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Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill. Capítulo 5: Islas en el Espacio

Creada31-03-2013
Modificada30-05-2015
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Julio1

 

Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill

Islas en el Espacio

Al considerar la forma de los nuevos habitáis para los humanos -las islas del espacio- debemos tener siempre en cuenta que los detalles cambiarán, acaso profundamente, entre la concepción primera y la realización última. Pueden aparecer mejores soluciones a algunos problemas técnicos, y cabe que se presenten otros que hagan necesario un cambio de diseño. Yo me limito a describir una "prueba de existencia", una ilustración de que hay ciertamente una solución real para el diseño de las islas espaciales; pero sería de todo punto extraño que los esfuerzos de un hombre no fueran considerablemente mejorados cuando otros se pongan a considerar asimismo el problema.

Confieso haber adoptado un enfoque humanitario en el diseño que sugiero. La revolución tecnológica es una poderosa fuerza de cambio social, y al elegir entre diferentes posibilidades técnicas me he sentido fuertemente inclinado hacia aquellas que parecen ofrecer el mayor número de probabilidades de ampliar las opciones abiertas al hombre y de evitar represiones que, de otro modo, podrían ser insalvables. Sin embargo, no presento ninguna Utopía; los cambios del hombre se producen a costa de milenios, y éste retiene siempre en su interior tanto la capacidad para el Bien como para el Mal. El bienestar material y la libertad de elección no garantizan siempre la felicidad, y para algunos la facultad de elegir puede antojárseles amenazadora y hasta temible. Aunque reconozco que mi estudio discurrirá en torno al medio físico, y sólo indirectamente abordará lo psicológico, trataré de describir, no obstante, un ambiente donde se combinan, además de la eficacia y el carácter práctico, oportunidades para aumentar las opciones, los placeres y las libertades del individuo humano.

He sostenido que existe solamente un modo de desarrollar una industria verdaderamente rica en potencial de crecimiento y capaz de proseguir el curso de su evolución durante mucho tiempo sin causar por ello daño alguno al medio ambiente: se trata de combinar la ilimitada energía solar, los virtualmente infinitos recursos de la Luna y del cinturón de asteroides y una ubicación próxima a la Tierra, pero no situada en una superficie planetaria.

Describiré en primer lugar una comunidad de las que llamo de "tamaño moderado"; es más grande que el primer modelo de hábitat, pero dista mucho de alcanzar las dimensiones del más grande susceptible de ser construido.

Ciudad Espacial Cilíndrica Isla 3Isla Tres es lo suficientemente rentable en el empleo de materiales como para que pueda construirse en los primeros años del siglo venidero. Las cifras parecerán asombrosas, pero se basan en rigurosos cálculos: dentro de los límites de la tecnología actual, Isla Tres podría tener un diámetro de seis kilómetros, una longitud de treinta, y una superficie total habitable de más de mil kilómetros cuadrados con una población de varios millones de habitantes. Las mayores comunidades que podrían construirse, dentro de los límites impuestos por los materiales comunes en la actualidad, tales como hierro y aluminio, y con presiones de oxígeno análogas a las existentes a 1.700 metros sobre el nivel del mar en la Tierra, podrían ser de longitud y anchura hasta cuatro veces mayores, y con una superficie habitable equivalente a la mitad de Suiza. Al principio resultaría antieconómico construir hábitats de semejantes dimensiones, que supondrían un derroche de materiales. Con todo, a la larga es posible que la raza humana construya hábitats de esas medidas, y con tecnologías más avanzadas, incluso mayores.

Gravedad, agua, terreno, aire y sol natural en un ambiente semejante al de la Tierra constituyen las necesidades que debemos tener en cuenta. La rotación puede proporcionarnos gravedad, y afortunadamente hay por lo menos dos formas geométricas aptas para tal rotación al tiempo que nos sitúan al Sol real estacionario en el espacio. Una consiste en un par de cilindros acoplados cuyos ejes longitudinales sea paralelos entre sí. Los cilindros son cerrados por casquetes hemisféricos y contienen oxígeno. Cada uno de ellos gira en torno a su eje mayor, de modo que las personas que vivan en su superficie interna experimenten una gravedad como la terrestre.

