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Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill. Capítulo 3: El Problema Planetario

Creada31-03-2013
Modificada30-05-2015
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Febrero25

 

Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill

El Problema Planetario

El aumento exponencial de la población en el que no es ya sólo un planeta finito, sino agudamente limitado, hará con casi toda seguridad que los próximos decenios en la Tierra se revelen no sólo muy difíciles, puede que hasta catastróficos. En Estados Unidos, y pese al amortiguamiento debido a sus grandes riquezas, empezamos a notar los efectos del desempleo, de una rápida inflación y del conflicto existente entre eficiencia industrial y protección del ambiente.

Si examinamos con detalle las tasas de crecimiento demográfico de cada uno de los países de este mundo, reparamos en que la estabilidad ha sido alcanzada en aquellas zonas cuya riqueza, basada en un elevado nivel de tecnología, proviene de un enorme consumo energético: América del Norte, Europa y Japón. Para mantener esa tasa de opulencia, esos países deben quemar combustibles fósiles a un ritmo alarmante. Entre el golfo Pérsico y el Japón media una interminable cadena de grandes petroleros, ¡Cuyas tripulaciones pueden ver indefectiblemente el humo de las chimeneas del que les sigue!. En Estados Unidos, ese insaciable apetito de hidrocarburos es aún mayor.

En tiempos pasados la guerra y las plagas eran dos importantes factores de estabilidad demográfica. En América del Sur, África y la India, donde la pobreza sigue extendida y los progresos llegan de manera muy lenta, las tasas de crecimiento de la población continúan siendo de orden explosivo. La pobreza y la ignorancia son compañeros de viaje, y la decisión de limitar el tamaño de las familias puede tomarse con más facilidad en el seno de aquellas liberadas de la pesada labor manual, con el cuidado sanitario de sus pequeños asegurado y suficientemente acomodadas para poder dedicar el tiempo de sus hijos al campo de la educación.
Parece que la clave de la limitación demográfica se encuentra en la riqueza. Por otra parte, debemos ver con cierta aprensión, en cuanto a su exactitud, las estimaciones de las Naciones Unidas. Aunque predicen la existencia de una población tres veces mayor en el curso de una generación, se basan en el supuesto de que las tasas de aumento se reducirán drásticamente en las naciones pobres antes de concluido ese plazo. Pero, si no hay modo de lograr que los países subdesarrollados incrementen notablemente sus recursos, la correspondiente caída de esas tasas demográficas puede que no se produzcan sino por vía catastrófica.

Si queremos en verdad ese descenso, y por medios pacíficos, parece que el mejor procedimiento es precisamente atacar la pobreza y la ignorancia; debemos incrementar la riqueza de los países subdesarrollados, y no sólo en un pequeño porcentaje anual, sino de forma espectacular, con factores de diez o cien. Y no lo lograremos mediante sencillos programas de reparto de excedentes; no nos sobra tanto para ello, y la evidencia histórica revela que esas modestas iniciativas suelen ser más que absorbidas por los propios incrementos de población. Las zonas del mundo que sufren los peores problemas son a menudo también las que carecen de recursos energéticos o se hallan situadas en climas miserables, de modo que sus perspectivas de industrialización a largo plazo no justifican el menor optimismo.

Hemos de encontrar la manera de obviar de algún modo esas limitaciones y de desencadenar una reacción en cadena en la producción de nueva riqueza, reacción que una vez puesta en marcha debe auto-mantenerse en lo sucesivo, a la vez que va ampliándose. Y no será de gran efecto, a menos que el tiempo de duplicación de su producto iguale el de repoblamiento de las zonas más pobres: dieciocho años, lo que significa acción muy acelerada.

Vivimos un período en el que los cambios técnicos se suceden a gran velocidad, y es frecuente que los resultados sean de carácter mixto, cuando no francamente adversos. Pero no podemos permanecer a la expectativa: no hacer nada representa a su vez una actitud negativa que condena a millones de nuestros congéneres a una muerte cierta por inanición. ¿Qué podemos hacer para invertir la tendencia actual hacia una mayor pobreza y hambre generalizadas?

