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Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill. Capítulo 11: La Colonización de los Asteroides

Creada31-03-2013
Modificada30-05-2015
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Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill

La Colonización de los Asteroides

Nuestra capacidad de enviar personas al espacio y de mantenerlas en él en buenas condiciones de salud alcanzó su límite con el proyecto Apolo. Los sistemas para el sustento de la vida humana desarrollados para aquella aventura fueron capaces de mantenerla durante dos semanas, suficientes para una rápida incursión en la Luna, unos pocos días de exploración en la misma y el viaje de retorno. El Proyecto Skylab de principios de la década de los setenta extendió el límite temporal de la permanencia de astronautas en el espacio hasta los tres meses, pero mucho más cerca de la Tierra, en órbita baja.

El mantenimiento de la vida durante un período de muchos meses, necesario para un viaje con destino a los asteroides, no presenta en principio problemas nuevos; sin embargo, faltan al respecto consideraciones detalladas de ingeniería. Debiéramos suponer, por tanto, que las primeras comunidades espaciales serán construidas enteramente con materiales procedentes de la Tierra y de la Luna. A medida que aumente el número y tamaño de las islas del espacio se incrementará asimismo la demanda de materiales necesarios para proveerlas, lo cual representará un poderoso incentivo para la prospección de los recursos asteroidales en lo tocante a carbono, nitrógeno e hidrógeno, aunque es probable que durante largo tiempo todos los demás elementos sean obtenidos de la superficie lunar.

Antes de haber traído a la Tierra las muestras lunares del proyecto Apolo no habría sido posible propuesta alguna seria sobre la colonización del espacio. De igual modo, sólo en los últimos años nuestra información sobre la composición de los asteroides ha pasado de una fase meramente especulativa a otra de certidumbre casi total. El aumento de nuestros conocimientos al respecto se debe al desarrollo de tres nuevas técnicas: la medición con gran resolución de la longitud de onda de luz solar reflejada en un asteroide, en el espectro visible y casi infrarrojo (espectrofotometría); la medición de la polarización de la luz solar reflejada por un asteroide (polarimetría), y la medición de la radiación infrarroja emitida por un asteroide (radiometría). Los dos últimos métodos se combinan para obtener una medida del diámetro y coloración media (clara u oscura) de cada asteroide, mientras que el primero es hoy tan avanzado y complejo que es posible reconocer los espectros característicos de un mineral determinado en la luz reflejada por un asteroide en particular.

Más del 90 % de los asteroides se clasifican como "carbonáceos condríticos" o "rocoso-férreos", clases correspondientes a grupos de meteoritos hallados en la superficie de la Tierra. El material carbonáceo no es muy distinto de las pizarras bituminosas y presenta, por tanto, gran riqueza de hidrógeno, carbono y nitrógeno; suele ser blando y quebradizo y puede ser fundido a baja temperatura. Es probable que por esta razón no sean muchos los meteoroides carbonáceos que sobrevivan a su violento paso a través de nuestra atmósfera. En el ambiente mucho más benigno del cinturón de asteroides existe, en cambio, una cantidad mucho mayor de material carbonáceo y, así, se tienen pruebas fehacientes de que la mayoría de los asteroides son de esta naturaleza, incluidos los dos mayores de esos planetas menores, Ceres y Palas, con diámetros respectivamente equivalentes a un tercio y un séptimo del de la Luna.

El intervalo de energía entre los asteroides y L5 es casi el mismo que entre L5 y la Tierra. Para el técnico en cohetes ese intervalo energético se expresa por los cambios de velocidad necesarios para variar el radio orbital e inclinar el plano de la órbita. Los planetoides situados en el cinturón asteroidal, más allá de Marte, se mueven en sus órbitas con relativa lentitud. La Tierra, más cerca del Sol y por consiguiente más fuertemente atraída por éste, debe desplazarse con mayor velocidad para no verse llevada más al interior del campo gravitatorio del astro rey. La diferencia media es de seis kilómetros por segundo, y debe ser compensada en el curso de todo viaje a/o desde un asteroide. Otros cambios de velocidad deben ser efectuados asimismo para acomodarse a la excentricidad (no circularidad) de la órbita asteroidal. La mayoría de los asteroides orbitan en planos inclinados con respecto al de la Tierra (el nuestro recibe el nombre de "plano de la eclíptica"). Por cada dos grados de diferencia de ángulo debe realizarse un cambio adicional de velocidad de aproximadamente un kilómetro por segundo. Si investigamos en la lista de asteroides en busca de aquellos que presentan órbitas favorables y calculamos el intervalo total de velocidad que los separa respectivamente de L5, la respuesta se cifra en casi todos los casos en cerca de diez kilómetros por segundo. El intervalo de velocidad entre la superficie de la Tierra y L5 es sólo ligeramente superior.

Aunque estos intervalos de velocidad entre L5 y la Tierra, por una parte, y L5 y los asteroides por otra, son casi idénticos, dos serán por lo menos los incentivos de la obtención de carbono, nitrógeno e hidrógeno en estos últimos. En el espacio profundo no será necesario contar con poderosos impulsos ni con naves especialmente reforzadas para proteger la carga durante su breve paso a través de la atmósfera terrestre. A la larga, los ahorros comportados por esas libertades adicionales inclinarán seguramente la balanza de costes de transporte en favor de los asteroides. Y cuando se produzca esa decantación se habrá conseguido evitar asimismo lo que, de otro modo, representaría una grave carga para la biosfera de la Tierra a causa de la frecuencia de vuelos de cohetes en el interior de su atmósfera. Eventualmente, es probable que el transporte hasta órbita baja y de ésta a L5 sea necesario sólo para personal y para determinados productos especiales, en particular aquellos de poco peso pero que sólo pueden ser fabricados por especialistas hallados entre la ingente población de nuestro planeta.