Iluminación de Isla 3 a través de los VentanalesLa superficie lateral del cilindro se divide en seis regiones, tres "valles" alternantes con tres hileras de ventanas. Colocando tres grandes espejos planos por encima de las ventanas y orientando los ejes de los cilindros siempre hacia el Sol podemos hacer que los "valles" reciban su luz naturalmente y que el astro aparezca inmóvil en el cielo, pese a la rotación del cilindro. Variando el ángulo del espejo conseguiremos una disposición semejante a la del alba, a la del paso lento del Sol a través de nuestro firmamento durante el día y, en fin, a la del ocaso. La longitud del día, el tiempo, el ciclo estacional y el equilibrio térmico de la colonia pueden ser regulados, así, mediante un programa de variación angular del espejo adecuado. Un gran espejo paraboloide situado al extremo de cada cilindro puede recoger energía solar durante veinticuatro horas al día para activar la planta de producción energética de la comunidad.

Si, por ejemplo, disponemos muchos cilindros más pequeños cerca de los grandes, y nos servimos de los primeros para el cultivo agrícola, habremos conseguido lo que jamás ha sido posible en la Tierra: un control independiente de las condiciones climáticas óptimas para la vida humana, para la agricultura y para la industria coexistentes en un radio de pocos kilómetros.

Las zonas de "valles" de Isla Tres serían de unos tres kilómetros de anchura por treinta de longitud, elevándose a partir de esa distancia para conformar cerros y montañas. Estas últimas, formadas en las superficies internas de los casquetes hemisféricos del cilindro, podrían alcanzar una altura de más de 3.000 m.

Paisaje interior de Isla 3En su versión más simple, el diseño de una comunidad espacial contará con luz solar reflejada en el hábitat por grandes espejos planos sujetos a cada cilindro en rotación mediante numerosos cables y solidarios con éste en su movimiento. El habitante de una de esas zonas de valles alzará la vista al cielo y lo verá azul, gracias a un sencillo artificio: resultará fácil controlar la reflectancia de los espejos y la tonalidad de las zonas de ventanas ("solanos"), a fin de producir la combinación de calidez y brillo más agradables, al igual que impartir una tonalidad azul a dichos solanos.

No se percibirá sensación alguna de rotación, pese a que el cilindro girará a razón de una vez cada dos minutos; la gravedad en el valle será la normal en la Tierra. Con todo, nadie que viva en el hábitat espacial albergará la menor duda sobre su posición relativa: en lo alto, más allá de las nubes, y de manera vaga por causa de la distancia, acertará a columbrar los otros dos valles de su hogar. En lontananza, aparecían tan indistintos en cuanto a detalle como la superficie de la Tierra vista desde un avión a 6.000 metros de altura; sin embargo, serán visibles.

El ángulo con que la luz solar que entrará en el hábitat será controlable, y dependerá sólo de la longitud respectiva de los cables que sujetan los espejos. A medida que éstos se desplieguen lentamente por la mañana se producirá la "salida" del Sol, el cual se moverá en el firmamento con la misma velocidad aparente con que lo hace en la Tierra; nada en su aspecto sugerirá siquiera que es el cilindro el que gira. Solamente con instrumentos muy delicados sería posible descubrir que la imagen del disco solar gira alrededor de su centro.
Controlando el ángulo del Sol en el cielo, los residentes del espacio podrán regular igualmente la longitud de sus días, la variación de los mismos y, por tanto, las estaciones y el clima medio. No es probable que les dé por introducir cambios súbitos o caprichosos en tales variables. Como nos ha demostrado la era de los reactores, los humanos pueden ajustarse rápidamente a cambios en el ciclo día/noche, al igual que a las condiciones climatológicas; menos adaptables son, en cambio, las plantas, de modo que una vez haya sido establecido un ciclo serán buenas y muchas las razones de que cualquier variación en el mismo proceda sólo de manera muy lenta.

