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Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill. Capítulo 2: Futuro del Hombre en la Tierra

Creada31-03-2013
Modificada30-05-2015
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Febrero9

 

Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill

Futuro del Hombre en el Planeta Tierra

Contamos ahora con suficiente capacidad tecnológica para establecer grandes comunidades humanas en el espacio: colectividades donde será posible realizar muchas de las tareas y actividades habituales del hombre: cultivar, fabricar, etc. Los beneficios que cabe esperar de nuestra proyección al espacio exterior son considerables tanto a corto como a largo plazo.

La primera reacción ante semejante aserto es de incredulidad: "Pero ¿no queda eso fuera de nuestro alcance?" ¡En absoluto! La colonización del espacio por parte del hombre puede llevarse a cabo, con toda seguridad, sin superar en modo alguno los límites de los recursos disponibles en este mismo decenio. Sin embargo, aun siendo posible, ¿vale la pena? Creo que sí: las razones van desde la más inmediata y práctica -resolver la crisis energética en que estamos inmersos y que progresivamente afectará a nuestro mundo-, hasta la que, a largo plazo, pone en el candelero la cuestión del volumen de la población terrestre y los medios existentes en la Tierra para su sustento; finalmente, una nueva circunstancia de orden no material, fascinante, pero que no puede ser valorada con dinero: la oportunidad de ampliar las opciones del hombre y la diversidad de su desarrollo.

Durante decenas de miles de años los humanos han sido pocos en número e insignificantes en fuerza, en comparación con el entorno físico. No sólo la guerra y el hambre, sino también las plagas venían a diezmar las poblaciones tan pronto como aumentaban sus efectivos; discurrían los siglos y apenas si se notaba incremento alguno en el número de habitantes de la Tierra. Por otra parte, la calidad de la vida parece haber sido muy baja, incluso en tiempos de paz, durante aquellos años preindustriales. Aunque casi por doquier existían minorías privilegiadas detentoras de relativa fortuna, la mayoría de las gentes vivían prácticamente aferradas al yugo de las labores más pesadas y eran notorios y frecuentes los casos de esclavitud. Durante todo ese tiempo le habría sido muy difícil a un observador extraterrestre el comprobar telescópicamente nuestra presencia en la Tierra; nuestro poder y acción sobre ésta era demasiado escaso para hacerse notar.

De pronto, en un lapso de menos de doscientos años, nuestra situación como pasajeros de un planeta gigante, perdidos en su inmensidad e inermes ante sus fuerzas, ha cambiado espectacularmente. La consolidación de la ciencia médica y el rápido desarrollo de la química han hecho que las enfermedades infantiles mortales desaparezcan casi por completo en las naciones más adelantadas, paliando asimismo sus efectos en aquellas que no lo son tanto. Con esto, la población mundial crecía cada vez más, con el consiguiente peligro de agotamiento de las provisiones asequibles en la Tierra.

Al mismo tiempo ha cambiado nuestro poder y facultad de alterar la superficie del planeta. Nuestras actividades pueden transformar la Tierra, y de hecho lo hacen, así como la atmósfera que la rodea. Con cada año que pasa adquirimos un mayor grado de control sobre el medio ambiente, que tratamos de ajustar indefectiblemente a nuestros gustos. Sin embargo, el resultado no siempre es de nuestro agrado.

La revolución industrial ha sido el mecanismo determinante del aumento experimentado por nuestro poder físico, y el que ha logrado que, por primera vez, una parte notable de la población humana haya alcanzado un alto nivel de vida. Comodidad, longevidad razonable, libertad de traslación, etc., son productos directos de la industrialización. Con todo, este proceso ha causado igualmente notables daños. Aunque se inició hace sólo doscientos años, menos de una diezmillonésima parte de la edad de la Tierra, sus efectos secundarios han cambiado las condiciones de ésta de modo alarmante. Ha herido, inundado y ensuciado su superficie de manera que muchos juzgan intolerable. El humo y las cenizas de las fábricas de Inglaterra contaminan el aire que flota sobre los fiordos noruegos; agentes nocivos de los grandes complejos industriales del Japón son detectados de vez en cuando entre las nieves de Alaska. No hay apenas ciudad importante que no adolezca de problemas de contaminación de su atmósfera.