El lapso de tiempo hasta que pueda tener lugar la explotación de los materiales asteroidales puede estimarse en base a la duración del proyecto Apolo. En este caso fueron necesarios unos ocho años para progresar desde los primeros vuelos orbitales en torno a la Tierra hasta los de circunvalación alrededor de la Luna, mil veces más alejada. Para alcanzar los asteroides será económicamente aconsejable disponer primero de una instalación bien establecida en L5. Las primeras comunidades espaciales productivas pueden suministrar como subproducto de su industria la masa de reacción necesaria para los ingenios propulsores. Esas comunidades pueden servir asimismo a modo de astilleros para las naves del espacio profundo. Por contra, un viaje a los asteroides que se iniciara desde la Tierra requeriría varias veces más energía que en el caso de partir de L5; al mismo tiempo exigiría vehículos adecuados para un lanzamiento de precisión desde la superficie planetaria en condiciones de fuerte gravedad. Si la construcción de una nave destinada a los asteroides se inicia pocos años después de que haya sido establecida la primera de las comunidades de L5, la aventura humana en los planetas menores podría emprenderse a los ocho años de la inauguración de Isla Uno. Sería precedida de varias pruebas de bajo coste y automatizadas, es decir, sin tripulantes, de modo que los primeros viajeros partirían ya hacia un destino del que se sabe que contiene precisamente aquellos elementos que se desea obtener. La situación es, pues, muy distinta de la que supone la prospección un tanto aleatoria de los campos petrolíferos terrestres; podemos saber más acerca de la composición de un asteroide a cientos de millones de kilómetros de distancia, sin llegar a perforar en su superficie, que acerca de la Tierra a mil metros de profundidad por debajo de nuestras plantas. En el espacio quedan excluidas las prospecciones al azar en busca de un golpe de suerte.

En cuanto a la economía, nuestro sistema de transporte debiera resultar análogo al más barato existente en la Tierra: un remolcador y una ristra de chalanas. En el espacio, donde no hay resistencia debida al aire, podríamos practicar aún otra clase de ahorro: el remolcador sería necesario sólo al comienzo y al final de cada viaje, mientras que durante los largos meses de la órbita que media entre la fuente asteroidal y la región de L5, la carga, en forma de tanques de amoníaco y de hidrocarburos, podría viajar sin la asistencia de tripulantes.

Como los remolcadores de la Tierra, el nuestro consistiría principalmente en un motor y no sería muy hermoso. Un diseño conservador sería el basado en una versión más larga del impulsor de masas usado en la Luna. Podría ser de varios kilómetros de longitud si contara con una estructura de soporte semejante a la que componen las vergas y obenques de un gran velero. La estructura podría ser más ligera si la carga fuera distribuida a intervalos a todo lo largo del motor, porque el impulso de éste sería distribuido asimismo a todo lo largo de su eje longitudinal. Podría ser accionado por células solares fotovoltaicas de peso muy leve, asistidas por grandes espejos de igual condición que concentraran la débil luz solar de la órbita distante. Los componentes eléctricos activos del transportador de masas podrían ir encerrados en un largo y delgado tubo de aluminio con una presión de oxígeno equivalente a la propia en una montaña de la Tierra; ello haría posibles los trabajos de mantenimiento y reparación de aquellas unidades susceptibles de originar averías, sin los inconvenientes y la pérdida de eficiencia implícitos en la necesidad de valerse de un traje espacial.

Habría compartimentos habitacionales para seis u ocho personas, suficientes para el establecimiento de tres turnos de guardia como se acostumbra, por ejemplo, en las naves que surcan la mar. Se contaría asimismo con una pequeña planta procesadora química, suficiente para formar masa de reacción a partir de escorias o desechos asteroidales. En conjunto el remolcador podría tener una masa de unos pocos millares de toneladas, comparable a un gran rompehielos transoceánico en la Tierra. La carga, en forma de grandes depósitos de agentes químicos, podría ser equivalente a la que transporta actualmente un petrolero. Tras varios meses de constante arrastre, la carga habría adquirido la velocidad necesaria para acceder a una órbita de L5. Seguidamente el remolcador se desprendería para regresar a su lugar destacado en la base asteroidea. La tripulación gozaría entonces de un período de descanso mientras otra, de refresco, atendía al siguiente viaje. Entretanto, la carga progresaría silenciosamente en dirección al Sol en un vuelo de dieciocho meses de duración que la llevaría a las proximidades de L5 y al encuentro de otro remolcador previsto para el cambio final de velocidad de acercamiento.

Los remolcadores de la Tierra, incluso expuestos a la acción de las tormentas y de daños varios, duran a menudo hasta cincuenta años. Y ha sido uno de los fenómenos más sorprendentes en los primeros años de la experiencia espacial que los satélites han venido a durar por lo común mucho más de lo previsto en su concepción y diseño. Para los remolcadores propulsados por impulsores de masas y destinados al cinturón de asteroides, que operarían en ausencia de elevadas temperaturas y de esfuerzos de compresión, el tiempo de vida sería aún mucho más largo. Probablemente serían retirados más por antigüedad de diseño que por desgaste. Los costes de transporte desde el cinturón asteroidal, basados en cifras actuales relativas a interés sobre la inversión, amortización y coste de equipamiento aerospacial, se estiman entre menos de un dólar y varios dólares por kilogramo. Eso es mucho más que el coste referido a un superpetrolero de la Tierra, pero mucho menos que los de cualquier sistema de transporte concebible que pueda operar entre la superficie del planeta y L5.

Como ha venido ocurriendo con frecuencia cuando hemos estudiado en profundidad las posibilidades estimadas como prometedoras ayudas para el establecimiento de la industria espacial, puede que los asteroides resulten fuentes de materiales aún mejores de lo que se ha previsto. Aunque la mayoría de los planetas menores se encuentra en el cinturón asteroidal, el doctor Brian O'Leary señaló que una clase especial, correspondiente a los asteroides Apolo y Amor, presentan órbitas mucho más próximas a la Tierra. En un estudio NASA-Ames fechado en 1977, O'Leary reunió a varios expertos sobresalientes en la medición de asteroides y en teoría orbital. Calcularon y describieron proyectos detallados para la recuperación de asteroides específicamente conocidos de la clase Apolo-Amor usando aparatos accionados por impulsores de masas. Su técnica hacía uso de "apoyo gravitacional", de una manera que resultaría francamente espectacular: tras el acoplamiento con el asteroide, la tripulación del remolcador dirigiría su aparato de tal manera que el asteroide fuera afectado por la gravedad de un planeta como Venus o la Tierra, con lo que su velocidad cambiaría tanto por la gravedad del planeta como lo haría tras meses o años de estar sometido al efecto del impulsor de masas.

Con ayuda de esa técnica de apoyo gravitacional, ya probada con éxito en misiones de exploración orientadas hacia los planetas exteriores, parece que algunos de los asteroides se habrían de revelar mucho más accesibles que hasta los del cinturón principal, y que incluso desde un punto de vista estrictamente económico pueden superar a la Luna en rendimiento. Es mucha la materia prima asequible: hasta el más pequeño de los asteroides que vemos en nuestros telescopios posee una masa de más de un millón de toneladas.