Para el tiempo en que sea construida una comunidad tan grande como Isla Tres, los hábitats espaciales puede que no estén ocupados en medida próxima a su límite ecológico: la máxima densidad demográfica permitida por el terreno. Hacia los primeros años del siglo venidero, la Tierra estará dos o tres veces más poblada que hoy, y la densidad de población de los hábitats espaciales puede ir cayendo hacia el mismo valor de la de la Tierra, para a la postre descender aún más. Sin embargo, Isla Tres podría sustentar fácilmente una población de diez millones de personas, que cultivarían sus alimentos en cilindros agrícolas próximos al hábitat principal, pero fuera de él. Para el cálculo del coste habitacional por persona supondré que se ha llegado a esa densidad superior. Aquí en la Tierra es ya común el conflicto perpetuo entre la industria, la agricultura y el espacio vital; las consideraciones económicas aplicables al hábitat espacial, démonos cuenta, determinarán la superación de tal conflicto ubicando las actividades agrícolas a unos kilómetros de distancia de las zonas habitacionales. Resulta relativamente caro, desde el punto de vista material, la construcción de grandes cilindros con diámetros de varios kilómetros, y no menos caro el proporcionarles una luz solar de apariencia a todos los efectos normal. Las plantas no requieren de esos lujos y pueden ser cultivadas con gran eficacia en lugares donde la intensidad solar es alta, pero desprovistas de amenidades visuales.

Con la industria y la agricultura ubicadas en el exterior, los pobladores de Isla Tres pueden usar sus seiscientos kilómetros cuadrados de área terrenal con fines habitacionales y recreativos. Sospecho que siendo tan variada la procedencia de los numerosos colonos eventualmente llegados para establecerse en las comunidades espaciales, no lo serán menos los modos en que será utilizada la superficie disponible. Algunos emigrantes puede que opten por disponerla en forma de pequeñas poblaciones, con viviendas unifamiliares, en medio de frondosos bosques. Cabe asimismo que haya a quienes les dé por edificar pequeños núcleos de elevada densidad poblacional, para gozar, por ejemplo, del colorido y la vivacidad de la interacción humana, característica común, por ejemplo, de las pequeñas poblaciones italianas. Siendo tan numerosas las comunidades ofrecidas, los emigrantes terráqueos podrán elegir la más idónea a su personalidad e idiosincrasia. Personalmente creo que me inclinaría por una disposición para mí muy atractiva: dejar los valles libres para el emplazamiento de pequeñas villas, bosques y parques, crear lagos en los confines de aquéllas, al pie de las montañas, y edificar pequeñas ciudades que se extendieran ladera arriba a partir de las orillas de los lagos. Incluso a pesar de la elevada densidad poblacional que podría caracterizar a uno de los primeros hábitats, esa disposición resultaría a mi juicio agradable: una casa en una pequeña villa, donde la vida fuera tranquila y los niños contaran con suficiente espacio para sus juegos; y a tan sólo unos diez o quince kilómetros, una pequeña ciudad, de población algo menor que la de San Francisco, a la que la gente acudiera siempre que desearan visitar museos, teatros o salas de concierto.

Para Isla Tres, considerada como comunidad que pudiera construirse hacia la primera mitad del siglo próximo, entiendo que la densidad poblacional será "alta", aunque, como he señalado, el hábitat no tiene por qué parecer atestado. Para alimentar semejante colectividad será del todo suficiente contar con una zona agrícola igual a la habitacional. Esto puede parecer sorprendentemente poco; equivale a disponer de una parcela de tan sólo unos diez metros de lado para el cultivo del alimento necesario para atender a una persona. En la Tierra la agricultura jamás alcanza semejante productividad. Sin embargo, la cifra apuntada se basa en las cosechas obtenidas ya en una notable serie de experimentos realizados por un individuo ciertamente genial.

Tras una larga y activa carrera en la Universidad Cornell, el doctor Richard Bradfield se retiró en 1965. Poco después, no obstante, abandonó su merecido lugar de descanso para asumir una responsabilidad y una tarea física que muchos hombres más jóvenes habrían considerado excesivas: la dirección, bajo el patrocinio de la Fundación Rockefeller, de la Estación Agrícola Experimental Internacional de las Filipinas. Este Instituto, laboratorio destinado al desarrollo de nuevos métodos de cultivo intensivo y de elevado rendimiento, constituye el centro mundial de lo que se ha dado en llamar la "Revolución Verde". El doctor Bradfield descubrió que las cosechas pueden aumentarse considerablemente por dos expedientes: Cultivo Múltiple y Plantación Doble. En el primer caso se aprovecha la circunstancia de que un cultivo de crecimiento aéreo, como el maíz, puede medrar en las mismas hileras donde lo haga otro de escasa elevación, como los boniatos. En tanto a uno y otro se les provea de los elementos nutritivos necesarios mediante aplicación intensiva de abonos, ambos cultivos pueden vivir y crecer conjuntamente en perfecta armonía.

