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Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill. Capítulo 12: Perspectivas Humanas en el Espacio

Creada31-03-2013
Modificada30-05-2015
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Febrero1

 

Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill

Perspectivas Humanas en el Espacio

La especulación en torno al futuro constituye un proceso inquietante desde el punto de vista del científico. Este está acostumbrado a hacer predicciones que no pueden ser probadas o desmentidas hasta más tarde, pero las hace sobre la base de experimentos realizados con todo el cuidado y diligencia que le son posibles. Si ha mantenido un nivel profesional suficientemente elevado en su técnica experimental, sabe que la labor futura sólo podrá demostrar su acierto. Cuando el científico pasa a la especulación se desprovee de los instrumentos experimentales que respaldan su autoridad y saber, y sus predicciones no tienen, por tanto, más valor que las de cualquier otro. Aun así, debo inclinarme ahora hacia la conjetura, y lo hago lleno de aprensiones, consciente de que avanzo cada vez más hacia el extremo de un soporte muy precario. Como cualquier automovilista en invierno que intenta mantener por lo menos un par de ruedas sobre pavimento sólido, trataré de que mis especulaciones queden dentro de un marco numérico que, en definitiva, pueda ser calculado.

La historia y la analogía son terrenos sólidos en la traicionera marisma de la especulación. Sabemos que el comercio con el exterior ha constituido la base económica sobre la que han medrado y prosperado las más de las colonias humanas en sus primeros tiempos. Para la viabilidad económica a largo plazo de las comunidades del espacio, esperamos que haya algo que la Tierra pueda comprar en L5 y algo que los residentes de ésta deban importar de la Tierra.

La necesidad de disponer de energía barata en la superficie de la Tierra, en forma de electricidad transmitida por microondas desde las estaciones solares en órbita, habrá de mantenerse probablemente durante largo tiempo. Incluso si la renta per cápita en el mundo desarrollado queda congelada a determinado nivel, durante varias generaciones más seguirá la demanda creciente de energía en tanto el Tercer Mundo se esfuerza por ganar su libertad económica y ocupar el lugar que le corresponde en la sociedad de naciones. Mientras persista esta demanda, las comunidades espaciales de L5 contarán con un mercado propicio.
La idoneidad de L5 corno emplazamiento para la producción y uso de pesados equipos científicos (telescopios, naves de investigación y exploración tripuladas o no, laboratorios para el estudio de las condiciones inherentes a la ausencia de gravedad) debiera proporcionar a los residentes otro sector de comercio con los habitantes de la Tierra.

En mi opinión, la probabilidad de llevar provechosamente productos comercializables a la Tierra desde L5 es mucho más vaga. El hecho supondría una renuncia a la mayor ventaja económica con que contarán las comunidades de L5: su ubicación en la cima de una montaña gravitacional que se eleva a más de 6.000 kilómetros por encima de nuestras cabezas. Con todo, alguna consideración debiera darse asimismo a esta posibilidad. La mecánica de ese retorno de carga ha sido estudiada por Eric Drexler, del Instituto Tecnológico de Massachussetts (MIT), quien llego a la conclusión de que el envío de productos desde L5 a la Tierra podría realizarse de manera óptima en el interior de contenedores de reentrada hechos de titanio. La idea consiste en recuperar del océano los contenedores y desmenuzarlos para obtener el titanio puro (de gran valor). Llegará el momento en que los considerandos económicos de semejante proceso resultarán favorables, aunque yo, personalmente, vacilaría en invertir en una compañía importadora de titanio.

Los "productos" necesarios en L5 y asequibles en la Tierra cambiarán a medida que las comunidades evolucionen de mero destacamento precario a floreciente establecimiento fronterizo. Al principio L5 necesitará herramientas, máquinas, ordenadores y casi indefectiblemente todas las piezas de los complejos mecánicos que habrán de hacer posible la producción y la vida misma. Se necesitará carbono, nitrógeno e hidrógeno de la Tierra hasta el momento en que sea posible iniciar la minería en los asteroides.

Hay que tener en cuenta que los intervalos de velocidad desde la Tierra y desde los asteroides a L5 son casi iguales. De ahí que los costes de transporte desde los planetas, mayor y menores, sean comparables durante algún tiempo. Puede seguir luego un período de tiempo en el que la competencia económica tenderá a reducir los costes de transporte de nitrógeno, carbono e hidrógeno desde uno y otro lugar de origen, aunque finalmente se revelará más barato obtenerlos de los asteroides.

Durante muchos decenios y en tanto la inicial cabeza de puente espacial crece y crece para convertirse en una comunidad estable, L5 necesitará de pobladores a un ritmo mucho más rápido del que pueda seguir la reproducción natural. Preciso será, pues, llevarlos de la Tierra; así, no será raro ver, como sucediera en Australia, que con objeto de atraer inmigración, las comunidades de L5 ofrecen al principio el pasaje libre, cierta medida de capital inicial y vivienda gratuita a quienes decidan incorporarse a ellas.

La existencia de esos componentes varios de intercambio comercial beneficioso para ambas partes debiera contribuir al mantenimiento de una relación pacífica entre las comunidades de L5 y las demás naciones de la Tierra. Y si surgieran conflictos y desavenencias, como parece el sino inevitable de la especie humana, no es probable que ninguna de las colonias espaciales se arriesgara a una separación completa y cese del comercio, pues el precio que ello comportaría sería demasiado elevado.
Aunque determinados bienes serán objeto de comercio solamente durante un breve período de tiempo, la necesidad creciente de energía en la Tierra hará que nuestro planeta siga siendo un buen mercado para nuevas estaciones satélites generadoras de energía; a su vez, las necesidades de los emigrantes proseguirán durante un tiempo similar.

Por último, si la civilización de L5 accede a cierto grado de madurez y se estabiliza la población de la Tierra, podemos esperar, de manera análoga a situaciones vividas ya en nuestro planeta, que se establezca un floreciente comercio turístico en ambos sentidos. Cabe asegurarlo así, pensando en que, a medida que progrese la tecnología y se abaraten los costes de transporte, el inveterado impulso viajero encontrará pocas trabas.