En cierto momento del desarrollo de las comunidades de L5, el comercio entre las islas del espacio empezará a prevalecer sobre la economía "colonial" de intercambio con la Tierra. Hemos sido testigos de semejante transición en las colonias de las Américas, África y Australia. Y parece probable que para toda comunidad nueva cuyo propósito prioritario es la acomodación y mantenimiento de su población más que el suministro a L5 o a la Tierra, las consideraciones económicas propiciarán su construcción sin envío previo de materiales, es decir: en el propio cinturón de asteroides.

El equipo necesario para construir un nuevo hábitat podría ser enviado a los asteroides desde L5 o fabricado en la misma región asteroidal. Con dicho equipo sería posible construir nuevos hábitats con materiales fácilmente obtenibles; tan pronto como los hábitats quedaran dispuestos, su población podría trasladarse a ellos y ocuparlos bien procedente de L5 o de la Tierra. El ahorro en costes de transporte sería así considerable. El peso de los habitantes que fueren a establecerse en un nuevo hábitat equivaldría tan sólo a una cincomilésima parte del peso del propio hábitat. Y, una vez más, el material disponible es extremadamente abundante; para construir una colonia del tamaño de Isla Dos, para una población de más de cien mil personas, bastaría un pedazo de asteroide del tamaño de varias manzanas de casas: una mera mota en el margen de visibilidad desde la Tierra.

Una vez en marcha, la comunidad espacial sería plenamente capaz de moverse, de manera pausada, hacia cualquier otro punto del sistema solar. Para hacerlo de manera que resultara económica desde el punto de vista del consumo de masa de reacción, habría que contar con una tecnología actualmente estudiada pero no realizada aún a nivel de ingeniería práctica: se trata de la aceleración de pequeñas partículas o granos de materia sólida mediante fuerzas electrostáticas. El motor de propulsión iónica, dispositivo creado y ensayado ya con miras a incursiones científicas de prueba en el cinturón asteroidal, opera según el mismo principio; la diferencia estriba solamente en el tamaño de la partícula acelerada. El motor iónico aceleraría partículas más bien del orden de un grano de polvo.

Hasta que, en los últimos años, no se cursaron los intensivos estudios teóricos sobre el impulsor de masas, no se habría pensado que éstos pudieran ser serios competidores de los impulsores iónicos en misiones de largo alcance. Actualmente se piensa que, en efecto, un impulsor de masas podría revelarse del todo eficaz en la difícil tarea de mover un hábitat completo a lo largo de una gran distancia dentro del sistema solar.
En el curso del desarrollo de los cohetes químicos, las velocidades de expulsión de gases han aumentado constantemente. A mayor velocidad de escape, menos combustible es necesario llevar para una tarea determinada. En el caso de un motor iónico o de propulsión de partículas, sin embargo, no siempre es deseable una gran velocidad. La velocidad de un ión, en el caso de un motor cuyos parámetros permitan un fácil manejo, es tan elevada que el rendimiento se ve limitado por la energía eléctrica disponible. Si reducimos a la mitad la velocidad de expulsión de un motor iónico, la masa de reacción necesaria para realizar la misión en el mismo tiempo se duplica, pero la energía eléctrica precisa pasa a ser la mitad de su valor previo. Para un fin dado existe una velocidad de expulsión óptima, justo lo suficientemente alta como para que el consumo de masa de reacción no sea intolerable, pero no demasiado, con objeto de minimizar la energía eléctrica que requiere el motor.

En el caso de trasladar una isla en el espacio, la velocidad de expulsión óptima es de cinco a diez veces la de un cohete químico, siempre que la tarea asignada consista en desplazar la comunidad desde el cinturón de asteroides hasta las proximidades de L5. Para semejante velocidad, la cantidad de masa de reacción usada en el viaje sería de sólo la cuarta parte de la que integra el hábitat. Sería obtenida en el transcurso del viaje procesando una carga de escombros asteroidales, posiblemente por vía de una simple operación de trituración y cribado. La duración de vida de una comunidad sería indefinidamente larga, siempre que siguiera habitada y objeto de mantenimiento; en una escala de tiempo de por lo menos varios miles de años, no parece irrazonable el dedicar treinta a un cambio de emplazamiento. En base a los costes actuales en el terreno de los turbogeneradores, la instalación de suministro energético para semejante empresa sería financiada sobre un capital de 25.000 a 60.000 dólares por habitante, ciertamente una cifra nada exorbitante. En el último capítulo de este libro describiré precisamente hasta dónde podría llegar una comunidad si le diera por emprender una prolongada excursión. Por el momento baste señalar que la elección de emplazamiento puede efectuarse mediante voto emitido por los habitantes, y que el resultado puede que no siempre sea el de regresar a L5.
Cualquier órbita situada dentro del enorme volumen del sistema solar, a una distancia incluso superior a la de Plutón, podría alcanzarse en menos de setenta y cinco años; en el seno de semejante esfera siempre sería posible obtener una intensidad de luz solar terranormal mediante la adición de ligeros espejos concentradores al sistema de fotoreflexión anexo ya ordinariamente a cualquier hábitat. Una comunidad o un grupo de comunidades que desearan llevar una vida tranquila y pacífica, puede que optaran por no retornar hacia la Tierra sino, más bien, por dirigirse "hacia el otro lado", hacia una órbita privada desde la que la interacción con la población cercana a la Tierra fuera, como máximo, mediante comunicación electrónica.