Si estos males nos hubieran llegado después de que todas las naciones de la Tierra hubieran alcanzado la categoría industrial, es posible que nos hubiésemos reunido, a nivel de especie, para discutir el remedio y las acciones necesarias para hacerles frente como colectividad. Pero no nos ha cabido tal suerte; y los peligros de la contaminación ambiental son ciertamente menores en comparación con otros también presentes: escasez de alimentos, de energía y de materias primas acechan nuestro futuro, en un momento en que la mayor parte de la raza humana es aún pobre y no es pequeña la proporción de la misma que se halla al borde de la consunción. No podemos resolver el problema volviendo a la sociedad pastoril, libre de máquinas: somos demasiados ya para vivir con los medios que aporta una agricultura preindustrial. En las zonas más ricas del globo dependemos de la agromecánica para producir grandes cantidades de alimentos con una inversión relativamente pequeña de trabajo individual; pero, en gran parte del mundo sólo una labor demoledora de sol a sol proporciona comida suficiente para apenas subsistir. Los países subdesarrollados suman las dos terceras partes de la humanidad; en esos países sólo un quinto de la población está adecuadamente alimentado, otro quinto aparece "solamente" desnutrido, y el resto sufre irremediablemente de malnutrición en alguna de sus formas.

En esos países la necesidad de aumentar el producto alimentario es desesperada. Cuando la Tierra no puede sustentar a sus pobladores y se extiende el hambre, las enfermedades estragan a los viejos y aún más duramente a los niños, que, afectos de malnutrición progresivamente incapacitante, ofrecen su agonía a sus impotentes padres. En algunas de esas regiones cierto grado de industrialización no es, por tanto, un lujo sino una necesidad extrema. Es trágico que en este siglo XX la satisfacción de esta necesidad quede vetada o retrasada en parte debido a los límites energéticos y materiales de la Tierra.

Si examinamos el proceso que ha reportado a los más de los que viven en el mundo industrializado cierta libertad de movimientos y exención de los trabajos pesados, repararemos que la clave está en el creciente empleo de fuentes de energía artificiales. El desplazamiento a grandes distancias se ha hecho común para gran parte de la población; hace cuarenta años era imposible hasta para los más opulentos. Un transatlántico de lujo de la década de 1930 tardaba varios días en atravesar el océano, y sus máquinas desarrollaban unos veinte caballos de vapor por cada pasajero transportado. El salto aéreo de una orilla a otra mediante reactor lleva tan sólo unas cuantas horas, pero el avión requiere una potencia de varios centenares de caballos en sus motores por cada viajero. Hasta la crisis energética de 1973-74, el consumo de energía aumentaba en Estados Unidos un 7 % anual. La mecanización de la agricultura, la "revolución verde" y el rápido desarrollo de una industria no agrícola en las nuevas naciones depende asimismo de su paso por un período semejante de crecimiento acelerado.

Y les cuesta horrores conseguirlo: nosotros fuimos los primeros en el consumo de la energía, y hemos rebañado hasta el fondo los recursos terrestres de fácil disponibilidad.

Desde el punto de vista político y moral, a nosotros, países desarrollados, nos alcanza la responsabilidad del saqueo a que hemos sometido la Tierra en los últimos siglos. No es probable, con todo, que ningún país de nuestro mundo desarrollado vaya a reducir voluntariamente su nivel de vida con objeto de compartir las restantes existencias energéticas de la Tierra con las naciones recién eclosionadas. Como demostraré, puede que nos quepa aún una alternativa aceptable: un modo de hacer que fuentes de energía baratas e inextinguibles queden a disposición de las nuevas naciones sin necesidad de claudicación por nuestra parte.
Cualquiera que sea la solución tecnológica de nuestro problema, su validez y lógica habrá de mantenerse durante un largo período de tiempo. Como dijera E. F. Schumacher:

Nada tiene sentido a menos que su continuidad durante largo tiempo pueda ser proyectada sin caer en absurdos... no puede haber un crecimiento generalizado y sin límites... Máquinas cada vez más grandes que implican aún mayores concentraciones de poder económico y que ejercen aún más violencia contra el retorno no representan progreso alguno: son la negación de la sabiduría.