Hace ya algunos años que Gerald Feinberg abordó el tema del cambio técnico en un libro subtitulado Mankind's Search for Long-Range Goals (Objetivos de la humanidad a largo plazo). Suscribo sus palabras en sólo dos puntos: generalmente no "buscamos" objetivos; la mayoría de las personas tienen ya bastante que hacer viviendo sus vidas, de modo que dejan todas las cuestiones del futuro remoto al azar, quizá con la vaga esperanza de que "ya saldrá algo". En segundo lugar, Feinberg sugería la conveniencia de que los temas de verdadera trascendencia sean sometidos a la mayor fracción posible de la población humana para su discusión, valoración y debate. Se refería particularmente a aquellos potencialmente tan explosivos como la modificación o alteración genética artificial, la alteración de la personalidad mediante agentes químicos o el incremento de la longevidad. La idea de que los temas fundamentales sean discutidos por muchos y no sólo por una "élite" poderosa es, en mi opinión, excelente: durante el último decenio ha sido llevada a la práctica en Estados Unidos por parte de asociaciones cívicas voluntarias interesadas en la planificación familiar, protección del medio ambiente y conservacionistas de la tierra. Debemos reconocer, no obstante, que una determinada población ha de ser razonablemente acomodada, bien educada y culta para hallar tiempo y ganas que dedicar a semejantes tareas. En aquellas partes del mundo donde esos problemas se presentan con cruel gravedad, casi nadie puede permitirse el lujo de pensar más allá de su siguiente comida.

Esta es una de las raras ocasiones en la historia de la humanidad en que una nueva opción tecnológica es sometida deliberadamente a amplio debate público antes, no después, de que la decisión al respecto haya sido tomada. Lo prefiero así: creo que el concepto de humanización del espacio posee valores propios, puede superar cualquier análisis numérico y el más riguroso debate en términos lógicos. Apoyarlo no demanda acto alguno de fe, sólo buena disposición para examinar con una mente abierta una serie de proposiciones fuera de lo común con las que no estamos en general familiarizados. Acorde con los criterios restrictivos de Feinberg, creo que los objetivos a establecer a largo plazo, en lo tocante a la población del espacio, no deberían ser otros que aquellos en que pudiera convenir el hombre dotado simplemente de buena voluntad para sus semejantes.

Entiendo que los que apunto a continuación satisfacen este requisito y que debieran convertirse en nuestras metas prioritarias, por razones humanitarias y de propio interés personal. Y no creo que esos dos criterios deban ser en modo alguno conflictivos.

  1. Desterrar el hambre y la miseria de todos los pueblos de la Tierra.
  2. Hallar un espacio vital de elevada calidad para una población mundial que doblará su número en el plazo de cuarenta años y se triplicará en otros treinta, incluso si los cálculos más optimistas sobre disminución de la tasa demográfica se demuestran correctos.
  3. Conseguir el control demográfico sin que medie para ello ninguna guerra, hambre, dictadura o coerción.
  4. Aumentar la libertad individual y ampliar el espectro de opciones asequibles al ser humano.

Desengañémonos, en este país iremos paulatinamente perdiendo importancia a medida que transcurren los años; no sólo por la disminución de nuestro número (sólo un 4 por ciento de la población mundial para el año 2000), sino también debido a que las limitaciones en cuanto a energía y materias primas pondrán freno a nuestro enriquecimiento. ¿No es razonable, por tanto, sugerir un quinto objetivo, de cariz acaso más parroquial? Conscientes de nuestras limitaciones, ¿no sería oportuno buscarle a este país un papel que pudiera revelarse beneficioso para la humanidad toda y al mismo tiempo beneficiar a nuestras gentes, a nuestra economía?
Considerando las cuatro primeras metas en relación con la quinta, aparece claro que carecemos de habilidad especial que exportar en lo tocante a sistemas de gobierno. Los más de nosotros aplaudimos fervorosamente la modalidad democrática de gobierno, pero no se trasplanta con facilidad: gran parte del mundo se ha apresurado a imitar nuestra tecnología y nuestros sistemas de productividad; pero no se ha constatado prisa alguna similar en cuanto a que hayan imitado nuestra forma de gobierno. Debemos reconocer, por otra parte, que otros ordenamientos han funcionado asimismo, quizá no mucho peor que el nuestro, hasta en sociedades cabalmente industriales. Tengo el convencimiento de que la fortuna y el ocio asequibles a un gran segmento de la población constituyen fuerzas poderosas en favor de formas de gobierno más democráticas; pero sospecho que si la raza humana adquiere un notable y general bienestar, y con ello un aumento en libertades humanas, lo hará en el marco de numerosas formas de gobierno, exteriormente distintas, y con muchas de las arengas hoy polémicas todavía en uso.