Debiéramos darnos cuenta de que la humanización del espacio es totalmente contraria en espíritu a cualquiera de los clásicos conceptos de Utopía, en el meollo de cada una de los cuales, inclusive las comunas modernas, ha habido siempre dos ideas muy diferentes y aun conflictivas: huir de la Interferencia exterior y una férrea disciplina en el seno de la comunidad misma; libertad y constreñimiento.
La huida de toda interferencia externa será una de las opciones abiertas a cualquier comunidad espacial, a menos que se produzca una intervención militar que lo impida: siempre existirá la posibilidad de "levantar el campo" y trasladar el hábitat a una órbita nueva, distante del origen de la interferencia. La historia nos ofrece numerosos ejemplos de grupos, entre ellos nuestros propios Padres Peregrinos, a quienes se les ha permitido huir de situaciones coercitivas. Por lo común, quienes prefieren permanecer en el mismo sitio justifican tal tolerancia con expresiones que más o menos vienen a decir: "Estaremos mejor sin esos intrigantes." A diferencia de las Utopías clásicas, las comunidades del espacio pueden evadirse de situaciones indeseadas con mayor facilidad.
Aquí, en la Tierra, las posibilidades de evasión son limitadas, pues una comunidad que busca el aislamiento se ve forzada por el clima y por la escala de las distancias a formar parte de un sistema de distribución de unos pocos millares de kilómetros de extensión. Efectivamente, una de las características menos agradables de la vida industrial moderna es que las diferencias regionales tienden a ser eliminadas por las enormes presiones económicas en favor de la uniformidad. Las diferencias entre pueblecillos de países separados son ahora mucho menos notables que hace una generación; y algo se ha perdido en esa transición.
Los enclaves comunales de la América del siglo XIX, los Shakers, los Menonitas, los Holandeses de Pennsylvania, la Comunidad Oneida y otros, constaban casi indefectiblemente de grupos unidos internamente por un plan inmutable y convenido acerca de cómo había de regir cada individuo su vida particular y social. Quienes han vivido algún tiempo en las comunas modernas y han retornado luego a la sociedad común nos dicen que, pese a que los códigos de comportamiento de esas organizaciones pueden diferir de la norma con respecto al mundo exterior, en su interior cuentan con normas de estricta observancia y cabal cumplimiento. Ello no debiera sorprendernos; una comuna es similar a un pueblo pequeño y aislado, y, como cualquiera que haya vivido en uno de ellos podrá confirmar la presión social es allí casi siempre mucho más fuerte que en el anonimato de una gran ciudad.

En contraste, y deliberadamente, no he dicho nada acerca del gobierno de las comunidades espaciales. Y buena es la razón que me asiste: no deseo influir ni dirigir, ni siquiera en el caso de que pudiera hacerlo, la organización social y los detalles de vida de las comunidades. Carezco de receta de gobierno o convivencia social y me parecería abominable aventurar siquiera una definición. En mi opinión no puede existir verdad alguna "revelada" acerca de la organización social; en cualquier situación saludable no puede haber más que las opciones de diversidad y experimentación. Entre las comunidades espaciales puede que haya algunas en que gobiernos restrictivos traten de imponer el aislamiento, al igual que ocurre con algunos países de la Tierra.
Otros, es de esperar que sean la mayoría, permitirán los viajes y la intercomunicación. En el breve lapso de veinte años, en el curso de los cuales el viaje trasatlántico ha pasado de hecho insólito a lugar común, hemos visto cuan importante ha sido para la transmisión de experiencias entre uno y otro país, especialmente para la fraternidad de los jóvenes. Lógicamente, si el transporte entre las comunidades resulta tan barato como ahora se prevé, las comunicaciones entre una y otra serán mucho más frecuentes que entre las naciones de la Tierra, y las gentes podrán formar sus propias opiniones, en base a la observación directa, sobre qué constituye un experimento feliz o no en materia de gobierno. Con energía libre para todos, materiales disponibles en gran abundancia y movilidad a todo lo largo y ancho del sistema solar para cualquier comunidad, habrá de ser más difícil en el espacio de lo que es en la Tierra que un gobierno malogrado arguya que su fracaso se debe a inevitables circunstancias de ubicación y recursos.

Existe aún una profunda diferencia entre todos los intentos históricos en pos de Utopía y la humanización del espacio. Las comunidades del pasado se formaron en torno a nuevos logros sociales, pero tomaron su tecnología del mundo circundante. Algunas eligieron incluso una dotación tecnológica más primitiva o más restringida que la que ofrecía el ambiente. En forma extrema, esta tendencia se aprecia en la prohibición, existente en algunas de las sectas utópicas de hoy, de servirse para la vida cotidiana de instrumentas y herramientas más avanzados que los asequibles en el siglo XIX.
La razón de esta restricción, por lo común claramente expresada y comprendida, es la necesidad de evitar toda "contaminación" de la ética social utópica por el contacto con el mundo exterior. Los dirigentes de esos enclaves reconocen que su organización social es inestable, y que sólo puede mantenerse gracias al aislamiento. Generalmente el "peligro" para el mantenimiento de esa situación inestable reside en el hecho de que la gente joven de su interior aprenderán y conocerán las opciones adicionales existentes fuera de su confinamiento e insistirán en sus deseos de disfrutar de ellas.

Comparto con muchos cierta medida de admiración por algunos de esos grupos utópicos que han sido capaces de conservar su identidad y valores peculiares a lo largo de varias generaciones de rápidos cambios. Quienes entre nosotros pudiéramos habernos sentido tentados, mediada la década de los cincuenta, a sentir cierta conmiseración por la estrechez de horizontes permitidos a algunos de los jóvenes de esas comunidades, seguro que pensamos de manera diferente diez años más tarde al constatar la epidemia de drogas y confusión que se había extendido entre muchos de los jóvenes del mundo exterior a aquéllas. Puede que entre esas sectas primitivistas las haya asimismo libres de tabúes antitecnológicos, que encuentren más fácil conservar su identidad mediante el restablecimiento en una colonia espacial antes que permaneciendo en la Tierra. La humanización del espacio no es, no obstante, plan utópico alguno: el contraste se da entre ideas sociales rígidas y tecnología restringida, por parte de las Utopías y comunas, y la apertura de nuevas posibilidades sociales que deben ser determinadas por los propios habitantes de las comunidades espaciales con ayuda de una tecnología básicamente nueva.

Se puede teorizar, con ciertas pruebas, que como resultado de las opciones individuales que llevaron a los grandes movimientos históricos de colonización en la Tierra, existen hoy algunas diferencias sutiles, pero no menos ciertas, en cuanto a la actitud general frente a los cambios y al proseguimiento de los movimientos migratorios, tanto de los países del Viejo como del Nuevo Mundo, o entre las naciones antiguas y las que fueran colonias. En Estados Unidos, en Canadá, Alaska, Australia y otras antiguas colonias, puede que se constate una mayor inquietud, un mayor deseo de viajar y cambiar que en aquellos otros países o poblaciones descendientes de gentes que prefirieron permanecer en su solar antes que emigrar. Entre los miles de cartas que he recibido acerca de la colonización del espacio, un número fuera de toda proporción proviene de países que antaño fueran colonias. Y ya a juzgar por numerosas misivas donde se expresa el deseo personal, no de buena ventura, sino de participar activamente en la gran empresa, cabe colegir que los primeros colonos del espacio serán gentes de gran espíritu emprendedor y entusiasmo: inquietos, curiosos, independientes, inquisitivos, probablemente más poseídos de "descontento creativo" que sus semejantes en el Viejo Mundo.