Se ha dicho que toda nueva riqueza requiere de tres componentes: energía, materiales e inteligencia. En L5 la fuente de materias primas será inagotable, por lo menos durante varios siglos, en tanto que el suministro de energía se mantendrá constante y prácticamente ilimitado en los miles de millones de años venideros. El tercer componente hace referencia a la organización por parte de los hombres de la maquinaria y del propio esfuerzo productivo de manera eficiente. La productividad se puede describir como función de la razón existente entre el volumen de productos acabados y la inversión de trabajo humano. Si se mide en términos no monetarios (toneladas por persona y año) la razón apuntada integra ya automáticamente los efectos de la inflación.

La productividad se mantuvo estática durante muchos siglos cohibida por las limitaciones de una tecnología artesanal y de la energía resultante del esfuerzo humano y animal. Con la revolución industrial cambió totalmente la situación. En las modernas sociedades industriales de América del Norte y Europa Occidental el incremento de la productividad ha sido del orden del 2 al 3 por ciento anual. (Se ha argüido que en el seno de una economía capitalista pura, sin regulación o intervencionismo gubernamental, el interés sobre el capital debiera ser fijado a igual cota. La inflación, actualmente superior en varios puntos a la tasa de incremento de la productividad, se suma a los tipos de productividad y de interés de manera que tiende a ocultar los cambios reales subyacentes.)

La riqueza individual es proporcional a la productividad si el gobierno no absorbe con el tiempo una mayor fracción de la riqueza total. Una tasa de aumento de la productividad del dos y medio por ciento basta para doblar el ingreso real per cápita (no inflacionario) en menos de treinta años. Si consideramos los bienes y servicios asequibles y normalmente usados hoy en el mundo occidental por las gentes pertenecientes a la generación siguiente a la nuestra, observamos que en nuestras latitudes se ha duplicado el ingreso real en el plazo de tan sólo una generación. En el espacio, aunque no en la Tierra, es concebible que semejante incremento de productividad se mantuviera durante mucho tiempo. Actualmente los ingresos anuales medios de una familia estadounidense se acercan a los 15.000 dólares. Pero las limitaciones energéticas y materiales empiezan a hacer sentir su efecto de retención en la Tierra; sin embargo, podemos prever que en el espacio, para el año 2100, y de continuar una tasa de crecimiento de la productividad del orden del 2,5 por ciento anual, los ingresos medios de una familia podrían alcanzar el equivalente de más de 300.000 dólares al año en moneda no inflacionaria de 1975. Lógicamente ese aumento sólo puede producirse si crece asimismo la disponibilidad de energía, hasta un total de unos doscientos kilowatios por persona en una sociedad espacial del año 2100.

Algunas de las innovaciones que cabe considerar para finales del siglo venidero no supondrán el empleo intensivo de materiales o de energía. Puede que el ejemplo más sobresaliente nos lo ofrezca el computador electrónico. Es casi seguro que para el año 2100 los ordenadores habrán llegado a un grado tal de capacidad, que las más de las tareas y labores comunes serán controladas con ellos y realizadas por máquinas que, a su vez, habrán sido construidas en fábricas extremadamente automatizadas y con mínima intervención humana.
Otras innovaciones no serán tan económicas desde el punto de vista energético. El transporte a larga distancia, por ejemplo, requerirá de considerable energía, incluso en el espacio. Lógicamente cabe esperar que para el año 2100 las gentes que vivan en el espacio den por sentada la disponibilidad de medios de traslación baratos y potentes que les confieran una gran libertad de movimientos a velocidades de varios millares de nudos. Una disposición bidimensional de comunidades espaciales suficientemente vasta para albergar el equivalente de la población actual de la Tierra, donde cada habitante contará a su servicio con doscientos kilowatios de energía obtenida del calor solar, se extendería menos de 3.000 kilómetros. Dada una energía suficiente, una velocidad de crucero en el espacio del orden de 3.000 kilómetros por hora sería totalmente viable para un vehículo acelerado por un motor eléctrico. El equivalente de todo un mundo en cuanto a diversidad de población, clima y paisaje sería accesible a un residente del espacio del año 2100 en un viaje que durara una hora o menos.

A medida que aumenten los ingresos reales de los colonos, parece poco probable que los residentes de L5 opten por permanecer en los ámbitos más bien atestados de los primeros hábitats. En la Tierra nos hemos acostumbrado a la idea de que con cada año que pasa se reducen los espacios abiertos, surgen como hongos los centros comerciales en los que fueran prados y zonas verdes y aumenta la presión sobre la Naturaleza virgen. En L5, donde la tasa de construcción de nuevas áreas habitacionales se verá limitada sólo por la productividad, podemos esperar que en el curso de un siglo la densidad de población habrá de descender en vez de aumentar, cualquiera que sea el tamaño absoluto de la misma y su ritmo de crecimiento. Podemos estimar aproximadamente la densidad poblacional de un nuevo hábitat espacial construido hacia el año 2100 si consideramos la tasa actual de incremento de la productividad y de aumento demográfico. (Es de suponer que se trata de una estimación por exceso; de ser así, la respuesta será aún mejor de lo que ahora señalan nuestros cálculos.) Tomando como base el nivel estadounidense actual correspondiente a la fracción productiva de la población (aproximadamente un 40 por ciento) y suponiendo que la cuarta parte de la fuerza laboral se emplea en la construcción de nuevos hábitats, hallamos que a cada nuevo colono del año 2100 podrían corresponderle casi dos mil toneladas de estructura.

Para estimar el significado de lo dicho es necesario contar con un modelo; servirá Isla Dos: Cada una de tales Esferas Bernal tendría una masa estructural de varios millones de toneladas. Haciendo números, resulta que cada Isla Dos, con casi siete kilómetros cuadrados de área habitacional, sería ocupada por sólo una pequeña villa de dos mil seiscientos habitantes, ¡la vida en el campo, en verdad! En el espacio, toda la agricultura y la industria se emplazarían en una superficie adicional fuera de los hábitats, de modo que la totalidad de la zona de terreno de L5 quedaría enteramente disponible para habitación, recreo o para regiones salvajes (gran parte de lo que actualmente llamamos "zonas de restauración de la naturaleza" fue roturado o cultivado hace menos de cien años, de modo que la noción de dejar deliberadamente que se reinstaure lo salvaje no ha de resultarnos extraña). Incluso antes de establecer zonas específicas para la agricultura y la industria, la densidad sería comparable a la de algunos países de la Europa Occidental (los Países Bajos arrojan una densidad de 386 habitantes por kilómetro cuadrado, e Italia de 174, incluidas sus zonas montañosas, industriales y agrícolas).