La Plantación Doble se basa en el hecho, no ignorado siquiera por los aficionados a la jardinería, de que durante las primeras semanas tras la siembra de las semillas el crecimiento no depende de la luz solar, ni siquiera de los elementos nutritivos, pues todo lo que se requiere es calor y humedad. La técnica de la doble plantación consiste simplemente en superponer un ciclo de cultivo a otro ya en curso: para el maíz híbrido, por ejemplo, de rápido crecimiento y que alcanza su madurez en sólo noventa a cien días, el método supone la plantación de la semilla del cultivo siguiente diez o veinte días antes de que haya sido recolectado el anterior.

Con estos procedimientos el doctor Bradfield fue capaz de conseguir cosechas enormes, incluso mediante agricultura básicamente convencional, sin recurrir a la técnica hidropónica. Su Estación Agrícola podía atender a veinticinco personas por cada media hectárea escasa, hasta en un clima por debajo del ideal, como el filipino.

Valiéndose de los datos del doctor Bradfield es posible calcular la cosecha de productos agrícolas de una zona en el espacio, donde la temperatura será ideal en todo momento (probablemente como la de un cálido día estival en lowa) y las demás condiciones climatológicas se mantendrán constantes. No hay razón, por tanto, para que no se puedan obtener de este modo cuatro cosechas por año.

En los países desarrollados estamos acostumbrados a una dieta variada y probablemente demasiado rica; en los hábitats espaciales nadie tiene por qué limitarse al arroz o a los cereales. Los dietistas nos dicen cuántas calorías y gramos de proteínas necesitamos diariamente cuando desarrollamos una actividad física, y las zonas de agricultura espaciales han sido proyectadas sobre esta base. Muchos de nosotros pensamos que con semejante dieta nos va a costar no engordar. En las primeras comunidades espaciales no será práctico criar vacunos para carne; son sin duda ineficientes en la tarea de convertir los alimentos vegetales en carne rica en proteínas, proceso en el que se pierden valiosos factores. Los pollos y pavos, en cambio, lo consiguen con más eficacia, y apenas algo menos los cerdos. El doctor Bradfield ha descubierto en el curso de sus experimentos con agricultura de elevado rendimiento que los desbroces y recortes de cultivos tales como el maíz y los boniatos pueden ser eficazmente usados como forraje para los cerdos, y que semejante práctica puede ser muy bien aprovechada en los cilindros agrícolas de una comunidad espacial.

Con una dieta variada que incluya todo el maíz, cereales, pan de diversas facturas y repostería a los que muchos estamos acostumbrados, y con abundante volatería y cerdo, los colonos espaciales harán bien en seguir el ejemplo de nuestros antecesores los Padres Peregrinos y, así, celebrar el día de Acción de Gracias con un buen pavo, y Navidad con un sabroso jamón. No habrá necesidad de que nadie tenga que recurrir a las tortas de soja prensada y a la harina de pescado, a menos que guste especialmente de ellas. Con cuatro cosechas al año, un clima totalmente fiable, libre de huracanes y de heladas, y con las técnicas desarrolladas por el doctor Bradfield, las comunidades espaciales pueden sustentar fácilmente a veinticinco personas con algo menos de media hectárea de terreno cultivable.

Modulo de GranjasLas zonas de cultivo del hábitat espacial serán probablemente muy pequeñas, acaso de tan sólo 2,5 km2. Puede tratarse de cilindros, pero carecerán de espejos giratorios externos; simples reflectores cónicos serán más que suficiente, ya que un tallo o brote de maíz no repara en si la imagen que recibe del Sol es redonda o elíptica. Estas zonas serán mantenidas probablemente a escasa densidad de oxígeno, correspondiente quizá a la que existe en lo alto de las montañas, pues ello abaratará la estructura continente y también porque las plantas crecen mejor con menos aire. El clima será cálido y húmedo para la mayoría de cultivos y la diurnidad se controlará de modo muy poco costoso extendiendo una pantalla de lámina u hoja de aluminio en gravedad cero fuera del cilindro y por delante de los espejos, con objeto de reducir o eliminar la cantidad de luz solar aferente. Si examinamos el interior de un cilindro tal, rara vez veremos agricultores, al igual que ocurre cuando se cruza, por ejemplo, el valle de San Joaquín, una de las zonas agrícolas de más elevado rendimiento en Estados Unidos; sucede en este caso que el agricultor ocasionalmente hallado conduce u opera siempre alguna máquina: plantadora, cosechadora, etc. En la comunidad espacial el apero mecánico puede contar con aire acondicionado, quizá hasta ajustado barométricamente, y desde luego, se encontrará protegido de la radiación debida a eventuales deflagraciones solares.