En el espacio, donde la energía solar gratuita y libre y las óptimas condiciones para la práctica de la agricultura serán asequibles a todas y cada una de las comunidades, no importa cuan pequeña pueda ser, será posible que determinados grupos opten por su "propia idea de sociedad" y establezcan pequeños mundos propios, independientes del resto de la población humana. Podemos imaginarnos una comunidad compuesta por tan sólo unos pocos centenares de personas que comparten un gran entusiasmo por una nueva forma de gobierno o por la música o por cualquier otra de las áreas artísticas, si no por algo menos esotérico: desnudismo, deportes acuáticos o el esquí. Entre los nuevos experimentos en la creación de sociedades habrá, qué duda cabe, fracasos. Otros, en cambio, acaso triunfen; puede ser, entonces, que esos laboratorios sociales independientes nos enseñen al resto cómo debemos reajustar nuestra ordenación aquí en la Tierra, donde la elevada tecnología ha de adaptarse a la rigidez de los agrupamientos humanos a gran escala.

Tal como ocurriera durante la colonización del Oeste Americano y de Alaska, cuando la población de L5 alcance un número considerable, puede que algunos de los pioneros sean de la clase que dice: "Se está poniendo demasiado abarrotado, ¡vayámonos a otro sitio!" Estos pueden ser quizá los individuos más interesantes y productivos. Acaso deseen una independencia más completa y decidan emprender su propia empresa colonizadora individual, como hicieran nuestros bisabuelos decimonónicos en las llanuras americanas.
Así pues, consideremos cómo podría llevar a cabo una familia pionera un proyecto colonizador. Aunque los detalles serán seguramente distintos a los que yo ofrezco, cada una de las posibilidades que cito se basa en resultados de cálculo o en el análisis de situaciones análogas acaecidas en la Tierra. Va en forma de fragmentos de diario escrito quizá en los primeros años del siglo venidero. Y ello responde asimismo a una circunstancia análoga: una de las reliquias de mi familia, conservada durante el transcurso de cinco generaciones, es un libro escrito por una anciana señora que, en su tiempo, debe de haber sido algo terrible. A sus ochenta años escribió en verso un relato sobre la vez que, con sus siete hijos, atravesó en una caravana las vastas llanuras de América. La pequeña banda se las vio con toda clase de peligros, que ciertamente no encontrarán los colonos espaciales: indios hostiles, nieves, tormentas climatológicas de todo tipo y raciones magras.

Querido Stephen:

15 de julio de 20...: Tu madre y yo vamos a ir anotando un recuento de experiencias de viaje que complemente las fotografías que no dejamos de tomar en ningún momento. Más tarde, cuando seas suficientemente mayor para leer e interesarte por las cosas, sabrás de qué manera pasaste a ser un joven poblador del cinturón de asteroides.

Han pasado cinco años desde que me uní a la Asociación de Constructores de Naves Espaciales Experimentales. Contamos con un activo capítulo de la misma aquí en Bernal Gamma, y varios de los asociados trabajan conmigo en la construcción.

Si nos encontráramos en la Tierra ahora y nos diera por pensar en emprender viajes por el espacio, dirían que estamos locos. Una nave espacial que pudiera elevar su propio peso y pasar, con la precisión de fracciones de segundo, por todas las secuencias necesarias para despegarse del planeta, sería mucho más complicada y cara que cualquiera que pudiera construir un artesano.

Aquí, en cambio, todo es diferente, y las posibilidades de emprender viajes particulares son mucho mayores. Nuestra nave del espacio jamás requerirá de grandes fuerzas y el motor puede, por tanto, ser de reducidas dimensiones; además, no nos importa que nos lleve algún tiempo llegar a destino.

Con lo que hemos ahorrado y con la venta de nuestra casa en Gamma pudimos emprender la aventura con unos 100.000 dólares. He estado trabajando en la construcción de naves durante los últimos tres años y seguiré haciéndolo cuando lleguemos a los asteroides, de modo que todavía estará a la vista cuando seas suficientemente mayor para recordar cosas. La Lucky Lady es una esfera de unos tres pisos de altura, hecha de aluminio porque es fácil de soldar. La he estado construyendo en el puerto de yates, cerca de los embarcaderos de Gamma, y hemos comprobado todas las juntas con equipos de rayos X que nos han prestado en el trabajo. Junto a la Lady, en el apostadero, se encuentran tres o cuatro más de su clase; Chuck y Bill y otros se unirán a nosotros formando una especie de "caravana" de cinco unidades, de modo que si alguno de nosotros tropieza con dificultades antes de llegar a destino, siempre podrá contar con ayuda cerca. Entre los cinco hemos comprado un motor completo, muchas piezas de recambio y herramientas específicas. Cuando lleguemos al cinturón de asteroides podremos unirnos para emprender tareas de mayor envergadura.

Nuestros planos salieron, a decir verdad, de Spacecraft and Pilot, y habían sido verificados por ingenieros astronáuticos, así que son fiables. La Lady posee un triple casco de presión, cada capa de un milímetro de grosor, y éstas, individualmente, podrían soportar ya más de la presión que llevaremos a bordo. El casco vacío pesa globalmente unas tres toneladas, y ciertamente su construcción se ha llevado mucho de mi tiempo libre. El apostadero de naves no está sometido a rotación y el trabajo, por consiguiente, se realizó a gravedad cero. Ello me permitió manejar las grandes secciones de aluminio totalmente solo.

Alrededor del casco hay una capa de arena de unos treinta centímetros de espesor con objeto de protegernos de algunos de los rayos cósmicos y las erupciones solares que pudieran salirnos al encuentro. Más allá de la arena hay una cuarta capa de aluminio, muy fina, cuyo fin es mantener la arena debidamente colocada en su sitio. Como ayuda adicional en caso de que se produzcan erupciones solares, hemos dispuesto asimismo un "refugio antitormenta" fuera de la esfera, en forma de pequeña burbuja de aluminio conectada con la mayor. La protección es ahí mucho más gruesa, de modo que si el temido evento se produce podemos encontrarnos en ella en menos de un minuto y permanecer en su interior durante varios días si es necesario. Los niños son especialmente sensibles a la radiación solar; de ahí que esa burbuja sea a la vez tu "guardería".