Dando por bueno el éxito de todos los programas de control demográfico, la población total de la Tierra ascenderá a por lo menos diez mil millones de habitantes en el curso del siglo venidero. Como promedio cabe asumir que las densidades se triplicarán hasta el momento en que tenga lugar una emigración importante a las colonias del espacio. La saturación, que se deja sentir ya de manera agobiante en determinadas zonas de la Tierra, sólo puede hacerse cada vez peor. Por contra, si atendemos a la proyección de la densidad poblacional de L5 en el plazo de un siglo en el futuro, observaremos que los hábitats espaciales revelan una concentración de menos de la tercera parte de la que se ofrece actualmente en la montañosa y pastoral Suiza, y considerablemente menos que la que arrojará la totalidad del planeta a principios de la década de 1990.
Dada la creciente automación no es descabellado pensar, ni mucho menos, que las porciones "estandarizadas" de todo nuevo hábitat -coraza exterior, espejos, protecciones, radiadores de calor y demás componentes extrínsecos- serán construidos eventualmente por máquinas totalmente automáticas. La intervención humana será necesaria en aquellas tareas que requieran creatividad e imaginación: paisajismo, arquitectura y quizá algunas nuevas especialidades artísticas, como diseño climatológico y ecología creativa. Es posible, de ahí, que un grupo determinado de colonos que entre en posesión de una nueva zona territorial construida por la maquinaria prefieran atender a las operaciones de acabado por su cuenta: añadir el toque humano en lo que se refiere a paisajismo, arquitectura y elección de flora y fauna. Sus primeros años podrían emplearlos de modo semejante a como lo hicieran nuestros antepasados: el paso del tiempo reportaría de consuno el sentimiento de obra lograda y el orgullo de haber impartido la marca individual a la casa, el jardín y la floresta.

Los especialistas discuten en torno al origen o causa de la inflación; incluso ahora, tras numerosos años de estudio y esfuerzo, los economistas no se ponen de acuerdo al respecto. La explicación más sencilla goza todavía del mismo favor que las más complicadas: que la inflación es causada por "una demanda creciente de cada vez menos productos". Pues bien, algunos de los factores que en la Tierra impulsan esa incontenible espiral de la oferta y la demanda se hallarían ausentes o muy debilitados en el espacio. Como se ha observado anteriormente, los costes de la energía en L5 descenderán continuamente con el paso del tiempo, debido a que su fuente será libre e inagotable, y porque los progresos tecnológicos no han de servir sino para aumentar la eficiencia de la conversión de energía solar en otras formas utilizables. Una vez que los asteroides se hayan hecho accesibles a la minería, se dispondrá en abundancia de todo elemento químico necesario; los sistemas de transporte mediante energía solar que lleven dichos materiales a sus puntos de consumo mejorarán a su vez a medida que aumenten la capacidad y los refinamientos técnicos.

Sobre la Tierra gravita una presión inflacionaria de la variedad clásica "más en pos de menos", que podemos contemplar fácilmente a diario. A medida que aumenta la densidad demográfica ascienden inexorablemente los precios de los terrenos. Cada vez que se inaugura un desarrollo urbanístico los precios de las viviendas se encuentran en su punto más bajo: luego, a medida que van siendo menos las unidades vacantes, suben y suben sus precios hasta que a la postre el vendedor puede, indefectiblemente, establecerlos casi a su albedrío. Si deseamos ver precios de solares realmente inflados basta dirigir nuestra mirada a aquellos lugares deseables donde las leyes de ordenamiento del terreno mantienen el número de nuevos edificios estrictamente limitado y donde abundan los compradores ricos en busca de asentamiento; Suiza ofrece al respecto un ejemplo sobresaliente.

En las comunidades espaciales las densidades de población debieran disminuir en lugar de aumentar. No debieran producirse carestías de energía o de materiales; de ahí que acaso sea en el ambiente espacial donde se den las mejores condiciones para una economía no inflacionista. Si en el transcurso de muchas décadas continúa la inflación grave, aun en el espacio, nuestros descendientes habrán de llegar a la conclusión de que las principales causas de la misma no son materiales, sino psicológicas. Pero incluso en ese terreno contarán con ventajas las comunidades espaciales. Sabemos que una de las razones psicológicas primarias de la inflación es el miedo; miedo de que algún producto o necesidad, no esenciales, pero muy deseables, se acabe o sea irrealizable, de modo que se justifique por él un precio desmesurado. Se trata del síndrome de la "acumulación". En las condiciones de las comunidades espaciales, y tras los primeros decenios de aprendizaje y desarrollo, será relativamente difícil crear en las mentes de los colonos la convicción de que algo material se encontrará pronto en medida escasa.