Estas consideraciones debieran estar presentes en nuestra mente a medida que procedemos a examinar todas y cada una de las sugerencias técnicas contenidas en este libro, y yo me permitiré ordenarlas a modo de guía o de directrices:

  1. Toda propuesta de mejorar la condición humana tiene sentido sólo si a la larga encierra el potencial de dar a todo el mundo, sin importar su lugar de nacimiento, acceso a la energía y materiales necesarios para su progreso.
  2. Una "mejora" técnica será probablemente más beneficiosa si tiende a reducir más que a aumentar la concentración de poder y control.
  3. Toda mejora es valiosa si contribuye y tiende a reducir la escala de las ciudades, industrias y sistemas económicos, de modo que la burocracia pierda importancia y el contacto humano directo sea más fácil y eficaz.
  4. Una línea de desarrollo tecnológico estimable debe englobar un período de vigencia útil, "sin caer en absurdos", de por lo menos varios centenares de años.

Hay aún otras necesidades que, a mi juicio, debieran ser satisfechas en el curso del desarrollo de nuestra sociedad industrial para que éste sea real y efectivo. Sería deseable que el ruido y contaminación de nuestros sistemas de transporte fuera alejado de aquellos lugares donde se encuentran nuestros hogares y crecen nuestros niños. Sin embargo, hemos de conservar la libertad de desplazamiento rápido incluso a grandes distancias.

Debiéramos esforzarnos asimismo por dar solución al problema del crecimiento indeseado en nuestros propios ambientes individuales; si sigue aumentando la población, debemos buscar la forma de que pueda hacerlo al tiempo que se conserva la estabilidad de dimensión y densidad de las respectivas comunidades.

Y por último, en tanto batallamos por dar solución a los problemas de orden físico que agobian a la humanidad, debemos darnos cuenta, con humildad, de que no hay panaceas. No hay utopías. La humanidad no cambia; retiene en todo momento su capacidad tanto para el bien como para el mal. A lo más podemos sugerir situaciones cuyos imperativos técnicos harán más fácil que la humanidad se decante por la paz: diversidad antes que represión; humana simplicidad antes que inhumana mecanización. La tecnología debe estar a nuestro servicio, y no a la inversa.

En el último decenio han sido reconocidos cuatro problemas, todos relacionados con el reducido tamaño de la Tierra; se trata de la energía, los alimentos, el espacio vital y la población. Y el último es básico para los otros tres. De ahí que sea necesario el conocer las predicciones de crecimiento de la población humana, y no menos el estimar la confianza que merecen.

Son fundamentales al respecto los estudios demográficos llevados a cabo por el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas. Han sido cuatro ya los intentos realizados en el curso de los últimos veinte años con miras a compendiar las diferentes estadísticas mundiales, a fin de llegar a una predicción válida de las tendencias de crecimiento demográfico. La última vez fue en 1973.
Como punto de partida se conocen dos magnitudes: la población mundial actual (algo más de cuatro mil millones de personas) y el ritmo de crecimiento. Durante varios años éste ha sido del 2 por ciento anual, lo cual supone una duplicación del censo inicial al cabo de treinta y cinco años.
Sin embargo, considerada en una escala temporal de muchos siglos, la tasa de crecimiento de la población ha venido incrementándose continuamente. Ello ha llevado a exposiciones tales como la de Von Hoerner, que revela que el mejor ajuste matemático a la curva de aumento de población hasta 1970, llevaría a una verdadera "explosión": a un número infinito de personas dentro de unos cincuenta años. Este estudio es de gran valor como toque de atención acerca del problema entrañado por el crecimiento, aunque se comprende mejor, y es de más impacto, como declaración fundada de que en el curso de los próximos decenios la tasa de crecimiento debe reducirse, y de manera radical. Para los fines de este libro yo me serviré de las cifras de prospección demográfica de las Naciones Unidas (más conservadoras). La situación es ya de por sí suficientemente grave y no hace falta exagerarla.