Compramos nuestros motores del cohete nuevos, de primera mano. Pertenecen a la misma compañía que los fabrica para las pequeñas naves de rescate, y cada uno de ellos proporciona un impulso semejante a su propio peso; una parte importante de nuestra pequeña fortuna se dedicó a su adquisición. Tengo entendido que cuestan lo mismo que un pequeño reactor privado en la Tierra. El sistema vital de regeneración de aire fue adquirido de segunda mano, reconstruido y certificado nuevamente como apto por la Agencia de la Federación Astronáutica. Ese también salió de uno de los patrulleros de rescate y, la verdad, resultó barato; sé que el Gobierno había pagado mucho más por él, pero me han dicho que actualmente han puesto en servicio modelos más modernos.

En la Tierra, antes de que tu madre y yo nos trasladáramos aquí, al espacio, yo solía pilotar pequeños aeroplanos y pertenecía a un Aeroclub deportivo. Todo ocurría allí súbitamente, y la navegación en mal tiempo era algo que tenía que hacerse con extremo cuidado. Había que mantener contacto constante con las señales del Omni-Range, atender al direccionador y, además, estar en todo momento dentro de la legalidad en lo que respecta a altitud y demás regulaciones, y había que dirigir el aparato continuamente, de acuerdo con la brújula y el giroscopio. En nuestro viaje desde aquí a los asteroides no habré de preocuparme de nada de eso; no hay clima en el espacio, de modo que podremos ver y saber siempre dónde estamos y adonde nos dirigimos. Contaremos con dos sistemas de navegación. Uno de ellos es tan viejo como la navegación oceánica en la Tierra; se trata del sextante, para medir los ángulos entre los planetas visibles y el Sol. Con ello bastaría, pero disponemos de algo más. Actualmente hay enormes transmisores, situados en las órbitas de la Tierra y de Marte, y no paran de emitir pulsaciones, así que conoceremos nuestra posición sin más que conectar un receptor de radio. En la Tierra también usaban ese truco para navegar por los océanos, y le habían dado el nombre de Loran. Con el manual de posiciones del transmisor y con la tabla de horarios de emisiones podemos determinar nuestra posición con un error menor de una milla, incluso si nos encontramos a veinte mil millones de millas de distancia.

Nos pasamos un poco con eso de la radio: compramos tres, todas idénticas. Son del tamaño de las usadas normalmente en las avionetas y las utilizaremos para nuestras comunicaciones directas entre las familias que emprendamos el viaje, así como para atender a una clave de Morse que hemos convenido con las dotaciones de los patrulleros. Vamos a seguir un plan de vuelo concreto y tendremos que aparecer "en el aire" cada tres días. Para hacerlo orientaré la gran antena de hoja de aluminio, sirviéndome de un pequeño telescopio para apuntar exactamente al punto de L5 en el que estará situado el receptor.

1 de agosto de 20...: Los funcionarios de Guardacostas y de la Federación Astronáutica han estado aquí y nos han dado autorización de despegue. Han comprobado nuestra aptitud para hacernos al espacio y el certificado consiguiente (Licencia de categoría R, Construcción casera experimental) y nuestras licencias de radioemisión; también mi permiso como piloto privado (Piloto Privado, Exclusivamente en Espacio Libre, Prohibido el Vuelo en Atmósferas Planetarias). Llevamos a bordo comida para dos años, por si es necesario alargarla, y una enorme cantidad de semillas, peces, pollos, cerdos y pavos. Para iniciar una nueva vida a nuestra llegada hemos invertido la mitad de nuestros ahorros en esferas y cilindros prefabricados, en plásticos aluminizados con propiedades de espejo, en agentes agroquímicos para nuestros futuros cultivos y no sé cuántas cosas más.

8 de agosto de 20...: La Lucky Lady, cargada, acorazada y lista para zarpar, ha pesado cerca de 500 toneladas, de modo que no hemos abandonado Gamma ciertamente a toda prisa; de hecho, no llevábamos siquiera la velocidad de un hombre a pie al minuto de nuestro lanzamiento; pero la velocidad ha ido incrementándose gradualmente y, ahora, al cabo de una semana, hemos recorrido ya una distancia mayor que la que separa la Luna de la Tierra. Nos quedan aún unos ocho meses de viaje aproximadamente, casi lo mismo que le llevó a tu tatarabuelo el ir desde Illinois a California.

10 de octubre de 20...: Hemos tenido más movimiento de lo que hubiéramos deseado estas últimas semanas. En primer lugar la máquina de Bill presentó problemas: no lograba el impulso que quería y su combustible se consumía a pasos agigantados. Esos motores son bastante complicados, sabes, y no pudimos resolver el problema rápidamente por nuestra cuenta, así que optamos por montar un motor de recambio. No era demasiado difícil, la verdad; sencillamente, hubo de aproximar dos de las astronaves, unirlas, cerrar las escotillas que aíslan la sala de máquinas, y proceder al cambio en mangas de camisa. A partir de ahora vamos a tener mucho en qué ocuparnos, pues poseemos todos los manuales referentes a los motores y a las piezas que los componen y vamos a intentar reparar por nosotros mismos el fallo del que le hemos cambiado a Bill. Mientras tenía lugar el cambio de máquina nos encontrábamos, por así decir, al pairo, o sea sin impulso alguno durante cuatro días. Pero aquí, en el espacio, ello no significa nada. Contábamos aún con nuestra velocidad, y lo único que ha supuesto el contratiempo es que a última hora habrá que hacer un ajuste en la dirección del impulso y esperar un poquito más para atracar.

Sólo dos días después de haber dado fin a las reparaciones, fuimos alcanzados por nuestra primera erupción solar. Esas cosas se forman en pocos minutos, así que no había tiempo de muchos preparativos. En cuanto sonó la campana de aviso todos nos apresuramos a buscar refugio en nuestro cobijo protegido, donde permanecimos durante tres días enteros. Para entonces el efecto de la erupción se había reducido tanto que con nuestra coraza ordinaria teníamos protección suficiente.

23 de noviembre de 20...: Te sacamos de tu "guardería" para que pudieras compartir con nosotros la cena del Día de Acción de Gracias: pavo, arándanos en lata y muchos extras reservados para esta ocasión especial. La verdad es que tenemos mucho de que estar agradecidos: al principio hubo algunos resfriados, pero luego todo el mundo ha gozado de perfecta salud... ¡Ah!, y nadie ha sufrido de dolor de muelas. Si conseguimos llegar hasta el Cinturón, donde hay dentistas, habremos superado el mayor problema con que han tropezado antes grupos como el nuestro.