Más incierta que cualquier otra predicción sobre el futuro es la que hace referencia al efecto a largo plazo que el medio espacial pueda ejercer sobre la longevidad. Pero, aun así, cabe argumentar plausiblemente en favor de que la vida se prolongará, si bien habrá de llevar algún tiempo el proceder a una comprobación significativa.
En primer lugar, las condiciones fundamentales para el mantenimiento de la vida debieran ser en el espacio por lo menos tan favorables como en las zonas medias más deseables de la Tierra, y mucho más favorables que en aquellas donde actualmente vive la mayoría de la gente. La pobreza es letal, y la riqueza del espacio habría de permitir que la mayoría de las personas que vivan en él puedan eludirla definitivamente. La atmósfera, temperatura y radiación solar pueden ser llevadas en el espacio a unos condicionamientos óptimos para el mantenimiento de una buena salud. Considerando la protección fácilmente obtenible a partir de las escorias industriales, la intensidad de la radiación en el espacio no debiera ser más elevada de lo que es en nuestro planeta. Sin embargo, ¿y los viejos? Aquí en la Tierra, con la edad y las enfermedades propias de la senectud, el cuerpo debe gastar más y más de su energía (de las reservas que le quedan) simplemente en su lucha contra la gravedad. En las instituciones a las que se retiran numerosos de nuestros ancianos, una considerable cantidad del equipo que vemos en ellas se dedica a asistir al cuerpo en su eterna e inexorable lucha contra la gravedad.
En un hábitat espacial nadie experimentará la menor dificultad en su deambular, dadas unas circunstancias físicas normales; pero, de no ser así, es fácil prever que quienes se vean afectados de alguna manera en su locomoción pasarán la mayor parte de su tiempo en zonas elevadas, donde la gravedad se reducirá considerablemente; quienes de otro modo se verían confinados al lecho en la Tierra, podrán gozar de libertad de movimientos en una región de gravedad próxima a cero.
Las enfermedades cardiovasculares se cuentan entre las principales causas de muerte entre las personas de edad. En el espacio podemos esperar que quienes sufran de problemas circulatorios se trasladen a regiones de baja gravedad donde podrán ejercitarse en actividades físicas que no impongan cansancio. En suma, parece plausible, como se ha dicho, que los habitantes del espacio alcancen una edad más provecta de lo que es común en la Tierra. Y lo que es más importante: sus últimos años serán vividos en condiciones cualitativamente mucho mejores, en el goce de una mayor independencia y libertad de movimientos, que lo que les permitirían las condiciones reinantes en nuestro planeta.

En la primera de las notas técnicas acerca del moderno desarrollo de la humanización del espacio, he comentado la posibilidad de reducir la población de la Tierra por vía de la emigración, quizá para mediados del siglo venidero. Al hacerlo he subrayado a un tiempo, como debo hacerlo siempre que surge el tema, la diferencia existente entre posibilidad y profecía. Si realmente se produce la migración humana hacia el espacio, la posibilidad de establecer seguidamente una firme emigración será incuestionablemente una certidumbre, como puede probarse incluso con el más simple de los calculadores de bolsillo y en base a cifras expuestas en relación con la masa de Isla Dos, cuya población pudiera estimarse en 140.000 personas. Hace falta, no obstante, otro dato: la fracción de la fuerza laboral dedicada a la construcción de hábitats, y que consideramos de la mitad. Con todo, pecamos quizá de conservadores al estimar la geometría de Isla Dos; Isla Uno pesa menos de la mitad de lo dicho por persona, en cuanto a la estructura. Hasta omitiendo toda posibilidad de aumento de la productividad por encima de las veinticinco toneladas anuales comunes en la industria pesada de la Tierra, el tiempo de duplicación de disponibilidades en lo tocante a terreno sería en el espacio de sólo siete años.

He supuesto que el actual índice de crecimiento de la productividad seguirá vigente el año en que se termine la primera Isla Uno, que tomaremos como nuestra "hora cero". Puede que se dé un período de "dedicación" tras ese hito, período de construcción intensiva, puesto que cabe que numerosas naciones de la Tierra se apresuren a plantar pie en el espacio. En el curso de esta era de pioneros la mayoría de los habitantes del espacio (quizá las cuatro quintas partes) serán empleados, y dos quintos de su producción podrían consistir en nuevos hábitats más que de estaciones de energía solar, por ejemplo. En este caso el tiempo de duplicación de disponibilidades de nuevas zonas habitacionales sería de tan sólo dos años, de modo que al cabo de, sencillamente, un total de ocho años serían 160.000 las personas residentes en el espacio.

Veamos qué ocurriría si entonces la fracción de gente productiva descendiera a una cota equiparable a la de los Estados Unidos, los colonos se dedicarán a construir los dos hábitats Isla Dos, mucho mayores, la productividad seguirá con su lento crecimiento actual y -vaya a título de simple ejercicio- toda la productividad material del espacio se dedicará a la construcción de nuevos hábitats. ¿A qué ritmo podría incrementarse entonces la población del espacio? (Repárese en que digo podría, no afirmo que lo haga.) La tarea es fácil con el concurso de un sencillo calculador de bolsillo, y las respuestas al interrogante son como sigue:

Año Población
10 290.000
15 1.500.000
20 9.200.000
25 68.000.000
30 631.000.000
35 7.300.000.000

Antes de discutir estas cifras, obsérvese que se basan en el supuesto de que continúe la lenta tasa actual de incremento de la productividad; de otro modo la escala de tiempo sería algo más dilatada, aunque no mucho más: la población registrada para el año 30, por ejemplo, se alcanzaría unos cinco años más tarde.
El objeto de este cálculo no es otro que el subrayar que si la productividad que hemos alcanzado ya aquí, en la Tierra, fuera aplicada en el medio espacial, rico en energía y en materias primas, en un lapso de tiempo de menos de dos generaciones se lograría una tasa de producción de nuevos terrenos suficiente para acomodar incluso el incremento demográfico de todo nuestro planeta. Si el número de personas vivientes en la Tierra asciende a diez mil millones y su ritmo de crecimiento no es controlado, ello significará una superpoblación de 200 millones anuales. Conforme a la tabla descrita, harían falta sólo treinta años, a partir de la fecha de terminación de la primera comunidad, para que la disponibilidad de nuevas tierras se incrementara en medida más que suficiente para satisfacer incluso semejantes demandas.
Este cálculo, que conste, no se presenta como "previsión óptima". Ciertamente preferiría ver que nuestra tasa de crecimiento aquí en la Tierra decrece con el tiempo, pero que lo hace por las razones correctas: seguridad, un nivel de vida decente, libertad de opción, y no por lo que estimo causas equivocadas, a saber, coerción legal o económica.