La población mundial total en 1980 ha sido estimada por el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas en cada una de sus cuatro compilaciones, iniciadas a principios de la década de 1950. Es significativo que en cada una de las sucesivas revisiones la estimación acordada para 1980 haya sido elevada. A medida que la fecha se acerca y las extrapolaciones pueden realizarse sobre una base más exacta e información más precisa, el Departamento constata que sus estimaciones previas han sido demasiado bajas.
Es procedente el desentrañar asimismo qué clase y grado de sesgos pueden haberse introducido en los cálculos del Departamento a consecuencia de inevitables presiones políticas. En el curso de los últimos años han sido numerosas las naciones que han introducido medidas varias de control demográfico, aplicadas bien mediante soborno (como en la India, donde la recompensa que recibe el joven que se somete a una vasectomía irreversible asciende a la cuarta parte de su salario anual), bien por presión social y gubernamental (como en China, donde están prohibidos los matrimonios precoces y le son negados los beneficios y asistencias sociales al tercer hijo tenido por la pareja). Cuando un Estado miembro de las Naciones Unidas notifica al Departamento que semejante programa se halla en vigencia, poco le cabe a éste sino dar la declaración por válida. Sus predicciones, por tanto, reflejan generalmente el supuesto de que los programas de control demográfico serán tan eficaces como se ha previsto. Los riesgos implícitos en semejante suposición quedaron claramente ilustrados en 1977, cuando el control de la población pasó al plano político y el gobierno que lo había propugnado fue derrotado en las elecciones tras largos años de ejercicio. Y el caso es que incluso contando con programas adecuados y efectivos de control demográfico en las naciones subdesarrolladas, el Departamento nos informa de que vamos a ser unos seis mil quinientos millones los pobladores de la Tierra en e1 año 2000. Durante este último cuarto de siglo el incremento será relativamente escaso en las naciones desarrolladas, en tanto que se producirá casi por entero en las más pobres. El Sureste asiático, tan sólo, contará para el año 2000 con más habitantes que el propio mundo en 1970. En general, el tercio de la población humana radicado en las naciones desarrolladas cuenta con una medida adecuada en lo que se refiere a cuidados médicos, educación, alimentos y posesiones materiales, aunque muchas de las naciones más grandes adolecen de graves problemas de desigualdad interna. Para fines de siglo, y de acuerdo nuevamente con las estimaciones de las Naciones Unidas, será aún menor la fracción humana establecida en los países desarrollados. El mundo del año 2000 será, pues, más pobre y más hambriento que el actual.

Este aumento de la población parece contradictorio, si reparamos en que las cifras ofrecidas por el Departamento reflejan un supuesto optimista acerca de los programas de control demográfico. Sin embargo, no hay tal contradicción: el incremento previsto será resultado de una distorsión en la estructura social de las naciones más pobres en cuanto a la edad de sus componentes. Los progresos médicos han llegado a ellas hace tan poco que actualmente la mayor parte de la población la componen los jóvenes no llegados aún a la edad de procrear. Incluso si en su momento producen sólo dos hijos por pareja, el incremento demográfico será notable en sus países en el curso de la próxima generación.
Conscientes de ello, debemos reconocer asimismo que para evitar esa súbita plétora humana en el curso de los próximos veinticinco años sería necesario adoptar medidas violentas. No bastaría, desde luego, el limitar a dos hijos la proliferación familiar; se haría probablemente indispensable el recurrir a la esterilización masiva y forzada.
Los estudios realizados por las Naciones Unidas daban por correcto el supuesto de que la tasa de crecimiento demográfico en el mundo descendería hacia finales de siglo; por otra parte, apenas si se atreven a predecir qué ocurrirá después. Con todo, si extrapolamos sus gráficas descubrimos que la cota de los diez mil millones será alcanzada en 2035. Los más de los "nuevos" pertenecerán a las naciones subdesarrolladas y habrán nacido en la pobreza. Procede recordar que ésa es la "buena" noticia basada en la idea de que los programas de control poblacional tendrán éxito.

En esta línea de razonamiento, a medida que transcurra el tiempo, la fracción correspondiente a Estados Unidos en el total mundial irá haciéndose cada vez más insignificante. Para el cambio de siglo sólo una persona de cada veinticinco será estadounidense y sólo uno de cada cincuenta nacimientos se producirá en ese país. En lo que se refiere a la situación demográfica mundial, pues, carece de importancia y es enteramente irrelevante que nuestra tasa de crecimiento propia sea baja.

