos años, por ejemplo, en los aeropuertos. Sin embargo, si a pesar de tales precauciones hubiera algún terrorista que lograra importar o fabricar explosivos, lo cierto es que debería hacerlo en gran escala para que le fuera posible producir una catástrofe de grandes proporciones. Como en el caso de los aviones, puentes y barcos, los hábitats serán diseñados de manera que la pérdida de un elemento de soporte o de un solo cable longitudinal determine el inmediato reparto de las cargas a toda la estructura por vía de los elementos más próximos. Como ya he señalado, la destrucción de uno y hasta de varios de los paneles de una ventana provocaría simplemente una fuga de atmósfera lo suficientemente lenta como para que no hubiera dificultad alguna en proceder a una evacuación de urgencia a las comunidades vecinas.

Las torres de tensión y compresión externas, que pueden suministrar a cada cilindro las fuerzas necesarias para su precesión alrededor del Sol, no resultarían apenas vulnerables al ataque terrorista estando ubicadas en el espacio, medio para cuyo tránsito sería necesario disponer de un traje y equipo adecuados. Con todo, si una de ellas fuere destruida, accidental o intencionalmente, tampoco ello sería causa de catástrofe para el hábitat. La precesión se vería detenida, de modo que si las reparaciones oportunas llevaran, por ejemplo, un día, los residentes verían la imagen del disco solar oscilando con un margen de dos diámetros, si bien la intensidad de la luz no disminuiría. Completados los trabajos de reparación, el ritmo de precesión podría ser acelerado hasta que la comunidad recuperara su orientación correcta. Semejante evento tendría sólo graves consecuencias si las obras de reposición duraran más de una o dos semanas, de modo que los ángulos del Sol con respecto al hábitat se alteraran en varios grados, con la consiguiente afectación de los cultivos en crecimiento.

Algunos de los peligros existentes en la Tierra no se darían en el hábitat espacial; entre ellos hay que contar los terremotos y las erupciones volcánicas, capaces de llevar la muerte a menudo a millares de personas, particularmente en las zonas costeras. Tornados, huracanes y tifones imponen también a veces un elevado coste en vidas humanas, y sabido es que numerosos navegantes mueren cada año por causa de la furia de las olas desatadas. Entre los riesgos aportados por la tecnificación de nuestra sociedad, hay que contar los derivados de los accidentes automovilísticos. Gracias a la existencia de buenas carreteras y de leyes de circulación relativamente estrictas, en Estados Unidos registramos por pasajero-kilómetro la tasa de muertos más baja de toda la Tierra; ello no obsta para que de una población de doscientos millones sean cincuenta mil los que mueren cada año por esta causa. Resulta instructiva una comparación de los riesgos presentes respectivamente en nuestro planeta y en un hábitat espacial: incluso considerando el caso extremo de que el impacto de un meteorito del peso de una tonelada destruyera totalmente la colonia, siendo causa de la muerte de todos sus habitantes, el riesgo letal implícito sería de tan sólo de una sexagésima parte del que nos acecha en Estados Unidos por la simple existencia de nuestros automóviles.

Si la opción hábitat espacial es considerada en la escala de tiempo más temprana posible, el resultado podría ser que en unos pocos decenios todas las naciones del mundo dependieran de la energía solar producida en estaciones satélites construidas en comunidades espaciales. En tales condiciones, la energía nuclear quedaría confinada principalmente a los laboratorios. La dependencia de una fuente energética inagotable, pero relativamente vulnerable, eliminaría una de las causas actuales de tensión internacional y la amenaza de conflicto armado, al tiempo que disuadiría a toda nación potencialmente aventurada de infligir un ataque a su vecino.

Si, por el contrario, para disponer de energía nos vemos forzados a contar con el rápido y extensivo desarrollo de reactores nucleares, dentro de poco no habrá nación industrial ni país en vías de desarrollo que no disponga de ellos. El plutonio será producido en grandes cantidades en cada uno de éstos, y la tentación de canalizar parte de la producción hacia el sector armamentista puede que sea muy fuerte para determinados líderes políticos. Con tanto material fisionable en curso de producción o de envío de un lugar a otro, no es improbable que alguna consignación vaya a parar a las manos de algún grupo terrorista, con lo cual la Tierra puede convertirse en un asentamiento humano mucho más peligroso de lo que lo es ahora.

Hablando, pues, de riesgos, la alternativa parece plantearse entre el desarrollo de comunidades espaciales, relativamente a salvo de catástrofes, en las que una fracción cada vez más crecida de la raza humana se hallaría ampliamente dispersa y, por tanto, libre de una destrucción simultánea, y una Tierra cada vez más masificada, en un espacio habitacional estrictamente limitado, en condiciones donde las probabilidades tanto de guerra como de actos de terrorismo se verían notablemente multiplicadas.

   

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