La segunda parte de lo que podríamos llamar el problema de la emigración se refiere al transporte: ¿es razonable el considerar un sistema de transporte capaz de absorber tales escalas de desarrollo? La respuesta, sorprendentemente, parece ser nuevamente afirmativa. En el capítulo 10 he descrito un sistema de vehículo, asequible a corto plazo, basado en la tecnología que hoy estimamos a nuestro alcance. La flota de vehículos a que he aludido podría transportar unas quinientas mil personas en el plazo de un año desde la Tierra hasta L5. En el caso de la "acumulación más rápida posible", esa tasa de emigración sería alcanzada hacia el año 15 desde que se iniciara la era de Isla Dos, en tanto que la tasa de doscientos millones al año correspondería a quince años más tarde aproximadamente.
Para hacer frente a semejante crecimiento sería conveniente disponer a bordo de suministros energéticos con una masa de algo menos de tonelada por megavatio. El logro podría venir bien al cabo de varios decenios de desarrollo de la tecnología de las baterías solares, bien por el uso de la transmisión de energía en el espacio mediante rayos láser o microondas. Con semejantes medios y rendimiento el tiempo de circunvalación de una gran nave propulsora por un impulsor de masas podría ser tan corto como doce días, siendo de tan sólo tres y medio -menos de lo que requiere el trasatlántico más veloz para cruzar el océano- el tiempo necesario para el viaje de salida al exterior. Si cada una de las naves llevara 6.000 pasajeros, modesto incremento de capacidad a lo largo de los quince años siguientes a la época del Tsioíkowsky y el Goddard, en total se necesitarían unas mil cien naves, cifra de todo punto comparable a la de los grandes navíos oceánicos que surcan actualmente las aguas de la Tierra. Si calculamos la productividad necesaria para la construcción de mil cien grandes naves espaciales, hallamos que su masa total ascendería a unos diez millones de toneladas de "peso muerto", lo cual podría ser resuelto en tres años por una fuerza laboral de menos del 0.1 por ciento de la población existente en L5 en el año 25 de la nueva era.

El transporte desde la Tierra a una órbita baja tendría lugar hacia la misma época en vehículos cuya cabina de acomodación vendría a ser semejante a la de los Boeing 747. En comparación con la capacidad del transbordador espacial hoy disponible, ello supone un incremento en un plazo de unos cincuenta años mucho más modesto que nuestra propia experiencia aeronáutica: desde el DC 3 de 24 pasajeros hasta el 747 de 400 en sólo treinta años. El viaje desde la Tierra a órbita baja duraría menos de media hora, cualquiera que fuese el tamaño del vehículo, y para las cuatro horas del viaje de ida y vuelta la demanda de transporte podría ser debidamente satisfecha por una flota de menos de doscientos vehículos. Ello representa tan sólo una minúscula fracción del total de grandes aeronaves (alrededor de cuatro mil) con que cuenta ya en la actualidad la aviación comercial a reacción.
El coste de los billetes, calculado de manera semejante a la ya descrita anteriormente, sería de unos 4.500 dólares por persona en moneda de hoy, suma comparable a la de un viaje actual alrededor del mundo y equivalente a tan sólo los ingresos de algunos meses en las condiciones prevalecientes en las comunidades espaciales.

Las sociedades industriales de América del Norte vertemos cada año en la atmósfera unas diez toneladas de productos de combustión por cada miembro de la población. En el plazo de una vida, por tanto, cada uno de nosotros responde de más de seiscientas toneladas de gases y humos de combustión contaminantes. Vaya como contraste que el combustible usado para llevar a un emigrante a una órbita baja desde la superficie de la Tierra, con el concurso de vehículos no mucho más avanzados que los hoy existentes, sería de menos de tres toneladas, lo que vendríamos usando en cuatro meses en nuestro planeta. Además, después de la partida de cada emigrante desaparecería asimismo la carga correspondiente a su empleo de energía de la Tierra y contaminación de la atmósfera, y ello sería ya para siempre, salvo en el caso de ocasionales visitas al planeta de origen. Si el tránsito de ida y vuelta en el espacio alcanza alguna vez la frecuencia dada en el ejemplo, será necesario diseñar vehículos que quemen combustibles "limpios", así como prestar especial atención a la delicada capa de ozono que nos rodea. Contaremos, no obstante, con casi cuarenta años antes de que sea necesario solucionar este problema, de modo que me atrevo a concluir con la afirmación de que no habrá problema alguno ni se presentarán obstáculos de mayor envergadura en el control y dirección de un volumen de tránsito tan grande como el que hemos calculado.

Cuando consideramos la posibilidad de reducir la población de la Tierra por vía de la emigración, es importante distinguir entre posibilidad y profecía. Como hemos visto, la combinación de técnica e incremento natural de la propia capacidad habría de crear las bases para que semejante emigración fuera viable. Si se producirá o no una emigración así a gran escala dependerá de cuán necesaria resulte y de lo atractivas que sean a juicio de la gente las comunidades espaciales. Con cuatro mil millones de habitantes, la Tierra está ya sobresaturada en determinadas zonas; serían muchos los que preferirían abandonar el planeta si se llegara a una población de diez mil o quince mil millones de habitantes.

La existencia en los hábitats espaciales de empleos bien remunerados, de buenas condiciones de vida y de mejores oportunidades para el desarrollo de los jóvenes, puede que estimule la emigración de una considerable fracción de la población de la Tierra, incluso sin la densidad demográfica de la misma resultará menos grave de lo que actualmente parece previsible. A la larga, y debido a la disponibilidad de energía inagotable y barata en el espacio, de materiales abundantes y de una atractiva combinación de zonas habitacionales próximas, pero ajenas, a los complejos industriales, creo que la industria establecida en la Tierra dejará de poder competir con su homologa en el espacio. De ser así, como se ha revelado en el curso de las civilizaciones, las gentes acudirán en pos de nuevos y mejores puestos de trabajo, y eso significará decididamente emigración.

Una Tierra no industrial con una población quizá de mil millones de habitantes podría ser mucho más hermosa de lo que es ahora. El turismo desde el espacio podría constituir una saneada fuente de ingresos y serviría de incentivo para la ampliación de los parques naturales ya existentes, para la creación de otros y para la restauración de monumentos históricos o de especial relevancia. Los turistas, procedentes de un ámbito libre casi enteramente de contaminación, no se mostrarían ciertamente tolerantes ante la suciedad y el ruido prevalecientes en el planeta, lo cual animaría a los rectores de las sociedades terrestres a eliminar las fuentes de polución restantes. Criterios similares e igualmente poderosos han ejercido un beneficioso efecto en determinados lugares de Europa y de los Estados Unidos en el transcurso de los últimos veinte años. La visión de una Tierra libre de industria pesada, pastoral y limpia, con muchas zonas paisajísticas espectaculares a la libertad de la naturaleza, con fauna y flora, cada vez más exuberante y con una población humana relativamente reducida y próspera resulta para mí mucho más atractiva que la alternativa de un mundo rígidamente controlado donde las gentes discurren cautelosamente por la senda precariamente estrecha de una sociedad en estado fijo. Si se produce la humanización del espacio, la visión apuntada podría convertirse en realidad.