Aunque me he valido de las cifras de las Naciones Unidas para estimar el curso seguido durante los próximos decenios por la población mundial, dos razones introducen en el procedimiento serias dudas : las cifras de las Naciones Unidas se basan en el supuesto de que la tasa de crecimiento demográfico se reducirá drásticamente en los países pobres, en parte debido a la industrialización. Existen, no obstante, grandes obstáculos para que efectivamente tenga lugar en esos lugares esa esperada revolución industrial. En segundo lugar, las Naciones Unidas se han revelado excesivamente modestas en sus estimaciones previas; puede, por tanto, que también ahora. Y en tercero, el lograr una inflexión descendente en ese ritmo de crecimiento supone el invertir una tendencia vigente durante por lo menos 2.000 años, y puede que ello no sea fácil.

En los países ricos, la comodidad, abundancia y libertad de opción disfrutadas por los más se han conseguido sólo mediante una elevada tasa de consumo energético. Obtenemos alimentos eficientemente, pero sólo invirtiendo considerable energía en la producción de abonos químicos; nuestros hogares cuentan con luz, corriente y regulación de temperatura ambiental a expensas de la energía; nuestra libertad de desplazamiento depende de la combustión anual de una cantidad de materia que supera con mucho nuestro propio peso.
En Estados Unidos venimos usando de la energía en todas sus formas a razón de unos 10.000 vatios por persona; hasta el advenimiento de la crisis de 1973-74 esta tasa de consumo se doblaba cada ocho años. Pero no todo ese gasto de energía es necesario; sin embargo, nuestra experiencia con ocasión de las restricciones de gasolina impuestas en 1974 nos ha revelado que no puede ahorrarse mucha energía sin que ello conlleve una notable reducción en la libertad de movimientos del individuo. Si la carestía energética se hace crónica, no hemos de olvidar lo que ello significa y no sólo en cuanto a incomodidad y molestia, sino en términos de mera supervivencia en el marco de las naciones pobres. Procede reconocer, por consiguiente, que las medidas de conservación son a lo más de carácter paliativo y que nuestra necesidad de hallar nuevas fuentes de energía seguirá en aumento.

En la actualidad todos somos conscientes, en Estados Unidos, de que se hace imperativa la conservación de la energía. Han sido numerosos ya los programas y planes experimentados en este sentido, pero los expertos dedicados a predecir el consumo futuro de energía apuntan que, en el mejor de los casos, se logrará tan sólo una tasa de aumento inferior a la existente hasta 1974.

Quinientos mil millones de toneladas de petróleo y productos derivados son quemadas anualmente en Estados Unidos y nuestro consumo energético total asciende a unas dos veces y media más. La elevación del nivel de vida de las naciones subdesarrolladas a la altura del que disfrutamos nosotros exigiría otro tanto.
Si todos los habitantes de la Tierra gastaran energía a igual ritmo que nosotros y la obtuvieran en base a las mismas materias primas, es decir, petróleo, carbón, gas y demás fuentes, el total comprobado de recursos petrolíferos mundiales se agotaría en un plazo de cuatro años. Incluso mediante la aplicación de un riguroso programa de conservación, el consumo seguiría siendo tan elevado que si todo el mundo disfrutara de un nivel de vida semejante al nuestro y la energía procediera del petróleo, para el cambio de siglo se habría llegado a una situación tal que las reservas de hidrocarburos estarían totalmente exhaustas en seis meses.

Hay, claro está, grandes cantidades de petróleo no incluidas aún en la lista de recursos "comprobados"; su obtención, no obstante, impondría auténticos estragos en el medio ambiente. En Estados Unidos, donde los grupos ambientalistas o ecologistas iniciaran su movimiento, que ha alcanzado ya considerable impulso, existe honda preocupación por el daño que la explotación de fuentes submarinas, remotas y de bajo grado inflige al medio natural. En lo tocante al petróleo, significa la presencia de torres de perforación en el canal de Santa Bárbara y los riesgos implícitos en la controvertida conducción transalaskiana; en lo que se refiere a hidrocarburos pesados de origen pizarroso o de carbón, supone la devastadora minería a cielo abierto; y si se trata de combustibles nucleares, la extracción y trituración de rocas superficiales en extensas zonas de la orografía occidental.