¿Conocemos la vía de un crecimiento exponencial de la riqueza, susceptible de extenderse durante muchos siglos y compartible por todos? Si podemos señalarla, y aun más, abrir la marcha en virtud de técnicas en las que somos reconocidos los primeros, como nación habremos logrado algo mucho más digno de contemplar con orgullo que toda preponderancia o imperio desvanecidos. Para conseguir semejante crecimiento exponencial en la riqueza y, de ahí, la oportunidad de alcanzar los cuatro grandes objetivos antes mencionados, necesitamos:

  1. Energía ilimitada a bajo coste, asequible a todos y no sólo a aquellas naciones favorecidas con grandes reservas de combustible nuclear o fósil.
  2. Nuevo e ilimitado espacio de mejor calidad que el actualmente disponible para la mayor parte de los humanos.
  3. Fuente ilimitada de materias primas, obtenibles sin que medie muerte, robo o contaminación.

Nada en nuestro sistema solar es verdaderamente ilimitado, desde luego; nada puede extenderse sin freno; pero una tasa de crecimiento exponencial de la riqueza puede ser racionalmente considerada si entendemos que puede mantenerse durante muchos centenares de años. Es enorme la diferencia existente entre un límite claro que se cierne sobre nosotros en cuestión de años o decenios, y en un momento en que los más nos encontramos aún en la más inicua pobreza, y aquél, en cambio, emplazado para dentro de centenares o miles de años, en condiciones de elevada prosperidad y educación universal de una población humana, pues, generalmente próspera y culta.

Estamos tan acostumbrados a vivir en la superficie de un planeta que nos parece de lesa natura el abordar siquiera el pensamiento de proseguir nuestras actividades normales en cualquier otro emplazamiento. Con todo, si la raza humana ha adquirido actualmente la capacidad técnica de llevar a cabo algunas de sus actividades industriales en el espacio, lícito es proponer que nos dediquemos ahora al interesante ejercicio mental de la "planetología comparada". Deberíamos preguntarnos críticamente y recurriendo a los números, si el mejor emplazamiento de una sociedad industrialmente en progreso y en creciente avance es la Tierra, la Luna, Marte, otro planeta o algo totalmente distinto. Sorprendentemente, la respuesta es ineludible: el mejor emplazamiento es "algo totalmente distinto".

En el curso de una mesa redonda celebrada con varios entrevistadores de la televisión, a Isaac Asimov y a mí nos fue preguntado por qué, indefectiblemente, ningún autor de ciencia ficción ha apuntado siquiera en esa dirección. La respuesta del doctor Asimov queda reflejada en una frase que ha hecho fortuna y a la que recurre desde entonces con gusto: "chauvinismo planetario".

¿Qué requiere el crecimiento exponencial de la riqueza? Tres cosas: energía, superficie y materias primas. La pregunta siguiente es: ¿en qué medida son necesarias para que prosiga nuestro desarrollo? Supongamos que una población humana universalmente acomodada, rica en energía, educada, presenta una tasa de crecimiento de 1/6 en el plazo de una vida humana. Esta tasa, ciertamente muy modesta y considerablemente menor que la actual, supondría un factor total de crecimiento de 20.000 en el plazo de 5.000 años. Ahora mismo la tasa es, desde luego, diez veces mayor.

La conclusión a que nos permiten llegar estos hechos es que para conseguir un crecimiento exponencial de la riqueza en un plazo que haga posible una verdadera diferencia cualitativa en la historia del hombre, los factores necesarios en lo tocante a energía, terreno para asentamiento y materias primas no son de dos, cuatro o incluso diez: son por lo menos del orden del millar y, probablemente, de cinco cifras. Y es con esta información en la mente que debemos considerar la Tierra -y sus "competidores "- a la hora de contemplar el emplazamiento de una gran civilización industrial.

Los límites energéticos de nuestro planeta han sido discutidos en el primer capítulo. Incluso si una fuente ignota e inagotable de energía fuere descubierta y explotada aquí, habremos alcanzado la barrera técnica en el plazo de una vida humana y media. Está claro que no podemos asentar una civilización industrial en expansión en un lugar sometido a tan corto plazo a una limitación tan fundamental.

Conocemos las disponibilidades de superficie de la Tierra; su geometría, como esfera en el espacio, hace que algunas zonas sean caldeadas moderadamente, otras demasiado y unas terceras insuficientemente.