Los autores de ciencia ficción gustan de manejar conceptos tales como el viaje a velocidad superior a la de la luz, la animación suspendida y la teleportación. Si se trata de especular, entiendo que es mucho más satisfactorio y estimulante conjeturar adonde podríamos llegar sin más ciencia de la que disponemos en el momento presente.

Antes he descrito un navío explorador y de investigación, en viaje por los asteroides, capaz de moverse de aquí para allá en el interior del sistema solar con una población de investigadores de varios centenares de miembros. En el espacio las limitaciones en cuanto a tamaño de una nave o vehículo de transporte serían mucho menos rígidas que en la Tierra, y en principio no hay razón alguna para no concebir objetos móviles mucho mayores.

Un hábitat del tamaño de Isla Uno podría ser equipado con un sistema de propulsión por energía eléctrica de origen solar de la clase que ha sido descrita en el anterior capítulo. En el curso de la historia de nuestro planeta ha habido poblaciones humanas de 10.000 personas que han permanecido aisladas durante muchas generaciones, y este número es lo suficiente grande como para que comprenda hombres y mujeres dotados de una gran variedad de habilidades y conocimientos. Los habitantes del espacio estarán bien preparados psicológicamente para emprender largos viajes, y a las pocas décadas de haberse iniciado la colonización del espacio puede que haya ya numerosos grupos de personas vagando por los límites exteriores de nuestro sistema solar en misiones científicas a largo plazo. Tales grupos podrían estar estrechamente comunicados con el resto de la sociedad humana por medio de la televisión y la radio, de modo que no habría razón alguna para que se sintieran indebidamente aislados, a menos que opten por la soledad por motivación propia. Incluso a la distancia del planeta Plutón, el miembro más alejado de nuestra familia de planetas conocidos, las novedades en el campo de las artes visuales y musicales se podrían recibir con un retraso de tan sólo unas horas.

Podemos estimar los límites aproximados que podría alcanzar un hábitat espacial errante suponiendo que sus habitantes desearan contar con luz solar terranormal, que la superficie de terreno habitacional y agrícola fuera semejante a la de Isla Uno que dispusiera de un generador helioeléctrico que suministrase al hábitat una potencia semejante a la actualmente disponible per cápita en los Estados Unidos, y que la masa de su espejo colector de la luz solar no fuera más de dos veces la del propio hábitat. El límite de distancia correspondiente, si el espejo tuviera un grosor de varias longitudes de onda de luz, es de aproximadamente cuatro días luz: unas diez veces más que la distancia que nos separa de la órbita de Plutón. Este límite aproximado viene a ser como una especie de "plataforma continental" de nuestro sistema solar; más allá se abre el abismo del espacio interestelar. Dentro de ese límite, sin embargo, no parece haber razón alguna para que una comunidad peregrina tuviera que soportar unas condiciones menos lujosas que las de cualquiera de los hábitats más próximos a la Tierra.

Un laboratorio que vagara por el espacio sería una estructura extraordinariamente grácil, provista de un enorme espejo parabólico. En el centro, como si fuera una araña, se encontraría el hábitat propiamente dicho con su coraza protectora, absorbiendo la energía solar captada por varios miles de kilómetros cuadrados de superficie. Me imagino que en el interior del hábitat la disposición paisajística respondería al deseo de los viajeros de contar con el alivio psicológico que presta una vegetación exuberante. Los habitantes veteranos de tal entidad desarrollarían probablemente una gran pasión por la jardinería, no sólo en cuanto a flores, sino a hortalizas y especies exóticas.

Entre los pobladores, necesariamente limitados en este caso a un número constante, aproximadamente la cuarta parte serían de edad escolar o universitaria; suficientes para que fuera instalada una pequeña universidad. La mitad de la población se hallaría dentro de los límites de la edad laboral normal, y de ellos, puede que la mitad fueran necesarios para atender a los servicios de la comunidad: enseñanza, agricultura, mantenimiento, ingeniería, navegación; gente que atendiera y rigiera los almacenes, imprentas, salas de cine, hospitales, bibliotecas y restaurantes. La sustitución de utensilios varios por equipo al día fabricado conforme a los planos radiados desde L5 podría ocupar a otra quinta parte de la fuerza laboral. El resto, quizá unas 2.000 personas, podrían dedicarse directamente a labores de investigación: astronomía planetaria, geología, geofísica, astronomía interestelar u operación de grandes radiotelescopios coordinados con laboratorios establecidos en la Tierra. Un complejo de este tamaño sería comparable a una facultad universitaria entera o a una universidad de tamaño medio o a un gran laboratorio de rango nacional en la actualidad; sería suficientemente grande para llevar a cabo, en el plazo de algunos años, exploraciones concienzudas y sistemáticas de los planetas exteriores, enviando unidades de exploración no tripuladas a la superficie de los mismos en breves excursiones.
Vivir en una comunidad como la descrita sería algo así como hacerlo en una ciudad específicamente universitaria, de modo que no sería extraño que se diera, además, una gran proliferación de colectivos de teatro, orquestas, salas de conferencias, equipos de deportes, clubs de vuelo... y libros semiacabados.

Al imaginar la actividad, durante el siglo venidero, en el espacio contenido en los límites de la "plataforma continental" de nuestro sistema solar, sospecho que en principio se limitará a la minería de los asteroides, a la divagación de comunidades científicas dentro del sistema con fines de investigación y al establecimiento de pequeñas colonias fijas destacadas en los planetas habitables. En mi opinión, la mayor parte de la actividad humana se concentraría en una región vecina a la Tierra y en el cinturón asteroidal, coordinada por una red de comunicaciones cuyo respectivo retraso vendría dado por la velocidad de la luz y, por consiguiente, sería menor de media hora.