Hemos venido dedicando la mayor parte de nuestro tiempo a adelantar algunas tareas de construcción. Empezamos, de común acuerdo, por la dependencia colectiva de reunión, que compartiremos las cinco familias, hasta que podamos construir más. Se trata de un cilindro tan grande como la Lucky Lady -en cuanto a volumen- y tan largo como una manzana de casas. Está formado de hojas de aluminio y hemos podido trabajar en él sin haber tenido que recurrir aún ni una sola vez a nuestros "trajes espaciales". Ahora nos encontramos en vuelo libre; hemos parado los motores y, así, hemos podido seguir nuestra actividad después de haber atracado el cilindro junto al casco de la nave. Cuando hacía falta llevar algún material o pieza de equipo a determinado punto, sencillamente discurríamos por el interior de la nave hasta la altura deseada y procedíamos a introducir lo necesario por aberturas especiales practicadas en ambos cuerpos con este fin. Me imagino que el conjunto debe de parecerse a una de esas cajas portátiles para el revelado de películas. Los extremos de la dependencia lo forman dos semiesferas de aluminio; al poner la última comprobamos su hermetismo: ¡perfecto! Así que dejamos que el Sol diera en el tanque de oxígeno líquido, que al calentarse y salir por la espita reguladora nos permitió crear en el habitáculo una atmósfera respirable. Todas las naves han atracado ya junto a nuestra obra, y cualquiera de nosotros que desee ir a trabajar a la dependencia colectiva durante un rato, puede hacerlo sin problema alguno: ahí es, precisamente, donde hemos dispuesto nuestra cristalería. Me refiero, claro está, el taller de fabricación de cristal y similares. Las soldaduras, naturalmente, se realizan mejor en el vacío.

Nuestro primer trabajo de "astilleros" ha consistido en construir los módulos agropecuarios. Cada uno de ellos es un cilindro de tamaño que apenas cabe en nuestro taller de montaje una vez que todas las piezas componentes han sido soldadas. Ahí pensamos disponer asimismo un piso muy ligero de rejilla, por debajo del cual se encontrarán los gallineros y pocilgas. El techo nos presenta más problemas, ya que hemos de prever la entrada de la luz del sol. En las comunidades existentes en L5 resuelven la cuestión disponiendo una malla metálica en cuyos vanos se encuentran las ventanas de vidrio, pero aquí nos tomamos las cosas de manera más llana... y más fácil: contamos con hojas de aluminio prefabricadas en las que aparecen un gran número de perforaciones; pues bien, sellamos cada abertura mediante un disco de vidrio que fijamos con un pegamento especial plástico. Una vez hemos terminado uno de esos módulos bombeamos oxígeno en su interior, soltamos los pernos de sujeción y dejamos que flote adjunto a la nave en el exterior.

25 de diciembre de 20...: Hoy has vuelto a salir de tu "guardería", y los veintitrés que formamos la expedición nos hemos reunido para celebrar juntos una espléndida comida de Navidad. Hemos comido jamón y gran cantidad de alimentos congelados; pero el año que viene, con suerte, contaremos con patatas frescas y maíz, y también con tarta de calabaza. Yo había construido algunos pequeños juguetes para ti, y me ha parecido que te dedicabas a ellos con no poco entusiasmo. Sé que no me agradecerás que te lo recuerde cuando seas un poco mayor, pero tu madre está muy orgullosa de que ya puedas decir "mamá", "papá", "nave" y "perro". No creo que la familia de Chuck fuera a parte alguna sin su Snoopy, y si a la perra Maggie le pasa lo que pensamos, te aseguro que nos haremos con uno de sus cachorros para ti.

10 de mayo de 20...: Parece que no vamos a tener tiempo para escribir por el momento. Hemos estado prospeccionando este último mes y creo que hemos dado con algo bueno. No se podía ver desde la Tierra con un telescopio, pero pensamos que tiene una masa de unos tres millones de toneladas, mucho más de lo que necesitaremos, incluso para el tiempo de tus nietos. Los pequeños espectroscopios que hemos traído nos informan de que es muy rico en carbono (nos fijamos en ese asteroide por su buen aspecto negro), así como en nitrógeno, hidrógeno y muchos metales. Así que habrá que clarear y roturar mucho en adelante, y para cuando seas lo suficientemente mayor para manejar una máquina de soldar serás mi ayudante. Tenemos todo un mundo por construir aquí, Stephen, así que ¡crece de prisa y pon manos a la obra!

El impulso de la aventura, de ser libre y de llevar una vida totalmente independiente, incluso a costa de tener que trabajar duramente, de soportar peligros y hasta hambre, es tan viejo como la Humanidad y se hallaba fuertemente enraizado en todos aquellos que tomaron parte en el movimiento de colonización de las tierras del Oeste, como se encontrará sin duda en quienes emigren desde L5 en busca de nuevos horizontes. Si le siguiéramos la pista al desarrollo de una colonización en embrión, de la clase que bien pudiera iniciarse con un viaje como el descrito en esa carta, podríamos ver que los pioneros construirían sus hábitats mediante el expeditivo método de la evaporación de un lingote de aluminio suspendido por fuerzas magnéticas en gravedad cero y calentado por la concentración de luz solar. En dos o tres años sería posible disponer de una esfera con una superficie de terreno de varios centenares de hectáreas dedicados a espacios habitacionales y varios más a la agricultura; todo el proceso sería fácilmente controlado por el ama de casa a los mandos de un ordenador instalado en su propia cocina. Una computadora que controlara toda esa producción no tendría por qué ser más compleja que un simple calculador de bolsillo; al fin y al cabo, dentro de unos decenios, un ordenador de los que actualmente se encuentran sólo en determinadas oficinas y laboratorios estará al alcance de cualquiera por un precio no mayor que el de un automóvil. Es casi seguro que las familias de los pioneros del espacio estarán equipadas de semejante recurso.
Si examinamos las tasas de crecimiento, vemos que el pequeño pedazo asteroidal descrito en el diario del colono bastaría para albergar a una población de 10.000 personas, de modo que no habría necesidad alguna de que el pequeño grupo de exploradores buscara nuevas materias primas, por lo menos durante varios centenares de años, incluso si su población se multiplicara al mismo ritmo que en la Tierra.