En principio, verdad es que podríamos hacer habitable toda la superficie del globo, inclusive la Antártida, y que podríamos botar numerosas colonias a los océanos. Los cambios resultantes en cuanto a la climatología serían profundos y entrañarían el riesgo de fundir el hielo de los casquetes polares precipitando el advenimiento de otra glaciación; de no haber otra alternativa, ése sería nuestro destino forzado. Los tiempos en que se disponía de buena tierra virgen con clima adecuado hace mucho que han pasado. Los Estados Unidos son ejemplo de país relativamente despoblado, conforme al patrón mundial; pero ya nuestro mayor crecimiento se produce en regiones (Arizona, Nuevo México y otras zonas desérticas) que no atraerían a nadie en ausencia de aparatos de climatización y demás acondicionadores modernos. En determinados lugares de California, antaño considerados muy deseables, la superpoblación ha llegado a extremos tales que una encuesta reciente reveló que aproximadamente un tercio de los californianos preferirían irse a vivir a cualquier otro Estado. Sin embargo, el ánimo de los Estados vecinos de escasa densidad de población (Oregón, Idaho y otros) es abiertamente hostil para con los emigrantes de California.
En Europa, Holanda se encuentra cerca del límite de saturación humana considerando su clima y temporada de cultivos. En gran parte de Asia es tan enorme la masificación, que el hecho de que sea allí precisamente donde es de esperar aún la mayor tasa de crecimiento demográfico tiñe de negro nuestro futuro.

Las perspectivas de colonización de otras superficies planetarias son poco atractivas. En primer lugar, el área total en juego es demasiado pequeña: la Luna y Marte suponen apenas una extensión semejante a la que ofrece la Tierra; pero ninguno de ellos cuenta con atmósfera. Además su gravedad es inadecuada para el mantenimiento de nuestros cuerpos en buenas condiciones de salud, y la Luna, por otra parte, presenta un período nocturno de catorce días ininterrumpidos, lo cual impondría a los colonos la necesidad de organizar sus actividades de manera acorde. Venus es un infierno suficientemente caliente para fundir determinados metales, y sería inhabitable a menos que se procediera a una intensa "terraformación", por el momento inasequible a nuestra capacidad. Pero incluso después de semejante conversión seguiría siendo insoportablemente caliente debido a su situación mucho más próxima al Sol que la de la Tierra. Por último, el área total de Venus, aproximadamente igual a la de nuestro planeta, supondría a la postre una extensión de nuestros límites de viabilidad -atendiendo a las tasas de crecimiento demográfico actuales- en tan sólo dos o tres decenios.

El abandono de la superficie planetaria requiere una gran energía propulsora y una exacta programación en el tiempo; por consiguiente resulta de logro difícil y muy caro. En la superficie planetaria somos los "gravitacionalmente poco favorecidos" en el seno de una profunda hondonada de energía potencial. Salir al espacio desde la Tierra equivale, desde el punto de vista de inversión energética, a ascender desde una sima de 6.000 km de profundidad, es decir, una distancia más de seiscientas veces mayor que la altura del Everest. ¿Tiene sentido ascender con gran esfuerzo desde semejante agujero para derivar a través de una región rica en energía y materias primas e ir a parar laboriosamente, previo difícil y costoso descenso, a otro agujero, donde dichos recursos son de onerosa obtención y problemático empleo?

El establecimiento de una civilización industrial en una superficie planetaria presenta además otras desventajas:
Energía solar: En la Tierra es atenuada por la atmósfera, insegura a causa de la climatología e interrumpida cada noche por la propia rotación del planeta. El promedio de incidencia energética solar en los Estados Unidos en el transcurso de un año es de sólo 0.18 Kw/m2. En el espacio libre y a una distancia no mayor que la de la Luna, pero lejos de ésta y de la Tierra, la energía solar es asequible en todo momento a razón de 1.4 Kw/m2, es decir, casi diez veces más que en la superficie terrestre, y nunca restringida durante la noche.

Viajes y transportes: En un planeta provisto de atmósfera tienen lugar lenta y, en términos de consumo energético, costosamente. En el sistema de transporte estadounidense, aproximadamente la cuarta parte de la energía consumida es absorbida por la lucha contra la gravedad y la resistencia del aire. Esto supone un derroche de unas dos toneladas y media de petróleo al año por cada hombre, mujer y niño de nuestro país.

Confinamiento a una sola gravedad: Hasta el último decenio jamás se nos hubiera ocurrido que la industria pudiera proseguir en condiciones de gravitación nula; pero si semejante ocasión nos es brindada, huelga decir que será debidamente aprovechada. Toda actividad que implica la presencia de grandes objetos o pesos, de grúas, raíles, motores y otra maquinaria necesaria para manejar grandes masas en condiciones gravitatorias terrestres, se vería inconcebiblemente aligerada en ausencia de gravedad. Hay determinados procesos industriales, como por ejemplo, la obtención de grandes cristales perfectos, imposibles bajo gravedad uno y fáciles en gravedad cero. Y estos cristales pueden ser de diez a veinte veces más resistentes por unidad de tamaño que el mismo material menos perfecto morfológicamente.