La base de la revolución industrial ha sido hasta ahora la disponibilidad de abundantes fuentes de energía a bajo precio. Ahora, cuando los costes de ésta se incrementan aceleradamente, la inflación y estancamiento económico de las naciones "ricas" es ya un hecho. En un solo año, 1973-74, el precio mundial del crudo se ha cuadriplicado. Este simple aumento le ha costado a la economía estadounidense más de veinte mil millones de dólares cada año sucesivo.
En los países pobres y densamente poblados la elevación de precios ha tenido consecuencias más graves: a fin de obtener suficientes alimentos para sacar a su masiva población de niveles de hambre, estos países deben pasar rápidamente a una agricultura intensiva. Esta conversión exige una producción de abonos y fertilizantes enormemente incrementada, lo cual a su vez demanda energía.

Hasta el momento la energía nuclear ha satisfecho sólo una fracción menor de nuestras necesidades energéticas. A medida que los combustibles fósiles se hacen cada vez más escasos y caros, la mayoría de los expertos piensan que nos veremos forzados a contar crecientemente con la asistencia de la energía atómica. Las perspectivas no son, desde luego, atractivas: el estudio preparado por Associated Universities, Inc., ha previsto que en el plazo de tres decenios la mayor parte de nuestra energía eléctrica provendrá de reactores rápidos con moderadores de metal líquido. El problema del desecho de residuos radiactivos no será de fácil solución. Además, semejantes reactores producirán plutonio, con el cual se estaría a un paso de obtener fácilmente una gran cantidad de bombas atómicas. Parece lógico que, en este caso, no habría nación, independientemente de sus dimensiones económicas o políticas, que no hiciera acopio de un verdadero arsenal nuclear; y hay que añadir que ello ocurriría al margen de su estabilidad de gobierno. Grandes cantidades de material fisionable serían movidas de un lado para otro, y casi inevitablemente parte del mismo sería interceptado por grupos terroristas.

Durante muchos años hemos contemplado la fusión nuclear como fuente limpia de energía; sin embargo, tras veinte años de investigaciones y miles de millones de dólares invertidos no ha habido laboratorio alguno que haya dado prueba de ello. A medida que los conocimientos al respecto han ido aumentando, tanto más evidente se ha hecho que la fusión nuclear dista de ser una auténtica fuente energética limpia, entendiendo por ello aquella que nos libra de los desechos radiactivos: también los produce. Personalmente no creo que el trabajo dedicado haya sido una pérdida de tiempo, pero es importante darse cuenta de que la manipulación segura y eficiente de la fusión nuclear requiere una tecnología mucho más avanzada y problemática incluso que todo lo que se sugiere en este libro.

La energía solar representaría ciertamente una buena alternativa y la mejor solución a nuestros problemas energéticos, siempre, claro está, que estuviera disponible durante veinticuatro horas al día y que permaneciera en todo momento libre de interferencias causadas por las nubes. No es cuestión de desecharla sin más, es cierto, pero sí de admitir que es muy difícil el llevarla a la superficie de la Tierra cuando nos hace falta. En resumen, nuestra esperanza de mejora del nivel de vida de nuestro propio país y de extensión de dicho nivel a las naciones subdesarrolladas depende del hallazgo de una fuente de energía barata y universalmente asequible. Si seguimos atendiendo con inquietud y fundada preocupación al medio ambiente en que estamos insertos, esta fuente de energía debiera hallarse libre de contaminación y accesible sin tener que recurrir al asolador estragamiento de la Tierra.