Nuestra primera impresión sobre los sistemas estelares vecinos se producirá probablemente por medio de grandes telescopios compuestos (multiespeculares) anexos a las comunidades espaciales, aunque no instalados en ellas. Puede que nuestros descendientes descubran, quizá en los próximos cien años, que alguna estrella distante unos pocos años luz de la nuestra es lo suficientemente interesante como para justificar una exploración más detallada. Ello podría ocurrir, por ejemplo, si la exploración telescópica revelara que la estrella en cuestión cuenta con planetas. En tal caso podría destacarse una nave no tripulada en un viaje de muchos años. La forma más económica de obtener información acerca de otro sistema estelar sería mediante un vuelo sin retorno; el ingenio usaría toda su energía y masa de reacción simplemente en acelerar, a fin de reducir al mínimo la duración del viaje. Penetraría en el sistema desconocido a una velocidad quizá de una décima parte de la de la luz, y en el curso de unas pocas horas reuniría toda la información que sus elementos sensibles pudieran captar. Seguidamente, y en un período de tiempo que bien pudiera medirse aún en años, nos radiaría su información. Considerando el rápido desarrollo de la electrónica y de los microcomputadores, parece razonable suponer que dentro de un siglo un robot resultaría más fiable y con capacidades más complejas que cualquier tripulación humana: así, nuestro primer examen próximo de otro sistema estelar no será, probablemente, a través de ojo humano alguno.

¿Podría aventurarse algún día una comunidad espacial fuera de la que hemos llamado plataforma continental para embarcarse en un viaje a otra estrella? Si la comunidad fuera lo suficiente grande para constituir una sociedad completa, y si la estabilidad social de un grupo numeroso y aislado fuera suficiente, tal viaje no excedería los límites de la posibilidad física. Pero para ello debemos llevar nuestras conjeturas y especulaciones mucho más allá de las fronteras establecidas por la tecnología presente. Las naves limitadas al empleo de propulsión de tipo concebible e instalable dentro de relativamente pocos años y que usaran energía solar para mantener unas condiciones normales en la Tierra, se verían limitadas a distancias de unos pocos días-luz a partir del Sol. Para trayectos interestelares se tendría que llevar una fuente de energía a bordo. Aunque la serie de televisores Star Trek da por buenos muchos recursos contrarios a la física tal como hoy la entendemos, algunos de sus dispositivos técnicos tienen sentido dentro de los límites de nuestros conocimientos actuales; en particular las "cápsulas materia-antimateria", sobre las que siempre se muestra tan preocupado el ingeniero Scott, se nos antojan del todo razonables desde el punto de vista de la tecnología disponible dentro de uno o dos siglos. Sobre todo en el espacio, donde no hay gravedad que nos moleste, habría de ser posible obtener cierta cantidad de antimateria. El coste en energía sería en verdad enorme, y por el momento nuestros métodos para producir antimateria son primitivos e ineficaces, pero no hay razón alguna para que siempre tenga que ser así. La forma más conveniente para el transporte de antimateria sería como líquido o sólido; antihidrógeno congelado, a una temperatura de sólo unos grados por encima del cero absoluto, sería un buen candidato. Sus átomos constarían de antiprotones en torno a los cuales girarían positrones.

Volviendo al ejemplo de la comunidad del tipo Isla Uno equipada para viajes a grandes distancias, podemos imaginarnos su dotación de masa para el espejo sustituida por una cantidad igual de hidrógeno y antihidrógeno congelados. En ausencia de la gravedad la antimateria podría ser mantenida por campos electrostáticos que no requirieran contacto físico directo. Protegiéndola de la radiación cósmica de la materia ordinaria y de partículas de polvo mediante una gruesa coraza de materia común, y en principio no tiene por qué no durar muchísimo tiempo. Cuando calculamos cuánto tiempo puede existir una comunidad espacial, en condiciones energéticas terranormales, a base de combustible de antimateria almacenado, hallamos que la cifra asciende a varios ¡miles de millones de años! Suficiente tiempo, en verdad, para un viaje interestelar.

En el segundo capítulo de este libro he tenido la ocasión de citar las conclusiones del profesor Richard Heilbroner con respecto a las perspectivas futuras de la humanidad si su ámbito ecológico se limita a nuestro planeta. Si con la pregunta "¿Hay esperanza para el hombre?" queremos saber si es posible satisfacer las demandas futuras sin tener que pagar un precio exorbitante, la respuesta habrá de ser: "No, no existe tal esperanza."
Aquellos de entre nosotros que hemos disfrutado desde el día de nuestro nacimiento de una provisión suficiente o excesiva de comodidades materiales, somos los primeros en asignarles una importancia secundaria; no así la gran fracción poblacional que vive en medio de la pobreza y de las privaciones desde la cuna hasta la tumba.

Cuando consideramos los problemas a los que se enfrenta la humanidad en conjunto, parece menos excusable que ahora, en las postrimerías ya del segundo siglo de la revolución industrial, haya tantas personas aún necesitadas de lo más esencial para vivir tan sólo decentemente. Está claro que dada una dictadura de poderío militar irrebatible y de alcance mundial, que mantuviera una actitud igualitaria, la gran disparidad de riqueza entre naciones e individuos podría reducirse considerablemente. En mi opinión, el aceptar semejante solución, incluso si hubiera alguna forma realista de llevarla a la práctica, sería pagar ciertamente un "precio exorbitante".
Si volvemos la vista atrás hacia los tiempos de los que se siente más orgullosa la humanidad, es difícil eludir la conclusión de que se trataba de momentos de diversidad, competición, imprevisibilidad y considerable confusión. Todavía evocamos con admiración y orgullo los logros filosóficos, literarios y dramáticos de las ciudades-estado griegas; en aquel período nacieron muchos de nuestros más venerados conceptos de libertad y valer individual. ¿Es puro accidente que la época clásica fuera asimismo un tiempo de gran diversidad y aun de enfrentamiento, a menudo de ideas totalmente conflictivas entre pequeñas comunidades de no más de unos pocos millares de individuos cada una?