Cuando llega el invierno al valle de San Joaquín, la temporada de cultivo queda total y drásticamente clausurada. Ello no ocurrirá en el hábitat espacial. En éste, cada cilindro dispondrá del clima y de la estación elegidos, pues estos factores pueden ser controlados regulando el contenido de humedad del aire y de la tierra y por la programación de los períodos de diurnidad. Con semejante control no hay razón alguna para no ajustar la estación climática de cada cilindro, de modo que favorezca específicamente al cultivo que interesa, como tampoco la hay para no distribuir las diferentes estaciones o temporadas entre los distintos cilindros. Es posible establecer incluso una serie al gusto: enero, febrero, marzo, etc. Con tal grado de libertad será posible disponer siempre del cultivo deseado "a la sazón" en una de las colonias, para que los colonos que viven a pocos kilómetros de ella puedan disfrutar, por ejemplo, de fresas frescas en mitad de lo que para ellos sería enero.
A la larga, cuando se cuente con un abundante suministro de agua extraída de los asteroides, se podrá destinar ciertas zonas agrícolas a lagos y lagunas, tanto dulces como saladas, donde podrán criarse ostras, almejas, peces de todas clases y, quizá, hasta langostas, esa delicia amenazada de extinción.

La viabilidad de semejantes opciones depende de la constante disponibilidad de energía solar gratuita en el espacio, y del hecho de que esa energía puede ser usada en la producción de abonos químicos. Una fábrica que utilice energía térmica directa para convertir nitrógeno y oxígeno en óxido nítrico, adecuado para suministrar abono abundante para un hábitat espacial, requiere una superficie especular de concentración de tan sólo un metro cuadrado por persona, dada la elevada intensidad de la radiación solar en el espacio y su disponibilidad día y noche durante todo el año.

Prefiero pecar de prudente en mis estimaciones, de modo que para cuando las colonias espaciales sean realidad es muy posible que las condiciones sean mucho mejores de lo que yo "he prometido". Estudios detallados, auspiciados por la NASA en 1975 y 1977, con participación de expertos en agricultura de alto rendimiento, han puesto de relieve que, en efecto, las cifras dadas por mí rayan, en todo caso, en lo más modesto. La compañía General Electric está tan convencida del potencial de la agricultura de gran productividad en ambiente cerrado, que en 1977 aportó los fondos necesarios para crear un invernadero piloto de un cuarto de hectárea del que se prefiguran cosechas mucho más elevadas que las que he nombrado.

Los hábitats espaciales funcionarán en base a un sistema de reciclaje total: los productos frescos, la fruta, las hortalizas, la carne, la leche y el queso pasarán directamente de las zonas de producción a las habitacionales, cuya corriente de retorno se compondrá de agua y de materias primas para las fábricas de abonos; nada será desechado. La circulación de todos los desechos por un horno solar de temperatura elevada garantizará la esterilidad de todo el material aferente a las zonas agrícolas, con lo cual quedará asegurada asimismo la ausencia de plagas de cualquier índole, incluso si hubieran sido introducidas accidentalmente en las zonas habitacionales. En el peor de los casos -si se introdujera o evolucionara una fitopatía cualquiera- el proceso de esterilización integrado en el reciclaje evitaría totalmente su propagación. Y tan pronto como el problema fuera detectado cabría una alternativa mucho más conveniente que el necesario recurso a pulverizaciones y venenos, obligado en la Tierra: bastaría con purgar el agua del cilindro contaminado a través de una caldera solar, de donde sería recogida en un depósito estéril, en tanto que dando paso franco a la luz solar mediante total apertura de las pantallas se elevaría la temperatura del cilindro afectado a cotas incompatibles con la vida de cualquier organismo. Al cabo de varios días o semanas de semejante tratamiento sería reintroducida el agua, repuestas las bacterias edafológicamente indicadas y reiniciado un nuevo ciclo de cultivo.