Podría argüirse que en los países más desarrollados la aminoración de la tasa de crecimiento en lo tocante al consumo energético podría lograrse sin excesiva dificultad ni renuncias apreciables; puede que ello sea verdad, aunque me asalta la incómoda impresión de que acaso exista cierta relación entre la escasez energética, los incrementos de precio y los graves problemas económicos actuales en los países industrializados y grandes consumidores de energía. En aquellos que no han alcanzado aún ese nivel, es decir, donde la revolución industrial está todavía por producirse, los rápidos incrementos de la tasa de consumo son probablemente condición necesaria para su desarrollo. Para lograr el establecimiento de una saneada economía mundial puede que sea necesario, por consiguiente, suponer que las tasas de crecimiento hasta hoy constatadas (de un 7 por ciento aproximadamente en cuanto a la energía) tendrán que continuar. Von Hoemer ha señalado que, de ser éste el caso, la energía que trasmitiremos a la biosfera dentro de ochenta y cinco años será suficiente para aumentar la temperatura media de la superficie de la Tierra en un grado centígrado. Y eso es suficiente para provocar profundos cambios climáticos, de pluviometría, y hasta en el nivel de agua de los océanos. Algunos geólogos opinan, al fin y al cabo, que las glaciaciones de tiempos remotos fueron causadas por cambios de temperatura no mayores que el mencionado.

Creo que Von Hoerner acierta en lo fundamental. Podemos proceder con nuestras propias estimaciones independientes y, a la postre, abocar a resultados similares. Valiéndonos nuevamente de la proyección "optimista" de las Naciones Unidas, para el año 2060 seremos unos trece mil millones de habitantes en la Tierra. Si para entonces las grandes discrepancias de riqueza entre las naciones se han visto en cierto modo y medida reducidas, de manera que todos estemos consumiendo energía a un ritmo equiparable, la tasa máxima tolerable resulta ser mayor que la nuestra en sólo un 3 por ciento por año de crecimiento per capita. El límite "térmico" se revela, pues, real. Puede que lográramos evitarlo, durante algún tiempo, instalando espejos que cubrieran gran parte de la superficie de la Tierra con objeto de reducir la cantidad total de energía solar absorbida. Pero la medida carecería de futuro: cincuenta años más y estaríamos enviando a la biosfera un diez por ciento más que el calor recibido del Sol. Un crecimiento continuo del consumo energético en la superficie de la Tierra es, por tanto, incluso si la tasa de su incremento se modera, uno de los "absurdos" de que Schumacher habla.

El profesor Heilbroner ha estudiado las consecuencias de las limitaciones de energía y materias primas recién discutidas, en relación con el desarrollo humano desde el punto de vista político y sociológico. Opina, a mi juicio correctamente, que las gentes seguirán guiándose por los mismos deseos, instintos y temores que han venido dominando la historia del Hombre hasta nuestros días. Desecha la idea de detener la revolución industrial en su nivel presente: "...Las polémicas encendidas en contra del crecimiento no son sino ejercicios fútiles. Aun peor, puede que se orienten en la dirección equivocada... En las zonas retrasadas, esa aguda miseria que es fuente potencial de tanto trastorno internacional sólo puede ser remediada mediante la introducción de rápidas mejoras, inclusive... servicios sanitarios, educación, transporte, producción de abonos, etc."

Heilbroner se revela pesimista sobre las perspectivas de que se produzca un extenso cambio social bien en el sistema capitalista bien en el socialista: "Nos hemos dado cuenta de que la racionalidad tiene sus límites en lo tocante al condicionamiento artificial de un cambio social, y de que estos límites se hallan mucho más próximos de lo que habíamos pensado... también, de que el desarrollo no consigue determinadas metas deseadas ni suprime tendencias no deseadas." En su opinión, de resultas de la creciente escasez de energía y materiales, "...lo probable es que se extienda un clima de "apetencia de bienes". Y en él tendría que producirse una reorganización a gran escala de la participación social, en la peor atmósfera posible, pues cada persona trataría de conservar su posición en un mundo económico contractivo".