En nuestro mundo moderno, inquieto por la desaparición de recursos y preocupado por su conservación, nuestra reacción inmediata al saber de una fuente nueva disponible es de considerar medidas para su protección. Cuando describí los recursos del cinturón asteroidal a un grupo de la National Geographic Society, la reacción fue inmediata: "¡Por favor, no toquéis Geographos!" No hay miedo; Geographos es un pequeño asteroide, hoy considerado del tipo ferruginoso, que debiera verse libre de toda actividad minera.

En el caso de una creciente civilización tecnológica, con cada nueva fuente de materia prima debemos asociar una escala de tiempo. Por ejemplo, si el total de reservas de mineral que pueda hallarse en una "mina" puede durar solamente diez años, pero la nueva tecnología necesaria para explotar esa fuente de recursos llevará aún veinticinco hasta estar totalmente desarrollada, los beneficios posibles apenas bastan para justificar esfuerzo alguno. Antes he señalado que las reservas materiales existentes en el cinturón asteroidal bastan para construir una nueva superficie terrenal 3.000 veces mayor que la de la Tierra. Al efectuar esta declaración mi propósito no era el de estimular un crecimiento correspondiente del total de la población humana, sino el de sugerir que los meros límites materiales no debieran ser usados como justificación para imponer trabas a las libertades humanas. La libertad de que una familia tenga tantos hijos como desee no es ni mucho menos tan importante como la libertad de expresión, de comunicaciones, de viajar, de elección de empleo o del derecho a una educación; pero es muy difícil limitar una libertad sin comprometer las otras. Como ha señalado Heilbroner, en una sociedad mantenida por ley en la condición de estado-estable, la libertad de pensamiento y de investigación resultaría peligrosa y probablemente suprimida.

Con el mismo espíritu, no de animar a un crecimiento insensato, sino de abrir posibilidades que estimulen la apertura, la extensión de la libertad más que su coartación, podemos mirar más allá de los límites del cinturón de asteroides y preguntarnos acerca de los recursos que encierra la totalidad del sistema solar. He sostenido que un ritmo de crecimiento de aproximadamente la décima parte del actual, explosivo, bastaría para establecer la diferencia entre inmovilismo y cambio; es suficiente para que se haga notar en el transcurso de una vida humana. En las comunidades espaciales este crecimiento podría ir parejo a un correspondiente incremento en la superficie de terreno disponible, en lugar de determinar un apiñamiento como ha ocurrido y ocurre en la Tierra.
Para esa tasa de crecimiento moderado los recursos de los asteroides serían suficientes para por lo menos cuatro mil años y para una densidad poblacional semejante a la de nuestro planeta (promediada atendiendo a toda la superficie continental de la Tierra, inclusive el desierto, los Polos y los eriales hoy inhabitables).

Si miramos más allá de los recursos ofrecidos por los asteroides, reparamos en que existen tres tipos más de "yacimientos" minerales dentro del sistema solar, cada uno de los cuales representa cuantitativamente una enormidad: las lunas de los planetas exteriores, las escorias cometarias y los propios planetas exteriores. Por lo que sabemos, esas tres fuentes de materias primas carecen de vida inteligente, y todas, salvo las últimas, nos resultan invisibles a menos que contemos con la ayuda de poderosos telescopios.
Las lunas de los planetas exteriores poseen una cantidad total de materia aproximadamente 10.000 veces mayor que la de los asteroides; los propios planetas, unas mil veces más. La existencia de estos recursos, además de los que nos ofrece el cinturón de asteroides, significa por consiguiente que incluso sin contar con el material cometario habría suficiente para un crecimiento moderado que nos llevara a límites de unos doce mil años. Cada una de las clases de recursos materiales citadas haría posible, mediante su explotación, que la expansión de nuestra especie se prolongara un millar de años más, mientras que la tecnología necesaria para acceder y aprovechar semejante bonanza no llevaría en su desarrollo más que unas decenas de años. Aunque no lo propugno, debo llegar por tanto a la conclusión de que hay espacio y medios suficientes para un crecimiento ininterrumpido durante millones de años, si así lo deseara la humanidad en algún momento del futuro.

Aunque doce mil años es poco en la escala de la evolución, es mucho en la de las instituciones sociales. Si consideramos un viaje en el tiempo que nos llevara otro tanto en el pasado, llegaríamos a encontrarnos no muy alejados de la Edad del Hielo, es decir, en un momento muy anterior a los más tempranos registros de la historia documentada.

Si tuviera lugar efectivamente ese crecimiento a largo plazo, es tentador el considerar el correspondiente aumento en lo que podríamos llamar "capacidad" o medida del poder de la Humanidad sobre el entorno físico. Sólo cabe conjeturar, pero si estimamos esa capacidad como algo semejante a un producto nacional bruto, acaso podamos hacerla proporcional al propio factor de crecimiento (es decir, al coeficiente de incremento demográfico) y a la productividad (producción por individuo de algún bien mensurable, ya sea material o informacional). Si esta última crece a un ritmo tan bajo como, por ejemplo del 1,5 por ciento al año, y el primero es del 0,2 por ciento anual, el incremento en capacidad total a lo largo de un lapso tan dilatado como doce mil años correspondería a un factor, verdaderamente astronómico, de diez elevado a la potencia Ochenta y ocho. Las implicaciones de ese aumento de capacidad, que admito que es extremadamente especulativo, son fascinantes. Con casi plena certeza implicarían un enorme grado de control sobre el medio ambiente por parte de cada ser humano individual. Diez elevado a la potencia ochenta y ocho es más, por ejemplo, que el número de átomos contenidos en todas las estrellas, planetas y nebulosas de nuestra galaxia.

Evidentemente, pues, es posible en principio que una civilización progrese desde un estado prehistórico a otro de suma capacidad en un lapso de tiempo que es muy breve en términos galácticos: menos de una parte en doscientas mil con respecto a la edad del Sol. ¿Por qué, pues, no ha dejado su marca en la galaxia ninguna "explosión" previa de civilización llegada a una situación de gran poder físico? ¿Por qué no hay faro alguno que ilumine nuestro camino? Puede que el nacimiento de una civilización capaz de migrar al espacio sea extraordinariamente improbable; quizá el estancamiento y la inestabilidad sociales surjan como fuerzas destructoras en toda civilización extraordinariamente poderosa; o acaso, como he señalado antes, con la maduración técnica llegue también la moderación, la empatía, y existan en efecto civilizaciones galácticas de gran antigüedad que prefieran, por nuestro propio bien, dejar que evolucionemos sin interferencias.

   

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