La densidad demográfica de los hábitats espaciales será regida por estrictos criterios económicos: se establecerá un coste fijo por kilómetro cuadrado de superficie comunal, bajo para las colonias pioneras y más alto para las más grandes. Un hábitat de gran diámetro requerirá una coraza de aluminio o acero de mayor grosor. Como he subrayado, un elemento clave en la colonización del espacio será la continuación inobstaculizada de la revolución industrial como proceso determinante del incremento de la productividad individual y de la riqueza. Este aumento puede, en cierto modo, ser medido en patrones de tiempo, si consideramos la variable correspondiente a la densidad demográfica. En las primeras fases no será posible, desde el punto de vista económico, construir y amortizar una comunidad a menos que ésta albergue una ingente fuerza laboral que compense los gastos de construcción dentro del plazo de amortización. Más tarde, a medida que la automatización, la productividad, y con ella la riqueza promedio, aumenten, será más fácil construir comunidades relativamente grandes con fines habitacionales con el concurso de una fuerza laboral escasa. Como veremos en un capítulo venidero, esta transición no llevará mucho tiempo; con un crecimiento normal de la productividad no llegará al siglo el tiempo necesario para reducir en un factor de diez la densidad poblacional.

Con todo, Isla Tres representa lo que podríamos llamar un modelo temprano, construido cuando la productividad no es mucho mayor que la característica de una nación desarrollada en nuestra Tierra en el momento presente. Puede albergar una población de unos diez millones de personas, y justo es examinar ahora lo que semejante colectividad determinaría en lo tocante a las condiciones de vida.

Con la mitad de la población congregada en pequeñas ciudades establecidas en las laderas de las montañas, y la agricultura concentrada en los más o menos 700 km2 correspondientes a los cilindros externos, los valles pueden destinarse enteramente a zonas verdes y pequeños núcleos suburbanos. Aunque los estilos de vida pueden ser tan variados como el origen nacional de los colonos, una posibilidad consiste en crear una serie de pequeñas poblaciones en el seno de un bosque. Un censo de 25.000 personas bastará, por ejemplo, para dar razón de la existencia de escuelas y comercios, y esta comunidad no tiene por qué extenderse más de dos kilómetros. Contando con buen tiempo y una suave variación estacional, las bicicletas y pequeños vehículos de tracción eléctrica serán más que suficientes para proveer a los desplazamientos locales, de manera que se tratará de una villa libre de automóviles y máquinas de combustión interna. Pese a referirme a Isla Tres como congregación de densidad alta, las circunstancias concurrentes en ella harán que no resulte en modo alguno atestada: una familia compuesta por cinco miembros podría contar con una casa de una planta, con cuatro o cinco dormitorios y espaciosa zona de recreo con jardín y patio de igual área, con lo que la mayor parte del pueblo quedaría libre para lugares públicos, escuelas, comercios y hasta un parque comunal.

Algunas particularidades de la geometría del hábitat abrirán nuevas vías al diseño de viviendas. Como muestra menor, la fea y ubicua antena de televisión presente en todos los suburbios americanos desaparecerá, para ser reemplazada por un equivalente integrado ya en la propia construcción y orientado hacia el vértice del casquete del cilindro. Con línea de visión directa y tan sólo unos kilómetros de alejamiento, la recepción de imágenes será ciertamente soberbia. Probablemente, para cuando semejante comunidad sea construida, todas las familias podrán comunicarse asimismo directamente mediante microondas con una librería central capaz de proporcionar inmediata respuesta sobre cualquier rama del saber, así como cumplida información sobre eventos de toda índole.