En estas condiciones, Heilbroner teme que el riesgo de una guerra nuclear aumentará notablemente en el curso de los próximos decenios; a causa de la limitación de energía y materias primas, "...el deterioro humano masivo en las regiones más deprimidas solamente puede evitarse con la redistribución del producto mundial y de la energía existente en una escala inmensamente mayor de lo que hasta el presente ha sido siquiera contemplado... y tales transferencias internacionales sin precedentes apenas se pueden imaginar, salvo en presencia de una gran amenaza.
"Con todo, dos consideraciones aportan nueva credibilidad a la posibilidad de terrorismo nuclear: las armas atómicas hacen por primera vez posible semejante acción y las "guerras de redistribución" pueden ser el último recurso de las naciones pobres con la esperanza de remediar su condición
".
Incluso si no tiene lugar una confrontación nuclear y la humanidad sigue avanzando a trancas y barrancas durante dos o tres generaciones, Heilbroner estima que el límite de la emisión de calor entraña: "...un reto de igual magnitud para el socialismo que para el capitalismo industriales, el peligro de comprometer, y acaso desmantelar el modo de producción que ha constituido el logro más preciado de ambos sistemas. Además, ese modo de producción debe ser abandonado en un abrir y cerrar de ojos, según se miden las secuencias históricas".

Heilbroner señala que incluso en los decenios inmediatamente venideros nos veremos forzados a gobiernos crecientemente autoritarios: "...el paso por el embudo que nos espera puede que se logre sólo bajo gobiernos capaces de imponer obediencia de manera mucho más eficaz que en una atmósfera democrática... Los dirigentes fuertes proporcionan un sentimiento o sensación de bienestar psicológico que no dan los débiles, de modo que en momentos de crisis y apreturas se eleva la demanda de un gobierno férreo". En fin, el profesor Heilbroner llega a la conclusión de que la libertad intelectual de expresión es casi seguro que se sacrifique a las exigencias determinadas por las limitaciones de energía y materias primas: "...supongamos... que sólo un régimen autoritario, o posiblemente sólo uno revolucionario, sea capaz de montar la inmensa tarea de reorganización social necesaria para evitar la catástrofe..., ¿acaso no considerarían impertinente, y hasta onerosa para la gran mayoría la "autoindulgencia" de la libre e irrefrenada expresión intelectual, las gentes de semejante sociedad amenazada?"

Existe, por supuesto, una alternativa frente al crecimiento industrial. Es concebible que después de una serie de catástrofes la humanidad adoptará una forma de sociedad estática. Esta alternativa, civilización de "estado inamovible", fue considerada por J. W. Forrester, director del equipo de análisis de sistemas del Instituto de Tecnología de Massachusetts, que, auspiciado por el Club de Roma, publicó el documento "Limits to Growth" (Límites al Crecimiento). Por el hecho de haber llamado la atención sobre las consecuencias de un crecimiento exponencial en un medio finito, este grupo, a mi entender, desempeñó un gran servicio. Algunas deficiencias de detalle del modelo informático utilizado son comparativamente insignificantes. Forrester no veía más alternativa viable que un rápido cambio de nuestra civilización actual a la modalidad de estado constante. Heilbroner llega a una conclusión similar: "En nuestro descubrimiento de culturas "primitivas" que viven su historia de modo atemporal puede que hayamos dado con la más importante lección objetiva para el hombre futuro."

Un orden mundial de estado constante no tiene por qué ser primitivo; por ejemplo, el mundo inca del Perú previo a la Conquista reflejaba una sociedad rígidamente estructurada y dictatorial que satisfacía la condición de estado constante. El campesino del Imperio inca vivía su vida con todos sus deberes y responsabilidades rígidamente especificados, y al morir dejaba un mundo prácticamente idéntico al que había hallado al ingresar en él. Casi todas las sociedades estáticas se ven obligadas a suprimir, como autodefensa, las ideas nuevas. En palabras de Heilbroner: "La búsqueda de conocimientos científicos, el deleite en la herejía intelectual, la libertad de ordenar a placer la vida propia no es fácil que encuentren lugar en una sociedad estática orientada conforme a la tradición..."

El profesor Heilbroner es franco al admitir que "...muchas de las conclusiones de este libro me han causado a mí mismo gran dolor... las perspectivas humanas, tal como las veo, no concuerdan ciertamente con mis preferencias e intereses". Y finalmente, "si, por tanto, con la pregunta, ¿hay esperanzas para el hombre?, queremos saber si es posible enfrentar los retos del futuro sin pagar por ello un precio dramático, la respuesta debe ser: no, no existe tal esperanza".

   

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