Me maravillo también ante el período oscurantista que siguió a la monolítica Roma. Allí surgió un estado organizado con poder suficiente para dominar la casi totalidad del mundo; con ideas y con un concepto de civilización no del todo desechable siquiera por nuestra filosofía moderna. Sin embargo, ese breve período de organización supranacional fue seguido de muchos siglos durante los cuales, con nuestra actual perspectiva, vislumbramos poco de lo que hoy entendemos como "progreso". ¿Hay algo en el concepto de organización universal básicamente ajeno a la humanidad? ¿Algo contra lo que se rebela el espíritu humano? Puede que sea así. El siguiente período que nos enorgullece como hombres es el Renacimiento y la época de las exploraciones; ciertamente unos tiempos de grandes diferencias, grandes incertidumbres y de movilidad sin precedentes.

Al contemplar los decenios siguientes con la nueva opción de la humanización del espacio, de algo podemos estar seguros: esos años serán imprevisibles. Han aparecido nuevas posibilidades y con ellas, literalmente, una nueva dimensión donde puede desarrollarse la humanidad. De seres apegados al terruño, podemos pasar a convertirnos ahora en los habitantes de un sistema solar tridimensional. Nuestra primera tarea es claramente la de usar la riqueza material del espacio para resolver los urgentes problemas con que nos enfrentamos actualmente en la Tierra: llevar los sectores agobiados por la pobreza a un nivel de vida decente, sin tener que recurrir a la guerra o a acciones punitivas contra aquellos que disfrutan ya del confort material; proporcionar a una civilización que está madurando la energía vital básica para su supervivencia.

Esos son los problemas inmediatos, y yo he tratado de mostrar cómo podemos resolverlos por nosotros mismos; ello no requiere de superhombres con más capacidad de la humana para la organización, la cooperación y la renuncia, si hace falta.
Cabe replicar que la exploración y colonización del espacio no es más que una "chapuza tecnológica" frente a un problema que debiera ser resuelto en un plano más intelectual y elevado. Sin embargo, por nuestra evolución estamos ligados estrechamente al mundo material; somos los descendientes de los supervivientes de muchas generaciones durante las cuales el mantenimiento de la vida representaba una lucha diaria con el mundo material. Nuestra historia no sugiere que estemos preparados para un cambio repentino convirtiéndonos en una especie desinteresada del bienestar material, con nuestra principal preocupación enfocada hacia la humanidad en conjunto en vez de hacia un grupo más reducido. La verdad es que nuestra lealtad va en primer lugar para aquellos pocos individuos con los que estamos vinculados por íntimos lazos de relación genética; sólo con esfuerzo extendemos nuestro interés a la villa, a la nación y al mundo. Como especie hemos resuelto nuestros problemas durante milenios por medios técnicos, y sería ciertamente sorprendente que pudiéramos cambiar nuestro carácter de forma tan completa como para abandonar los métodos gracias a los cuales hemos sobrevivido.

Anteriormente he contrastado las nuevas ideas encerradas en este libro con las filosofías de los utópicos clásicos. ¿Se verán libres de conflictos, miseria y tristeza las comunidades espaciales? En verdad que no, en tanto sigan siendo humanas. Más bien diría que nos cabe la esperanza de que les sea dada una nueva oportunidad para atender a la más huidiza de las ocupaciones del hombre, y tan fundamental como para estar escrita en nuestra Constitución: "El logro de la felicidad." Nuestro país no ha sobrevivido sus primeros dos siglos en base a una felicidad prometida; más bien, gracias a la promesa de que la búsqueda de aquélla podía proseguir. Espero y pienso que aquellos que han considerado la idea de la humanización del espacio con devoción y cariño no lo han hecho ante la equivocada expectativa de perfección. Si sus cartas y conversaciones pueden servirme de indicación, aprecian cuan difíciles serán las condiciones y los retos con que habrán de enfrentarse, como en toda nueva era de exploración y descubrimiento. Con todo, incluso la oportunidad de probar nuevas ideas y de lanzarse hacia direcciones inéditas es más de lo que cabría esperar en un mundo eternamente limitado a los confines de nuestro planeta. Han pasado sólo unos pocos milenios, después de todo, quizá unos centenares de vidas humanas, desde que la especie abandonó la existencia nómada del cazador a cambio de la estabilidad del agricultor. No ha de maravillar, pues, que incluso tras tantos años siga profundamente enraizada dentro de nosotros la necesidad de sentir que esas fronteras pueden romperse y que se abren a nuevos caminos aún por explorar.

¿Qué suerte correrán las artes y las letras en un nuevo período de expansión del espíritu humano? La creatividad es el atributo humano más difícil de predecir, pero es por lo menos esperanzador que la edad de Colón y de Drake fue asimismo la de Miguel Ángel y de Shakespeare. A nivel más doméstico, aquellas ocupaciones que presentan un cariz y aroma de existencia abierta y nómada han sido siempre celebradas en nuestros romances; en la moderna canción popular, el conductor de camión, siempre en movimiento de aquí para allá, ha venido a ocupar el lugar propio del cowboy en el siglo pasado. En el reto que representa la primera cabeza de puente en el espacio y los viajes que puedan ser emprendidos por aquellos que se trasladen con sus familias a los solitarios asteroides, debiera hallarse tema suficiente para baladas y narraciones.
Al pensar en las perspectivas que se le ofrecen al hombre en el espacio, no ignoramos que dondequiera que intervengan los humanos habrá individuos con potencial tanto para el bien como para el mal; sin embargo, parece haber buenas razones para creer que el abrir la puerta del espacio contribuirá a mejorar la condición humana en la Tierra. Aliviados, aunque sea un poco, del impulso inexorable de luchar con otras naciones por los decrecientes recursos del planeta, podemos esperar un futuro más pacífico. La generosidad para con el Tercer Mundo en su pugna por liberarse del hambre y por ocupar su sitio en la comunidad de naciones parece más viable si puede derivarse de fuentes nuevas e ilimitadas más que de las que se nos presentan ya en fase de agotamiento.

Pero, más importante que las consideraciones materiales, creo que hay razón sobrada para esperar que la apertura de una nueva frontera en el firmamento estimulará lo que de mejor existe en cada uno de nosotros, y creo que los nuevos solares en espera de ser edificados en el espacio nos proporcionarán una nueva libertad para elegir mejores gobiernos, sistemas sociales y modos de vida para que, así, nuestros hijos puedan hallar en adelante un mundo más rico en opciones, ofrecidas por nuestro propio esfuerzo.

   

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