La energía eléctrica transmitida desde la estación solar exterior a través de cables subterráneos tendidos al tiempo de la construcción del hábitat, activará luces, aparatos domésticos y sistemas de aire acondicionado de manera regular, constante y limpia, es decir, no contaminante; la mayor parte de la energía se aplica normalmente a la cocción de los alimentos y a la calefacción de la vivienda; en Isla Tres, ese calor de aplicación directa puede ser sin más obtenido del Sol, sin necesidad de pasar por una fase intermedia como la electricidad. El terreno sobre el que se edifiquen las casas puede no tener más de sesenta o setenta centímetros de grosor, además de ser dotado en el momento de la construcción de diferentes canales de acceso directo a la coraza exterior. La energía solar será asequible incluso durante la noche, a muy poca distancia del piso de la vivienda. Reflejado por espejos externos, el calor solar necesario, por ejemplo, en la cocina será conducido a través de un corto canal, para ser absorbido por la cara inferior de una simple plancha metálica.
Así, cualquier aparato eléctrico de esa clase puede ser sustituido por una sencilla superficie de cocción alimentada por un espejo colector de un par de metros cuadrados, de acción fácilmente cancelable mediante una cortinilla. La calefacción de las diferentes dependencias de la casa puede proceder del mismo modo. Que sea éste el método a la postre adoptado, dependerá tan sólo de consideraciones económicas y de diseño. Puede que la energía eléctrica resulte en definitiva tan barata que, por eventuales razones de conveniencia, se opte resuelta y enteramente por ella.

Las viviendas de Isla Tres contarán asimismo en su diseño con un detalle que ninguna construcción de la Tierra puede igualar: una ventana en la sala de estar con una orientación tal que permita la contemplación inobstaculizada de la inmensidad del espacio, con las brillantes estrellas en majestuoso desplazamiento a través del campo de visión conforme al invariable ciclo rotatorio de dos minutos de Isla Tres.

Las instalaciones productivas de la comunidad espacial que describimos pueden ser de dos clases: industria ligera, ubicada en las ciudades y aun en los mismos pueblos, e industria pesada, enteramente fuera del hábitat. En la Tierra la industria debe competir con nosotros por el terreno donde asentarse. Este conflicto no se producirá en Isla Tres.

Un complejo industrial situado justamente fuera de uno de los extremos de la comunidad y libre de rotación será ideal para procesar y elaborar los materiales lunares en productos acabados. En cada uno de los extremos de los hábitats cilíndricos puede emplazarse un delgado disco, sin rotación, de industrias que operen en gravedad cero; un disco tan grande como el casquete hemisférico de la colonia y sólo del grosor requerido por la industria o fábrica en cuestión. Con semejante diseño, cada uno de los establecimientos allí radicados puede disponer de su propio acceso directo al espacio para recibir consignaciones de materias primas y expedir sus productos. Esta geometría ha de permitir que el calor desechado por esas industrias sea radiado con igual facilidad al frío espacio exterior. Los obreros de tales industrias en gravedad cero pueden desplazarse desde el eje del cilindro a sus respectivos lugares de trabajo en unos pocos minutos, a través de un gran corredor con aire, pero sin gravedad, impulsándose en origen para emprender vuelo libre a su destino, y pudiendo leer entretanto sus respectivos periódicos diarios.

Los productos de esas industrias agravitacionales pueden ser ciertamente muy grandes. No hay razón por la que una fábrica externa no pueda construir y montar enteramente una estación completa de energía solar, que luego sería botada suavemente al medio ingrávido para su traslado al lugar de uso prefijado.

En un medio tan rico en energía como será el de toda comunidad espacial, resultará muy fácil separar de los productos de desecho industrial aquellos materiales susceptibles de reutilización; pero si escapasen humos o gases cualesquiera de alguna planta fabril, la fuga no contribuirá en modo alguno a la contaminación del ambiente, ya que será expulsada por el viento solar más allá de los confines de nuestro sistema.

En las zonas agrícolas de Isla Tres estarán vedados los animales, salvo aquellos insectos destinados a la polinización; no hay razón alguna para tener en ella aves que, naturalmente, atacarían las cosechas.

Sin embargo, en las principales zonas habitacionales podemos hallar el medio ideal para la supervivencia de determinadas especies amenazadas de extinción en la Tierra. No será necesario el empleo de insecticidas u otros tóxicos, y los desechos industriales, de haberlos, se los llevará el viento solar para no entrar jamás en el propio hábitat. En tales condiciones y previa selección apropiada de las especies que habrán de formar el ecosistema inicial, no ha de ser difícil la introducción y asentamiento en las zonas no agrícolas de algunos de los animales, raros ya en la Tierra, cuya conservación pueda interesar.

En fin, todo paso con miras a la colonización del espacio redundará en beneficio de los programas conservacionistas también en otro sentido: aliviando a la Tierra de la industria y de la presión demográfica, de modo que las especies de animales, aves y peces actualmente en peligro renueven sus posibilidades de supervivencia.

   

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