El clima, el emplazamiento de las materias primas y el bajo costo del transporte marítimo tienden a hacer que existan grandes distancias, aquí en la Tierra, entre las zonas productoras y los núcleos de población. La consecuencia inmediata es que nos hemos atado a redes de interdependencia de muchos kilómetros de longitud. Quienquiera que interrumpa el curso de una de esas redes, cortando por ejemplo las fuentes de aprovisionamiento, de comida o de materiales varios, puede someter a una gran parte de la población a condiciones de precariedad y, por tanto, de tensión. Los ejemplos de tal amenaza son frecuentes y su resultado indefectiblemente el mismo: en el mejor de los casos, un aumento de los precios, un decremento de la producción y el sufrimiento general; en el peor -y esta situación se hace más y más visible a medida que nos hundimos en la crisis energética y alimentaria- nos aproximamos a una sociedad mundial regida por la amenaza mutua: rehúsame el petróleo y te negaré la comida; imponme suficientes privaciones, y cuando ya no tenga nada que perder arriesgaré la vida misma en el último y desesperado esfuerzo; provee a mis necesidades o te quemaré con mis bombas de hidrógeno.

Los mismos factores de variabilidad climática, la necesidad del transporte marítimo para minimizar las inconveniencias causadas por la gravedad, y hasta los ciclos estacionales, tienden a determinar grandes concentraciones de población, que vive en aglomeraciones tan cuantiosas que está constantemente sujeta a los males de la desmesura: elevada tasa criminal, suciedad y enfermedades, enajenación social y corrupción política.

Hasta ahora hemos dado por sobrentendido que la existencia de grandes urbes era parte inevitable del proceso de la industrialización. Pero ¿y si fuera posible disponer un ambiente en el que los productos agrícolas pudieran obtenerse eficientemente en cualquier lugar y época del año? Un medio ambiente donde la energía fuera universalmente asequible en todo momento y en cantidades ilimitadas; donde el transporte resultara tan fácil y barato como el transoceánico, no ya entre determinados puntos en particular sino por doquier... Actualmente existe ya la posibilidad de concebir semejante ambiente, hecho que someteremos a examen en el próximo capítulo.

La disminución de las opciones abiertas a la humanidad: La solución a los problemas de la energía y de las materias primas no garantizaría la libertad y el bienestar para todos. Son demasiado numerosos los ejemplos de inhumanidad en nuestra historia para que pensemos de otra manera. Sin embargo, hasta hace poco hemos alimentado la esperanza de que, a pesar de los tropiezos, la raza humana, en su totalidad, batallaba en pro del establecimiento de unas condiciones de vida más decentes para todos, con mejor educación y más libertades. La ignorancia y crueldad de un Gengis Khan, el genio demencial y sádico de un Hitler eran, nos decíamos llenos de esperanza, tan sólo horrores temporales en el curso de un desarrollo conjunto hacia lo mejor. Pero mientras sigamos atados y limitados a la superficie de la Tierra, tendremos que enfrentarnos a una nueva clase de peligro: ¡hasta nuestros éxitos se revelarán fracasos! La supervivencia hará que debamos limitar voluntaria o coercitivamente nuestras propias opciones. Heilbroner ha dicho que estos límites serán seguramente más que físicos y que, a la larga, también la libertad de la mente humana tendrá que ser enjaezada, como lo fuera, drásticamente, en las sociedades primitivas basadas en un estatismo impuesto por un rígido código de convivencia.

Distamos ciertamente de haber hallado el mejor modo de convivencia y gobierno humanos; y no distamos menos de haber logrado para todos la libertad o de explorar siquiera superficialmente el maravilloso caudal de facilidades que encierra la mente humana. ¿Qué lugar cabe, empero, en una Tierra cada vez más masificada y más necesitada de energía y materiales, a la diversidad, a la experimentación, a los intentos de hallar nuevas formas de vida más satisfactorias? ¿Qué oportunidad se les ofrece a los individuos emprendedores de crear sus propios micromundos de hogar y familia, como les fuera dado a otros en tiempos de la Nueva Frontera del Lejano Oeste Americano? Para mí, los viejos sueños de mejora, de cambio, de más libertad humana siguen siendo los más intensos y estimables; y lo que veo en un planeta como el nuestro, reducto y confín a la vez de la raza humana, es que muchos de esos sueños se verían para siempre cancelados.

   

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